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Full text of "Historia crítica de la literatura española"

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1\HÍ 



HISTORIA:XRlTICA 






DE LA 



UTERATUM ESPAÑOU. 



fflSTORIA CRITICA 



LITERATURA ESPAÑOLA, 



DON JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS, 



INDIVIDUO DE NUMERO DE LAS REALES ACADEMIAS DE LA mSTORIA T NOBLES 

ARTES DE SAN FERNANDO, DECANO DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS 

DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL. ETC. 



TOMO V. 




MADRID: 
IMPRENTA Á CARGO DR JOSÉ FERNANDEZ CANCELA. 

Calle del Fomento, 13, prloclpal. 
1864. 



Es propiedad del autor, quien se reserva 
el derecho de traducción y de extracto. 



ADVERTENCIA. 



Historiado en el precedente volumen el tercer período, que 
asignábamos en la Introducción general de la presente obra al 
desarrollo de las letras patrias, tócanos ahora estudiar con la 
circunspección y el detenimiento que de suyo solicita, el cuarto 
de los expresados períodos, que no es en verdad menos intere- 
sante, al contemplar el gran cuadro de la civilización castellana, 
si bien ofrece más reducidas dimensiones. Comprende desde la 
catástrofe del rey don Pedro hasta el fallecimiento de Enri- 
que III , realizándose en él nuevas y peregrinas transformaciones 
de aquel arte, que habían ilustrado los preclaros nombres de Al- 
fonso X y Sancho IV, de don Juan, hijo del infante don Manuel, 
y del Archipreste de Hita. 

El primer fenómeno intelectual y literario que demanda en 
efecto maduro examen, mediado el siglo XIV, es la represen- 
tación que logran en nuestra literatura las ficciones caballeres- 
cas. Al considerar su aparición, éranos sin duda necesario in- 
vestigar sus orígenes, tomando en cuenta los opuestos sistemas 
que -sobré el particular militan en el campo de las letras; recono- 
cer su legitimidad y ñjar las leyes de su existencia allí donde la 
constitución social, la política y las costumbres habían hecho po- 
sible su desarrollo; determinar sus peculiares caracteres desde el 
punto en que hallan en el arte la idealización que* las perpetúa y 
engrandece; y trazar, por último, la senda vaga, indecisa y mal- 
segura que siguen en las producciones de nuestros ingenios, 
ora insinuándose en los poemas heróico-eruditos de una manera 
ocasional é indirecta, ora tomando plaza en las crónicas naciona- 
les á vueltas de los hechos realmente ciertos, ó bien imprimien- 
do su espíritu en las leyes que atañen á las clases privilegiadas, 
y produciendo, cual mediata consecuencia, no insignificante efec- 
to en las instituciones positivas de la caballería española. 



VI 

Este momento, harto significativo en la historia nacional , 
porque tiene extrecha y visible correspondencia en las esferas 
de la política nacida del escándalo de Montiel, no podia dejar de 
reflejarse en las letras, y se reflejó por cierto de un modo ine- 
quívoco y positivo. El noble cuento del emperador Carióos Mayr 
nesde Boma et de la buena enperalrüSeuUla, su muger^ sabro- 
sa ficción que hallaba al propio tiempo eco en los pueblos del 
Norte, y el cuento muy fermoso del emperador Ottas de Roma 
et de la infante Florencia, su fija^ et del buen cauallero Esme- 
re *, leyenda piadosa y romancesca por extremo, con otras va- 
rias invenciones de la musa caballeresca, emanadas ya del ciclo 
bretón , ya del carlowingio, abrieron y facilitaron el camino al 
ingenio español para crear el Amadís de Gaula^ modelo y fuente, 
dentro y fuera de la Península Ibérica de otros muchos libros de 
caballerías y estimados poemas , asi como padre afortunado de 
larga progenie de paladines. 

Con esta singular transformación del arte erudito, la cual no 
anulaba las conquistas anteriores de la literatura castellana, por 
más que iba á contribuir á extraviar, andando el tiempo, los ins- 
tintos de la muchedumbre, pervirtiendo al par, y m᧠inmedia- 
tamente, en los doctos el criterio histórico ; se inicia también en 
las regiones de la poesía una innovación de alta y aun no bien 
quilatada transcendencia, como que de ella provienen y en ella 
arraigan profundamente las innovaciones sucesivas, que llevan el 
arte á la tan aplaudida y definitiva revolución de Garcilaso. Tal 
era la introducción de la alegoría dantesca^ que iba á cons- 
tituir nueva y afortunada escuela en el parnaso castellano, no sin 
que hallara contradicción y enérgica protesta en otras escuelas , 
que lo habían hasta aquella sazón señoreado. Averiguar la oca- 
sión y el instante en que esta influencia, que se derramaba de 
igual modo á todas las literaturas meridionales, penetra en nues- 
tra patria; designar aquella parte del territorio español, donde 
dicha novedad pudo insinuarse sin resistencia; examinar y pon- 
derar los elementos que se le oponen en la España Central, te- 
niendo por intérpretes inteligencias muy privilegiadas; seguir 

1 Véanse estos Cuentos á las págs. 344 y 391 del presente volumen. 



vn 

sus progresos, y verla cundir & nuestras regiones orientales y 
occidentales con abundantes frutos; mirarla refluyendo al cen- 
tro de la Península, para luchar de nuevo con las escuelas domi- 
nantes, llevando su influjo y su predominio á las siguientes eda- 
des... asunto era, en verdad, digno de largas meditaciones, á 
las cuales no podíamos renunciar sin grave falta. 

Y no sólo han fijado nuestra atención , dentro del referido 
periodo, las manifestaciones indicadas. La historia y la elocuen- 
cia vulgares tienen también notables cultivadores; y generali- 
zándose su estudio & todas las comarcas, donde es el romance 
castellano habla de la muchedumbre , parecen preludiar desde 
esta época el no lejano predominio de la civilización de la Espa- 
ña Central sobre las extremidades de la Península. Mas no deja 
la historia de experimentar notables contradicciones, cuyo exa- 
men cumplía en gran manera al conocimiento de sus progresos. 
Inclinada desde muy temprano á. la investigación de la antigüe- 
dad, había aspirado á poseer todos sus tesoros; pero no bien lle- 
gaba á la mitad del siglo XIV , logrando las versiones de Tito 
Lívio y Valerio Máximo, cuando sorprendida por las ideas caba- 
llerescas, vióse de pronto adulterada con todo linaje de fábulas y 
fantásticas invencioaes, no perdonadas las mismas crónicas na- 
cionales. Era de mucho efecto el apreciar debidamente las cau- 
sas de este conflicto, de que ^ólo pudo salir triunfante la histo- 
ria, merced á la dignidad personal de los que se .consagraron en 
reinados posteriores á su cultivo; pero al reconocer semejante 
desarrollo, interesaba también determinar la prc^resiva elabo- 
ración de las formas narrativas, cualquiera que fuese el fin es- 
pecial y el asunto de las obras históricas. La Crónica de las Fa^ 
zanas de los filósofos, y la primera parte de la Troyana, nos 
advertían respecto de este punto, que no carecieron de modelos 
las Generaciones é Semblanzas, ni los demás libros sus semejan- 
tes: las arengas y canciones de Lívio y de Salustio, una y otra 
vez imitadas, nos preludiaban, comunicando interés y movimien- 
to dramático á la exposición, el genio histórico de Mendoza, 
de Mariana y de Meló. 

Fiel á sus tradiciones aparecía la elocuencia sagrada. Mien- 
tras era mayor el olvido de los deberes religiosos y morales en 



VIII 

prelados y magnates , sacerdotes y caballeros, más enérgica se 
mostraba la condenación de los vicios, y con mayor eficacia la 
santificación de las virtudes, exigiendo en consecuencia de nos- 
otros todo esmero el examen de los monumentos consagrados á 
perpetuar los nobles esfuerzos de un fray Pedro Pascual y un 
fray Jacobo de Benavente. Desconocidos eran del todo en la re- 
pública de las letras; pero su ignorancia no debia seguir autori- 
zando el error de los que suponian que hasta el siglo XYI no 
.existe la docuencia sagrada, como si fuera posible subir á la al- 
teza de los Granadas y Leones, sin los insignes ejemplos de una 
larga vida, favorecida por las instituciones religiosas de la edad 
media 7 alimentada por la vivificadora savia de las creencias. £1 
estudio que en el presente volumen exponemos, nos vindica al 
mediar del siglo XIV, de aquel injusto agravio, mostrando que 
las obras de don Pedro Gómez de Albornoz y don Pedro de Luna, 
son otros tantos eslabones en la cadena de la tradición, que á 
dicha no llega jamás á. romperse. 

Bajo cuatro diversos aspectos se ofrecía pues en el período, 
á cuyo desarrollo consagramos el presente volumen, la historia 
de nuestras letras. Todos eran en nuestro sentir por extremo in- 
teresantes y todos exigían de nosotros igual solicitud y anhelo; 
porque sin quilatar debidamente la significación y recíproca in- 
fluencia de los elementos que revefan, era de todo punto impo- 
sible el asignar á. cada uno la representación legítima que alcan- 
zan en el sucesivo desenvolvimiento de la civilización española. 
Nuestro deber nos imponía por tanto la indeclinable tarea de mos- 
trar este camino, si habíamos de salir del c&os en que se habían 
perdido otros historiadores, estableciendo al par la cronología de 
las ideas y de los hechos, de tal manera que no pareciese ya pe- 
regrino, forzado y contradictorio lo que era natural, espontáneo 
y consecuente. No hay para qué observar que ahora, como 
siempre, hemos ambicionado vivamente el acierto, porque esto 
pueden suponerlo nuestros lectores, sin tildarnos de pretencio- 
sos. Así nos fuera dado asegurar de igual suerte, que en tan 
difícil senda no hemos hallado invencibles obstáculos. • 



HISTORIA CRÍTICA 



LITERATURA ESPAÑOLA. 



11/ PARTE-SÜBCICLO H/ 



Tomo v. 



CAPITULO I. 

NUEVAS TRANSFORMACIONES DEL ARTE ERUDITO. 



Aparición del elemento caballeresco en la literatura española.-— Origen 
del sistema poético que lo desarrolla. — Distintas y contradictorias teorías 
sobre este punto. — ^Teoría de los arabistas. — Sus contradicciones . — ^Teoría 
clásica: sU apoyo en las tradiciones latinas. — No es suficiente para resol* 
ver el problema propuesto. — Teoría indo-germánica: sus fundamentos 
histárioos.-^Verdaderos elementos constitutivos de la poesía caballeresca. 
—El feudalismo.— Su espíritu: sus fines politicos.— Protesta del sentimien- 
to de libertad contra este opresor sistema: su personificación en el arte. 
— ^Naciones en que florece espontáneamente la literatura caballeresca. — 
División de sus ficciones: el ciclo bretón : el ciclo carlowingio. — Obras 
principales que producen. — Su desemejanza con las del arte español. — 
Ck>nóoenlas los eruditos*, monumentos que lo revelan. — Los poemas; las 
crónicas: las lejes. — ^Momento favorable para tomar cuerpo en la litera- 
tura Castellana. — ^Venida de ingleses y franceses á mediados del siglo XIV. 
-^Efecto de la misma en la política y en las letras. — Aparición del arte 
alegórico. — ^Influencia de la Divina Commedia: Miger Ftancisoo Imperial. 
—Repugnancia de los eruditos á esta innovación. — ^Perd Lopes de Ayala. 
—Inclinase este á la imitación clásica, al escribir la Mstoría nacional. — 
Triple modificación del arte. — ^Resumen. 



Domina en la historia de los pueblos y fija de continuo las leyes 
accidentales de su existencia y de su cultura el frecuente roce y 
comercio de las diversas nacionalidades que reciben vida y se 
desarrollan en el transcurso de los tiempos, ya sea el referido 
contacto brjo de la paz^ ya de la guerra. Mas este hecho notabi- 
lísimo y trascendental, cualquiera que sea el punto dé vista bajo 
que se estudie, ni llega á producir sazonados frutos en un solo 
dia, ni se revela nunca en las esferas del arte, sin dar una y otra 



4 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPA5(0LA. 

tez claras señales de su iniciación y desenvolvimiento. Y ser& 
tanto más laboriosa y lenta; habrá, menester de tanto mayor es- 
pacio para realizarse la expresada manifestación, cuanto sean 
más vivos y enérgicos los instintos del pueblo sobre que ha de 
reflejar la indicada influencia y m&s desemejantes á. su vida po- 
sitiva los gérmenes que hayan de fructiScar en su seno. Pero 
hay más: ese movimiento vago, indeterminado, latente acaso 
para los mismos cultivadores del arte, bien que real, progresivo 
y lógico para la historia y la filosofía, aunque inherente ala vida 
intelectual, como la marea al Océano, quedarla las más veces sin 
efectos visibles, á no venir á completa granazón por medio de 
otro fenómeno social, que conmueva á deshora los fundamentos 
de la república. Llega este momento supremo para las letras es- 
pañolas, al clavarse, bajo las tiendas de Beltran Du-Guesclin, el 
puñal fratricida del bastardo de Trastamara en el pecho del rey 
don Pedro ; y mientras aquellos vengativos hermanos renuevan 
ante los muros de Montiel el sangriento y afrentoso drama de 
Eteocle y Polinice; mientras con el auxilio de extrañas y merce- 
narias huestes, pone don Enrique sobre sus sienes la corona del 
Rey Sabio, arraigan en el campo de la literatura española, con 
fuerza desusada, plantas nacidas en lejano suelo, quitados de 
pronto los obstáculos que se hablan opuesta á su aclimatación y 
cultivo. 

Ninguno de nuestros lectores habrá dejado de comprender 
que hablamos del doble movimiento literario ya indicado en los 
últimos capítulos del primer subcido, y más principalmente del 
que se refiere al género de literatura umversalmente designado 
con el título de libros de caballerías. Nuevo orden de ideas y de 
sentimientos, nueva materia poética y nueva máquina literaria, 
en gran modo distintos unos y otras de cuanto habia ofrecido á 
nuestra contemplación el arte que brota espontáneamente en el 
seno de nuestra cultura, vienen ahora á ser interpretados y ex- 
puestos por la lengua de Castilla. El mundo exterior, animado & 
la voz del poeta, ofrece á vista de los lectores nuevo y sorpren- 
dente espectáculo : espantables gigantes, á cuyo poder titánico y 
brutal se rinden comarcas enteras, yermadas por la ferocidad de 
semejantes dominadores; horribles y repugnantes enanos, cuya 



n/ PARTE, GAP. I. NVEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 5 

ingénita malicia y extremada astucia los pone en perpetua guer- 
ra con la humanidad que enciende con la bienandanza sus insa- 
ciables odios; monstruosos dragones, dotados de inteligencia 
* para guardar en misteriosas cavernas tímidas vírgenes ó malha- 
dadas princesas; pérfidos ó cobardes encantadores, que envidio- 
sos de la agena felicidad, aprisionan con sus artes damas y caba- 
lleros, ejecutando en ellos crueles venganzas; genios y hadas 
bienhechores, que ya elev&ndose del seno de las ondas, ya mo- 
rando en las solitarias grutas de la marina ó en la aspereza de las 
montañas, predicen lo futuro y escriben, al nacer, en la frente de 
los caballeros las portentosas proezas de su vida, siendo en toda 
ella sus guias y ángeles tutelares ; islas, alcázares y lagos en- 
cantados, que encierran en su recinto nunca imaginadas mara- 
villas; fuentes, filtros y bálsamos, que trastornan las mentes y 
los corazones^ alterando á la vista los objetos, trocando en odio 
ó amor profundo las más débiles pasiones, y restituyendo á la 
lozanía de la juventud la ancianidad decrépita; talismanes, espe- 
jos y conjuros, á cuya virtud se humilla la naturaleza, rompien- 
do el armonioso concierto de sus eternas leyes y poblando el es- 
pacio de sierpes, trasgos y vestiglos; caballos, escudos, lanzas, 
espadas y cuernos, sometidos al influjo de irresistibles encantos, 
é instrumentos de altas é inconcebibles victorias; y finalmente ca- 
balleros predestinados, á quienes suben la fortuna y el esfuerzo 
de sus corazones desde la ultima pobreza á la sublimidad de la 

púrpura hé aquí el fastuoso aparato que iba á desplegarse á 

los ojos de nuestros mayores en vario, pintoresco y deslumbrador 
conjunto, para examinar no menos fantásticas y peregrinas his- 
torias, á las cuales daba levantado y constante interés lo inespe- 
rado de las peripecias y lo dramático de las situaciones. 

¿De dónde venia pues ese nuevo sistema poético llamado á 
producir en los anales de las letras españolas una de sus más 
trascendentales transformaciones?... ¿En qué literatura se habia 
desarrollado antes de penetrar en la castellana?... ¿De qué modo 
se verifica ese cambio en el gusto de nuestros escritores y en 
qué esfera se realiza?... ¿Domina de una manera absoluta en to- 
das las manifestaciones del arte, ó divide su imperio con otras 
influencias, ya presentidas y que debían por tanto hallar cierta 



6 HISTORIA CHlTICA DB LA LITERATURA £SPAf(OLA. 

satis&ccion en el campo de la poesía y de la historia?... Cues- 
tiones son todas de no exigua importancia para la critica ; mas 
no de solución tan fácil que puedan ser tratadas en breves ren- 
gloneSy bien que hayan procurado respecto de las primeras mos- 
trarnos el camino muy insignes escritores extraños. £1 mismo 
anhelo de la terdad que en unos reconocemos y el afán que en 
otros resplandece por sustentar teorías originales^ han servido 
de obstáculo á la verdadera ilustración de esta materia, engen- 
drando al par diversas opiniones, ni todas admisibles por cojíUr- 
pleto, ni dignas todas de ser igualmente desechadas. 

A tres pueden y deben, no obstante, reducirse las principa- 
les teorías de los que han intentado descubrir las primitivas 
fuentes del sistema poética, desarrollado en la literatura caba- 
lleresca. Primera : la que se&ala su origen en la de los árabes. 
Segunda: la que descubre sus primitivos gérmenes en las obras 
de la antigüedad olásica. Tercera : la que apelando á las ense- 
ñanzas de la historia, se precia de hallar los referidos elementos 
en las naciones del Norte. Examinemos con imparcial sobriedad 
estas contradictorias opiniones *. 

Achaque general de la erodieSoa ha sido en cierta época (y 
aohaque de que todavía no h» llegado á convalecer) el designar 
al pueblo y oivilizaoíon de los Galifas cual fuente obligada de todo 
desarrollo filosófioo, artistioo y literario, operado durante la 
edad-medía. Enmndeeiendo ante la autoridad de los que procla- 
maban talas descubrimientos, renunciaron, con no poco daño de 
la historia, & la investigación de la verdad aquellas privilegiadas 
inteligencias que hubieran podido ilustrarla; y no fué por cierto 
más afortunada la critica literaria en orden á los orígenes de la 
poesía, que constituye el mundo caballeresco. A la literatura 
arábiga pasaron desde la persa tan maravillosas ficciones, comu- 

1 No jazgamos del todo ocioso el consígrnar aquí que siendo para nos- 
otros incidentales todas estos cuestiones, no tenemos por acertado darles 
aquella extensión que en otro caso reclamarian por su importancia. Sin em- 
bargo, es de todo punto imposible el dejar de tomarlas en consideración, si 
hemos de obtener el fruto apetecido de nuestras investigaciones relativas á 
la aparición de la poesía y literatura caballerescas en la literatura y poesía 
españolas. 



II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 7 

nic&ndose & España con la dominación sarracena, y extendiéndo- 
se desde la Península á las demás naciones de Europa. Sobre 
este hecho, no demostrado^ se ha erigido pues el sistema que 
pretende en uno y otro sentido explicar el nacimiento de aquella 
rica 7 v&ría literatura. Llevando al centro de las nacionalidades 
del continente esos elementos extraños & su civilización, los con- 
naturaliza primero en la antigua Armorica ó Bretaña, y los tras- 
porta después & Inglaterra, haciéndoles echar duraderas raices 
en el país de Gales y á poco andar en el de Cornualla, deposita- 
rios ambos de iguales tradiciones y regidos con frecuencia por 
las mismas leyes ^. Un monumento, al parecer irrecusable, se 
presenta en comprobación de estas afirmaciones: la crónica latina 
de Monmouthf traducida del bretón jpor el benedictino Gofredo, 
antes de subir á la cátedra episcopal de Asaph en 1151; libro 
formado de diferentes fragmentos, escritos en lengua vulgar des* 
de el Vn al IX siglo «. 

Indudable es que en esta renombrada crónica aparece ya 
parte de aquel sistema poético que tiene después extraordinario 
incremento en los libros d^ caballerías, llamados á. constituir el 
ciclo bretón, narrándose también las hazañas que conquistan al 
rey Artús la envidiada gloria de ser el primero de los paladines 
de la Tabla Redonda. Los gigantes de aterrador aspecto é in- 



1 £1 aator y propagador de esta teoría fué el inglés Tomás Warton en 
su History of english poetry , from the cióse ofthe eleventh to the commen- 
cement of the eighteenth (Londres, 1775), donde consagra una disertación 
entera á investigar the origin of romantic fiction in Europe (t. í, al prin- 
cipio). Mr. de Ginguené extracta esta disertación en el cap. III, 11.^ Par- 
te de su Hist, litter. d'Italie, t. IV. 

2 Warton asegura que los MSS. sobre que se fundó la Crónica de 
Monmouth estaban en efecto en lengua bretona 6 armoricana, llevando el 
título de Brutíj'Brenhined. Hallólos en 1100 Gualtero ó Walter, entendido 
diácono de Oxford, que viajaba á la sazón en Francia, y llevándolos á In- 
glaterra, los comunicó tiempos adelante á Godofredo de Monmouth, así lla- 
mado por ser arcediano de su Iglesia, al cual han designado algunos auto- 
tores (Roquefort Flamirecourt, État de la poésie fran^aise dan$ les XII 
ei XIII siécleSf III.* Parle, cap. I ), con el nombre de Godofredo Artur. — 
La última aserción del texto se halla en la pág. 9 del t. I. de la Hisloria 
do Warton. 



8 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

contrastable poderío, reservados para enaltecer con su inespera- 
da humillación los triunfos de los caballeros; los dragones mara- 
villosos, cuyos terribles combates llenan de pavor los corazones 
más esforzados; los^portentosos encantamientos y las misteriosas 
y enigmáticas profecías de Merlin, en que se meucionan leones, 
sierpes y vestiglos, consultándose el no entendido canto de las 
aves, cual seguro oráculo; las sorprendentes metamorfosis pro- 
ducidas por este encantador, en virtud de filtros, brevages ó 
yerbas mágicas ; y por último, aquel valor intrépido é irreflexivo 
que ni conoce el peligro, ni se dobla al infortunio, ni cede á la 
invencible ley de la fuerza..., todos estos gérmenes existen en 
efecto en la Crónica de MonmoUthy anunciando que han de tener 
en breve notable desarrollo ^ 

Mas no porque reconozcamos dichas circunstancias, será po- 
sible admitir la consecuencia que pretenden sacar de ellas los 
partidarios de la teoría arábiga: cuando afirman, como un hecho 
indubitable, que las obras bretonas, sobre que la expresada cró- 
nica se funda, fueron escritas desde el siglo YII, olvidaron lasti^ 
mosamente que no aparecieron los soldados de Tariq y de Muza 
hasta el siglo YIII al frente de la antigua Europa^ no siendo por 
tanto imaginable que trajeran al seno de la misma elementos 
que antes de su venida se reflejaban ya en las producciones del 
arte y que habían necesitado de largo tiempo para vivir en las 
tradiciones populares ^. Ni anduvieron más cuerdos, al suponer 

1 Puede consultarse lo que dicen sobre este punto los citados Warton, 
Ging^ené y Roqucfort, y con ellos Mr. de la Rué en su Disertation sur 
ñobert Wace, inserta en el t. %\l de las Memorias Arqueológicas de la 
Academia de Caen; Mr. Mallet en su Introduction á la Historia de Dina- 
marca, y Mr Graber de Hen^só en su Saggio Istorico, que mencionaremos 
después. La crónica apellidada de Monmouth, aunque plagada de ficciones, 
ofrecía no obstante cierto sentido histórico, comprendiendo la genealogía de 
los príncipes galeses (welches) desde el troyano Bruto hasta Cadwalladér, 
que alcanza al siglo VII. Fué impresa en 1508 y 1517 en París (fól. y 4.®) 
con el título siguiente : Brüanniae utriusque regum et principum origo 
et gesta insignia ab Galfrido monemutensi ex antiquissimis Britannici 
sermonis monumentis in latinum traducía, 

2 £1 indicado Warton atribuye no escaso valor en esta suerte de mito- 
logía romántica á las enormes piedras que existen en Irlanda y Escocia, y 



n.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 9 

que el expresado sistema había fructificado en la España cristia- 
na, antes de salvar los Pirineos para .comunicar su aliento k 
otras literaturas ; pues no solamente dejaban en completa oscu- 
ridad el camino que llevaron aquellas ficciones, al verificar el in- 
dicado tránsito, sino que ni apuntaron siquiera en qué monu- 
mentos del arte español hablan dado señales de vida; requisito 
sin el cual venia por el suelo toda hipótesis, quedando despojada 
del racional fundamento de la historia. Verdad es que era esto 
de todo punto imposible : la literatura española, ya en su mani- 
festación latino-eclesiástica, ya en la vulgar, no posee antes del 
siglo XIV monumento alguno que se asemeje á la Crónica de 
Monmouthy careciendo de apoyo aquella aventurada opinión, no 
más consistente por cierto, al referirse al ciclo carlowingio. 

Es la crónica del arzobispo Turpin, compuesta en sentir de 
los más doctos críticos por un monje del siglo XI, la base ge- 
nerahnente conocida de cuantos poemas ensalzan el valor y la 
fama de Cárlo-Magno y de sus doce Pares ^. La analogía de sus 
ficciones con las fábulas de los libros arábigos (dicen unos) no 
. puede ser más sensible : la historia del E¡mperador y de Roldan 
(añaden otros) fué llevada de España á Francia, antes de ser es- 

que segrun las tradiciones populares estaban dotadas de cierta virtud mági- 
ca : supónelas ya trasportadas por gigantes de las costas de África, ya 
por los epcantamientos de Merlin. Aunque el sentido popular, viciado algún 
tanto, buscase la explicación del respeto que le inspiraban dichas piedras, 
en accidentes sobrenaturales^ no es posible dudar que ese respeto es heredi- 
tario en las regiones de Gaula y Cornualla, y nacido del verdadero objeto, 
á que estuvieron primitivamente consagrados dichos monumentos. Todo el 
mundo sabe ya que esas piedras encantadas fueron altares, piras y templos 
de los antiguos celtas, distinguiéndose, según sus diversas aplicaciones, con 
los nombres de men-hires, dólmenes, alineamicTUos, piedras oratorias ú 
horadadiis, etc. Por manera que, cualquiera que fuese la trasformacion ex- 
perimentada en la estimación del vulgo por este linagc de tradiciones, siem- 
pre habrá necesidad de confesar que no reconocen su origen entré los ára- 
bes, quienes nada tuvieron que ver con aquellos paises. 

1 La Crónica de Turpin ó Tilpin se supuso escrita en el siglo IX; pero 
nadie ignora ya que sólo apareció durante el XI, con el nombre supuesto 
de aquel arzobispo, que jamás existió en la Iglesia de Francia. La autori- 
dad de Voltairc ha sido de mucho peso en esta disquisición crítica (Essai 
sur les Mccurs ct Vcsprit des nations, t. II, cap. XV). 



10 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

crita por el famoso arzobispo de Rheims ^ : las maravillas de las 
hadas, la creación de los.gígantes invulnerables, la invención de 
las armas encantadas y de los mágicos talismanes (observan 
estos) corresponden de lleno á la poesía del Oriente : la crónica 
fabulosa de Tarpin y la no menos peregrina de Monmouth (ase- 
guran aquellos) son el fundamento de todos los' poemas de la 
caballería ^. £n ellas (prosiguen) aparecieron por vez primera 
los caracteres principales y las fundamentales ficciones que han 
ministrado tan abundante materia á este linage de composiciones 
poéticas. Ningún libro habia hablado antes en Europa de gigan- 
tes y encantadores, de dragones y fantásticos vestiglos ; y pro- 
viniendo sin duda todas estas novedades de una misma fuente, 
fuerza es convenir en que sólo pudieron derivarse de la literatu- 
ra oriental, representada por los árabes ^. 

El procedimiento parece lógico, una vez admitido el princi- 



1 El celebrado prior de Vigeois, muerto en el último tercio del siglo XII, 
afirmó que la referida Crónica, ó al menos el ejemplar que el vio. por vez 
primera, era originario de España ; y esta aseveración, á que daba cierto 
peso la misma antigüedad, ha sido motivo de largas disputas, declarándose 
finalmente la cuestión de todo punto insoluble (Roquefort, De la poésie 
franQoise dan$ les siédes XII et XIII, pág. 137). Lo admirable, en nuestro 
concepto, es que se haya suscitado. 

2 Dado que todas estas maravillas recooocieran por única fuente las' re- 
giones orientales, ¿ seria posible concluir en buena crítica que sólo se co- 
municaron á Europa por medio de los .árabes?... Adelante veremos cuan in- 
fundado es semejante aserto, que desvanece por otra parte la misma historia 
de la civilización arábiga en nuestro suelo. En cuanto á ser las crónicas re- 
feridas la única base de las ficciones caballerescas, recordaremos aquí las 
historias romancescas de Thelesin y Melkin, aducidas por el célebre Huet 
en su Origine des Romans, para refutar la opinión del docto Saumaisc, uno 
de los más entusiastas arabistas. Ambas historias conlenian los hechos y em- 
presas del rey Arlús y de los caballeros de la Tabla Redonda , y a\inque no 
está comprobada su existencia, prueba el indicado testimonio que no fué 
para todos los escritores tan clara^ como pretendieron los partidarios de la 
influencia árabe, la cuestión que daban ya por resuelta. 

3 Ginguené, Hist. liU, d'Italiet Parte 11^ cap. III. Sin embargo de apa- 
recer inclinado á este sistema, vacila no poco al quilatar los hechos en que 
se fundan los contrarios, limitándose en consecuencia al mero oficio de ex- 
positor. 



II.* PAUTB, CAP, 1. MEYAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 11 

pió; mas sobre no* apoyarse en uno de esos hechos que cierran 
el camino á toda discusión, no sabemos hasta qué punto podrá, 
resistir la prueba de la teoría, que acudiendo & las venerables 
tradiciones de la antigüedad clásica, niega vhlualmente cuantas 
hipótesis emendan la continuidad moral de la historia. ¿Por qué 
cerráis los ojos á. las obras del arte homérico y á la historia y 
mitología greco-romana, para no ver en ella esas ficciones, cuyo 
origen oscurecéis con las nieblas de vuestros gratuitos siste- 
mas?... ¿Habláis de terribles gigantes? Pues ningunos pueden 
poner más espanto en el ánimo de los hombres que aquellos, de 
quienes se dijo que osaron levantar el Pelion sobre el Osa, pai'a 
arrojará los dioses del Olimpo; ningunos han recibido mayor 
fama en las producciones del arte que Polifemo y Caco, que Ty- 
cio y Anteo. ¿Tratáis de magos y encantadores?... Pues recor- 
dad las maravillas obradas por Circe y CalypsQ, Medea y Tyre- 
sias. ¿De monstruos y dragones?... El Cancerbero y la Hidra de 
Lema, la Serpiente Pyton y la Esfinge Tebana, el Dragón de las 
Hespérides y el del Bellocino de Oro, los Centauros y el Mino- 
tauro os dirán hasta qué punto llegó la fantasía de los poetas 
griegos en este linage de creaciones. ¿De escudos terribles, de 
armas encantadas?. .. Traed á la momoria la egida de Minenra, 
los escudos de Aquilea y de Eneas, la lanza del hijo de Peleo y 
las. flechas de Filoctetes. ¿De héroes invulnerables?... Aquiles 
sólo puede recibir la muerte por el talón, así como Fert*agús 
sólo puede ser herido en el ombligof Eneas camina entre las fle- 
chas griegas y las llamas que devoran la mísera Ilion, sin que 
llamas ni flechas puedan causarle enojo ; Messapo, prole de Nep- 
tuno, es superior al hierro y al fuego. ¿Ponderáis finalmente las 
profecías de Merlin?... Comparad, sin embargo, con ellas los 
oráculos de las Sibilas ^... .Héaquí (prosiguen los partidarios de 

1 Esta enumeración es susceptible de extenso desarrollo desde las 
transformaciones de Júpiter hasta las de Proteo y Glauco. La mitologpía, 
sistema completo y« altamente hermanado con la ciencia del mundo anti- 
^0, no se borró de la memoria de los hombres tan fácilmente como se ha 
supuesto, así como no pudo borrarse la noción de la misma ciencia, por 
grande que fuera la oscuridad de la barbarie. San Isidoro en España, Beda 
en Inglaterra y los académicos de Cárlo-Magno en Francia atestiguan 



12 HISTORIA CRtTlGÁ DE LA LITERATURA ESPAflOLA. 

la teoría cl&sica) cómo antes de que se escribieran las famosas 
crónicas de Monmouth y de Turpin existían en el seno de la so- 
ciedad europea todas esas ficciones que sirvieron de fundamento 
al sistema poético desarrollado en los libros de caballerías. 

En el siglo XI, en que estos nacieron (replican sin embargo 
los arabistas), yacian en olvido profundo Homero y Virgilio; no 
poseia Europa manuscritos del poeta griego, y los del poeta lati- 
no estaban envueltos en el polvo de las bibliotecas de algunos 
conventos, no frecuentadas de los. eruditos ^. Pero aun cuando 
este aserto pudiera admitirse, dando por sentado lo que no es 
histórico ni simplemente verosímil, & saber, que habia llegado & 
borrarse del todo la tradición docta de la literatura cl&sica; aun 
cuando semejante afirmación se establezca, al tratar de libros es- 
eritos precisamente en lengua latina, todavía conviene reparar 
6n que, trasmitidas de edad en edad las supersticiones del mun- 
do antiguo» y eon ellas todas las artes goéticas, según en varios 
pasages va demostrado, no es propio de críticos que aspiren al 
título de filósofos el desconocer que debían vivir en la memoria 
de las gentes todas esas ficciones oreadas por la fábula, por más 
que la distancia y la oscuridad de los tiempos las alterasen y 
desfiguraran. Y cuando los mismos sostenedores de la teoría que 

• 

66ta verdad. Los quo juzgan que la edad«media cortó con el mundo antiguo 
toda comunicación, niegan las leyes morales de la historia y hacen im- 
posible toda explicación ftlosóflca de aquel maravilloso movimiento intelec- 
tual, conocido con el nombre de Renacimiento. Ni ¿cómo se comprendería 
por otra parte la existencia de ciertos poemas, meramente clásicos por su 
asunto, aun en la literatura del Norte? ¿Que significaría por ejemplo la 
Eneida de Enrique de Veldelje, la Guerra de Troya de Conrado de Wurz- 
bourg y más adelante las Methamorphosis de Alberto de Halberstadt?... 
Verdad es que al negar absolutamente las tradicionos clásicas en la edad- 
media, se ha perdido de vista que la Crónica de Monmouth y el Román du 
Brutf que citaremos después, fundan toda su narración en la venida á In- 
glaterra de un hijo de Asean io, nieto por tanto del piadoso Eneas, cantado 
por Virgilio. 

1 Puede admitirse este aserto respecto del cantor de Aquiles, aun cuan- 
do nunca con la excesiva latitud que le dá Ginguené, á quien principal- 
mente aludimos (Hist litt de Ital,, t. IV, cap. cit.): no así en lo tocante á 
Virgilio, por grandes que fueran las tinieblas de los siglos X y XI en or- 
den á las letras latinas. 



II.* PARTE, CAP, I. NCEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 1? 

sólo concede ái los ¿rabes la trasmisión de los expresados elemen^ 
tos, confiesan paladinamente que antes de pasar á las dos cróni- 
cas latinas, tenian ya cuerpo y valor en las obras de la muche- 
dumbre, no será, ilógica ni aventurada conjetura la que apoyada 
en el natural desenvolvimiento de la historia, conceda á la tradi- 
ción clásica cierta intervención en el nacimiento de aquel sistema 
poético. 

Decimos cierta intervención, porque asi como es para nosotros 
insuficiente la teoría de los filo-arábigos, para explicar satisfac- 
toriamente este fenómeno literario, asi también carece de fuerza 
y de eficacia para llegar al mismo fin la de los dasicistas, aun- 
que no podamos negar que esos elementos heredados del antiguo 
mundo podian nuevamente combinarse para dar vida, aun bajo 
distintas leyes, á las producciones de la fantasía. Mas nó bastan- 
do por si solos á formar un sistema tan completo como el que se 
revela «n los libros caballerescos, necesario es volver la vista & 
distinta fuente, saliéndonos al encuentro la teoría de los que la 
han hallada «n los pueblos del Norte. Grande aparato de erudi- 
ción histórica y etnográfica despliegan estos ^, para exponer su 
opinión, remontándose á los tiempos del famoso rey del Ponto y 
del más celebrado Odino (Sigge Fridulfson), y partiendo de las 
conquistas llevadas á cabo por este legislador asiático en la Ru- 
sia europea, en la^ regiones septentrionales y occidentales de 
la Germanía y en Dinamarca, Suecia y Noruega *. Odino, gran 

1 Consúltese sobre este panto el muy apreciable Cuadro de la íttera- 
tura dd Norte (Tableau etc. Parts 1853) de Mr. F. G. EichhofT, Sólo des- 
pués de contar machas obras escritas bajo la pauta de este excelente libro, 
podrá llegarse á pronunciar la última palabra en cuestiones de orígenes. 
£1 fundamento capital de ella estriba en los estudios etnográficos. 

2 Warton, que según va notado, es uno de los más distinguidos parti-^ 
darlos de la influencia arábiga, toma sin embargo en cuenta estos hechos, 
llegando á resolver que lejos de destfuir su primitiva teoría, la apoyanr y 
esclarecen, por reconocer las ficciones de árabes y escandinavos^ que vamo» 
á indicar, un mismo origen en la» regiones del Asia. Si esto es así, clara 
parece que lo mismo podría decirse de las ficciones mitológicas; y constan-' 
do que los pueblos del Norte tienen verdadero contacto histórico con las 
naciones en que florece el |istema poético de que tratamos, no hay parar 
qué martirizarse en buscar, como peregrino, lo que al cabo llega á ser propio. 



H HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

sacerdote, discreto cultivador de las letras, gobernador sobrio y 
justo, logró introducir en todas aquellas comarcas, con honda 
veneración de los naturales, la religión de sus mayores, modificó 
la aspereza de sus rudas costumbres, y no sólo les hizo adoptar 
el culto y las leyes, sino también la lengua ^ 

Era natural consecuencia de todos estos hechos que las ideas, 
las tradiciones y los sentimientos del pueblo de Odino echasen 
profundas raices entre los escandinavos, por m&s que el referido 
conquistador y sus sucesores procurasen no lastimar sus institu- 
ciontds primitivas *. Creian los compatriotas de aquel principe 
qué presidian al nacimiento y ulterior destino de los hombres 
cieiftas hadas (walkyris); y admitían igualmente la mediación de 
los genios de luz (alfes), habitadores de la región celeste y de los 
genios negros (hales, sombras) que moraban en la tierra. Un 
dragón alado y negro, de tremendas garras é insaciables fauces, 
devoraba los cuerpos de los infelices que morian en pecado: es- 
pantosos gigantes (iotes ó iotum) dominaban las montañas} as- 
tutos enanos (dverges) guardaban las cavernas, haciendo irnos 
y otros perpetua guerra & los hombres. Semejantes creencias, 
canonizadas por el respeto del fanatismo que rodea el nombre de 
Odino ^, arraigan con los demás dogmas de aquella región ori- 

1 £1 efecto producido por la conquitU de Odino en las rejones del 
Norte, ha sido compendiado por el doeto Sichhofr en estas palabras: cDo* 
ominando, al parecer de los escandinavos, toda la tierra, rodeado de los 
9 Ases 6 jefes divinizados que forman su cortejo celeste, vencedor de los ge- 
unios malhechores, aunque sin trég^ua amenazado por ellos; — ^resume en sí 
^respecto de los expresados pueblos, el heroísmo que afronta los obstáculos, 
»)a perseverancia, que los domina, y sobre todo la discreción^ que los evita. 
(Tablean, pá§^. 36). La gratitud de los vencidos eleva al vencedor á la es- 
fera de la divinidad, circunstancia que hace realizable la influencia inusi» 
tada que los historiadores le conceden. No se olvide que lo último que pue- 
de perder un pueblo, es la lengua hablada por sus mayores. 

2 Esta opinión apunta Mr. Grábcrg en su Saggio Istorico sugli sccUdi ó 
antichi poeti scandinavi {?i8Si 1811), fundándose en muy valederas razo- 
nes (pág. 47 y 48). Todo convence do que Odino era un conquistador ex- 
traordinario. 

3 Mr. Eichhoff observa que la voz Wbdan, cuya raíz odh 6 Wttth pe- 
netra en todos los dialectos germánicos^ y cuya significación es la de pen^ 
Sarniento, acerca á Odiho al Boudha de los indios, genio de la sabiduría^ 



II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 15 

ginaria del Asia, en el suelo del Norte, derramándose en breve 
á la mayor parte de las regiones germánicas. Allí encarnan en 
las primitivas tradiciones, y comunicándoles especial colorido, 
animan por largo tiempo el harpa del poeta (skaldo), mezclándo- 
se á los recuerdos heroicos é infundiendo nuevo espíritu á los 
guerreros. Alli se connaturalizan y robustecen con las supersti- 
ciones populares, que se reflejan enérgicamente en los cantos 
del Sdda ^ ; y al mismo tiempo que empieza á disiparlas la luz 
del Evangelio, aparecen á la faz de las demás naciones, conduci- 
das á Inglaterra por la espada de los sajones y daneses^ llevadas 
á Francia por las falanges de los normandos. Poco después reco- 
gía Semundo Sigfuson las últimas reliquias del arte inspirado 
por los dioses de Odino, levantando á la antigua cultura del Nor- 
te el sencillo y grandioso monumento, donde se hallan escritos 
con duraderos caracteres los nombres de Thor, Balder y Freyr *. 

llamado así del verbo &ud/i; concebir. Aproximado por este nuevo camino 
á la divinidad, viene á ser el centro de aquella especie de mitología, cuyas 
principales ficciones^ en la relación poética que vamos estableciendo, que- 
dan ya indicadas. 

1 Desde el primer canto de este peregrino y misterioso libro, que es la 
volopsá ó visión de VaUit manera de Génesis del pueblo escandinavo, se 
encuentra ya el varío aparato de enanos, que nacen de la sangre de Brimer 
(estr. XII y siguientes) y de Dvalin (estr. XVII) ; de hadas^ entre quienes 
resplandecen Skulda, Skogel, Gunar, Hildar y Gondel, consagradas al 
príncipe de los combates (estr. XXIV); de magas, tales como Gulvege, que- 
mada tres y más veces y protectora siempre de la raza de los malvados- 
(est. XXV y XXVI); de gigantes, entre los cuales es notable la vieja Gygur^ 
habitadora de la selva de hierro (estr. XXXVlí); de serpientes y dragones, 
tales como Yormungand y Nidhogre (est. XLV y LII); y finalmente, de pa- 
lacios de oro, gallos encantados, perros, águilas, ríos, árboles y otras mil 
creadonet de la fantasía, tipos todos que derivados, según notaremos, á ci- 
vUizaciones más occidentales, pudieron tener notable influencia en el des- 
arrollo del sistema poético, adoptado por la literatura caballeresca. 

2 Sigfuson existió por los años de 1100 y fué designado con el nombre 
de Sabio. Fugitivas á Irlanda las reliquias de los antiguos escandinavos, 
refúgianse en aquella isla solitaria los sacerdotes del culto odínico, que 
conservaban las primitivas tradiciones: propagada al cabo la luz del £van-> 
gelio por San Bonifacio^ San Anscario y sus discípulos hasta el centro de 
dicha isla (siglo XI), hallan los dogmas escandinavos su último intérprete en 
Semundo, quien escribiendo las cartas religiosas, liga á la posteridad el me- 



/(a ;is I! íí>r;w itXwUsíVtSí r^ismiíVis. y^r •?! iül^o le Sia JuSipa 
<m íh 'hítuí^ zr^nu*sí. v» nnf.fl^rin ii incin le «^e^ 7 i as :•>- 
rtur-;t« 'í^, O^rnitóala ^nír^mlnflilo •*! ina 7 itn 3ar¿ nñ pue— 
rtiím 1p ;* <%íwalfír'ii. .ñ»a liuli •»?! -í^tó Víf*rt^msL ei ™ Jia¿ pare— 
^A v»rter?^ Vin a .í»? n.M/^rj^ 7 ar;^jit»aniai ríe jr«aiie jis 

>,i/e 7 'Vimr>»>;*rf;fc^^uMn.: írrieij.*! •*if*iiiií!i:*:-ff >3#;Ct:tj5. ;iiTnpnagf 
mr>tAr;r/tít;< wí^cw^u» rwt % ria.'.aflaii uneaaaadas 'íe moorte 
^ ^4 vMtu**^ ^ ^1^ íri#5t»ruiar'tt por jatnr^í? rú^x^ ean!t¿rxantfi> 
1^ fí^í^ípíVii 7 ;;ti íV/iMfnnr^, — femaa anón á. Sgcímiiar anegas 
/vi/íM/vUtií'^n^.^, v^ii*t>nrír/i^ 4 ir/i luei ii;:>*rjir»s «íe Lelj mismas. 
f^vrt ^rtr»ítr;fo, por m4.í <V3ÚJÍ^ j ener^^ «ríe trajeraa toias 
^^;iw ft/'/^/ft^, por yrnúáfií que ítuis^ ia «n^a^ioa <pe produj^roa 
^ ^J 4AiAy/ ^, Ua pnétiÁíA, k myt leno eran trasportadas, poco 
/f «ojr (A.«;j^í> ^íe^j hri!>¿efao If/gndo en las esferas del arte, 
4 rt^p tM^r ^ fÁ^ti/} mrAff preparado el terreno por cl recuerdo 
rAJ((o, ptffp f'/ffixUrtU:, de otra mitología, coTas difinidades j fon- 
^(UfWfíiUA, Al bi^i ^ nvMnáaoi en io exterior desemejantes á los 
Aé^ Ui ffiinU^i Ó0Í (ffUno, (Artáuí iiíAnhle armonía j imidad en el 
t^friíUf ^ VnélUrtm de eite modo hermanarse, para conspirar & un 

mfffkíA^ hffftf t\\tf f*'/'\\*^, pA nombre de Eáia (ley sai^rada). Véase el citado 

f t \m pjt%mt9%ttnU y \on ^enÍo« elementales qae sínren para figfurar I4 
Hitt*nfUtu (tUr.f n\ líodio Ktchhotf), nof parecen remontarse, así entre los 
tKftmnntfñ ttmnf f*tiirfi ]/;«eeltftf, entre los romanos como entre los griq;os, 
•/i I A man HpHtintía antlffiíedad, á las tradiciones primitivas de Asia im- 
9\i*ttlnt\Hn por Um prítnnn» CAJonott (pág. 34). Partiendo de este principio, 
MlAfflM/m nttíMnn anolo^ÍAs entre lo» diversos sistemas téogónicos de ^ríe- 
tff««, fiimniio*, r«lU», ^t*rmAno» y escandinavos, mostrando así los lazos que 
iitinM f*l nnUifiio nímhoWnmo oriental y las divinidades astronómicas de la 
(imIIii, Ia A^lrlfi y nt Kffipto con las de Grecia y Roma, no menos que con 
JAmlM li>« itnrriiH no«i ri^llns, vnndos ó iberos. Esta correspondencia interior 
ilf« Utn pN|ili Mii«, nuni|tif^ lntorc<«|itada á moñudo por las grandes catástrofes 
«lo In IniMiMtililnd y por In Irrosísdblo fuerza de los tiempos, no por eso ca- 



11.* PARTE, CAP. !• ÍÍUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 17 

tóísmo fin, los ricos y variados elementos que legó al morir el 
arte clásico á las generaciones de la edad-media y los elementos 
que traidos del Norte, refrescaban esa misma tradición con nue- 
vos gérmenes de vida. La teoría de los clasicistas, más funda- 
mental, más histórica que la de los partidarios de la influencia 
omnímoda de los árabes, se enlaza estrechamente con el sistema 
de los que atribuyen á los normandos, daneses y sajones directa 
participación en el desarrollo de la poesía caballeresca ^ 

Mas dados ya todos esos elementos y* admitida la fusión de 
todas esas ficciones, que aumenta y multiplica la juvenil fantasía 
de los pueblos que los reciben, ¿podia decirse que estaba forma- 
do el sistema poético, revelado por los libros de caballerías?.... 
Cualquiera que fuese el brillo y la riqueza de esa manera de mi- 
tología, que contribuye á crear la máquina exterior del arte, 
jamás hubiera llegado á produoir verdadero sistema literario, 
sin hallarse subordinada á principios fecundos, capaces de en- 
cerrar en sí y revelar vigorosamente el espíritu y la vida inte- 
rior de la sociedad, en cuyo seno iba aquel á manifestarse. La 
poesía caballeresca tiene su más firme apoyo en el feudalismo. 

duca y desaparece del todo, dando en un día determinado sorprendentes re- 
sultados, cnya explicación seria absolutamente imposible, sin acudir á las 
fuentes primitivas de la historia, reconstruyendo las mismas tradiciones por 
medio de la ciencia etnográfica y la filológica. Así debe suceder^ en nuestro 
sentir respecto de las investigaciones que vamos indicando. 

1 La cohorte, distinguida por cierto, de los arabistas, ha sido reforzada 
por no escaso número de críticos, que reparando en la absoluta falta de 
pruebas con que se exponía aquel sistema, han apelado á las Cruzadas para 
darle nueva luz y mayor autoridad. No queremos plaza de arbitrarios en el 
estudio .de la historia, cualesquiera que sean sus relaciones .con la civiliza- 
ción; pero si pudieron las Cruzadas tener alguna inñuencia en el perfeccio- 
namiento, ó mejor dicho, en el acopio de los elementos que constituyen la 
máquina literaria de la poesía caballeresca, no se olvide que ya antes de 
emprenderse la primera de aquellas expediciones se hallaba fundamental- 
mente organizado el sistema feudal^ base principalísima, conforme á conti- 
nuación veremos, de aquella literatura, y que no sólo se hablan consumado 
las conquistas de sajones y daneses, sino también las famosas expediciones 
de los normandos, tomando estos asiento en las regiones occidentales. £1 
influjo 'de las Cruzadas no pudo en consecuencia ser primitivo^ como parece 
indicarlo el empeño de los que las citan al propiósito. 

T0.)10 V. 2 



18 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAftOLA. 

Nacido este del centro de la barbarie é hijo por una parte del 
valor individual y por otra del total olvido de las ideas del dere-> 
cho y de la organización militar.que reciben las nuevas comar- 
cas, en que es dividido por los pueblos del Norte el imperio de 
los Césares romanos, tiene su origen en los beneficios militares 
creados para defensa de las fronteras; beneficios que hubieron 
de distinguirse con los títulos de ducados, marcas, condados y 
baronías ^ Ensayado acaso por vez primera entre los lombar- 
dos, comprimidos al par sobre las orillas del Pó por los empera- 
dores de Oriente y por los pueblos septentrionales, que iban ca- 
yendo sucesivamente sobre el centro de Europa, propagábase en 
breve este sistema é, las regiones de la Germánia, donde hallaba 
incremento en las mismas costumbres , y extendíase también en- 



1 Entre las teorías más ó menos brillantes que se han inventado para 
explicar el orfgpen del feudalismo, llama nuestra atención la que expone el 
distinguido 'Mr. Guizot en su Historia general de la civilización europea. 
cEstablécese (escribe) el señor feudal en un paraje solitario, ya en la cima 
»de un monte, ya en el centro de una selva : allí construye su morada que 
» rodea de altos y gruesos muros : enciérranse con él su muger, sus hijos y 
>acaso algunos hombres libres que carecen de bienes de fortuna y gozan 
>de su especial aprecio. Alrededor ó á los pies de este castillo se agrupa 
>una corta población de colonos ó de siervos que cultivan las tierras de su 
»señor: en medio de este pueblo coloca la religión una iglesia y lleva á eUa 
>un sacerdote. En los primeros tiempos del régimen feudal este sacerdote 
»es á la vez capellán del castillo y cura del pueblo: dia vendrá en que so 
«separen estos dos caracteres y en que el pueblo tenga un sacerdote que se 
«albergue junto al atrio de su iglesia. Hé aquí el origen y creación de ese 
»nuevo estado, el elemento primordial del feudalismo.» Hasta aquí Guizot. 
Pero semejante teoría, si halaga por un momento la imaginación, no satis- 
face la razón histórica. £1 feudalismo es un hecho de fuerza, y como tal sólo 
debe buscarse en la fuerza su verdadero origen : así únicamente debe ser 
considerado como inmediata y natural consecuencia de la organización guer- 
rera que recibe Europa, á efecto de las sucesivas invasiones de los pueblos 
septentrionales ; y ya existan en el seno de la antigua sociedad gérmenes 
más ó menos sensibles, como pretenden algunos, ya los traigan los pueblos 
germanos^ ya se desarrollen de este ó del otro modo, siempre habrá de re- 
ferirse su manifestación en el seno del continente europeo á la constitución 
indicada, no siendo posible su establecimiento y desarrollo por otra senda, 
ni habiendo otra manera más racional y senciUa de explicar este fenómeno 
político de los tiempos medios. 



n/ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 19 

tre los francos, apareciendo ya grandemente robustecido al co- 
menzar del siglo Yin. 

Ni tardó mucho en ser adoptado en las demás naciones de 
Europa, siendo en verdad digno de notarse que al reunir Cárlo- 
Magno bajo un mismo cetro la mayor parte de ellas, lejos de 
destruirlo, como parecía demandarlo la política del Imperio, con- 
tribuyera, bien que indirectamente, á fomentarlo. La debilidad 
de los sucesores de este gran príncipe, y sobre todo las vergon- 
zosas discordias de los hijos de Ludovico Pió, á que pone desas- 
troso fin la batalla de Fontenay [845], trocaron aquella consti- 
tución militar en instrumento de bárbara anarquía, establecién- 
dose de hecho y de derecho el feudalismo, y rompiéndose del 
todo, ó siendo enteramente ilusorios los lazos del señorío y va- 
sallaje, que habían existido hasta entonces entre los magnates y 
los reyes. «Vióse cada teiao de Europa (dice al propósito un es- 
»crítor respetable) dividido y subdividido en inmenso número de 
«pequeñas soberanías, subordinadas unas á otras en la aparien- 
»cia, pero que realmente no reconocían ni para obedecer ni para 
•mandar otro principio que la fuerza y el atrevimiento. Los pue- 
»blos estaban esclavizados; los reyes sin poder; las guerras en- 
»tre barones grandes y pequeños eran continuas: la anarquía 
«perpetua. En Inglaterra conservaron los reyes más influencia; 
«porque Guillermo el Conquistador la dividió en gran número de 
«baronías, y siendo cada una pequeña, ningún barón pudo igua- 
«larse con el monarca ni en autoridad ni en riquezas. Pero el 
«resto de Europa estaba sumerjido en el más lastimoso desór- 
«den. A este sistema de cosas, á esta perpetua descomposición 
«del poder soberano, á esta anarquía universal, á esta combina- 
«cion de fuerzas débiles que obraban sin concierto, ni régimen, 
«dan los publicistas el nombre de gobierno feudal. Su siglo de 
«oro fué desde el reinado de Ludovico Pió hasta el de San Luis, 
«época muy difícil de estudiar, pero muy importante, porque en 
^elldL está contenida la suerte ulterior de las naciones moder- 
))nas *. 



1 Don Alberto Lista y Aragón, tíemoria sobre el feudalismo en España, 
Revista Universal, 1. 11^ pág. 7. 



20 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Erigido el feudalismo en poder, k nombre de la libertad y de 
la independencia de unos pocos, fué pues el más duro instrumen- 
to de la opresión, egercida impunemente por el fuerte y el pode- 
roso sobre el menesteroso y el débil. Sólo era ley el capricho: la 
seguridad pública y la seguridad doméstica existían únicamente 
en la fuerza. Pero esta ley de hierro y de violencia debía al cabo 
hallar en la tierra antídoto y correctivo: almas elevadas y gene- 
rosas, que reprenden y condenan en secreto tan cruda opresión, 
exaltadas por el doloroso espectáculo de la virtud y de la inocen- 
cia, torpemente vilipendiadas, se alzan en medio de la universal 
servidumbre para rechazar tamaños desmanes. Ün solo camino 
existia para llegar al término presentido : era la fuerza la fuente' 
única, la única fórmula de derecho respecto del feudalismo : la 
fuerza debia por tanto ser empleada para dar cima á tan noble 
y meritoria «mpresa : la ley del hierro sólo podía ser rebatida 
por el hierro, y lo fué. Hé aquí cómo nace y se desarrolla el sen- 
timiento caballeresco; cómo se forma y organiza aquella resis- 
tencia armada que, santificada por la religión, recibe el nombre 
de caballería, y que ofreciéndose en holocausto por la libertad 
de los hombres, se prepara desde su cuna á sufrir todas las 
amarguras y á arrostrar todas las contradiciones, hasta lograr la 
emancipación de los débiles y oprimidos. 

Protesta tan noble como enérgica debia ser altamente popu- 
lar en todas las regiones que gemían bajo el yugo del feudalis- 
mo, tendiendo irresistiblemente á encontrar la expresión más 
adecuada en la literatura de aquellos mismos pueblos. La poesía 
caballeresca surgió espontáneamente para satisfacer esta necesi- 
dad imperiosa : la caballería era una religión, y su sacerdocio el 
egercicio de todas las virtudes : el caballero que merecia por ex- 
celencia este nombre, tipo de perfecciones: la fé de su creencia 
pura y ardiente, como el celo de la justicia que armaba su dies- 
tra; su palabra inviolable; su abnegación profunda; su valor in- 
vencible; su amor casto é inextinguible, como la llama de su fé. 
Tan altas virtudes le encumbran sobre todos los príncipes y los 
reyes de la tierra, haciéndole merecedor del cetro y de la coro- 
na: su espada desata los encantos, postra la soberbia de los gi- 
gantes, quebranta los formidables dragones, auyenta los vestí- 



Il/ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 21 

glos : las hadas misteriosas, que han arrullado los sueños de su 
infancia, vigilan de continuo sobre su vida, dominadas de aquella 
fuerza superior, que dirige los destinos de los seres privilegia- 
dos; y en una palabra, el mundo de las ficciones y de las mara- 
villas es el teatro de su bravura, rodeándole con fantástica au- 
reola y engrandeciéndole con el tesoro de las tradiciones populares 
la universal gratitud de los oprimidos, que 'ven en sus victorias 
el triunfo de la virtud, y le proclaman en [su entusiasmo ampa- 
rador de los desvalidos, escudo de los huérfanos *. 

Esta sublime idealización de la caballería, semejante en sus 
efectos á la idealización histórica del heroismo de los caudillos es- 
pañoles, es pues el único lazo capaz de unir los diversos elemen- 
tos, que han ido acumulando en el seno de Europa los distintos 
pueblos que fijan en ella sus moradas. El sentimiento, que hace 
brotar tan bella y generosa creación en mitad del caos de la edad- 
media, nace directa é inmediatamente del estado de la sociedad 
y obedece las leyes históricas de su natural progreso : por eso el 
arte que la revela es popular, y sus multiplicadas producciones 
llevan tras sí el aplauso de la muchedumbre : por eso, existieran 
ó nó las crónicas de Turpin y de Monmouth, hubiera logrado 
inevitable desenvolvimiento en las regiones, donde imperaba el 
feudalismo con todo el aparato de la fuerza; por eso, en fin, no 
tuvo, no pudo tener la misma importancia en aquellas naciones, 
donde causas sin duda providenciales establecían en la sociedad 
cierta manera de equilibrio, y donde podia el pechero de hoy 
elevarse mañana, por medio de su valor ó de su virtud, á la silla 
de sus magnates ^. 

1 No será fuera de sazón el manifestar que hay algunos poemas 6 libros 
de cabaUerias, donde bastardean algún tanto los caracteres generales del 
caballero, en especial respecto de la pasión del amor. Tal sucede por ejem- 
plo en Tristón de Leonis y Lanzarote del Lago. Pero obsérvese que en 
estos casos, verdaderamente excepcionales, ceden los caballeros á cierta ley 
fatal, superior á toda fuerza humana, no alterando la fisonomía general del 
tipo, creado por la fantasía popular é idealizado por el arte. 

2 Notando esta capital diferencia el más celebrado crítico francés de 
nuestros dias (el ecléctico Villemain), y considerando las dos grandes fami- 
lias de héroes^ nacidas de las hazañas de Cárlo-Magno [y de las ejecutadas 
por los normandos, imagina otra tercera española, á que da por raiz y ca- 



22 ^ HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATIRA ESPAÑOLA. 

Que esto es así, lo prueba con exuberancia de datos irrecu- 
sables la historia de las letras. £1 siglo de oro del feudalismo es 
también el siglo de pro de la poesía y literatura caballeresca; y 
ya'provengan de la crónica de Monmouth y de la de Turpin, ya 
de las tradiciones, cuentos y cantos populares, aparecen los poe- 
mas que representan aquella gran lucha entre el sentimiento de 
la libertad y el hecho de la opresión, divididos en dos ramas 
principales adheridas á las dos grandes fuentes de tan peregri- 
nas ficciones: tales son las ramas designadas arriba con los tltu-- 
los (Je ciclo bretón y ciclo carlowingio *. 

beza Ray Díaz de Vivar {Tablean de la litterature du Moyen-age, 1. 1, lec- 
ción VII). Villemain determina sin embargo con cierta claridad ios diferen- 
tes caracteres de los caudillos españoles y de los héroes fantásticos de la 
caballería, manifestando que debe considerarse en los primeros la grandeza 
del hombre, mientras domina respecto de los segundos la magnitud de los 
sucesos. Esta observación era sin duda suficiente para apartarle de la frágil 
teoría que establece: los héroes españoles viven en la historia y para la 
historia; piensan, sienten y obran como todos los paladines de la cruz; as- 
piran al fin común del pueblo y de Ja civilización castellana, habiendo por 
' tanto entre ellos y los de los ciclos fabulpsos la distancia que media entre 
la optación irrealizable de una sociedad que anhela el bien é idealiza el 
instrumento, creado por su fantasía para lograrlo, y el vivo deseo del triun- 
fo sobre los enemigos de la patria y de la religión, realizado á menudo por 
todos los ciudadanos con la fuerza de las armas. £1 orden de ideas que unos 
y otros personages representan, no puede ser más distinto. Pero aunque no 
fuera tal la desemejanza ¿dónde están los sucesores del Cid, que constituyen 
en la literatura castellana esa familia de héroes semejante á la de los pala- 
dines del rey Artús ó de Cárlo-Magno?... Si lejos de esto Villemain hubiera 
dicho, al reconocer los diferentes caracteres de unos y otros, que la apari- 
ción de los libros de caballerias pfoduce cierta reacción en el sentimiento 
patriótico de los castellanos, según notaremos en lugar oportuno, no hubie- 
se logrado la gloria de inventar una nueva teoría; pero se hubiera acercado 
á la verdad histórica, 

1 Algunos críticos alemanes, y entre ellos el distinguido Mr. Pischon en 
su Leitfaden der Deutschen Literatur (Berlín 1836), estableciendo una cla- 
sificación completa de los poemas épicos de la edad-media, los dividen en 
seis series ó ciclos principales, á saber : ciclos legendarios, sagrado y pro- 
fano, ciclo greco-romano, ciclo franco-romano, ciclo británico y ciclo ger- 
mánico. Como notarán los lectores, los ciclos franco-romano y británico 
corresponden en esta clasificación á los que representan fuera de España la 
literatura caballeresca. Al darles el título de ciclo bretón y ciclo carlotcingio, 
nos acomodamos al uso general y constante de los más autorizados escritores. 



Il/ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ETUDITO. 23 

Tiene el primero por fundamento la existencia del rey Artús, 
último soberano de los bretones insulares^ que en una buena 
parte del siglo YI [517 á 542] hizo heroicos esfuerzos para de^ 
fender la independencia de su patria contra la invasión de los sa- 
jones. Ligada á su historia, que difunde entre los truveras el 
poema de BrtUo^ escrito por Roberto Wace [1155], aparece la 
del encantador Merlin, hijo de una virgen y del principe de las 
tinieblas ; y enlúzanse con ambas las no menos peregrinas y ori- 
ginales de Lanzarote del Lago y de Trxstan, sobrinos de tan 
renombrado monarca, y la de Joseph Árimathea y de Percevql 
de Gaula^ dando las últimas origen á la serie de poemas [que 
tienen por objeto el Santo-Gracd y su Demanda^ libros que 
constituyen en realidad un segundo ciclo, ofreciendo cumplida 
razón de la caballería religiosa ^ Compuestos ó traducidos casi 
todos durante el reinado de Enrique II de Inglaterra [1154 & 
1189], reconocen por autores t diferentes poetas protegidos por 
el mismo Enrique, y más de una vez asociados para llevar á cabo 
los mandatos de aquel monarca ^. De su corte pasa t la poesía 

1 Mr. Fauriel en su His¿. de la poes. provéngale afirma expresamente 
que en la milicia religiosa del Gríal hay una alusión manifiesta á la milicia 
de los Templarios. cEl objeto, el carácter religioso, el nombre todo se reía- 
is clona (dice) entre esta última caballería y la caballería ideal del Graal, 
> habiendo no poca dificultad en comprender la ficción de la una, si se hace 
labstraccion de la existencia real de la olra» (t. JI, cap. XXX, pág. 439). 
Aceptamos esta opinión, por parecemos tanto más exacta cuanto que sin 
reconocer la expresada correspondencia entre el mundo real y el mundo 
ideal^ creado por la poesía caballeresca^ sería incompleta la manifestación 
del arte. La caballería de la Iglesia, institución histórica^ que viene á se* 
gundar el noble, generoso y trascendental pensamiento generador de la 
caballería profana, tal como lo dejamos expuesto, debía tener y tuvo en 
efecto digna representación en las producciones de la literatura, engendra- 
da por aquel mismo pensamiento ; debiendo observarse que ya en los pri- 
meros poemas, que ofrecen la historia del Santo-Graal, tales como las de José 
de Árimathea y el Perceval de Gaula, ya en los derivados de ellos, tales 
como el Titurel y el Perceval de Wolfram, domina siempre el sentimiento 
religioso á toda otra idea, personificándose de una manera digna y elevada 
aquella vida de austeras privaciones y de pruebas sublimes, que distingue 
en todas partes á las Órdenes militares. 

2 Los autores 6 traductores referidos son : Lúeas de Gast, que trasladó 
el libro de Tristan y comenzó el del Santo Graal [1170 i 1180]; Gasse-le- 



24 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAfíOLA, 

propiamente francesa la historia de Trufan, enriquecida por 
Cristiano de Troya [1191], y tras ella cobran no menor fama las 
demás ficciones de la Tabla Redonda en todo el siglo XIII ^ 

Igual preponderancia y nombradla estaban reservadas al ci- 
clo carlomngio. Dudan los más doctos investigadores sobre la 
prioridad de uno y otro, inclinándose no pocos á dar la preferen- 
cia al bretón, por hallar en los más antiguos poemas del carlo- 
mngio frecuentes alusiones á los caballeros de la corte del rey 
Artús; observación de no poco valer en este linage de tareas. 
Como quiera, cumple principalmente á nuestro intento el consig- 
nar que es Cárlo-Magno (y con él sus doce Pares) el héroe fun- 
damental de los poemas y libros de la rama carlowingia, resul- 
tando de las distintas épocas que constituyen su vida, otras tantas 
series de historias caballerescas, en que tienen lugar algunos de 
sus asceadientes y no pocos de sus sucesores. A cinco grupos 
de acontecimientos capitales pueden no obstante reducirse dichas 
series: 1.^ El que forma la historia preliminar de Cárlo-Magno 
con la de su padre y abuelos: 2.^ El que se refiere & su infancia 
y á su juventud : 5.*" El que abraza las expediciones fabulosas & 
Constantinopla y Roma: 4.° £1 que atañe & la historia de Es- 
paña^ á que pone fin la sangrienta rota de Roncesvalles; y 5.° El 
que encierra las guerras sostenidas contra los sarracenos de la 



Blond, que tomó parte en dichos trabajos; Gualtero Map, quo puso en fran- 
cés el Lanxavote dd Lago; Roberto y Helis de Borrón, que prosiguieron la 
traducción de las historias de Joseph de Arimathea, del Santo Graat y de 
Merlin, publicando además Helís el libro de Palamedes por sí solo, y aso- 
ciándose á Rusticiano de Pisa para dar cima á las obras que llevan su nom<* 
bre. Estas son: el Bruto, puesto de verso en prosa y el Meliadus, padre de 
Tristan, el más famoso de los poemas ó libros bretones (Roquefort, De la 
poes, franc. III.* Parte, cap. I, pág. 149 y'siguientes), de que según obser- 
va Fauriel se conocen hasta siete diferentes redacciones (t. II de su Hist. de 
la poés. prov, pág. 425). 

1 £1 citado Mr. Fauriel señala el período de 1100 á 1300 como la época 
floreciente de la literatura caballeresca, manifestando que abríg-aba la con- 
vicción de que algunos de los más célebres poemas ó libros de la T<ü)la Re^ 
donda eran ya muy conocidos en 1150 (t. II, pág. 323 de la referida obra). 
Todo convence de la exactitud de las observaciones que vamos haciendo, 
con el propósito de aplicarlas á nuestra historia literaria. 



n/ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 25 

PeniDSula Ibérica en defensa del territorio cristiano ^ Como se 
ve claramente, caen bajo esta división todas las historias, deriva- . 
das de la tantas veces citada de Turpin, enlazándose estrecha-* 
mente con ellas las colaterales de Los cuatro hijos de Aymon, 
Reynaldo de Montalban^ Maugis de Aigremonty Ogier el Bth- 
néSy Beuves de Aigremonty Garnier de Nanteuil, Aymerico de 
Narbona y otras muchas, escritas en el siglo XII y llegadas á su 
mayor reputación durante el Xin *. 

Impertinencia reprensible seria pues la de dudar, jen vista 
de este doble y completo desarrollo de la literatura caballeres- 
ca ', respecto dB los pueblos en que tiene su cuna y adquiere 
su natural perfeccionamiento. Gloria es esta que nadie osará, dis- 
putar con entera justicia & la nación britana, reconociendo aun 
mayores merecimientos en la francesa, si bien conviene sentar 



1 Añadimos á esta clasificación establecida por Fauricl, el primer miem- 
bro que comprende las historias de Berta y Pepino, Flores y Blanca Flor, 
6 Bíiovo de Antora, etc., algunas de las cuales constituyen por separado 
interesantes, aunque descosidas, narraciones. 

2 La mayor parte de los autores de los poemas 6 libros del ciclo carlo- 
"wingio pertenecen al siglo XIII. Adans ó Adenez, autor del Cleomades y de 
las Mocedades (Enfan^es) de Ogiero el Danés, de Aymerico de Narbona 
y de Berta y Pepino y florece en la corte de Felipe el Atrevido; Giraldinode 
Amiens, que prosiguió la última historia con la de Cárlo-MagnOy hijo de 
Berta, vivía á fines de aquella centuria y principios de la siguiente. Lo 
mismo sucede á Huon de Villeneuve, que escribió el Reynaldo de Montal^ 
han y el Garnier de Nanteuil, de que son ramas otros diferentes poemas, 
y á quien se atribuyen los Cuatro hijos de Aymon, novela íntimamente 
enlazada con la historia del Reynaldo de MontaWan, uno de los cuatro per- 
sonages indicados con aquel título. De cualquier modo no puede estar más 
comprobado en la literatura francesa el desarrollo de la caballeresca. 

3 £1 docto Mr. Fauriel establece una tercera categoría de poemas caba-~ 
llerescos, adherida al ciclo carlotvingio, si bien con significación histórica 
más directa y enlazada con los pueblos del Mcdiodia de Francia. Son los 
principales poemas de esta serie el Guülermo de Orange, Gerardo de Ro^ 
sdlon, y otros que habian sido antes colocados entre los poemas mixtos al 
lado del Caballero del Cisne, Gerardo de la Violeta, Garin el Loherano etc. 
Conste sin embargo que el espíritu que anima dichos libros, como enseña la 
belHsima historia de Gerardo de Rosellon, siendo no menos poético que el 
de los de caballería, propiamente dichos, está más conforme con la vida 
real del pueblo, naciendo de sus más caras tradiciones históricas. 



26 HISTORIA CRfTICA DE LA LITERATURA ESPANOLA. 

que estaba reservado & otras naciones, asi en la edad-media como 
en los tiempos modernos, el recoger el granado fruto de aquel 
arte, cuya riqueza é importancia histórica dejamos reconocidas. 
Los nombres de Gotfrido de Strasbourg, poeta sentimental y re- 
ligioso por excelencia, y de Wolfram d*Eschenbach, óantor elo- 
cuente y erudito, tienen señalado lugar en la historia de las letras 
alemanas ^ : el caballeo Boyardo y el esclarecido Axiosto dotaa 
á la poesía, ennoblecida por el Dante, de no perecederos monu- 
mentos } : Cervantes, el inflexible perseguidor de los libros de, 
caballerías, sublima la literatura castellana con la inmortal crea«- 
cion del Quijote. 

Lejano del suelo de la España Central, distante de la esfera 
en que se habia formado el carácter español y en que había flo- 
recido su heroísmo, no puede causarnos maravilla que no se re- 
flejara en la vida real, interpretada por los cantos populares, ni 
dominase en la esfera de la erudición, espejo indirecto, pero fiel, 
de la actualidad histórica de Castilla, el arte que produce esos 
multiplicados monumentos. Y no porque dejaran de ser conocidos 
de los poetas castellanos y aun de los mismos historiadores : no 
porque el pueblo español careciese de toda noticia de los hechos 
positivos y aun fabulosos, sobre que se habia levantado parte 
muy principal de aquel grandioso edificio; sino porque á pesar 
de .los juglares propios ó extraños que propalaban entre el vulgo 
algunas aventuras de Carlo-Magno y de los suyos, asociadas di- 
recta ó indirectamente & las proezas del héroe popular Bernardo 

1 Gotfrido enriqueció la literatura alemana con la historia de Tristan y 
de Isolda, á que dio un interés altamente elegiaco: Wolfram, el príncipe 
de los minnesinger, aclimató en ella con el Titurel y el Perceval, la mará- 
vilosa fábula del Santo Graal, levantándola á las esferas de la verdadera 
poesía. La infancia del hijo de Gamuret, su aparición en el mundo caballe- 
resco y sus primeras empresas son altamente ideales y de originalidad ex- 
tremada. Recuérdese lo que indicamos sobre este punto, hablando del Libro 
del Infante, debido á don Juan Manuel (II.' Parte, cap. XVIII). 

2 El Orlando Innamorato y el Orlando furioso. No se olvide que an- 
tes de llegar á este punto y desde la mitad del siglo XIV habia producido la 
literatura italiana algunas obras caballerescas, entre las cuales deben citar- 
se / Reali de Francia, Bouvo d^Ántona, La Spagna y otros, que adelan- 
te mencionaremos. 



II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 27 

del Carpió ^: á pesar de que los historiadores y poetas doctos se 
ufanasen, mostrando serles familiares aquellos libros; y finalmen- 
te, á pesar de la singular consagración histórica que habia reci-< 
bido la crónica de Turpin^ al ser declarada por Calixto II relación 
auténtica de los sucesos que narraba [1122], ofendía virtualmen* 
te & la nacionalidad ibérica, encaminada sin tregua & los altos 
fines de la reconquista, todo aquel vano aparato de gigantes y 
enanos, hadas y genios, dragones y encantadores, habiéndose 
menester largo espacio para saborear su lectura, y mayor todavía 
para que el anhelo de la imitación abriese las puertas de la lite* 
ratura castellana & semejante linaje de ficciones. 

Los síntomas de esa tendencia erudita y de esa oposición del 
sentimiento patriótico que se pagaba sólo de sus propios héroes, 
cuyo valor y cuyas virtudes acrisolaban é idealizaban al par los 
conflictos de una guerra dos veces santa, aparecen sin embargo 
con extremada claridad en las producciones de la poesía y de la 
historia, descubriendo con no menor exactitud que iba la litera- 
tura caballeresca haciendo paulatinos, bien que seguros progre- 
sos, en la estimación de los eruditos. Documentos irrecusables 
de esta verdad hallamos desde los primeros dias del siglo XIII: 
Gonzalo de Berceo en la Vida de San Millan compara, y aun 
antepone, el valor del rey don Ramiro, vencedor de* Clavijo, á, 



1 Repárese bien en esta relación de los cantos de los juglares que men-^ 
cionaban á Cárlo^Mag'no y de los que enaltecian la indomable bravura de 
Bernardo. Como insinúa el docto Wolf en su erudita Introducción á la 
Primavera y Flor de Romances, que dio años atrás á la estampa (Berlip 
1S56), los vestigios de los primitivos romances del héroe de Roncesvalles, 
que más se conforman con las tradiciones carlowingias^ muestran que al pa- 
so que no eran estas desconocidas, necesitaban subordinarse al interés na- 
cional para ser algún tanto estimadas. De aquí provino el que estos can- 
tores se figurasen á Bernardo de la estirpe privilegiada de Carlos, haciendo^ 
le primo de don Bucso, ó ingcriéndolo por tanto en la familia de los Doce 
Pares. Así el héroe español, igual por la sangre á los del ciclo oarlowingio 
y excediéndoles en el valor, lograba sin igual estima entre la muchedum-^ 
bre, que se enorgullecía con su memoria; así también, sobrepuesto al inte- 
rés de la leyenda el interés de la acttialidad poética de Castilla, eran domi-^ 
nados los elementos de la literatura caballeresca por la grande representa- 
ción histórica do los caudillos cristianos. 



28 HISTORIA CRlTlGA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

la bravura de Roldan y de Oliveros ^ : Juan Lorenzo Segura 
arma al joven Alejandro de encantado acero, vistiéndole una 
camisa, fadada con la doble virtud de rechazar toda traición é in- 
temperancia amorosa *: el autor del Poema de Ferran Gomal-- 
vez sublima el esfuerzo de este caudillo, asemejándole á Cario- 
Magno y Roldan, Oliveros y Reinaldo, Teryn y don Ogiero, 
Baldovinos y Guardabuey ^ : don Rodrigo Ximenez de Rada, 
aunque desechando las conquistas fabulosas del emperador refe- 
rido, consigna la famosa rota de Roncesvalles, sin olvidar al ha- 
zañoso Rolando ^ : el Rey Sabio enlaza & su Grande et General 
Estoria la muy renombrada de Bruto é ingiere en la de Espanna 
las romancescas aventuras de Mayneto y Galiana, y no desecha 
la historia del rey Marsüio, atribuyendo & todas cierta importan- 

1 Bereeo dice: 

41t Bl rey don Remiro, | un noble caballero, 

Qae nol Tezrlen d^esfuer^o | Roldan, nin OllTcro. 

2 Juan Lorenzo Segura escribe: 

89 Fefieron la camisa | daas radas enna nar, 

DiéroDie dos bondades J por bien las acabar .* 

Qulqaier que la TesUese \ fuesse siempre leial, 

Et nunqua lo podiesse | la luxurla templar. 
M Fizo la otra fada j tercera el brlal: 

Quando la ouo fecbo, j dlóse un grant slnal; 

Qulqaier que lo Testlesse | íuesse siempre leal; 

Frío nln calentara i nunqual feclesse mal. 

3 Hablando Fernán González de la perseverancia y abnegación del ver- 
dadero héroe, observa : 

651 Carlos et Baldoblnos, | Roldan et don OJero, 
Teryn et Gualdabuey I et Beroald et Olivero, 
Torpyn et don Rlnaldos | et el gascón Anglero, 
Ector ct Salamon | et el otro su companero. 

333 Estos et otros mucbos | que vos é nombrados 
Sy tan buenos non fueran, | oy serien olvidados: 
Serán los buenos fecbos | Tdsta la fln contados, etc. 

4 Lib. IV, cap. X. De Rebus Hispaniae gestis. Respecto de las conquis- 
tas de Cario Magno dice en el mismo capítulo: cNonnuUi, histrionum fabu- 
»lis inhaerentes, ferunt Carolum civitates plurimas, castra et oppida in His- 
»paniis acquisisse». Se ve que al mediar el siglo XIII iban cundiendo aun 
entre el vulgo las ficciones caballerescas. 



II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ETÜDITO. 29 

cia, no concedida antes á la de Cárlo Magno por el arzobispo don 
Rodrigo ^ : los traductores de la Conquista de Ultramar, sobre 
transferir la historia de Flores y Blanca Flor, y la no menos 
interesante de Mayneto y de sus pérfidos hermanos,. veprodncQn 
casi íntegra la del Caballero del Cisne, manifestando asi que ya 
al terminar la expresada centuria, no sólo eran conocidos de 
nuestros eruditos los libros de los ciclos Bretón y Carlowingio, 
sino también los poemas que tenian por asunto otro género *de 
ficciones ^. Y no son menos fehacientes los testimonios que nos 
ofrecen las obras del siglo XIY : el Archipreste de Hita pondera 
los amores de los clérigos de Talavera, diciendo que les eran sus 
amigas más fieles que Blanca Flor á Flores y á Isolda Tristan ^: 
el ingenioso y pintoresco Ramón de Muntaner iguala el denuedo 



1 Estoria de Espanna, III.* Parte, caps. "\f y X de la edición de Ocam- 
po. En la Grande et general Estoria se extractan de la referida crónica de 
Monmouth, á que da el rey el título de Estoria de las Brótanos, todas las 
proezas atribuidas al hijo de Silvio, no olvidadas tampoco las historias de 
Corineo y Locrino, de doña Guendolonea y Mandan, Porex y Flerex, Beímo 
y Brenio etc. (!!.• Parte, fól. 323, III.*, fól. 98, IV.*, fól. 112 de los códi- 
ees Y. j. 7, 9 y 11 de la Bibl. del Escor). 

2 El poema del Caballero del Cisne, de que se hubo de sacar la referida 
historia, lleva por título Le Chevalier au Cygne et Godeffroid de Bouillorif 
y ha sido impreso en Bruselas [1854] por Mr. le Barón de Reiffenberg y 
Mr. A. Borgnet. Fué comenzado por cierto poeta llamado Renax ó Renault 
y terminado por Gaudon de Douay ; y decimos que este poema debió servir 
al autor castellano de la Crónica de Ultramar, porque hasta el siglo XIY 
no fué traducido en prosa. Y aunque el erudito Ticknor opina que habien- 
do acabado Douay todo el poema en 1300, era posible que los capítulos del 
Caballero del Cisne se ingiriesen, al imprimirse la Gran Conquista, no es 
en nuestro juicio obstáculo la referida fecha; pues que al componerse en la 
última década del siglo Xllf la obra española bajo los auspicios de don San- 
cho IV, habia ya escrito Renault la parte principal del mencionado poema, 
que es en suma la extractada en la Crónica 6 Gran Conquista, Ticknor tro- 
pieza en esta dificultad, por haber atribuido dicha obra al Rey Sabio (Véa- 
se el cap. XIII de la II.* Parte). 

3 Dice el Archipreste, en boca del Tesorero de Talavera, hablando de 
su amiga Teresa: 

1675 Nunca fué tan leal I Blanca Flor á Flores, 

Ni n les agoralTrtstan | á todos sus amores. 



30 fllSTORIA CRtTIGA DE LA LITERATURA ESPAfíOLA. 

de doQ Fernando de Aragón al coraje del conde de Anglería, re-* 
cuerda las fiestas caballerescas de la corte del rey Artús, al narrar 
el celebrado torneo de Figueras, en que desplegó Alfonso IV ex- 
traordinaria magnificencia y alude en diversas ocasiones & las 
aventuras de Gofredo y Brunesinda, Ginebra y Lanzarote del 
Lago ^ : el casi popular Rodrigo Yañez en su Poema de Al fon-- 
so XI y dominado del espíritu que ib^ cundiendo en sus dias y que 
hemos visto ya tomar grande incremento con la Crónica Troya-- 
na^ traida al castellano y al gallego, para educación de don Pe- 
dro de Castilla, paga en fin más cumplido tributo & esta influen- 
cia extraña, valiéndose de la fama de Merlin para profetizar la 
muerte de don Juan el Tuerto y el maravilloso triunfo del Salado 
y comparando el valor del rey castellano al esfuerzo del celebra- 
do Pepino *. 

• 

1 Caps. 147 y 161 de la* Crónica. Mr. Fauriel alega otras citas en el 
t. III, págs. 95 y 98 de su Histoire de la poésie proveníale. 

2 La profecía relativa al fracaso del infante don Juan, acaecido en 
Toro, á que el sabidor Merlin llama Fuente del vino: se halla narrado aquel 
atentado al principio de lo que existe de la Historia en coplas redondiUaSt 
analizada en el capitulo XXI de la If.^ Parte, I. Subciclo. 

Dic« así: 

Aquesto dixo Merlin 
Bl proplieta del Oriente: 

Dlxo: el león d'Espa&a 
De ssangre fará camino; 
(Matará) al lobo de la montaña 
Dentro en la Fuente del 7lno. 

Non lo quiso más declarar 
Merlin el de gran saber; 
To lo quiero apaladinar. 
Como lo puedan entender. 

Bl león d'Bspaña 
Fué el buen rey alertamente; 
El lobo de la montaña 
Fué don Joban, el su pariente. 

Bt el rrey quando era niño 
Mató á don Joban el Tuerto. 
Toro es la Fuente del Tino, 
A dó don Juan fué muerto, 

(Fól. 9 7to.) 

Más interesante la que se refiere á la victoria de Tarifa, sigúese también 
á la narración de tan memorable batalla. Yañez supone que un sabio 



II.* PARTE, GAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 31 

Sensible é indubitable era pues el progreso que hacia en la 
estimación de los doctos la narración de las proezas y aventuras 
de los caballeros de Cárlo-Magno y del rey Artús, apareciendo 
todavía más digno de consideración este fenómeno, al reparar 
en que habia penetrado el espíritu romancesco hasta en las mis- 
mas leyes. El código de las Sieíe Partidas, escrito al mediar el 
siglo Xm y promulgado en 1348, poniendo de relieve el fin di- 
dáctico á que su autor aspiraba, consigna que los caballeros «por 



maestro, llamado don Antón, muy amigo de Merlin, obtiene la rebelación 
indicada, diciendo: 

Este maestro sabldor 
Assi le rué preguntar: 
—Don Hcrlin, por el mi amor, 
Sepadesme declarar 

La profecía de Espafia 
Qae yo querría saber 
Por TOS alguna fazafia 
De lo que se & de fazer. 

(Fól. 81 r.) 

La profecía ocupa treinta y seis redondillas, número igual al de las ya 
publicadas del expresado poema, y termina con las en que se declara el 
nombre del autor, según vimos en el capítulo referido, añadiendo : 

Copras de muy buen fáblar, 
Segund dijo Merlio; 
Agora quiero contar 
Del rey de Benamarln. 

Aludiendo al rey Pepino, dice, al describir la indicada batalla del Salado: 

Nio Pepinos, rey de Franela, 
Con la su caballería 
Non fizo mayor matanza 
De la que fué aquel día. 

(Fól. 81.) 

Antes, testificando de nuevo la fama que todavía gozaba el Poema de 
Álexandre, habia dicho al ponderar la bravura del rey : 

De aqueste^flncó nes^la 
África syn toda falla ; 
Alexandre, rrey de Grecia 
¡¡ion flrló m^or batalla. 

(Fól. id.) 



*cuí: 5f esfxT'íLseii ni?, tt-z^ea icir í>j>a ¿ri-isada que los que 

*iíf= a''*-M'iescL lüLs i>? C':»rdv>3es et c^:e?>t-n nayor Terg"uciixa 
•-'jí: íTTísJ-*: y ai:z.!iliá la gerarji^ de la órira caiíalleresca, 
ü^iáít L iTfcuxT Oír í2l5 bi'üTas que le perlrDívI^n de derecho: «Et 
•tul* iü XTi oLra el ci^ caiióllero: qae urfj-^es que ]o fuesse, 
»}.iiíf Je larTiT á 'jZiTK ir ez3:teral>r ó de rey, el ar:e njn lo po- 
»irie 5í>íri/ ^ \j ef-óba ea reri:*! esu creeDcia ea i¿s costum- 
iire«, iJ ei ii c:'L5i[::sjJ:a jol^ilca de lo? e?jcL5:.'e> de la reooo- 
7--?:^: ?a hlft>ria d-3 preseaiaba ejen;' :» ilruao de caballeit), 
cíe iii«>ra sui.i j al s.'-Jo jor sus inere^. Iziiri: j5 f^ersonales; y 
Fíii e:LLí.v> i^-La ley era re?;»elaia p^r Alfj^so XI, al mediar 
e* f^'j'-' XJV, eií.i en q je á f»esar de I¿5 pro:r5ta5 jojiu^ares que 
ticuna Tía f órnala la f»>e5ia *, >íko espérala la literatura de los 
KjifiíiO:»? y Trlfiane? na ^noriealo decisivo para tener repre^ 
Sci.ia:'j:o, o:a obras ig:ia¿ de esúma, en la ifícz^alura de los 
G¿e5 y FtTZiLu G-Jiizalei. 

J:ísi'j yuTb'y: r^.iiSirdT dj oiistaiite en q^je no care>L:an de algnn 
írLiiitüirLij en z.^'^.^jtú. pr-^pia nacionalidad las ideas caballeres- 
cas. BitrL 7 je Ilrl^^iia p>rel iiiisn33 esí-írita de la reconquista á, 
£n dlver>5 que en eüraias naciones, haLia echado ja profundas 
nl^yis en naeslro suelo la institución de la cai^allerá. Las órde- 



1 J:.» pAr..Í2., L^. XXJ, >tcs M j 23. 

2 £. P. Aiiz ea %ui Grin^iezas de ArUa instrix los sí^i^otes Tersos: 

CimUz £* 01.«<rd | é c¿&Ui de Rdldaí 

E n-A Ae £«rrk;:.i ; qae faé bCc'-B bimc»; 

Cu. til ée%j\iiM\t c¿£tia de OiiTero 

I »M de ZamquA j qae fié baea obillera. 

Eiix rert» q:ifí eiliten en an anli^j j CtXfnicon de Avü-a, se suponen can- 
iAi'jifff^ l'ji ^'yjs de 1107: pero sin cHlica alcana. hjtsUndo pan conven- 
C4T1Í-» ít eV.j el rei:>r Jar Iss del Poema, escníos m<>iio siclo desunes. Aten- 
díer.io al «tjírita que revelaa. no menos que á sa eslraclura y al esUdo de 
U lenf^oa, los crt^ni'js compuestos en época en que el sentimiento de U li— 
teratora caballere^^ se habla g-eneralizado hasta el punto de excitar una 
protesta del sentimiento popular ¿ favor de los anticuas héroes nacionales; 
y en este caso dicho se está que sólo pudieron producirse desde la segunda 
mitad del siglo XIV en adelante. 



Il/ I^AUTB, GAP. í. NUEVAS TÜANSF. EiEL ARTE ERUDITO. 33 

nes militares de Calatrava, Santiago y Alcántara ^, las no me- 
nos celebradas del Templo y de Montesa ' guardaban en su 
bistoria heroicas hazañas, dignas del más alto aplauso ; aquellos 
guerreros que vistiendo la cogulla y viviendo una vida de verda- 
dera abnegación, refrenaban de continuo la pujanza sarracena en 
castillos y plazas fronterizas, no llevaban por cierto á cabo aven- 
turas tan estupendas como las atribuidas á los Roldanes y Olive- 
ro&, Lanzarotes y Tristanes: ni peleaban con sierpes, dragones 
y vestiglos , ni rompiañ el encantamiento de reinas y princesas 
oprimidas, ni descendian al fondo de los lagos para aposentarse 
en palacios de cristal, ni obedecian ciegamente el misterioso po- 
der de talismanes y amuletos. Su enseña era el pendón de la pa- 
tria; sobre su pecho brillaba la cruz del Nazareno, y animados 
de un solo pensamiento, peleaban por la libertad de su pueblo 
contra el enemigo de su Dios, fiando ^en su divina protección y 
en el brío de sus diestras el éxito de las batallas. Dominado de 
este sentimiento, ínstituia el Rey Sabio la Orden de Santa Ma- 
ría; mas al fundar semejante religión caballeresca, no podía es- 
quivar el influjo de las ideas que iban cobrando extraordinario 
dominio en toda Europa; y quien recibía las narraciones de las 
crónicas de Monmoutk y de Turpin con cierto valor histórico; 
quien se habia declarado desde su juventud paladín de la Virgen 
Maña, llegando al punto de infundir en sus Cantigas á la devo- 
ción pura y ardiente que le profesaba, cierto no sé qué de amor 
romancesco ; quien á semejanza de los héroes bretones y carlo- 
wingios, tenia por bien que el caballero invocase, al entrar en 
lid, el nombre de su dama; y finalmente quien no le negaba la 
aptitud de ganar imperios y coronas, admitía, al establecer aque- 
lla singular milicia, el elemento caballeresco, que iba á tener en 
la próxima centuria mayor aplicación aun á las mismas leyes de 
la caballería ^. 

Alfonso XI creaba en 1330 la Orden de la Yanda: llegado 
el momento de dictar los cánones á que debía ajustarse^ no sola- 

1 Creadas en 1158, 1175 y 1273. 

2 La primera establecida en 1118, é introducida en 1134: la segunda 
creada en 1311 por don Jaime II en sustitución de aquella. 

3 La Orden de Santa Marfa fué estatuida de 1252 á 1260. 

Tomo v. 3 



34 RiSTOniA CBtTICA OB LA LITERATURA ESP A9Í0U. 

mente sentaba como principio y base de su fundación que «pres- 
•ciaba Dios la orden de caballería mis que ninguna de las otras 
•órdenes, por que se defüende la su ffé et el mundo por ella»: 
declarando al par que «todo el que fuere de buena uentura et se 
touiere por caballero...., deue faser mucho por honrar la caua- 
lleria et por la leuar adelante» \ imponia á los caballeros el 
triple deber de «ser leales á su señor et amar íealmeníe á 
aquella en quien pusiesen su cora fon et tenerse por caualleros 
más que otros para faser más altas caballerias *. Preceptos 
indeclinables eran para los caballeros de la Yanda el no decir 
mentira, el no ser alabanciosos, el hablar mesurados y el abs- 
tenerse de usar palabras torpes ó malsonantes : todas estas vir- 
tudes debian subir de punto, al referirse & las damas. Deber es 
del caballero (escribia el legislador) «señaladamente que non 
•diga ningún degrauio contra ninguna dueña, nin contra nin- 
•guna donsella fljadalgo, aunque ella sea contra él, por que ay 
•algunas dellas á las veses ariscas. Et otrosy (anadia) que quan- 
•do alguna dueña ó alguna donsella fljadalgo viniese & la corto 
•del rrey á se querellar de algún desaguisado, que le hayan fe- 
úcho, que los caballeros de la Yanda 6 cualesquier dellos que la 
•pongan ante el rrey, por que pueda mostrar su derecho. £t aun 
•si conpliese, que rrasone por ella, porque aya complimiento de 
•derecho. Et aun demás del rrasonar, que faga lo que el rrey 
•fallare con su corte que debe faser, por que ella aya todo su 
• derecho» 3. 

Llegaba pues á establecerse como principio aplicable á la vi- 
da práctica del caballero, aunque en el reducido círculo de aque- 
lla nueva orden ^ lo que sólo existió antes .en la idealización 
del sentimiento caballeresco, debida al arte de extrañas naciones. 

1 Cód. de la Bibl. Escur. Z. ij., 14, fól. 97 y. 

2 Id. id. 9S. 

3 Id.,id., fól. 98 v.y99r. 

4 Los Caballeros de la Vanda, creados y armados por don Alfonso XI, 
fueron sólo cincuenta y siete, según consta del catálogo que acompaña al 
código de sus constituciones, custodiado en la Biblioteca del Escorial. Bue- 
no será notar que los caballeros debian ser mancebos (esto es, solteros) al 
recibir dicha Orden. 



II.' PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSP. DEL ARTE ERUDITO. 35* * 

No apadrinando doncellas malfadadas que buscaban amparo y 
defensa por las encrucijadas de los caminos, provocando así ma^ 
yores entuertos y desmanes, sino tomando bajo su tutela y salva- 
guardia las dueñas y doncellas fijasdalgo que habían recibido al- 
guna injuria y constituyéndose en sus abogados, y si menester 
lo habian, en sus paladines, iban á ejercer los de la Yanda el 
ministerio de la caballería. Mas al reducir á ley y traducir don 
Alfonso, el último, en tal manera estas ideas romancescas, nin- 
guna duda podia ya abrigarse de que tenian ganada en el ánimo 
de poderosos y discretos grande predilección y preponderancia, 
esperando únicamente un instante favorable para tomar plaza 
en la literatura castellana. 

Aquel instante supremo queda antes de ahora indicado : diez 
y ocho años de guerras y trastornos [1350 á 1368], en que llega 
¿ olvidarse- dolorosamente el alto y noble fin á que tendía la civi- 
lización española, al realizar la difícil empresa de la reconquista, 
amortiguando el entusiasmo público y enervando en consecuen- 
cia el espíritu nacional, abren las puertas de la Península á la 
influencia de extrañas naciones, que muestran el temple de su 
acero, probado otras veces contra la morisma ^, en el palenque 
de nuestras discordias. Favorecía las pretensiones del Bastardo 
de Trastamara, ya porque anhelase vengar las injurias de Blan- 
ca de Borbon, ya porque intentara ofrecer nuevo teatro á la ra- 
paz bravura de los aventureros que capitaneaba, el renombrado 
Beltran Du-6uesclin, caudillo acariciado por la victoria, amaes^ 
trado por la experiencia y docto por demás en el arte de ganar 
amigos. Nacido en la antigua Bretaña, centro de las tradiciones 
romancescas, había manifestado desde la primera juventud ex- 
tremada predilección & todo liñage de empresas que realizaran 
en cierto modo las ficciones del mundo de la caballería: su valor 

1 Prescindiendo de otras muchas empresas, en que. habian tomado no 
pocos gpuerreros ingleses y franceses la insignia del cruzado, para combatir 
en los ejércitos castellanos contra las falanges sarracenas, no debe olvidarse 
que acudieron con buen golpe de soldados al cerco de Aljeciras, por más 
que los rindieran las fatigas y abandonasen al rey don Alfonso antes de dar 
cima á tan gloriosa conquista. Como quiera, es probable que dejasen en la 
Península algunas más semillas ^caballerescas. 



^6 HISTORIA CRtTIGA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

era prodigioso, como el do los Róldanos y Oliveros ; su largueza, 
de príncipe; sus aspiraciones llegaban al punto de pretender que 
su espada decidiera de la suerte de los imperios : Castilla apare- 
cia á sus ojos como una de aquellas regiones, creadas por la fan- 
tasía de los poetas de su patria, juzgándose tal vez el caballero 
bien fadado, en cuyas manos estaba el dar ó quitar la corona, 
sublimada por los Alfonsos ^ 

Al lado del rey don Pedro, ya una vez arrojado de sus legí- 
timos dominios por la espada de los aventureros, se habia puesto 
el principado Gales, conocido en los fastos de la edad-media con 
el título de Príncipe Negro. Pagándose de ser espejo de caba- 
lleros, tenia por religioso deber el ejercicio de las virtudes que 
constituían el credo de aquella esclarecida milicia: terrible en 
las batallas, como afable y delicado en los salones; fuerte é infle- 
xible con el poderoso como benéfico y magnánimo con el débil y 
el vencido, traía -el hijo de Eduardo III frescos todavía en su» 
sienes los envidiados laureles de Poitiers, gloriosa jomada que 
rinde á sus plantas la pujanza de Juan I, con la flor de la caba- 
llería francesa. No venia, como Beltran Du-Guesclin, á derribar 
un trono: la hidalguía de sus. sentimientos, la rectitud de sus 
ideas armaban su diestra en defensa del príncipe desheredado 
por la traición y la fortuna, reputando cual digna empresa del 
caballero que habia rehusado sentarse á la mesa de su prisionero 
el rey de Francia, la de restablecer en las sienes del rey don 
Pedro la diadema de sus mayores. Los nombres preclaros de Ar- 
manac, Lebrech y Lancaster, inscritos en las banderas de sus 
vencedoras legiones, enaltecían también aquel generoso empeño, 
obligándole grandemente á no mancillar los timbres, con que aca- 
baba de ennoblecerlos. 

1 Es digno de notarse que el nombre de Beltran Du-Guesclin adquirió, en 
virtud de las hazañas llevadas á cabo antes y después de su venida á la 
Península Ibérica, tan alta reputación que sólo fué comparable á los Rolda- 
nes y Oliveros. Y tanto era así, que al darse á luz el Triunfo de los Nue^ 
ve presQÍados de la fama y no se creyó completo el número de los quQ me- 
recían el lauro de contarse al lado de Alejandro, el Rey Ártús y Cario- 
Magno y sin incluir «al famoso cauallero Beltran de Gucsclin, condestable 
que fué de Francia y duque de Molinay». D¿ este personaje y de los nueve 
presQiados hablaremos oportunamente. 



n.* PARTE, CAP. I. NVEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 37 

Era el suelo de Castilla el campo en que iban á chocar aque- 
llas dos caballerescas naciones, rivales de antiguo y más que 
nunca encarnizadas : la batalla de Nájera, próspera para las ar- 
mas inglesas, hacia al Principe Negro arbitro del reino: la infi- 
delidad de Hontiel, lejano ya el de Gales del territorio español, 
daba el trono de Alfonso XI al bastardo de Trastamara; y forza- 
do Enrique II & colmar las esperanzas de sus ayudadores y á le- 
gitimar la deslealtad de los vasallos del rey don Pedro, que en 
una y otra ocasión abandonaron sus legítimos pendones, abría 
los tesoros de la corona para derramarlos sobre propíos y extra- 
ños ; y mientras se despojaba en gran manera de aquella autori- 
dad que tantos sacrificios y sinsabores había costado á los má^ 
ilustres monarcas, engrandecía á los aventureros de Beltran du- 
Guesclin, halagando en parte sus instintos feudales y realizando 
los sueños de grandeza, que tal vez habían formado al recordar 
las maravillosas aventuras del mundo caballeresco. Este retroce- 
so sensible en las vías de la política, propiamente española ; este 
predominio dado en la corte y el Estado á la nobleza de Castilla 
y sobre todo á. los capitanes franceses que hermanándose con los 
proceres españoles, tomaron asiento en la Península, debía pro- 
ducir naturalmente visible modificación en el gusto y aun en las 
costumbres de las clases privilegiadas, inclinándolas á recibir 
con aplauso cuanto halaga el amor patrio de los que habían com- 
partido con ellas las privaciones de la guerra y los peUgros del 
campamento. Por tradición y por respeto, por inclinación y ppr 
orgullo formaban las obras de la literatura caballeresca las deli- 
cias de aquellos milites que veían en su propia fortuna realizadas 
las imaginaciones de sus antiguos poetas ; y allanado por este 
medio el camino, cerrado hasta entonces por el sentimiento de la 
nacionalidad castellana, aquel arte que en el largo espacio do 
siglo y medio había reflejado indirecta y débilmente el mundo de 
la caballería, tal como lo creara la literatura brítano-franca, no 
se receló de prestar sus formas de expresión á las ficciones de la 
indicada literatura, aspirando sin embargo á someterlas á las le- 
yes que regían su propia existencia ^. 

t El tantas veces mencionado Mr. Gcorge Ticknor, sólo concede la intro- 
ducción de los libros de caballerías en la literatura española, durante el si- 



38 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAlVOLA. 

De esta forma eran pues recibidas las mencionadas creacio- 
nes, no indiferentes por cierto á la nobleza castellana en la sin- 
gular situación en que los acontecimientos la habían colocado. 
Porque téngase muy en cuenta: demás de representarse la idea- 
lidad de la vida guerrera, ensalzábase en los libros de caballerías 
el valor personal que tan alta preponderancia adquiere en aquel 
siglo de revueltas, canonizándose en consecuencia los esfuerzos 
anárquicos del individualismo señorial contra la idea unitaria del 
derecho común, qué germinaba ya en el seno de la sociedad y 
que aun no desarrollada por completo, debia lograr, ^1 caer de 
la siguiente centuria, el más decisivo triunfo. Lo que en las re- 
giones agobiadas bajo el peso del feudalismo era enéi^ica protes- 
ta contra la opresión erigida en sistema; lo que habia nacido 
para idealizar esa misma protesta, no teniendo ninguna relación 
inmediata jcon el pueblo castellano, venia á favorecer ó halagar 
al menos las eternas pretensiones de las clases elevadas, únicas 
que podian allegar los libros de caballerías, y saborear por tan- 
to sus peregrinas y maravillosas narraciones. Hé aquí holgada- 
mente explicado cómo los poemas, que al aparecer por vez pri- 
mera, eran recitados con extraordinario aplauso en las plazas 
públicas de Bretaña y Normandía, no. habiendo jóvenes ni ciegos 
que no los conservaran en la memoria ^, fueron únicamente 
manjar aceptable para los poderosos y eruditos, al penetrar en 
la literatura castellana: esta consideración basta para comprender 
cópoio dominados ya por los reyes los esfuerzos individuales de la 
grandeza, caen en desprecio de la misma los libros de caballea 

glo XV (cap. XI de la I.* Época), asegurando «que en un principio ni se tra- 
dujeron ni se metrificaron.! En el siguiente capítulo veremos con el examen 
de las primeras obras que entre nosotros produce la imitación romancesca 
hasta qué punto son exactas ambas afirmaciones. 

1 Alfredo de Béverley que escribió al mediar el siglo XII un 'Compendio 
de la Crónica de Monmouth, poniéndole un prólogo latino, decía hablando 
de la Historia de Bruto, cabeza y fundamento de la misma : cEra tenido 
>por hombre sin educación el que no la conocia : los jóvenes la sabían de 
»coro y la recitaban con gran contentamiento. Hallándome entre ellos, me 
•avergoncé alguna vez de mi ignorancia» (Roquefort, III.* Parte, cap. I). 
Con el mismo entusiasmo fueron recibidas la mayor parte de las narraciones 
caballeresdis. 



CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 39 

ríaSy hallando eDtonces acogida en la muchedumbre, sobre cuyo 
cuello comienza & gravitar la coyunda del despotismo ^. 

Este movimiento de las letras, en que refleja el arte tal vez 
con excesivo colorido, pero con cierta fidelidad histórica, el esta- 
do de los espíritus, al consumarse la catástrofe de Montiel, no 
era por cierto único al declinar el siglo XIY. Animada la poesía 
desde los tiempos del Rey Sabio de cierta aspiración lírica, que 
se revela grandemente en el Poema del Archipreste de Hita, no 
menos que en sus Cantigas á la Virgen y que tendría sin duda 
amplia confirmación en el Lñro de los Cantares de don Juan Ma- 
nuel, conforme nos persuade su título, ha aparecido á, nuestros 
ojos durante el reinado de don Pedro ensanchando la esfera de 
sus conquistas y dando, dig&moslo así, carta de naturaleza á 
ac(uella musa cortesana que, afectando apasionados amores, iba á, 
establecer su imperio en el parnaso castellano. No otra cosa nos 
enseñan la Danza de la Muerte y las poesías de Pero González 
de Mendoza, escritas durante la juventud de este celebrado mag- 
nate ; pero si careciéramos de esos importantes testimonios para 
iniciar el estudio de la notabilísima transformación que ofrece la 
poesía castellana en la segunda mitad de la centuria que histo- 
riamos, no por 611o seria lícito suponer que puede aquella man- 
tenerse agena & toda influencia, aun cuando sólo reparásemos en 
la ya reconocida y quilatada de los libros caballerescos. La exa- 
geración habitual y el refinamiento amanerado, no sólo de la 
pasión erótica, sino de su expresión artística, síntomas eran más 
que verosímiles de que labraban entre los cultivadores de la poe- 
sía erudita las ideas del mundo romancesco, y de que á la tierna^ 
simpática, respetuosa y pura adhesión amorosa que hemos reco- 
nocido en el Cid y en Fernán González comenzaba á sustituir el 
mentido lisongear exterior de la galantería. 

Pero sobre todos estos caracteres, cuyo sucesivo desenvolvi- 
miento nos toca determinar con el juicio de los monumentos lite- 
rarios, iban á resplandecer otros más decisivos respecto de las 



1 Sólo de esta manera puede explicarse cómo obtuvo Cervantes el pro- 
digloso efecto del Quijote : á su tiempo daremos á punto de tal importancia 
literaria la extensión que realmente pide, para ser bien tratado. 



40 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAKOLA. 

formas de expresión, llegando á fructificar en nuestro parnaso 
ciertos gérmenes artísticos, cuya aparición dejamos ya consigna- 
da ^. El arte que desde la Era de Alfonso X habiasido esencial- 
mente didáctica-simbólico, exornábase ahora con todas las galas 
y preseas de la alegaría; y esta fastuosa forma que, si es con- 
veniente decirlo asi, centellea en las obras del siglo XIII, y va 
tomando mayor brillo en las de la primera mitad del XIY, llega 
á. dominar exclusivamente, al caer de aquella centuria, en las 
producciones de los ingenios castellanos, conservando la supre- 
macía en todo lo restante de la edad-media. 

Ninguna forma literaria habia alcanzado hasta entonces con- 
sagración más digna ni elevada: ya la recibiesen los trovadores 
proveníales de la literatura arábiga, aserto más fácil de confe- 
sar que de reducir á demostración histórica; ya provmiese del 
arte homérico, más oscurecido que ignorado hasta fines del si- 
glo XIII, no puede negarse que arraiga en la literatura italiana 
desde los primeros dias de su existencia, elev&ndose á la consi- 
deración de verdadero sistema literario en brazos del inspirado 
cantor de Beatriz, cuyo terrífico acento iba á conmover profun- 
damente el vacilante espíritu de Europa. Dante escribe la Divina 
Cammedia. La alegoría en la ciudad del dolor, en la mansión de 
la esperanza y en la morada de la beatitud constituye la gran 
máquina de este inmortal poema: el Infierno, el Purgatorio, el 
Paraíso descubren á sus ojos inmensos tesoros de poesía que 
sólo pueden ser revelados bajo formas alegóricas. £1 pintor de 
Francesca di Rímini y del conde Ugolino congrega por este me- 
dio en un mismo cuadro y bosqueja con un mismo colorido hé- 
roes y personages de diversos siglos, creencias y civilizaciones: 
la fábula mitológica y la historia sagrada y profana le ofrecen 
al par el tributo de sus ejemplos y enseñanzas: el tiempo y el 
espacip se condensan y resumen bajo las varoniles huellas de su 
peregrino pincel; y la alegoría , lazo constante de aquellas mis- 
teriosas y terribles visiones, lo es asimismo de la prodigiosa 
unidad interior que sublima la idea generadora de la Divina 



1 Véanse los capítulos XVI y XIX de la II.* Parle, t. IV. 



II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. íl 

Gommedia. De esta manera lo que basta aquel instante habia 
contribuido por acaso á dar mayor frescura á las descripciones 
de una poesía, heredada de los trovadores y acaudalada en par- 
te con las reliquias de las letras clásicas, truécase en luz, vida y 
alma de la creación más grande que habia producido la edad- 
media y que iba á transformar el arte en todas las naciones me- 
ridionales *. 

La influencia, inevitable para todos los pueblos que habían 
recibido ya de Italia algunos gérmenes de cultura, y asociada 
extrechamente al renacimiento clásico que personifica el amante 
de Beatriz, al confesarse discípulo de Virgilio^ iba á penetrar 
en la literatura española, acaso con mayor fuerza que en otra 
alguna, por apoyarse en el frecuente comercio intelectual que 
desde los tiempos de Alfonso YIII mediaba entre ambas Penín- 
sulas. Muy claro se habia mostrado, al mediar el siglo, esta ma- 
nera de consorcio, & que de dia en dia parecían inclinarse más 
nuestros eruditos *; y proclamada universalmente la Divina 
Commedia como una maravilla del arte, y recitada públicamente 
y explicada en las principales ciudades de Italia ^, llegó el mo- 
mento en que uno de aquellos ingenios que se preciaban de se- 
guir las huellas del Dante, pasó á España, y tomando en ella 
carta de naturaleza, ensayó el revelar en lengua castellana las 
misteriosas visiones del mundo alegórico^ llevándose tras sí la 



1 En la Parto V.* de la Vida del Marqués de Santillana manifestamos 
que habíamos dado á esta de nuestra historia la debida consideración res- 
pecto del arte alegórico. La aceptación que parecieron tener entre los críti- 
cos y eruditos nacionales y extrangeros las ideas allí apuntadas, ha sido- 
para nosotros cierta garantía de acierto. 

2 Véase el capítulo XIX de la 11.^ Parte y en él principalmente cuanto 
decimos sobre El Regimiento de los Principes, compilado por Fray Juan 
García. 

3 No solamente Florencia, que pretendió lavarse de las injusticias co- 
metidas contra el Dante^ confiando á Boccacio la cátedra públicaí erigida 
para explicar la Divina Commedia, sino^ lo que es más notable^ Bolonia, 
Pisa, Venecia y Plasencia decretaron también, al declinar el segundo tercio 
del siglo XIV, el establecimiento de otras nuevas cátedras con el mismo ob- 
jeto, sentando en ellas á los más renombrados retóricos (Ginguené, Hist, 
LüL d'ItaUe, 1. 1, págs. 470 y 71). 



42 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

admiración de los poetas andaluces, que se declararon desde lue- 
go ardientes partidarios del arte dantesco. 

Cómo esta innovación trascendental se verifica entre aqaellos 
ingenios, cuyas obras empezaban á dar testimonio de que debia 
renacer en el suelo de la Hética la esclarecida musa de Silio, Lu- 
cano 7 Columela, y cómo se propaga al suelo de Castilla hasta 
dominar absolutamente en todas las producciones de la poesfa, 
asuntos son á que daremos la extensión conveniente en lugares 
oportunos. Conste ahora que esa novedad, lejos de ser unánime- 
mente recibida, halla cierta contradicción en el sentimiento na- 
cional, como lo halló m&s tarde la revolución de Garcilaso, y que 
se personifica en uno de los más claros varones que ilustran la 
Espaibi del siglo XIY. Y para que este fenómeno literario fuese 
todavía más notable, el señalado escritor á que aludimos, al mis- 
mo tiempo que mostraba desdeñar la influencia dantesca; al mis- 
mo tiempo que pretendia conservar las tradiciones del parnaso 
español, cultivando los metros de Berceo y del Archipreste de 
Hita y recogiendo las últimas flores del arte didáctico-simbólico, 
pugnaba por dotar á nuestra historia de la severidad y grandeza 
que admiraba en los libros clásicos, trayendo á Castilla el pinoel 
de Tito Livio. Arrastrado al cabo en los postreros días de su 
vida^r la común corriente, contribuía también al triunfo de la 
escuela provenzal y aun del arte alegórico^ hermanándose coa 
los innovadores. Era el primero de estos el genovés Higer Fran- 
cisco Imperial, «morador y estante en Sevilla» ^ ; llamábase el 

1 Los eruditos anotadores del Cancionero de Baena fpág. 665 col. 2) 
niegan que Ml9er Francisco Imperial egerció en la poesía castellana la in- 
fluencia que le atribuimos, por juzgar que el ^género italiano» era antes co- 
nocido en España. Mr. Ticknor asegura por el contrario, al hablar del mar- 
qués de Santillana {Hist, de la literatura esp., I.* £p. cap. XIX), que daba 
aquel «por vez primera á conocer el gusto italiano en la Península Ibérica.» 
Mientras estos escritores se ponen de acuerdo, no será malo traer á la memo- 
ria de los lectores el estudio hecho hasta aquí sobre los monumentos de la 
poesía erudita, única en que pudo reflejarse dicho género ; y como antes de 
Imperial sólo hayamos podido señalar indeterminados gérmenes de la ofo- 
goria y con él y sus obras veamos ya por completo el desarrollo del arte 
dantesco en nuestro suelo ; como la literatura italiana, ó mejor dicho su 
poesía, no pudo comunicar á ninguna otro carácter particular hasta apare« 



Il/ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 45 

ilustre escritor, que preludia con su ejemplo la oposición de Cas- 
tillejo y de Silvestre á la introducción de los metros toscanos, 
Pero López de Ayala. 

Vario y complicado, pero interesante y no sin novedad es el 
espectáculo que ofrece á, la critica la historia literaria desde la 
segunda mitad del siglo XIY. Abierta la Península á las distintas 
influencias que dejamos indicadas, crúzanse y fúndense en su 
poesía y en su literatura multiplicados elementos; revelando, tal 
vez con mayor claridad que nunca, la tendencia constante del arte 
erudito, en sus diversas manifestaciones, & recojer dentro de $i 
y hacer suyos los despojos de las demás literaturas, que se acer- 
can á la esfera de su actividad en momentos determinados. Mas 
ya lo hemos dicho: ni se operan, ni salen al exterior, para tener 
representación y vida, este linage de fenómenos, sin la prepara- 
ción correspondiente; y prueba de que se acercaba el dia en que 
fuese cumplidero el triple cambio ya reconocido, es el estudio 
hecho por nosotros en el anterior volumen. En él hemos visto 
desarrollarse, llegar á decadencia y pugnar por sostener su im- 
perio aquella forma literaria, que trae al seno de la civilización 
española el esclarecido monarca, él quien saludamos con el re- 
nombre de Sabio: en él hemos descubierto una y otra vez las se- 
millas que iban cayendo en el no ingrato suelo de las letras, 
señalando al par el camino que traian y la suerte en que arraiga- 
ban < : en él por último hemos procurado explicar cómo, en 
tanto que no esquivan nuestros ingenios el recibir las lecciones 
y aun las obras de otros pueblos, les comunican también sus 
conquistas intelectuales, apareciendo evidente que sin un Pedro 
Alfonso, un Infante don Fadrique, un rey don Sancho y un don 



cer la Divina Commedia, que rompe la cadena de las imitaciones pro- 
yenzales, no parece quedar duda de que es aventurado el aserto de loa 
anotadores del Cancionero, así como tampoco la abrigamos de que el histo- 
riador anglo-americano desconoció las obras de Mi^er Francisco Imperial, al 
asentar la afirmación mencionada. Al examinar las obras del poeta geno- 
vés, veremos plenamente confirmados estos hechos (Véase también lo que 
sobre el particular dijimos en la V.* Parte de la Vida del marqués de San-' 
tülana que precede á sus Obras (Madrid 1852, pág. CXVI). 
1 Véanse los capítulos correspondientes del anterior volumen. 



41 HISTORIA crítica DB LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

Juan Manuel, ni hubiera logrado Boccacio la gloria de sus Cien 
Novelas^ ni saboreado Chauoer el aplauso de sus Cuentos. ^Qué 
mucho pues que esperásemos el instante de nuevas transforma- 
ciones, cuando conociamos ya en parte los elementos que debian 
producirlas?.... 

Restábanos sólo fijar la ocasión y la manera en que llegan & 
realizarse ; y no otro ha sido el objeto y principal fin del presen- 
te capitulo, como que sin esta importante investigación seria del 
todo imposible el dar un solo paso en la exposición de la historia, 
ni quilatar debidamente el valor respectivo de las expresadas 
transformaciones. Sobre tres puntos capitales hemos llamado la 
atención de los lectores. Primero: sobre la introducción en nues- 
tra literatura de las ficciones caballerescas, que infunden tam- 
bién oierto colorido & las producciones de la poesfa. Segundo: 
sobre la aclimatación del arte alegórico, que altera exterior é in- 
teriormente las leyes de su existencia. Tercero: sobre la aparición 
del elemento clásico en las composiciones históricas, que da nue- 
vo y más seguro curso á semejantes especulaciones. £1 movi^ 
miento es palmario y no carece de gloria para nuestros ingenios 
en todas tres vias. Deber es nuestro estudiar con toda madurez 
los monumentos en que se manifiesta, á fin de apreciar de un 
modo exacto los diversos matices y caracteres, que en cada des^ 
arrollo va sucesivamente presentándonos. 

Entremos pues en tan peregrina materia. 



CAPITULO II. 

PRIMEROS MONUMENTOS CASTELLANOS 

DE LA LITERATURA CABALLERESCA. 



Diferentes formas literarias con que aparecen.— La poesía. — Los Votos 
del Pavón. — ^Idea de este poema, deducida de monumentos del siglo Xm. 
— Su argumento. — ^Versiones en prosa de otros libros caballerescos. — 
Peregrina forma en que llegan á nuestros dias. — El Noble cuento del enpe^ 
radar Chorlos Maynes de Rroma e^ de la buena enperatriz SevUla,--SvL 
examen.— La Estoria *del Rrey Guillertne de Inglatierra.-'EÍ Cuento 
muy fermosodd Enperador Ottas et déla Infante Florencia, su fija. — 
Análisis ddl mismo. — ^El Fermoso cuento de una sancta enperatris que 
ovo en Rroma, — ^Noticia de otras versiones relativas á uno y otro cido 
caballeresco. — ^Aspiración de la literatura castellana á producir obras 
originales en este sentido.— ¡El Amadis de GauJa.— Época en que fué es- 
crito. — Elementos que lo constituyen. — ^Nacionalidad que refleja: én las 
creencias; en los sentimientos; en las, costumbres. — ^Breve idea de su ar-> 
gumento.— Caracteres principales de su estilo y lenguaje.— Resumen* 



Considerando el triple desarrollo de las letras españolas du- 
rante la segunda mitad del siglo XIV, tal como lo dejamos apun- 
tado, lláimanaos sobre todo la atención, asi por lo peregrino de 
su origen y por el momento en que aparecen, como por la in- 
fluencia que logran adelante los primeros monumentos del arte 
caballeresco, trasmitidos á nuestros dias. No caeremos nosotros, 
al verificar semejante investigación, en el error, ya cometido 
por algún escritor coetáneo, de clasificarlos entre las produccio- 
nes de la literatura popular, en la acepción critica de esta pala- 



46 HISTORIA crítica DB LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

bra U filiados naturalmente en la docta, en ella arraigan al cor- 
rer de aquella edad; por ella se trasmiten & los siglos futuros, 
cualesquiera que sean después las transformaciones que experi- 
menten, y al penetrar en nuestro suelo, ora adoptan las formas 
cultivadas de antiguo por la poesía heróico-erudita, ora conser- 
van la estructura narrativa de sus originales, aspirando muy 
luego & tomar el colorido de las creencias y de las costumbres y 
& legitimar en tal suerte su existencia. 

No es hoy tan fácil, como deseáramos, el determinar cuá.1 de 
las formas indicadas tuvo la prioridad histórica: siguiendo la ley 
mis general y constante & que se sujeta el arte en el progreso 
de SUS' variadas manifestaciones, razón habria sin embargo para 
suponer que debió adelantarse la poesía & ensayar la imitación, 
hipótesi que tiene también legítimo fundamento en los hechos. 
Cita el celebrado marqués de Santillana, mencionado el famoso 
Poema de Alexandre^ y antes del libro del Árchipreste de Hi- 

1 Mr. Geor^ Ticknor forma cuatro diferentes {^pos de las composi- 
ciones c populares en su origen y carácter y que en vez de proceder de las 
clases elevadas de la sociedad, son miradas por ellas con desden y despre» 
cío.» ConsUtúyenlos: 1.® Los rwMMce»: S.^ Las erónteos: 3.® Los libros de 
cabaUerioi: 4.^ £1 teatro. Prescindiendo de lo que son y significan las cró-^ 
ñicas, escritas casi todas por reyes, prelados y magnates, y cuyo valor c 
importancia hemos procurado quilatar antes de ahora, conviene advertir 
que el tercer extremo de la expresada clasificación es inadmisible. Los li- 
bros de caballerías fueron, y debieron ser populares allí donde nacieron» 
como fruto espontáneo de la civilización, como natural resultado de las cos- 
tumbres políticas y sociales que representan : al transferirse á España, ni 
fructifican entre la indocta muchedumbre, ni halagan sus instintos, ni cum* 
píen á sus intereses ¿cómo pues ha de colocarlos la crítica en la misma ca-* 
tegoría de los romanees y del teatro?... Si en el siglo XVí llegan á ser pa* 
trimonio de las clases menos ilustradas, si llamados los doctos al cultivo del 
arte en diverso terreno, los rechazan cual engendros monstruosos, no por 
esto se han de cerrar los ojos á la investigación histórica, llegando á con- 
fundir entre sí cosas que jamás pueden ser unas, y olvidando al par las 
más sencillas nociones de crítica. Uno y otro fenómeno, esto es: la aparición 
de los libros de caballerías en nuestra literatura y su repudio por la gente 
docta 7 prohijación por la popular, tienen explicación cumplida en el estu- 
dio de la civilización castellana: del primer punto habrán ya juzgado los 
lectores; sobre el segundo formarán entero y claro concepto, al llegar al si- 
glo XVI, 



II.* PARTB, CAP. II. PRIM. MON. GA8T. DE U LIT. CAB, 47 

ta, Otro poema, ¿ que d& titnlo de Los votos del Pavón ^^ obra 
perdida por desgracia de nuestras letras y que bastaría sin du- 
da para resolver cuantas en la presente investigación pudieran 
abrigarse. Tiénenla ciertos escritores por «continuación de la 
historia de Alejandro» ^, y declaran otros que no es posible 
averiguar «qué obra es, qué contiene, quién es su autor, ni el 
tiempo en que fué escrita» ^. A la verdad, no son guias infali- 
bles, ni ministran luz bastante en la materia la seguridad no 
comprobada de los primeros, ni la vacilación excesiva de los se- 
gundos; y cuando en monumentos del siglo XIII y de tal impor- 
tancia como la Conquista de Ultramar^ ya antes de ahora exa- 
minada ^ hallamos inequívoco testimonio y noticia clara y con- 
creta de lo que en nuestra literatura se entendió por Votos del 
Pavón, justo nos parece consignar que no ha sido todavía este 
punto debidamente ilustrado. 

Los Votos del Pavón, lejos de proseguir la historia del hé- 
roe de Macedonia, lejos de carecer de importancia en la de las 
letras españolas, cual una y otra vez se ha afirmado, contienen 
una parte muy interesante de ia trama romancesca de la vida de 
Carlo-Magno, y prueban, al revestirse de las formas poéticas 
cultivadas en Castilla, la predilección con que fueron en ella' 



1 Carta al Condestable de Portugal: «Entre nosotros (dice) usóse prí- 
meramente el metro en assaz formas : asy como el Libro de Alixandre, Los 
Votos del Pavón, é aun el libro del Archipreste de Hitai (Núm. XIV). 

2 Habiendo manifestado Mr. Fauchet en sus Orígenes de la lengua y 
poesía francesa (ed. de Paris 1781, pá^. 88) que el Román du Paon era 
una «continuación de las hazañas de Alejandro, noticia que repitieron des- 
pués Quadrío y otros, asegurando que existia el MS. en la Biblioteca Impe- 
rial con el título de Les veux du Paon d*Alexandre, han supuesto algunos 
críticos modernos que el poema castellano, como traducción de dicha obra, 
debía contener el mismo argumento (Ticknor I.* Época, cap. IV). Mas aan- 
que no puede negarse la existencia del libro citado por Fauchet y descrito 
en producciones más recientes (Mem, et extr. des MSS. de la Bibl. Nac,, 
t. V, pág. 118), nos parecerá siempre aventurado el asegurar que sea tal 
el asunto del poema citado por el Marqués de Santillana. Abajo exponemos 
las razones en que fundamos esta opinión. 

3 Sánchez, Colección de Poes. cast,, 1. 1, págp. 99. 

4 II.* Parte, t. I. 



48 HISTORIA crítica DB LA LITER ATURA ESPAfiOLA. 

recibidas las hazañas de los caballeros carlowíngios. Refiérensc 
las aventaras , comprendidas bajo aquella singular denomina* 
cion, á la infancia y juventud del afortunado hijo de Berta, 
correspondiendo por tanto á, la segunda serie de narraciones 
que constituyen la base principal del referido ciclo, según que- 
da ya notado ^ y que se distinguen en multiplicados libros cpn 
el titulo de Historia dé Maynete, 

Berta, hija de Flores y Blanca Flor, reyes de Almería en 
España, es desposada con Pepino, el de los grandes fechos^ Ue-^ 
vando consigo á. Francia el aya (ama) que la habia criado: in* 
juriada esta por cierta ofensa, resuélvese á tomar de ella cruda 
venganza; y teniendo acaso una hija de extremada semejanza & la 
esposa de Pepino, acusa & la verdadera Berta de haber atentado 
contra la vida de la reina, dignidad que atribuyen á su hija, Ic^ 
grande sorprender y engañar al monarca, que dicta sentencia de 
muerte contra su propia esposa. A dos escuderos da orden el aya 
vengativa de ejecutar aquel tremendo fallo, imponiéndoles el 
deber de presentarle el corazón de la princesa; pero llegados & 
la floresta, que iba á ser teatro de tanta crueldad, duélense am- 
bos de la desolada hermosura; y sacando el corazón á un perro 
que llevaban consigo, déjanla atada á un árbol, despojada de sus 
vestiduras y suelto sobre la espalda su cabello. En tan extraña 
manera hallóla el guarda de aquel monte (montanero), é infor- 
mado por ella de su desgracia, desatóla y llevóla consigo á su 
casa, mandando á, su mujer y á. dos hijas de la misma edad do 
la reina que la honrasen y agasajaran. Alli permaneció Berta 
largo tiempo, pasando plaza de villana y siendo tenida por hija 
del montanero, hasta que trascurridos tres años, fué á caza el 
rey Pepino, hospedándose en la morada del guarda, quien des- 
pués de haberle ofrecido abundantes manjares, le hizo servir 
sabrosas frutas por aquellas tres doncellas, que le daban nom- 
bre de padre. Sorprendido quedó Pepino, al contemplar la be- 
lleza de Berta, y segunda vez enamorado de sus gracias, exigió 
y obtuvo del montanero que la condujese á su cámara aquella 
noche, proyecto en que vino sin dificultad la reina, ganosa de 

1 Véase el capítulo anterior. . 



Il/ PARTE, CAP. II. PRIM. NON. CAST. DI LA LIT. GAB. 40 

recobr&r el cariño de su esposo. Nació de esta singular aventu- 
ra el renombrado C&rlos-Maynete, el bueno; pero lejano de la 
corte y más todavía de la corona, hubiéronse menester nue- 
vas aventuras para que alcanzase la Jierencia legítima de sus 
mayores. 

Muerto entre tanto el rey Flores, persuadía Blanca Flor & 
sus vasallos A que recibiesen por soberano al famoso Pepino; lo- 
grado Iq cual, dirigiáse & Francia, alentando la dulce esperanza 
fie extrechar en sus brazos á la desdichada Berta, á quien su- 
ponía en el colmo de la ventura. Grande fué el desconcierto que 
su presencia produjo en el aya criminal y en su cómplice hija, 
esquivando una y otra vez la inevitable entrevista de la usuirpa- 
dora y de la madre da la verdadera reina; mas vencido todo 
obstáculo, llegaba al cabo Blanca Flor á romper la urdimbre de 
la impostura, reconociendo que no era Berta la muger que hon- 
raba Pepino como á reina, y obteniendo que confesada la mal- 
dad y descubierto el paradero de su hija y nieto Carlos Máyne- 
te, fuese castigada la principal (culpable, disponiéndose el rey á 
hacer recibir por heredero de la corona á su legítimo hijo. El 
fallecimiento inesperado de Blanca Flor, cuya amorosa fidelidad 
á Flores, su marido, resalta aun.en los ultimes instantes de su 
vida, y el más desventurado del rey Pepino, dejaron á Carlos en 
completa orfandad, apoderados como estaban del reino los bas- 
tardos, en quienes ardía cada vez con mayor fuerza el anhelo de 
la venganza: solos Morante y Mayugot, leales caballeros elegi- 
dos por el rey Pepino para crianza y eduoacioA de Maynete, ve- 
laban por su vida, esperando elevarlo algún día al ambicionado 
trono. 

Temíanlo así los bastardos^ y subiendo cada día los quilates 
del no disimulado rencor, buscaban sin tregua los caminos de 
perderle, ya exasperando su natural altivo y fogoso con menos- 
precios, ya forzándole á ejercer oficios, en que podia alcanzarle 
pública deshonra. «Acónteselo (dice la Conquista de Ultramar) 
»que ellos ovieron su consejo por la Nauidad que á la fiesta de 
»gínquesma que auia de venir, que flziesen en medio de una 
«montaña, do avia unos prados muy fermosos et grandes, un 
•juego que usaran los franceses antiguamente que Uamauan fo- 
ToMo V. 4 



so HISTORIA CRITICA DB U LITERATURA ESPAÑOLA. 

»Ma Redonda. Et este juego se fazia desta manera: ponían 
•tiendas en derredor unas cabe otras, así como corral redondo, 
»et alli dentro estauan los caualleros armados et tenían los oa- 
•uallos cobiertos de señales; et departe de fuera de las tiendits 
»fazian poyos en derredor, en que se ponían sus escudos et sus 
•yelmos, et arrimauaü las langas; et estauan con ellos dueñas et 
•donzellas et sus mugeres et sus parientes; et todos los ornes on- 
»rados de la tierra Tenían alli et toda la otra cavalleria^ et pa* 
•rauan sus tiendas en derredor de aquellas otras quanlo una 
•grant carrera de cauallo. Et el cauallero de los de fuera que 
•quisiese justar, armarse ya et cubriría su cauallo de sus seña* 
•les et yria & aquel palenque et daría con el cuento de la lan^a 
•en un escudo daquellos; et luego saldría el señor del escudo de 
•dentro del corral et rogaría & aquella dueña ó donzella quél 
•oviese allí traído, que le ponga el yelmo en la cabera et que le 
«dó el escudo et la langa; et ella fazerlo ha assi. Et después, 
•que gelo ovier dado, caualgar& el cauallero en su cauallo et 
' »yrá justar con el otro. £1 sí cayere el de fuera, avr& el de den-- 
•tro su cauallo et las armas, et dar& el preso á la dueña ó & la 
•donzella que allí truxíere, et ella soltarlo h& por lo que touíerie 
•por bien. Mas si cayere el de. dentro de las tiendas, avria el 
•otro el cauallo et las armas, et aquella dueña ó doncella toma- 
•r& aquellas armas que tra^a el que derriba et darle ha otras 
•quales quisiere; pero en. antes que le ponga el yelmo, abragar- 
•lo há et besarlo h&, et todo aquel año llamarse h& su caualle- 
* »ro de ella et a^ri de fazer armas por su amor et traer aquellas 
•armas quella le á& et non las otras^ quól ante traya.^ ' 

«Este juego inventaron los omesántíguos de Inglatierra et 
•en Alemana et en Frangía, para saber bien justar et ferir de la 
•langa, así como en el torneo para ferir de espada, et saber so* 
•frir las armas en las grandes priesas. Et*este juego de la TVi- 
•Ma Redonda dura ocho días ó quinz^ segunt que aquellos que 
•lo fazen pueden sofrir la costa. Et h& este nombre, porqde un 
•día ante que se partan, ponen mesas de parte de dentro de 
•aquellas tiendas & la redonda et comen alli todos aquel día lo 
«mejor que pueden et porque aquellas mesas son assi puestas 
•en derredor, ll&manle el juego de la Tabla Redonda: que non 



n/ PARTS, CAP. II. PRIX. RON. GA8T. ült LA LIT. CAB. 51 

•por la otra que fué en tiempo del rey Artús. £t fazen aua otra 
•cosa aquel dia: ante que levanten las mesas, mandan & una 
»donzella, la más fermosa que ahy oviere, que traya un pavón 
•assado, saluo el p^scueQo et la cola que dexauan entero con 
>sus péñolas; et sábenlo fazer de manera que traya la cabera al- 
agada et la rueda toda fecha; et mátenlo en un asador sobre un 
•tajadero de plata, et tr&elo aquella donzella ante todas aquellas 
. «mesas, et anda diziendo -¿ cada cauallero qué es lo que promete 
•de fazer á aquel pavón. Et cada uno lo que prometiere, b&lo 
•de complir et de tener aquel año en todas maneras, et sy lo * 
•ñon fiziere, gelo terna por tan mal como si iiziesse una grant 
•traygion. Et después á. aquellos que prometen, dánles á. comer 
•sendas tajadas de aquel pavón et van su camino. Et desta má- * 
•ñera ae acaba el juego de la Tabla Redóte. £1 tal juego como 
veste Quioron su consejó los nietos del ama qi^e lo flziessen. en 
•un llano en aquella montaña que era gerca de un castiello que 
•auia y que tenian ellos ^. 

Para humillar á Maynete, forzándolo & un rompimiento de 
que pudiera surgir su ruina, obliganle pues sus hermanos & 
desempeñar en la Tabla Redonda el oQcio de doncella, tomando 
los votos que hacian al pavón los caballeros. Por consejo de 
Mayugot y de Morante disimula el príncipe el enojo que tal bur- 
la produce en su pecho; mas llegado el momento de la flesta y 
asegurado de algunos caballeros sus parciales, arroja al rostro 
de Doys, que era el menor de los bastardos, el misterioso j9at;oii, 
trabándose luego por una parte y otra recia contienda, de que 
sólo escaparon los nietos de la esclava de Berta^ acogiéndose al 
castillo inmediato que se tenia por suyo. Maynete entre tanto, 
receloso del poder de sus enemigos, busca asilo en el ducado de 
Borgoña, y se determina después á pasar á España para tomar 
posesk)n del reino de su abuelo Flores, teniendo la desventura 
de hallarlo sometidp á los sarracenos. La empresa de rescatarlo, 
aprovechando las discordias de los reyes de Zaragoza y Córdo- 
ba, y la no menos romancesca de los amores de Halia (Galiana) 



1 Conquista de Ultramar, cíiip/XLlll, fól. 122 v. y siguientes hasta 
el 31. 



^2 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÍ^OLA. 

hija de Hixem, rey de Toledo, detienen á Carlos por largo tiem- 
po lejos de su patria: al cabo apoderado de los tesoros del tole- 
dano y solicitado de los magnates franceses, entra en los domi- 
nios de su padre; y al frente de «muy grant caualleria,» acomete 
y vence á. los bastardos y se corona rey- de Francia y Alemania. 
Los votos, hechos por Carlos Maynete en la ñesta del pavón, 
estaban felizmente cumplidos. 

Ahora bien: existiendo desde fines del siglo XIII en la lite- 
ratura esj)anola esta leyenda caballeresca, que tan fundamental 
y estrechamente se. enlaza con las historias del ciclo carlowingio; 
aplaudida por extremo entre los doctos la obra en que se contie- 
ne ¿no ha de parecemos por demás aventurado el suponer que 
Los votos del Pavón completaban la historia del vencedor de 
Dario, cuando se estaba operando en el arte la singular transfor- 
mación que dejamos estudiada?... Lo que parece verosímil, lo 
que se> halla favorecido por todas las leyes de sana crítica, cual- 
quiera que fuese la fortuna de los poemas, de que se supone de- 
rivada la obra referida ^, es que el citado poema tuvo por asun- * 
to la serie de aventuras arriba consignadas, ó' cuando menos 
una parte principal de las que nacían de Los Votos del Pavón, 
en que se d& & Maynete intervención tan directa. No otra cosa 
persuade la natural avidez, con que acogían los discretos cuan- 
tas relaciones, cuentos é historias les ponían de manifiesto el 
mundo de la caballería/ fin privilegiado á la sazón de todas las 
especulaciones y conquistas del arte erudito. Y cuando üo bas- 



1 Aludimos claramente á la manera en que pudo ser recibido por nues- 
tros eruditos el Román du Paon^ citado por,Fauchet : su aplauso, si lo ob- 
tuvo, no oscurecía en modo alguno la tradición caballeresca que dejamos 
consignada: antes al contrario, considerados el curso de las ideas y el está- 
do de las letras, y notando que había tomado plaza en la historia nacional 
la referida leyenda, adoptada en parte por el Rey Sabio en su Eatoria de 
Espanna (IV / Parte), justo y racional parece concluir, como lo hacemos 
en el texto, que el autor de los Votos del Pavón redujo á forma poética 
la tradición referida^ pudiendo añadir á los que se han perdido en conje- 
turas, con un distinguido poeta de nuestros días : 

Os Tais trfts las apariencias 
cuando, hay ud testigo, y bueno?— 



Il/ PAnTB, GAP. II. PRIM. MON. GAST. DE LA LIT. GAB. 53 

taran tan obvjas consideraciones para admitir^ como hipótesi 
bien fundada, que la poesía española se anticipó á revestir de 
sus formas épico-heróicas las historias^ caballeresca^ y en 6spe^ 
cíal Los Votos del Pavón, la existencia de ptros monumentos 
análogos traidos por aquella edad ala prosa de Castilla, contri- 
buiría sin duda á robustecerla 7 autorizarla. 

Antes de ahora hemos observado que ya proviniese dei la 
peregrina historia de Guido de Colona, ya de los libros poétieos 
de la literatura francesa ^, fué traída á lengua castellana y ga- 
llega durante la juventud del rey don Pedro la Crónica Troyc^ 
na. Libro en realidad de caballerías, si bien no exento de pre-^. 
tensiones históricas, iniciase y fomenta con él la lectura de 
aquel linage de ficciones, sintiéndose á: poco andar la necesi- 
dad de reemplazarla con la de otras obras, ligadas más directa- 
mente á las maravillosas aventuras de los héroes cariowingios, 
no desechados tampoco los renombrados caudillos de la Tabla 
Redonda. De esta verdad, hasta ahora no reconocida, deponen 
varias producciones, cuyos títulos jamás han figurado en la his- 
toria de las letras. Hácenlas dignas de singular aprecio, demás 
de la importancia que les dá la época en que son escritas y de la 
forma en que aparecen, la no menos interesante circunstancia 
de referirse no sólo á las historias de uno y otro ciclo, sino tam- 
bién á un tercer género de narraciones caballerescas que habia 
ya producido notables creaciones, abarcando al par las leyendas 
piadosas de los primeros siglos del cristianismo. Conservadas 
con el depósito de las tradiciones religiosas y hermanadas con 
las vidas de los santos, muestran de un modo inequívoco que 
no infundían recelo alguno á la feliz credulidad de nuestros ma- 
yore» y que sobre alcanzar, al transferirse al lenguaje de Casti- 
lla, la estima de los discretos, estaban asimismo destinadas á 
ganar el respeto de los devotos ^. 

• 

1 Veaso el cap. XIX de la U.'' Parte. 

2 Las leyendas, de que á conUnuacion hablamos, existen en un códice, 
folio mayor, escrito en pergramino á dos columnas, á fines del si^lo XIV ó 
principios del XV, y señalado con el título de Flos Sanctorum, Tiene la 
marca h. j. 17, y demás de los libros á que nos referimos, encierra los trata- 
dos sig^uicntes: 1^^ Vida de Sancta Maria Magdalena, fól. l.^i 2.^ Estoria 



54 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍÍOLA. 

Distinguense estos peregrinos libros con el nombre genéri- 
co de cuentos y llevan los que se han trasmitido á nuestros dias 
los siguientes epígrafes: 1." «Agui comienza nn noble cuento del 
j^enperador Charlos Maynes de Rroma et de la buena enperaírix 
•Sevilla, 8u muger.» 2.° Aquí comienga la •ertoria del rrey Gui^ 
»llerme de Inglatierran etc. 3.^ Aquf comienza el cuento muy 
fermosb del enperador Ottás etde la infante Florencia su fija et 
del buen caucUlero Esmere: í.^ Aqui comienza un fermoso cuen- 
to de unásancta enperatriz que oto en Rroma et de su casita 
dat» ^ Xeidos éstos títulos, no puede caber duda alguna res- 
pecto del origen de semejantes obras; pero deben reputarse cual 
meras traducciones?... Dado que desconociéramos la libertad /de 



de Santa Maria Egipciaca^ fól. 7.^; 3.^ Estoria M epiperador Constan-^ 
iinOf fól. 14 y.; 4.^ Ídem de un cavallero Placidias que fué después cris'^ 
tiano et ovo nonbre Eustafio, fól. 23 v. Constando el códice de 152 fojas, 
dicho se está que ocapan su mayor parte los libros caballerescos, en cuyo 
examen entramos, los cuales fueron considerados por el colector de tan pe-> 
regrinas obras como otras tantas leyendas piadosas. Verdad es que al pro- 
ceder de esta suerte, no sólo obedecía á la ingenua credulidad del siglo, sino 
que aceptaba en cierto modo la singular consagración que habia dado la 
Iglesia á la caballería. Esta idea habla logrado ya satisfacción en el arte, 
como la habia tenido en la historia ; y no era por cierto maravilla que los 
elegidos y canonizados por el universal sentimiento, cuya idealidad refleja- 
ban, vinieran al cabo á ser elevados á la estimación de los santos. Sólo de 
esta manera, y recordando la genuina representación de la caballería, es 
posible compr^der tan singular maridaje, que en otro sentido no pasaría 
de ser una extravagancia. £1 códice á que. nos referimos^ es quizá el com- 
prendido en el núm. 46 de la Biblioteca de la Reina Católica, con el título 
de: Estoria de los Santos, que se hubo de trocar al ponerle nuevas cubier- 
tas por el más erudito de Fhs Sanctorutn, arriba indicado. Clemencyi nada 
dijo aterca de este libro. 

1 £1 orden que estos cuatro cuentos guardan en el códice, es: 1.® Esto^ 
ria del rey Guülelme de Inglatierra , que al folio 52 empieza : « Disen las 
estorias dé Inglatierra que un rrey ovo, que ovo nombre rey Guillelme etc.; 
2.® El Fermoso cuento de Ottas etc. que comienza: «Bien oystes en cuen- 
tos et en romances que de todas las cibdades del mundo Troya fué la ma- 
yori, fól. 4Si; 3.^ El de Una santa enperatris fól 99. ; y 4.^' El de Charlos 
May nes y Sevilla , que al fól. 124 da principio en esta forma: «Señores, 
agora escuchat et oyredes un cuento maravilloso que deve'ser oydo, ansy 
como fallamos en la estorias. 



Il/ PARTE, CAP. II. PRIH. HON. CAST. DB LA LIT. CAB. 55 

que los escritores de la edad-media hadan alarde en toda suer- 
te de Yersiones, la ingenuidad y frescura del estilo y lenguaje y 
el color especial que toma de las creencias y costumbres la mis- 
ma narración, nos dirían claramente que no se. contentó con el 
simple lauro de traductor el que las trajo al idioma castellano. 
De observar es no obstante que, Qel & los originales que le ser- 
vian de norma, conservó, tal vec con mayor exactitud de )o que 
permitía el genio de la lengua, los nombres propios de personas 
y lugares, dejando' asi indubitables vestigios del camino que 
traian las mencionadas leyendas. Extractos upas de má,s volu- 
minosos libros, compendios otras de abultadas historias; ya en- 
riquecidas de pinturas y descripciones, que revelan los esfuerzos 
hechos por el arte español en épocas anteriores, ya exornadas 
de extrañas joyas y preseas, ningunos monumentos hallamos en 
la segunda mitad del siglo XIY m&s propios y adecuados para 
dar & conocer cómo se realiza en la literatura castellana la trans- 
formación caballeresca. Este convencimiento, hijo del largo exi- 
men que de tales obras tenemos hecho, nos mueve pues i, ofre- 
cer aqoi á. nuestros lectores breve an&lisis de las mismas, no sin 
consignar primero que es ya en extremo diflcíl, aun con el 
auxilio de extrañas literaturas, el señalar las relaciones particu- 
lares y exteriores de cada una de ellas. 

Enlazado con las narraciones del ciclo carlovdngio, según v& 
insinuado arriba, llámanos en primer lugar lá atención el Noble 
cuento del enperador Charlas Maynes de Broma et de la &ue- 
na enperatriz Seoilla su tnuger^ que & diferencia de Los Votos 
del Pavón, abraza cierta serie de sucesos relativos & la edad 
provecta del héroe ^. Dando inequívoco testimonio del estado • 



1 La existencia de esta obra desvanece el error generalmente seguido 
de que no se haUa rastro alguno hasta principios del siglo XVI I en la litera* 
tura castellana de las leyendas relativas al emperador Carlo-Magno y sus 
doce Pares 1 (Gayangos, Discurso preliminar al Átnadis de Gauk^, edic. 
de Rivadeneira 1857)^ Verdad es (}ue este aserto no puede resistir la luz 
que arrojan los monumentos hasta ahora citados, ni los testimonios que en 
igual concepto aduciremos adelante. Sobre la misma leyenda y otro no me- 
nos peregrino libro acaba de dar á luz el docto don Fernando Wolf , tantas 
veces citado, un curioso trabajo que lleva el siguiente título : Über Die bie- 



56 HISTORIA crítica DB LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

en que se hallaba la literatura española, al ser trasladado á 
nuestra lengua, anunciase con un fia altamente did&ctico: «Se- 
•ñores (dice al comenzar), agora escuchat, et oyredes un cuento 
•maravilloso que deue ser oydo, asy como fallamos en la esto- 
•ria, para tomar orne ende fazaña, [egemplo] de non creer tan 
•ayna las cosas que oyer, fasta que sepa ende la verdat et para 
•non dexar nunca alto ome nin alta dueña sin guarda». Sobre 
esta moralidad, adaptable en parte á*todos los tiempos y en par- 
te adecuada 6l las costumbres y vida social de la edad-media, 
gira todo el argumento. Celebraba C&rlos con su esposa Sevilla 
en el monasterio de Sani Donis gran fiesta caballeresca, cuan^ 
do aparece en su corte un enano «tal que de m&s laida eatadnra 
•non saberla ome fablar». «Él era (prosigue) gordo et negro et 
•begudo et auia la cal^ura muy mala et los ojos pequeños et 
•enconados et la cabera muy grande et las narices llanas et las 
•ventanas dellas muy anchas et los orejas pequeñas et los cabe- 
ciles erizados et los bragos et las manos bellosas, como osso et 
•canos, las piernas tuertas, los pies {^alindes et resquebrados. 
•Atalera el enano como oydes^. Presentado este personage, 
tan fresca y vigorosamente descrito % al emperador^ es recibi- 
do & su servicio, no sospechando que de tan vil figura s<Uo po- 
dían nacer maldades. 

• 
d9n IViederanfgefundenen Niederlandischen vgUcsbucher cora der Küni- 
ginn Sihiüe und von Huon von Bordeaux ( Sobre los dos libros popula- 
res holandeses nuevamente hallados , acerba de la reina Sebilla y de Huon 
de Burdeos*). De su examen resulta que tanto el libro castellano como el 
holandés, reconocen su origen en un anáiguo poema francés, dado en parte ¿ 
luz por el docto Barón de Reifenberg, bien que difieran en algunos porme- 
nores que sucesivamente notaremos, Juzgando Wolf que entre la versión 
holandesa y el original ha mcoiado tal vez una segunda redacción en pro- 
sa. La Historia de la Reyna SeviUa, dada á luz en 1532 y 1551 (Sevilla 
y Burgos) f antes de ahora examinada por el indicado Wolf, se aparta aun 
más de la primitiva versión castellana que esta de la holandesa. El ejitcndi- 
do bibliotecario de Viena ofrece, al comenzar su opúsculo , una circunstan- 
ciada descripción de esta preciosidad bibliográfica, debida en su concepto ¿ 
las prensas de Guillermo Vosterman ó Yor^rman, que ñoreció en Amberes 
cual maestro de impresores, de 1500 á 1544. 

1 La versión holandesa presenta este raro personaje casi con las mis- 
mas palabras. 



11.* PARTE, CAP. II. PRIM. HON. CAST. DE LA LIT. CAB. 57 

Restitaido á la ciudad de Parfs^ dispuso Carlos una partida 
de caza, saliendo al monte con todos sus caballeros, mientras 
dormia la emperatriz en la regia cámara. Llegado el día, y «no 
osandO' despertarla, bajan sus doncellas y cobijeras á un jardín 
inmediato .para tejer una guiqíalda de flores, con que exornar 
la frente de la hermosa Sevilla; ocasión que espfa y piensa ver 
lograda el enano para saciar los. carnales deseos que la belleza 
de su señora habia encendido en su menguado pecho. Iba ya & 
poner sus torpes láb\ps en el rostro de la emperatriz, cuando 
abriendo «sta los ojos y certiflcada, por declaración del mismo 
enano, de su Idlso propósito, castígale por su propia mano hasta . 
ensangrentarle y forzarle á pedir perdón de su atrevimiento. Al 
volver C&rios de la caza, pregunta al enano la causa de las he- 
ridas que lleva en el semblante; y determinado, como estaba, h 
tomar cruel venganza de la reina, respóndele que ha caido for- 
tuitamente de un andamio, alejando asi toda sospecha. 

Satánico era el plan que entre tanto habia trazado. Introdu- 
cido ocultamente en la Cámara imperial, acecha el instante en 
que se levanta Carlos para «oyr las horas» en la iglesia de San- 
ta Maria, y metiéndose con la emperatriz en el lecho, bien que 
cuidando de no despertarla, duérmese en tal sitio, Ij^ta que 
pasados los maitines, torna el emperador á sd palacio, llenán- 
dole de admiración y de ira aquel deshonroso espectáculo. Cie- 
go de enojo, convoca á sus magnates, entre quienes se conta- 
ban los del linage de los traidores Galalon y Macayre ^ ; y aten- 
tos siempre á saciar sus rencores, aconsejante que mande que- 
mar á Sevilla y al enano; sentencia que piensan luego ejecutar, 
conduciéndolos á la hoguera. «Ella ovo muy grant espanto del 
«fuego que vio fuerte, et do vio el rey, comengole á dar muy 



1 El tesio castellano dice: cEntonces estavan ya los traidores del linaje 
de Galalon Aloris et Foucaus, Gonbaus de Piedralada et Sansón et Amaguins 
et Macayre, el traydor de la dulce palabra et de los fechos amargos. » En 
la versión holandesa se lee : « Hicr y was teghenwoordich dai gheslechte 
der veradcrs te weten Galaon^ Alorones^ Fanones, Robert van Breedanste- 
ne, ^ampson de Magre, Macaris de Schoone van spraken, quaet van wer- 
ken» (cap. III). Fuera de los variantes que advertimos^ en los nombres, no 
puede haber mayor semejanza en la narración. 



58 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

«grandes vozes: — Señor, mercet por aquel Dios que se dex^ 
•prender muerte en la uera cruz, por su pueblo salvar: yo ssó 
•preñada de vos; esto non puede ser negado. Por el anx)r de 
«Dios, Señor, facetme guardar fasta que sea libre: después man- 
»datme echar eá un gran fuego, ó desmembrar toda. Et assy 
•como Dios sabe que yo nunca fuy en este fecho, de que uo3 me 
•fazedes retar, assy me libre ende él del peligro en que ssó. Des* 
«pues que esto ouo dicho (continua el cuento), tomóse contra 
«Oriente et dio muy grandes vozes et dí^o: — ^Ayl rica ciudat 
•de Constantinopla, en uos fuy criada & muy grant vf^io! Ayl 
•mi Padre et mi Madre, non sabedes vos oy nada'desta mi grant 
•coital... Gloriosa Sancta Maríal ¿et quó será, desta mosquina 
•que ha tal tuerto?... ¿Ha de ser destroyda et quemada?... Et 
•cómo quier que de mi sea, auet mercet desta criatura, que en 
•mi trayo, que sse non pierda» ^. 

A estas palabras mandó el emperador que la desnudasen, lo 
cual no pudo menos de producir duelo y clamor general, asi 
en los nobles como en la inmensa muchedumbre que presencifi- 
ba aquella escena. Conmovido el emperador, oyó de nuevo i sos 
consejeros, quienes subyugados por Macayre, le inclinan & des- 
terrar á ]ji emperatriz, mientras interrogado de nuevo el enano, 
la acusa de haber Itomado la iniciativa en crimen tan feo, calum- 
nia que paga, como cómplice, en la hoguera. C&rlos confia & 
uno de sus caballeros, llamado Auberf de Mondisdier, el cum- 
plimiento de la nueva sentencia pronunciada contra Sevilla, & la 
cual amonesta que vaya & pedir perdón de sus pecados al Padre 
Santo (Apostóligo); y en tanto que emperatriz y caballero se 
alejan de París, armado de todas armas y sobre poderoso corcel 
sale el pérfido Macayre en su busca, determinado & darles muer- 
te. En lucha desigual sucumbe Auberi, dando tiempo á que la 
desventurada Sevilla logre salvarse, invocando el nombre de 
Santa Marta; y al lado del cadáver del fiel caballero queda, cual 
generoso guardián, un valiente galgo, que no solamente • mues- 
tra su lealtad durante la refriega, sino que está destinado & des- 



1 Párrafos V y VI del cód. cscurialense. 



Il/ PARTE, CAP. n. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 59 

empeñar parte principalísima en la historia de la infeliz Se- 
villa i. 

Caminando esta toda la nocbe^ depárale la Providencia & la 
mañana un leñador, qne dolido de su cuita y enojado contra el 
rey y los cortesanos, prométele llevarla & Coñstantinopla, donde 
reinaba el emperador Bicharte, su padre, quien no dejaría sin 
enmienda tan inmerecido agravio. Barroquer, que tal se llama*- 
ba ei leñador, abandonando su familia, emprende el viaje á que 
se habia ofrecido, dirigiéndose á Ungria, al mismo tiempo que 
vuelto á París el traidor Macayre, redoblaba los tiros de la ca- 
lumnia, asegurando que Auberi de Mondisdier habia deshonrado 
á la emperatriz, con lo cual crecia más y más la indignación de 
Carlos. A la mesa de este emperador se hallaba sentado el asesi- 
no de Auberi, cuando vencido del hambre,. penetra el galgo fiel 
en la cámara regia y reparando en el traidor, lánzase sobre él, 
trabándole fuertemente del cuello : maltratado y perseguido de 
los palaciegos, suelta la presa, arrebata un pan de la mesa im- 
perial y parte corriendo al bosque, dejando k todos admirados y 
deseoso á Carlos de sSiber su paradero. No esperó largo tiempo: 
al siguiente dia apareció el galgo de nuevo en el palacio, donde 
tal vez hubiera muerto á manos de los deudos de Macayre^ si 
ayudado de otros caballeros, no lo amparase el duque don Ay- 
mes, llevándolo ante el monarca, á quien manifiesta la sospecha 
que habia concebido contra su favorito, aconsejándole que manda^ 
se seguir al perro, que animado de sobrenatural instinto, pare- 
cia pedir justicia al emperador, yá lanzando tristes ahullidos, ya 
tirándole del manto, como para persuadirle á que le acompañara. 
Decidido á hacerlo con varios caballeros de su corte, de cuyo 
numero se exime el artero Macayre, llegan á una fuente, donde 
habia el galgo enterrado el cadáver de Auberí, siendo grande la 
admiración que en el ánimo de Carlos produce aquel descubri- 



1 En el libro holandés no toma el g^algo parte en la refrieg^a ; pero es 
perseguido por Macayre aquí y en el palacio, según después nos dice la ver- 
sión castellana, que analizamos. En esta se antepone el episodio del duelo 
entre el gpalgo y Macayre al recibimiento que hacen á la reina y á Barro- 
quer los payeses úngaros, narrado antes en la primera (Cap. IX). 



60 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAflOLA. 

miento y no menor la indignación de sus proceres, quienes con- 
ducen el cuerpo del caballero con fúnebre pompa á la ciudad de 
París, dándole honrosa sepultura. Prendía el emperador al mis- 
mo tiempo al sospechoso Macayre, y convocando sus doce Pares, 
pedíales consejo sobre tan extraordmario caso. En esta asamblea, 
pintada con notable naturalidad y sencillez, resuélvese, no sin 
oposición por parte de Galaloñ y los suyos, que entre en lid el 
presunto asesino, armado de un escudo redondo y de un palo de 
un codo, con el galgo de Auberí, lo cual aprueba el monarca, 
mandando que se ejecute. £1 duque don Aymes mueve & los do- 
ce Pares & esta singular resolución, narrándoles un curioso y 
bello apólogo, en que se enalteoe la fidelidad de los perros ; apó- 
logo cuya importancia literaria no puede ocultarse & los lecto- 
rqp *. 



1 El apólogo empicado por el duque don Aymes, no existe en el libro 
holandés, circunstancia de mucho peso en nuestros estudios, pues mues- 
tra de un modo inequívoco la influencia que, al ceder el puesto á otras 
formas literarias, ejerce en ellos la didáctico-simbólica, cuyo desarrollo 
dejamos plenamente reconocido. £1 indicado enxenplo está concebido 
en estos términos: • 

c Mucho leal es el amor del can: esto oy probar: ninguno non puede fal- 
»sar lo que ende dixo Merlin; ante es gran yerdat lo que ende profetisó. 
«Onde aveno asy que César el enperador de Rroma lo tenia en presión: et 
>este fué aquel que fizo las carreras por el monte Pavés. Un dia fizo venir 
>ante sy á Merlin, por lo probar de su sseso et díxole: Merlin, yo te man» 
»do assy como amas tu cuerpo que tú trayas ante mi corte tu Joglar et ta 
ssieruo et tu amigo et tu enemigo. — Señor, dixo Merlin, yo uos los traeré 
«delante, sy los yo puedo fallar .--«Señores, dixo el duque don Aymes, uer- 
>dat fué que el enperador tiró de presión á Merlin, et él fuese á su casa et 
>tomó su muger et su fijo et su asno et su can^ el tróxolos á la corte antel 
«emperador et díxole: Señor^ vedes aquí lo que me demandastes: catad, 
>esta es mi muger que tanto es fcrmosa et de que me uiene mi alegría et 
>mi solaz et á quien digo todas mis poridades; mas pero si roe viene algu- 
>na enfermedat ya por ella non seré confortado; et sy acaesciese asy que 
>yo oviese muerto dos omes, por que deviese seer enforcado et ninguno 
»non lo sopiese, fueras eUa solamente, sy con ella oviese alguna saña et la 
«feríese mal, luego me descobriría: et por esto digo qucste es mi enemigo, 
>ca tal manera há la nrager: asi diz la otoridat. Señor, vedes aquí mi fijo: 
«este es toda mi vida et mi alegría et mi salut. Quando el niño es pequenno, 
«tanto lo ama el padre et tanto se paga de }o que diz que non ha cosa de que se 



II.* PARTE, CAP. 11. PRIM. MON. CAST. DE LA UT. CAB. 6i 

Señalado el campo, escúsase Macayre de pelear con un per** 
ro, pretestando la honra de su familia ^ ; pero inflexible Garlos y 
aconsejado el traidor por sus deudos, que le ofrecen rebelarse y 
ponerle en el trono, empieza aquella peregrina batalla, logrando 
el galgo ensangrentar el rostro del favorito, en cambio de muy 
rudos g[olpeSv Dudoso aparecía el éxito, cuando otro de los trai- 
dores, llamado Galeran, tio de Macayre, entra armado en el pa- 
lenque, dando al perro una lanzada é intentando acabarle. Mas 
frustrada su alevosía por la autoridad del emperador, que ofrece 
cien libras á. quien se apodere de su persona, prosigúele el com- 
bate hasta confesarse vencido el asesino de Auberí, & cuyo se^ 
pulcro (monimiento) se acoge el galgo, obtenida la victoria, ne- 
gtodose después & tomar alimento y muriendo al cabo, como 



»tanto pague, nin de que. tal alegrriA aya; et por ende le faz quanto él quier: 
imas después que es ya grande, non dá jpor el padre nada et ante querría 
>que fuese muerto que uiuo, en tal que le fincase, todo su a ver: tal costam« 
>bre há el niño. Señor, vedes aquí mi asno que es todo dessouado: jertas 
«aqueste es mi siervo, ca jtomo el palo et la vara et dóle grandes feridas et 
«quanto le más dó, tanto es más obediente; des y eoho la carga encima del 
>et liéuala por ende mejor: tal costumbre lia el asno, esta es la verdat. 
. >Señor, vedes aquí mi can: este es mi amigo: que non he otro que me tanto 
»ame, ca si lo fiero mucho, aunque lo dexe por muerto, tanto que lo llame, 
kluego se uiene para mi muy ledo et afalágame et esle ende bien: tal ma« 
mera es la del can. Ora sé oerdaderamente dixo César que sabedes mucho; 
>et por, ende quiero seades quito de la presión et que vayades á buena uen** 
»tura, ca bien lo meres9edes. £t Merlin gelo grades9ió mucho et fué su uia 
>para su tierra.» 

Nótase pues que la expresada forma simbólica queda ya en nuestra li- 
teratura como un simple medio de manifestación; circunstancia que se cum-» 
pHa al par en otras meridionales: en la italiana por ejemplo ofrecen los 
poemas caballerescos repetidas pruebas: Púlci en su Margante Maggiore 
(cant. IX, st. 20 y 73, y cant. XIII, st. 31) y 3ello en su Mambria^ 
no (Cants. III y Vlll, X, st. 7, 8 y 5) y otros ingieren cuentos, fábulas y 
apólogos, con el mismo intento que el trasladado arriba. No es para des- 
preciada la observación de valerse el traductor ó refundidok* castellano de 
la erudición rornancesca. 

1 Macayre celebra por el contrario en la versión holandesa el juicio dé 
^ los doce Pares, porque juzga segura la victoria sobre el can de Auberí (ca- 
pítulo XII). 



62 msTOAiA crítica de la literatura española. 
espejo de fidelidad, junto' & la tumba de su dueño, doode es en- 
terrado por mandato del monarca ^ 

Terminado este raro episodio, no sin ejemplo en la literatura 
caballeresca, torna el narrador & la emperatriz, que guiada por 
Barroquer, llega á Urmesa, ciudad muy principal de Uogría, 
hallando asilo entre una honrada familia del estado llano [bur- 
gueses] , que dolido de su hermosura y desamparo, y vénidp el 
momento del parto, asístela y prodígale todo linage de consuelos 
con extremada solicitud y ternura <. Daba Sevilla & luz un her- 
moso niño, en cuya espalda se dibujaba una cruz roja; y llevado 
ár las fuentes del bautismo por el leal Barroquer, veíale acaso el 
rey de Ungria, moviéndole á. tomarle por abijado la narración de 
su infortunio. Luis, que este nombre recibe el infante, crece al 
lado de Barroquer, aliviando los sinsabores y dolencias de su 
madre con sus infantiles caricias, hasta que entrado ya en la ju- 
ventud, es llevado á la corte del üngaro, donde se educa en las 
artes de la caballería; y restablecida algún tanto Sevilla, resuel- 
ven todos proseguir su viaje á Constantinopla '. A esta ciudad 
se encaminaban, cuando son asaltados en un monte por una ga- 

1 £n toda esta parte apareóe la versión holandesa más descargpadsi que 
la castellana y ntás aun que la Historia de Sevilla, dada á luz en el si- 
glo XVI, En la primera es condenado Macaris á ser azotado y colgado de 
una estaca (cap. XIII): en la segunda manda el emperador cechar á Macay- 
ire una cuerda á la garganta et á Galeran, ssu lio, otrossy et liarlos á dos 
^cauallos; et fizólos rastrar por toda la ciudat.» 

2 £n la leyenda holandesa, que según hemos notado, antepone parte 
de estos sucesos, es recibida la reina entre las burlas de los aldeanos y 
burgeses de Videnmium, contrastando este recibimiento con el silencio que 
guarda Barroquer, al escucharlas (cap. IX). (}omb vemos, esta escena es 
mucho más sencilla en la versión castellana. 

3 Hemos indicado que ambas leyendas reconocen un mismo orfgen en 
los fragmentos del antigjio poema, publicado por el barón Reiffenberg; . y 
esta convicción, nacida de la naturaleza misma del asunto, adquiere com- 
pleta fuerza al comparar las escenas que vamos mencionando. losarán, hués- 
ped de Sevilla y de Barroquer, tiene dos hijas : la mayor que es de extre- 
mada Hermosura, y lleva en la versión holandesa el nombre de Beiisarta y en 
la castellana el de EUfante, enamorada tiernamente de Luis, procura evitar 
que se aparte de su lado, ofreciéndole felicidad duradera, si se casa con 
ella: esta situación, pintada en una y otra leyenda con extremada seuci- 



lí.* PARTE, CAP. ir. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 63 

billa de ladrones, cuyo capitán se prenda de la hermosura de la 
reina; pero Barroquer y Luis pelean tan valerosamente contra 

Hez é ingpenuidad, tiene sU' modelo .en los slgpuientes versos del expresado 
poema (pág. 613): 

Li liorjols et deax filies, moalt beUfls et plesaot,' 
L*aisnée Tlnt á lal, si le Tet acolant. 
— SIre, fraos damolseax, eatendez mon semblan!, 
Ale?é noas [tos] aTons en norrl, bel eníant, 
Qant Tenlstes cáias, tos n'sTles nolant 
Var [oaquell, vostre peres, qai á le poH ferrant, 
▲mena noslre dame» sacbols, moalt poTrement; 
Vos noas a?ons serví moolt encéablement. 
8*or Tolies est^e sages, mar Irélt en ayant; 
llés preB¿s-moi á reme. Je li VoU et demaot. 
Looys, biax doos rrere, entendés ma prolere, 
▲t¿ mercl de mol, ne sais pas losengiere. 
— -Bele, dlt Looys, je me toIs míe arriero. 
Bele ests de ra^on et de cors et de cbiére; 
Bt je sais poTKS enreot, si n*al bols ni rlTiére, 
N'ai terre ne aYoir qu yalUe ane estrivióre 
Bt ma dame est malade, ansí com rust en bl¿re. 
Et Var (ooqoel), mes peres, qai & la brace flére, 
.Ha dame sert moalt bieb et de boñe maniere ; 
Vos peres m'a norri et mostré bele cbiére, 
Bt si n'ot onc da míen Taillant nae lasniére; 
Mis se Diex m'amendoit qai fls del et lamiere. 
Je li Yendrai á doable, trop me fet bele cbiére. 
. Rale^-TOB-an pácele, ne soles pas laniére; 
GardéB To pacelage; trop me sembles legére. 

Veamos este pa&a^ en nuestra leyenda: 

«EL burgués auia dos fijas niñas et fermosas, et la mayor avia nombre 
>£Uiante, que era más bella; et esta amaua mucho al donzel et deoiale á oao- 
>nudo en poridat: — ^Buen donzel, nos vos criamos muy bien et muy vÍ9io8a^ 
»mente, et uos bien sabedes que vuestro padre traxo aquí á vuestra madre 
»muy pobremente, et uos sodes muy pobre conpaña; et sy quisierdes ser 
«sabidor, non yredes de aquí adelante; mas tomadme por mug^er et serecbea 
>rieo para sienpre, que vos non falles^ecera cosa, ca bien sabedes que non 
iha cosa en el mundo que tanto ame como á vos. — ^Duefia, dixo Loys, vos 
«sodes muy fe^nosa á marauilla et muy rica et yo muy pobre, que non hé 
«ninguna cosa nin mi madre otrossy: que non há ningún consejo sy non mi 
•padre Barroquer que la sirve. £t vuestro padre me crió muy bien por su 
smesora, que nunca por mí ouo nada; mas sy me.Dios Uegase ende á tien- 
>po> yo le daria ende buen gualardon. Mas guardatuos) amiga, que tal 
«cosa non me digades, nin vos lo entienda ninguno». — ^Aunque simplifica- 
da, nadie desconocerá lotf rasgos que la escena española conserva de la 



6 i HISTORIA GRtTICA DB LA LITERATURA ESPAÍ^OLA. 

los salteadores que no sólo dan muerte á los más, sino que rin- 
den á Griomoart, su caudillo, bien que perdonándole la vida. 
ahí saben que hay en la misma montaña una ermita, en que ha- 
cia vida penitente un Jiermano del emperador de Constantinopla; 
y llegados á su presencia, movido el anciano de la afrenta y do- 
lor de su sobrina, abando^ia la soledad para tomar de nuevo las 
armas, con ánimo de vengarla ^; empresa en que intenta obli- 
gar no sólo á los caballeros del imperio bizantino, sino también 
al mismo Papa. 

Mientras el venerable ermitaño congrega numerosas htiestes 
contra el descuidado Carlos, dirígese Barroquer á París ^ en 
trage de peregrino [palmero], hallando al emperador orillas del 
Sena y dándole abultada noticia de la expedición que para en- 
mendar la injuria hecha á Sevilla, se preparaba. Con inteligente 
perspicacia repara al mismo tiempo el estado en que se encuen- 
tra la ciudad, introduce en el ánimo del monarca dudas y des- 
confianzas respecto de sus favoritos, y ofreciéndosele cual exce- 
lente domador de caballos, se apodera del que el rey montaba, 
fugándose *al campo del infante Luis, ^ quien lo entrega, acon- 
sejándole que moviendo su ejército, caiga de improviso sobre el 
de su padre, seguro de la' victoria. Tomado el consejo, y sor- 



francesa, dándonos tal estudio á conocer perfectamente la manera en que 
este y los demás libros, que en el presente capítulo mencionamos, «fueron 
traídos á lengpua de Castilla. No difiere más la versión holandesa. 

1 El antigruo poema francés es en toda esta parte más rico en porme- 
nores que las leyendas holandesa y castellana, especialmente respecto del 
reconocimiento de Sevilla por su anciano tio; peripecia que aparece no obs- 
tante discretamente preparada en el libro español. Sentimos no poder tras- 
ladar aquí tan interesantes pasages; pero remitimos á nuestros lectores a las 
Jlustrofiiones del presente volumen^ donde recogemos y damos á luz estas 
Joyas preciosas de la literatura del sigilo XIV. 

2 Debemos advertir que Biarroquer, antes de pasar á la*corte, visita á 
su mujer é hijos en la villa de Emaus (Manes dice la Historia de SeviUa), 
disfrazado de peregrino, siendo reconocido por su asno antes de descubrirse 
á su familia; circunstancia que se omite en la versión holandesa y que tra- 
yendo á la memoñria el perro de Ulises y el asno de Sancho, nos señala 
una relación más entre la leyenda castellana y el primitivo poema francés, 
donde existe ya este gracioso incidente. 



n.* PARTE, CAP. II.. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 65 

prendidos los franceses, se encierran desanimados en el castillo 
de Altafoja^ haciendo no obstante algunas salidas sobre el cam- 
pamento enemiga ^: en mía cae en sus manos Barroquer, siendo 
condenado á pagar en la horca las pasadas burlas ; mas cuando 
ni los ruegos del duque don Aymes, ni la relación de los servi- 
cios hechos á la emperatriz pueden aplacar la saña de Carlos, y 
ya en poder de los deudos del traidor Macayre, aguarda sólo para 
morir la ve'nida de la nueva aurora, ofrécese á rescatarle Grio- 
moart, pagando así con salvar la vida de Barroquer la que habia 
recibido de su clemencia. Usando oflcio de encantador, sácale del 
poder de Ios-franceses con no poca alegría del principe Luis y 
de su madre, lo cual exaspera grandemente al emperador y en- 
ciende más y más la comenzada lucha *. 

1 Los accidentes de todos estos pasagpes varian no poco en ambas ver- 
siones, y una y otra aparecen más senciUas que la edición castellana de la 
Historia de SetHlla. Él a'scdio de Altafoja se narra también en la Canción 
de Gesta de Aspremont¡ pero con referencia á Galalon, el más calificado de 
los traidores que figuran en tales* narraciones romancescas del ciclo cario- 
vingio: 

....d'AutefolUe en fa U dus Grifón 
* Bnsemble ó I ai fu sea fls Canelón, 
Qui de Rollant flst puis la traisoo, etc. 

2 En la leyenda primitiva aparece d^sde luego el bandido Griomoart 
como extremado en las artes de encantamiento. Necesitando de un asno pa- 
ra, conducir las viandas que ha adquirido^ después de su vencimiento por el 
infante Luis, á quien sirve, hállalo á la entrada de un prado y quiere com- 
prarlo: dirigiéndose á un aldeano, su dueño, 

Slre, dist Grlmoart, ¿cest asne me vendes? 
Et cil U re8pondit:~>Por noiant en parles, 
Je n*aprandroie míe tot qoanque vos aves.— 
Quant Grimoart I'oy qu*ü n'est á poi desvés^ 
Bnvers l'asne s'anvalt, de luí est acoles, . 
En roreflle 11 dlst un enchantemens tés 
Qui II asnés s'andort, á la terre est verses: 
Grimoart prant son asne, n*i est plus arestés 
Le peine mlst de desús et le poissons deles * 

Et le barlt de vtn, dont 11 estolt tronssés, 
Puls sesi l*agulllon, trols fols 8*est crlés.- 
— Het avant, Diex alei.... etc. 

No es pues maravilla que empleando análogos medios, liberte á Barroquer 
de la saña de Carlos. 

Tomo v. 5 



66 HISTORIA ClTlCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

A punto de venir nuevamente & las manos, interviene el 
4postóIigo en aquellas desavenencias, mostrando k la reina .y al 
infante que lejos de forzar, cómo vencedores, la voluntad de 
Garlos, era deber suyo ablandar su corazón con el ruego; piado-» 
so y cristiano consejo, que seguido por todos, produjo el resul- 
tado que el Sumo Pontífice habia predicho. Carlos Maynes, ven- 
cido del amor de esposo y de padre, recibió & Sevilla y ¿ Luis 
con los brazos abiertos ; y olvidadas las antiguas injuMas con el 
castigo de los traidores y el premio de los leales, volvió á París 
en medio de. las bendiciones y plácemes de su pueblo, desposan- 
do luego k su hijo con Blanca Flor, primogénita de Almerique 
de Narbona, y haciéndolo jurar heredero de la imperial dia- 
dema ^ 



1 La Historia de Sevilla anuncia ya todos estos hechos desde que nar- 
ra un encuentro que supone entre las huestes de Luis y de Aymerioo, con- 
de de Narbona : este se pasa ai príncipe y le ofrece su hija Blanca Flor por 
esposa. Aymerico es una de aqueUas Agruras que aparecen en la corte de 
Ludovico Pío, como la del duque de Naymes (el cuento dice don Áymes) 
en la de Cárlo-Magno: en el notabilísimo poema de Guillermo , el Chato, 
por ejemplo, cuando Uegfa este á Paris para solicitar el socorro que ha me- 
nester su ciudad de Orange, apretada por los sarracenos, halla al conde con 
su esposa Ermengauda al lado del trono, siendo el principal orpato de 
aquella corte. Respecto de Blanci^Flor, que figura en dicho poema, como 
tal esposa de Ludovico y es colmada de injurias y denuestos por Guiller- 
mo, su hermano, debemos notar que el expresado nombre determina en ips 
libros caballerescos muy distintos perionages. Ya hemos visto, al mencio- 
nar la leyenda de los Votos del Pavón, que Blanca Flor era española, mu- 
ger de Plores, rey de Almería, y abuela de Cárlos-Maynete, debiendo 
&ñadir que esta es la tradición del libro que con nombre de ambos se im- 
primió varias veces durante el siglo XVI, como en su lugar veremos. Boe- 
cacio que hubo sin duda de conocer una tradición distinta, hace en su Fíi— 
locopo, primer libro caballeresco que escribe en pros^, que Plorio y Bian- 
caFiore sean hijos, aquel de Félix, rey moro de Sevilla, y esta de Quin- 
to Lelio Africano, que yendo en romería á Compostela, es muerto por el 
rey, quedando en poder de este y ya en cinta su muger Julia Topazia. 
Plorio y Bianca Fiore nacen en un mismo dia; se crian juntos y se aman 
tiernamente; pero sabido esto por el rey, procura poner término á tal pa- 
sión, separando á los jóvenes. De aquí nacen las muy singulares aventu- 
ras del Püocopo, que terminan con el matrimonio de los amantes, su res- 
titución á Sevilla y la conversión al cristianismo de sus vasallos. Como se 



11." PARTE, GAP. II. PRIM. MON. GAST. DE LA LIT. GAB. 67 

Tal es en sutna el Noble cuento del Emperador Chárlos 
Maynes de Roma et de la buena emperatriz Sevilla. Distinta es- 
ta peregrina- narracio.n de la leyenda que dá. á. dicha princesa 
origen mahometano, haciéndola hija de Hixem, rey de Toledo, 
y condenándola ¿perpetua esterilidad [^ derivase como va in- 
sinuado, de un antiguo poema francés, que ya directamente, ya 
por medio de una segunda redacción en prosa, se comunica k 
diversas naciones de Europa, tomando plaza en sus literaturas ^. 
No es por cierto la castellana la última que la recibe, si bien sólo 
en ef siglo XYI llega á adquirir cierta popularidad, merced al 
movimiento literario que oportunamente explicaremos. Sírvenos 
ahora para comprender con entera claridad el modo y forma en 
que se acomodan al gusto, á las costumbres y á las creencias de 



•advierte, el proceso de la narración insiste siempre aqui, como en los Votos, 
en la fidelidad de Blanca Flor, virtud que no se le reconoce en el poema 
de GuiUermo el Chato, Quadrío juzgó que el libro de Boccacio habia dado 
origen al de Flores y Blanca Flor; pero por ignorar la leyenda de la Cró' 
nica de Ultramar ^ muy anterior al discípulo de Petrarca. 

1 En la Crónica de Ultramar, tantas veces mencionada, leemos des- 
pués de referir las fabulosas aventuras que Cárlo-Magno llevó á cabo en 
Toledo: cDespues que tornó cristiana á la infanta (Galiana), le puso por 
•nombre Sevilla et caso con ella... Mucho fué aquella rey na Sevilla buena 
»dueña et sancta et mucho la amó el rey Carlos; mas non quiso Dios que 
•deUa oviesse fijos» (Cap. XLIII, fól. 131, col. 1.^). £1 mismo nombre dio 
d.espues á la hija de Getedim, rey de Saxoña (Sansueña); y de esta princesa 
hay también diferentes tradiciones romancescas (Wolf, Uber die Beiden iVie^ 
deraufgefandenen, etc., pág. 104). Con el argumento de la leyenda que 
dejamos examinada, bien que tomado sin duda*de la Historia de Sevilla, 
impresa en 1532, existe la Comedia famosa: Los Carboneros de Francia 
y reina Seviüa, atribuida no con seguro fundamento á Francisco de Rojas. 
En ella figura también Blanca Flor, y hace el Conde de Maganza el pa- 
pel de Macayre, dándose al enano él nombre de Teodoro, á Barroquer el 
de Lauro, é introduciéndose además otros personajes análo*gos á los que 
juegan en la primitiva leyenda. ^ 

2* La prueba más eficaz de este aserto existe en el libro holandés, á 
que nos hemos referido en notas anteriores, siendo para nosotros evidente 
la progenitura que indicamos aquí respecto de ambas redacciones. La ho- 
landesa, según notó Wolf, se halla compartida en veinte y tres capítulos. 
En el códice español sólo aparecen divididos los párrafos y no siempre con- 
forme á la materia que encierran. 



68 nSTORJA OUnCA BC LX UTEAAiriU ESPAÑOLA. 

Dn^n>s mayores las maraTÍlk^sas leyendas del mimdo caballe- 
resco, y cómo empiezan á ^^anar la e5tíma<:¡on de los discretos 
las pereírrinas historias del ciclo carlowíngio. Cierto es en tct- 
dad que son acogidas con i^rnal aprecio las relaciones bretonas, 
ftegon lo praeba en el siglo XIV la ya citada Esioria del Rey 
Guülermo ie Inglaiierra^ que ampliada también, como el Noble 
euenio de Chárla$ Mafjnes^ debia alcanzar dos centurias adelante 
extraordinario aplauso ^ Lasarenluras y singulares vicisitndes 
de aqnel príncipe y de sn esposa Graciana, y las no menos sor- 
prendentes de Lobel y de )láryn, sus hijos, coronados de Iblici- 
simo éxito, no podian dejar de interesar grandemente en una 
época en que eran verosímiles los más altos portentos, allanando 
la fé religiosa el camino y disipando con faerza irresistible todo 
linage de dudas. 3Ias fijando particularmente nuestras miradas 
en los monumentos arriba mencionados, licito juzgamos manifes- 
tar que debió merecer la preferencia el Cuento muy fermoso del 
Emperador Olios el de la Infanta Florencia, su fija, asi como 
excitará boy mayor interés en cuantos acierten á saborear sn 
lectura. 

Distante iguahnente de uno y otro ciclo caballeresco, tiende 
en la versión castellana, como el Cuento de Chorlos Maznes, á 
un fin didáctico, con el premia de la virtud y el castigo del vicio. 
Garsir, emperador de Constantinopla, sabe que Ottas, empera- 
dor de Roma, tiene una hija llamada Florencia, de tan extrema- 
da belleza como honestidad; y codiciando su posesión, envíale un 
mensagero pidiéndola por esposa; mas con el expreso mandato 

i £d 1526 se daba á luz en Toledo con este título: cCbrónica del rey 
»don Guillermo, rey de Inglaterra é duque de Angeos et de la reyna doña 
«Berta, su muger; é 4c como por revelación de un ángel le fué mandado 
»que desase el reyno é ducado é anduviese desterrado et de las extrañas 
«aventuras qué andando por el mundo le auino (sic)*. Esta edición no debió 
ser la primera, por cuanto en el mismo título se añadía: Agora nuevamen- 
te impreso. También las prensas de Dominico Robcrtis daban á Uz el 
año de 1553 en Sevilla tan singular leyenda, muy poco ó nada conocida de 
nuestros más entendidos bibliófilos, por más que en el siglo XVI fuese fa- 
miliar á todo linage de lectores. Esta circunstancia nos hace aquí sensible 
la imposibilidad de ofrecer detenido análisis de la primitiva versión cas- 
tellana. Véanse no obstante las Ilustraciones. 



II.'' PARTE, CAP. II. PniM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 69 

(le amenazarle goq la gpieVra, dada la eventualidad de la negati- 
. va. Enojado escubhó el anciano Ottas la altanei^a embajada de 
Garsir, y consultados sus magnates, replicó á tal demanda, acep- 
tando aquella manera de reto. Con poderosa armada se dio Gar- 
sir á, la vela, af saber la respuesta del romano, aportando en bre- 
ve, bien que no sin peligro de naufragio, á las costas de Salerno, 
y moviendo al punto su ejército contra Olifante, fuerte ciudad, 
asentada á seis leguas de Roma. Convocados entre tanto sus pro- 
ceres y caballeros, prepárase Ottas para salir al campo; y apenas 
habian las huestes de Garsir avistado la ciudad, cuando es aco- 
metido el real de los griegos por dos paladines desconocidos, 
caudillo cada cual de veinte caballeros, que bastan á. infundir 
verdadero terror en el ánimo de los invasores. £ran aquellos hi- 
jos del rey de Ungrla, que muerto su padre y arrojados del rei- 
no por la impiedad de su madre que habia dado mano y corona 
á otro, venian resueltos' á favorecer á Ottas contra la violencia 
de Garsir, ganosos de merecer al par el amor de la hermosa 
Florencia. Precedidos por el aplauso de la victoria, preséntanse 
ambos hermanos,* Miles y Esmere, al emperador, quien no sola- 
mente los acoja con extremado cariño, sino que les ruega acep- 
ten distinguido asiento en el banquete que daba* á sus caballeros, 
eomo para inaugurar la próxima campaña. 

En medio de la corte romana apareció á los ojos de Florencia 
el valeroso Esmere, cual tipo de belleza, asi como la fama de su 
valor lo habia pintado ya en su mente,- cual modelo de la caballe- 
ría. «Él era grande et membrudo et muy bien tajado : cataua 
•muy fermoso et era blanco como flor de lis, et tanbien colora- 
ndo que era maraviella. Los ojos avia verdes, las sobrecejas ¿ien 
» puestas; cabellos de color de oro; ancho era de espaldas et 
•delgado en la cinta.» Dominada de tan gallarda y varonil pre- 
sencia, siente brotar en su pecho la llama de amor, haciendo ar- 
dientes votos por el logro de la dulce esperanza, en aquel mo- 
mento concebida ^. Ottas, llegada la hora de partir contra los 



t Debemos notir que la pintura de Florencia está hecha con igual fres- 
cura y gracia: 

«Esta Florencia de que uos fablo... (dice) quando legó á edal de quince 



70 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPACIÓLA. 

griegos, promete la corona imperial y la mano de su hija al afor- 
tunado caballei^p que m&s bravura ostente en *las batallas, re- 
suelto & dar él mismo ejemplo de valor^ como soldado. Al frente 
de los suyos, embiste & Garsir con inusitado esfuerzo, y trabada 
la pelea entre ambos monarcas, caen ¡os dos en 'tierra al rudo 
choque de las picas, mostrándose no obstante la victoria favora- 
ble al romano, que cercado de improviso por innumerables guer- 
reros, hubiera perdido la vida, si el arrojo de Esmere no le sa- 
cara de tan apretado lance. Roma iba á quedar libre de enemigos, 
cuando una saeta, disparada por oscura mano, traspasa las sie- 
nes de Ottas, que tenia acaso levantado el yehno, y rodeado Es- 
mere de nuevos y m&s numerosos combatientes, sucumbe al fin, 
siendo presentado al bizantino, cual principal trofeo del triunfo. 
Grande fué el luto de la ciudad y la amargura de Florencia, 
al saber el desventurado fin |de Ottas. Los griegos se adelantan 
al propio tiempo sobre Roma, y asediándola estrechamente, la 
reducen al último extremo: para salvarla, resuélvese Florencia á 
tomar esposo, eligiendo á Miles, muerto ya según voz pública el 
valerosísimo Esmere. Prendado de su esfuerzo y de su gentile- 
za, habíale puesto sin embargo el emperador Gansír en libertad; 
y vuelto á Roma'entre las aclamaciones del pueblo, desbarataba 
su presencia el casi realizado proyecto que iba á ceñir á las sie- 
nes de Miles la imperial corona. Esmere, recibido como liber- 
tador y escudo de la nación romana, es revestido de la púrpura 
y ungido con el óleo santo; mas la enamorada Florencia, ante- 
poniendo el deber de reina á la felicidad de esposa, le impone la 
obligación de pelear hasta vencer al enemigo de la patria, únioo 



»an¡os foé tan beUa et tan cortés et tan bien ensennada que en todo el 
•mundo non le sabian par. Ya de las cscripturas nin de las estorias nin- 
»guno non sabia más; de la harpa et de uiola et de otras estrumentos nin- 
»guno non fué mas maestre. £t con todo esto le diera Dios tal donayre 
vque non se alrandauan las gentes de oyr su palabra, onde ella era mocho 
nabondada et mocho conplida. El su pare9er et el su donayre en el mundo 
)}non le falla uan par: asi que dcsian aquellos que la arcmcn9iauan, que 
))dcsquc Dios formara á Adam et Eva que tan bella criatura non nas^iera 
»synon una que nunca ouo par nin auerá.)) Los demás retratos participan 
de igual sencillez y gracia. 



ll/ PARTE, CAP. II. PRIM. NON. CAST. DE LA LIT. CAB. 71 

•instante en que har& suya la flor de su juventud y belleza. Con 
esta esperanza, sale Esmere al campo, combate, vence y persigue 
á los griegos^ forzSindolos á embarcarse; y apoderado de gran 
número de bajeles, forma la resolución de llevarles la guerra & 
su propio imperio, para lo cual encomienda la guarda de Roma 
y la custodia de Florencia á Miles, su hermano, con otros dos 
caballero», Samson y Agravain/ distinguidos entre los magnates 
romanos por su valor y riquezas. 

Llegada juzgó Miles la hora de vengar el desaire antes re- 
cibido; y no bien se h^bia separado de Esmere, cuando trazaba 
horrible traición para despojarle del imperio y lie la esposa. Só- 
lo bailó obst&culo & su pérfido intento en Samson y Agravain; 
pero muerto el primero en la demanda, sucumbió el segundo al 
criminal propósito de Miles, quien para lograrlo mejor, manda- 
ba poner en fúnebres andas el cadáver de Samson, echando voz 
de que era el de Esmere, noticia que iba llevando por todas par-, 
tes verdadero dolor y que producia en Roma el m&s profundo 
llanto. Agravain descubría, sin embargo, aquella trama al pon* 
tiflce (Apostóligo); y cuando se tenia Miles por seguro de su 
maldad, era sorprendido y encarcelado en el alc&zar regio, re- 
novándose la general alegría, al saberse las victorias de Esme- 
re. Penetrando este en Constantinopla, habia vencido entre tan- 
to & G^rsir en su propio palacio, reconociéndole el anciano mo- 
narca como á natural señor, al rendirle su espada: con él tor- 
naba á. Roma, recordando los triunfos de los antiguos Césares, 
y sabedora Florencia de su venida, manda, para evitarle eno- 
jos, sacar & Miles de la prisión en que le tenia, ordenándole que 
salga al frente de la nobleza á recibir á su victorioso hermano. 

Mal pagaba el traidor esta generosidad: al avistar á Esmere, 
fingese maltratado de Florencia, porque entregada esta á torpes 
amores con Agravain, habia pretendido castigar en él tal des- 
honra; y en el instante en que el leal caballero, lleno de alegría, 
corre á felicitar á su rey, se vé acometido por el impostor, sos- 
pechando Esmere á vista de semejante saña que habia algo de 
siniestro en el proceder de Miles. La declaración del calumnia- 
do Agravain, convence al emperador de la protervia de su her- 
mano, resolviéndole á darle muerte; Garsir se interpone sin em- 



72 ^ HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

bargo y suspendida la ira del injuriado príncipe, logra el per-, 
don de\ criminal, á quien manda Esmere volver á Roma. 

Con nueva perfidia respondia allí á tanta clemencia: mintien-- 
do celo y cariño, induce á la confiada Florencia á salir en busca 
de su esposo, y apartándola insensiblemente de su comitiva, 
condúcela á. espesa montaña, por la cual camina tres dias^ sin 
tomar descanso, hasta llegará. «una ermita, ensangrient&ndose 
en el anciano qiíe moraba en ella y reduciéndola á cenizas, por- 
que se habia condolido aquel «de la dolorida reina. Consumado 
este crimen, intenta mancillar su honestidad; mas dominado 
por la extraordinaria virtud de una piedra preciosa que llevaba 
en el cinto Florencia, pierde al tocarla las fuerzas corporales, 
no pudiendo dar cima á sus torpes deseos; é irritado contra la 
infeliz doncella, azótala cruelmente con punzantes abrojos, C0I7 
g&ndola de los cabellos á un árbol para más saborear su inicua 
•venganza. Avino acaso que Tessin, señor de un castillo, que 
señoreaba aquellos montes, saliera á caza con sus caballeros y 
que persiguiendo estos á un venado, pasaran por aquel sitio; 
cobarde, como cruel, huyó Miles despavorido al acercarse los 
cazadores; y movido de piedad á tan desusado espectáculo, man^ 
daba Tessin descolgar á la casi exánime Florencia, llevándola á 
su castillo, donde recobraba la salud, merced á los solícitos cui- 
dados de la esposa é hija del noble caballero. Mas no se vio li- 
bre de nuevas desventuras. Macayre, vasallo de Tessin, concibe 
ardiente pasión por ella, y siendo deshonrosamente desprecia- 
do ^, forma el infame propósito de tomar cruda venganza. Pa- 
ra ejecutarla, ocultase en la cámara en que dormían Florencia y 
Beatriz, hija del castellano, y en el silencio de la noche degüella 
á la últhna, poniendo en la diestra de la extrangera el arma en- 
sangrentada. Aquejado Tessin de feroz sueño, salta entre tanto 

1 Es de notar la circunstancia de Uevar iTquí, como en el Cuento de 
Churlos Maynes el de SebiUa, el nombre de Macayre un personage que 
hace oficio de traidor. Esto prueba el común origen de las leyendas qu0 
examinamos, ó cuando mcno^ que fue el mismo el traductor castellano de 
ellas. A esta creencia nos inducen todos los accidentes especiales del códice 
escurialense, formado con un solo propósito^ así como también todos los ca- 
racteres literarios que las avaloran. 



II.* .PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB; 73 

de SU lecho, corre al de Beatriz, y halla á la tierna virgen cu- 
bierta de sangre, viendo en manos de Florencia el arma que la 
habia despojado de la vida. Acusada del asesinato y condenada 
t la hoguera, 'tenia ya perdida la infeliz reina toda esperanza de 
áalvacion, cuando enternecido Tessin de sus lamentos y juzgán- 
dola, incapaz' de tan inicua -conducta, mandaba ponerla en liber- 
tad, arrojándola no obstante de sus dominios ^ 

Caminando dos dias á la ventura, encuentra Florencia una 
ciudad, á cuyas puertas iban á ahorcar un ladrón, terror -de la 
comarca: á tal espectáculo se conduele del bandido, y recibida 
con singular agasajo por el señor de la referida ciudad, pídele y 
obtiene la vida de Glarenbaut, que tal es el nombre del crimi-^ 
nal, tomándole por palafrenero. Pero este acto de caridad sólo 
acarrea á la triste Florencia nuevos infortunios: Clarenbaut, ce- 
diendo á sus antiguos hábitos, engaña á la reina, prometiéndo- 
le llevarla á tierra santa y vendiéndola en realidad al capitán de 
un grueso navio, llamado Estoc, que burlando á su vez la in- 
grata codicia del bandido, le eatrega un saco de plomo, en lugar 
del oro que le habia prometido. Prendado Estoc de la belleza de 
Florencia y teniéndola por suya, intenta ya en alta mar manci* 



1 Este episodio forma la Patraña veinte t una de las que incluyó 
Juan de Timoneda en su Patrañuelo, mostrando semejante coincidencia que 
el Fermoso cuento de don Ottas et Florencia llegó con cierta estimación 
al siglo XVI. En la Patraña referida lleva Florencia el nombre de Ge- 
rofiota» Esmero el de Marcelo ^ Miles eLde Pompeo, Tessin el de Marqués 
de Delia^, Macayre el de Fabricio (que es hermano del Marqués), y asi de 
los restantes. — Marcelo, acusada Geroncia por su hermano, la manda ma- 
tar en un bosque sin oiría, dando este encargo á dos lacayos suyos, Uama- 
dos Lobaton y Robledo: el primero quiere mancillar á Geroncia, y el se- 
guido mucre en su defensa; mas cuando Lobaton está á punto de lograr sus 
carnales* deseos, sobreviene el marqués, salvando á Geroncia de aquella 
infamia. — Rechazado después Fabricio, mata á un sobrino suyo y esconde 
el cucliillo entre las faldas de Geroncia, qiie ha trocado su nombre por el 
de Clflriquea. Condenada esta al fuego, debe á la piedad (He la m'arquesa la 
vida, siendo conducida en cambio á una isla desierta (Desafortunada) en 
que morían de hambre los que cfan condenados á muerte. Timoneda sigue 
.en lo demás la narración del Fermoso Cuento, con variantes análogas á 
las ya indicadas. 



74 . HISTORIA CRÍTICA DB LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

llar su pureza; mas roto de repente el m&stil y combatida la na- 
ve por furiosas olas, vióse forzado & abandonar la que juzgaba 
ya segura presa, arreciando la borrasca al punto de abrirse en 
dos el navio, salvándose milagrosamente la reina* y el capitán, 
bien que de muy diverso modo. Florencia es arrojada & una pla- 
ya, donde descubre una abadía, cuyas campanas se tañen 4 sn 
llegada, y renunciando á los sinsabores y esperanzas del mundo, 
toma en aquel monasterio el hábito religioso. Armada de una 
piedra milagrosa y vencida de la caridad, sana en Belrepaire, que 
tal nombre lleva el monasterio ^, todo linage de dolencias, vir- 
tud que le gana el amor de las monjas y la admiración de la co- 
marca. Esmere tiene entre tanto guerra con el rey de Pulla y le 
vence; pero herido en la cabeza por una flecha, cuyo hierro no 
habían osado extraerle los más doctos físicos, no sólo vive tris- 
te, sino que padece dolorosas enagenaciones. La fama de la mon- 
ja de Bebepaire le trae pues á este monasterio: á él acude tam- 
bién el traidor Miles, castigado por Dios con repugnapte lepra, 
la más afrentosa dolencia de los. tiempos medios; y con ellos 
vienen Macayre, Estoc, Tessin, su esposa, y Clarenbaut, aque- 
jados cada cual de distinto padecimiento. Congregados todos por 
la reina, oblígales * á referir sus respectivas historias y á confe- 
sar sus crímenes, preparación sin la cual carecia de eficacia la 
milagrosa piedra; y narradas sus desventuras por boca de sus 
perseguidores, dá principio á la obra de sanar los enfermos por 
su propio esposo, descubriéndosele después; peripecia que pro- 
duce grande admiración en el ánimo de Esmere y mayor espan* 
to en los traidores. Castigados estos con la hoguera y recom- 
pensados largamente Tessin y su mujer, restitúyense á Roma 
Esmere y Florencia, gozando felices del imperio. ' 

Hé aquí la no sencilla urdimbre de aventuras que forman el 

1 £ ntre los muchos rasgos que nos recuerdan, al leer este raro libro, 
otras producciones caballerescas, debemos citar el nombre de Belrepaire, 6 
BeU-repaire, En el famoso Libro de Perceval, dejado por este el castiUo 
de Gumeman, pasa á la ciudad de Belrepaire, cabeza del reino de Cotí— 
duiramor^ situada como el monasterio ¿el Ctiento de don Ottas, en una 
pintoresca playa. Esta semejanza de sitios é identidad de nombres no son. 
para despreciadas, al tratarse de obras como las que examinamos. 



H."^ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 75 

Cuento muy fermoso del Emperador Olías el de la Infante 
Florencia, su fija, et del cauallero Esmere. No tan rico de 
episodios, muy setnejafite en la terminación y de no menor inte- 
rés para nuestros estudios por referirse á la historia de los pri- 
meros siglos del cristianismo, señalando esta nueva relación de 
la literatura caballeresca, es el Fermoso Cuento de una Sancta 
Emperatriz que ovo. en Roma *. Bien quisiéramos exponer 
aquí su argumento para recreo tle los lectores; mas forzados de 
la brevedad, cúmplenos sólo dejar consignado que asi como las 
obras, cuyo asunto vá expuesto, contribuye á determinar la for- 
ma en que van tomado carta de naturaleza estas leyendas en la 
literatura castellana, mientras otros libros, más conocidos hoy, lle- 
gan & hacerse familiares entre los doctos, merced á más ó menos 
fieles traducciones. Testimonio de esta verdad histórica nos 
ofrecen los poetas de la misma edad que estudiamos : Pero Lo^ 
pez de Ayala, Pero Ferrús, Alfonso Alvarez de Yillasandino, 
Fray Migir y otros notables trovadores de la segunda mitad del 
siglo XrV hacen en efecto frecuentes alusiones á las historias de 
uno y otro ciclo; ycomo consta por irrecusables testimonios que 
existieron en la lengua castellana en todo el siguiente ^, razón 



1 La inclinación que llevaban los estucos, no podia dejar de refle- 
jarse en las producciones caballerescas, por más que dominara en el arte el 
espCritu de las mismas. Así se explica que llegaran á ser héroes verdade- 
ramente romancescos los personajes más ' renombrados de la antigüedad 
clásica, cuyo conocimiento iba perfeccionándose cada dia al paso que la ci- 
vilización adelantaba en la# vias del Renacimiento^ y solo así puede com- 
prenderse el prodigioso éxito que, aun operado este, logran los elementos y 
ficciones de la caballeriá. De tan importante materia hablaremos oportuna- 
mente con mayor espacio. 

2 £1 Archipreste de Talavera, que floreció al mcfliar del mismo siglo, 
después de citar á Alejandro, A/itioco y Anibal, menciona con igual apre- 
cio á Trisian de Leonis y Lanzarote del Lago (Víqíos de las malas mu- 
geres et complixiones de los ornes, Parte IV.*, cap. VI); Fernán Pérez de 
Guzman habla de Merlin, como de personaje muy conocido ya en España 
(Mar de ñistorias, fól. 96 v.).por sus profecías, habiéndose después dado 
oslas á la estampa (Burgos 1498) con este título: El Baladro del sabio Mer- 
lin, con sus 'profecías (Tipog. Esp,, pág. 285); y en los catálogos de los 
libros de la Reina Católica, publicados por Clemencin, consta que existían 



76 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

hay para juzgar que al mencionar los expresados vates los libros 
de Lanzarote del Lago y de Merlin^ de Tristan y de don Galas, 
del rey Ban y de Enrique de Oliva, no envidando los del famo- 
sísimo rey Artús, ni los de Cario -Magno y su renombrada 
Pairia, hubieron todas estas obras de ser traidas al lenguaje 
vulgar, en cuyQ único supuesto dejaban de ser impertinentes las 
referidas citas ^ 



en su cámara:. 1.^ Un Libro de Merlin (en romance) «que fabla de Jusepe 
»de Arimatia»: 2.° La III.* Parte de la Demanda del Santo Grial (en ro- 
mance): 3.® La Histeria de Langarote del Lago (en romance) (Véanse los 
números 142, 143 y 144 de dicho catálogo). En 1414 consta asimismo que 
se acabó de escribir un códice que encierra la II.* y III.* Parte del Lanzaro* 
te (Bibl. Nac. Aa. 103) y en 1440 se custodiaba*en la librería que los con^ 
des de Bena vente tenian en el castillo de aquel título, una tBübria conpli" 
*da en romance, coA un poco del Libro de Merlinn (Saez, Monedas de En» 
rique IV y Clemencin, Elogio de la Reina Católica^ pá^. 460). También 
Diez Gamez en su VictorUU de Caballeros, fól. 29 y 30, menciona las Pro-- 
feoias de Merlin de tal manera que no deja duda de ser ya libro vulgar en 
Castilla. — ^Fernán Pérez de Guzman daba no obstante á entender en su 
Mar de Historias citado, que al escribirlo, no se habia puesto aun en caste- 
llano la Demanda del Santo Grial, por estas palabras : cEsta historia non 
>se falla en latin, sinon en francés é dízese que alg^unos nobles la escrtiüe» 
ron» (Cap. XCVI, fól/43 v., edición de Valladolid, 1511). 

1 Las alusiones que, según vimos en el capítulo precedente, se habían 
hecho en los libros castellanos, respecto de los caballerescos, determinaban 
sin duda el conocimiento que los eruditos iban teniendo de aquel género de 
ficciones : las citas que ahora se repiten con excesiva frecuencia y en com- 
posiciones poéticas, cuyo éxito se fiaba por lo común á una lectura rápida 
y pasajera^ indican que esos libros andaban ya^n manos de todos* y por 
consecuencia en lengua tal que todos pudiesen comprenderlos. López de 
Ayala dice que oyó muchas veces libros de devaneos, citando entre ellos el 
Lanzarote {Rimado del Palacio, sobre los sentidos). Ferrus, dirigiéndose al 
mismo Ayala, para recomendarle la vida de la sierra, le dice (Canc, de 
Baena, pág. 337): 

• Rey Artur et don Galas 

Don Langarote et Tristan 
Carlos Magno, don Rr^ldan 
Otros muy nobles asas 
Por las tales asperezas. 
Non menguaron sos proezas, 
Según t en los libros yás. 



II.* PAKTE, CAP. 11. PRIM. MON. CAST. DE LA UT. CAB. 77 

Mas ya que por desgracia no existan ó no hayan llegado á 
nuestras manos todas estas primeras versiones de los libros caba- 



Alvarez de VÜlasandino, haMando con Alfonso Sánchez do Jacn* le 
denuesta, diciéndole (id. pag. 124): 

Por vos non dirán de los esleydos 
De casa del rey de Ban de llagas, etc. . 

Imperial escribía (pág. 343 de mismo Cancionero): 

Del linage del rey Ban 
Ley et de muchos señores^ 
]St otros, y de Tristan 
Que fenesQló por amores, etc. 

Y contando después el nacimiento de don Juan 11, no sólo le atribuye 
la magnificenéla de Carlo-Magno y sus doce Pares (pági 201), sino que 
le desea el estado del noble Galas (pág. 220), añadiendo respecto del 
amor: 

Todos .Ips amores que oniecon ArcblHes, 
París et Troylos de las sus señores. 
Trlstan, Lanzarote de las muy gentiles 
• Sus enamoradas et muy de valores, 

il et su muger ayan [los] mayores 
Que los de París et los de Viana... 



B más que Trlstan sea sabidor, etc< 



Lo mismo vemos en las poesías de Fray Migir y Bartolomé García de 
Córdoba, que escriben á la muerte de Enrique III y al nacimiento de don 
Juan, y no otra cosa nos dice el citado Yillasandino, en orden á otras ficcio- 
nes. Hablando de la generosidad de una abadesa con el adelantado Per Afán, 
observa que le 

.... Sserá carytaÜYíJ 
'Desque Enrrlqne, íl de Ollta^ 
Salga de ser encantado. 

Esta leyenda, que ¿e anuda á la historia de Carlo-Magno por los episo- 
dios de Ildegarda y de Sibila ó Scbilla, reconociendo su origen^ según lia 
mostrado el docto Svend Grundtvig, en una de las tradiciones contenidas 
en KarkMnagnus-laga^ era por tanto conocida en Castillif durante la segun- 
da mitad del siglo XIV y fue al cabo impresa, sin duda con algunas altera- 
ciones, bajo este título: Historia de Enrique, fi deOHva^ rey de Iherusalén, 



78 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ÉSPAÍ^OLA. 

Uerescos, poseemos afortuaadamente un monumento de tal impor- 
tancia en la literatura española y fnera de ella, que basta él solo 
para determinar el camino que hicieron aquellas historias hasta 
aclimatarse en nuestro suelo, manifestando al par que sin la ela- 
boración que dejamos indicada, jamáis hubiera llegado á. existir 
producción semejante. Hablamos de la Historia del esforzado é 
virtuoso caballero Amadis de Gaula, la más celebrada y mejor 
escrita de toda^ las narraciones romancescas, fuente y raiz de 
numerosa prole de sabrosas y entretenidas ficciones, recreo y 
pasatiempo de esclarecidos poetas y repúblicos ^. Su aparición 
en la literatura castellana, m&s natural de lo que vulgarmente se 
ha supuesto, explica de una manera satisfactoria la transforma- 
ción operada en el gusto de los eruditos, porque reflejando los 
elementos constitutivos de la literatura, & que dio vida el mundo 
de la caballería, estriba igualmente en las leyendas del ciclo 
bretón y del ciclo carlowingio. Esta circunstancia, que & carecer 
de otras prendas, seria suficiente para que la critica i^ase en él 
sus miradas, incítanos á. inquirir la antigüedad del libro de 



emperador de Constantinopla (Sevilla 1498). £1 erudito Wolf ha publicado 
un curioso extracto, sobre el cual recae el trabajo del entendido Svcnd 
Grundtvig (Überdie Beiden IViederanfgefundenen, etc., pág 86). En orden 
á Merlin, cuya celebridad llega al extremo^ se repiten de tal suerte las citas 
y alusiones á sus profecías y se glosan estas con tal insistencia (Cancionera 
de Baena, núm. 199), que no parece lícito dudar de que el famoso Baladro,' 
citado en la nota anterior, estaba ya en castellano en la segunda mitad de la 
centuria que historiamos. Como naturalmente advertirán los lectores, cobran 
mayor fuerza todas estas coi\)eturas, al tomar en consideración los datos que 
la preinserta nota contiene. 

1 Cervantes lo declara ccomo el mejor de todos los libros que de este 
género se hablan compuesto y único en su artcy (Don Quijote^ Parte I, 
cap. 6); siendo muy de notarse, según refiere don Francisco de Portugal en 
su Arte de la Gaianteria (p. 71^ ed. 1682), que don Diego Hurtado de 
Mendoza, tan esclarecido poeta como docto historiador, enviado por eoiba- 
jador á Roma, llevase únicamente en su portamanteo un Afnadis de Gatda 
y una C^eslina^ «de quien (añade Portugal) dijo alguno que les hallaba 
mas sustancia' qu^á las Epístolas de S. Pablo.» Adelante veremos el juicio 
que sobre el mismo libro tenia formado el autor del Diálogo de las Len^ 
guas. 



II.* PAIlTEy CAP. II. PRIM. MON. GAST. DB LA LIT. CAB. 79 

Amadís; investigación' no tan diñcil hoy, acopiados por la eru- 
dición los datos qiíe pueden ilustrarla ^ Y si nos fuere dado 
señalar con su auxilio y con la exactitud que este linage de ta- 
reas consiente, el momento en que las letras castellanas produ<^ 
cen obra tan aplaudida, no ser& ya lícito dudar de la significa- 
ción que alcanza en su historik, comparado con los monumentos 
arriba examinados. 

Al formar la Real Academia de la Lengua el catálogo de au- 
toridades, que precede á su gran Diccionario^ colocaba entre 
las producciones del siglo XY el libro de Amadis de GatUa ^, 
y m&s adelante, un historiador respetable declaraba, sin mos- 
trar duda alguna, que al ser escrito el Conde Lucanor^ se ha- 
llaba ya el Amadis en manos de todo el mundo ^; pero antes 
de manifestarse estas opiniones habíase trabado y sostenido lar- 
ga oontroversia entre franceses, portugueses y españoles sobre 
la legítima nacionalidad literaria de aquel libro. ¿Cuál de estos 
pareceres y pretensiones se apoya en más sólidos fundamen- 
tos?... Refiriéndonos á la cuestión de originalidad, para tratar 
después la cronológica, lícito nos será advertir ante todo que 
siendo los portugueses los que más empeño han puesto en reca- 
barla para sí, la misma contradicción de sus escritores llega á 
hacerla sospechosa. 

Según el testimonio de antiguos cronistas, era el Amadis 
de Gaula producción de un hidalgo, nacido en Oporto, á quien 
don Juan I dio la orden de caballería en Vísperas del triunfo de 
Aljubarrota : llamábase Vasco de Lobeira y pasó en Yélves la 



1 La rectitud que mueve nuestra pluma nos obliga á declarar aquí, para 
honra suya, que nos valemos de las eruditas observaciones, con que don * 
Pascual Gayangos ha Uustrado este punto en su Discurso sobre los libros 
de eaballerias, que precede á la nueva edición del Ámiidis (Bibl. de auto- 
res españoles, t. XL), modificando en su vista alguna parte de este mismo 
capítulo. Y nos complacemos en hacer esta declaración. Con tanto más mo- 
tivo cuanto que no siempre hemos estado acordes oon las opiniones de este 
laborioso académico. ' 

2 T. I, págt LXXXV. 

3 Bouterweckj trad. cast. de Cortina y Mollinedo, pág. 7. 



80 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA- ESPAÑOLA. 

Última p£u*te de su vida hasta que en i 403 fallece ^. Otros 
escritores, preciados de muy doctos entre sus compatriotas, 
sostienen al contrario que fué traducido el Amadís de lengua 
francesa por un Pedro Lobeiro, escribano de Yélves, obede- 
ciendo el mandato del infante don Pedro, el -de las siete Parti- 
das *; habiéndose generalizado por último en el siglo XVI la 
opinión de que era debido al infante don Fernando, hijo de 
don Alfonso, á quien se habia concedido también alguna inter- 
vención en el mismo asunto ^. No siendo pues una y cons- 
tante la opinión de los escritores portugueses, racional creemos 
poner en duda la autoridad de sus respectivos asertos en orden 
á. la originalidad del Amadis por algunos de ellos reclamada pa- 
ra sus ingenios. Ni han logrado los franceses más claro galar- 
dón en esta manera de lid, por más que hayamos de adjudicar- 
les la palma* de la originalidad respecto de las producciones que 
dejamos examinadas y de otraá muchas, que en lugar oportuno 
citaremos. Los argumentos alegados una y otra vez para pro- 



1 Boüterweck signiendo á don Nicolás Antonio (Bibl. Vet. t. lí, 
pág. 105), observaba que Basco de Lobcira escribía á fines del siglo XTTf y 
pareció haber vivido hasta el año 1325 (Tnid. cast. pág. 11). Igual opinión 
expuesta con mayor seguridad, manifestó después Sismonde de Sismondi, 
añadiendo que escribió Lobcira «en espagnol les quatre premiers livres de 
l*Amad¡s» (Hist, de la lüt.-du Midi, t. III, pág. 221, ed. 1S29). La autori- 
dad de estos hisioriadorcs ha llevado tras sí el voto de los más que tratan 
estas materias, corriente en que se dejó arrastrar el erudito Ticknor, si bien 
adelantando un siglo entero la existencia de Lobeira. «El Amadis (con- 
cluye) es un libro portugués, escrito antes del año 1400, y su verdadero 
autor el caballero Vasco de Lobeira (Primera, cp., cap. XI). Ticknor reco- 
nocía sin embargo los hechos aducidos en el texto, tomados de la Crónica 
del Conde Pedro de Metieses, escrita en 1454 por el Archivero de Portug-al, 
Gómez Eanes de Azurara (Colee, de lib. inéd. de Hist, Portug. Lisboa 1792). 
Adelante notaremos la fragilidad de estas opiniones. 

2 Cardoso, Agiologio Lusitano, t. I^ pág. 410. 

3 Don Luis Zapata, Memorias de los Zapatas , MS. de la Biblioteca 
Nacion|l. En este libro consta que el don Luis oyó decir en Lisboa, por los 
años de 1550^ á la Infanta doña Catalina, biznieta del citado Infante don 
Alfonso, que era don Fernando, quien habia compuesto el lAro de Aniadis 
(Gáyangos, Discurso sobre loslibrosde caballerias, pág. XXII). 



II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. GAST. DE LA LIT. CAB. 81 

bar que es el Amadís de Gaula mera traducción de una antigua 
leyenda, escrita en el dialecto de Picardía, no han recibido aun 
tal confirmación histórica que pueden inclinar la balanza del la- 
do allá del Pirineo ^ 

Antes de que las referidas crónicas portuguesas, compuestas 
al mediar del siglo XY, apuntasen por vez primera la especie de 
que era el hidalgo Vasco de Lobeira autor del Amadís^ gozaba 
ya esta obra de no escasa celebridad en la literatura castellana. 
Mencionóla el gran Canciller Pero López dé Ayala con referen- 
cia á su juventud, en que se pagaba de 

oyr muchas vagadas 

Libros de devaneos et mentiras probadas» 
. Amadís^ Lan^rote et burlas assacadas, etc. <. 

y teniendo en cuenta que nace este personaje al expirar el pri- 
nier tercio del siglo que historiamos, distinguiéndose ya en los 
disturbios de Casíilla desde 1360, cual veremos adelante, no ha- 
bría en verdad grande inconveniente en suponerla escrita antes 
del referido año. Y no es sólo este el testimonio que nos induce 
á dar crédito á tal hipótesi: dirigiéndose al dicho Pero López el 
celebrado Pero Ferrüs, uno de los trovadores más antiguos del 
siglo XrV, decíale, al recomendarle con numerosos ejemplos la 
frugalidad y loable abnegación de la vida del campamento, que 



1 Esta opinión fué expuesta en su Essai sur les romans por el eru- 
dito Huet, á quien sigpoió Mh de Tressau en el discurso preliminar de su 
Bxtrait d*AmadÍ8, ampliátidola con las noticias que en 1543 daba Nicolás 
d'Herberay (al traducirlo á lengua francesa) sobre la existencia de manus- 
critos en el antiguo dialecto de Picardía , de que habian sacado los espa- 
ñoles la referida historia. Pero el entendido Ginguené resuelve esta cuestión, 
hlanifestando «que cet Ámadis picard doit n'ávoir été que celui de Gorrée 
(el pcrsonage de quien habla Huet) ; traduit de l'ancien espagnol (Hist, 
Litt. d*ltali€, t. V. pág. 63). No parecerá impertinente notar que Bernardo 
Tasso, padre del gran Torcuato, al ponerlo en lengua y metro italiano, 
apuntó la idea de que había sido t)rimitivaQicnte escrito en Inglaterra, dic- 
tamen que sin alegar probanza alguna, han abrazado otros escritores. 

2 Rimado del Palacio: Abusos de los cinco sentidos. Del oido, 
copl. 162. Ticknor imprimió: é burlas a sacadas, lo cual no hace sentido. 

TO.MO V, 6 



82 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA CSPAÍHOLA. 

nunca habia esquivado el hermoso Amadfs lluvias ni ventiscas, 
para cobrar fama de leal y valiente, según hallaria en tres li^ 
bros que encerraban su historia ^: á la misma se referían casi al 
propio tiempo Imperial y Villasandino, con otros poetas de la se- 
gunda mitad del siglo, no cabiendo por tanto duda en que si no 
apareció antes de la sesta decena ya indicada, era muy conocida 
de los discretos durante el reinado de Enrique II ^. 

Ahora bieú: como consta por declaración de los cronistas por« 
tugueses que atribuyeron á Vasco de Lobeira la composición del 
Amadís de Gaula, que fué aquel hidalgo prbtejido por el infante 
don Alfonso de Portugal, nacido en 1370; como á instancias del 
referido principe se introducen en la obra algunas modiflcaeiones 
sobre un texto más antiguo, en especial respecto de la aventura 
de Sobradisa y de la niña Briolanja; y como se asegura final- 
mente, para elogio de Lobeira, que fué armado este caballero en 



1 Dice el indicado poeta. 

Amadis el muy fermoeo 
Las UuTias' et las YeDtYscae 
Nunca las falló aryscas. 
Por leal ser et famoso: 
8u8 proezas fallaredes 
Ed tres Ubros et diredes 
Que le de Dios saoto poso. 

2 Cancionero de Baena, págs. 45, 167, 204, 243. Villasandino presenta 
al rey Lisuarte, padre de Oriana, como el tipo de príncipes que repartían 
reinos y riquezas. En su habitual estrechez, pregunta 

Si le cumple sofrir 

Fasta qu'el grant Lysoarte 
Le faga rey ó le farU; 

lo cual prueba que era generalmente conocida la pintura que hace el autor 
del Amadis de la fantástica corte de aquel Monarca. £1 mismo concepto 
revela Pero Ferrús cuando, al celebrar á su amiga, dice : 

Nunca fué Rrey Lysuarle 
De riquezas tan bastado 
Gomo yo, nin tan pagado 
Fué Rroldan con Durandarte. 



11.^ PARTE, GAP. II. PRIM. MON. GAST. 0¿ LA LIT^ GAR. 83 

1385^ circuQstanQia en quo se le supone todavía eo la juventud, 
e^ evidente que existió en Castilla y mereció el común aplauso 
de ios entepdidos una redacción del AmadíSy anterior & la por- 
tuguesa, cuya autenticidad no ha podido por otra parte ser com- . 
probada *. 

Galardón propio de la literatura castellana es, en nuestro jui- 
cio, la composición del Atnadts de Gaula'^y tronco de otras 



t La especie de qué existió el supuesto original de Ldbeil'a *em casa 
d*ÁveirQ)t, nació en los uPoemas Lusitanos do doutor Antonio Ferreirat , 
dados á luz en Lisboa el año 1398. A la págriria 72 dé los mismos hay dos so- 
netoSjUno escrito en lengpuaje antiguo, dirijido al indicado Vasco, á quien 
apcUida^autor del AmadíS) y otro en que be reftere á la modificación que hizo 
en su obra, por mandato del Infante don Alfonso, según advertimos en el 
texto. Dio á estos sonetos/ que sólo prueban cuál era la opinión de Ferreira, 
excesiva estimación el dicho de nuestro don Nicolás Antonio, quien declaró 
«haber visto (Amo apostilla del ^ncto una peregrina nota, en que se afirmaba 
«aquel hecho : Hujus autographum lusitanum exstare penes dynastas avei- 
•renten ñotatum inveni in quadam notula, quae post Antonil Fenreirae lusi- 
•tani poctae opera edita est» (Bibl. Vet., t. II, lib. VII, cap. 7). Atribuido 
equivocadamente el soneto referi4o al Infante don Antonio de Portugal 
(Soutey, pról. al Ámadis, 1. 1, cd. de Londres) 12.^) tomó alguria consisten^ 
cia la noticia hallada por don Nicolás Antonio; pero como observa don 
Pascual Gayangos» no existiendo dicha nota en la edición de 1598, y ha- 
llándose en la reimpresión hecha en 1772, hay razón para creer que fué 
puesta después, y carece por tanto de la autoridad que se le ha atribuidOé 
Nadie ha podido decir que ha visto el códiee del Amadis, conservado en la 
librería de los duques de Aveiro. 

2 Esta opinión pareció abrigar el erudito QuadHo, cuando observó que 
el Amadis habia sido escrito originariamente en antiguo lenguaje castella- 
no; pero empeñado en atribuir á los sarracenos una influencia itijustificada 
en nuestra cultura, añadió que era debido á un mahometano, nacido en 
África (Mauritania) y que pasaba por mágico y fue al cabo cristiano, lo 
cual le ha desautorizado entre los críticos modernos (Storia é Ragion d*ogni 
poesiai t. VI, pág. 520 y 521). £1 erudito Sarmiento, que según, hemos ad- 
vertido antes de ahora, formó grande empeuo en dar á Galicia ónlnímoda 
influencia en el desarrollo de la literatura nacional, nos dejó inédita una 
disertación, en que presintiendo que el Amadis era producción de españo- 
les, llega hasta suponer que si Vaseo de Lobeira lo esefribió^ era gallego. 
En la duda, expone algunas conjeturas sobre si pudo ser compuesto por 
Vasco Pérez de Camoens, Pero López de Ayala, don Alfonso de Cartagena, 



84 HTSTORTA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAftOLA. 

muchas Acciones caballerescas propiamente españolas ; mas no 
por esto olvidemos las observaciones arriba indicadas. Todos los 
elementos romancescos que constitujcen tan peregrioa historia; 
el mundo verdaderamente fantástico en que la acción se realiza, 
las no esperadas y sobrenaturales aventuras que forman sus 
multiplicados episodios, la intervención activa de magias y Migran- 
tes, la realización de maravillosos encantamientos..., todo ofrece 
en ella claros vestigios de una imitación deliberada é inteligen- 
te , que apoyándose alternativamente en los libros bretones y 
en las leyendas carlowingias , aspira á fundar en el suelo espa- 
ñol nueva serie de narraciones y nueva familia de héroes. 

Nada hay en el Amadís que deje de recordar en este sentido 
las fuentes de que en realidad se deriva, autorizando en cierto 
modo la teoría de los que le han tenido por refundición de cró- 
nicas caballerescas, desgraciadamente perdidas para la historia 



ó García Ordoñcz de Montalvo. Cuanto dice sobre el primero es gratuito y 
no más fundado lo que indica respecto del segundo, cuyo Rimado del PaUi' 
do no tuvo en cuenta: en cuanto al Obispo de Burgos, pudo inducirle á 
tenerlo como autor del Amadis la circunstancia de dar el Cartagena^ que 
figura en el Cancionero general, el nombre de uriana á su amiga. Pero 
esto sólo prueba que considerada la amante de Veltenebros como tipo de 
fidelidad, usó Cartagena dicho nombre por antonomasia y porque no que-^- 
ria descubrir el verdadero de su dama. £1 libro de Amadis existia mucho 
antes y lograba grande aplauso entre los eruditos;* y lo persuade, demás de 
los datos ya alegados, el muy peregrino que antes de ahora hemos expues- 
to: en el sepulcro del gran maestre de Santiago, don Lorenzo Suarez de 
Figueroa, muerto en 1409, hay á los pies de la estatua yacente un perro, 
de cuyo pecho pende un escudo y en el collar que lo rodea se lee repetida- 
mente: AmAdis, Amadis (Sevilla Pintoresca : La iglesia de la Universidad 
literaria, pág. 236). Este nombre, atribuido al gozquecillo^ tal vez como 
signo de fidelidad, demuestra palmariamente cuan grande era la populari- 
dad que gozaba la obra de que tratamos á principios del siglo XV, popula- 
ridad que no pudo adquirir en un dia, robusteciendo todo la opinión de la 
antigüedad que le atribuimos.. No terminaremos esta nota, sin indicar que 
llega á nuestros manos con el titulo De l^ Amadis de' Gatda el son influen* 
ce sur les maurs et la litterature au XVI et au XVII siéde, un apreciado 
opúsculo dado á \\A por Mr. Eugenio Baret, en el cual se concede á dicho 
libro la misma antigüedad, sosteniendo la imposibilidad de ser originaria- 
mente obra de Lobeira. 



ll/ PARTE, CAP, II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 85 

'iteraría ^: las costumbres que ea general retrata, aunque en 
demasía exageradas, lejos de ser como en otras producciones ar- 



' 1 Demás de las citas y alusiones expresas, que hallamos en ei Anuidis, 
(ales como las que se refieren al Santo Grial, á Tristan y LanzarotCf con- 
tenidas en el libro cuarto, añadido tal vez por Ordoñez de Monta! vo (capí- 
tulos 48 y 49) nos da el autor conocimiento desde las primeras páginas do 
que le era familiar la historia del «muy virtuoso rey Artúr que fué el me- 
jor rey de los que allí (en Bretaña) reinaron» (cap. I del lib. I), reflejándo- 
se en el pensamiento y la composición de toda la obra el mismo conoci- 
miento respecto de otros libros caballerescos.. La primera idea generadora 
del Amadis es la fidelidad del amor que se profesan por toda la vida los 
dos amantes, fidelidad que le sirve de purificación y de talismán para ven- 
cer todo obstáculo y encantamiento, como sucede en la Isla Firme: esta idea, 
llevada así al extremo, se deriva sin duda de la historia de Tristan y tal 
vez con mayor exactitud de la de Flores y BlancarFlor, espejos de enamo- 
rados; y tan clara es la semejanza, que apenas hay poeta del siglo XIV que 
al encomiar la constancia y verdadera ternura del amor, deje de citar igual- 
mente, cual modelos, aquellas famosísimas parejas. Mi9er Francisco Imperial, 
cantando por ejemplo el nacimUnto de don Juan II, le deseaba más felices 
amores (Canc, de Baena, pág. 204) 

Que los de Paris et los de Vyana 

Bt de Amadis é los de Orlana 

Bt que los de Blanca-Flor et Flores. 

En otra composición, liablando de diversos caballeros, hacia cumplido 
elogio de ellos (Id., pág. 243). 

Et otrosy de Tristan 

Que feoesció por amores 

De Amadis et Blanca et Flores, ele. 

Y pasando á la exposición, nadie habrá que deje de reconocer en la corte 
del Rey Lisuarte un trasunto de la del Rey Artús, con todo el aparato de 
la caballería, así como tampoco a nadie se oscurecerá que el «modelo del 
encantador Arctüaus, autor de todos los siniestros y traiciones que se opo- 
nen á la ventura de los dos amantes, es el TcMante de Hicamonte, que en 
el Poema de Jofre y Bruneeinda, ejerce sus maléficas artes para saciar, 
como Arcalaus, sus pérfidas inclinaciones. Los castillos de ambos encanta- 
dores aparecen poblados de pobres víctimas, que aguardan al cabaUero pre- 
destinado para romj^er sus cadenas. Fuera de estas analogías, relativas á la 
textura de la fábula, se notan otras muchas en los pormenores^ entre las cua- 
les citaremos i|or ejemplo el episodio de la princesa Briolanja muy seme- 



86 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

tisticas las practicadas por nuestros mayores, son las costumbres 
nacidas del feudalismo: por todas partes aparecen régulos que 
hacen gala de arbitrariedad é independencia; por todas partes 
se hallan erigidos en ley el capricho y la fuerza, habiendo ape- 
nas un castillo , donde no llore entre cadenas , ó víctima de in- 
vencibles artes, alguna desgraciada doncella ó algún malfddado 
caballero. A cada paso se ven por las encrucijadas de los cami* 
nos damas doloridas que buscan el amparo de los caballeros, 
huérfanas oprimidas que anhelan para su defensa la espada de 
un generoso paladín , ó activas mensageras de princesas , reyes, 
ó emperadores, expuestas al ludibrio de los malhechores. y á. los 
torpes excesos de los licenciosos. 

Mas si en los elementos constitutivos del sistema caballeres- 
co, si en las líneas generales que describen el edificio del Ama- 
dis de Gaula reconocemos el estigma de extrañas literaturc^s, no 
por esto cerraremos los ojos ¿ cuanto nos muestra en él la irre- 
sistible influencia de la civilización española, cuya viviOca actua- 
lidad domina en todas las obras del arte. Creencias, sentimien- 
tos, costumbres, reflejan interiormente en los personajes de tan 



jante al de la reina Conduiramor del Perceval; el reconocimiento de Amadís 
y Galaor, del todo igual al de Feravfs y Perceval en dicho poema ; el de la 
aventura de Ant^Uy Brandueta y Galaor, tomado visiblemente de la His- 
toria de Jofre y Brunesinda, y los diferentes desafios hechos á Lisuarte en 
su misma corte, los cuales recuerdan muy parecidas escenas de los libros 
del Rey Artúsl Perceval, Joffre y Brunesinda, etc. Aun respecto de las 
formas de expresión puede decirse que no olvidó el autor del Aviadis los 
ejemplos de la literatura caballeresca: al pintarse en el Tristón de Leonis 
el efecto de la bebida que Brangiena ministra al referido caballero y á la 
herniosísima Isea^ ó Isolda (como dicen varios poetas del siglo XY), se dice: 
tTristan fist'sa voionté de la belle Iseult ct lui tolut le dous nom de pucelle. • 
Con más honestidad y gracia se describe en el libro español análoga sitúa* 
cion, indicando el mismo efecto por e^tas palabras: «Assi que se puede bien 
•dezir que en aquella verde ycrua, encima de aquel manto, más por gracia 
»y comedimiento de Oriana que por la desenvoltura ni osadía de Amadís, 
»fué hecha dueña la más hermosa doncella del mundo» (Libro I, cap. 35). 
Este examen pudiera llevarse al extremo en el triple concepto referido: 
pero no lo juzgamos aquí necesario, por ser bastantes las indicaciones he- 
chas, para demostrar la exactitud de nuestros asertos. « 



II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 87 

singular leyenda el espíritu y la manera de ser de los castella- 
nos de los siglos Xni y XIY, no desechada en esta peregrina 
pintura la idealización del genio y carácter nacional, debj^a á la 
poesía heroica. 

Los héroes, del Amndis llevan, como los caudillos de la cruz, 
al más alto puntp la exaltación del sentimiento religioso: pelean 
unos sin tregua por su Dios y su patria ; acometen otros las 
más difíciles empresas y ponen su vida en continuo riesgo y 
fettiga^en nombre de Dios y de la razón *; aquellos. reciben de 
mano de los obispos, que siguen los ejércitos de sus reyes, 
la absolución de sus pecados en el solemne instante de entrar 
en lid con los sarracenos ; estos confiesan devotamente sus culpas 
á los pies de venerables ermitaños y aun de otros caballeros 
sus iguales en el momento de arrostrar difíciles y sobrenatu- 
rales aventuras: para los héroes reales de la poesía nacional, ta- 
les como Fernán González y el Cid Campeador, es ley suprema* 
la palabra empeñada; para los paladines del Amadís es el jura- 
mento el más firme lazo de la vida, constituyendo entera servi- 
dumbre. 

Animado de tales creencias y sentimientos, se eleva el aman- 
te de Oriana á las más altas regiones de la idealidad caballeres- 
ca, sintiéndose poseído de singular pasión amorosa y sacrifican- 
do cuanto existe en la tierra al objeto de su cariño. Ni la tierna 
solicitud de Elisena, su madre, ni el respeto que le inspira Pe- 
rlón, su padre, son bastantes á entibiar un punto su anhelo ni 
i detenerle en Gaula, al ser reconocido como tal hijo por aque- 
llos, tras largos infortunios: la heredera de Lisuarte vive en la 
gran Bretaña y hacía ella le arrastra, cual poderoso imán, la 
fuerza superior de sus amores. Ünica, ardiente, inestinguible es 
por tanto la pasión que Amadís profesa á su hermosísima 
Oriana, no decayendo ni aun después de su logro, como no de- 
cae ni ce amortigua con el tiempo la pura adhesión de iP'ernan 



1 Galaor, hermano de Amadís, inaugura sus hazañas combatiendo al 
gi^nle Albadan, dlcicndolc al ser despreciado por el jayán orgullosd? cTú 
«serás ven9Ído é muerto con lo que yo traygo en mi ayuda : que es Dios y 
»la liaron» (Lib. I, cap. XII). 



88 HISTORIA CRÍTICA DB LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

González á la infanta dona Sanoha, ni del Cid á doña Ximena. 
Lástima es que t estos rasgos interesantes del car&cter del héroe 
no coq^sponda la pintura de la muger, acercándola al tipo con-r 
sagrado ya por la musa española: las damas que flguran eu el 
Amadís^ aunque idealizadas por la exaltada imaginación de los 
caballeros, aunque acatadas con tal respeto que .raya á veces en 
idolatría, son demasiado fáciles para con sus amantes; y no sólo 
acontece esto con las doncellas de encrucijada que van en bus- 
ca de aventjüLraSy sino con las más esclarecidas princesas, con 
Elisena y Aldava, con Olinda, Brandueta y Oriana. Pagadas es-^ 
tas de la fama de invencibles que gozan Períon'y Agrages, Gsl^ 
laor y Amadís, sobre corresponder benévolamente á sus amo^ 
res, llegan también á solicitarlos; circunstancia que las separa 
de la muger histórica y poética de Castilla, asemejándolas á las 
demás heroínas romancescas. 

- Pero si no triunfó del todo el espíritu de la nacionalidad 
española, al pretender asimilar á si y hacer suyos los caracteres 
que brillan en el Amadü, pugnó sin embargo con igual brio 
por reflejarse en las costumbres en cuanto lo consentía la na- 
turaleza del asunto, j^sta observación, ya ai^tes anunciada, se 
confirma principalmente, al reconocer la vida política que presu- 
pone el autor en las fantásticas regiones, á donde lleva sus per-> 
sonajes. Al Ipgrar; por ejemplo, el rey Perion la inesperada 
dicha de hallar en el vencedor del tirano Abies al hijo de su 
primer amor que lloraba perdido desde su nacimiento, « manda 
llegar cortes» de su reino, para que le reconozcan sus vasallos 
cual legítimo heredero, manifestándose en la ingenuidad y llaneza 
de la narración que ni el autor imagina, ni los lectores puedeii 
concebir en otra forma una ceremonia tan frecuente en los do^ 
minios castellanos *. Más adelante el muy cumplido entre reyes 
y caballeros, el famoso Lisuarte, príncipe que rige sus Estados 
á la manera del rey Artüs « hace cortes en Londres #, para 
buen gobierno de sus vasallos, siendo estas «las mas honradas... 
que nunca en la gran Bretaña se flzipron » *. 

t Véase el cap. X del lib. I. 

2 Capítulo XXIX del mismo libro. 



n.* PARTE, CAP. 11. PRIM. NON. CAST. DE l.A LIT. CAB. 89 ^ 

Y no es meaos digíio de notarse cuanto se refiere á la vida 
de la caballería: el reto que hace Olivas ante el rey Lisuarte 
al duque de Bristoya «que & un su cormano le matara aleue», > 
aunque refleja el origen feudal de esta costumbre, por su forma 
especial y por la manera de ser aceptado, recuerda el célebre 
duelo de Toledo y Carrion, narrado en el Poema del Cid^ tra- 
yendo al par á la memoria la ley de Partida que reglaba este 
linagede contiendas ^ : el empeño de Angriote de Estravaus, 
que defendía contra todo caballero en la angostura de un valle 
« que ninguno tenia mas fermosa amiga » que lo era Grovone- 
sa, su amada, nos recuerda asimismo el Paso de Payo Paeí, y 
como que parece preludiar el más renombrado de Suero de Qui- 
ñones *. 

Todas estas y otras muchas semejanzas en las creencias, en 
los sentimientos y en las costumbres determinan pues la mane- 
ra cómo iban penetrando en la literatura española las ficciones 
romancescas y señalan la forma en que se operaba la inevitable 
fusión de los elementos caballerescos y los elementos históricos, 
para producir en edades futuras obras más propias y origina- 
les. No es en verdad indigno de este título el Amadís de Gaula 
en el sentido arriba indicado, superando en ciertas dotes á las 
mismas producciones que le sirvieron de modelo. Ninguna le 
excede en la riqueza de la inventiva, ni en la variedad prodigio- 
sa de los episodios: muy pocas ofrecen en la lectura el mismo 
interés, por más que encierre en realidad diversas historias, 
comprendiégdose las de Amadís y Galaor, Florestan y Agra- 
ges, héroes de primer orden, en la primitiva redacción, ya aplau- 
dida durante la segunda mitad del siglo XIV ^. 



1 Véaae el cap. II de nuestra II.* Parte, t. III, y el título XI de la 
Partida VIL £1 desafio de Olivas se narra en el cap. XXIX del libro I del 

2 Capítulo XVII, del libro I.^'-^Del Paso Honroso de Suero de Quiño^ 
nes hablaremos mas adelante. 

3 Amadís, Galaor y Florestan son todos tres hijos del rey Perion de 
Gaula, que tienen en este concepto no pocos puntos úg contacto con el re* 
nombrado Aymon, señor de Montalvan, cuyos cuatro hijos son héroes prin- 
cipales en las historias del ciclo carlo'win^io. A la de los tres paladines de 



*90 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA* 

La exuberancia de aocidenles que nacen unos de otros con 
excesiva frecuencia y no* siempre con la holgura que habrían 
menester para desarrollarse convenientemente, cruzándose á 
menudo é interrumpiendo una vez y otra la narración principal, 
asi como la extraordinaria extensión de los tres libros mencio- 
nados, nos obligarían á dar inmoderado bulto al presente c^^>i- 
tnlo, si nos decidiéramos & exponer aquí el prolijo estudio que 
sobre el Amadís tenemos hecho. Impreso, traducido é imitado 
repetidas veces ^, conocido en todos tiempos de nuestros erudi- 



Gaula, cuya unidad estriba principalmente en aquel lazo de la sangre, se 
une la de Aguajes, modelo de fidelidad respecto de los tres hermanos y liga- 
do á la gloria de la familia por muy próximo parentesco. Estos cuatro per- 
sonajes, en quienes insiste esencialmente la acción de la novela, perte- 
necieron pues á la primitiva relación, como bases indispensables de la 
misma. 

1 Cervantes se aventuró á decir que es el Amadis de Gauia el pri^ 
mer libro de caMlerias que se imprimió en Espaikt (Don Quijote, Par- 
te I, cap, 6). Sin embargo, no ha podido comprobarse la noticia dada por 
Barbosa Machado en su Biblioteca lusitana artículo: Vasco de Lobeira, sobre 
una edición hecha en Salamanca el año de 1510, y por tanto posteriora la 
publicación de otros libros caballerescos. La primera conocida es de 1519 y 
tras ella se hicieron hasta doce que nosotros podamos afirmar, en la forma 
siguftinte: Sevilla, 1526; Id., 1531; Venecia, 1533; Sevilla, 1535; Id.^ 1539; 
Medina del Campo, 1545; Sevilla, 1547; Lobayna, 1552; Salamanca, 1575; 
Sevilla, 1575; Alcalá de Henares, 1586; Sevilla, 1586. Nótese que la mi- 
tad de estas ediciones salieron en Sevilla de las famosísimas prensas de Ja- 
cobo Cromberger, Alonso de la Barrera y Hernando Diaz, debiéndose las 
restantes á los no menos celebrados Villaquiran y Castro, Lasseno, Porto-* 
naris, Junta y Alonso Mata. Respecto de las traducciones, citaremos, como 
más conocidas^ la francesa de Nicolás de Herberay, dada á la estampa 
de 1540 á 1543, y la italiana, impresa en 1557. Antes de aparecer la últi- 
ma se habia ocupado Bernardo Tasso (1540) en poner en verso su Amadis ^ 
que apareció en 1560, logrando extraordinario éxito; y sin duda hubo de 
preceder á todas estas versione^, más ó menos conformes con el libro espa- 
ñol, tal como lo publicó Montalvo, otra de pocos citada, y cuyo examen^ á 
ser hoy posible, resol veria satisfactoriamente la mayor parte de las cuestio- 
nes que dejamos tocadas. Hablamos de la traducción hebrea, ó tal vez me- 
ramente rabfnica, q^e cita el entendido Wolfío con el título de D^TpK 
nSlNIi ^1 y que declaró haber visto en la escogida librería de Oppenhei- 
mer: si, lo que no aparece descabellado, esta versión se hizo antes de la 



Il/ PARTE, CAP. II. PR1M. MON. CAST. DE LA MT. CAB. 91 

tos, no llevan^ á mal el discreto lector que apartándonos de lo 
practicado respecto de los cuentos de Ckárlos Maynes y del Em-* 
pecador Otias, peregrinos hasta ahora en la historia de nues^ 
tras letras, nos limitemos á una brevísima idea de su complicado 
argumento. 

La historia de Amadís, conforme se deduce de cuanto lleva- 
mos observado, e^ y íio podía dejar de serlo, naciendo de los 
elementos y en las circunstancias reconocidas» absolutamente 
fantástica. Perion, rey de Caula, pasa á la corte de Garinter, 
que lo es de la Pequeña Bretaña, enamorándose de él la hermo- 
sa Elisena, hija de aquel príncipe; yaventurándose á penetrar 
en la estancia, donde dormia, le hace dueño de su b^leza con 
la jurada esperanza de que ha de ser su esposo. De esta aventu- 
ra es fruto Amadís: venido al mundo en ausencia de Perion y 
deseando evitar su deshonra, mándale Elisena arrojar dentro de 
un arca (en que pone un pergamino con su nombre, un anillo y 
la espada de Perion) al mar que baña los muros de su palacio. 
Hallado en medio de las olas por Caudales, piadoso caballero de 
Escocia, llévale acaso á la corte del rey Languines, donde com- 
padecida de su orfandad, le educa la reina (que era su tia), dis- 
tinguiéndole con el título de Doncel del mar, que denota su mis- 
terioso origen. 

Perion habia entre tanto cumplido su palabra á Elisena, 
teniendo en ella otro hijo llamado Calaor, el cual es robado al 
llegar á ios dos años por el gigante Bandalac, para hacerle ins- 
trumento de su venganza contra Albadan, tirano que le tenia 



edición de Monlalvoi su importancia es de mucho bulto en la historia de 
nuestras letras. Lástima es que Wolfio no diese extracto de su argumento, 
para comprender si constaba de los tres libros, que mencionó Pero Ferrús ó 
de los cuatro hoy conocidos. En orden* á las imitaciones, que produce el 
Ámadis, deben tenerse presentes los catorce libros que forman su larga y 
caballeresca descendencia, comprendiendo desde las Sergas de EsplandiQn 
hasta la historia de Peñalva que cierra la serie de aventuras de Amadís «y 
narra su muerte (Don Nicolás Antonio, BibL Nova^ t. 11^ pág. 404). El ya 
citado don Pascual Gayangos los incluye en su Catálogo de los libros de 
caballerias, que precede á su edición del Amadís, segunda de las hechas 
en nuestros tiempos. 



92 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

usurpada la Peña de Bailares. El rey Lisuarte de la Gran 
Bretaña, volvía á su reino por este tiempo desde Dinamarca, 
trayendo consigo & Brisena, su esposa, y á Oríana, su hija: lle- 
gado &, la corte de Languines, deja en ella á la infanta, cuya sin 
par hermosura y discreción vencen el corazón de Amadis, que 
no solamente la sirve , como caballero, obedeciendo & la reina, 
sino que la idolatra cual amante, Jurándole amor eterno. Para 
hacerse digno de su cariño, y ya armado caballero por su mismo 
padre, á ruegos de Oriana y de Mabilia, su prima, parte de la 
corte de Languines, en busca de aventuras, inaugurando sus 
prodigiosas hazañas con la destrucción del rey Abies, que opri- 
mía ÉL tu^to los'dommíos de Perion, su padre. 

*Tr&s estos preliminares, que descubren ya en parte los dife- 
rentes hilos de la trama novelesca del Amadüy empieza la his- 
toria de los dos hermanos que, empeñados acaso en lid singular, 
se reconocen como tales en el temple de sus aceros, recibiendo 
Galaor la orden de caballeria de manos de Amadis, al terminar 
aquella terrible lucha. Protegidos ambos por la poderosa Urgan- 
da, la Desconocida, cuyt) nombre ha inmortalizado la pluma de 
Cervantes; armados de espadas prodigiosas, siguen cada cual 
rumbo diverso, cobrando por todas partes envidiada nombradla. 
Grandes y temerosas aventuras de gigantes hasta aquel punto 
invencibles, de tiranos domados, de princesas y doncellas resca- 
tadas del poder de pérfidos opresores; altas y nunca imaginadas 
empresas, á cuyo logro oponen todas sus artes malévolos en- 
cantadores, entre los cuales figura en primer término el venga- 
tivo Archalaus , imitación palpable del Tablante de Ricamen- 
te *; sorprendentes peripecias, que ya elevan hasta el solio 4 
los paladines, ya los sujetan á las terribles pruebas de la ínsula 
Firme y de la Peña Pobre; batallas, desafios, favores y desde- 
nes, que ora levantan & los caballeros al cohno de la felicidad, 
ora los hunden en mortal tristeza y amargura... hé aquí los 
obstáculos que se oponen al logro pacifico* de los amores de 
Ajnadís y de Oriana, y que llevándole, como á Galaor, Agrajes 



1 Véase lo dicho en la nota 1, pág. S5. 



II.* PARTE, GAP. II. PRIH. MON. GAST. DE LA LIT. CAB. 95 

y Florestan, por las regiones de Francia, Inglaterra, Alemania^ 
Grecia, Romania, Turquía y otras imaginarias, subliman su va- 
lor y su lealtad, haciéndole al cabo digno de la hija del rey Li* 
suarte. Con el casamiento del héroe principal y la destrucción 
de los encantamientos que habian acibarado hasta aquel instante 
su vida, termina, pues, la Historia del esforzado é virtuoso 
caballero Amadís de Gaula, tal como ha llegado á nuestros dias 
en el lenguaje de Castilla ^ 

Añadida y desfigurada por la solicitud de su editor, no pue- 
den hoy señalarse con la seguridad conveniente todas y cada 
una de las alteraciones^ que experimentó la redacción primiU-*- 
va, ni es posible asegurar tampoco hasta qué punto se valió el 



1 El cuarto libro del Amadis acaba con la rara aventura del rey ÍA- 
suarte en que viene este á poder del encantador Arcalaus; nueva que lle- 
gada á oidos de los amigos y aliados de Amadís, los lleva en busca del hé- 
roe que reinaba pacíficamente en la ínsula Firme* ofreciéndose todos á 
Oriana para rescatar á su padre. — ^Urganda la Desconocida, qpe había pre- 
dícho aquel suceso, se aparece á los príncipes y séniores allí congregados, 
hace armar caballero por mano del gigante Balan al joven Esplandian, á 
quien estaba reservada la aventura de daf libertad á su abuelo, y condú- 
cele por vías sobrenaturales lejos de la indicada ínsula Firme, dejando ei\ 
ella a Amadís y los suyos y amonestándoles que esperen tranquilos el- fin 
de aquella etnpresa. Se vé por tanto que el de los Quatro libros dd Ama* 
dis de Gaukt no es el término de su historia, quedando inauguradas las 
portentosas hazañas de Esplandiarif cuya prosecución promete el autor, re- 
firiéndose á las aventuras de Leonorina, hija del evíiperador de Grecia, por 
estas palabras: como adelante uos será contado. Esta promesa cumplió 
Garcia Ordoñez de Montalvo.con la publicación de las Sergas de Espían^ 
dian, anunciada ya desde el prólogo del Amadis ; circunstancia que unida 
i la declaración de que eorrigió y enmendó los tres primeros libros ¿radw- 
ciendo el cuarto, nos induce á creer, según va insinuado en el texto, <|ue 
fué aquella obra del mismo Montalvo. Cervantes, siguiendo la costumbre de 
los autores de semejantes libros, decia que el Quijote era traducido de mfa- 
nnscritos árabes. — Así se comprenden también las palabras de Pero Ferrús, 
quien al citar los tres libros que existia n on su tiempo, desea á Ámadis' san^ 
to poso (Véase la nota oportuna): el libro tercero le deja en efecto (después 
de haber respatado á Oriana del poder de los romanos^ á quienes Lisuarte la 
entrega) camino de la ínsula Firme, donde se propone esperar el termino de 
aquella ruidosa aventura ; por manera que nada está más lejos de Amadís 
en esta situación que el reposo, á que Ferrús alude. 



94 HISTORIA CnlTICÁ DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

editor referido de la versión portuguesa, que pareció tener pi'e- 
senté al dar á luz ios cuatro libros de que en la actualidad se 
compone ^. La sencillez, el excesivo candor y la infantil credu-^ 
lidad que se revelan en la narración de los maravillosos imposi- 
bles que en ella se acumulan; la ingenuidad nativa de las des» 
cripciones y el vigoroso y á veces apacible colorido que anima 
sus romancescas escenas, ya pinte las dulzuras y tormentos del 
amor, ya los gallardos lances y arriesgados empeños de la ca- 
ballería; el sabor arcaico de los medios expositivos, de la dic^ 
cion y de la frase, especialmente en los tres primeros libros, 
harto diferentes en este punto del último, todo contribuye no 
obstante á persuadirnos de que no hubo de ser peregrina á Gar-»> 
cía Ordoñez de Montalvo la antigua Sutoria de Amadís, conoci- 
da y con tanta frecuencia mencionada por los más notables poe^ 
tas de la segunda mitad del siglo XIY. Sin duda es debida á 
esta circunstancia esa manera de consagración que lleva tras si 
tan renombrada leyenda, habida umversalmente, como el pri- 
mero y el mejor de todos los libros de caballerías: los orna- 



1 £1 pasage, 6 que antes nos hemos referido y de que hablamos aquí^ 
relativo á la aventura de la niña Briolanja, en que Amadís resiste sus cari-: 
cias, está concebida en estos términos: cEl señor Infante don Alonso de 
«Portu^U aviendo piedad desta fermosa doncella, de otra guisa lo mandó 
•poner: en esto hizo todo lo que su merced fué servido, mas no aquello que 
>en efecto de sus amores se escrevia. De otra guisa se cuentan estos amores 
ique con mas razón á ello dar fe se deue etc.» (lib. II, cap. XL). — Y lúe-* 
a»go se añade en el XLIII: «Todo lo que más desto en el libro primero se dice 
a» de los amores de Amadís et dcsta hermosa rey na, fué acrecentado (como 
»ya se os dlxo), y por como supérfluo y vano se dexara de recontar, pues 
a»que no hace al caso: antes esto no verdadero contradiría y dañaría lo 
•que con más razón aquesta grande historia adelante os contará.» Es pues 
evidente que Montalvo, conoció una redacción en que habia intervenido don 
Alfonso de Portugal, acaso la atribuida á Lobeira; pero también lo parece 
que hubo de tener noticia de otra^ donde se conservaba más fielmente el ca- 
rácter caballeresco de Amadís, que reconocia por base capital la fidelidad de 
sus amores respecto de uriana; pues sólo con este conocimiento podia recha- 
zar como contradictorio, supéñuo y vano, el episodio de los amores de la 
niña Briolanja, ingerido en la versión portuguesa. Nótese además cuanto 
observamos en el texto respecto de este punto. 



!l/ PARTE, CAP. II. PR1M. MON. CAST. DE LA Llt. CAD. 95 

tos del siglo 'XVI no oscurecen ni desnaturalizan del todo las 
peregrinas facciones del héroe creado por ia imaginación de 
la edad-media, ni el atildamiento exterior que recibe entonces 
el habla castellana , ilegada á su mayor altura, es bastante 
á borrar del Amadís el* sello de otros tiempos, lo cual le ha 
ganado la estimación de los doctos, considerándole como uno 
de los más respetables monumentos en la historia de nuestra 
lengua *. 

Pero el mayor precio de la de Amadís de Gaula consiste, se- 
gún habrán juzgado ya los lectores, en su relación con los de- 
mas libros caballerescos del siglo XIV y en el instante en que 
aparece. Hija de aquella noble aspiración que en todas las civi- 
lizaciones conduce al arte desde la simple imitación á una tran- 
siccion espontánea y de esta á un estado de propiedad y de na- 
tural engrandecimiento, hace patente á las miradas de la critica 
que no sólo se babia obrado la transformación del arte en el sen- 
tido que mostramos en el capitulo precedente, sino que prosi- 
guiendo por la misma via, aspiró éste muy luego á tener vida y 
representación, logrando la única originalidad que le consentia 
el círculo en que se desarrollaba. La poesía^ guia y maestra en 
toda suerte de progreso intelectual, dá el primer paso, indican- 
do el camino que debia seguir Isl novela caballeresca, sometién- 
dola al fin intencional y práctico que habia procurado realizar 



1 £1 renombrado Juan de Valdés en su Diálogo de las LenguaSf no so- 
lamente lo considera como á los refranes, cual monumento de gran precio 
en la historia del habla castellana, sino que declara terminantemente tque 
deben leerla todos los que quieran aprender nuestra lengua» (Mayans Orí- 
genes de la leng. cast», i. U, pág. 163). «Espejo de la gramática española 
y modelo del decir» fué también apeUidado '(ed. de Venecia, 1533) durante 
el siglo de oro de nuestra literatura; elogio que no ha desmerecido después, 
y confirmó la Real Academia de la Lengua, designándole como una de las 
autoridades de su gran Diccionario. Justo es decir que el aplauso de los 
doctos coloca á Montalvo entre los primeros hablistas» ya que no podamos 
adjudicarle la gloría que concedió Torcuato Tasso al autor primitivo del 
Amadis, declarando que era esta historia la más hermosa y útil de cuantas 
existían en su clase (Apol, deüa Gierusal. Liber.). Ginguené y otros escríto- 
res modernos la califican de brillante é interesante fábula. 



96 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAfÜOLA. 

hasta aquella sazón el apólogo ^ Las versiones, ó mejor dichOy 
las refundiciones de los libros bretones. y carlowingíos y aun de 
aquella tercer raza de caballeros, que personiQca el valerosísi- 
mo esmere en el Fermoso cuento del emperador QUas^ indican 
que el anhelo de la posesión cunde y s% generaliza, como se ex- 
tiende y arraiga entre los eruditos el afán de nuevas conquistas 
literaiías, y preparan el terreno á más propio cultivo. La apari-> 
cion del Amadü de Gaula^ obra levantada con los despojos de 
extraños monumentos, trabados entre si con los lazos de las 
creencias y de las costumbres de nuestros mayores, flja por 
último el momento de aquella singular aspiración; fenómeno 
que precipita el estado político de la Península Ibérica y favore- 
cen al par el desarrollo, á que había llegado fuera la literato-' 
ra caballeresca ^ y los notabilísimos progresos hechos por la 
española. 



1 Véase éí tomo anterior, eii <}ue estudiamos el completo desarrollo de 
e^ta fbrma; 

2 Digno es de íiolárse que al propio tiempo que recibía incremento en 
niiesthi literatura la idea romancesca, representada por los libros de caba- 
ileríasy trascendía también á otras naciones, toniando cuerpo en la italiana 
con repetidas traducciones, consideradas hoy como otros tantos monumen-> 
tos de aqueUa rica lengua. Tales son / Reali di Francia , Bouvo d*Antonaf 
la Spagna y la Regina Áncroja, libros en que se emplean las formas, de pren- 
sa y metro, y que en sentir de respetados historiadores pertenecen á la pri- 
mera mitad del siglo XIY. Mediado ya este, reciben cierta consagración eru- 
dita todas estas ficciones con la autoridad que l&s comunica Juan de Boccia- 
cio, al escribir El FHocopo, El Constante y la Fiammeta, preparando así la 
época de los Pulci y los Bello, precursora de la taás gloriosa de Boyardo 
y de Ariosto. Conveniente nos parece advertir que al estudiar estos poemas, 
hallamos frecuentes rasgos que pudieron ser imitados del libro de AmadiSi 
si ya no reconocen el mismo 6rígen. Pulci, por ejemplo, en su Morgaate 
Maggiore y Boyardo en su Orlando ¡namorato hacen pelear á Roldan y 
Reinaldo, que se hallan fortuitamente en medio de sus aventuras : en el pri- 
mer caso se separan, conociéndose; en el segundo se interpone Angélica 
para libertar á Reinaldo, como liberta Urganda, la Desconocida, al Joven 
Galaor, cuando mide este sus armas con las incontrastables de Amadfs; 
siendo en uno y otro caso muy semejantes la situación y en el segundo idén- 
tica (Véase el cap. XXlí del líb. I, y en los poemas citados los cautos XXVII 
y XX). 



II.* PARTE, GAP. II. PRIH. MON. CAST. DE LA LIT. GAB. 97 

Que estos progresos no se limitan al mediar del siglo XIY k 
las ficciones de la caballería, queda ya asentado en el anterior 
capitulo: estudiemos, pues, en el siguiente la forma en que se 
insinúan en la esfera de las letras y las contradicciones que ex- 
perimentan en el tradicional respeto de los doctos. 



Tomo v. 



CAPITULO III. 

PROTEXTA DEL SENTIMIENTO NACIONAL 

CONTRA LA INNOVACIÓN ALEGÓRICA. 



Causas legitimas de esta manifestación. — ^Personificación de la misma 
por medio de la poesía — Pero López de A ya! a. — Su vida. — Su autori- 
dad en el Estado.— Sus obras literarias. — Sus traducciones. — Contradic- 
ción entre el Ájala erudito é historiador 7 el Ájala poeta. — Razón filo- 
sófica de este hecho. — Rimado del Palacio. — Protesta moral y literaria 
que encierra — Su examen expositivo. — Censura de las costumbres coe- 
táneas: — en el alto y bajo clero, en sus reyes, príncipes y magnates;— M3n 
las demás clases de la sociedad. — Circunstancias en que es escrito este 
angular poema. — Caracteres de sus formas artísticas y de lenguaje. — 
Las Crónico*. -^Imitación latina.— Imposibilidad de lograr cumplidp 
fruto de ella. — Dotes literarias' que distinguen á Ayala, como historia- 
dor. —Su predilección á la forma dramática, cual medio expositivo. — Al- 
gún ejemplo de pinturas directas. — Cultiva Pero López el estudio de 
las antigüedades genealógicas. — La Historia de su Linage. — Idea de la 
misma.— Escribe otras obras de recreación. — ^El Libro de Cetrería: su 
análisis. — Algunas muestras de su estilo. ^Consideraciones generales 
sobre la doble representación de Ajrala en la historia de las letras es- 
pañolas. — Resumen. 



Difícilmente se opera en la historia del arte cambio alguno que 
altere sustancial ni formalmente sus condiciones de existencia, 
sin que produzca desde luego legitima y enérgica pretexta. Esta 
ley, que tiene constante cumplimiento respecto de la política, la 
cual emplea repetidas veces las armas de la poesía, para lograr 



100 HISTORIA cniTICA DE LA LITERATURA ESPAfíOLA. 

el .fin indicado, era virtual y expresamente obedecida, mediando 
ya el siglo XIV, dentro de la esfera misma de las letras. Y no 
puede en verdad maravillarnos que esto sucediera: cuando do- 
minados por el incentivo de la novedad y deslumhrados por la 
riqueza de extrañas creaciones, se inclinan los espíritus vulga- 
res á la imitación, olvidando los propios tesoros ó teniendo en 
menos las producciones del ingenio nacional, — deber es de los 
varones generosos que fundan la gloria de la patria en sos he- 
roicos recuerdos y que rinden por tanto el tributo de su respeto 
á las obras de sus mayores, el arrimar los hombros al amena- 
zado edificio de las letras, por débil que sea la esperanza de con- 
jurar su ruina. * 

En dos sentidos diferentes comenzaba á realizarse, según de- 
jamos advertido, la indicada transformación del arte: en'el terre- 
no de las narraciones históricas, con la introducción, ya quilata- 
da por nosotros, de las ficciones caballerescas, que dotan ái la 
literatura castellana de las formas y del sentimiento de la novela; 
en el dominio de la poesía, con la preponderancia que logra la 
manifestación alegórica sobre todas las formas anteriormente 
cultivadas, avasallados los ingenios castellanos por los vivísimos 
resplandores que despedía desde las cumbres del pai*naso cris- 
tiano el sol de lo. Divina Commedia. Favorecidas por los aconte- 
cimientos de la política que hablan derrocado la dinastía de San- 
cho IV, con visible alteración de las costumbres, no hallaban l^s 
ficciones caballerescas notable contradicción en el suelo de Cas- 
tilla, conforme queda en el anterior capítulo demostrado: repug- 
nando tal vez á los que se habían criado en la escuela didácti- 
co-simbólica el fastuoso aparato de la alegoría; pareciéndoles 
sin duda excesivo el lujo de las formas artísticas de que aquella 
se reviste, vuelven los ojos á las antiguas producciones de Ja 
musa castellana, para contraponer su espíritu y su forma á la 
' innovación, preludiando así la peregrina lucha que dos siglos 
adelante sostienen los anti-petrarquistas, al rechazar la docta 
imitación de Garcilaso. 

Pero la expresada protexta no iba á ser apoyada por ingenios 
vulgares, ni formulada tampoco, como otras veces había suce- 
dido, en el retiro de la vida monástica. En la misma corté de 



11.* PAIUE, CAP. III. PUOTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓIl. 101 

Castilla, entre los más renombrados ingenios, que se preciaban 
de poseer las maravillas del arte alegórico, y por uno de los más 
respetados magnates y dignatarios del Estado era dada á luz 
la obra, en que aparecía consignada, no sieirdo posible en con- 
secuencia tenerla por desorientada y 'fortuita. Era el poeta Pero 
López de Ayala, gran Canciller de Castilla, é insigne historiador 
de cuatro diferentes reinados: intitulábase la producción indicada 
ñimado del PalaciOy poema que reflejando eficazmente la actua- 
lidad social y política de la nación, cumplía también á otros ele- 
vados fines del arte, revelándonos las aspiraciones internas del 
autor en la mayor parte de su larga vida. 

No careció esta en verdad de contradicciones é infortunios:' 
nacido en 1332, de ilustre familia alavesa, antes y después en- 
lazada con la regia estirpe de Aragón y de Castilla ^, heredó de 
su padre el amor á las letras que había de distinguirle entre sus 
coetáneos, acrecentándolo sin duda la ilustrada solicitud del car- 
denal don Pedro Gómez Barroso, su tío, cuya alta significación en 
la historia del arte dejamos ya oportunamente consignada*. Alec- 
cionado al par en la escuela de la caballería, de la suerte que nos 
ha mostrado la docta pluma de don Juan Manuel ^, llegaba Pero 
López al reinado de don Pedro, siendo recibido entre sus donce- 
les hasta 1354, en que le vemos contarse como tal en la casa del 
Infante don Fernando de Aragón, marqués de Tortosa *. Vol- 
viendo á poco al servicio del rey y levantadas en el reino las 



1 Los más autorizados gcnealogistas traen el origen de la casa de Aya- 
la del Infante don Vela de Aragón y del conde don RubiXi nieto de Alfon- 
so V de León, é hijo de la Infanta doña Jimena. De doña Inés de Ayala, 
hija de Fernán Pérez y hermana del Canciller mayor» desciende don Fer- 
nando Y, el Católico, heredando de ella los señoríos de Casarrubios y Arro- 
yomolinos con las casas de Toledo, que hoy son convento de Santa Isabel. 
Los entronques con la rama de Pero López de Ayala, han sido también 
puestos en claro por el entendido don Luis de Salazar en sus Glorias de la 
tasa Farnese (pág. 565 á la 599), 

2 Recuérdese el capítulo XIV de la II/ Parte, t. IV. 

3 Cap. XIII de la II.* Parte. 

4 Zurita, Enmiendas y Advertencias a la Crónica del Rey don Pedro, 
pág. 92. 



102 HISTORIA GRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

afrentosas revueltas que tienen cabo con el asesinato de Montiel, 
mantúvose fiel & sus banderas, señalándose en las guerras de 
Ar^on, como capitán de la flota que en 1359 corría los maíces de 
Talencia y Cataluña tson gran terror de sus puertos y estrago de 
sus armadas, y obteniendo «n pago de su acreditado valor el al- 
guacilazgo mayor de Toledo K 

Con la misma devoción prosiguió ai lado de aquel principe, 
de quien fuera siempre bien quisto, hasta que desconcertado por 
la súbita invasión del conde de Trastamara, que ayudado de los 
aventureros franceses, se aclamaba rey en Calahorra, huía don 
Pedro con desusado pavor de la capital de Castilla, poniendo los 
ojos en Inglaterra para buscar ayudadores. En aquel momento 
supremo, volvíanle la espalda sus más leales vasallos, y aun sus 
propios deudos, contándose entre los primeros Fernán Pérez dé 
Ayala y su hijo Pero López; extraña conducta que si puede te- 
ner disculpa respecto del último en el afecto y la obediencia filial, 
amenguaba entonces la fidelidad del caballero y ha comprometido 
la integridad del historiador en los siglos futuros *, 

Ya en el partido de don Enrique, era investido con las insig« 
nias de la orden de la Yanda y creado alférez mayor de la mis«- 



t Crónica del Rey don Pedro, año X, capíts. XI y XtV; ano XI.®, ca«- 
pítulo XXI. 

2 La declaración hecha por el niismo Ayala en el cap. IV del añe XVH.^ 
de la Crónica del Rey don Pedro de que al salir este prfncipe de Búrg^os el 
auo de 1366 iba en su compañía, destruye plenamente la afirmación de sA-m 
gunos escritores, relativa á.haber sido incluido en las listas de proscripción 
ó sentencias que dio don Pedro contra los prófugos y rebeldes de Almazan 
y Bubicrca en los años de 1359 y 1363. Ayala dice: tEt fueron con el rey 
»don Pedro estonce don Martin López de Córdoba^ maestre de Alcántara^ é 
j Iñigo López d^ Orozco, et Pero Gon9alez de Mendofa, et Pero Lopes de 
nAyala»^ etc. Y añade respecto de su padre: «Et vino á él don Ferrand Pe- 
»rcz de Ayala, el qual esfaua por su mandado en Castilfabit, que ganara el 
a»rey en Aragón» etc. Al terminar el capitulo, escribe estas significativas pa- 
labras, que revelan su conducta y la de su padre, al ver la perplejidad y 
aun el terror de don Pedro. c£t de tal guisa iban ya los fechos que todos los 
>m¿s que del se partían^ auian su acuerdo de non volver más á él.i Los 
dos Ayalas fueron en efecto de los más que de él se partieron, siendo vero- 
símil que no pasara a de Toledo cu esta ocasión. 



n.* J>ARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓU. 105 

•ma; y cuando auxiliado el rey doa.P^dro del Príncipe Negro, 
tornaba él pisar el suelo de Castilla y parecía decidirse á su favor 
on los campos de.Nájera aquella escandalosa contienda, llevaba 
Ayala en la pelea el respetado pendón de la expresada caballe- 
ría, teniendo la desgracia de caer prisionero en manos de los in- 
gleses, de donde sale meses adelante, merced al crecido rescate 
que daba por él su familia ^ Repuesto en tanto el de Trastamara, 
entrábase de nuevo en el reino, no reparando hasta la ciudad 
de Burgos, que le abría segunda vez las puertas y en la cual se 
le incorporaba Pero López; y partia con igual diligencia sobre 
Toledo y Sevilla, en cuyo camino le detiene, al comenzar el año 
1569, la mala estrella del rey don Pedro, que pone á los piós 
del bastardo de Alfonso XI el trono de Castilla y arrebata mise- 
rablemente la vida al legítimo soberano. Al desgarrar Enrique 
por segunda vez ^ el manto real, para repartirlo entre sus par^ 
cíales, tocaban á Pero López la Puebla de Arciniaga y la Torre 
del valle de Orozco, siéndole al par confirmada la posesión del 



1 £1 hecho de la prisión lo atestigua el mismo Ayala en los capítu- 
los IV y XII de la Crónica del rey don Pedro, año XVIII, bastando esta 
confesión para desvanecer el error de los que afirman que se retiró de la 
batalla con don Enrique (Rey don Pedro defendido, fól. 78). Que obtuvo la 
libertad por medio de un crecido rescate, lo probó ya don Nicolás Anto- ' 

• nio (Bibliotheca Vetus) y lo confirma el erudito Floranes (Vida litera- 
ria del Canciller mayor de CastiUa don Pero López de Ayala) : que no 
permaneció en la prisión hasta la muerte de don Pedro, como equivocada- 
mente dice Ticknor fJ^ist. de la lüer. esp,. I.* £p.% cap. IX), lo persuade 
la circunstancia de haber prestado á don Enrique en el mes de octubre 
de 1367 un señalado servicio en la ciudad de Burgos, según refiere él mis- 
mo en su Crónica Abreviada y comprobó Zurita en sus Enmiendas (pági- 
na 244). Está pues fuera de toda duda el aserto que en este lugar asenta- 
mos, no indiferente por cierto, al tratar de las obras poéticas de Ayala, se- 
gún después veremos. 

2 £1 primer reparto de las mercedes que han hecho famoso el reinado ^ 
de Enrique II, se hizo por éste, al coronarse rey en las Huelgas de Bur- 
gos en 1366. Véase el capítulo VII del año XVII de^la Crónica del rey 
don Pedro y se comprenderá hasta qué punto llegó, en especial con los ex- 
trangcros, esta funesta largueza. 



104 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

valle de Llodio, adquirido de doña Leonor de Guzman en 1349 * 
por Fernán Pérez de Ayala '. 

Ni se limitaron & estas las mercedes que recibió Ayala del 
rey don Enrique: recobrada en 1373 de los navarros la villa de 
Victoria, y habiéndose menester para su gobierno persona de au- 
toridad y discreción, nombrábale, entrado ya el año de 1374, al- 
calde mayor y merino de la misma, acreditándose Pero López en 
uno y otro cargo de recto juez y hábil repúblico. Muerta entre 
tanto su madre doña Elvira de Cevallos y abrazada por su padre 
la vida religiosa en la orden de predicadores, confirmábale don 
Enrique en el Estado de Ayala, mayorazgo fundado dos años 
antes por el citado don Fernán Pérez, elevándole al expirar el de 
1375 á la* alcaldía mayor de Toledo, dignidad grandemente am- 
bicionada en aquellos tiempos y vacante á la sazón- por muerte 
de don Gómez Manrique, primado de las Españas ^, Nuevo tes- 
timonio de distinción dábale después nombrándole de )su consejo 
y enviándole, como embajador suyo, á la corte del Rey de Aragón 
para concertar las diferencias que habian provocado el desafio 
de Juan Ramírez de Arellano; y tan á placer de ambos monarcas 
se hubo Ayala en el asunto que no sólo mereció los elogios del 
aragonés sino también el público aplauso de don Enrique, quien 
parecía vincular en sus hijos el amor que al alcalde mayor de 
Toledo profesaba ^ . 

No bien ascendido al trono, mostrábale don Juan I aquella 
predilección, confirmándole con mano liberal cuantas honras y^ 
donaciones habia obtenido de su padre, y nombrándole al propio 
tiempo juez mayor en el ruidoso pleito, largos años atrás susci- 
tado, sobre las encomiendas de abadía y monasterios. *. A 22 



1 Florancs, Vida literaria del Canciller mayor de Castilla, publicada 
por Salva y Baranda en los Documentos inéditos, t. XIX, página 104 y si-*» 
guientes. 

2 Salazar de Mendoza, Dignidades seculares, fól. 34 v. 

3 Fernán Pérez de Guzman afirmaba cd sus Generaciones et semblan^ 
gas que fué Ayala Idel Consejo de Enrique segundo, c muy amado del» 
(Cap..VIÍ). 

4 España sagrada, t. XVÍII^ pág. ISl, de la segunda edición. 



II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓR. 105 

de diciembre de 1380 dictaba Pero López de Ayala, en usion 
con los oidores Juan Martinez de Rojas, Alvar Martinez y Pedro 
Fernandez, sentencia definitiva, restableciendo l{i justicia; y tan 
pagado quedó el rey don Juan de este y los demás servicios de- 
bidos, á su lealtad é inteligencia, que en el siguiente año le otor- 
gaba por privilegió rodado la villa y aldeas de Salvatierra de 
Álava, autorizándole 'para instituir sucesores en la forma que 
más le agradase *. Pocos meses después le enviaba á Carlos VI 
de Francia, para ofrecerle su amistad; y hallándole Pero López 
ocupado en guerra contra ingleses y flamencos,, servíale tan efi- 
cazmente con su consejo en ia famosa batalla de Rosebeck que no 
sdio mereció la honra de que le nombrase su camarero, sino que 
le concedió durante su vida y la de su hijo mayor, Fernán Pérez 
de Ayala, mil francos de oro afnuales [1382]. 

Con tales distinciones y mercedes restituyóse á Castilla el 
alcaWe mayor de Toledo, creciendo por extremo su. reputación y 
autoridad en la corte, y recibiendo del rey don Juan nuevas se- 
ñales del afecto, con que siempre le había favorecido *. Pagábale 
Ayala, esmerándose en procurar el bien publico y el lustre de la 
corona, de que fué buena prueba el saludable consejo que en 1385 
daba á don Juan en Sevilla, inclinándole á mostrarse clemente 
con su inquieto hermano el conde de Gijon; consejo no menos 
digno de aplauso, por el fin político á que se dirijia que por la 
erudición histórica en que se fundaba, revelando ya al renom- 
brado cronista. Mas jpróximo estaba el momento e\i que debia 
acrisolar Pero López su lealtad y valor con uno de aquellos he- 



1 El privilegio referido está fechado a 22 de junio en la ciudad de Za- 
mora. 

2 La predilección de don Juan respecto de Ayala llegaba hasta la in- 
justicia: muerto en Lisboa de la epidemia que la aflige en 1384 un caba-. 
llcro castellano, llamado Ochoa de Muñatones, otoi'gaba el rey el monaste- 
rio de San Juan de Muguiz, San Román de Ciérbana, el puerto de San Martin 
de Somorrostro y otras posesiones que aquel tenia de la corona, á Pero 
López; pero oponiéndose á esta donación doña Mencia de la Casa, en nom- 
bre de doña Teresa Muñatones^ hija legítima del difunto, fué legalmente 
revocada. 



106 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAflOLA. 

chos que enaltecen la memoria de los guerreros de Castilla: de- 
terminado don Juan á tomar posesión de Portugal, cuya corona 
le disputaba el maestre de Avís, fundado más bien en el aplauso 
popular que en el propio derecho, tornaba en julio de 1385 á 
penetrar en aquel reino^ de donde le habia arrojado en el año 
anterior mortífera epidemia. 

Al mediar agosto se avistaban ambos ejércitos en los contor- 
nos de Aljúbarrota: solicitado por Ñuño Alvarez de Pereira, con- 
destable de Portugal, para tratar de un honesto avenimiento, hall<^ 
López de Ayala jocasion de reconocer la posición ventajosa que 
tenia el campo de los portugueses, y vuelto á los reales castella- 
nos, aconsejaba al rey que esquivase hasta la menor escaramiya 
en aquel lugar, si estimaba en algo su reputación y la salud de sus 
soldados *. Prudente pareció á los caudillos de madura expe- 
riencia el consejo: achacáronlo á temor los jóvenes, y trabada 
por ellos la pelea, hallaban en su derrota merecido castigo i. su 
vana é indiscreta jactancia. Mientras el rey don Juan, recibiendo 
el sacrificio que le hacia de su vida Pero González de Mendoza, 
salía del campo de batalla en el caballo de aquel héroe, — acosada 
por todas partes, cubierto de heridas y golpeado hasta el punto 
de perder dientes y muelas, caia Pero.Lopez de Ayala en poder 
de los enemigos, abrazado al pendón de la Yauda, no sin que, 
aun postradas sus fuerzas, les infundiese respeto. 

Quince meses le tuvieron cargado de hierros y en muy es- 
trecha y duH prisión en el castillo de Oviedes ^. La calidad de 



1 Al narrar Ayala este suceso, calla su nombre y el de otro caballera 
que le acompañó; pero en la Crónica del Condestable referido, consta que 
el y Dicg^o Alvarez fueron los dos caballeros que tuvieron la entrevista con 
Pereira. Los demás accidentes se refiere^ en la Crónica de don Juan I. 

2 Doh José Antonio Conde, en un Informe presentado á la Real Aca- 
demia de la Lengua sobre el Rimado del Palacio, afirmaba que Ayala es- 
tuvo preso en Portug^al por el espacio de treinta meses; pero sin alegar 
prueba que justifique dicho aserto. Seguimos en este punto al erudito Flo- 
ranes, quien observa que en 1366 fué Pero López padrino de pila del Ba- 
chiller Fernán Gómez de Cibdad-Real (Vida literaria, pág. 120), en cuyo 
caso no pudo permanecer en Oviedes los dos años y medio apuntados por 



Il/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 107 

SU persona, el no vulgar ejemplo de su valor y la misma predi- 
lección con que le distinguía el rey de Castilla, dificultaban gran- 
demente su rescate. Ajustado por último en treinta mil doblas 
de oro, pagaba doña Leonor de Guzman, su esposa, veinte mil 
en el acto de alcanzar la libertad, dejando en rehenes á. su pri- 
mogénito Fernán Pérez, mientras allegaba las restantes. Los re- 
yes de Francia y de Castilla, el maestre de Calatrava don Gon- 
zalo Nuñez de Guzman y otros caballeros principales del reino, 
apresuráronse entonces á contribuir con no despreciables sumas 
á desempeñar al alcalde mayor de Toledo; y restituido á su péi- 
tria y familia, en tanto que muerto ya su padre, tomaba posesión 
y ponia orden en todos sus estados, era investido por el rey 
don Juan con los cargos de copero y camarero mayor, manifes- 
tando el alta precio que daba á sus servicios ^ 

No fueron en verdad de escasa importancia los que le hacia 
después en el asunto de Lancaster, á quien era enviado una y 
otra vez, como embajador, hasta llevar á cabo los tratados que 
aseguraron la paz y concordia entre los descendientes del rey 
don Pedro y del bastardo don Enrique. Pero donde más brilla- 
ron la fidelidad que debia á la corona y la nobleza de su carácter 
fué sin duda en las Cortes de Guadalajara [1390]: empeñado don 
Juan "en apellidarse rey de Portugal, babia ideado el descabella- 



Coudc. — Ticknor observa por el contrario que este segundo cautiverio no 
fue tan largo ni tan penoso como el que sufrió en Ing-iatcrra {fíist. de la 
lü. esp., £p. l.^f cap. IX), sobre lo cual deben verse las notas oportunas 
del presente q^ipitulo. Ayala estuvo en una jaula de hierro, según dice el 
mismo en la Historia de su casa, observando que murió su padre «se- 
yendo absenté su fijo Pero López é metido en jaula de hierro en Alju- 
barrota». 

1 Salazar, Advertencias Históricas, pág. 113. Sobre la forma del res- 
cate observa Conde que itse ajustó en treinta mil doblas de oro y fué por él 
•[Ayala] su mujer, que pagó de contado las veinte mil, dejando en rehe- 
»nes por el resto á su hijo mayor Hernán Pérez: las cuales diez mil doblas 
•del resto (prosigue) pagó el rey don Juan I de Castilla y el rey de Fran- 
»cia dio diez mil francos de oro, co retribuyendo para dicho rescate don Gon- 
•zalo Nuficz de Guzman, maestre de Calatrava, primo de doña Leonor, y 
• otros grandes señores». 



108 HISTORIA GtTICA DE LA LITERATURA ESPAJtOLA. 

do proyecto de abdicar en su hijo don Enrique el reino de Cas- 
tilla, reservándose los de Andalucía y Murcia con el Señorío 
de Vizcaya. Juzgaba así que, aplacados los portugueses, para 
quienes la posibilidad de unirse en una sola cabeza ambas coro- 
nas, habia sido pretexto á la rebelión, abandonarían luego la 
causa del de Avís, declarándosele sus vasallos. Comunicado el 
pensamiento al consejo, alzábase entre todos Pero López de Aya- 
la; y posponiendo toda lisonja, con entereza digna de quien me- 
dia de una sola ojeada todos los desastres que habia de acarrear 
tan menguado intento, con aquella seguridad de quien tenia en 
la historia repetidos y elocuentes ejemplos de lo que eran y 
significaban semejantes desmembraciones, desaprobó en un dis- 
curso, lleno de grandes máximas políticas y morales, las trazas 
poco felices del rey, quien tomando primero á irreverencia la li- 
bertad de Ayala y deponiendo después su infundado enojo, pe- 
díale perdón de haber dudado de su fidelidad y olvidaba al par su 
descabellada empresa. 

La desastrada muerte de este principe «que ovo siempre en 
•sus fechos muy pequeña ventura», llamaba á Pero López por 
voto de las Cortes de Madrid á intervenir más directamente en 
la gobernación del Estado, formando parte del consejo de regen- 
cia, durante la minoridad de Enrique IIL En 1392 ajustaba* tre- 
guas con Portugal, auxiliado al efecto del obispo de Sigüenza^y 
del doctor Antón Sánchez: determinado el rey en el siguiente á 
tomar sobre sí el peso de la república, retirábase Ayala á sus 
posesiones de Alavac, para descansar en el seno de su familia y 
en la dulce paz de las letras de las inquietudes de la cortea Cua- 
tro años vivió en sus Estados, dando repetidos testimonios de la 
piedad que le animaba *: é investido en el de 1498 con el título de 
Canciller mayor de Castilla, cargo de que era exonerado el arzo- 
bispo de Santiago, don Juan García Manrique, tornaba á la corte. 



t En 1396 dotó á la iglesia de Sa<i Juan de Quijana del retablo ma^ 
yor y frontales del mismo, según consta de la inscripción que mandó poner, 
ya terminados, siguiendo el ejemplo de su padre. De otras obras pias dejó 
también testimonio en la historia de su casa. • 



II.* PARTE, CAP. 111. PHOTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 109 

logrando al par que sus hijos Fernán Pérez y Pedro López fue- 
sen honrados por el rey con ios empleos de merino mayor de 
Guipúzcoa y alcalde mayor de Toledo, cargo que él había hasta 
entcmcejs, por si ó por sus tenientes, desempeñado ^. Con general 
aplauso y autoridad sirvió Ayala la cancillería mayor del reino, 
de cuyas tarcas se desquitaba con el cultivo de las letras, du-^ 
rante el estío, en el monasterio de San Miguel del Monte, retiro 
agradable cercano & Miranda de Ebro, en que habia labrado có- 
modas habitaciones al intento ^. Aquejado de continuas dolen- 
cias, pasaba de esta vida el rey don Enrique el 25 de diciembre 
de 1406, dando al morir inequívocas pruebas de la estimación^ 
con que veía á Pero López; y ya fuese que este se sobrecojiera al 



1 El M. Santótis en la Vida de don Pablo de Santa Mafia, que prc" 
cede á la edición del Scruiinium Scripturarum (Burgos, 1591, págri- 
na 36) apuntó que ejerció Ayala la cancillería mayor durante el reinado 
de don Juan I: T4knor, yendo más adelante, asegura que obtuvo este ele^ 
vado cargó bajo Enrique II (Ut supra) Habiendo probado el erudito don 
Luís de Salazar en su Historia de la casa de Lara (t. I, lib. V) que Maria- 
na, Argote de Molina y Gil González Dávila anticiparon el desnaturamien' 
to del arzobispo don Juan García Manrique por término de dos años, y 
constando por privilegios irrecusables que ejerció el arzobispo la cancille- 
ría hasta 20 de Mayo de 139S^ en que autorizó con su firma la confirma- 
ción que hizo don Enrique TU al conde don Enrique Manuel de las villas de 
Monte Alegre y Meneses, no hay arbitrio humano para poner antes de esta 
fecha el nombramiento de Ayala. Pero lo notable de todo, y lo que prueba 
que Santótis y Ticknor procedieron sin conocimiento de causa, es que al 
narrar Pero López en el cap. III del año XIV de la Crónica de Enrique II 
la muerte de este príncipe, no sólo cita, como, presente á tal suceso, á don 
Juan Garcia Manrique, obispo á la sazón de Sigüenza, Canciller mayor de 
Castilla^ sino que pone en su boca las siguientes palabras, dirigidas al rey: 
Señor ¿en qué logar uos mandades enterrar?... Et dixo : — En la mi capilla 
que fi(;e en Toledo», etc. — ¿Sabria Ayala si habia ó no recibido en 1379 la 
dignidad que en todo el reinado de don iuan I ejerció Manrique y que sólo 
perdió por su voluntario destierro de Castilla?... En cuanto al nombramien- 
to de los hijos de Ayala para los cargos que él desempeñaba, consta por 
los capítulos de las paces ajustadas en 1402 con Portugal, en que figuran ya 
con los títulos indicados en el texto. 

2 Sigüenza, Historia de la Orden de San Gerónimo, t. lí, pá- 
gina 175. 



lio HISTOniA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPACIÓLA. 

recibir semejanto noticia, ya que le agobiaran sus antiguos pa- 
decimientos y sus años, murió pocos meses después, k la edad de 
setenta y cinco, en la ciudad de Calaliorra, siendo sepultado en 
el monasterio de Quijana, fundación de sus padres *. 

Tal es el compendio que nos es dado hacer de la vida del 
Gran Canciller de Castilla. Imposible parece en verdad que en 
medio de tantas guerras y revueltas, cargado de tantas y tan 
altas obligaciones, tuviese tiempo y placer para consagrarse al 
cultivo de las letras con la afición y perseverancia que revelan 
todos sus escritos. Pero estas cualidades raras en todos tiempos, 
caraterizan de continuo á nuestros más esclarecidos ingenios de 
la edad-media; y asi como hemos admiradora actividad prodi- 
giosa del Rey Sabio, asi como apenas hemos podido dar crédito & 
la historia, al ponernos esta de relieve la inteligente y fecunda 
laboriosidad de don Juan Manuel, asi también nos sorprenden la 
devoción y anhelo, con que Pero López de Ayala rinde el tributo 
de su talento en aras de la ilustración de su patria, distinguién-' 
dose al par como poeta y filósofo, como historiador y moralista. 
«Por avisar é ennoblecer la gente ó nación de Castilla (escribía 
»uno de sus sucesores) fizo romanzar de latin en el lenguaje cas- 
«tellano algunas corónicas y estorias que nunca antes del fueron 
•vista ni conosgidas en Castilla» *. A todas las fuentes que re^- 
conocia la erudición de aquella edad, llegaba en efecto Pero Ló- 
pez de Ayala para dar cabo á tan generoso intento: respetando la 
tradiccion de los estudios latino-eclesiásticos, traia al habla vul*^ 
gar el libro del Sumo Bien de Isidoro de Sevilla ^, sacaba de 

1 Floranes se inclina á creer que el faUecimicnto de Ayala fué antes 
del 16 de abril, en que aparece ya como Canciller mayor de Castilla, don 
Pabló de Santa María, firmando como tal la cédula expedida en Scgovia^ 
para que los arrendadores de las rentas reales no pusiesen gpuardas á la 
ciudad de Burgos (Salazar, Cttsa de Lara, 1. 1, pág. 416). £1 hecho no ad- 
mite duda, 

2 Don Pedro López de Ayala, su nieto, que en 1442 escribió una Re-' 
loción Fidelísima del linage de Ayala, 

3 De esta peregrina traducción existe en la Biblioteca del Escorial un 
precioso códice en folio con la marca T. ij, 19, de letra del siglo XV y, 
exornado de rubricas é iniciales de colores. Compónese de 109 folios, en 
que se Icen hasta ciento cuarenta capítulos, que encierran los tres libros 



II.* PARTE, CAt>. IH. PROYEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. Hl 

los Morales dé Job, debidos á Gregorio Magno, preciado rami- 
llete de flores y sentencias ^ , y hacia castellana la aplaudida 



De Summo Bono ó de Sententiis, como comprueban simplemente los epí- 
grafes del primero y del último. San Isidoro dijo en el libro I.^: Quod Deus 
summus et incommutabüis.sitf y terminaba con el siguiente del 3.er li- 
bro: J)e metu mortis. Con aquella libertad característica de los traductores 
de la edad-media escribía A y ala: Cap. í. Del soberano bien: Cap. CXL. De 
la sallida deste mundo. Comparados unos 7 otros capítulos, resulta que 
Ayala embebió tres del original en los ciento cuarenta de su versión: Esta 
empieza: «Soberano bien Dios es, ca es syn mudamiento et syn corrompi- 
»miento ninguno» etc. Y acaba: «Aquellos non debemos llorar que el pa- 
»rayso con grand alegría los rrescibe en sy . Explicit Isidorus de Summo Bo- 
»no. Deo gratias.» Ni don Nicolás Antonio ni Pérez Bayer conocieron este 
códice (Vid, Bibl. Vet., lib. X,cap. I). 

1 En la citada Biblioteca Escurialcnsc se custodia bajo la mar- 
ca b. ij. X un códice en folio, escrito en papel, de hermosa letra del si- 
glo XV, con las rúbricas y las iniciales dt encarnado. Consta de 105 fojas 
y en la primera se lee: Flores de Morales de Job; é es una colección de 
sentencias, entresacadas de los mismos Morales de san Gregorio é pues- 
tas en castellano por don Pero Lopes de Ayala. Conforme á esta declara- 
ción^ na debe la obra de Ayala confundirse con otras traducciones mis com- 
pletas de los Morales de San Gregorio , hechas asimismo en la edad- 
media y tal vez posteriores á la de Ayala, según el testimonio de Fernán 
Pérez de Guzman (Generaciones é semblanzas, cap. Vil). De estas versiones 
de los Morales hay en el Escorial hasta seis diversos MSS., señala- 
dos b. ij. 6-; b. ij. 8-; b. ij. 10-; b. ij. 11-; b. ij. 12, y b. j. S.^L^a Flo- 
res de Ayala comienzan de este modo: «Este libro es llamado Flores de 
*los Morales de Job, que son dichos de muchos buenos enxemplos et de 
» buenas doctrinas para bien biuir cspiritualmcnte et moral et onesta-* 
«mente.» Y termina: «Non tan solamente para guardar la salud que 
•tenemos, tomamos melesinas; mas aun las tomamos, porque la salud 
•que ya tenemos cobrada, non la perdamos.» — Acabadas las Flores de loa 
Morales, se lee una breve selección de Dichos de Sabios (fól. 103 al 105), 
tomada de las más numerosas que dos siglos antes^ cual ya saben los lec- 
tores^ comenzaron á ser conocidas en lengua castellana. En la última foja 
está finalmente, puesto asimismo en lengua vulgar el elogio de los mis- 
mos Morales, debido á' Domingo Brixiente. Tampoco tuvieron conocimiento 
de este MS. don Nicolás Antonio ni su erudito anotador. Debe advertirse 
que casi ai propio tiempo que hacia el Canciller esta selección de los Mo^ 
rales, los ponía en lengua toscana el florentino Zanobi da Strada, circuns- 
tancia que prueba el grande aplauso que alcanzó aquella obra de San Gre- 
gorio en la edad-media (Ginguenc, Ilist. Lüt. d^Italie, t. III, pág. 16S). 



112 HISTORIA CatTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

visión de Severino Boecio ^ : levantando sus miradas & la anti-^ 
güedad cl^isica, aspiraba á. hacer familiares entre los' eruditos de 
Castilla las décadas de Tito Livio hasta aquel tiempo descubier- 
tas *: admirando por último los esfuerzos que desde el siglo 



1 En la preciosa Biblioteca del Marqués de Santillana, que dimos á 
eonocet en la edición de sus Obras (págs. 191 y siguientes) y hoy existe 
unida á la del señor duque de Osuna, se guarda un códice fól. menor pa- 
pel, escrito á una sola columpia, con glosas marginales y la marca Plut. V, 
lit. N. núm. 29, cuyo título es el siguiente: Libro *de la Consolación de 
Boecio romanOf et comienza una carta de Ruy López Dávahs tU que lo 
romangó. No consta el nombre ; pero considerando el lenguaje respetuoso 
que emplea el favorito de Enrique III, al decir: «Pensé con singular afec- 
»tion rogar á vos que trabajasedes en traer á nuestra lengua vulgar la Con- 
9S0laQÍon del sancto doctor Severino, que por nombre propio es llamado 
«Boecio» etc.; y teniendo presente que á ninguno de sus coetáneos convenia 
tanto como al Canciller mayor deCastilla, cuya autoridad en aquella corte 
ya conocemos, hay razón para creer que es esta la traducción de Ayala 
hasta ahora reputada como perdida. Conveniente parece observar que^ es 
muy distinta de otra hecha anteriormente, de la cual de^ia el Condestable 
López Davales: «Como quier que yo hé leydo este libro romanzado por el 
•famoso m^iestro Nicolás, non es de mí entendido ansy como quería: et creo 
•que sea este por falta de mi ingenio é aun pienso fascrme algún estorbo 
«estar mezclado el testo con glosas^ lo qual me trae una grant cscuri- 
»dat». — Sin duda^hablaba de la versión de Fray Nicolás de Treveth, deque 
hay un ejemplar en la Bibl. Escur., cód. h. ij, 16, el cual encierra hasta 
el folio 74, en que principia el libro de Boecio, la Vida de San Gerónimo» 
sacada de la de Ensebio. La versión, en que figura Ruy López Davales^ 
está hecha verso á verso, y no ha sido examinada hasta nuestros dias por 
ningún bibliógrafo. 

2 De las decadas de Tito Livio hemos reconocido varios códices: cinco 
en la Biblioteca del Escorial y dos en la del señor duqtie de Osuna. Están 
unos y otros en fól. mayor, y encierran sólo la I.*, II.* y IV.* Década^ re- 
pitiéndose^ ^bre todo en los MSS. de Osuna, algunos libros. Los códices del 
Escorial tienen la marca g-j.-l y 2.-g-j.l0, 11 y 12: los de Osuna Plut. II, 
lit. N, n.° 4 y 5. — Según nos advierte Ayala, hizo esta versión por mandato 
de Enrique III, nombrado ya su Canciller mayor [139S á 1406]: «Me man- 
ndastes (dice) que trasladasse un libro que es escripto por un Istoriador an- 
vtigo et famoso, del qual fac^ mención San Hierónimo en el prólogo de la 
«Biblia, loando la su alta manera de fablar, el cual es llamado Tüus Li'- 
liVius^ Et plógovos que lo tornase en el linguage de Castiella; el qual eslava 
»en latin por bocávulos ignotos et oscuros». — Por manifestación del mismo 



II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 113 

anterior hacían los más claros varones de Italia por restablecer 
en la memoria de las gentes el recuerdo histórico del antiguo 
mundo, repetía la traducción de la Historia Troyana de Guido 
de Colonna, y enriquecía la. patria literatura con el libro de la 
Caida de- Príncipes de Juan de Bóccacío ^ 



CancUler^ se sabe que tuvo presente jara su trabajo la versión que pocos 
años antes hizo á lengua francesa, por mandato del rey Juan el benedic- 
tino Pedro Bereheur ó Berchoire (Berchorius ó Berthorius). Los códices de 
Osuna fueron trasladados de otros más antiguos por disposición del marqués 
de Santillana (V. sus Obras, pág. 620); los del Escorial fueron escritos por 
los pendolistas Benito de Salamanca y Pedro de Burgos, en los años de 
1453. — Parécenos bien advertir aquí que ha sido también atribuida á Aya la 
una traducción de Valerio Máximo; pero sin dar razón alguna del códice 
que la debió contener, y que nosotros tampoco hemos hallado, por más 
grande que ha sido nuestra diligencia. 

1 La Caida de Principes se dio á luz en Sevilla en 1495 por Menardo 
Ungut Alemán y LanQalao Polono, con este título: Juan Bocado. Caida 
de Principes, traducida de latin al castellano por don Pedro López de 
Ayala y continuada por don Alfonso- Garda (Méndez, Typographia esp,^, 
pág. 200). En éfeCto, el Canciller Ayala tradujo solamente los ocho pri- 
ineros libros De ccíssibus virorum et foeminarum üliistrium «fasta la mei- 
>tad del capítulo que fabla del rey Artús de Ingalaterra, que es dichar Gran 
jiBretaña é de Mordercte, su fijo». «Dende en adelante (prosigue Juan Alfon- 
so de Zamora, secretario de don Juan II) romanzó el dicho Dean [don Al- 
fonso García de Sania María ó de Cartagena], él diciendo é yo escribien- 
do» (Prólogo á dicha edición). Por manera que los dos últimos libros per- 
tenecen á este famosísimo converso, de quien más largamente hablaremos en 
lugar oportuno. De la Caida de Pripdpes hemos examinado varios MSS.: 
los principales son, el señalado en la Bibl. del Escorial e^ iij« 7 y el 
más completo que perteneció á la librería de don Manuel Martínez Vasco- 
fiaita, procedente de la casa de los Palomeques, y que posee^ cuando esto 
escribimos^ don Blas Hernández, del comercio de libros de Toledo. Este 
precioso códice, puestas ya las rúbricas de los capítulos, empieza: «Muchas 
veces et por muy luengo tiempo fué mi estudio et mi trabajo por faser algu- 
nas obras et las escribir, por que fuesen á bien et á proyccho de la repúbli- 
ca» etc. Por el del Escorial consta que se «acabó de romanzar» el 30 de 
setiembre 1422. Le faltan algunos folios al principio y al fin. Respecto de 
la Crónica Troyana debe recordarse nuestro cap. XIK de la 11.^ Parte» 
T. IV^ resultando de todo lo expuesto que no es esta una de las obras que por 
Vez primera trajo Ayala al idioma de Castilla. No se olvide no obstante 

Tomo v. 8 



114 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA- ESPAflOLA. 

Notable era bajo tan varios aspectos el anhelo con que acudia 
López de Ayala h segundar el movimiento literario, iniciado ya 
en tiempos anteriores, llegando al punto de merecer el titulo de 
innovador, con relación h los estudios históricos, y siendo digno 
de singular alabanza por la solicitud con que procuró poseer las 
m&s celebradas producciones de los ingenios que florecian en 
otros pueblos. Su reputación estendida entre los renombrados 
varones de Italia hasta el punto de hacerle partícipe, & poco de 
darse & luz, de las obras más aplaudidas, hacíale acepto & los 
ojos del Pontífice romano, quien no esquiva el dirijirle amistosa 
y docta correspondencia ^. Y sin embargo este jnagnate que 
así recibia la luz del progreso intelectual y que acaso más que 
ningún otro escritor de su tiempo se inclinaba 4 seguir las hue- 
llas de sus coetáneos, Petrarca y Boccacio, en la noble empresa 
del Renacimiento, negábase á formar coro con los admiradores 
del Dante, rechazando como cultivador de las musas castellanas^ 
las pintorescas ficciones del arte alegórico, que cobraba en su 
tiempo extraordinaria preponderancia entre los vates españoles. 

¿Cuál podia ser la causa de tan peregrina contradicción entre 
el Pero López de Ayala erudito é historiador, y el Pero López de 
Ayala poeta?.. Fijando nuestras miradas en el carácter del gran 
Canciller de Castilla, tal como le retratan los escritores de su épo* 
ca, y reparando en que si bien era de «dulce condición» y trato, 
pagábase de ser hombre «de grand consciencia» y temeroso de 
Dios, prefiriendo en sus estudios la filosofía moral y mostrando 



que la Crónica Troyana fué de grande efecto en orden al desarroUo de las 
ideas cabaUerescas y no insigrnificante respecto de los estudios de la histo- 
ria antigua. Nosotros no podemos decir con Ttcknor que el Canciller perdió 
el tiempo empleado en tales trabajos. 

1 Entre las preciosidades que enriquecen la Biblioteca Toletana, existe 
un volumen con el titulo de Petri Blesii Epistolaet en el cual se leen varias 
cartas de Clemente Vil á los Reyes de Castilla y entre ellas una dirigida á 
Pero López de Ayala, altamente satisfactoria para este magnate, cuya ilus- 
tración y talento reconoce y elogia el Pontífice. De e^la epístola se hace 
mención en un curioso MS., intitulado: Memorial de los, libros de Toledo, 
obra del siglo XVI y conservado en la Biblioteca de Escorial, L. j. 13, fo- 
lio 113. 



n/ PARTE, GAP. III. PROTfiXTA CONTRA LA INX. ALEGÓR. 115 

«grand discreQíon en la práctica del mundo» ^, no podrá en 
modo alguno causarnos maravilla que hermanados en él carácter^ 
piedad y ciencia, diese constantemente & sus ideas cierta gra- 
vedad y trascendencia, aspirando á fin útil é inmediato en todas 
sus aplicaciones. Brindábale grandemente á ello el estado uni- 
versal de las costumbres y- muy en especial el que presentaba 
Castilla, agitada pof intestinos disturbios y contagiadas con todos 
los vicios las clases de aquella sociedad mal regida. La rectitud 
de sus intenciones y el deseo del bien común, le movian á pro- 
curar la enmienda, señalando á sus compatriotas el camino de 
la virtud : poseia ya de antiguo la literatura castellana las for- 
mas didácticas que al mediar el siglo XIV hábian llegado á su 
mayor desarrollo; ofrecíale también la métrica española no des- 
preciables ejemplos en los más autorizados poetas, entre quienes 
brillaba con igual propósito el renombrado Archipreste de Bita; y 
convencido sin duda de que para obrar el bien no habia menester 
renunciar á su propia nacionalidad poética, decidíase Pero López 
de Ayala á favor de la tradiccion literaria de nuestro primitivo 
parnaso, buscando tal vez en lo respetable de las formas nueva 
autoridad á sus versos^ que aparecían por tanto contrapuestos á 
los escritos á la sazón por todos los trovadores castellanos. 

Por tal senda llegaba pues el Canciller mayoí* á formular la 
doble protesta moral y literaria que encierra el Rimado del Pala- 
ciOy poema de muchos citado, de muy pocos leído y de ninguno 
examinado bajo las relaciones criticas y filosóficas en que hoy lo 
consideramos *. Alfonso X, Sancho IV, el esclarecido Cardenal 



1 Fernán Pérez de Guzman Generaciones et Semblanzas cap. Vil. 

2 Los traductores de Bouterweck publicaron desde la pág. 13S del único 
ifolúmen que dieron á luz numerosos extractos del Rimado del Palacio; 
^ro Sin exponer juicio nlg'uno sobre el mismo. Don Nicolás Antonio, Velaz- 
quez, Sarmiento^ Sánchez, Quintana^ Gil y Zarate, Lafuente, Sismondi, 
Viardot, Puibusque, Ticknor, Ciarás, Lemcke y otros muchos escritores na- 
cionales y extranjeros, manifestando unos no haber conocido el libro del 
Canciller y formando otros más ó menos aceptables juicios, tampoco han 
llegado á ^ar la que en nuestro concepto debe considerarse como verdade- 
ra representación de López de Ayala en el parnaso castellano. En esta dtfí- 



116 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Barroso, tio, cual sabemos, del mismo Ayala, el príncipe don Juan 
Manuel, Juan Ruiz y tantos otros cultivadores del arte didáctico- 
simbólico, como dejamos ya estudiados, le ministraban abundante 
y luminosa doctrina: Gonzalo de Berceo y cuantos poetias le imi- 
taron, al consagrar la quaderna via á los cantos de la musa he- 
róico-erudita, le mostraban en sus producciones una forma ar- 
tística grave, severa, cual convenia á lo trascendental y sobrio 
del intento á que aspiraba; y con tal devoción y respeto siguió 
las huellas de unos y otros, empeñado en dar cima al pensa- 
miento social y político, generador del Rimado del Palacio, que 
no sólo merece ser inscrito por tal concepto entre los sucesores 
del Rey Sabio, sino que debe también ser reputado como el ul- 
timo discípulo de la escuela poética, que hacen famosa los libros 
de ApoloniOy Alexandre y Fernán González, y cuyo decadente 
imperio habia procurado sostener en la primera mitad del siglo 
el ya recordado Archipreste de Hita. Al comenzar Pero López su 
poema, confesaba y aiin hacía alarde da esta filiación, diciendo: 

1 En el nombre de Dios | que es uno Trinidati 
Padre, fijo et espíritu | sancto en simple unidat, 
Eguales en la gloria | eternal maiestat, 
£t los tres ayuntados | en la divinidat, etc. i . 

Personificadas en el Gran Canciller la protesta de la moral y 
la protesta del arte, cumplíale desarrollar la idea que le inspira 
el Rimado del Palacio, bajo muy diversos sentidos. No era sólo 
el cáncer de la política la plaga que infestaba el cuerpo del Es- 



cil tarea entramos con la desconfianza de lograr cumplido acierto : mas con 
la evidencia de que el Rimado del Palacio, digno ¿c maduro estudio bajo 
diversas fases, no ha sido aun debidamente quilatado. 

1 Esta y las once estrofas sig-uientes faltan en el códice de la Biblioteca 
del Escorial que describiremos adelante. La tomamos de la copia que man- 
dó hacer en el pasado siglo la Real Academia Española del códice que po- 
seía el conde de Campo Alan ge, cuyo examen debimos á la bondad del 
llorado académico, nuestro difunto amigo, don José de la Revela. Véanse 
respecto de las invocaciones los cap. V, VI, VII y XVI de la II.* Parte. 



11.' PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA JNN. ALEGÓR. 117 

lado: olvidados á un tiempo sus deberes por los que debían diri- 
jir las conciencias y los que gobernaban los pueblos, cualquiera 
que fuese su gferarquía; pervertidas todas las nociones de la jus- 
ticia y de la virtud, ^sí entre las clases elevadas como entre las 
humildes, fonoso era á Pero López de Ayala asentar igualmente 
sus tiros contra todos los vicios, sin que pudieran/ embotar sus 
aceroa ni la magestad, ni el poder, pi- las riquezas, bajo cuyo 
manto se cobijaban. Contraída esta obligación, que bacian más 
sagrada la reconocida dignidad del poeta y su alta posición en la 
corte, armábase de tan extraordinaria energía que, haciendo pa- 
lidecer las sentidas quejas de Rabí don Sem Tob y oscureciendo 
los picantes cuadros de la Danza de la Muerte^ tendríamos hoy 
por inverosímiles muchos de los trazados por su indignada musa, 
á no servirnos de fiadores la misma verdad de la historia y la 
creciente reputación que logra, publicado ya su poema, el Gran 
Canciller de Castilla. Pero no carecían todos estos cuadros de 
preparación conveniente: concebida ya la idea y medido el alcan- 
ce de aquel azote que iba á herir tal vez con excesiva crudeza 
á grandes y pequeños , ofrecíase Pero López como primera 
victima expiatoria en aras de la moral, confesándose el más in- 
digno de los pecadores y cargando sobre sí cuantas culpas tenían 
origen en el olvido y menosprecio de la doctrina cristiana. 

Creyendo en agüeros, sueños, estornudos y predicciones as- 
trológicas;* jurando maliciosamente por muy vanas cosas y 
quebrantando los votos hechos en sus grandes cuitas; em- 
pleando en fiestas y cacerías, con fatiga de sus ornes el sus 
besitos, y poniendo su corazón en burlas y mentiras, los días 
consagrados al culto religioso; causando frecuentes enojos á sus 
padres, ya desobedeciendo sus mandatos, ya teniéndoles pe^ 
(¡ueña reverencia; matando, infamando y abandonando al ham- 
briento que le demandaba pan; atestiguando en falso contra 
vivos y muertos; codiciando los bienes y la muger agena; os- 
tentando soberbia de rey, con despojo y vejación de sus vasa- 
llos; entristeciéndose del bien del prójimo y gozándose ^ su 
mal; dejándose llevar á menudo de la ira, y ofendiendo á Dios 
con más frecuencia, mientras más desdeñaba toda obra de mise- 
rioordía y pensaba sólo en el torpe halago de los sentidos..., por 



118 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPACIÓLA. ' 

todas estas vías y bajo todos estos conceptos se declaraba Pero 
López de Ayala merecedor de la perdición eterna, inaugunmdo 
con tan solemne confesión su Rimado del Palacio ^ 

A merced de tal salvo conducto^ cuya legitimidad no ponían 
en duda sus coetáneos y cuya eficacia comprendemos con facili- 
dad, al considerar el ascendiente que tenia en aquella sociedad 
el elemento religioso, entraba el Gran Canciller en el laI)erinto 
de los vicios y profundas dolencias que la tratan aquejada. La 
primer desdicha de la edad en que vive, el primer escándalo que 
la desmoraliza, existe en la misma cabeza del cristianismo, prcH 
pagándose á todos los extremos del cuerpo social con mortal es- 
trago; por que 

191. Si la cabera duele, todo el ouerpo es doliente. 

' Trocada la pobreza del pescador en fastuosa opulencia, olvi- 



1 La confesión pública con que Ayala inaugura el Rimado, se con- 
tiene desde la estrofa Vil.' á la CXC, lo que persuade de la importancia 
que daba á sus propias culpas quien iba á mostrarse severo reprensor de las 
agenas. £1 análisis en que entramos, probará que no 1% faltó valor para ^1 
empresa. £1 docto don Femando José Wolf sospechó encontrar cierta seme- 
janza entre el comienzo de esta confesión y la cantiga que Bohl de Faber 
publicó en su Floresta con elnúm. 5 del t. I. Clarús se inclina á creer que 
pertenece á las poesías que hizo Ayala, después de terminado el verdadero 
poema (tomo I^ pág. 443): y no sin razón, pues que no sólo declara ni poeta 
que al escribir dicha cantiga estaba preso, lo cual equivale á decir que la 
hizo dada la batalla de Aljubarrrota^ según adelante comprobaremos, sino 
que las puso después del cantar que empieza (cap. 754): 

Tristura et cuidado 
Son coomlgo toda vía etc. 

comenzando con estos versos que no copió Faber (cap. 762): 

Sefior^, tú no me olvides; qao yago muy penado 
, En fierros et cadenas et en cárcel encerrado. 

La repugnancia que muestra Clarús á adoptar la conjetura de Wolf, 
fundada en la diferente ordenación de metros y rimas (pues que Ayala 
abandona en dicha cantiga la quadernavia), queda plenamente juslific^a. 



Ilv PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 11.9 

dada 1^ santidad y mansedumbre- de lós antiguos tiempos, era la 
silla del Vicario de Dios asaltada por la procacidad ó la osadía, 
afligiendo por tanto á la Iglesia católica miserable cisma. A tal 
espectáculo exclama el poeta: 

197 En el tiempo muj sanoto | non pedia auer 
una que éste estado | se treuiesse tener: 
Agora ¡mal pecado!... | yaF podredes ver^ 
Do se dan á puñadas | quién podrá Papa ser. 

Con vigorosos rasgos pinta las malas artes empleadas, para 
dolor del cristianismo, en las elecciones de los Sumos Pontífices; 
y al describir los bandos y parcialidades que & consecuencia de 
las mismas agitaban á la sazón el Occidente, prorumpia de este 
modo: 

204 Los principes que deyieran | tal casoadobari 
Con sus buenas maneras | que pudieran tractar^ 
Tomaron luego bandos | et fuéronse armar, 
Unos llaman ¡Sdnsueñal | et otros jTrasfalgar!,,. 

El orgullo de los vanos sábidores y la codiciosa soberbia de 
los que se tenían por más poderosos, habían reducido la Iglesia 
al punto de faser sudores de sangre y siendo escarnio y befa de 
moros y judíos.. Ayala fla y espera únicamente en 

212 El que dixo á Sanct Pedro:— Tú fé non falles^erá; 

pero deseoso de la paz, si bien« confesándose orne simple et non 
letrado^ propone para la resolución canónica del cisma la cele- 
bración de un Concilio. Recogiéndose después á contemplar el 
estado del clero español, crece «u indignación á tal punto que, 
sólo recordando la pintura que nos habia hecho ya del mismo 
fray Jacobo de Benavente ^, nos es posible comprenderla. Este 
pasage es altamente digno de ser conocido en la historia de 



1 Véas^ el cap. XIX de la li.» Parte. 



120 HfSTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

las letras españolas: el Gran Canciller decia, hablando.de los 
Obispos: 

816 , Mas los nuestros perlados j que nos tienen en cura, 
Assaz han á faser | por nuestra desventura: 
Cohechar los sus subditos | sin ninguna mesura, 
Et olvidar conscien9Ía | et la sancta escriptura. 

217 Los unos son muy flacos | en lo que han de r^r, 
Los otros regurosos | muj fuertes de sofrir; 

Non toman tempramiento | cómmo deuen venir;' 
Aman al cuerpo mucho; | nunca cujdan morir. 

218 Desque la dignidat, | una vez han cobrado^ 
De ordenar la Eglesia | toman poco coibdado; 
En cómmo serán ricos | más cujdan ¡mal pecado! 
Non curan de cómo esto | les será demandado. 

Fijando luego sus miradas en el bajo clero, proseguía: 

Cuál los ministros tienen ] el qu^ por nos murió, 
Vergüenza es de decirlo j quien esta cosa uió. 

220 unos prestes lo traotan j que verlo es pavor, 
Et tómanlo en las manos | sin ningunt buen amor. 
Sin estar confesados | et aun (que es lo peor) 
Que tienen cada noche | consigo otfa dolor. 



222 Quando van á ordenarse | tanta llevan de plata, 
Luego pasan la esámen | syn ninguna barata; 

Ca nunca el obispo | por tales cosas cata: 
Luego les dan las letras | con su sello et su data. 

223 Non silben las palabras j.dela consagragion, 
Nin cur^n de saber | nin lo han á coraron; 

Si puede auer tres perros, | un galgo et un furon 
Clérigo del aldea | tiene que es infanzón. 

226 Si estos son ministros, | sónlo de Satanás, 
Ca nunca buenas obr^s | tú {acer les verás: 
Gran cabana de fijos | siempre les fallarás 
Derredor de su fuego: que nunca y cabrás. 



II.' PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 121 

224 Luego los feligreses \ la catan casamiento 

De alguna su vecina, | ¡mal pecado! non miento; 
Et nunca por tal fecho | resQÍben escarmiento, 
Ca el señor obispo | ferído es de atal viento. 

225 Palabras del bautismo | et quales deuen ser 
Uno entre ciento dellos | non las quiere saber. 



227 En toda el aldea | non ha tan apostada 
^omo la su manceba | et tan bien afejtada: 
Quando él canta misa | ella dá el oblada, 
Et anda ¡mal pecado! | tal orden bellacada. 



229 Perlados sus eglesias | deuian gobernar; . 
Por cobdicia del mundo, | alli quieren morar^ 
Et ayudan reuoluer | el regno á más andar, 
Gomo reuuelven tordos | el pobre palomar i. 

El cuadro es en verdad terrible, excediendo en la fuerza del 
colorido las picantes pinturas del Archipresle de Hita. ¿Se aven- 
turaría el Canciller Mayor de Castilla, cuando lo trazaba, á pa- 
sar plaza de mentiroso?..» — Con la misma energía y entereza, 
con el mismo anhelo del bien que le llevaba á condenar en tal 
manera la relajación lastimosa del clero, volvíase después contra 
los poderes de la tierra, para condenar en reyes, príncipes y 
magnates la arbitrariedad y Ia»tiranía. Eran los reyes de la na- 
turaleza de los demás hombres, y sólo podía distinguirlos de 
ellos el noble ejercicio de la justicia: 

235. Este nombre de rey | de bien regir desciende: 
Quien há buena ventura | bien assy lo entiende; 
El que bien á su pueblo | gobierna et deñende 
Este es rey verdadero; | tírese el otro dende. 



1 Parte de estas estrofas fueron dadas á luz por nuestro docto amigo el 
duque de Rivas en las notas al Canto X.^ de su aplaudido poema el Moro 
Expósito: también en el cap. V, del Ensayo II de nuestros Estudios sobre 
los judíos de España pusimos algunas de ellas. 



i22 HISTOniA CRÍTICA DE LA LITERATURA BSPAfiOLA. 

236 De un padre et de una madre | todos descendemos; 
Una naturaleza | ellos et nos avernos; 
De bevir et morir | por una ley tenemos. 
Salvo que obediencia | de les tener deuemos. 

En tal forma entra el Canciller á considerar el «goberna- 
miento de la república», tropezando desde luego en los privados 
del rey, bajo cuya mano estaban al par la salud de los huérfa- 
nos y viudas, la riqueza de los pueblos, vejados cada diacon nue- 
vos pechos, y las rentas de la corona mermadas por su* codicia 
ó distraídas & torpes usos. Nadie con m&s conocimiento de cau- 
sa podia denunciar las arbitrariedades de los favoritos, ni sus 
intrigas y cohechos, caus&ndonos placer y sorpresa al propio 
tiempo la fidelidad, con que revela la intervención otorgada por 
los gobernantes & los cobradores judíos 

244 que están aparejados 

Para beber la sangre de los pueblos ouytados. 

Concertados con aquellos arrendadores de las rentas públi- 
cas, polilla verdadera del Estado, y atentos sólo ¿sus ile- 
gítimos medros, procuran persuadir al rey de que es interés su- 
yo el adjudicárselas: 

249 Di^n lu^ al rrey:— Pof qietto nos tenedes 
Judíos seruidores | et mercet les fasedes, 

Et uos puyan las rentas | por ^ima las- paredes: 
OtorgárgelaSy Señor; | ca buen recabdo abredes. 

250 Señor (dicen judíos) | servi^ib uos faremos; 

Tres cuentos más que antaño | por ellas uos daremos; 

Et buenos fiadores | llanos uos prometemos, 

Con estas condiciones, | que esoíptas uos traemos. 

251 Aquellas condiciones f Dios sabe cuáles s(m... 
Para el pueblo mesquino | negras, como carbón. 
— Señor (dioeh privados) | faredes grand ra^^ 
De les dar estas rentas | et encima galardón. 



li.* PARTBy CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 125 

• 
252 Dige luego el rrej: | «A mi plaze de grado 
De les fazer mercet: | que mucho han pujado 
Ogaño las mis rentasn. | Et non cata el ^uytado 
Que toda esta sangre | sale de su costado!. . t 

Esta lastimosa pintura del c&os, en que yacía la administra-' 
cion de las rentas del Estado, tiene complemento en las violen- 
cias cometidas en su exacción, doradas con el servicio del rey, á 
quien venden al par que lisonjean sus privados, oscureciendo á 
sus ojos toda verdad y haciéndole aparecer como enemigo de 
toda justicia. La travesura y venalidad de los validos, que 
atienden sólo al engrandecimiento suyo y de sus familias en muy 
contados dias, mueven el ánimo del Gran Canciller & comparar- 
los con los mercaderes; linage de gente que olvidada de Dios y 
de su alma, y teniendo por ofició la mentira, el engaño y el \q^ 
gro, vive avezada al perjurio, fecha cofradía con todos los dia-' 
blos. Al trazar este cuadro, salpicado de vigorosas pinceladas y 
de gran precio bajo la relación interesante de las costumbres, 
por encerrar notables documentos para la historia indumentaria 
de Castilla ', crece la indignación de Pero López hasta rayar 



1 Los eruditos Asso y Manuel dieron á luz este interesante episodio en 
el Discurso sobre los judíos, puesto al final de su edición del Ordenamiento 
de Álcalá^]^ágs. 148 y 149. También lo reprodujimos nosotros en el cap. III 
del Ensayo I de los Estudios sobre los judíos, bien que copiándolo del có- 
dice Escurialense. 

2 Y aun la historia de las relaciones comerciales que á la sazón tenia 
la Península con los más renombrados mercados de Europa halla en este 
episodio curiosos comprobantes. Las escarlatas de Brujas (Bruselas), las se- 
das 7 paños de Roan, los brocados de Malinas y otras ricas telas que bus- 
caba la opulencia de nuestros mayores en paises extraños, eran objeto de 
la excesiva codicia de los mercaderes, cuya rapacidad enciende la indig- 
nación de Ayala. El docto investigador que se consagre á trazar la historia 
de nuestro comercio en la edad media , le agradecerá sin duda que dejara 
consignados estos hechos^ así como el crítico y el filósofo pueden tomarlos 
por base para conocer el espíritu de aquellos dias. 



124 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

en el epigrama. Para acabar el retrato repugnante, pero verídi- 
co, d^ los mercaderes, decía: 

310 Fasen^escuras las tiendas | efc poca lumbre les dan; 
Por Bruxas muestran Ypré \ efc por Mellina Roan, 
Los paños violetas | bermejos pares^erán; 
Al contar de los dineros, | las fíniestras abrirán. 

Tr&s las falacias de los mercaderes, repara el poeta en los le- 
trados que tienen con el dinero sus más finos amores, trazando 
con extremada fidelidad y frescura el cuadro de los enredos y 
ficciones, de que se valen para empeñar en* desastrosos pleitos & 
los simples é incautos; artes que, sea dicho de paso, no han caí- 
do todavía en olvido. £1 Canciller supone uno de esos pleiteantes 
tímidos, pero apegados á lo que entienden que es su derecho, el 
cual se presenta á un bachiller en decretos para pedirle consejo: 
en veinte capítulos de las Clemeátinas y Decretales se halla con- 
tradicha la pretensión y sólo uno la favorece; pero el bachiller, 
que, según su medida, es uno de los más doctos del reino y que ha 
consumido la herencia de sus padres en libros, le asegura que 
obtendrá el fruto de sus deseos, pidiéndole desde luego veinte 
doblas para rescatar un libro que tiene «en la vüla empeñado^» 
porque ^n él es imposible dar paso en la demanda. A punto de 
abandonarla está el pleiteante, al escuchar la del bachiller: mas 
tocándole este en la honra, le fuerza á entrar en contienda, 
alargándose el pleito en tal manera que agotado el caudal y ven- 
didos los paños y muebles para acudir á las costas, llega al más 
alto punto su desesperación, al verse aniquilado y vencido. Im- 
pertérrito el bachiller, le persuade no obstante .que apele ante el 
rey de la injusta sentencia; y pidiéndole muía, capa y mil reales 
para el viage, se dirige á la corte, dejando al miserable cliente 
hundido en la miseria. Tal era el ejemplo ofrecido á la continua 
por los que tenían obligación de procurar la justicia: los que de- 
bían administrarla, olvidados de que 

3i2 .... es virtud | atan noble et loada 
Que castiga los malos j et ha la tierra poblada; 

y desconociendo que 



II.* PAUTE, ÉAP. in. PROTBXTA CONTRA LA INN. ALBGÓR. 125 

247 Por el rey matar ornes f non le llaman justigiero, 
Cá seria nombre falso, | cá impío es carnicero; 
Cá la muj noble justicia | nombre tiene verdadero: 
El sol es de medio dia; | de la. mañana lucero; 

no solamente se manchaban con el pecado de la crueldad, rasgo 
en que sin duda alude el Canciller á la época del rey don Pedro, 
sino que caian en el crimen de la venalidad que llegaba á envile-^ 
cerlos. Las siguientes estrofas revelan con triste verdad el esta* 
do en que se hallaba la justicia: 

350 Si touiere el malfechor | alguna oosa que dar, 
Lu^o fallo veinte leyes, | don que le puedo ayudar, 
Et digo luego: — Amigos, | aquí mucho es de cuydar 
Si deue morir este ome | ó si deue escapar. 

351 Si vá dando ó prometiendo | algo al adelantado, 
Alongtu^e há su pleito | fasta que sea espiado; 

Et después en una noche | porque non fué bien guardado, 
Puyóse de la cadena; | nunca rastro le han fallado. 

852 Si el cuytado es muy pobre | et non tiene algún cabdal, 
Non le yaldrán las Partidas | nin ninguna decretal; 
¡Crtmfige! ¡Crudfige!,, | todos disen por el tal; 
Cá es ladrón manifiesto | et meres^e mucho mal. 

Al compás de la justicia y de la admiaistracion de* las rentas 
del Estado anda la administración y la justicia de los municipios: 
alcaldes, regidores, escribanos, cuantos intervienen en. la cosa 
pública, cuantos logran alguna representación judicial, curan 
sólo de enriquecer en un dia, sin que los arredre la infamia de 
sus nombres ni el legítimo temor del castigo. El hombre hornea- 
do, sencillo siempre y fácil de engañar, cae á menudo an las 
redes que le tiende el malvado; idea que hace más sensible el 
Canciller por medio de este breve apólogo: 

381 ün orne vá por camino, | solo et sin compañía; 
Llégasele un ladrón, | diciendo: — Señor, quería 
Ser y vuestro compañero | et muy bien vos serviría; 
Dise el simple: — A mi piase; | nunca vi tan buen dia. 



126 HISTORIA CRITICA DB LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

382 El tiempo faé ya pasado | et mctj bien lo asegoró; 
El otro del se fía; | nunca del resaló: 
Con mola et con los paños, | desque dormido lo vio, 
El ladrón se Vá camino; | el cujtadcTalli fíaoó. 

De estas escenas, en que se retratan las vejaciones, á que vi- 
ven sujetos los moradores de villas y de aldeas, pasa el poeta & 
considerar los fechos del palacio, de que toma título el poema. 
La descripcioii de estos fechos es en suma interesante y drama* 
tica. Ayala flnge que un antiguo servidor del rey, criado en su 
corte, se ha visto forzado á salir de ella por algún tiempo para 
cuidar de sd casa: á su vuelta halla caido el bando á que perte- 
necia y mudados los porteros, que le niegan la entrada en pala- 
cio, siéndole en extremo diflcil ver y hablar al rey, lo cual lo- 
graba antes con frecuencia. Apelando al cohecho, y no sin propia 
humillación, alcanza la entrada apetecida, á punto que saliendo 
el rey de su consejo, se acerca á él con ánimo de presentár- 
sele; maá desconociéndole ya el monarca, le vuelve las espaldas, 
pidiendo á sus reporteros la cena. El antiguo palaciego hace un 
esfuerzo, se llega al rey, como quien v4 á morir, y manifestán- 
dole que ed su vasallo^ que viniendo aparejado á la guerra, habia 
ya tres meses que no recibía sueldo alguno y que tenia perdidas 
sus bestias y empeñadas sus armas, obtiene sólo por respuesta, 
que le remita uno de los privados á los contadores que avian 
carga dé librar tales fechos. Mientras los parteros acuden á él 
para solicitar la paga convenida, vacila el burlado palaciego res- 
pecto del partido que debe tomar; y aconsejado por los mismos 
porteros, cae al cabo en la cuenta de que únicamente podrá sal- 
var aquella quiebra con el cebo del oro. Al propósito se hace pe- 
disecUo de uno de los privados, y lograda oportuna ocasión, le 
comunica sus cuitas, rogándole que cobrados sus averes, le deje 
por cortesía lo que fuere servido. Titulo de pariente le dá en 
publico desde aquel instante el privado, y puesto de acuerdo con 
los contadores^ no menos venales que él, euviale á los mismos^ 
no sin recabar antes para si la muía del misero pretendiente. Los 
contadores tienen en Yalladolid los libros de caja, por lo cual no 
pueden luego despacharle; pero esta nueva dificultad es vencida 



II.* PARTE, CAP. III. PRUTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 127 

con poner en sus manos el cobro de aquel servicio, y el estafado 
acreedor es remitido á un Juan Nuñez, tesorero en Extremadura, 
quien le recibe cpn verdadera buría, manifestándole que lejos de 
tener dinero de los contadores, le adeudan estos crecidas canti- 
dades. Desesperado, al verse juguete de los oficiales reales, pide 
testimonio por ante escribano de la negativa dei tesorero; y ya se 
disponía á partir de nuevo para la corte, cuando se le aparece un 
judio en su posada, proponiéndole la venta de sus créditos, única 
medio posible de recoger alguna parte de los ya mermados ha-' 
beres. 

No otras son las vicisitudes de los que toman vida de pala- 
ciegos, alcanzando al mismo rey, si no la instabilidad que persi- 
gue á los privados, al menos una opresión muy superior á la 
pompa y grandeza que les rodea. Al fijar en él sus miradas, ex-' 
clama el Canciller: 

476 Los reyes et los príncipes, | maguer sean señores, 
Assaz passan en el mundo | de cujtas et dolores: 
Sufren de cada dia | de todos sus seruidores 

Que los ponen en enojo | fasta que vienen sadoretf^ 

477 En una ora del dia | nunca le dan vagar 

' Porque cada uno tiene | los sus fechos de librar^ 
£1 uno lo ha dexado; | el otro lo vá tomar, 
C!omo si algún maleficio | ouiesse de confesar. 

478 Non ha rincón en palacio | do non sea apretado^ 
lüfagiier Señor le dicen | assaz anda aquexado: 
Tales cosas le piden | que conviene forzado 

Que les diga mentiras, | que> nunca ovo asmada 

479 Con él son á comer | todos en derredor; 
Pares^e que allí tienen | preso un malfechor: 
Por tal cabo allí llega | que non puede peor 
£1 que jtrae la vianda | dentro en el tajador. 

) 
Ostigado en tal manera, celado por físicos y capellanes, nú 
pudiendo llevar á la boca un solo bocado, sin que sea contado de 
irescientos ornes, llégale antes de terminar la comida, un men-* 



i 28 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA « 

6agero con la nueva del levaatamiento de una ciudad; y mientras 
se dispone á pasar á su cámara para arbitrar el remedio, asáltale 
su tesorero, diciéndole que está de todo punto exhausto el era-^ 
rio; preséntansele sus caballeros, pidiéndole las soldadas de la 
gente de guerra, con. la amenaza de que se irán á buscar de co* 
mer, sin saber dónde; y llega por último un concejo^ impetrando 
á gritos la protección soberana contra los que roban sus ganados 
y sus panes, subiendo la ferocidad hasta el punto de intimidarlos 
con devorar sus hijos y quemar sus moradas. £1 poeta dice en 
tal situación: 

490 Anda el rey en esto | eü derredor callado. 
Pares^ ques un toro | que anda agarrochado!... 
Amigos (dis á todpa), | yo lo veré de grado. — 
(Dios sabe cómmo el tiene | su corazón folgado!..^ 

Para acudir al remedio de estos y otros males no menos apre* 
nliantes, convoca el rey las Cortes del reino, con el triste pre-^ 
sentimiento para los pueblos de que pasados tres meses, caerán 
en desuso las leyes que en ellas se promulguen, y de que 

504 Dende adelante robe | quien más pudier á osadas. 

Aun no ha despedido á los prelados, caballeros y procurado- 
res, cuando recibe otro mensagero, el cual le hace saber que uff 
rey su vecino, se prepai;^ á entrar en stts Estados en son de guer- 
ra. Grande es la alegría de los caballeros que ven lograda en ella • 
la esperanza de su propio engrandecimiento: el rey quiere sin 
embargo consultar su Consejo; pero con tan mala estrella como 
desacuerdo en los pareceres. Por voto de los letrados debe apu- 
rarse, antes de tomar las armas, la cuestión de deredio; para 
los prelados sería mengua que cayese baldón alguno sobre el 
reino y, cueste lo que costare, se ofrecen á ayudar al rey en la 
guerra, aunque vendan los sombreros traídos de Aviñen; los ca- 
balleros responden de su fidelidad con la de sus propios linages; 
los hombres de las villas claman por la paz y piden al principe 
que medite más detenidamente asunto de tal importancia. 



II." PARTE, CAP. III. PnOTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 129 

512 £1 rey es muy mangebo | et la guerra querría 
Cobdicia probar armas | et uer caballería: 
De sueldo no se acuerda, | nm qué le costaría ; 
Quien le aconseja guerra | mejor le páresela. 

La voz de guerra sale pues del Consejo, y mientras de uno d 
otro confin del reino sólo se oye el ruido de armas y caballos, 
mientras fatigan los astilleros y atarazanas los constructores de 
barcos y galeras, y se aprestan los ingenieros de Burgos y los 
pedreros ^ trazar máquinas y á forjar municiones, crece entre 
el pueblo otro más hondo clamor con los. nuevos pechos, derra^- 
mas y alcabalas que los hunden en la miseria, al paso que les 
arrancan tal vez para siempre sus propios hijos. Próspero ó adver- 
so el fin de la guerra, tal es para la nación su triste resultado, 
levantándose en su vista el Gran Canciller á considerar los bie- 
nes que trae consigo la conservación de la paz, porque 

527 Esta fase venir | el pobre á grand altesa: 
La pas fase ueuir | al rico en su riquesa; 
Esta castiga al malo» | sin ninguna peresa; 
Esta faze al bueno | durar su fortalesa. 

528 Los reys que pas amaren, | su regno poblarán, 
Los moradores del | asi enriques^erán: 

A los sus enemigos | con pas espantarán; 
Hiesoros bien ganados | con esta allegarán. 

A largas consideraciones sobre los dem^s bienes que traen 
consigo la paz y la justicia en el «gobernamiento de la repúbli- 
ca», se entrega después el Canciller, no olvidando la integridad 
de los jueces y la verdadera grandeza y magestad de los reyes, 
cuyo poder se conoce en nueve cosas ^ , ni menos el saludable 



1 Esta pintara empieza en la estrofa 603 del siguiente modo: 

Nueve cosas yo fallo J con las que tu uerás 
El grant poder del rey | que tu conos^erás: « 
Las tres dende muy lueñes J tierras entenderás; 
Las seis son en el regno | que las aqui sabrás. 

Tomo v. 9 



150 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

concierto y mutuo respeto de las potestades civil y eclesiástica. 
Al llegar á este punto, parece terminar el poema. Revelándonos 
no obstante la triste situación en que se halla, al componer esta 
parle de su obra, proseguía Ayala: 

705 Quando esto escribía, | estaba muy aquexado 
De muchas graues penas | et de macho cuy dado; 
Con muy grandes gemidos | á Dios era tomado, 
Rogándol' que quisiesse | acorrer al cuytado. 

Pero López de Ayala yacia en efecto en una privón oscura, 
cargado de hierros y sin esperanza de lograr la ansiada libertad: 
vencido del dolor, creíase olvidado de los suyos en tierra extraña^ 
elevando á Dios ardientes plegarias para que le sacase de aquella 
tribulación, y poniendo por medianera á la Virgen María, cuya 
piedad y misericordia invoca una y otra vez en bellos y sentidos 
cantares. jQué prisión era esta, en que padecía tan dura soledad 
el alcalde mayor de Toledo?... Ateniéndose al epígrafe de uno 
de los códices del Rimado, se ha dado por cierto que prisionero 
de los ingleses en Nájera, compuso estos pasages y aun todo el 
libro bajo el dominio del Príncipe Negro * ; mas sabiendo que 



.Las tres primeras consisten en la magnificencia de Its embajadas, en 
la pulcritud y elegancia de las cartas mensajeras, y en la excelencia y 
buena fábrica de la moneda. Las restantes estriban en que teng-a bien mu- 
radas y defendidas sus ciudades, en que sean sus palacios y alcázares muy 
nobles y fermosos; en que sus oficiales sean honrados^ jueces, merinos y 
adelantados íntegros y justicieros; en que labre ricas capillas, dotándolas de 
ornamentos y buenos capellanes; en que asistan á su Consejo ancianos, 
caballeros, prelados, hombres buenos, doctores y letrados de probada hon- 
radez, y finalmente, en que su casa^ mesa y cámara ostenten verdadera 
magnificencia, viéndose al par sus puertas libres de gente baldía. Algo de 
esto halló el Canciller en los libros indo-orientales, traidos á lengua vulgar 
desde la época del Rey Sabio y -puestos sucesivamente en contribución por 
el rey don Sancho^ Maestre Pedro y don Juan Manuel, conforme han visto 
ya los lectores. 

1 £1 códice que poseyó la casa de Campo Alangc, de que se sacó la 
copia de la Academia, tenia en efecto el siguiente título: ^Este libro fiso el 
honrado cabaltero Pero López de Ayala, estando preso en Inglaterra, é 
llámase el libro de Palacio,* Según observó Sánchez, que logró haberle 



n.* PARTE, CAP. III- PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 151 

sólo estuvo en su poder breves meses, y reparando en que aun 
no resfiatado de la {Jrision, en que escribe los versos trascritos, 
alude á la muerte de su padre, acaecida en 1385, no queda ya 
duda alguna de que esta parte del Rimado fué escrita en el cas- 
tillo de Oviedes, en donde le encerraron los portugueses tras la 
batalla de Aljubarrota ^ Ayala, poseído de profunda amargu- 



á las manos, era un volumen en 4.°, escrito en papel, ya entrado el si- 
glo XV; pero como este erudito pareció sospechar, no pudo ser puesto dicho 
epígrafe por el autor, sin que olvidase su propia historia. Careciendo de la 
primera foja el MS. del Escorial, que es asimismo un tomo en cuarto ma- 
yor, escrito en papel durante la primera mitad del expresado siglo, y que 
tiene la marca h. i. 19-, no es posible determinar hasta qué punto llegó la 
libertad del pendolista que trasladó el de Campo Alange, al poner dicho 
título. Pero que Ayala no estuvo preso ep Inglater/a el tiempo que se su- 
pone lo dejamos ya probado con testimonios irrecusables, siendo muy vero- 
símil que en los pocos meses de su primera cautividad no pasase de Bayo- 
na, á donde llevó el Príncipe Negro sus prisioneros, y donde logró Beltran 
Duguesclin la libertad, conforme después veremos. Debe tenerse en cuenta 
que en dicha edad pertehecia á la corona de Inglaterra^ la ciudad expresa- 
da, por lo cual pudo emplearse dicho nombrd en sentido figurado. 

39 Respecto del tiempo y la forma en que compuso López de Ayala su 
Rimado, manifestamos hace años cierta opinión; que en virtud de nuevos 
estudios admite algunas modificaciones. Indicábamos, en efecto, al dar á 
conocer en el Semanario Pinloresco español (1847, pág. 411 y sigs.) al- 
gunos códices del Escorial, que dicho poema habia sido escrito en gran par* 
te durante la prisión de Ayala y que restituido este á España, se ocupó en 
ordenar y compaginar las diferentes composiciones, de que ya constaba. 
«Al verificarlo (añadíamos) procuró sin duda enlazarlas entre sí, y para 
«conseguirlo hubo de añadir algunas estrofas intermedias, intercalando y 
«citando algunos hechos históricos, sin notar que de esta manera alteraba 
>la exactitud de sus relaciones y daba motivo á dudar de la certeza de sus 
«palabras». Examinada con mayor detenimiento la cuestión y con presencia 
de todos los datos que nos ministra el Rimado y los muy copiosos que hemos 
reunido para la vida del Canciller, tenemos por cierto: 1.^ — Que la primera 
parte de la expresada obra, aquella que en reaUdad constituiré el verdadero 
poema, abrazando desde la confesión de Ayala hasta determinar el extrecho 
consorcio que debe existir entre la potestad civil y la religiosa, para bien del ' 
Estado, estaba escrita antes de 13S5, y acaso antes de 1383: 2.® Que todo ^ 
lo relativo á la prisión (eslr. 704 á 784 exclusive) fué compuesto en ol 
castillo de Oviedes, durante los quince meses que Ayala vivió allí entre 
cadenas: 3.° Que lo restante del Rimado, en que dá ya cuenta de haber 



132 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAFÍOLA. 

ra, pero alentado siempre de piadosisima esperanza, rompe en 
aquella soledad el hilo de las meditaciones morales y políticas que 



recobrado su libertad, según en el texto advertiremos , fué ||ebido á los úl-* 
timos años de su vida y añadido al poema sucesivamente. — Fundamos el 
primer aserto en dos importantes observaciones, á saber: 1.* En que no se 
hace mención de la cautividad una vez sola en las 704 estrofas que 
completan el pensamiento fundamental, desenvuelto en el Rimado: 2.* £n 
que la única fecha que en toda la referida parte se cita, es la de 1380^ ma- 
nifestando claramente el Canciller que no se habia dictado la ley que en 
las Cortes de Segovia (1^83) sustituyó á la Era del César el NasQimiento de 
Cristo, «lo cual fué muy bien fecho et plogo á todos deUo», (Croicica de 
DON Juan I, cap. VI del año V), cuando al hablar de las nueve cosas en que 
se conoce al rey decía : 

806. La segunda si ? een j so carta mensajera 
Bn nota bien fermosa, ( palabra verdadera, 
Bn buena forma escripia | et con fermosa cera. 
Cerrada» bien sellada, j con día mes et era. 

Apoyamos la segunda deducción, en que dada la batalla de Aljubarrota 
en 14 de agosto de 1385, permaneció en la cárcel de Oviedes Pero López 
de Ayala hasta noviembre del siguiente año; y muerto su padre á fines del 
anterior [15 de octubre] ya entrado en los 80^ aludía á su fallecimiento^ al 
dirigirse á las monjas de Quijana, para que interpusiesen sus oraciones, 
á fin de lograr su libertad, del siguiente modo: 

787 Se&oras, tos las duefias | que por mi y tenedei 
Oración á la Virgen, ( por mi la saluaedes 
Que me Ubre et me tire | de entre estas paredes. 
Do vino muy quexado, f segunt que uos sabedes. 

7B8 Dios por la su grapia | me quiera otorgar 
Que pueda con servíalo | siempre galardonar 
A TOS et al monesterio j et mucha» gracias dar; 
Lo que mi Padre flso ] muy mas acrecentar. 
• 

Ayala cumplió esta promesa en 1396, conforme prueba la nota de la pá- 
gina 108 del presente capítulo, no habiendo duda en que éstas estrofas y 
todas las que se refieren después á la prisión se escribieron en 1386. — ^Res- 
pecto del último punto, son prueba eficacísima las estrofas 784 y 785 que 
ponemos á continuacion.;en el texto y de no menor bulto la declaración que 
hace el mismo Ayala, al escribir en la copla 811: 

Oy son veynte et cinco años conpUdos 
Que por mal pecado comen9Ó la ^Isma; 



Ilt* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 135 

le habia inspirado el mundo, y procura, mitigar sus dolores, acu- 
diendo al sentimiento religioso como única fuente de consuelo. 
AI levantar áDios sus fervorosas súplicas, al solicitar la media- 
ción de la Virgen, no es ya el Gran Canciller el poeta didáctica, 
que condenando la corrupción de las costumbres, llega á esgri- 
mir el azote de la sátira: su voz toma el acento apasionado de la 
poesía Úrica, como que sólo atiende á revelar el sentin^nto in- 
terior que le anima; sus versos pierden la monótona austeridad 
de la quadema via, y obedeciendo sus rimas el movimiento apa- 
sionado de los metfos menores ó de arte real, crúzanse en agra- 
dable consorcio, recordando ya las cantigas del Rey Sabio, ya 
las del Archipreste de Hita. Acaso, más tierno, aunque no menos 
afligido que Juan Ruiz cuando las escribe ^, acierta á comuni- 
carles mayor frescura "y gracia, confesándose, como Alfonso X, 
devoto y constante trovador de la Virgen *. Sirvan de prueba 



paes constando, como el mismo Canciller expresaba en la copla 794, que el 
cisma empezó en 1378, es evidente que en 1403 escribiaesta postrera parte 
del Rimado, á que añadió después hasta 590 estrofas. De esta demostración se 
deduce otra prueba^concluyente, en orden á no haber sido escrito ni el todo 
ni parte del poema de Ayala durante su prisión en poder del Príncipe Ne- 
gro; la batalla de Nájera se dio en abril de 1367; el cisma provino once 
años después de la elección de Urbano VI; Ayala hace mención de tamaño 
escándalo desde la estrofa 190, acabada su confesión, proponiendo en la 
215 la celebración de un Concilio para dar la paz á la Iglesia. — Ahora 
bien: 6 Ayala hablaba movido de espíritu profético, ó el Rimado del Pa-' 
lacio fué comensado después de 1378. Esta deducción nos parece indes- 
tructible y basta á desbaratad cuanto se ha dicho, fundándose en el falso 
epígrafe del códice que fué de la librería de Campo Alanje. 

1 Recuérdese cuanto- dijimos sobre el particular en el cap. XYl de 
la II.* Parte. Ayala es semejante en e^to á Fray Luis de León, Céspedes, 
Mendoza, Cervantes y otros muchos ingenios españoles. En la ternura apa- 
sionada con que habla á la Virgen, se parece más que á otro alguno al can- 
tor de la Ñocfie Serena. 

2 Así lo qpnsigna él mismo en la copla 861 del Rimado , di" 
ciendo: 

Siempre placer tomé | por toda la mi vida 
Escribir lodres 1 á esta seüora compllda. 

El buen Canciller obedecía, al consagrar sus cantos á la Madre de Dios» 
al sentimiento altamente religioso,, que habia dado vida desde su cuna á la 



154 lilSlORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍ^ÓLA. 

las siguientes estrofas, dirigidas 4 Sania María la Blanca, fa- 
mosa Imagen venerada en Toledo: 

746 Señoramía, muy franca^ 
^ , Por ti cuydo yr muy ^edo 

Seruir tu imagen Blanca 



^ i De la Eglesia de Toledo. 









. 747 Quando me ueo quexado, 
^ ^. A tí fago mis clamores, 

. , ^ Et luego 80 confortado 

' ^ M^' " . . De todos grandes dolores, 

^ ' *" . . ■ ' . En tí son los mis amores 



Et serán oon esperan^ 
Que me tires tribuíanla 
Et me sirua muy más ^oi 

Señora mía muy franca, etc. 
Siempre oue deuocion 
En la tu noble figura, 
A quien fago oración, 
Quando yo siento tristura. 
De mi quieres auer cura 
Pues espero perdonan^a 
Por tí, et en olvidan^a 
Non me dexps yaser quedo. 

Señora mia, etc. ^ . 



musa cristiana, y que reflejándose en los himnos latino-eclesiásticos, sirvió 
de base á la poesía española. Berceo,^l Rey Sabio, el Archipraste de Hita... 
todos los poetas castellanos de verdadero mérfto responden á este llama- 
miento de la devoción universal de nuestros mayores, bien que dando al 
amor divino, que celebran en sus cantos, cierta expresión caballeresca y 
aun profana, hija de las costumbres y>de las creencias generales de aque- 
llos días, lo cual sucede también al Canciller mayor de Castilla. Verdad es 
que esta manera de sentir el amor divino de la Virgen se propaga á tiempos 
posteriores y arraiga entre los primeros poetas de nuestro Siglo de oro, 
conforme oportunamente mostraremos. 

1 La devoción del Canciller no se limitaba á una sola de las adiroca- 
ciones de la Madre de Dios: sus canciones y súplicas se dirigen al par á 
las imágenes que se veneran en los santuarios de Rocamador, Guadalupe, 
Monserrate y Toledo (Santa Maria la Blanca), ofreciendo ir á cada uno de 
ellos cQ romería. £n la copla 741 decia á la Virgen, por ejemplo: 



ll/ PARTE, GAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 135 

Libertado de la prisión por los medios ya conocidos de los lec- 
tores, consigna el Canciller la gratitud que debe al cielo, excla- 
mando: • 

784 A Dios di mucha» gracias | que por su piedat 
£n estas mis grandes priesas | muestra su caridat; 
Libróme de presión | et de la crueldat 

« Que pasé mucho tiempo | por mi mucha maldat. 

785 Libróme de la cárcel | et de dura presión; * 
Gradés^olo á Dios | que oyó mi deuocion, 

Et tórneme á él, | faciendo mi oración 
Que me quiso acorrer | et darme contrición. 

Al dejar el castillo de Oviedes, halla sin embargo agitada la 
cristiandad por el terrible cisma que la traía conturbada. Tal ex- 



SI de aqui tú me libras» | siempre te loaré; 
Las tos casas muy sánelas I yo las vesitaré, 
Monserrat et Guadalupe | et alli te serviré; 
Algaudo á U las manos ( muchas gracias daré. 

En la 744 añadía: 

. * otros! prometí | luego mi romería 
A la Imagen Blanca | de la Virgen María 
Que estaua en Toledo | et que allí roe ofrecería 
Con mis Joyas et donas, | según que yo decía. 

Los cantares se repiten, lograda la libertad del poeta, leyéndose en- 
tre los últimos el ya citado á Santa María la Blanca y los que em- 
piezan: 

1 Seüora, estrella lusiente (estrof. 850). 

S Señora, con humildat (estroL 842). 

3 La tu noble esperan 9a (estrof. 863). 

Es de notarse que según eiipresa Ayala, escribió crecido numero de can- 
tigas en esta época de su vida, sy quier fasta ciento (estr. 827) y que las 
hizo retirado de la corte, después de fijar la fecha de 1403, confocme va 
advertido. £11 la estrofa 829 dice al lector para disculpar la rudeza de sus 
vérseles, que vivía en montañas, pareciendo indudable que alude á su re- 
sidencia en el monasterio de San Miguel del Monte, donde como sabemos 
pasó los estíos en los últimos años de su vida. 



136 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

pectáculo vuelve á despertar en él las ideas ya expresadas, al co- 
menzar el Rimado, respecto de la necesidad de un Concilio, pa* 
reciendo preludiar los dos que pusieron término á los males que 
lamenta. Sobre este punto escribe é inserta un largo dictado^ 
compuesto en octavas de arte ó maestría mayor, en el cual exci- 
tando á los príncipes cristianos para que procuren la paz de la 
Iglesia, se dirige más principalmente al rey de Castilla, mostrán- 
dole la nesesidad de que abrevie embajadas, tratos y vanas ra- 
zones, á fin de llegar pronto al término apetecido ^ Sin duda 
pl poco fruto de sus instancias le aleja del terreno práctico de la 
política, y acogiéndose al de la moral, recuerda que ha menester 
armarse de paciencia para conllevar los sinsabores de la vida, to- 
mando el alto ejemplo que le ofrece la de Job, cuyos Morales^ 
debidos á la pluma de San Gregorio, eran conocidos por él en la 
lengua de Castilla ^. Glosando pues y moralizando sobre aquel 



1 El referido dictado empieza en la estrofa 794 de este modo: 

La nao de Sanct Pedro f pasa grant tormenta. 
Que non aará della | para la ir acorrer, etc. 

Las estrofas á que especialmente nos referimos, fueron publicadas por 
los traductores de Boutterwek (pág^. 150) y tienen los números 820 á 824* 
Al terminar, dice al rey: 

• • 

Señor, abreviat | las vanas rasones 
Et aya la Eglesla | de vos este don. 
Que non la lastimen f falsas ocasiones, 
Nln pase su tlenpo | en tanto baldón. 

Ayala habla aquí visiblemente con Enrique III y trata del segundo cis- 
ma, promovido por la elección de don Pedro de Luna, hecha en 1394. En 
1381 habia sido reconocido solemnemente por Castilla, como legítimo Vica- 
rio de Cristo, el ya citado Clemente Vil. 

2 Véase la nota de la página 111. Desj^es de mostrar en la estro- 
fa 869 que en sus ratos de ocio se consagraba siempre á la lectura, 
anadia: 

870 Non podría yo atanto | á^lBlos agradesfer 
Quantos bienes res^lbo, | sin yo los meres^er; 
Falló libros Morales \ que fuera componer 
San Gregorio Papa, | el qaal yo fuy leer, ele 



II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓR. 157 

aplaudido libro, llega el Gran Canciller al fin de su Rimado del 
Palacio^ no sin que amplié & menudo la doctrina asentada en la 
primera parte del poema * y trace nuevos cuadros, dignos de 
los ya citados. Al tratar del efecto que produce la muerte, pro- 
rumpe en estos notables versos: 

¿Qué fué estonce del rico | et de su poderío> , 

De la su vana gloría | et orgulloso brío?... 
Todo es ya pasado | et corrió como río, 
Et de todo el su pensar J fincó el mucho frío. § 

¿Dó están los muchos años | que avernos durado 
En este mundo malo | mesquino et lazrado?... 
Dó los nobles vestidos | de paño muy onrado? 
Dó las copas et vasos | de metal muy presgiado? .. 

¿Dó están las heredades | et las grandes posadas^ 
Las villas et castillos, | las torres almenadas, 
Las cabanas de obejas, | las vacas muchiguadas, 
Los cabidlos goberbios | de las sillas doradas?^.. 

Los fijos plasenteros | et el mucho ganado 
La mttger muy amada, | el thesoro allegado 
Los paríentes et hermanos | que V tenían oompafíado?... 
En una cueua muy mala | todos le han dezado. 

Bajo todos aspectos es pues el Rimado del Palacio viva 
protesta contra las costumbres del siglo XIV, edad en que agi- 
tan y conturban á la humanidad altas esperanzas y vituperables 
extravíos^ Tal vez, dominado de la indignación que excitan en 
su pecho el universal olvido de los deberes y el uso continuo del 
pecado, infunde á sus descripciones y pinturas excesiva severi- 
dad, cargando la mano en el colorido. Mas si pudo Ayala exage- 
rar los accidentes y perfiles, no por esto ha de ser tildado de mal- 



t Para convencimiento de los lectores, citaremes la estrofa 1318, en 
que habla de la nobleza y dice: 

La natura á todos | Iguales nos engendró; 
Mas nuestro fallimiento | ansT nos apartó, etc. 



13S DISTORIA GRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

dioiente^ mereciendo por el contrario el aplauso de la posteri- 
dad el noble desinterés y la ejemplar abnegación, con que hace 
ministerio de la parte más granada de sus dias la reprensión de 
los vigios, sin que le arredre la elevación de las personas ni de 
las clases, en quienes descubre el cáncer que amenaza devorar 
á la sociedad española ^ 

Avaloran bs más vigorosos y picantes cuadros aquella parte 
del Rimado, que constituye en realidad el poema y fué escri- 
ta antes de la ikmosa batalla de AIjubarrota; faltando desde este 
punto la verdadera unidad del objeto, por más que haga el 
Canciller interesante su prisión, al narrar sus cuitas y procure 
dulcificarlas con los graciosos himnos á la Virgen. Ni se enlaza 
con mayor propiedad al principal asunto del poema cuanto 
añade el Canciller, recobrada ya su libertad ; lo cual ha sido 
causa de que las moralidades y ejemplos^ tomados de la vida de 
Job, se hayan designado como obra distinta, aun por los escri- 
tores que más se preciaron de conocer las de Ayala '^. 



1 Sánchez manifiesta que «hablando Ayala del estado eelesiástico y 
«secular, se dejó arrebatar de un celo extraordinario 6 de algún mal humor 
>que le dominaba, que no perdonó ni á las supremas potestades» (Colee, 
de poes.'cast,, t. I, págs. 109 y 110). En efecto» el autor del Rimado apa- 
rece arrebatado por el celo de lá verdad y de la virtud, cayendo en mal 
humor, al verlas tan mal paradas y perseguidas en sus dias. La autoridad 
de sus palabras fué tan grande como la fidelidad histórica de los cuadros 
por él bosquejados, y nunca es más digno de loa un poeta que cuando 
pinta ó dice la verdad, pospuesto todo temor que apoque sus inspiraciones. 
A esta exactitud de Ayala es debido el que, aun sin conocer del todo el Ri^ 
madOi uno de los más notables escritores alemanes, manifieste que le cua- 
dra el título de Espejo de su tiempo (Clarús. 1. 1, pág. 434). 

2 Tal sucede al erudito Floranes, quien en la Vida literaria del Canci- 
üer que dejamos cita'da, después de mencionar el RimadOy con el título de 
las Maneras de Palacio, y de hablar de otra composición dirigida á Alfonso 
Sánchez Talavera, observaba: «Lloró tapibien por todo un volúpien de has- * 
jitante extensión sus pecados, los daños del cisma presente, las calamidades 
»y miserias del hombre, llevando por guía el sagrado libro de Job, que 
•después expuso parafrásticamente» {Colección de Documentos inéditos, 
t. XIX, pág. 184). Verdad es que Floranes declaró antes (pag. 119)^ que 
no conocía del Rimado sino los fragmentos publicados por Asso y Manuel, 
suponiéndolo todo él escrito en 13S5 en la prisión de Oviedes. 



n.* PiRT^ CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN, ALEGÓR. 159 

Pero estos defectos literarios del Rimado del Palacio, hi- 
jos ÍDdudabiemente de la azarosa inquietu(l del poeta, no des- 
virtúan en modo alguno la idea generadora del mismo poema, 
como no deslustran sus multiplicadas bellezas; ni oscurecen la 
representación que hemos designado al Gran Canciller en la 
historia de las letras castellanas. Al emplear la ya olvidada me- 
trificación heróico-erudita, para dar ár sus advertencias el vene- 
rable aspecto de la antigüedad; al revestirlas de la forma didác- 
tica y enriquecerlas con las fructuosas lecciones del apólogo ^, 
no solamente rendia el tributo de su respeto á la tradición del 
arte de Berceo y del Archipreste de Hita, sino que aparecía en 
contradicción con los innovadores de su tiempo, inclinados ha^ta 
el punto que veremos en breve, Á la imitación italiana. Este an- 
helo y generoso empeño trasciende también al estila y lengua- 
je del Simado, imprimiéndoles cierto sabor arcaico, peregrino 
ya respecto de las producciones de sus coetáneos y más nota- 
ble todavía, cuando se repara en el esmeró, que pone el mismo 
Pero López , al cultivar el habla de Castilla en sus obras his- 
tóricas *. 



1 Demás del apólogo que dejamos copiado, insertó Ayala ottDS tomados 
de las vidas de los santos y aun de la Sagrada Escritura, en que se mostró 
muy docto. Pueden servir de ejemplo el contenido en las estrofas 558, etc., 
que es la parábola del orgulloso^ que narra el Evangelio y que es muy se- 
mejante en sus Anes morales al cuento de Doña Trufana del Conde Luca- 
nor, y el comprendido desde la copla 564 hastiC la 573, que refiere el mi- 
lagro obrado por S. Nicolás, con un padre que tenia tres hijas, á punto de 
perderse, y recomienda eficácísimamente la confianza que debe tenerse en 
la Providencia. Sentimos no poder trasladarlos. El último ejemplo lo men- 
ciona también el Dante en el canto XX del Purgatorio, 

2 Justo nos parece notar respecto de los versos empleados por el Canci- 
ller, expecialmente en aquella parte del Rimado del Palacio que constituye 
el verdadero poema didáctico y en la que imita los Morales de Job, que si- 
guiendo la antigua y primitiva tradición de la métrica heróico-erúdita, al- 
ternó los octonarios, ó de diez y seis sílabas, con los pentámetros» ó de ca- 
torce, no desechando tampoco los exámetros de quince, cuya aplicación 
dejamos reconocida en diversos pasages de la presente obra. Al proceder 
de esta manera, no pecó Ayala de ignorancia, como han dado á entender 
los que condenan sus versos por irregularidad y rudeza. Sin el propósito 



140 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA BSPAflOLA. 

Cierto es que, al escribirlas, cedia el Canciller áu otro pen- 
samiento de verdadero progreso intelectual, levantando sus mira- 
das & la gran literatura latina, cuyas olvidadas reliquias, remo- 
vidas en el suelo de Italiar por el cisne de Yalclusa y sus doctos 
discípulos, empezaban á iluminar los horizontes del Renadmi^nh' 
to. La elevación de su caráx)ter^ la severidad de sus principios 
y la madurez de su talento le llevaban ai estudio de la histo- 
ria: Tilo Livio, que habia encendido en el pecho de Petrarca 
profundo respeto hacia la antigüedad romaha, le infunde tan 
alfo admiración que no contento con saborear sus pintorescas 
narraciones en lengua latina, quiere también que lo posean en 
la castellana sus compatriotas. Al traducirlo, no solamente se 
familiariza con el brillante estilo del padre de la historia roma- 
na, sino que penetrando las grandes máximas del arte narrati- 
vo, llevado por Livio & extremada perfección, abriga el deseo de 
realizarlas, enriqueciendo la patria literatura. 

Ofrecíale en verdad materia abundante j propia de un grande 
historiador la época en que florece : hablase consumado en ella 
la ruina de la dinastía fundada por Sancho lY sobre el usurpado 
trono de Alfonso X, levantándose ahora el solio de un príncipe 
bastardo sobre el cadáver del rey don Pedro, cuyos derechos 
legitimaron en su padre los triunfos del Salado y de Algeciras« 



de conservar la tradición artística y sin el conocimiento de esa misma tra-* 
dicion, no hubiera podido aspirar á trasmitirla á la posteridad, contrapon 
niéndola á las innovaciones que se autorizaban en su tiempo; y no es lícito 
creer que el juez elegido pos los más afamados trovadores para decidir, co^ 
mo .después advertifemos, de la excelencia de sus poesías, desconociese los 
más sencillos rudimentos del arte. La misma acusación pudiera dirigirse 
contra el Archipreste de Hita^ pero con igual injusticia y falta de criterio. 
En cuanto á los arcaismos de estilo y de lenguaje, debemos notar que, de- 
más de los que naturalmente provienen de la imitación de las formas lite- 
rarias, se hallan no pocos relativos á la dicción, los cuales puede sepalar 
fácilmente en la lectura todo el que tenga hecho el paladar á la de los mo- 
numentos de la edad media: tampoco dejará de advertir los que respectan á 
la acepción sucesiva que tienen ciertas voces, punto de no escasa importan- 
cia en la historia de las lenguas. Juzgamos impertinentes los ejemplos, co- 
piados ya tantos pasages del Rimado, 



n.* PARTE, GAP. til. PRdTfiXTA CONTRA LA INN. ALECÓR. 141 

De larga y encarnizada contienda, cuyos horrores se reproducen 
bajo multiplicados aspectos, habia sido espectador y victima el 
pueblo castellano : al arrimo de las parcialidades que ambiciona-*- 
ban el dominio del Estado, se agitaban altos y trascendentales 
intereses, reproduciéndose con mayor fuerza que nunca la gran 
lucha social y política, que ensangrienta una y otra vez los ana- 
les de la edad-media. Corrompidas las costumbres en medio de 
tanto estrago; mezclados en las discordias civiles, que agriaban 
con su ejemplo los que tenían cargo de la paz y de la religión; 
vencidos de sórdida venalidad los que debían egercer con celo 
incorruptible la justicia,, tomaba aquel extraordinario cuadro 
grandes dimensiones , apareciendo digno del vigoroso pincel de 
Tácito. 

No alcanzó el Canciller Pero López de Ayala & imprimirle, en 
su Crónica del Rey don Pedro, aquella terrible profundidad 
que caracteriza los Anales del biógrafo de Agrícola, porque no 
podía decir, como él: procul causas habeo; y por má.s qiie én el 
Rimado del Palacio, se elevase sobre todos los intereses de la 
tierra^ ganando reputación de austero moralista, — al tomar pla- 
za de historiador, érale forzoso recordar que habia sido parte y 
espectador de los sucesos que narra, no pudiendo por tanto co- 
locarse \ la distancia conveniente para contemplar la grandeza 
del cuadro, en que se dibujaba también su figura. Falto pues de 
punto de vista, desde el cual abarcase de una sola mirada el 
vario conjunto de aquel difícil y complicadísimo período; dominado 
á pesar suyo por el espíritu y el interés de la clase, á que perte- 
necía; llevado finalmente del ejemplo de los cronistas que le pre-^ 
cedieron, utilizaba el del rey don Pedro sus estudios de Tito Livío 
bajo la relación simplemente literaria, y fijándose en los porme- 
nores, exponíalos con inusitada brillantez, bien que revistiendo^ 
los á veces de tal colorido que han llegado á tenerle por sospe- 
choso y parcial no pocos escritores nacionales ^ 



1 No es en verdad escaso el número de escritores que han mostrado 
estas dudas^ desde que fué retocado en igual sentido el Memorial del des- 
pensero de la reina doña Leonor, según veremos en breve: todos ó casi 



142 HISTORIA CRttICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Verdad es que esta acusación se funda más principalmente 
en la conducta de Pero López de Ayala, como vasallo que aban- 
dona á. su rey que en los hechos por él n^irrados en la Cró- 
nica de don Pedro : comprobados estos en su mayor parte por 
nuestros más doctos historiadores, no es ya lícito poner en duda 
la honradez y veracidad del cronist^ cualquiera que sea el jui- 
cio que forme la crítica sobre las causas que los produjeron y 
su trascendental representación en la historia de la civilización 
española *. Ni de la sevicia de los que han exagerado la cruel- 
dad del hijo de Alfonso XI, ni de las acaloradas defensas par- 
ciales que aquella ha producido, pued^ ser responsable el Gran 
Canciller de Castilla. 



todos se han fundado dcspacs en el testimonio ínteresatísinto de don Fran- 
cisco de Castilla, tercer nieto no legítimo del rey don Pedro, que en unpoc' 
ma escrito en 1517 y titulado: Práctica de las virtudes de los buenos reyes 
de Españaf que mencionaremos oportunamente, atendió á vindicar la memo* 
ria de su progenitor, escribiendo aquellos famosos versos que empiezan: 

El gran rey don Pedro | que el vulgo reprueba. 
Por selle enemigo | quien bizo su historia, etc. # 

Apoyado por el interés de su sobrino don Diego de Castilla, deán do To- 
ledo en 1570, y segundado, con poca sinceridad y no grande amor de lo 
cierto, por el doctor Pisa (Descripción é Historia de Toledo^ L. IV, c. 24); 
por el maestro Fernando de Ávila (Arbitro entre el Marte francés y las vin- 
dicias Gálicas, pág. 55), por el entendido Ximena (Anales eclesiásticos y 
seglares de Jaén, pág. 357), por Alvia de Castro {Memorial politico por la 
ciudad de Logroño, págs. 4S y 49), Berganza (Antigiiedades de España, 
t. II, pág. 207) y otros muchos, llegó á hacerse moda la tarea de acusar á 
Ájala de calumniador, moviendo al cabo al erudito Floranes á salir en su 
defensa con la Vida literaria del Canciller, donde si se excedió á menudo 
en las alabanzas, se mostró celoso de la verdad, desvaneciendo los errores 
de uno^ y la poca sinceridad de otros. Los argumentos y las pruebas de 
Floranes han sido reproducidos con nueva y mayor fuerza lógica, en varios 
artículos, dados á luz por don Antonio Ferrer del Rio en la Revista española 
de ambos mundos, (t. IV, págs. 5, 129 y 257). 

1 Veáse el discurso preliminar, que puso Zurita á sus Enmiendas y ad- 
vertencias á las Coránicas de Ayala, reproducido por Llaguno y Amírola 
al frente de su edición de la del rey don Pedro» 



U.* PARTE, CAP. III. PnOTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓR. 145 

Sin que fuese el primero de los cronistas castellanos^ como 
ha dicho aventuradamente un renombrado escritor de nuestros 
dias *, era pues el primero que tomando directamente por mo^ 
délo un historiador de la antigüedad clásica, realizaba, como 
cultivador de la. historia nacional, las aspiraciones de los erudi- 
tos hacia el estudio del mundo -antiguo, ya iniciado en la lite* 
ratura castellana bajo diferentes aspectos *. Ayala escribe, de- 
más de la Crónica del Rey don Pedro, las de don ^Enrique 11, 
don Juan I y don Enrique III, en cuyas meritorias vigilias 
llega á sorprenderle la muerte ^: en todas estas obras es claro, 
conciso, elegante más que otro alguno de los escritores de stt 
tiempo: en todas resplandece el decoro de la narración, la pureza 
y frescura del lenguage ^, la sencillez del estilo, sin que asome 



1 ViUemain: este crítico, tan celebrado de sus compatriotas^ pone á 
Pero López de Ayála como el primero de los cronistas castellanos, desco-^ 
nociendo todo el desarrollo histórico que hasta la época del Canciller habia 
tenido nuestra literatura (Tahleau de la Litterature au moyen age, 
lect. XYl). £1 error es de tal bulto que no ha menester ser refutado, despaeV 
de los estudios que llevamos hechos. 

2 En orden á los estudios históricos, juzgamos oportuno recordar cuanto 
observamos, respecto de su inclinación al conocimiento de la antigüedad, 
en el cap. XIX de la If parte. 

3 De la Crónica de Enrique IH sólo llegó á componer los seis primeros 
años, habiéndola dejado incompleta «por ocupación, de vejez ó por la do^ 
lencia de que finó», según expresa Alvar García de Santa María en el pró- 
logo de la de don Juan II. En varios MSS. se suplió lo restante del reinada 
hasta la muerte del referido don Enrique; pero Con. simple carácter de apun- 
tamientos anuales, como puede verse en la edición de Llaguno (págs. 582 y 
sigs.). De aquí provino sin duda que algunos escritores^ y entre ellos Juan 
Pérez de Vargas en su Nobiliario , juzgasen que el Canciller llegó en sus eró* 
nicas hasta el fin de dicho reinado, lo cual sustentó Ramirez de Prado en la 
dedicatoria de las Emiendas de Zurita. Aun cuando esto no pueda demos- 
trarse, es indudable que el propósito de Ayala fué acabar la obra empeza- 
da» y que sólo la muerte desbarató su intento. 

4 Debemos advertir no obstante que hallamos en las crónicas algunos 
galicismos que denotan, desde luego que no se vio libre el Canciller de Id 
influencia de los libros franceses que de continuo Icia, ni del trato que tuvo 
con los aventureros y aun con los cortesanos de Carlos IV. Entre otros mu- 



144 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAf^OLA. 

en ella ni aun remotamente aquella pedantesca afectación^ que 
alg^un tiempo después caracteriza la prosa de los más notabled 
escritores 'castellanos, que se precian de imitar en sus produo* 
cienes las elegancias latinas. 

Dotes son estas que han ilustrado el nombre del Gran Canci- 
ller^ conquistándole el constante aplauso de nuestros eruditos 
y la ^consideración de los extraños ^; pero si avaloran todas las 
crónicas de Ayala, en ninguna brilla tanto como en la del Rey 
don Pedro el noble empeño de aclimatar en la literatura patria 
el florido pincel de Tito Livio, empresa que heredan de sus ma- 
nos nuestros más esclarecidos historiadores « Animado aquel tur-» 
búlente reinado por el interés de las grandes catástrofes que en 
él se consuman, fué dado al Canciller, siguiendo las huellas del 
historiador de Roma, dar á conocer y bosquejar el carácter de 
los numerosos personages, que figuran en su historia, por medio 
de arengas y de cartas, muchas veces oportunas y escritas siem- 
pre coi loable sobriedad y maduro juicio. El Principe Negro, 



<!ho9 ejemplos que pudiéramos citar, bastarán las voces rendición por resá- 
cate, finanza por hMienda, eic, tomados visiblemente de rengan y de 
finan^, 

1 £1 diligente Floranes enumera al final de la Vida literaria del Can- 
ciller los escritores que le elogiaron hasta fines del siglo XVII , catálogo 
que pudiera fácilmente duplicarse desde aquella fecha. Compréndense en el 
mismo hasta treinta y tres autores, entre quienes figuran los respetabilísi-» 
mos nombres de Alvar García de Santa María, Fernán Pcrez de Guzman, el 
Marqués de Santillana, Marineo Sículo, Garibay, Ambrosio de Morales, 
Mariana, Santotis, Colmenares, Pellicer, don Nicolás Antonio y Ortiz de Zú- 
ñiga. De todos estos testimonios parécenos muy digno de tenerse en óucnta» 
por la naturaleza de su autor, el debido á Mar|neo Sículo: «Fuit (dice) 

»praetereaet liberallum artiumatque disciplinarum omnium percupidus 

nPhilosophiae namque et historiar um libros libentissime lectitabat, et ma- 
nxime Títum Livium, aliosque libros qui de romanorum rebus gestis sua- 
•vissime scripti fuerunt. Ídem moralis philosophiae et divi Grcgorii ' ele- 
ngantíssima opera semper in manibus habebat» (De Rebus Hispaniae 
MemorabüibuSf lid. XXIIÍ, fol. 151). Respecto de otros escritores extraños 
notaremos, que desde Boutervireck hasta Ticknor^ apenas se hallará uno que 
no le tribute análogos elogios , como cronista y cultivador de la prbsa 
castellana. 



n.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 145 

Beltrandu-Guesclin y los principales caballeros que militan, ya en 
el campo del rey don Pedro, ya en el de don Enrique, revelan por 
los discursos que pone en áus bocas el historiador y por las 
epístolas que dirigen á sus amigos y á sus adversarios, las ideas 
caballerescas y el espíritu aventurero que los animan, producien- 
do singular contraste con la gravedad de los españoles. 

Sin duda esta forma expositiva, altamente dramática y reser- 
vada en los tiempos modernos más principalmente para la novela, 
era ocasionada al abuso, al ser imitada de los sucesores de 
Ayala; más lícito es observar que al seguir el ejemplo de Livio, 
asi en la Crónica del rey don Pedro, como en las de don Enri-- 
que y sus herederos, no llega este artificio literario á deslustrar 
la sencillez de la narración, contribuyendo en cambio á delinéala 
cx)n más vigor y exactitud los caracteres históricos. Para prueba 
de esta observación, trasladaremos aquí el pasage, en que nos 
refiere la gallarda y caballeresca porfía, habida entre el Principe 
Negro y Beltran-du-Guesclin sobre el rescate del ultimo, preso 
én la batalla de Nájera. 

«Después que fué preso (dice el Canciller), fízole mucha onra; et 
»>quando partió de Castilla, leuólo consigo á Burdeus. Et estando allí, 
»Mo6en Beltran fizo decir al Príncipe que fuesse su mercet de le mandar 
)>poner á rendición; ca non compila á su servigio estar él así en la pre- 
))8Íon et que mejor era levar del lo que pódiese pagar. Et el Príncipe 
iK>uo su consejo que por quanto Mosen Beltran era muy buen cauallero 
i>que seria mejor, durando la guerra de Francia et de Inglaterra, que e^ 
ntoviese preso et que mas valia perder la oobdigia de lo que pedia mon- 
i^tar su rendición que librarle. £t fizóle dar esta respuesta al dicho Mb- 
»sen Beltran; et cuando Mosen Beltran lo oyó, dixo así al cauallero que 
Desto le dixo de parte del Príncipe: — ccDezit á mi señor el Príncipe que 
«>70 tengo que me faze Dios et él muy grant gracia, entre otras muchas 
Donras que 70 oue en este mundo de cauallería, que mi langa sei^ tan 
«temida que yaga en presión durante Ida guerras entre Francia et In- 
»glaterra, et non porál. Bt pues así es, 70 tengo por onrada mi presión 
Dmás que la mi delibranga: et que sea gierto que 70 gelo tengo en merget 
)>mu7 señalada, ca todos aquellos que lo 07eren et sopieren, teman que 
Dresdbo dende mu7 gránt onra. Et el bieü et prez de caüalleria en esto 
))vá; cá la vida a7na pasa. 

»Et el cauallero dixo al Príncip^todas estas razones que Mosen Bel- 
Dtran dixera, et el Príncipe pensó en eÜo et dixo: — Verdad dige: it et 
Dtomat á él et dicilde qué á mi place de le poner á rendigion et que 
Tomo v. • 10 



146 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPÁfíOLA. 

))la contia que él dará por si, que sea tanta quanta él quisiere, et más 
»non le demandaré: et si una sola paja promete, por si que por tanto 
))le otorgo su delibranza». — Et la enten^ion del Príncipe era esta: que 
Msi Mosen Beltran dixesse que por cinco francos quería salir de pre- 
nsión, que más non le demandasse, ca por quanto menos saliesse, menos 
))onra leuaua ; et que entendiese Mosen Beltran que non le detenía el 
))Príncipe por otro temor que del oijiiesen los ingleses et quél podía bien 
nescusar sus dineros. Et el cauallero tomó á Mosen Beltran et díxole: 
— «Mi Señor el Príncipe, vos envía decir que su voluntad es que vos 
»seades libre de la presión et que vuestra fínanza sea tanta contia quan- 
))ta vos quisieredes et dixeredes, et que más non pagaredes, aunque 
))más non prometades que una paja de las que están en tierra. Et que 
))esto sea lu^;o». Et Mosen Beltran entendió bien la entencion del Prin- 
»cipe, et dixo: — «^o le hé en mer^et á mi Señor el Príncipe lo que me 
genvia á degir; et pues si asi es, jo quiero nombrar la contia de mi fí- 
nnanza». 

»Et todos coibdaban que se pornía en alguna pequeña contia^ ca Mo- 
»sen Beltran non auía en el mundo si non el cuerpo. Et dixo Mosen 
nBeltran así: — ^Pues que mi Señor el Principe es asi franco contra mí, 
))et non quiere de mí salvo lo que yo nombrare de fínanza, decidle que, 
»maguer só pobre cauallero de contia de oro et de monedas, pero que con 
^esfuerzo de mis amigos yo le daré cien mili francos de oro por mi cuer- 
»poet que desto le daré buenos recabdos». — Et el cauallero del Príncipe 
»tornó á él muy maravillado et díxole: — «Señor, Mosen Beltran es rendi- 
»do á su uoluntat et ha nombrado su fínanza.» — Et el Príncipe le pre- 
Mguntó — ^¿Qué contia?... Et el cauallero le dixo: — ((Señor, Mosen Beltran 
»dice que uos táene en merget todo lo que le enviastes dezir en razón de 
»8u finanza; et dice que como quier que él sea pobre cauallero en oro et 
))Qn moneda, empero que con esfuerzo de sus parientes et amigos él vos 
))dará cient mili francos de oro por su persona et que desto vos dará bue- 
)}no8 recabdos». —Et el Príncipe fué marauillado, primeramente del 
))grand coraron de Mosen Beltran, otrosí dónde podría auer tanta oon- 
»tía, etc.» í. 

Nadie habrá, que, leyendo este pasage, no forme cabal idea 
de los diversos caracteres del Príncipe Negro y del aventurero 
du-Guesclin, tal vez con mayor seguridad que si el historiador 
se hubiese detenido largamente en la pintura de uno y otro. 
Mas no por que se inclinase Ayala á este género de descrípcío- 

• 
1 Crónica del Rey don Pedro, cap. XVIII del Año XVIII. 



II.* PAUTE, CAP. III. PRÜTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 147 

nes, desconocía el arte de bosquejar directameate los personajes 
que en su narración figuraban: los ejemplos no escasean en las 
cuatro crónicas; pero sin apartar la vista de la del Rey don Pe- 
dro ni del mismo principe, bien puede presentarse, cual modelo 
de enérgica y elegante concisión, el retrato que encierran. estas 
breves líneas: 



«Fué don Pedro asaz grande de cuerpo et blanco et rubio et ceceaba 
»un poco en la fabla. Era muy cazador de aves. Fué muy sofrídor de 
Dtrabajos. Era muy temprado et bien acostumbrado en el comer et be- 
»ber. Dormía poco et amó mucho mugeres. Fué muy trabajador en guer- 
»ras. Fué cobdi^oso de allegar tesoros et joyas tanto que se falló des- 
npues de su muerte que valieron las joyas de su cámara treinta cuentos 
»en piedras preciosas et aljófar et baxilla de oro et de plata et en paños 
»de oro et otros apostamientos, etc. i. 

Quien en tan contados rasgos transfería la figura, los afectos 
y las costumbres de un personage de la magnitud del rey don 
Pedro, no era ciertamente indigno de la empresa que había 
echado sobre sus hombros, al cultivar la historia patria. Críticos 
Bay sin embargo para quienes, al ser comparadas sus crónicas 
con la Estoria de Espanna del Rey Sabio, escrita un siglo an- 
tes, «carecen del encanto de aquella poética credulidad que se 
complace má3 bien en las dudosas tradicciones de gloria que en 
los hechos mis auténticos» ^. Pero no dirigiremos nosotros car- 
go alguno al Canciller, por no haber impreso en sus obras histó- 
ricas el sello tradicional que distingue los primitivos monumen- 
tos de nuestra literatura y que resplandece en las Estorías de 
Alfonso X: llamado á la vida actual de Castilla por la importan- 
cia de los suceso? que acaecen á su vista; abierto ya con las cró- 
lííoas de los cuatro últimos reyes, y en especial con la del con- 
quistador de Algeciras, el camino que. debía seguirse respecto 
de la historia contemporánea, no era licito á Pero López alterar 



t Id. eap. VIII del año XX y último. 
2 Ticknor, I.»* Época, cap. IX. 



148 HISTORIA CRtTlGA DE |.A LITERATURA ESPAÑOLA. 

el espíritu de los hechos por él narrados y conocidos general- 
mente por sus lectores. 

La exposición histórica habia perdido en verdad no pequeña 
parte del atractivo é interés que le comunicaban las relaciones, 
hijas Áe las creencias y de los sentimientos de la muchedumbre; 
pero en cambio cobraba mayor autoridad y riqueza en los por- 
menores y circunstancias ambas que se cumplen en las Crónicas 
del Canciller, á quien por otra parte no puede negarse el cono- 
cimiento de la antigua historia de Castilla. Demuéstranlo así los 
primeros capítulos de la del Rey don Pedro y las diferentes 
arengas ó discursos, que pone en boca de los principales perso- 
najes de la misma y de las tres siguientes, documentos en que no 
sólo hace gala de razonable caudal histórico, sino de claro y pro- 
fundo juicio *. 



1 Véase el cap. V del Año VI! de la Crónica de dort Juan I, y el no 
menos notable del año VIH de dicha Crónica, señalado con el núm. X. Son 
asimismo dignos de menci<ui los capítulos I , XIV, XVII , XVUI y XIX de la 
del Rey don Pedro, si bien abundan en notables errores, relativos á las anti* 
güedades españolas, de que tratan. Debemos advertir aquí que en orden á es- 
tos pasages es conveniente consultar los códices originales, así como también 
respecto de todas las crónicas de Ayala. Cierto es que después de la edición 
de Llaguno, quien tuvo presentes los más notables MSS. del Escorial y el 
que habia sido propiedad de Zufita, recobraron las historias del CanciUer 
casi toda su primitiva pureza, enmendados los desaciertos cometidos por los 
antiguos editores ; pero aun así y todo parecerános siempre acertado el con- 
sultar los códices más antiguos, á fin de formar cabal idea de ciertos acci- 
dentes de estilo y de lenguage, que imprimen Verdadero carácter á las obras 
de la edad-media. Si el docto Conde hubiera hecho este detenido examen^ 
no habria caído, al escribir el Informe arriba mencionado, en el error de dar 
por obra de Ayala la Continuación (como él dice) de la Crónica de Espa- 
ña, ni la Traducción de la crónica del Arzobispo don Rodrigo y sus adi- 
ciones hasta don Sancho; obra que es sin duda la CróY^ica general de CaS" 
tula, ya antes examinada. En cambio hubiera reconocido^ con Zurita, la 
existencia de la Crónica Abreviada, tan útU para la ilustración de la que 
aquel docto historiador apellida Vulgar y tan semejante á ella en todas las 
dotes y condiciones literarias, que brillan en Ayala. Demás de los códices 
que cita Llaguno, no son indiferentes los marcados en el Escorial X. ij. 1 
y X. ij. 5 respecto de las Crónicas de Juan I y Enrique III. 



' II.' PAUTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 149 

Mas si todavía pudiera dudarse de este aserto, bastaría á 
confirmarlo, por lo que respecta á la antigua historia de Casti- 
lla, la que el mismo Canciller escribió en 1398 del linage de 
Ayala et de las generaciones de los señores que fueron <fó/,obra 
en que conducido por el interés de familia, se remonta é. la ir- 
rupción sarracena para teger sus genealogías ^ Seguia al escri- 
birla, el intento ya manifestado por su padre, quien «como era 
«tan grand cauallero et tan entendido et mesurado en todos sus 
»fe(3hos, et se pagaba de decir bien et apuestamente, et otrosí 
>de a]pangar noticias de letras et de estorias de cosas nobles et 
•grandes que en el mundo oviessen pasado...., fuera siempre en 
•i^iaginacion de aueriguar los fechos de sus pasados et la prez 
•et la onra que ovieran alcan^do, et quáles auian ellos seydo 
•desde el primero, et qué cosas nobles finieron en sus tiempos el 
•cómo los cataron los reyes sus señores et quál estado et parien- 



•tes allegaron». 



Para dar cima á esta idea, habia puesto Fernán Pérez de 
Ayala «en romance de su tiempo» cierta «antigua escripturá», 
debida á don San Velazquez, «un muy grand cauallero de los de 
Ayala» ; y armado de ella y allegando otras «escrípturas, in- 
quisiciones ciertas et relatos de los passados», acometía Pero 
López la empresa de escribir la Historia de su casa, que le ha 
ganado alta reputación entre los genealogistas, y le asegura eti 
realidad puesto muy señalado entre los cultivadores de las an- 
tigüedades españolas. El Gran Canciller de Castilla mostrábase 
por demás pagado del asunto, «Qá avedes de saber (decia) qim 
•grande cosa. Dios loado, fué antiguamente este linage de los 
•de Ayala; et muchos altos señores et nobles generagiones et 
•buenas, también de Castilla como de otras partidas, estiman 
•auer comienQo.de él, por ser él tan antiguo et los sus fechos 
•muy notables^. Respetando esta declaración, que tanto halagaba 
el orgull9 aristocrático de Pero López, licito será no obstante ob- 
servar que nadie hasta su tiempo habia ilustrado, como él, la es- 



l Florancs, Vida literaria del Canciller, Parte III.*, pág. 455. 



150 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

tirpe y nombre de Ayala; pudiendo decirse con entera justicia 
que se llevó tras si antes y después toda la gloria de su linage, 
por su esclarecido talento y por elniérito de sus producciones 
literarias. 

Una de las más interesantes que salieron de su pluma y que 
no ha visto aun la luz pública, es el Libro de Cetrería, escrito 
en 1386 durante su enojosa prisión en el castillo de Oviedes, y 
dirigido al obispo de Burgos, don Gonzalo de Mena, su parien- • 
te, y maestro en esta peregrina arte *. Y decimos dé las más 
interesantes, porque refiriéndose á una de las costumbres más 
pintorescas y generalmente recibidas entre los magnates de la 
edad^^media, atesora curiosas noticias que en vano buscaríamos 
en estos monumentos, las cuales son del más grande efecto para 
comprender parte no despreciable de la vida de nuestros mayo- 
res. Siguiendo las huellas del Rey Sabio y de don Juan Manuel, 
á quien expresamente cita repetidas veces *, muestra que escri- 
be «una pequeña obra para egercicio de los omes, por los tirar 
»de oqío et malos pensamientos, et que puedan auer entre los sus 
«enojos et cuidados algund plazer et recreamiento sin peccado». 



1 £n algunos MSS. se Ice el nombre de don Gonzalo de Nieva; pero 
don error de copia. Don Gonzalo de Mena, á quien llama Carta g-cna Gundi-' 
salvus TertiuSt cognomento de Vargas, y otros apellidan también Rodas, fué 
elevado á la de Burgos desde la silla calagurritana en dicho año de 1386, 
p fines del anterior (Florez, Esp, Sagrada, i. XXVI, pág, 364 y siguientes): 
por manera que constando de la dedicatoria que «Pero López de Ayala, su 
humil pariente et servidor • lo escribió «en la grand coyta et quexa» que 
tenia «en la prisión do estaba (do esto, dice), no puede haber duda en que 
el Libro de Cetreria*íué compuesto en los diez meses y medio de dicho 
año, que permaneció en el cautiverio de Aljubarrota. 

2 Para prueba de que- aprovechó Ayala las observaciones de don* Juan 
Wanucl, á quien conoció tal vez siendo muchacho, pues contaba cuando 
falleció aquel príncipe quince años (y no como dice Ticknor cincuen^ 
ía, Trad. cast. t. I, pág. 187), citaremos los siguientes palabras: «De^ia don 
sJohan Manuel, fijo del Infante don Manuel et señor de Villena, %ue fuó 
»muy grand señor et era muy calador et muy sotil en esta s^ien^ia de las 
»aves, que grand differencia avia de querer ca(jar á ser sabidor dello en las 
«regir et fa9er los aves» (cap. I). Esta idea se halla en efecto en el Libro 
de la Ca^a, antes de ahora examinado. 



II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓR. 151 

Para componerla ^ consultó los eacritos que «departían de las 
aves», y tomando de ellos lo que «más cierto falló» y concer- 
tando las «opiniones de los cazadores» con la experiengia que 
«deste fecho probó et vio et aprendió, así de los plumajes como 
•naturas et condiciones de las aves», dividió el Libro de la Ce- 
trería en cuarenta y siete capítulos ^ , en los cuales expuso 
las reglas que debian observarse, ya en la cría de azores, fal- 
cones, gavilanes, esmerejones y alcotanes, ya en la elección y 
enseñanza de los falcones, baharíes, tagarotes, gerifaltes, sacres, 
borníes y alfaneques, ya finalmente en el cuidado de sus enfer- 
medades y de sus mudas. 

Magnificencia de señores era el tener aves y cazar con ellas 
en el campo: este ejercicio desterraba el ocio y fortificaba el 
cuerpo, preparándolo para las fatigas de la guerra: apenas se 
contaba en Castilla y fuera de ella personage digno de respeto 
que no pudiera pasar por extremado en tal arte, complaciéndose 



1 No todos los códices que hemos consultado^ ofrecen la misma divi- 
sión , lo cual es sin duda efecto de la poca exactitud de los trasladadores. 
En la Biblioteca Nacional se custodian hasta tres MSS. de este precioso li- 
bro, señalados L. 149, L. 176 y L. 197, y todos tres difieren en este pun- 
to¿ £1 más completo es sin duda el L. 149, que sirvió tal vez á don Blas 
Nassarre (á quien perteneció el 197) para reponer algunas lagunas que en 
el mismo existían, según declara en nota puesta en 1734. Al ñnal de estos 
dos códices hay otro tratado, que es una especie de colección de aforismos 
ó máximas sobre volateriU con este título: «Esto es lo que han menester 
dIos falcones et las aues para ferlos al ayre, quando ome los hsl bravos et 
«salvages.» — ^Los referidos MSS. están en papel y son copias muy posterio- 
res á Ayala. No sabemos el paradero de los códices que Sánchez (Poesías 
CcíStellaruiSf t. I, pág. 107) vio en las librerías de Campo Alange y de Ll»- 
guno. La Academia de la Historia guarda un estimable ejemplar en su bi- 
blioteca: en la del Escorial hemos registrado el que lleva la marca U. ij. 19, 
que trata en seis libros de Cetreria, dando á conocer toda ralea de falco- 
nes, su cria, su enseñanza^ alimento, suertes de caza en que se emplean, sus 
enfermedades y física (curación) de los mismos. Es un tomo en fóUo, escri- 
to en papel 9eptí, á dos columnas, de letra del siglo XV; pero muy distin- 
to en su redacción de los libros de don Juan Manuel y de Ayala, y no se- 
mejante al de Juan de Fagunt, falconcro de don Juan II, que adelante reco- 
noceremos. 



152 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

el Gran Canciller en mencionar expresamente aquellos que lo- 
graban mayor fama de grandes cazadores': «Primeramente (de- 
»c¡a haber conocido) en Francia á don Phelipe, fijo del Jley dé 
•Francia, duque de Burguna et conde de Flandes et de Artoys, 
»et 1^1 conde de Franqueravilla; et en Aragón al vizconde de Día 
»et & don Pedro .Jordán de Urries, mayordomo mayor del rey 
»de Aragón, et & don Pedro Fernandez de Ixar, rico-orne, Et en 
•Castilla que dixo (de la caza) á. don Juan, fijo del Infante don 
•Manuel, señor de Villena, et & don Gonzalo de Mena, obispo de 
•Burgos et & don Enrique Enriquez, et á don Juan Alonso de 
• Guzman, et á. Remir Lorenco, comendador de Calatrava, et á. 
•García Alonso de Vega, cauallero de Toledo, et & Johan Marti- 
•nez de Yillazan, alguacil mayor del rey, et á don Fernán Gómez 
•de Albornoz, comendador de Montalb^n; et lo que dixeron dos 
•falconeros, el uno del rey don Fernando de Portugal, que de- 
•zian Pedro Miqino, et el otro Pedro Fernandez, falconero del 
•rey don Pedros, que los acreditaba asimismo de muy peritos 
en aquella arte ^ 

Con la experiencia de todos estos insignes cazadores de aves 
y su propia experiencia, logró pues el prisionero Ayala escribir 
un libro, útil para aquellos de sus coetáneos que se egeroitaban 



1 Cap. I. Respecto de otro? famotos cazadores y'falcones son may cu- 
riosas las noticias que nos ha conservado Ayala. Hablando de los tiempos 
de don Pedro de' Castilla, decia: «Yo vi al rey don Pedro un falcon baharí 
>et mallorquí que le llamaban Donsella; et traíalo un su falconero quel Ha- 
>maban Alfonso Méndez... £t yo vi un baharí sardo del rey don Pedro, que 
«tenia Ruy González de Illescas, comendador de Santiagt), que era su fal- 
Monero... et vi al rey don Pedro un targarote quel traía un falconero quel * 
»dezian Juan Criado, et llamaban al falcon Botafuego (cap. III). Yo vi al 
»rey don Pedro un torzuelo que fuera de Garcilaso de la Vega, et llama van 
»al falcon Pristcdejo (cap. VI). Vi en casa del rey don Pedro un alfaneque 
»tor9uelo muy pequeño que llamaban Pica/igo» (cap. Vil). Para ponderar 
el valor de los falcones, observaba: — «A mi acaesció comprar dellos (délos 
«braban^ones) en Paris^ et los falconeros que me los vendieron, venirse 
«conmigo á Castilla con sus soldadas». Sólo se comprende esto, al saber 
que un fMi pollo altanero costaba cuarenta francos de oro, sesenta un 
garcero y hasta setenta y más los que hablan mudado (cap. VIII). 



II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 153 

eD semejante recreación y no menos provechoso para los que 
atiendan en nuestros dias al sabroso estudio de las costumbres 
de la edad-media. Por él se comprende fácil é íntegramente la 
alta significación y valor que tuvieron entre nuestros padres todo 
linage de falcones^ el casi fabuloso esmero con que los cuidaban, 
haciéndolos dormir en sus mismas cámaras y al lado de sus pro- 
pios lechos, la singular atención con que los educaban, la más 
eficaz aun con que acudían á prevenir ó á curar sus enferme- 
dades. Parte esenciallsima era para todo buen cazador el conocer 
perfectamente las señales que acreditaban la buena ralea de los 
falcones; y siguiendo en este punto el ejemplo de don Juan Ma- 
nuel, ponia el Gran Canciller de Castilla no.poco empeño en de^ 
terminarlas^ manifestando cuan holgadamente brotaban de su 
pluma tales ^descripciones*. Hablando de los neblíes y baharíes, 
• escribia: 

«Solamente al neblí et al bahorí llaman faloones et gentiles; ca han 
ttlas manos grandes et los dedos delgados, et en su talle son muy genti<* 
jÁea, que han eabe^as más primas et las palmas en las puntas mejor sa*^ 
meadas et las colas más cortas et más derribadas en las espaldas^ et más 
»apercibido8 et más ardidos et de mayor esfuerzo. Et sus gobernamientos 
»son más delicados que los otros que dicho avemos, et quieren ser gober*- 
imadns de mejores viandas et ser siempre traydos muy bien en manos, 
•»por el grande orgullo que han; et non sosiegan mucho en la alcándara 
»et son de muy grand cora^n. Et los gerifaltes et sacres et bomís et al- 
»faneqUes son de otros talles et fagtiones en los cuerpos; et las colas han 
i>más luengas et la cabec^s grandes et las manos más gruesas et los de- 
iKÍos más anchos et más cortos: et sufren mejor, aunque les den et gouier- 
»nen de más gruesas uiandas; como quier que de qualquier plumaje que 
Dsea el ave, si le dieredes buenas viandas et sea bien trajrdo, siempre lo 
DÍallarás en el su volar et cagar et estar más sano 

nFalcones neblis áy (prosigue) que'an lo blanco mucho et muy blanco 
net lo al gris; et son estos falcones blancos en Francia falcones de damas 
))(que quiere decir de dueñas); et son muy fermosos et muy dul^ de fa- 
Dzer et de muy buen talante. Et han el plumaje muy bueno et non tan 
))brozno como los otros plumajes, et han las colas más luengas, et sa* 
))len buenos gar^ros. Et átales falcones et atal plumaje suelen en Casti- 
»lla llamarlos los falconeros et calores donzdlas et en Francia lláman- 
»los bkmchautes, Otrossy falcones neblis hay que el su plumaje es ruvio 
))et la pinta gruesa, et son de grandes cuerpos, et salen muy buenos alta- 
vneros et garceros. Otros falcones ¿y que de su plumaje son como pardos 



154 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

»et la cabera pintada, et la pinta orlada de amarillo; et son faloones es- 
«pesos et de buenas factiones et mucho esplumados et Uámanlos en Gas- 

Dtilla átales como estos coronados 

»Otros falcones áy que su plumaie es auer una pinta menuda et del- 
»gada et mucha et como amarilla , et i estos llaman en Castilla porsaleros, 
})et comunmente son falcones menudos : et estos son muj boUi^iosos et 
))uan siempre á las zaleas et á las palomas et son de poco sosi^. Átales 
»como estos cárganlos de cascabeles fasta que vayan asos^ando, et destot 
•salen buenos altaneros. Otros falcones áy que han el plumaje como 
»prieto et son llamados roqiie^s, et soii duros de fager; pero dánse á bien 
))et 9alen muy buenos altaneros et garceros et grueros» i . 

Igual frescura y exactitud comunicaba Pero López de Ayaia k 
todas las descripciones que encierra el Libro de Cetrería, osten- 
tando aquella fuerza de observación y aquella docta sencillez, que 
tanto brillan en sus obras históricas. De su estilo y lenguaje ha- 
brán juzgado ya los lectores por los pasages trascritos, notando « 
que tiene siempre, cual prendas del mayor precio, la claridad y la 
concisión, dotes en que no halla entre sus coet^eos verdaderos 
competidores. Verdad es que tampoco pueden reconocérmele ri- 
vales respecto de la doble representación que alcanza en la histo- 
ria de las letras españolas: ya le estudiemos como poeta, contem- 
plándole adherido & la antigua escuela de los castellanos y em- 
peñado en sostener el brillo de la quadema via ^ y del arte ^ 



1 Capítulo II. 

2 No es para olvidada en la historia de las letras españolas la circuus- 
tancia de ser Ayala el ultimo de los poetas que empica los versos octona- 
rios y los pentámetros, combinados en la forma indicada. Tan en desuso 
habian ya caido en su tiempo que él mismo les da el nombre de veraetes 
de antiguo rrimar cuando habla con los trovadores de la corte, según ma- 
nifestamos en las Ilustraciones de la I. ^ Parte y se comprueba, al leer la 
composición señalada con el núm. 518 en ei Cancionero de Baena, frag- 
mento que empieza en el Rimado con la copla 1291 y termina en la 1298. 
Esta observación nos trae á la memoria la opinión que los traductores de 
Ticknor han manifestado (t. IV, pág: 419) respecto de un punto que guar- 
da grande analogía con el presente. Ck>ntradiciendo lo asentado por el mis- 
mo autor,, aseguran que el Poema de Josefa Yusuf fué escrito á mediados 
del siglo XVf , fundándose en que tun pueblo vencido y sujeto á otro más 
poderoso, conserva la lengua propia 6 adoptiva fija y estacionaria, sin adc- 



II.* PAUTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 155 

didácticO'Smbólico; ya le consideremos como hisldriador, vién- 
dole esforzarse en hacer conocido en el suelo de Castilla el arte 
narrativo de Tito Livio, que ensaya en sus crdnícaí,-siempre 
encontramos en él una verdadera entidad literaria, revelándose 



lantar y conservando por mucho tiempo su tipo primitivo». Que hay en este 
aserto cierta verdad histórica, no lo negaremos nosotros; pero que pueda 
saoarse de él la consecuencia pretendida, lo tenemos por imposible y con^ 
trario á todas las leyes de sana crítica. Deiftos que el lenguaje hablado por • 
los moriscos ó vasallos mudejares del siglo XVI fuese el mismo que en 
el XIII hablaron nuestros mayores (lo cual está contradicho, para todo el 
que lea, por las obras qiie dichos traductores publican). Y las máximas ar- 
tísticas, en que la metrificación y las formas literarias estribi^n, ¿por qué 
sendero llegaron á los moriscos?... Imitaron?... Nadie cultivaba en* el si- 
glo XVI el arte de Berceo. Inve/itaron?... Cuando metrificación y forma li- 
teraria existen en nuestro parnaso por derecho propio desde principios do 
la Xllf.^ centuria, seria absurdo el suponerlo simplemente. Conservaron la 
tradición artística, recibida de antiguo?... Luego ya hablan seguido las 
huellas de nuestros primitivos poetas, cultivando las mismas formas por 
ellos adoptadas. Acepten los traductores de Ticknor la consecuencia que 
más les plazca; y recuerden que otro pueblo supeditado al español por lar- 
gos siglos, arrojado de la Península ciento diez y ocho años antes que el 
musulmán, conserva en el destierro lá lengua de Castilla y cultiva el arte 
de nuestros antepasados. Ni una composición siquiera esqribieron los pdétas 
del proscripto pueblo hebreo, fuera de España, en versos de qtuiderna via: 
hiciéronlos de arte mayor, de arte real, de once ^ siete süabas, adoptando 
la metrificación toscana, que habia llegado á tomar carta de naturaleza en 
nuestro parnaso, y siguiendo así el movimiento y progreso del arte: ale- 
jandrinos rimados, al modo de Berceo, nunca los escribieron. Este aserto 
no tiene por base vagas conjeturas: es histórico. Ahora bien : ¿debe aplicar- 
se al pueblo musulmán diferente criterio que al judio?... Vuelvan los tra- 
ductores á leer el poema de Muhamad Rabadán, que con título de Discurso 
de luz, etc., insertan desde la pág. 274 de dicho tomo; compárenlo con el 
citado #e Yusuf, y notando que fué aquel escrito en 1603, según Rabadán 
declara, advertirán fácilmente que ó la lengua y el arte hablan hecho en- 
tre lo| vencidos mahometanos prodigiosos progresos en el breve trascurso 
de medio siglo, ó su teoría es de todo punto inadmisible. Lo mismo deci- 
mos respecto del poema en Alabanza de Mahoma, que dan á luz desde la 
pág. 327 á la 330 inclusive, aunque es visiblemente muy posterior al de. 
Yusufj que examinamos en el cap. VII de la íí,* Parte. Adelante volvere- 
mos á tocar este punto bajo otras relaciones. 



156 HISTORU CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

en uoo y otro concepto la elevación de su carácter y la integridad 
de su conciencia y poniendo de relieve bajo una y otra relación 
<el estado moral y político de la sociedad en que florece. • 
. El noble Canciller de Castilla no abruma, cual Boccaoio & sus 
compatriotas bajo el peso del ridículo, ni se mofa de la corte ro- 
mana, ni escarnece & los ministros de la religión, pintando con 
sarcástica ironía sus extravíos y debilidades: tampoco lanza des- 
de el fondo de la prisión, & que le reducen su lealtad y su herois- 
mo, punzantes diatribas y maliciosas, bien que i veces delicadas, 
, sátiras, como lo hace Caries de Orleans, que prisionero en la 
famosa batalla de Azincourt [1415], llora su cautividad en In- 
glaterra por el espacio de 25 años ^. No es festivo, disfuso y 



1 £1 tantas veces citado Mr. George Ticknot manifiesta que descubre 
cierta semejanza entre Ayala y el duque de Orleans, cuyo talento poético 
era bastante parecido (I.* Época, cap. V del título I). A la verdad no po- 
demos admitir aseveración semejante, bajo ninguna de las relaciones en que 
dos poetas pueden ser comparados. 8i se atiende al genio característico de 
cada cual, Ayala es grave, apasionado de la virtud, dado á las meditacio- 
nes morales y religiosas, todo lo cual desarrolla en él aquel sentido alta- 
mente didáctico, que anima sus verso^: el mismo anhelo del bien le hace 
severo, exigente y nada tolerante con los vicios, que plagan la sociedad de 
sus dias: la idea elevada de la virtud y de la religión le Infunde cierta no- 
ble osadía, que le lleva á desdeñar la humana grandeza, esgrimiendo su 
azote contra todas las gerarquías sociales del orden civil y del orden ecle- 
siástico. £1 duque de Orleans es por el contraria ligero, alegre, maÜcioso y 
burlador hasta el extremo de emplear contra sí propio el aguijón de la sá- 
tira, no perdonando su vis epigramática ni aun al mundo de la caballería, 
á que por su educación y sus inclinaciones pertenece: desde el fondo de 
su prisión se rie de cuanto pasa fuera de ella; y ni los desastres y 
miserias de Francia arrancan de su lira acentos de profundo dolor ni 
ayes de ardiente patriotismo, ni le indigna la corrupción de sus coetáneos, 
ni se juzga obligado á mostrarles el camino del bien con noble y^esinte- 
resada energía. Mientras Ayala invoca en su encierro la protección de la 
Virgen, el duque de Orleans recuerda los felices dias de su Juventud y el 
sol de la Franoia, llegando entre tanto á olvidar la dureza de sus cadenas. 
— £1 uno es la expresión más adecuada del genio y carácter de la poesía 
castellana: el otro personifica grandemente la índole y carácter de la poesía 
francesa. Pero no es menor la diferencia respecto de la significación artísti- 
ca de cada uno: el castellano, ya lo dejamos probado, es el último cultí- 



ti/ PARTfiy CAP. III. PROTÉXTA CONTRA LA INN. ALE(¿ÓR. 157 

anecdótico á la manera de Froissart, ni se detiene^ como Juan 
Yillani^ en instructivas investigaciones fue alejan á veces al 
lector del cuadro que el historiador florentino se propone bos- 
quejar, por grande que sea el anhelo de la verdad que le dis- 
tingue. 

Atento al fin trascendental del pensamiento que le anuna, habla 
como poeta, el lenguaje de la verdad, sin que enmudezca su aoen-« 
to al temor de los peligros que puedan nacer de sus palabras, ni 
se entibie el celo de su virtud, al dolor, que inspiren en su pecho 
los mismos cuadros por él trazados: semejante & don Juan Manuel, 
quiere Ayala producir el bien por el bien, y parte, aun más di- 
rectamente que el nieto del Rey Sabio, á logmrlo. Por eso mien- 
tras el !autor del Libro de Patronio prefiere la formh simbólica, 
se inclina Pero López á. la didáctica, sin qne renuncie al uso del 
apólogo, como saben ya los lectores ^ : por -eso, adoptado aquel 
punto de vista, ha menester ser grave^ severo é inflexible con los 
vicios que infestan todas las clases de la sociedad, y su voz se 
alza en nombre de la moral y de la religión, para recordar á 
grandes y pequeños sus extravíos y sus deberes < 

Fijas sus miradas, como historiador, en el fin trascendental 
de la historia que reconoce en las arengas y discursos proniin- 



vador del arte didáctico^imbólico y revela en sus versos la protesta del 
-sentimiento nacional contra la innovación alegórica : el francés pertenece 
de lleno á la escuela que se inicia y triunfa en su parnaso con el Román 
de la ñoset y que según observa cuerdamente Villeitlain, dominaba en to- 
das las literaturas meridionales durante la primera mitad del siglo XV. 
¿Qué hay pues de común entre uno y otro? £1 hecho de la prisión. Mas con 
la jiiferencia de que Áyala sólo estuvo bajo poder del Príncipe Negro con- 
tados meses, cuando el duque de Orlenas pasó en Inglaterra gran parte de 
su vida. La crítica de Tieknor no fué esta vez tan afortunada como de con- 
tinuo aspira á serlo. 

1 £s notable que, asi como otros historiadores de su tiempo, que daremos 
á conocer en breve» usó también Ayala del apólogo ea sus Crónicíp, £ntro 
otros ejemplos mencionaremos la carta de Benahatin, en que ingiere el del 
Pastar y su ganado, donde conforme apunta Clarús, mostró acaso con ma- 
yor fijeza é intencionalidad que en el Rimado el espíritu didáctico que le 
animaba (Crón., cap. XXII del año XVIll; Clarús t. I. pág. 447). 



158 HISTORIA CaÍTICA DB LA LITERATURA ESPACIÓLA. 

ciados por los personajes que en las cuatro crónicas figuran , si 
no le es dado reflejar d# lleno el estado de la civilización castella- 
na, ni alcanza á revelar el espíritu y las tendencias é» intereses 
rivales y contradictorios, que se desarrollan y pugnan desespera- 
damente durante el reinado del rey don Pedro, — mostró al menos 
que no carecía, de la cordura y penetrante sagacidad del verda- 
dero repúblico, y que impasible ante los hechos que examina, 
ni le asustaba su -magnitud, ni le extraviaba el peligro de su 
escándalo. 

Tomando pues bsgo uno y otro punto de vista el arte que cul- 
tiva, en sus más altas relaciones; revistiendo las ideas que le 
animan, de las formas más adecuadas, en su juicio, para obtener 
el fin por él apetecido, ganaba el Gran Canciller de Castilla ele- 
vada y propia representación en la historia de las letras, perso- 
nificando dignamente y de la suerte que dejamos comprobado, la 
protesta de las musas castellanas contra las extrañas influencias 
que dominaban plenamente en nuestro Parnaso. Pero ya también 
lo hemos advertido: el mismo poeta que obedeciendo al senti- 
miento patriótico, rechazaba formal y virtualmente toda inno- 
vación artística, al escribir su Rimado del Palacio, cedia al 
cabo á las novedades introducidas en la poesía castellana durante 
su vida; y elegido por arbitro y juez de las controversias y certá- 
menes poéticos de los trovadores cortesanos, pagaba el tributo 
de su aquiescencia y aun de su aprobación al cambio, realizado á 
su vista por los partidarios de la escuela alegórica, á que ser- 
via de pauta y principal fundamento la imitación de la Divina 
Commedia ^ 



1 Deben tenerse presentes los números 305, 421, 422, 517, 518 y 525 
del Cancionero de Baena, en que ya directa ya indirectamente se mencio- 
na á Pero López de Ayala con el aditamento del Viejo, sin duda para dis- 
tinguirlo de su segundo hijo, que llevaba el mismo nombre. En dichas com- 
posiciones aparece co(po juez entre varios trovadores de la corte de Enri- 
que III, ó toma parte en aquella manera de pleitos poéticos, que tan del 
gusto de la corte llegaron á ser á fines del siglo XIV y primera mitad 
del XV. Siempre es respetado y considerado como más digno; y aunque en 
realidad no hay composición alguna suya, en que sea parte principal la 



II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA f\ INN. ALEGÓR. 159 

Llegados á punto de tal importancia en la historia de la lite- 
ratura española, suspendemos aqui nuestras* no fáciles tareas pa- 
ra proseguirlas en el siguiente capitulo. 



alegoria, adopta el lenguaje de los demás trovadores y se esmera en me- ' 
trincar por el arte que ellos lo verifican. El docto y malogrado Puibusque, 
al considerar sin duda esta situación de Ayala, manifiesta que no pudo do- 
minar el inovimiento literario de su época (His^, comp, des litters, espagn. 
e% franf, tomo I, pág. 115); pero el Canciller Mayor de Castilla, mas bien 
que á dominarlo, se dirigió á restituirlo á la primitiva senda, recorrida ya 
por la antigua musa castellana, por lo' cual no obtuvo, no pudo obtener, 
artísticamente hablando, resultado alguno favorable del ejemplo dado en 
sus vérsojs/y sobre todo en el Rimado del Palacio, 



CAPITULO IV. 

INTRbDÜCCION DE LA ALEGORÍA DANTESCA 

EN LA POBStA ESPAÑOLA. 



Estado de la poesía en la efunda mitad del siglo XIY . — Olvido de los 
cantos históricos* — Desnaturalización del sentimiento poético entre los eru- 
ditos. — La imitación. — Preferencia de la forma alegórica. — No era esta 
forma nueva ni peregrina en nuestro suelo. — Es cultivada en la literatura 
clásica. — Derivase á la cristiana. — ^Boecio. — Imitánle los ingenios españo- 
les. — ^Isidoro de Sevilla; — ^Paulo Enmeritense; — ^Valerio;— Pedro Compos- 
telano. — ^Refléjase en la poesía Tulgar.— Berceo; — Juan Lorenzo;— Juan 
Suiz,etc. — Aójenla los trovadores provenzales. — Cunde á las literaturas 
francesa é italiana. —Aparición de la Divina Commedia, Su efecto é influ- 
jo en las naciones meridionales. — ^Es recibida en todas la alegoría como 
forma literaria. — Carácter de la musa castellana, al operarse esta inno- 
vación. — ^Pero Ferrús; — Alfonso Alvdrez Villasandino; — Perafan de 
Kivera;— El Arcediano de Toro; — Garci Fernandez de Gérena. — Éxito 
de la Divina Commedia en nuestro suelo. — Miger Francisco Impe- 
rial. — Su patria y sus estudios.— Fija su residencia en Sevilla.— Sus 
obras. — Análisis de su Dezir á las syete Virtudes, — Doble imitación del 
Dante.— Triunfo de la escuela alegórica entre los ingenios andaluces. — 
Ruy Paez de Kivera* — Examen de sus principales poesías.— Efectos que 
produce en las mismas la imitación dantesca. — Dotes peculiares de este y 
los demás ingenios andaluces.- Diferencia entre estos y los castellanos. — . 
Propágase á los últimos la escuela alegórica. — ^Resumen. 



Si del largo estudio que llevamos hecho puede deducirse, 
cual ley constante de crítica literaria, la íntima relación y per- 
fecta armonía entre la sociedad y el arte que esta cultiva, nunca 
con más razón pudo confirmarse este principio que, al ser apli- 
cado 4 la literatura castellana durante la segunda mitad del 
Tomo v. H 



162 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

siglo XIV. Y no porque la poesía que florece en dicha edad, re- 
presente de una manera activa y directa las creencias populares: 
no porque refleje viva y enérgicamente el pensamiento grande y 
trascendental, que babia guiado la civilización española desde el 
triunfo de Covadonga hasta la expugnación de Algecíras; sino 
porque, á pesar de haberse roto, acaso para siempre, en las es- 
feras de la erudición los extrechos lazos que ligaron hasta en- 
tonces las producciones del arte con los sentimientos religiosos, 
políticos y guerreros, que daban vida y carácter & la nacionali- 
dad castellana, revelaban las musas con entera fidelidad y propio 
colorido la actualidad moral y aun material de aquel pueblo, 
apartado de improviso de los altos fines é, que lo encaminaba la 
ley superior de su peregrina cuHura. 

Espejo directo de la sociedad, regida por el débil cetro de 
Enrique II y de sus sucesores, era el Rimado del Palacio ^ fruto 
del buen sentido y de la granada experiencia del Canciller Mayor 
de Castilla: su estudio nos ha enseñado á discernir que lejos de 
proseguirse por la dinastía del bastardo de Trastamara la gran- 
de obra de la reconquista, pensamiento y necesidad suprema de 
las monarquías nacidas al grito-de independencia y de religión, — 
olvidada la guerra. santa, en que se purificaban de todas sus culpas 
grandes y pequeños, gozaban los moros granadinos de larga paz 
y de saludable holgura, vueltas las armas de los cristianos con- 
tra el seno de la patria, que despedazaban crudamente las dis- 
cordias civiles *. 

Ahogada en el estruendo de luchas fratricidas la voz del 
deber; apagado el entusiasmo popular; perdido el ejemplo de 



1 Tratando expresamente de este punto, escribía López de Ayalften su 
Rimctdo respecto de los caballeros de su tiempo: 

338 Olvidado han los moros | et les guerras faser, 
Ca en otras tierras llanas^ | assaz ay que comer: 
Unos son t» capitanes i et otros se envían correr; 
Sobre los pobres sin culpa | se acostumbran mantener. 

339 Los xrípslianos bán guerras; | moros están folgados, etc. • 



n/ PARTB, GAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESGA. 163 

las grandes empresas que hacían hidalgo al pechero y le* 
Yantaban al hidalgo á la gerarquía de los próqeres; — ^mientras 
pugnaban algunos discretos por contraponer á la gloria ficticia 
de los héroes caballerescos la gloria verdadera de los antiguos 
héroes nacionales ^, enmudecía del todo la musa heí^ico-erudita 
de los castellanos; y ni se repetían los cantos históricos del Sa- 
lado y de Tarifa, ni se reproducian tampoco los primitivos can^ 
tares de gesta que tan alta celebridad habían dado & los paladi- 
nes del cristianismo. 

El influjo ^atal de lo presente parecía tener encadena- 
das las esperanzas de lo porvenir, borrando de la memoria 
el noble y fecundo recuerdo de lo pasado. Nuevas ¡deas, nue- 
vas aspiraciones habían nacido en el mundo de la caballería 
y de la nobleza, que para daño propio se mostraba por vez pri- 
mera en cierto modo divorciada del pueblo, halagados & deshora 
los instintos feudales que había rechazado constantemente el ge- 
nio de nuestra cultura. Nuevas costumbres, nuevos sentimientos 
habían penetrado en el seno de aquella sociedad cortesana, que 
menospreciando el duradero brillo de las grandes proezas, lleva- 
das á cabo por sus mayores, se iba tras las fantásticas ficciones 
oreadas por extrañas literaturas, recojiendo al cabo en el desas- 
tre de Aljubarrota, vergonzoso borrón de la honra castellana, el 
legítimo fruto de su desvanecimiento y de su molicie '. Nuevo 



i Véase lo que sobre esto decimos en el capítulo siguiente. 

2 Entre los monumentos históricos que nos pintan cuan grande fué para 
Castilla la afrenta de esta batalla, merece muy preferente lugar un libro del 
lodo desconocido de nuestros literatos, que con título de Divina Retribu- 
ción 8ol}re lá caida de España, etc., se guarda original en la ' Biblioteca 
Escurialense, marcado III. Y. 1. En eyta crónica que abraza ^esde' el de- 
sastre de Aljubarrota hasta el triunfo de Olmedo (Toro), se asegura que los 
caballeros dé Castilla vistieron luto en todo aquel tiempo, en señal de due- 
lo, y que sólo cuaildo el rey don Fernando, victorioso ya de los portugue- 
ses, entró en Toledo (1476), se «quitó destos rregnos el duelo et luyto de las 
> vestiduras, de que el rrey don Johan el primero et los del rregno se bes* 
tieron» (cap. XV). A tal punto habia llegado la decadencia castellana al 
final del siglo XIV. 



164 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAfíOLA. 

gusto liter&rio dominaba por último entre los que se preciaban 
de entendidos, como natural consecuencia de tantas alteracio- 
nes, que reflejadas á un tiempo en las obras del arte, descubrían 
por ellas la verdadera situación de la corte de los Enriques y de 
los Juanes ^ 

En aquel mundo artificial, cambiada la materia poética, y 
desnaturalizadas las fuentes de la inspiración, no era posible que 
viviese la antigua musa de Castilla: faltos los ingenios de verda- 
dera ocupación patriótica, é inclinado por su propia naturaleza 
á ensanchar el límite de sus conquistas, volviós^l arte erudito 
á buscar nuevas preseas en ágenos parnasos, no contentándole 
ya las galas del apólogo, que traídas á. la literatura española por 
los esfuerzos del Rey Sabio, habian fecundado todas las meri- 
dionales. La imitación fué, y no podia menos de ser, el único 
medio empleado por la poesía para lograr el fin á que forzada- 
mente aspiraba: por ella se habia abierto á la contemplación de 
los caballeros todo un mundo de ficciones, antes desconocido: por 
ella hallaron asilo entre los vates castellanos las reliquias de 
la fastuosa poética de los trovadores, cultivadas no sin esmero 
desde la época de Alfonso X, y reabilitadas, aun bajo el aspecto 
de la idea, desde el reinado del único don Pedro ^. Con estas 
allegadizas medras se acaudalaba la musa de los doctos^ osten- 
tando en sus producciones el sello de aquella doble imitación, 
cuando el ejemplo de otras literaturas vino á infundirle el deseo 
de poseer sus m&s precisas joyas. Éralo á la sazón la alegoría, 
llevada al má.s altó desarrollo por el vate inmortal de Florencia; 
y la alegoría fué recibida con aplauso universal en el parnaso 
castellano. 

Mas no se entienda que semejante forma era del todo pere- 



1 Esta situación se refleja más directamente sin duda en la poesía po- 
pular, que pierde en esta época su primitivo carácter, llegando á olvidar en 
parte los héroes napionales, como observó nuestro docto amigo don Agustin 
Duran, y tendremos ocasión de notar oportunamente, al tratat- de la refe- 
rida poesía bajo todas sus fases y relaciones. Véanse al propósito el capítu- 
lo XXlil de la II.* Parte ciclo I y el I de la presente. 

2 Capítulo XXII de la II.* Parte. 



II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORIA DANTESCA. 165 

grina á las letras españolas, ni habia tampoco nacido en las lite- 
raturas de la edad-media. Prescindiendo de los pueblos indo- 
. orientales, en que tiene reconocida existencia, fué también cul- 
tivada en la antigüedad clásica por griegos y latinos, cual figura 
de pensamiento, á que daba Quintiliano el nombre de Inversión^ 
porque mostraba una significación en las palabras y otra en el 
sentido *, y habia ya enriquecido con innumerables bellezas la 
gran literatura homérica, cuando destruido el poder romano, fué 
aquella arrastrada también en su espantosa ruina. Al consumar- 
se tan dolorosa catástrofe, y señoreados en las provincias de Ita- 
lia los ostrogodos de Teodorico, quien en el desvanecimiento de su 
no esperada fortuna, llegó á reputarse cual legitimo restaurador 
del Imperio, un cónsul romano que irrita con su noble ingenuidad 
la soberbia del bárbaro, escribe en los calabozos de Pavía un li- 
bro memorable, donde halla la alegoría nuevo y feliz desenvol- 
vimiento. 

Severino Boecio era cristiano, habia nacido poeta , y en- 
tre los hierros de su prisión trazaba el peregrino poema De 
Consolatione. Agobiado allí bajo el peso del infortunio, invoca el 
auxilio de las Musas, quienes respondiendo á su demanda, le ro- 
dean en su triste cautividad, inspirándole cantos elegiacos. Una 
mujer de venerable continente, de penetrante mirada, lozana to- 
davía, bien que marcada con el sello de larga edad, de varia es- 
tatura, pues que ora parecía hermanarse con la de los hombres, 
ora tocaba al cielo con su cabeza y ora en fin penetraba en el 
mismo cielo, se le aparece en aquel instante. Era la Filosofía. 
A su presencia se retiran las Musas, más aptas para entristecer 
el alma que para fortificarla cdfitra los golpes de la desgracia; y 
ocupando su lugar, restituye poco á poco al corazón dpi poeta, 
por medio de saludables discursos, la paz interior de que le ha- 
bían despojado las sinrazones de los hombres. La alegoría, pues, 
animando la más bella é interesante producción de Anicio Man- 
lio Torcuato, se erigía en forma artística, destinada á vivir en la 



1 iiAüegoria dicilur Inversio, quum aliud verbis, alíud scnsu cfsten- 

diluí^» (Calep. Dk. Eptaling, pág. 63). 



166 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍ90LA. 

literatura cristiana, cuyos más esclarecidos oultivadores reciben 
con hondo respeto la consoladora doctrina, rodeada de la sublime 
aureola del martirio K 

Y no fueron por cierto los ingenios españoles los últimos en 
seguir las huellas de Boecio. El ilustre Isidoro de Sevilla, cuya 
grande influencia en la civilización de los tiempos medios hemos 
intentado quilatar antes de ahora, escribía bajo la misma pauta el 
notabilísimo diálogo que intitula Synonima, dando cuerpo por me*- 
dio de la alegoría á la Razón humana, que alumbrada por la luz 
de la Filosofía y déla Religión, viene asacar al Hombre del cieno 
inmundo de los vicios ^. Atento á trazar la Vida del niño Augui- 
' to, introduce en ella Paulo Emeritense místicas visiones y perso- 
nages alegóricos, que animan con extraordinaria fuerza de colo- 
rido los breves é interesantes cuadros debidos á su pintoresca 
pluma '. Arrebatado Valerio de ardiente fé y nutrido su espíritu 
con la lectura dp los sagrados libros, se eleva en alas de su lozana 
fantasía á las regiones celestiales, ya conducido por blancas pa^ 
lomas, ya guiado pior hermosísimos ángeles de candidas y es- 
plendentes vestiduras, descubriendo á la humanidad un mundo 
desconocido, que sólo podia ser revelado bajo formas alegóri- 
cas *. 

Algunos siglos adelante, cuando iba ya reponiéndose la 
nación española de la gran quiebra del Guadalete y aspiraba la 



1 La muerte de Anicio Manilo Severíno Boecio es uno de los borrones 
que afean la figura de Teodorico y manifiestan el género de barbarie que 
habia caido sobre Europa. Después d# haberle mandado dar cordel en la 
frente hasta saltarle los ojos y de haberle casi despedazado con otros no me- 
nos terribles tormentos, fué azotado por mano del verdugo, expirando en tan 
espantoso suplicio {Anonym. ad amic, MarceL, 1693). La memoria del 
martirio cundió con tal respeto á las edades siguientes que, según hemos 
visto ya, Boecio fué constantemente designado con el título del Santo Docí 
tor. No se olvide, para el estudio en que entramos, que su libro De Conso^ 
kUione era traducido al castellano por el Canciller Ayala en la última parte 
del siglo XIV. Adelante mencionaremos otras versiones. 

2 Véase el cap. X de la I.^ parte, pág. 443, etc. del t. I. 

3 * Cap. IX de la I.* parte, pág. 410 del t. I. 

4 T. I,cap. IX, pág. 4Í4. 



11.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 167 

literaluFa latino-eclesiáslica á reconquistar sus perdidos fueros, 
ensayaba Pedro Compostelano aquella forma literaria en más an- 
cha esfera, si bien recordando en la disposición y auii en el título 
de su obra la tan aplaudida de Boecio. Su poema De Coñsolatio- 
ne Ratíoms^ personificando al Mundo y á la Naturaleza, á las 
Artes Liberales y á las Virtudes, á la Carne, á la Lujuria y á la 
Avaricia *, mostraba claramente que, ya se fundara en la tra- 
dición latina, ya se fecundase con el estudio de uno y otro Tes- 
lamento, en que brillaban con vivo resplandor las terribles 
Visiones de Esequiel y las maravillosas fantasías del Apocalipsi, * 
ya en fin se desarrollara con el ejemplo de los árabes, como pre- 
tenden algunos modernos críticos ^, habia recibido aquella f(^- 
ma literaria en el suelo español no despreciable cultivo, no sien- 
do por tanto maravilla que, formada la lengua vulgar, se reflejase 
también en las producciones del nuevo arte, á que esta sirvió de 
instrumento. 

Contadas son, no obstante, las ocasiones en que se revistie- 



1 T. 11, cap. XIV, págr. 244. 

2 Tal es la opinión del muy renombrado crítico Mr. de ViUemain, 
quien en su Cuadro de la litercAura de la edad-media llegó á sentar que 
los «españoles cristianos que no se habían convertido al Coram, se convir- 
tieron á la ciencia y á la poesía oriental», etc., (Lecc. XY). No opina así 
Mr. Dozy en sus ya citadas Investigaciones, siendo muy probable que á to* 
car especialmente la cuestión de la forma alegórica, hubiera aparecido muy 
distante de Villemain. Que los árabes conocieron la alegoría no seremos 
nosotros quienes lo pongamos en duda; pero que la cultivaran como forma 
literaria, propiamente hablando, no podemos concederlo; y por tanto no es 
lícito asegurar que la transfiriese su imitación á la literatura castellana,* 
con la exageración que Villemain manifiesta en cuanto se refiere á esta 
parte de sus estudios. Esta observación nuestra es tanto más desinteresada 
cuanto que ya habrán podido apreciar los lectores, que si no atribuimos á 
la literatura árabe la injustificada influencia que se le ha concedido en los 
orígenes de la .española, no le hemos negado el galardón de haberla enri- 
quecido con las creaciones del arte didáclico-simbólico, merced á los ilus- 
trados esfuerzos del Rey Sabio. Como respecto de la alegoría, considerada 
ya cual forma literaria, no hallamos monumento alguno que traiga su pro- 
cedencia de los árabes, no podemos hacer igual afirmación, sin tomar aquí 
plaza de ligeros. ^ • 



168 HISTORIA CRITICA OE LA LITERATURA ESPAf90LA. 

ron las musas de Castilla de la forma alegórica. Rasgos brillan- 
tes, y aun cuadros descritos con notable originalidad y frescura, 
habia ofrecido fierceo en la Vida de Santo Domingo, en los Jfí- 
lagros de ¡Vuestra Señora y en la Vida de Sania Oria ^ Juan 
Lorenzo Segura habia manifestado, al pintar el escudo de Agüi- 
tes y la tienda de Alejandro, y al describir las mansiones infer- 
nales, que no le eran peregrinas sus galas ^ : ostentábalas tam- 
bién el autor del Poema de Fefnan González, al representar, bajo 
l?i figura de una sierpe de fuego, á Luzbel, terror de los cristia- 
nos ' ; y enriquecido ya el parnaso español con la imitación de 
la poesía provenzal, conforme nos advirtieron oportunamente las 
prt)ducoiones del Rey Sabio, y casi un siglo después las del Ar- 
chipreste de Hita, tomaban en el poema de Juan Ruiz mayor bri- 
llo y extensión, constituyendo ya sabrosos y cumplidos epi- 



X Dignas son de tenerse presentes la Vision de las tres coronas, que di- 
mos ya á conocer en el capítulo V de la II.* Parte, pág. 260 ; la Introduc- 
ción tan celebrada de los Milagros, en que pinta un prado, poblado de 
flores bien olientes, frescos veneros y hermosas arboledas que representan 
á la Virgen, los Evangelios, las oraciones y los milagros que se propone re* 
ferir; y las repetidas Visiones de Santa Oria, parte en que no parecía sino 
que estaba adivinando el arte de Alighieri. Véase el citado capitulo de la 
n.» Parte. 

2 La pintura del Escudo se contiene desde la copla 610 del Poema de 
Alexandre; la de la Tienda de este héroe desde la 2391, en que empieza 
la descripción alegórica de los meses del año; la del infierno desde la 2170. 
En el infierno^ tal como lo concibe Juan Lorenzo Segura, se ven personifi- 
cadas y teniendo el dominio de una parte de la ciudad de las. eternas tiniet 
br0s (Dante dijo después la ciudad del eterno dolor), bajo el imperio de la 
Soberbia, la Avaricia, la Codicia, la Ambición (á quien sirven como mi** 
nistros los logtos, furtos, rapiñas y engaños), la Envidia (que reconoce 
por hijos las maldiciones, las ¿risfe^as y las traiciones); la Ira (que ali<» 
menta sin cesar al odio), la Lujuria (servida de los adiUterios, los /bmi* 
dos y la sodomia); la Gula, á quien tienen glotoneria y beodez por sefiora, 
y la Pereza (Acidia), fuente de no menos repugnantes vicios. Todas estas 
personificaciones muestran que no era peregrino á la musa de Juan Lorenzo 
el conocimiento de la alegoría, como forma literaria, capaz de ulterior des- 
arrollo. Véase también lo que respecto de este punto decimos en el capí- 
tulo IV de la II.* Parte. 

3 Véase el cap, VII de la II.* Parte, pág. 358. 



II.' PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 169 

sodios. Aventurado, y más -que aventurado inexacto, sería el 
apuntar siquiera que fué la forma alegórica desconocida de los 
ingenios castellanos que florecen antes de la primera mitad del 
siglo XIV; pero si no es lícito olvidar los ejemplos, en que se 
acredita su cultivo y se vislumbra tal vez el -desarrollo que debia • 
alcanzar en bfeve, basta constituir una verdadera escuela litera- 
ria, ilustrada por los más esclarecidos varones de nuestro sue- 
lo, — tampoco será prudente dejar de consignar en la historia del 
arte que este desarrollo se opera en extrañas literaturas, deri- 
vándose á la castellana, cuando podia ya fructificar, como tal es- 
cuela, en nuestra descaminada poesía. 

Muy apegada se habia mostrado la provenzal desde su cuna 
á este género de ornatos, siendo familiares las ficciones, en que ' 
figuran bajo el traje alegórico la Lealtad, el Amor, el Honor, 
la Franqueza, etc., á casi todos los trovadores que logran en 
las Cortes ó tribunales de Amor verdadero aplauso y nombra- 
dla ^. De la lemosina pasaba la misma ficción á la literatura 
francesa y más tarde acaso á la italiana, si ya no es que nació 
en ambos pueblos de la imitación de las letras clásicas; y mien- 
tras en el suelo destinado por la Providencia á dar vida á la obra 
del Renacimiento, primero los trovadores ítalo-próvenzales, y 
más tarde los poetas sicilianos y del continente^ ensayaban las 



1 Tan general llega á hacerse la cUegoria, que hasta en los cuentos ó 
novellas constituye con frecuencia la forma expositiva empleada por los tro- 
vadores. Pero Vidal por ejemplo nos ofrece entre otras una composición de 
este género, en que supone que caminando seguido de sus caballeros y 
donceles, halla á un caballero de hermoso aspecto y gallardo continente, vi- 
goroso, de procer estatura y vestido con la maybr magnificencia, el cual 
lleva consigo una dama mil veces más bella, cabalgando ambos palafrenes 
ricamente enjaezados y de tan varios colores que no tenian dos miembros ó 
partes de su cuerpo de igual pelo ó matiz. Seguíanlos un escudero y una 
doncella^ notables por su ornato y extremada belleza. El caballero princi- 
pal representa al Ámorf la dama á la Merced^ la doncella al Pudor y el 
escudero á la Lealtad^ que abandonan la corte del rey de Castilla, donde 
no reciben ya la honra que en otros días. Se vé pues que la alegoría se 
amoldaba en la lira de los trovadores al ministerio de la sátira, lo cual 
prueba cuan familiar era entre ellos su cultivo. 



170 HISTORIA CRITICA DB LA LITERATURA eS^AÍ^OLA. 

formas alegóricas, connaturalizábanse estas entré los truveras 
basta producir el famoso Román de la Rose, código de aquella 
escuela artificiosa y sutil, llamada á tener el imperio de la poe- 
sía en las naciones meridionales por el espacio de dos siglos ^ 
Apenas ofrece/ en efecto, la historia de las letras italianas un 
nombre digno de estima, cuya musa no se inclinara á seguir 
los cánones de la expresada escuela desde que el renombrado 
Rambaldo de Vaqueiras transfiere al Monferrato el arte de los 
trovadores, ponderando la gallardía y donosura de su Bel Ca^ 
válier *, hasta que Bruneto Latino presenta ya en su Tessore^ 
to elevada la alegoría á extraordinario perfeccionamiento ^. 



1 £1 Román de la Rose fué comenzado en el sigilo XIII por GuiUermo 
Lorrís y terminado en el XIV por Juan de Meung. El sentido de este singu- 
lar poema es esencialmente satirice: la forma que reviste, propiamente oíe- 
górica. En él aparecen personificados la Hermosura ^ el Amor, la Piedad, 
la Franqueza, La Buena Acogida, el Peligro, el Falso^SemUante (la fal- 
sía), la Mala-boca (maledicencia), etc., virtudes y vicios que tanta influen- 
cia tienen en la vida. Una y otra obra, esto es, el poema y su continuación, 
fueron conocidos en (bastilla, si no á fines del siglo XIV, al menos en la 
primera mitad del XV, pues que el Marqués de Santillana los cita en su 
Carta cd Condestable y todavía se conservan los códices que poseyó de am- 
bos libros en la Biblioteca del Duque de Osuna (Véase nuestra edición de 
las Obras del Marqués de Santillana, págs. 620 y 624). 

2 Entre otras composiciones de Rambaldo de Vaqueiras que pudiéramos 
citar al propósito, no es posible olvidar la que intitula Lo Carras, en la 
cual recordando cierta manera de juego caballeresco, usual en el Monferra- 
to, supone que las damas de Berceil, aquejadas por los Celos, abitan el car* 
ro defendido por Beatriz, su Bel Cavalier, obteniendo esta cumplida victo- 
ria. Tratándose de Rambaldo de Vaqueiras y de su influencia en la poesía 
italiana, no parece impertinente el indicar que fué este el primer trovador 
que empleó la lengua vulgar de Italia, como sa prueba con la tensón ó 
disputa que tiene con una genovesa (Millot, Hist, des Trobads.; art.: Ram^ 
baud de Vaqueiras). Rambaldo escribió esta poesía á fines del siglo XII. 

3 La acción del Tessoreto, que más de un, escritor ha juzgado equivo- 
cadamente como un compendio del libro del Tesoro, dado á conocer antes 
de ahora (II.* parte, cap. XIII), es muy semejante, sobre todo en'la intro- 
ducción, á la que desarrolló después el inmortal discípulo de Bruneto. Vol- 
viendo este de Castilla, á donde habia pasado para solicitar el favor de Al- 
fonso X contra los gibelinos, sabe al llegar á las Taldas del Pirineo, que los 



II.' PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 171 

Acercábase el instante en que sublimada por el más alto y 
peregrino ingenio de la edad-media, iba á fecundar de nuevo 
aquella forma literaria i(4os los parnasos, meridionales. La i>f- 



güelfos han sido vencidos y desterrados de Florencia. Agobiado por el dolor 
dice: 

Pensando á capo chino 
Perdí U gran camino, 
Et tenni alia traTersa 
D'ana selya dlTersa. 

Tomado en sí, se encuentra al pié de una montaña, viendo al par multi- 
tud de animales de toda especie, flores, árboles, yerbasy frutos, metales, 
piedras preciosas, perlas y otros mil y mil objetos. Todos nacen, viven, 
mueren, se reproducen y multiplican á la voz de una matrona, que ya pa- 
rece tocar al cielo con su cabeza^ ya ensancha su seno en tal manera que 
puede extrechar al mundo entre sus brazos. Era la Naturalena, Bruneto osa 
dirigirle algunas preguntas, á las cuales replica, manifestando que impera 
sobre todos ios seres, obedeciendo á Dios que la há criado, cuyos precep- 
tos trasmite y ejecuta. Prosiguiendo,' le expone los misterios de la creación 
y la reproducción, le recuerda la caída 'del ángel y la del hombre, fuente 
de todos los males que afligen á la humanidad, deduciendo de estos hechos 
altas consideraciones y enseñanzas. Al cabo le muestra el camino que debe 
seguir en la selva y los que debe esquivar. Tres se ofrecerán á su vista: en 
el primero hallará á la Filosofía y á las Virtudes, sus hermanas; en el se- 
gundo á los Vicios f su» contrarios; en el tercero al Dios de Amor, con su 
corte y sus atributos. En este momento le abandona, y 

Or yh maestro Branetto 
Por UD santleri stretto, 
Cercando di vldefe 
Et toccare et sapere 
Cío' che gil é destínalo.» 

En efecto, halla cuanto le habia indicado la Naturaleza, deteniéndose 
en la descripción de las Virtudes y los Vicios, conversando largamente con 
Ovidio, á quien pinta poniendo en verso los hechos de amor, y descubrien- 
do por último á Tolomeo con bianco viso y barba grande, que le explica 
los fenómenos del cielo como maestro di strolomia, etc. La ategoria toma- 
ba ya en el Tesoretto aquel sentido moral y aquella importancia científica, 
que ostentó más adelante al mayor grado de perfeccionamiento, comuni- 
cándose á todas las literaturas que, según notaremos, recibieron ia escuela 
dantesca. ^ 



172 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

vina Commedia aparece en el italiano : la luz de la alegoría, 
brillando con nunca vistos resplandores^ se refleja al par en las 
mansiones del eterno dolor, en el all)ergue consolador de la 
esperanza, y en la morada de la beatitud eterna. Por ella se con- 
densan los tiempos y se congregan en un mismo espacio los hé- 
roes de cien pueblos y generaciones: por ella reciben espanto- 
sos y perdurables castigos los más grandes criminales que han 
afrentado á la humanidad, sin que la'gerarquía á que los ha le- 
vantado el mundo, ni la dignidad y consagración de su^ perso- 
nas y de sus nombres templen un solo instante el rigor de la in- 
flexible ley, á que sus vicios y sus pecados los sujetan. 

Cuanto existe en la ciudad doliente, cuanto contempla el dis- 
cípulo de Virgilio en la prodigiosa montaña del Purgatorio, todo 
se halla cubierto de aquel velo misterioso, que envolviendo las pe- 
renales amarguras de los hombres, oculta al par las más recóndi- 
tas profundidades de la ciencia de Dios, revelando no obstante los 
inagotables tesoros de su misericordia y de su gracia. Al tocar el 
poeta con planta venturosa las vírgenes regiones del paraíso 
terrenal, transforma la alegoría á sus ojos todo lo creado: Beatriz, 
emblema de la ciencia divina y objeto constante de santo y pu- 
ro amor, aparece en nube de flores, que derraman los ángeles 
sobre el carro místico de la Iglesia, donde, representada su do- 
ble naturaleza, se muestra el Hijo del Eterno, rodeado de los 
cuatro Evangelistas y de las sietes Virtudes <. Por oculto po- 
der, que recibe de la Primera Esencia, conduce Beatriz al vate 
florentino de planeta en planeta, hasta llegar á la celestial^ Je- 
rusalem, para ocupar la silla de luz que le está destinada, con- 
fiando la guia de su amado á un anciano venerable y radiante 
de gloria, durante el resto de su viage. 

San Bernardo le enseña en efecto á admirar el triunfo 
de María, asentada en la cima del primer círculo de la ro- 
sa , que figura la inmortal Jerusalem , y obtiene de la ma- 
dre del Verbo que le sea permitido contemplar la fuente de 



1 Canto XXIX del Purgatorio. Esta visión aleg^órica es una de las más 
bellas de lá Divina Commedia. 



II.* PARTE, CAP. IV. INin. DE LA ALECORÍA DANTESCA. 173 

la eterna beatitud; pero deslumhrado el Dante á tan subli- 
me é inefable espectáculo, sólo acierta á indicar que ha creí- 
do ver tres círculos de igual magnitud, bien que de diversos 
colores, en el segundo de los cuales ha pensado descubrir una 
figura humaúa. Ante este misterio que es sin duda el más alto 
que puede concebir la mente del poeta; ante esta maravillosa 
alegoría^ la más elevada de cuantas era dado expresar al arte 
cristiano, inclina el amante de Beatriz la inspirada frente, po- 
niendo término á su desusado canto y sometiendo su voluntad á 
la de aquel Primer Amor, á cuyo querer se mueven las estre- 
llas y los astros. 

Una forma literaria, á cuyo influjo giraba tan complicada y 
sublime máquina poética, encerrando en mil y mil cuadros d*e 
admirable estructura todas las galas de una fantasía verdadera- 
mente creadora, no podia dejar de producir extraordinario entu- 
siasmo entre los ingenios eruditos. La Bivina Commedia avasalla 
al par todas las inteligencias y se o'frece á todos los cultivadores 
del arte en las regiones meridionales de Europa, como el más 
acabado modelo. — ^Florencia, Bolonia, Pisa, Venecia y Plasen- 
cia instituyen cátedras públicas para explicarla, cabiendo la 
honra de inaugurar aquella difícil tarea al celebrado autor de 
11 Deccamerone *: imítanla al propio tiempo Fazio degli überti 
en su DitiamondOy Frezzi da Foligno en su Quadriregno, Ar- 
menino Bolones en su Isloria Fiorita ^ •,. y mientras el renom- 



1 El decreto que instituyó en Florencia la referida cátedra, lleva la fe- 
cha de 9 de agosto de 1373; — en Bolonia comenzaron las explicaciones 
en 1375;— en Pisa en 1385; — en Plasencia en 1398, época en que Vene- 
cia tomaba igual acuerdo. Los primeros expositores que en estas ciudades 
tuvo la Divina Commedia, fueron en el orden indicado: Benvenutto de 
Rambaldi da Imola, que escribió un largo comentario; Fr. di Bartolo da 
Buti; Filippo da Reggio y Gabriel Squaro (Tiraboschi, t. V, pág. 39S). 

2 Los poemas de Uberti y Frezzi han sido una y otra vez examinados 
por los críticos: no así el de Armenino, apenas mencionado hasta ahora. Po- 
seyólo el docto Marqués de Santillana en su selecta librería, que dimos á 
conocer en sus Obras (págs. 592 y siguientes)^ donde en el. articulo opor- 
tuno hicimos un breve análisis del mismo (págs. 597 y 99). Para conoci- 



174 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPACIÓLA. 

brado cantor de Laura, que sólo llega á conocerla en los últi- 
mos años de su vida, se lísongeaba tal vez en sus Triumphi con 
la idea de emular sus aplaudidas bellezas, apresurábanse tam- 
bién á tomarla por norma y pauta de sus producciones los poe- 
tas castellanos que florecen en los reinados de Juan I y Enri- 
que ni, traida ál suelo español por un ingenio que nacido en 
Italia, «meresció en estas partes del Occaso el premio de la 
•triunphal é laurea guirlanda» , Uevapdo por excelencia el tí- 
tulo, no de trovador ó decidor^ sino el m&s elevado de poeta ^. 
Tal hizo el distinguido Mi^er francisco Imperial, cuyo nombre 
hemos consignado en igual sentido, al comenzar el presente vo- 
lumen ^. 
« 

Notable era en verdad el movimiento de las musas españolas, 
cuando se inicia y triunfa en nuestro parnaso la innovación ale-- 
góríco-dantesca. Pero ya lo dejamos repetidamente insinuado: 
mientras se iba de dia en dia ensanchando el círculo de la erudi- 
ción, reservada en siglos anteriores &, las escuelas clericales; 
mientra^ candía entre todas las clases de la sociedad aquel noble 
estímulo de ilustración, que trastocando en cierta manera el ór-* 



miento de nuestros lectores no juzgamos fuera de propósito notar que cl 
poeta se supone transportado á una selva, donde se le aparece una matrona, 
á quien dá el nombre de Fiorita, la cual. le sirve de guía en la extraña 
peregrinación que emprende por la montaña de la historia. A . su vista, 
pasado un rio que dá vuelta á la montaña, se muestran los poetas y los hé- 
* rpes de la antigüedad, desde los tiempos más remotos, recorriendo asi to- 
das las épocas y conmemorando todos los pueblos hasta trazar el cuadro de 
la gfandeza romana. Este poema se terminó en 1329, como consta en el 
precioso códice que existe hoy eo la biblioteca de Osuna, P. 11^ lit. M. nú- 
mero 8, antiguo. Como advertimos en las Obras del Marqués de Santüla- 
na^ está escrito en prosa y verso. 

1 Marqués de Santillana, Carta al Condestable, párrafo XVII. 

2 Véase el cap. I. Ya antes hablamos dado á Imperial esta legítima re- 
presentación en la historia de la poesía española, al publicar la Vida y 
Escritos dd Marqués de SantiUana, con que ilustramos sus Obras (pági- 
nas CXV y CXVI de la misma). Los anotadores del Cancionero de Bae- 
na le negaron toda influencia en nuestro parnaso; pero después veremos 
con cuan poco fundamento. 



II.* PARTE, GAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 175 

den de la educación y de los estudios, despojaba á las enseñanza^ 
de la filosofla y de 1¿ historia de la sobriedad conveniente para 
llegar á fructuosa madurez; y mientras arrojado de su verdadero 
cauce, se desvanecía el sentimiento estético del pueblo castella- 
no, ambicionando al par las galas y preseas debidas & extrañas 
Iiteraturas,-^mostrábanse los poetas de la España central infi-« 
cionados de todos los licios que traen consigo la pedantería y el 
anticipado refinamiento de una cultura imitadora. 

Ni era ya para ellos el amor, fuente y vida de todo ar- 
te, aquella adhesión pura y agena de toda inverosímil hipér- 
bole, que habia brillado con sin igual verdad y pureza en 
los primitivos cantares de la musa nacional; ni encerraban 
sus canciones y dezires los tesoros de fé y de i)iedad, que 
en no lejanos dias la hablan engrandecido; ni reflejaban Ja 
llama del fuego patrio, que habia iluminado las grandes figu- 
ras del héroe de Vivar y de Bernardo del Carpió, de Fernán 
González y de Alfonso XI. 

Muestra de lo que iba siendo la musa erudita de Iqs cas- 
tellanos, inclinada cada vez más al cultivo de la poesia lírica^ 
eran desde el reinado del Rey don Pedro las obras de don Pero 
González de Mendoza, escritas en la juventud de este, procer, 
que sella en el desastre de Aljubarrota con su propia vida la 
acrisolada lealtad de sus abuelos, conforme en su lugar oportu- 
nanHite consignamos ^ Ganaban mayor lustre y se acaudalaban 
con nuevos primores las formas artísticas: cobraban también ma- 
yor flexibilidad y riqueza las formas de lenguaje, por más que sólo 
se haya reconocido hasta ahora este adelantamiento en los tiem- 
pos de don Juan II ^; pero en cambio faltaban la sencillez y na- 



1 Véase el capítulo XX de la 11.* Parte. 

2 Este es el común sentir de la crítica, sin exceptuar los escritores qtter 
han tratado con mayor detenimiento, en los últimos añqs, de literatura es- 
pañola. £1 examen de los poeta9 que florecen en la segunda mitad del si- 
glo XIY, justifica plenamente nuestra observación, que autorizan además 
l2l8 doctas palabras (fel marqués de Santillana, relativas á la corle de don 
Enrique III, que expondremos oportunamente. Los que sin reparar en lo9 



176 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

turalidad, la concisión y brío de la expresión, caracterizando to- 
das las producciones amatorias cierta galantería cortesana, que 
se extremaba con el inoportuno ejemplo de los héroes de la anti- 
güedad y de los paladines de la caballería, y resaltando en las 
historias la lisonjera facilidad del poeta palaciego, cuya inspira- 
ción, nacida en el favor de las antesalas de proceres ó reyes, 
ni estriba en las creencias populares, ni s^alimenta del entusias*^ 
md que engendran en grandes y pequeños las altas empresas, 
llevadas á feliz remate en nombre y para bien de la patria. 

Esta enseñanza debemos al estudio de las poesias.de Pero 
Ferrüs y de Alfonso Alvarez de Villasandino, de Perafan de Ri- 
vera y del Arcediano de Toro, de Garci Fernandez de Gerona y 
de otros diferentes ingenios de la corte de Enrique II y Juan I. 

Es el más antiguo de todos, por confesión de Villasandino, el 
castellano Pero Ferrüs, que hubo sin duda de florecer en parte 
del reinado de don Pedro *, abrazando todo el de Enrique II, 
según persuade la. composición escrita á la muerte de aquel 
príncipe. Breve es el numero de las obras trasmitidas hasta nos* 
otros ^ : cümplense sin embargo en las que existen todas las 
observaciones que llevamos expuestas; y ya elogie la belleza de su 
amigüy confesándose más enamorado que Lisuarte y que Roldan, 
aíiteponiéndola, en pedantesco paralelo, á Venus y Palas, á Po- 
líxena y Elena, á Briseyda y Dido, á Ginebra é Isolda, y dando- 



ingenios de esta época, supusieron que sólo ofrecía una gran laguna litera* 
ria, desconocieron de todo punto la historia del arte. 

1 ' Esto se ddduce de las palabras de Alfonso Alvarez de Villasandino, 
quien viviendo en la corte de Enrique II, decia á Alfonso Sánchez de Jaén, 
denostando sus versos: 

Ya en su tiempo don Pero Ferrús 

Fizo dezires macho más polldos 

Que non estos vestros laydos é fallydos, etc. 

{Canc, de Baena, núm. 131, pág. It4). 

2 Tienen en el Canciptiero de Baena Aos nútnóros 301, 302, 304 
y 305. 



n/ PARTE^ GAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA, i 77 

le el nombre de Belaguisa^ á usanza de los trovadores i; ya se 
burlé de los ritos y ceremonias dé los Rabbíes de Alcalá, exci- ' 
tando la vis poética de los mismos, quienes le replican en igual 
género de metros, declarando que no aventajan los ruiseñores en 
el vergel los cánticos matinales, con que saludan á su Dios ^; 
ya en fin celebre al bastardo de Trastamara, ponderando en él 
aquella largueza tan fatal para Castilla y le equipare á los gran- 
eles reyes pasados, exagerando sus dotes de gobierno y sus es- 
casas virtudes bélicas hasta presentarle cual digno del renombre 
de conqueridor, que el universal aplauso de sus vasallos habia 
dado al debelador de Algeciras, — siempre aparece como partida- 
rio de la escuela provenzal, que habia Ibgrado entre los cortesa- 
nos excesiva preponderancia. El amor por él pintado, lejos de 
revelar una pasión verdadera, se funda en una colección de tér- 
minos artificiales, que ni determinan situación alguna de la' vida, 
ni reflejan ninguna de aquellas cualidades, bastantes á formar un 
carácter poético: el sentimiento patrio que se traduce.á sus ver- 
sos, lejos de personificar el noble y generoso anhelo de la prospe- 
ridad pública, se encamina á prevenir con los no merecidos elo- 



.1 Los anotadores del Cancionero áe Baena observaron que Belaguisa 
del)ia ser la heroína de algún libro de caballerías desconocido, ó tal vez 
palabra compuesta por el autor de beUa y giUsa (Notas, pág. 677, col. 1). 
Nosotros juzgamos lo último, y damos alguna importancia á este particu- 
lar, porque como vá en el texto insinuado, determina al punto que llegaba 
la imitación de los trovadores. Estos apellidaban á sus damas con frecuen- 
cia Bd-vezery Bd'donayre, Bel-caixUlier, Bel-Semblant, etc., como nos 
enseñan las obras de Bernardo de Yentadour, Rambaldo de Vaqueiras, 
y otros muchos de los más renombrados cultivadores de la poesía le- 
mosina. 

2 Los rabíes de Alcalá usan la lengua de Castilla con la misma soltu- 
ra que Pero Ferrús, no desmereciendo tampoco los metros por ellos emplea- 
dos de los de aquel afamado trovador. Téngase presente esta observación 
para más adelante, en que examinando las poesías de otros judíos y sarra- 
cenos, mostraremos cómo se amoldan unos y ottos á los progresos de me- 
trificación y lengua, contra lo que han asegurado los traductores de Ticknor, 
al pretender fijar la época de ciertos poemas aljamiados. Véase la nota de la 
página 154 del anterior capítulo. 

Tomo v. 12 



178 HISTORU CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAf^OLA. 

grios del rey muerto el favor, que espera en la magnificencia del 
rey vivo*. 

Análogo juicio puede y debe formarse respecto de Alfonso 
Alvarez de Yillasandino, apellidado también áb Illescas y de 
Toledo ^. Concedióle el docto marqués de Santillana título de 
grand decidor, añadiendo que podia repetirse respecto de él 
«aquello que en loor de Ovidio un grand estoriador describe, con- 



1 Esta misma intención descubrimos en la composición que dirige Fer- 
rús á Pero López de Ayala, señalada en el Cancionero de Baena con el nú- 
mero 305. Después de elogiar sobre manera á los héroes de la antigiiedad, 
comenzando por los fabulosos y siguiendo por los griegos, troyanos, carta- 
gineses y hebreos, no sin mezclar los paladines caballerescos, menciona á 
los caudillos y reyes españoles que más se distinguieron por su va- 
lor en la obra de la reconquista, diciendo respecto del bastardo de Al- 
fonso XI: 

Don Enrryqoe, rrey de España, 
Que por esfuert^o et por sesso 
Todo el mundo tOToen peso, etc. 

Sólo suponiendo que Ferrús habia recibido extremada protección de En- 
rique II, puede tener disculpa este adulatorio lenguaje, que por desgracia 
se hizo harto común entre los trovadores que le suceden, como notaremos 
adelante. 

2 Esta circunstancia hace creer que Alfonso Alvarez era natural de Vi- 
llasandino, siendo heredado en Ulescas y morando á menudo en Toledo. De 
lo primero persuade la seguridad con que alude á dicho pueblo, tratando 
de su naturaleza: de lo segundo nos convence su propia declaración, con- 
tenida en estos versos, dirigidos á don Sancho de Rojas (Número 160 del 
Cancionero de Baena): 

Por non padescer á tuerto. 
Yendo todo,'á fumo muerto, 
Qaanto ove heredado 
En Illescas é aun comprado.— 

De lo tercero deponen las frecuentes alusiones, que hace á su residencia en 
la imperial ciudad, debiendo advertirse que no otra es la denominación que 
lleva en diversos Cancioneros del siglo XV, tales como el de Hijar, el de 
la Biblioteca patrimonial de S. M. que daremos á conocer en breve, y el de 
la Imperial de Paris, de que poseemos multitud de producciones inéditas. 



11.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA 179 

•viene á saber: que todos sus motes é palabras eran metro» ^. 
— «Esmalte é lus é espejo é corona é monarca de todos los poetas 
»é trovadores, maestro é patrón del arte poética» le apellidaba 
repetidamente Juan Alfonso de Baena, al copiar sus numerosas 
composiciones en el famoso Cancionero, á que prestó nombre *. 
Tuviéronle en grande estima sus coetáneos, y solicitáronle, para 
que elogiase por ellos á sus damas y amigas, magnates tan es- 
clarecidos como el conjje de Buelna don Pero Niño, y el ade- 
lantado Pero Manrique ^. Con cierta vanagloria llegaba él mis- 
mo á reputarse verdadero maestro y oráculo de toda poesía, 
escribiendo al par cantigas á la Virgen, loores á los reyes, li- 
sonjas á sus mancebas *, y elogios á las damas más ilustres, 



1 Carta al Condestable, núm. XVU. £1 Marqués le dio el apellido de 
lüescas. 

2 Baena añade que Dios «puso en él gracia infusa», manifestando así' 
hasta qué punto llegaban la fama de Alfonso Álvarez y la hipérbole de sus 
alabanzas (Véase el epígrafe de sus cantigas en dicho Cancionero), 

3 Son las composiciones que llevan en el expresado Cancionero los nú- 
meros 8, 10 y 32 qae empiezan, la que hizo para Manrique: 

Sefiora, flor de azacena: 

las que escribió por ruego del conde, para loor de doña Beatriz, su mugcr, 
y cuando el infante don HcinandD la prendió: 

1/ La que siempre oheúesf^L 

9.* Fasta aqai passé fortoDa, etc. 

4 Fueron estas doña Juana de Sossa y doña María de Cárcamo, obse- 
quiadas ambas por el rey don Enrique, el Viejo (el lí), quien ya que no 
pudo en otra cosa, imitó en esto, y no sin creces, á su padre don Alfonso. 
— Villasandino *se mostró tan pródigo en las alabanzas de doña Juana que, 
al escribir la cantiga que en^pieza: Acabada fermosura, le dijo don Enri- 
que que pues le habia dado aquel nombre «que ya non fallaría más loores 
que de^ir della». En el Cancionero de Baena existenr sin embargo hasta 
quiAce cantigas, demás de la indicada, algunas de las cuales fueron sin du- 
da escritas después, mostrando todas cuan versado estaba Alfonso Alvarez 
en el lenguaje de las lisonjas y cuan fácilmente se inspiraba por cuenta de 



180 HISTORIA CRITICA DE LA UTERATURA ESPAÑOLA. 

entre las cuales, haciendo oficio de galanteador, prefirió á la in- 
fanta dona Leonor de Castilla, reina de Navarra desde 1375 ^ 
En su afán de requerir de amores á cuantas bellas contem- 
plaba^ iba líasta el punto de tomar por dama la que babia sido 
antes combleza de Enrique II, manifestándose á poco anáar tan 
prendido en las redes de una beldad sarracena que no vacilaba 
en asegurarle que «pornía por ella en condición su alma pecado- 
ra» ^. Armado entre tanto caballero pof el expresado príncipe, 



otro. Tienen todas en el Cancionero los números 11, 12, 13, 15, 16, 17, 
18, 19, 20, 23, 43, 45, 48, 49, 50 y 51.— Doña María de Cárcamo, menos 
favorecida sin duda, aunque no menos halagada, pues que la apellida luz 
de parayso y linda eHréüa, manifestando que la serviria (don Enrique) 
como rey, ora vena muerte ó vida, sólo tiene una cantiga, designada 
con el número 24. 

1 Se conservan en el Cancionero citado cuatro composiciones que 
se refieren á doña Leonor, designadas con los números 25, 26, 27, 41 y 46. 
La primera es un diálogo entre el cuerpo y el corazón, en que uno y otro 
se lamentan de los dolores que amor les causa; la segunda es la despedida 
de doña Leonor, á tiempo de partir á Navarra; la tercera es cierta manera 
de súplica que el poeta dirige á la Infanta para que le mande curar las Ha* 
gas de amor; la cuarta tiene por objeto el celebrar la belleza de tunas 
lindas doncellas et damas que andavan con la reyna de Navarra», de una 
de las cuales se confiesa enamorado; la quinta es en fin un elogio directo 
de doña Leonor, ya reina. Estas cantigas, como las anteriores, están escri- 
tas, ya en gallego, ya en castellano. 

2 Lo priihero se deduce de algunas de las cantigas, citadas en la nota 
penúltima, tal como la que señalada en. el Cancionero con el núm. 45, 
comienza: 

De grant culta sorridor 
Foy é só, siempre seré, etc. 

que según se expresa en su epígrafe, fué escrita por t amor é loor de doña 
Juana de Sossa, por que le diera lugar é manera á que la4>udiesse loar c 
amar é obedecer é servir». De lo segundo nos da testimonio otra cantiga, 
que se ha impreso en el referido Cancionero, como prosecución de la que 
lleva el núm. 31 (p^. 33) y tiene este estrivillo: 

Quien de lynda se enamora» 
Atender deve perdón, 
En caso que sea mora. 



Il/ PARTE, GAP. IV. INTR. DE lA ALEGORÍA DANTESCA. 181 

colmado de bienes y mercedes, é investido con las ambicionadas 
insignias de la Yanda, que le ganó sin duda su pericia en las ar- 
tes de la guerra *, consignaba Villasandino en sus composicio- 
nes el fallecimiento del referido soberano, colmándole de elo- 
gios [1379], la muerte de la reina doña Juana [1381], la de 
doña Leonor [1382], el desastre de don Juan I, su esposo [1390], 
y más adelante lloraba con otros muchos poetas el temprano fin 
de Enrique m [1406]. 



En efecto, la belleza que en esta obra es aplaudida, viene de lynage de 
Agar y de lalynia de IsnMd, dotada por Mahoma de alvos pechos de cris- 
tal j áe M fermosura que la non podia decir el poeta. Este motejaba 
después, ó lo habia hecho ya, á Garci Fernandez de Gerena, por sus amores 
con una juglara mora, seg^un veremos en breve. 

1 Quejándose al rey Enrique III del mal tratamiento que le daban otros 
poetas más jóvenes, refiérele su vida, manifestándole que obtuvo desde su 
juventud del rey su abuelo honras que mantenía y mantendría (que man- 
tengo é manterné), añadiendo: 

El qual por qutea rogara 
Qoel quiera Dios perdonar, 
Me dtó sa vanda et collar. 

Y luego: 

Por este señor cobré 
Orden de caballería • 
B coD> grand ítanqueza un día 
Me casó con quien cassé. 
Deste resQebí é tomé 
Machos bienes é meri^edes; 
Pues en su corte ya vedes 
Si perdí ó si gané: 
Sabe Dios commo é porqué. 

Dios y todo el que lea las cantigas laudatorias de doña Juana de Sóssa y 
doña María de Cárcamo. — En cuanto á la pericia militar de Villasandino, 
parecen acreditarla los siguientes versos de Fr. Pedro de Colunga, al supli- 
carle que le declarase «algunas figuras oscuras del ApoccUipsin: 

* Sefior Alfonso Alyarez^ grant sabio perfeto 

En todo fablar de lynda poetría; 
Estrenuo en armas é en caballería. 
En rregir confpañas, sin algún defeto, etc. 



182 HISTORIA CRÍTICA DE 'LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

Llegaba asi á edad avanzada; y aunque gastada su salud y 
consumida su hacienda al vuelco de los dados, de que era muy 
devoto, no por eso Í3 abandonó su genio poético, ya tomando 
parte y aun promoviendo aquellas lides artísticas que tan del 
gusto de la corte se fiabian. hecho, al terminar el siglo XIY; 
ya lanzando picantes sátiras contra los contadores y oficiales 
reales que eran obstáculo al logro de las t)ontinuas demandas 
pecuniarias, con que abrumaba á reyes, infantes y magnates; 
ya en fin halagando los encontrados intereses de los últimos, 
con burla, á veces poco decorosa, de sus elevados adversa- 
rios ^ . 



1 Entre las sátiras más p menos embozadas que fulmina á veces Yilla- 
sandino, deben recordarse las que dirije al Cardenal don Pedro de Frías, 
valiéndose de las profecías de Merlin, que tanta fama habian logrado entre 
los eruditos desde mediados del siglo. £n ellas se levanta alguna vez á la 
verdadera región del sentimiento patriótico. £n la que lleva pof ejemplo el 
núm. 97 del Cancionero de Baena, leemos estos rasgos que pintan el esta- 
do de la corte de Castilla, bajo la privanza del Cardenal referido: 

Non presclan 011)06110 1 /sfnon al inalsynr 
Falla el leal | las puertas cerradas: 
Las obras del cuerdo | son menospreciadas 
B tienen al loco i por grant palazin. 

Non fa^en mención j de Benamarin 
Nin 4e las conquistas | del rey don Ferrando, 



^ £ tienen los armas | guarnidas de oryn ; 
' Prescianse mucho j de rropasbrosladas, etc. 

Las composiciones señaladas con los números 115 y 116 son de tan iu-* 
trincado sentido que sólo para los que vivieron en aquella edad y recibie- 
ron, como un hecho de feliz augurio, la caida del Cardenal, pudieran ser 
inteligibles. Otras sátiras escribió más adelante contra los palaciegos que 
eran obstáculo á la largueza del joven Condestable don Alvaro de Luna ó 
de don Juan íl, á quienes ya viejOf cano, calvyllOy y lleno el rostro de 
arrugas y el cuerpo de bidmas de socrocio^ demand(ü>a vistuario y diñe- 
ñeros cada dia, cometiendo á veces censurables bajezas. £ñtre estas sátiras 
es notable la marcada con el núm. 202, no sólo por darnos á conocer que 
no falta á VlUasandino cierto humor satírico en los últimos años de su 
vida [1424], sino porque nos descubre las vejaciones y desprecios de que 
fue víctima, doliéndose á menudo de que sus tcantares no tenían ya 
dono ni sal» (Núm. 200 del Cancionero de Baena). 



ll/ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 183 

Tal fué é hizo Viliasandiiio.Por su educación literaria, cuyos 
perfiles eruditos ostenta en frecuente y no oportuno alarde; por 
la escuela poética, en que desde luego se filia;' por su humor y 
su carácter, fáiciles á toda lisonja é inclinados á usar de la ven- 
ganza; por su poca fijeza y fidelidad en el amor, intemperancia 
que tiene el merecido castigo en su segundo matrihonio ^; y 
últimamente por la soltura y poco recato de sos costumbres, que 
alguna vez se transfiere á su lenguage *, ofrece Alfonso Al- 
varez de lUescas en la historia de la literatura española la ima- 
gen de los antiguos thovadores provenzales, que hicieron, cotíio 
él, oficio y ministerio de su vida el cultivo de la gaya sciencia ^. 



1 La cantiga núm. 6 del Cancionero citado dá testimonio de que «la 
ipostrimera esposa que ovo, que avia nombre doña Mayor,» no fué para Vi- 
Uasandino t fermosura tan syn erran9a^» como cantó al celebrar sus bodas 
(núm. 5): «repisso del casamiento^ más la quisiera tener por comadre que 
»por mujer, segund la mala vida que en uno avian, por 9elos et vejez et 
«flaco garañón» (Canc, pág. 16). 

2 Véanse los dezires que van designados con los núms. 104 y 184 en 
dicho Cancionero. 

3 Para que fuese más completa esta semejanza, el poeta que babia reci- 
bido honras y honores de los reyes de Castilla, preciándose de ser quisto é 
amado de ellos (núm. 184 del Canc) y de ser hidalgo de dos lanzas (núme- 
ro 73), recibió hasta cuatro veces del cabildo de Sevilla la suma de cien do- 
blas por otras tantas cantigas, escritas para ser cantadas por juglares el dia 
de Navidad. Todas son laudatorias de -la capital de Andalucía, poniendo sus 
excelencias sobre las de cuantas ciudades tenían á la sazón merecida fa- 
ma, en lo cual seguía la norma de los antiguos trovadores, para quienes era 
la hipérbole familiarísima. Esta manera de rebajar los ponderados frutos de 
su musa, que en tiempo del Rey Sabio le hubiera clasificado entre los que 
se envilecían por oficio^ llegó en su vejez al extremo, dando á sus poesías 
el carácter de los cantares de ciegos y mendigos. £1 núm. 219 del Cancio^ 
ñero recuerda en efecto los que ya conocen los lectores debidos al Archi- 
preste de Hita (IL* Parte,* cap. XXIIl, pág. 533): tiene este estrivillo: 

Señores, para el camino 

Dat al de VlUasandino. 

« 

No es tampoco para olvidada la circunstancia de haber sido dos veces 



184 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Sus numerosas poesías pueden contribuir á esclarecer con muy 
curiosos pormenores la historia anecdótica, ó como se dice en el 
lenguage culto de nuestros días, la crónica escandalosa de la 
corte de Castilla, durante los reinados de Enrique II, Juan I, 
Enrique III, y parte del de Juan II: en ellas se. aprende á cono- 
cer también el desarrollo que tienen las formas artísticas en la 
segunda mitad del siglo XIV, empleados por Villasandino cuan- 
tos metros lo hablan sido antes y ensayando otros nuevos, que 
enriquecía con variadas y fastuosas* combinaciones, rímicas : en 
ellas pueden y deben apreciarse los notables progresos^ que 
iba haciendo la lengua castellana, acaudalado el dialecto poé- 
tico con frases, giros y maneras de decir antes desconocidas, 
y no olvidada tampoco la dicción que es generalmente esme- 
rada *. 



Rrey de la faba, dignidad grotesca que solicitó por la tercera vez, diciendo 
fjiúm. 204); 

To fuy rey, syn ser Infante, 
Dos Tegadas en Castilla; 
Mas mi coyta é mi manztlla 
Es por non sser espetante 
Para el año de adelante 
D*aver la tercera silla. 

£1 monje de Montaudon, famosísimo por su humor cáustico entre los 
trovadores, fué también rey del Puy (Millot., Hist. des troubadours, art. 
Montaudon; Fauriel, Histoire de la Foés. fMrovenp. t. II, pág. 192). 

1 De buen grado pondríamos aquí algunas muestras de las poesías de 
Villasandino: en la imposibilidad de hacerlo con la extensión que deseára- 
mos, citaremos la bella cantiga«que ocupa en el Cancionero el núm. 44, 
notable por la soltura y gracia de la versificación, no menos que por la fres* 
cura y corrección de la frase. Empieza : 

VysBO enamoróse, 
Paélete de mi, 
Pues vivo pensoso, 
Deseando á ty, etc. 

En esta y otras varias poesías de Villasandino hallamos las mismas do«- 
tes, que hicieron después célebre el nombre del marqués de Santillana, como 
autor de las tan aplaudidas serranillas. 



Il/ PARTE, CAP. IV. INIK. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 185 

Mas si le concedemos de buen grado este galardón respec- 
to de. las formas exteriores, justo es observar que no descubri- 
mos en Alfonso Alvafez, fuera de la prodigiosa facilidad que el 
marqués de Santillana le concede, ninguna de aquellas dotes 
que constituyen al verdadero ingenio, dándole elevada y legí- 
tima representación en la historia del arte. Su patriotismo se 
nutre, como el de Pero Ferrús, de esperanzas cortesanas: sólo 
se despierta en él ó cuando ha recibido alguna ofensa, ó cuando 
no halla la gracia que solicita,, aquel sentido moral que daba 
tan alto precio á la musa de Pero López de Ayala; y si alguna 
vez, dominado del sentimiento religioso, dirige sus cantigas á la 
Virgen María, resalta en ellas lo humano sobre lo divino, por 
más que se vanagloriase de que alguna era bastante á libertarle 
de la condcAacion eterna ^. 

Ni ofrecen por cierto distintos car&cteres Perafan de Ilibera 
y el Arcediano de Toro. Si no es lícito despojar del título de 
poeta al noble adelantado de Andalucia, patriarca de aquella 
ilustre familia que se distingue por su amor á las letras <y á sus 
cultivadores, tampoco merece alto galardón en nuestro parnaso. 
Una sola composición, y esta adjudicada con ciertas dudas, co- 
nocemos de dicho ingenio, más propia para mostrar que no era 
amigo de dádivas excesivas que para hacer alarde de su talen- 
to poético. Rechazaba en ella la petición de Alvarez de Ulescas, 
que parecía tomarle por padrino de sus desdichadas bodas, y 
versificábala con notable soltura. al uso de los que seguían la 
escuela de los trovadores 2. Con mayor aplauso escribía el Ar- 



1 La cantiga á que aludimoS) es la segunda del Cancionero de Baena 
y tiene este estribóte ó estribillo: 

Virgen digna de alabanza, 
Bn ti es mi e8peran9a. 

£1 >mérito literario de esta cantiga está muy lejos de lo que juzgaba 
Villasandino. 

2 Es el decir que lleva el núm. llS en el tantas veces citado Cancio^ 
fiero: en su epígrafe se lee que «algunos decian que la fizo por rruQgo. del 
dicho adelantado (Ribera) Fcrran Pérez Guzman». 



186 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

cediano, que lograba después ser conmemorado por el ¡lustre mar- 
qués de Santillana, citando expresamente las composiciones que 
le ganaron lá estima de los eruditos K De*rendido y fiel enamo- 
rado, hasta morir ai golpe de los desdenes de su dama, se pre- 
ciaba en todas las |>oesías que han llegado & nuestras manos, 
escritas como otras muchas de Yillasandino en el dialecto galle- 
go, tan de moda entre los ingem'os de la corte, como apuntamos 
en otro lugar y notó el celebrado autor de la famosa Carta al 
Condestable *. Mas no por confesarse tan apasionado, y retirar- 
se del mundo, al ver malogrado su amor, y hacer testamento, 
al sentirse morir ^, respondió la musa del buen Arcediano & los 



1 Cuando dimos á luz las Obras del Marqués de SafUiüana, abrí^ba- 
mos la esperanza de averiguar el nombre de este famoso Arcediano: las 
personas, á quienes en Toro y Zamora teníamos dado dicho encargo, nada 
han podido adelantar en esta investigación; y,aunque no es imposible que 
algún diá se tropieze con los documentos inútilmente buscados hasta ahora, 
cúmplenos decir que sólo sabemos de cierto lo que nos ad'virtió el expresa- 
do marqués en el núm. XYIi de su Carta al Condestaide. £1 Arcediano 
floreció en tiempo del rey don Johan 1. — Véase no obstante el núm. CXIV 
de la Biblioteca del Marqués al final de sus citadas Obras, 

2 Núm. XIV: 

3 Esta composición del Testamento no la citó el Marqués de Santillana. 
Tiene en el Cancionero el núm. 316, está en versos de maestría mayor, y 
comienza: « . 

Poys que me veio á morte cliegado, etc. 

Entre los legados que vá haciendo, dice: 

A mtña loa arte de Hndo trobar 
Vando á Lope de Porto-Carreyro, 

poeta coetáneo suyo, no mencionado por el Marqués, á quien debió tener 
en mucha estima, como tal trovador, pues que añade que le hace este lega- 
' do dé su arte, 

Porque sabrá della muy ben osar. 

Demás de las composiciones que citó don Iñigo López de Mendoza, se leen 



n/ PAUTE, GAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 187 

acentos del verdadero dolor, así como tampoco había sentido el 
estímulo del amor verdadero. Primoroso en el arte de melriflcar 
y de rimar, cual lo eran Villasandino y los demás trovadores, de 
quienes se despide en.su fingida cuita ^, nada hallamos en sus 
obras que nos revele las altas aspiraciones de la civilización 
castellana, ni la originalidad de su carácter, avasallado por el 
espíritu de escuela, como el de sus más señalados coetáneos. 

Más original que el Arcediano se mostró sin duda Garci 
Fernandez de Cereña, merced á muy especiales circunstancias^ 
de su vida^ Honrado desde su juventud con cierta estimación y 
privanza en el palacio de don Juan I, pedia al rey por muger, 
llevado de ciega codicia, «una juglara que avia sido mora, 
pensando que ella avia mucho tesoro». Otorgósela don Juan; 



en el Cancionero de Baena (núnis. 311, 312, 315) las cantigas que em- 
piezan: 

—Por Deas Mesura. 

— Bd muy forte pensamento. 

—Ora me cooTen este mundo lexar.— 



La que empieza: 



Crueldat et trocamento, 



no aparece entre ellas, y sí adjudicada con el núm. 18 á Villasandino. Es- 
ta equivocación de Juan Alfonso de Baena, prueba que siendo una la es^ 
cuela poéUca del Arcediano y del caballero de la Vanda, Sv. confundían ya al 
mediar el siglo XV, las con^osiciones gallegas de ambos. 

1 Despidiéndose en la composición A DBus, Amor, á Deus, el rey, de 
todos sus amigos, dice el Arcediano: 

* A Deus, amigos señores, 
Que muyto amé; 
A Deus, os trobadores, 
Con quen trobé, etc. 

• 

Estas piflabras no dejan duda alguna de que eran numerosos los trovado- 
res de la corte de dou Juan i, mostrando al par el género de poesías que 
cultivaban, trobando juntos, esto es: cantando de una misma suerte y por 
una misma arte. 



188 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

pero apartándole desde aquel punto de su lado. Esta repulsa, el 
desengaño de la soñada riqueza y el general menosprecio que 
atrajo sobre su persona aquella desusada y desigual unión, hu- 
bieron de moverle á prorumpir en estériles lamentos, que pen- 
só tal vez hacer interesantes, mezclándolos al universal de Cas- 
tilla «después de la batalla de Aijubarrota» . 

La deshonra que juzgó cubrir con los tesoros de la juglaresa, 
le echó al cabo la corte y aun de la sociedad, retrayéndose con 
8u mujer á una ermita, cercana & Gerena, donde pasó algún tiem- 
po en simulada y al parecer fervorosa penitencia, ya (^mi>oniendo 
devolas cantigas en alabanza de Dios, ya tomando á la Virgen por 
su íntercesora. Al fin le arrancaba su índole versátil de aquel re- 
tiro, y fingiendo «que iva en rromería á lerusalem», embarcóse 
en Sevilla con la juglaresa, dirigiéndose á Málaga y pasando de 
alii á Granada, para renegar la fé de sus mayores y abrazar el 
mahometismo. Trece años vivió en tierra de moros, olvidado de 
su patria y encenagado en liviandades con una hermana de su 
mujer, hasta que cansado sin duda de andar errante, tornóse á 
Castilla [1401], más cargado de hijos de lo que su pobreza con- 
sentía, mendigando la caridad ó excitando la indignación de sus 
antiguos amigos, que motejaban su vejez con el infamante dicta- 
do de apóstata ^ 

Fácilmente se alcanza que las obras poéticas, fuente de se- 
mejantes noticias biográficas, debian tener alguna originalidad, 
aun cuando fuese esta nacida «en parte de la misma extravagan- 
cia de la vida del poeta. Es Garci Fernandez uno de aquellos 
ingenios, á quienes concede el cielo imaginación lozana y pin- ' 
toresca: sus poesías que nq barecen de pensamientos profundos 
y alguna vez elevados, muestran que le era familiar el conoci- 
miento de las formas artísticas de la escuela provenzal y que 



1 Villasan^ino, en la composición que lleva el núm. 107 del CancÜH 
ñero, le hace cierta especie de inventarío de las cosas que había %anado, 
al renegar la ley de Jesucristo. Es obra no sin g'racejo, pero de poca auto- 
ridad en quien ponía en peligro su alma, por amor de una mora. Véase la 
nota déla pág. 180 



n/ PARTBy CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 189 

dominado por influjo más favorable á la nacionalidad castellana, 
hubiera podido levantarse á má.s alta esfera. Pero descaminado, 
como todos sus contemporáneos, y sujeto más que todos á los 
raros accidentes de una vida borrascosa, en que llegó natural- 
mente á embotarse el sentimiento patriótico, ni pensó siquiera 
en consagrar su musa á la gran causa de la civilización españo- 
la, ni pudo hablar otro lenguaje que el ya convenido en el circu- 
lo artificial de los que se apellidaban trovadores, ni revelar tam- 
poco otra individualidad poética que la reflejada exteriormente 
en sus propias vicisitudes. Garci Fernandez de Gerena, aunque 
no con la variedad de Yillasandino, daba no obstante á conocer 
el pn)greso de las formas artísticas y de lenguaje, mereciendo 
en éste concepto no despreciable lugar en la historia de la poe- 
sía castellana 1. 

En igual sentido aparecian.cuantos profesaron la gaya scien-- 
eia durante los reinados de Enrique II y Juan I, en cuya corte ' 
obtenían los juglares privilegios y exenciones únicamente con- 
cedidos, antes de aquel tieoípo, á los primeros personajes de la 
república '. Privaba entre los eruditos aquel arte que dejó de 
existir un largo siglo habia en el suelo que le dio nombre; y 



1 Entre las composiciones de Gerena es notable la cantiga cque fiso en 
loores de Santa María •, la cual tiene este estrivillo: 

. virgen flor, de espina, * 

Syempre te serví: 
Sancta cosa e dina, 
Rroega á Dios por mí.— 

En ella, como en todas^ resaltan las dotes que le dejamos reconocidas. 

2 Concediendo el rey en privilegio de 9 de abril de 1398 , dado en el 
monasterio de Pelayos, ciertas inmunidades y exención de pechos y derra- 
mas á los oficiales reales, incluye entre ellos y como tales los considera «á 
sus falconeros et menestriles, et al su trompero et joglares et copero». La 
merced referida era. para siempre jamás, imponiendo la pena de diez mil 
maravedís á todo el que fuese contra ella, y mandando que fuesen de- 
vueltos á todos los dichos oficiales los pechos y derramas que de ellos se hu- 
biesen recibido. 



190 HISTOniA CRÍTICA DE LA LITJillATlIRA ESPAÑOLA. 

mientras Alfonso González de Castro * y otros muchos que se 
extremaron en su cultivo, pugnaban por trasmitirlo á la poste-- 
ridad, comenzó á alborear en los horizontes del Parnaso caste- 
llano el astro de la Divina Cornmeiia que había eclipsado ya en 
el suelo de Italia la e3trella de los trovadores. 

No alcanza Miger Francisco Imperial éxito tan cumplido como • 
el cantor de B.eatriz: que ni> podía esto esperarse de quien imitaba, 
ni le habia dotado la Providencia de aquel talento prodigioso, ni de 
aquella maravillosa imaginación, con que le plugo enriquecer al 
prófugo inmortal de Florencia. Su obra, mucho más modesta y 
de muy más reducidas proporciones respecto del arte, intrínseca- 
mente considerado, no dejaba de ser trascendental en orden á la 
poesía castellana, que falta á la sazón de verdadero norte y de 
fin propio, acogia siu restricción alguna y pretencjia hacer suya 
la alegoría dantesca, al verla resplandecer en las producciones 
• del ilustrado poeta que la transferia al suelo de España. Mas 
digno es de notarse, por su especial importancia en la historia 
de nuestras letras, que esta innovación, destinada á triunfar asi 



1 Don Iñigo López de Mendoza cita á este poeta antes que al Arcediano de 
Toro; pero según notamos en las Obras del Marqués (Bibliotecaf núme- 
ro XXII)» es muy posible que viviese hasta entrado el siglo XY, á lo cual 
«se incUna don Francisco de Torres en su Historia de Guadalajara, de 
donde era natural, manifestando que vivía en 1415. Rades de Andrada 
menciona en 1385 un frcy Alonso González de Castro, comendador de Ca- 
latrava {Crón» de las tres ÓrdeneSj fól. 65), hecho que no debió ignorar doír 
' Iñigo López, quien á haber sido dos diferentes personagcs, hubiera procurado 
distinguirlos de algún modo. Sea como quiera, al citarle en este lugar, 
le consideramos como discípulo de la escuela provenzal, fundándonos en una 
de las canciones que menciona el marqués y que Alfonso de Baena adjudicó 
equivocadamente á Macías. Esta cantiga que tiene el núm. 309 en el Can^ 
cionero, comienza: 

Con tan alto poderío, 
Amor nunca fué Juntado, etc., 

y aparece animada de cierto sentido alegórico, bien que muy distante de la . 
escuela dantesca. 



" II.* P\f{TEy CAP. IV. INTR., DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 191 

en las comarcas donde se hablaba el idioma de Castilla como en 
las que conservaban todavía sus nativos dialectos, se inicia y 
echa vividoras raices en el suelo de Andalucía.* 

Oriundo Miger Francisco Imperial de una ilustre familia de 
Genova, en la cual habia residido •má.s de una vez la primera 
dignidad de aquella república, y natural de la misma ciudad, 
cuyo mayor poder consistía en la actividad y extensión de su 
comercio, tr&jole sin duda á la Península Ibérica Jácome ó Jaime 
Imperial, su padre, famoso mercader de joyas que se avecinda- 
ba en Sevilla durante el reinado de don Pedro ^. Hall&base en- 
tonces MiQer Francisco en su primera juventud: ^u amor 1 las 
letras, y sobre todo á la poesía, le habia hecho iniciarse en el 
conocimiento de los vates griegos y latinos, que más alto re- 
nombre habían logrado en la antigüedad clásica: Homero, Vir- 
gilio, Horacio, Lucano, cuantos poetas, merced á los esfuerzos 
de Petrarca y sus discípulos, comenzaban á ser estimados por 
sus producciones, cuyas bellezas habían sido antes má$ presen- 
tidas que justamente quilatadas, le eran familiares ^. Su edu- 
cación literaria se habia formado no obstante en aquellos mo- 
mentos en que la gloria de la Divina Commedia y el aplauso de 
su inspirado autor llenaban todos los ángulos de Italia: domi- 



1 En el testamento del rey don Pedro, dado á \ut al final de sa Cróni-^ 
ca, se cita en erecto á Jácom(* Imperial, como tal mercader de joyas. Ha- 
blando délas que legaba á su hija Constanza, decía el rey: «El otro alha^ 
»yate es el que compró Martín Yañe? por mi mandado aquí en Sevilla, que 
»traxo de Granada Jaimes Emperial, en que ha cinco balaxes», etc. (pági-> 
na 562). Que Mi9er Francisco' nació en Genova consta del encabezamiento 
que llevan sus poesías (pág. 197 del Cancionero), siendo muy de notar Xa 
circunstancia de haber conservado toda su vida el título de Mi^r, propio de 
la lengua italiana, bien que aplicado también de antiguo entre los catala- 
nes y aragoneses, manifestando así la influencia que de la patria de Pe-^ 
trarca habían recibido. 

2 Imperial daba razón de sus estudios clásicos, cuando decia.' 

En muchos libros ley 
Homero, Virgilio, Daote, 
Boecio, Lucan, des y 
En Ovidio Ae AmanU^ etc. 



192 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAf(0|.A. 

nado por aquella gran reputación, seducido por la sublimidad y 
belleza de aquellos cantos que se repetian al par en los alcáza- 
res de los principes y en las tiendas de los mercaderes, en lo^ 
talleres del artesano y en las plazas públicas ^, dábale la pre- 
ferencia entre todos los grandes maestros del arte; y consagra- 
do á su constante estudio, aspiraba á poseer los medios artísti- 
cos y literarios, á que el cantor de Beatriz había dado tan des- 
usada perfección, y se resolvía á ensayarlos en el habla caste- 
llana. 

No era en verdad la empresa de Miger Francisco Imperial 
una de aquellas, para cuyo logro basta sólo la voluntad de quien 
las acomete, — Aunque más trabajada de lo que vulgarícente se 
ha creido, contaba la lengua que ¡lustran Alfonso % y San- 
cho IV, escasas tentativas para dotar al Parnaso español de los 
metros endecasílabos: el mismo Rey Sabio en el dialecto gallego, 
en que escribe sus Cantigas, el Archipreste de Hita en alguno 
de sus hipónos á la Virgen y el príncipe don Juan Manuel en 
los dfetipos [viessos] de los apólogos , que componen el Conde 
Lucanor, y tal vez en su Ltlro de los Cantares, desdi- 
chadamente perdido para la historia literaria, hablan inten- 
tado aclimatarlos, tal vez á ejemplo de los trovadores; pe- 
ro no seguido el suyo ó seguido con menos empeño y pei'se- 
verancia de lo que se habian menester para lograr éxito cum- 
plido, fueron de poco fruto sus esfuerzos, dejando esta gloria, sí 
tal puede llamarse, á otros más afortunados. 

Ni era tampoco fácil tarea la de amoldar á la referida metrifi- 
cación el dialecto poético del parnaso castellano, existente ya en 
aquella edad, por más que se haya dicho lo contrario, suponiendo 
que sólo llega á formarse en los tiempos de Juan de Mena ^. Im- 



. 1 Véase la nota 86 del capítulo XVIH de la lí.* Parte* 

2 Esta opinión ha generalizado en nuestros días la autoridad del docto 
don Alberto Lista y Aragón, en sus Ensayos literarios y críticos (U II, 
Del lenguaje poético, art. 11). Mas á pesar del gran respeto con que pronun- 
ciamos siempre el nombre de este varón esclarecido, debemos notar aqui 
que siendo desconocidos en su tiempo los poetas de que tratamos, no le fué 



ti/ PARTE, GAP. IV. INTR. DE LA ALBOORtA DANTBSCA. 195 

portantes modifteaciones, hijas de la misma naturaleza de la in- 
novación^ debia pues experimentar la dicción poética para ajus- 
tarse al estilo y metro que habia sublimado el Dante; y unidas 
una y otra dificultad & la no menos considerable de tomar por 
instrumento una lengua no aprendida en la cuna, hacíase alta- 
mente meritoria y no muy fácil y segura la empresa del poeta 
genovés, que intentaba dotar & la literatura castellana de las galas 
de la alegoría dantesca fímeniraíShdllabBL racional disculpa su po- 
ca fortuna, al dar cima & semejante empresa. 

Desgraciadamente no poseemos hoy todas las poesías, escri- 
tas por Micer Francisco Imperial con el indicado propósito ; mas 
entre las que han llegado á. nuestros dias, cual muestra de su 
talento y para justificación de las palabras del docto marqués de 
Santillana, se cuenta una composición de tal entidad, así por su 
naturaleza como por sus formas, que nada nos deja que desear, 
respecto del fin á. que aspiíaba y de los medios empleados para 
alcanzarlo. Hablamos de la que en el Cancionero de Baena es 
designada, no con entera propiedad, con el titulo de Desir á las 
iyete Virtudes ^ Imperial, teniendo siempre delante de sí la 
simp&tica imagen del amante de Beatriz y no cayéndosele de las 
manos la Divina Commedia^ no sólo se confiesa en la citada pro- 
ducción su admirador y discípulo, sino que poniendo al Dante en 
el mismo lugar que este habia dado & Virgilio, se complace en 
recibir del gran poeta el nombre de Hijo, dándole el de Maestro 
y Sumo Sabio y y bebiendo en su inmortal epopeya inspiración y 
doctrina. 

Pero sobre ser el Desir á las syete Virtudes en su es- 
tructura general una imitación tan palpable de la Divina Com-^ 



posible formar cabal juicio respecto del dialecto poético empleado por los 
mismos. £ti eaanto á la diferencia que existia entre dicho lenguaje y el 
prosaico, no se olvide que aquel respetable, maestro confesó Ingenuamente 
que desconocía el Conde Lucanor (lá,, id., pág. 206), y que por tanto no 
alcanzó á quilatar su mérito literario, así como tampoco pudo apreciar nin- 
guna de las obras del siglo XIV que dejamos juzgadas. 

1 Mejor seria Vysion de las syete virtudes y de los syete vigios. Tiene 
en dicho Cancionero el núm. 250. 

Tomo v. 13 



194 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAf^OLA. 

media^ apenas hay en él pasage alguno que no tenga su origi- 
nal en el Purgatorio ó en el Paraíso^ partes á que por su mis- 
ma índole principalmente se refiere. Micer' Francisco Imperial, 
no llegado todavía á la cumbre de su vida ^, se dirige al des- 
puntar la aurora á un verde prado, donde al lado de cristalina 
fuente contempla un florido rosal, sintiéndose, al aproximarse k 
él, poseído de grave sueño, que no embargaba no obstante su 
fantasía. Para decir é, los hombres lo que en tal sueño se le re- 
presenta, invoca el auxilio de Apolo, siendo esta la vez prime- 
ra que en lengua castellana ei*a solicitado él favor de aquella 
deidad gentílica. Imperial imitaba aquí y seguia con singular 
fidelidad la invocación, que hace el Dante en^ el canto I del Pa- 
raüo: el vate florentino babia exclam^ido : 

O bueno Apollo, all' ultámo laToro 
Fammi del tuo valor si fatto vaso 
Come dimandi á dar l'amato alloro. 



Entra nel petto mío, e apira tue» 
Sí come quando Marsía traesti 
Della vagina della membra sue. 

O divina virtú, se mi ti prestí 
Tanto, che l'ombra del beato regao 
Segnata nel mió capo io manifesti. 



Su imitador decía: 



Sumo Apolo, á ti me encomiendo: 
Ayúdame tú con suma sapiencia 
Que en este sueño que escrevir atiendo 
Del ver non sea al desir defyrencia, 



1 El poeta dice: De la mi edat aun no en el ssomo, imitación palpable 
d^: Nel mezzo del cammin di nostra vita, con que empieza la Divina Com- 
media. Observando que antes de 1394 escribió varias composiciones^ ya al- 
gún tanto olvidado de la imitación dantesca, tales como las que se dirijená 
la manceba de don Alfonso de Guzman, muerto en dicho año (Cañe, de 
Baena, núms. 238 y 239) es muy probable que compusiera este decir en 
la referida centuria, rayando ya en los cuarenta años. Aun no en el ssomo 
de su edat, como dice. 



IT.* PARTB^ CAP. iV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 195 
Entra ^n mis pechos; espira tu ciengiá, 
Como en los pechos de Febo espiraste, 
Cuando á Marsia sus miembros sacaste 
De la su vayna por la tu exgelen^ia. 

¡O suma lus^ que tanto te aleaste 
Del óoncepto mortal, á mi memoria 
Represta un poco lo que me mostraste 
£ faz mi lengaa tanto meritoria!... etc. 

Terminaba la invocación, en que manifiesta que asi como ¿ 
veces sigue & una breve centella inmenso fuego, asi también 
puede seguir á su inspiración otra que luzca én Castilla con 
más duraderos resplandores, entra pues en la descripción del 
prado misterioso, donde dormia, trasunto del que pinta el aman- 
te de Beatriz en el YII canto del Purgatorio. A su vista apare- 
cen aquellas estrellas non míe mai, que se mostraron & su maes- 
tro, al llegar ái las regiones de la Esperanza ^ : siguiendo su 
iuz, dá en un arroyo que le conduce á un hermoso jardin, defen- 
dido por un muro de esmeralda, coronado de olorosos jazmines y 
rodeado del mismo arroyo, cuyas cristalinas aguas producían, al 
formar dulce cascada, la más apacible música. Ninguna entrada 
había descubierto, parecíéndoie imposible penetrar en tal recin- 
to, cuando divisó una puerta de rubí, la cual se bajaba para dar- 
le paso, como iin puente levadizo. Al pisar aquella venturosa 
tierra, blanqueaban, como el armiño, sus vestiduras; y vuelto á 
la mano derecha creía ver sobre la yerba las huellas de humana 
planta, cuyo rastro le lleva hasta un rosal, tras el cual mira le- 
vantarse un hombre, que le saluda cortesníente. Hé aquí cómo le 
describe: 

Era én [su] vista benigno é suave 

£ en color era la su vestidura 

Cenisa 6 tierra que seca se cave 2; 

Barba é cabello alvo sin mesura. 



1 Purgatorio, Canto I. ^ 

2 Estos dos versos son casi literal traducción de los siguientes, en que 
describió Dante el trage que vestía el ángel que guarda la puerta del Pur- 
gatorio (cAXii. IX): 

Genere, o térra, che seca íl cavi 
D*un color fora col sno vesUmento, etc.— 



v" 



196 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Traya un libro de poca escriptura, 
Escrípto todo con oro muj fíno^ 
E oomenzava. En iMáio á^X camxnOt 
E del laarel corona é ^entura. 

De grant abtoridad avia semblante, 
De poeta de grant exgelen^, 
Onde omilde enclinéme delante, 
Fasjéndole devida reverencia; 
Et dizele oon toda obedien^: 
«Afectuosamente á vos me ofresco 
Et maguer tanto de vos non meresco, 
Ssea mi guya vuestra alta cyen^ia» 1. 

El Dante, que no otro es el aparecido, se le ofrece en efecto 
por guía, llevándole de la mano hacia las estrellas misteriosas, 
mas no bien habían andado cien pasos, cuando resuenan en sus 
oídos «voces angelicales é mussycado canto», á que responden 
otras muchas con los himnos de Manet in charitate, — Credo in 
Deum^ — Spera in Dep, percibiéndose entre los rosales más cer- 
canos una dulce voz que decía: 

....Qualquier que el mi nombre demanda^ 
Ssepa por gierto que me llamo Lya, 
E cojo flores, por faser guirlanda, 
Commo costumbre al alva del dia» ^. 



1 En esta aparición y pintura total del Dante hallamos, notable seme* 
janza con la de Catón de Útica, contenida en el citado canto del PurgcUo* 
rio. Aunque Imperial recordó algunos rasgos del retrato, que hace Alighieri 
de su propia persona en varios pasajes de la Divina Commedia, no olvi- 
dando el trage que vestía en su fantástica peregrinación, conservó algunas 
pinceladas de las que animan la ñsonbmía del Utícense. Dante escribía: 

Vldi presso di me un veglio solo, 
DegDO di tanta reverenza in vi^ta 
Che plü non dee á padre alean figliuolo. 

Lunga la barba é de piel blanco mista 
Portava k suol capegli slmlgliante. ^ 

2 Los anotadores del Cancionero de Baena dicen sobre este pasa ge: 
«Lia es el nombre de una hermana de Raquel que fué despucs muger de 



Il/ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 197 

Absorto Imperial & tanta maravilla, sacábale el Dante de 
aquella suerte de arrobamiento, manifestándole que habian lie- 
gado ya al rosal que florece en medio del prado, desde el cual se 
contemplaban las siete estrellas. Formaban las tres primeas bri- 
Ilador triángulo y describian las segundas, que se parecian más 
lejanas, no menos esplendoroso quadrángulo: unas y otras te- 
nían en el centro la imagen de hermosfeimas matronas, cuyas 
sienes ceñian bellas coronas de oro, representándose en los rayos 
de todas gallardas doncellas, exornadas de vistosas guirnaldas. 
De color declama viva eran las primeras, y más blancas que 
la blanca nieve las segundas, entonando unas y otras perenne 
cántico de alabanza á Dios con tal pureza y honestidad que no po- 
dian ser reveladas por el poeta. Descríbelas éste después indivi- 
dualmente por boca del cantor de Beatriz, resultando ser las Yir-- 
íudes Teologales y las Cardinales: de la Caridad nacian como 
otros tantos rayos, la Concordia, la Paz, la Piedad, la Compa- 
sión, la Misericordia, la Benignidad, la Templanza, la Libertad, 
la Mansedumbre y la Guerra: de la Fe, que se ostentaba abra- 
zada á un árbol de doce ramas ^ la Mundicia (Pureza), la Casti- 
dad, la Reverencia, el Afecto, Ja Religión, la Firmeza, la Obedien- 
cia y la Herencia (Tradición): de la Esperanza la Fiuzia (Con- 



»Jacob; mas en esle lugar parece aludirse á algún personage mitológico que 
»nos es desconocido» (Notas, pág. 670). Lástima fué que no reparasen en 
que Imperial iba siguiendo las huellas del Dante, para ver que los versos 
trasladados son traducción casi literal de los que pone el cantor florentino en 
boca de Lia, al representar en ella la vida activa, ya en el paraíso terre- 
nal. £1 discípulo de Virgilio habia manifestado que Lia, hermana de Ra- 
quel, en quien personifica la vida contemplativa, andaba cogiendo flores, 
y decía cantando : 

Sappia qualuoque M mió neme dtmanda 
Gb'io mi son Lia é vo movendo *ntorDO 
Le beile mani á formi una ghlrlanda. 

Hasta la rima copió aquí Imperial, no siendo por tanto ni mitológico, 
ni desconocido el personage, á que alude . 

1 B^Ua representación alegórica de Jesu-Cristo y los doce apóstoles. 



198 HISTORIA CRÍTICA D^ LA LITERATURA ESPA.IOLA. 

fianza), el Apetito, el Amor, el Deseo, la Certidumbre y el Espe- 
rar. Tenia por hijas la Justicia el Juicio', la Verdad, la Lealtad, 
la Corrección, la Persuasión, la Igualdad y la Ley: reconocíanse 
cual der^radas de la Fortaleza la Magnanimidad, la Hagnificen- 
' cia, la Seguranza, lalPacJencIffpla Mansedumbre, la Grandeza y 
la Perseverancia: dependían de la Prudencia la Providencia ^, el 
Comprender, el Enseñalfliento, la CauteíaTTa Solicitud y el Aca-r 
tamiento: y obedecían á la Templanza , como á madre, la Conti-^ 
nencia, I4 Castidad, la Limpieza, la Sohriedi^dy la Vergüenza, el 
Templamiento, la Honestidad, y la Humildad que desprecia las 
grandezas del mundo. Dante declara á Imperial, terminada aque-> 
lia descripción, en que explica su propia visión de las virtudes ^, 
que de nada le aprovecharía la vista de las siete estrellas, sin 
ponocer & la Discreción, madre de las mismas, mostrándosela al 
propio tiempo apartida de todas, cubierto el rostro de blanco ve-^ 
lo, vestida de gris y entonando los mismos himnos que las deip43 
pautaban: 

Yo ende miro et vi dueña polida, ^ 
Só velo alTO et de gris vestida, 
Tener del oanto la tenor oon ellas. 

Perplejo y vencido de la novedad quedó Imperial, meditando 
en la visión que tenia delante, hasta que la voz del amante de 
Beatriz, cumpliendo el piadoso ministerio que esta habia desem^ 



1 La vos frovid&[^ está aquí usada en la acepción que le dieron los 
latíaos y el mismo Dante repetidas veces. Cicerón decia: «$a vírtus ingenii 
»ad bona diligenda, reiicienda contraria, ex providendo est apellata ^rovi* 
*dencia» (De kgibus lib. /.)> Imperial quiso pues representar con este nom- 
bre ese noble atributo de la Prudencia, 

2 Es muy digna de notarse la conformidad de Imperial y de los primeros 
comentadores del Dante respecto de la representación de las cuatro estreUas 
del paraíso. Esto nos induce á creer que si no le eran familiares los comenta- 
rios deBoccacio, Benvenutto de Imola, etc., que ven en ellas el emblema de 
las virtudes^ interpretaba sin duda el sentimiento y creencia universal de 
cuantos saboreaban en Italia las bellezas de la Divina Commedia. De todos 
modos daba á conocer Mifer Francisco el grande estudio que tenia hecho de 
la misma. 



II.* PARTE, CAP, IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA 199 

peñado con él en su viaje al Empíreo, vino & desvanecer las 
dudas que le asaltaban. Dante le dice: 

En un muy claro vidro [bien] plomado 
Non 86 vería tan bien tu figura, 
Commo en tu vista veo tu cujdado 
. Que te tien ocupado sin mesura i . 

El inspirado maestro le da á conocer la naturaleza de las Vir^ 
ludes y la influencia que ejercen sobre los mortales; y advirtien- 



t Todo este pasage nos recuerda oíros varios del Paraíso, en que Dante 
nos pinta igual situación respecto de Beatriz, su guia: en el canto I leemos^ 
manifestada le sorpresa que causa al poeta la presencia del sol: 

Onde ella cbe, Tedea me si com' lo, 
Ad acaaletarml l'anlmo commosso; 
■ Pria ch' lo á dimandar la bocea aprio, etc. 

En el canto IV trazaba análoga situación, diciendo después de mostrar 

la perplejidad del poeta, en orden á la beatitud de las almas que moraban 

en la luna: • 

lo mi tacea; ma'l mió disir dipinto ^ 

M'era nel iriso, e*l dimandar con ello ! 

Pin caldo assal, che per parlar disUnto. 



Beatriz dice: 

...lo Teggio ben come ti tira 
Uno et altro dissio, si che tua cura 
Se estesla lega di cho fuor non spira, etc. 

Imperial, mostrando nuevas dudas, según nos dirá el anáUsis, anadia: 

B yo que nueva sed me aquexava 
Bn mi de^ia, maguera caUaua: 
A mi conviene que desate un nudo: 
¿Mas qué sserá, que fuertemente dubdo 
Que mi pregunta á este sabio graua? 

E quando el poeta bien entendió 
Mi timldo querer que non se abría. 
Tomando al su fablar, ardit me dio, etc. 

La imitación no puede ser más palpable. 



200 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

do que Imperial revuelve en su mente el deseo de saber por qué 
no alumbra á Castilla la benéfica luz de tan prodigiosas estre- 
llas, satisfácele con estas palabras: 

... A esto respondo, mi fijo amigo, 
Que ^ta lumbre vledan las serpientes, 
Las que vinieron, si bien has en mientes, 
Fasta el arrojo, muj juntas contigo. 
Contigo estaban fasta aquella ora 
Que viste el agua de la clara fuente^ etc. 

Eran las expresadas serpientes representación de los vicios. 
Dante descubre á Imperial las propiedades de cada una, desig- 
nándolas por sus propios nombres ^; y terminada la descripciop, 
exclama: 

El fedor dellas, fijo, ciertamente 
£1 ayre turba tanto sjn inesura 
En nostro r^no que la fermosura 
De aquestas dueñas non vée la gente. 

Pronunciadas estas palabras, aparece el cantor florentino 
animado de sant% indignación , dirigiendo enérgico apostrofe 
qontra la ciudad más noble y escogida del reino, la cual se ha- 
bía convertido en guarida de todas las indicadas serpientes. ¿Qué 
ciudad era esta?... Imperial imita aqui y aun traduce en parte 
la sátira que lanza sobre Italia, y en especial contra Florencia, 
su respetado maestro, al contemplar en el VI Canto del Purga- 
torio la singular efusión, con que se abrazan Virgilio y Sordelo de 
Sfántua, al reconocerse compatriotas *. ¿Era que, recordando la 



t Debemos notar que las cinco estancias en que se hace la pintura, de 
los vicios, bajo la alegoría de las siete serpientes, se hallan en la edición 
del Cancionero de Baena tan plagadas de errores que no es fácil seguir ni 
aun el sentido gramatical de la frase. Proviene esto sin duda de no haber 
podido consultar los editores sino un sólo MS., en que lució el pendolista 
su ignorancia más de lo que solían hacerlo los trasladadores de los siglos 
medios. 

2 De buen grado copiaríamos aquí para que hicieran por sí la compara- 
cÍQn nuestros lectores, los pasages de la Divina Commedia y del Decir á 



II.*^ PARTE, GAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 201 

ojeriza que abrigó el Dante toda su vida contra su Ingrata patria^ 
procuró Micer Francisco transferir á sus versos este rasgo so- 
bresaliente de su carácter, ó ya que pretendiese comparar é, Se- 
villa, ciudad tan principal y tan elogiada en sus mismas produc- 
ciones, con la desvanecida Florencia? A lo primero parece incli- 
narnos la circunstancia de ser maestro y discípulo italianos y 
usar de la expresión nostro regno^ al referirse al efecto produ- 
cido por los vicios: de lo segundo pudiera deponer la misma 
ilación de las ideas y sobre todo la referencia, ya notada, á los 
males que aflijian á Castilla y la condición de ser Imperial estan- 
te et morador en ia capital de Andalucia. 

Sea como quiera, el Dante pone fin á su razonamiento, 
anunciando severos castigos & la ciudad pecaminosa, con el fu- 
turo reinado de la Justicia; y vuelto de nuevo & Micer Francisco, 
advierte en su semblante que no había quedado del todo satis- 
fecho, animándole & que repita sus preguntas. El discípulo pro- 
rumpe: 

. . . . — ^Declárame, los mía, 
Cómo esta lumbre viedanlas serpientes, 
Cómo con ellas, segunt fases mientes, 
Vine al arroyo, ca 70 non las yya. 



las syete Virtudes, á que dos referimos. No omitiremos algpunos rasgeos; 
Dante pinta irónicamente la volubilidad de los florentinos, diciendo: 

Atene et LacedemoaiSi che fenno 
Le antlclie leggi> é turón si clYili 
Fecero al Tiver bene un plcclol cenno. 

Verso di te, cbe fal tauto sotilt 
ProTedimente cb*á mezzo Noirembre 
UoD glunge quel cbe tu d*Ottobre flli. 



Imperial le imita de este modo: 



Cicerón Fabricio 

K los que en Roma fueron tan cevUes, 
Al bien Teulr non fecieron un quieto 
A par de tus oficiales gentiles 
Que facen tan discretos é sotiles 
Proveimientos que á medio Febrero 
Non llegan sanos los del mes de Enero, 
Tanto que alcancen altos sus cobUes. 



202 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

Alighíeri le manflestar que no le había sido dable el recono- 
cerlas, por tener velada la virtud visiva hasta llegar á la cristalina 
fuente del vergel misterioso, asegurándole al par con nueva ex- 
plicación, que los vicios de los hombres tenian oscurecido en 
la tierra el brillo y resplandor de las Virtudes celestiales. Com- 
prendida por Micer Francisco esta doctrina, resonaron en sus 
^idos dulcísimos cantos que se elevaban de las rosas del santo 
rosal, & cuyo lado estaba, percibiendo entre ellos los himnos 
iSrratia María, ave, — Ecce ancilla y — Salve Regina; portento 
superior & su razón y cuya inteligencia solicita del amante de 
Beatriz, que le replica de este modo: 

.... Fijo, non tomes espanto; 
Ca están en estas rosas Serafines 
Dominaciones^ Tronos, Chenibines: 
Mas non lo vedes, que te ocupa el manto i. 

Un viento semejante al que acaricia en mayo las flores, ai 
quebrar el alba, se mueve al terminarse el cántico de alabanza 
& la Virgen María, despertando en aquel instante el poeta, que 
halla en sus manos la Divina Commedia, abierta por el capítu- 
lo VII del Purgatorio *. 



1 Conveniente juzgamos advertir que Imperial recordaba en este pasaje 
el canto XXVIII del Paraíso, donde en nueve círculos de luz contempló el 
Dante los coros de Ángeles, Serafines, Querubines, Tronos, Dominacio- 
nes etc., — bien que colocándolos entre los rosales del verde é fiorioto pra- 
to, en que purgaban su pecado los que vivieron con el ánimo ocupato in 
signorie é statú 



2 Imperial dice: 

. . . Falló en mis manos á Dante abierto, ' 
Bn el capital que la Vingen salva. 

Este capítulo es el mencionado en el texto. La Stüve de la Virgen^ á 
que se alude, el Salve Regina entonado por los príncipes y reyes, que 
moraban en el florido prado, mencionado arriba. Los versos á que especial- 



II.* PARTE, CAP. lY. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA.* 203 

Tal es el Desir á las syete Virtudes, composición altamente 
alegórica y por extremo dantesca, que vino é, mostrarse en el 
parnaso castellano como una doble innovación relativa & la for- 
ma literaria y á las formas artísticas. Mostraba en ella MiQer 
Francisco Imperial que era la Divina Commedia fuente cauda- 
losa de inspiraciones y dechado de bellezas, presentándola como 
tal á los que se preciaban de discretos y acreditando entre ellos, 
con sus frecuentes imitaciones, aquel gusto y especial estilo que 
tanto aplauso faabian merecido en el suelo de Italia. 

Casi todas las obras de Imperial reconocían en efecto la mis-» 
ma pauta: alegórico era al cantar sus amores, suponiéndose de 
continuo trasportado por sobrehumana virtud á vistosas flores- 
tas, donde se le aparecían hermosas matronas y doncellas, que 
disparándole agudos dardos, le llevaban cautivo ^; alegórico^ 
al pintar los atributos de la Castidad, la Eumildad, la Pacien- 
cia y la Lealtad, que eligen por juez á la Filosofía para quilatar 
sus excelencias \ y alegórico en fin, y devoto imitador del Dan- 
te, de quien toma imágenes, símiles y pensamientos, al celebrar 
el natalicio del Príncipe don Juan en su ingeniosa Vision de los 
siete Planetas, citada expresamente por el ilustre marqués de 
Santillana ^. 



mente se refiere Micer Francisco en todo el final de su J)e;t%r, son estos: 

NoD ayea pur natura íyí dlpinto 
Ma di soavttá di milla odorl 
Vi facea un incógnito Indistinto. 

Salve, ñegina, in snl Terde, e*n su'florl 
Quindi seder cantando anime Tidi, 
Clie per la talle non parean di ruori, etc. 

1 Véase el Dedr, publicado por los anotadores del Cancionero de Bae^ 
na, pág. 666, tomándolo del MS. de la Biblioteca Patrimonial (fól. 15 5), 
cancionero que daremos á conocer en breve. 

2 .Véase el núm. 242 del Cancionero de Baena. 

3 Núm. XVH de la Carta <U Condestable. Las alusiones al Dante son 
en este famoso decir tan frecuentes como claras. Después de invocar el 
auxilio de Apolo, para eclipsar la visión de los siete planetas, representados 



204 . HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAfíOLA. 

No eran sin embargo las dotes de Francisco Imperial de tan 
levantado precio que bastasen á imponer por completo la innova- 
ción por él acometida, viéndose al cabo forzado á recibir para 
sus propias obras la metrificación de arte mayor y de arte real^ 
tan ejercitadas por los ingenios españoles, — ^mientras parecia ir 
olvidando la que en su juventud habia aprendido, y ensayado 



bajo la alegoría de Saturno^ Júpiter, Marte, Sol^ Venus, Mercurio 7 Luna, 
4ice al pintar el efecto que produjo el cuento de Júpiter: 

Non irtdo Allgber tan grant assoslego. 
En el escoro limbo esperlmentado, 
Rn el gran colegio del maestro griego, etc. 

Este colegio que preside Aristóteles, ü maestro di color che é sanno', \o 
pone el Dante en el canto IV del Infierno, y en él brillan Demócríto, Díó- 
genes, Anaxágoras, Thales, etc. En otro lugar añade: 

Tanta alegría non mostró en el viso 
Al poeta Jurista, teólogo Dante 
Beatris en el clelp« commo quando quiso 
Rassonar el sol. *«tc.— 

Donde se refiere el canto XXXI del Paraíso, en que ocupando Beatriz 
la silla que goza en la inmortal Jerusalem, y brillando con nuevos resplan- 
dores^ se vuelve á mirar á su amado, animada de celestial sonrisa. Pintan- 
do después la Fortuna, tomaba los principales atributos del canto VII del 
Infierno, en que hace Alighierí la descripción más bella y original de 
aquella deidad, sometida ya á la luz superior de colui, lo cui saver tuUo 
trasQende. En la Divina Commedia dice Virgilio, por ejemplo, retratando 
á la Fortuna, que Dios la ordenó como 

general ministra e duce 

Che permutasse A tempo 11 ben yanl 

DI gente en gente e d*uno in altro sangue 

Oltre la dlfenslon de senni amanl. 

Imperial ponía en boca de la misma Fortuna que todos los bienes hu^ 
manóles estaban sujetos á su influjo, añadiendo: 

De unos en otros los vuelvo é traspasso. 
De llnage en llnage, de gentes en gentes 
En un 80I0 puerto é muy paaio á passo. 



Il/ PARTE, CAP. lY. INTR. ÜÉ LA ALEGORÍA DANTESCA. 20$ 

después en el idioma de Castilla ^ . Mas, si por no enc(Hitrar 
imitadores ó por no contradecir obstinadamente los cánones de 
nuestro parnaso, intentó acomodarse el discípulo del Dante á la 
versificación generalmente cultivada, no por eso dejaron de pro- 
ducir sus esfuerzos el fruto deseado respecto de la escuela ale- 
górica y aun del gusto literario que representaba, señalándose 
entre los que abrazan una y otra los más floridos ingenios que 
honraban á la sazón el nombre de Sevilla. 

Distinguíanse en el suelo de Andalucía, como apasionados de 
la musa erudita y partidarios de la escuela provenzal que impe- 
raba entre los poetas de la corte, los jurados Diego Martínez de 
Medina y Alfonso Vidal, tenidos ambos por muy discretos y en- 
tendidos en letras *; y no gozaban de menor fama los religiosos 
Fray Pedro Imperial, tíermano de Micer Francisco, Fray Alfonso 
de la Monja, Fray Lope del Monte, Fray Diego de Valencia y Fray 
Bartolomé García de Córdova ^, prometiendo sin duda más sa-- 
zonados frutos otros más jóvenes ingenios, entre quienes logra-* 
ban cierta nombradla el cordobés Gómez Pérez Patino \ y los 
sevillanos Gonzalo Martínez de Medina, hermano de Diego, y 
Fernando Manuel de Lando, cuyas producciones examinaremos 
en lugar oportuno. 



1 Es digno de notarse que así como en el Dexyr á las syete VirtudeSf 
son contados los versos de doce sílabas, debidos acaso á la ignorancia del 
trasladador, abundan en las demás poesías de Imperial los de once, ya sáñ<* 
eos, ya propios, ya moré toscano, prueba evidente de lo arraigada que esta-^ 
ba en él la educación literaria recibida en Italia y del grande esfuerzo que 
hacia para adoptar el sistema dominante en Castilla. Fácil nos sería el copiar 
aquí versos felicísimos que hicieran palpable esta observación; mas algo he- 
mos de dejar á la curiosidad de nuestros lectores, á quienes remitimos á las 
ñustradones que dedicamos al referido Decir de las Syete Virtudes, 

2 Pueden verse las poesías que poseemos de uno y otro en el Cancionero 
de Baenat las del primero en los números 233, 235, 323, 325 al 329: las 
del segundo én el 236. 

3 Véanse en dicho Cancionero los números 246, 282, ll7, 273, 324, 
326, 328, 345 al 350;— 35,— 118, 473 al 528-— 228— etc. En dichas com- 
posiciones se ofrecen algunos datos curiosos sobre la vida de estos poetas. 

4 Núms. 351 a 356 del Cancionero, 



206 HIStOltlA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÜlOLA. 

Descubríanse en las obras de todos estos poetas, á pesar 
de su filiación lemosina, dotes especiales que los separaban en 
cierto modo de los trovadores de Castilla: exornábanlas mayor 
pulcritud y regularidad en las formas artísticas; avalorábalas 
más escogido y pintoresco lenguage; dábanles mayor riquesa 
y gala ciertos accidentes descriptivos, que revelando ya una na- 
turaleza lozana, varia y risueña, ponían al par de manifiesto que 
la literatura ennoblecida por el Rey Sabio no habia sido planta 
estéril en las fértiles comarcas arrancadas al poder sarraceno 
por la espada de San Fernando. Pero esta diferencia, percepti- 
ble sin duda á toda crítica ilustrada, iba á aparecer de mayor 
bulto, al arraigar en el suelo de Sevilla el arte dantesco entre 
los imitadores de Miger Francisco Imperial. Ninguno habia os- 
tentado hasta aquel momento más brillantes facultades poéticas 
que Ruy Pae¿ de Ribera y ninguno llevó á más alto punto el 
entusiasmo qiie tan peregrina innovación le inspira. 

Vastago al parecer de la antiquísima é ilustre familia de Ri- 
bera, ya antes mencionada, hacíase estimar Ruy Paez entre los 
ingenios sevillanos por «orne muy sabio é entendido», no sin que 
su fama cundiese también á los de la corte, quienes recibían 
«todas las cosas que él ordenaba cual bien fechas é bien apun- 
•tadas» ^. Deponían en efecto á su favor los discretos deitres^ 



1 Esto deductmos del éncabczamientcí de sus j^tíesías en el citado Can- 
cionero (núm. 288 d^ mismo). Por lo dfcmás nada hemos podido averiguar 
de Ruy Paez, sino que floreció á fines del siglo XIV y principios del XV, 
en que brillaba por sus riquezas y su poder la familia de los Hib'eras en 
la capital de Andalucía. Los anotadores del Cancionero de Baena, indica- 
ron que pudo ser hijo de Payo, quien lo era de Pérafan; pero esto no con-»* 
cierta ni con la edad que suponen sus obras, ni con el lugar en qne florece. 
De los epitafios que tiene en Sevilla aquella noble familia (trasladados de la 
Iglesia de Santa María de las Cuevas á la de la Universidad) nada resulta 
respecto de Ruy Paez ; mas del modo en que una y otra vez habla de los 
Riberas en sus composiciones puede deducirse que se honraba de pertene- 
cer á dicha familia. Salazar. de Castro, que da noticia en varios pasages de 
sus entronques con la de Lara, nada dice tampoco de este, poeta, cuya cla- 
ridad de ingenio le hacia digno de ser más conocido. 



II.* PARTE, GAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 207 

dirijídos á EDrique III, presentándole como partidario de l£^ 
escuela provenzal *, cuando muerto este principe, al comenzar 
el siglo XY, daba á conocer que se habia filiado también en la 
dantesca^ no siendo el decir^ escrito con tal propósito, el pri- 
mer ensayo debido al anhelo de contarse entre sus imitadores. , 
Antes sin duda de esta época era celebrada de los doctos la 
ingeniosa composición, que bajo el título de Proceso que ovieron 
en uno la Dolencia é la Vejez é el Destiero é la Probesa, in- 
sertó el judino Baena en su ya citado Cancionero ^: en ella 
procuraba Ribera poner de !*elieve los males que traian & la hu- 
manidad, tanto las flaquezas inherentes á su perecedera consti- 
tución como los que provienen de la sociedad y de las preocupa- 
ciones que la avasallan; y para alcanzar el efecto apetecido, no 
halló medio mSs eficaz que el de la forma alegórica^ que el ejem*^ 
pío de Imperial autorizaba. Ruy Paez se finge trasportado á un 
valle, asiento .del terror, que desoribe con estas breves y enér- 
gicas pinceladas: • . 

' £n un espantable^ | cruel, temeroso 
Valle oscuro, muy fondo, aborrido, 
Acerca de un lago | ferviente, espantoso, 
Turbio, muy triste, | mortal, dolorido 
O7 quatro dueñas, | fasiendo roydo, 
£star departiendo | á muy grant porña. 
Por cual d'ellas ante | el omme podía 
Seer en el mundo [ junas destroydo. 

Receloso de que pudiera serle imputado & vileza el no dar 
cabo á semejante aventura, penetra en el valle, llegando al lago 
no sin grave disgusto; y contemplando k su orilla las cuatro 
dueñas, en quienes se representaban la Dolencia y la Yejez^ el 
Destierro y la Pobreza, las describe del siguiente modo: 

Miré sus personas | qué gestos avÜb, 
£ YÜas llorosas I é tan doloridas 



1 . Son los que tienen en el Cancionero de Baena los núms. 295 y 296. 

2 Es el núm. 290. 



208 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Que ningún pkzer | consigo tenian, 
Vestidas de duelo^ | las caras rompidas. 
Coronas d'esparto^ | é sogas ceñidas, 
Descalcas é rrotas | é descabelladas 
E tristes amargas | é desconsoladas^ 
£ huérfanas, solas, | cujtadas, perdidas. 

Lleno de pavor á tal espectáculo, bien que deseoso de aliviar 
su duelo, pregúntale^ la causa, sabiendo por ellas que jamás 
tendría fin ni mejoría aquella tristeza y que empeñadas & la sa- 
zón en determinar cuál de las cuatrd era más perjudicial al hom- 
bre, ninguna cedia á las otras, reclamando para si la preferencia. 
Todas convienen sin embargo en tomarle por juez en semejante 
querella; y abierto el singular proceso, alega cada cual sus fa-« 
tales merecimientos, dando principio la Dolencia á exposición 
tan original y peregrina. Por ella pierde el hombre salud, her- 
mosura, fortaleza, seso, donaire, ciencia y discreción; por ella 
cambian las facciones del rostro, se muda el color, se truecan 
las inclinaciones, y los objetos antes apacibles y risueños pro-' 
ducen en el ánimo devorador hastío: 

Por mi todo cuerpo | es desnaturadoi 
Los ojos sumidos, j nariz afilada, 
La barrilla aguda j é el cuello delgado» 
Angostos los pechos, | la cara chupada» 
£1 vientre finchado, | la pierna delgada, 
Las rodillas gruesas, | los muslos delgados, 
Los brazos muy luengos \ é descoyuntados, 
Costillas salidas, | oreja colgada, etc. 

Ponderados los males que al hombre acarrea de continuo^ 
júzgase la Dolencia muy superior á sus tres émulas: la Vejes^ 
primera que le replica, intenta sin embargo probar que no es 
menos dañosa al hombre, haciendo larga muestra de los acha- 
ques, sinsabores y angustias que le prodiga, siendo todos pos-^ 
treros y sin enmienda. El Destierro reclama también para sK- 
aquella poco grata supremacía, mostrando que por él vite co- 
hombre triste con grant maldición^ y desesperado, lejos de s\:M 
patria y viendo siempre rostros desconocidos. Toca 'finalmente 



Il/ PARTE, GAP« IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 209 

SU turno á la Pobreza; y el poeta que contemplaba cada dia el 
menosprecio y vilipendio que hallan en el mundo aquellos á 
quienes deja de su mano la instable fortuna, mirando á la conti- 
nua levantados & la cumbre del poder y colmados de honras 
mundanales á los que sin reparar en el camino, logran amontonar 
el oro ^, — infunde tal aliento y comunica tal colorido á. sus 
palabras que llega á inclinar á su favor la balanza en tan raro y 
difícil proceso. La Pobreza es la ultimado las calamidades: tras 
humillar y envilecer al hombre, le abre con mano despiadada las 
puertas del crimen, poniéndole en contradicción con la misma 
naturaleza: 

Tan grande et esquiva | es mi iortaleza 
Et muy cruel pena | é fiera dolor 
Que yo prevalesco | á Naturaleza 
E soy muy contraria | al grant Criador: 
Ca lo que crió | el nostro Señor 
Alegre, fermoso, | de gentil aseof 
Seyendo muy pobre, | lo fago yo feo, 
Triste et amargo, | syn otra dulgor. 

Oprimido bajo el peso de horrible maldición, ni logra el po- 
bre la justicia de ser oido, ni alcanza la dicha de la compasión, 
viviendo por tanto en odioso apartamiento del mundo y en desde- 
ñoso olvido de Dios, desposeído de toda risueña y consoladora 
esperanza. En vida tal muere muerte aborrida^ y su alma deses- 
perada halla sólo perdurable condenación, en pago á los dolores 
de que anduvo cargada en la tierra. Con títulos tan valederos no 
podia dejar la Pobreza de obtener la victoria en aquel pleyío 
más negro que pez; y Ruy Paez de Rivera, pues que de ella de- 
pendían muerte, dolor, tormento é infierno, pronuncia el fallo en 
su favor, fundándole en la amarga experiencia que le ofreci» la 



1 Esta idea pareció preocuparle tanto que escribió además otro dexir, 
«recontando todos los trabajos é angustias é dolores»^ de que puede el hom- 
bre ser aflijido, en el cual declara que «non falló cosa alguna que se egna- 
•lase con el dolor é quebranto de la mucha pobreza». — ^Es el señalado con 
elnúm. 291 del Cancionero. 

Tomo v. 14 



210 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

sociedad^ en quien tenían puesta perpetua dominación la rapaci- 
dad y la codicia. 

No era sm embargo la doctrina aquí asentada tan religiosa 
como pedia el sentimiento' cristiano que animaba á nuestros 
mayores , pudiendo conducir fácilmente al más desgarrador 
excepticismo ; pero ni es lícito atribuir á Ruy Paez intención 
semejante, ni debe causarnos maravilla su desconsoladora con- 
sideración sobre la pobreza, cuando en los versos de tan emi- 
nente repúblico y tan piadoso caballero, como el Canciller Pero 
López de Ayala, hemos visto reflejarse la misma creencia; acu- 
sación que recae de lleno sobre la sociedad, presa á la sazón de 
una moral torcida, fuente de la prematura corrupción que la 
contaminaba. La identidad de miras en uno y otro poeta prueba 
que el mal e-xistia con desmedidas proporciones, no pudiendo 
menos de ser reflejado por el arte, cualquiera que fuese la forma 
literaria por él empleada: la alegoría se mostraba en Ruy Paez 
de Ribera fiel á sus 'conocidos é inmediatos orígenes: el Dante 
habia sido azote cruel y sangriento de cuantos vicios, errores, 
preocupaciones y tiranías avasallaban á la humanidad, al mos- 
trarse en medio de la barbarie armado de la Divina Commedia. 
De estos asuntos morales, tan hermanados con el arte alegó^ 
ricOy pasaba Ribera á la consideración del estado político de Cas- 
tilla, para consignar de una manera pública y solemne las dulces 
esperanzas que concibieron grandes y pequeños, al empuñar las 
riendas del gobierno, tras el prematuro fallecimiento de Enri- 
que III, su generoso hermano, el infante don Fernando. — Anun- 
ciada esta esperanza (que templa en cierto modo el dolor de tan 
sensible pérdida) en el dezir ya mencionado, que animan también 
las ficciones de la alegoría ^, celebra el poeta el nuevo reinado 



1 Es el núm. 289. — Ribera finge que es transportado á un vaUe de olyoso 
é suave verdor, donde junto á una clara fuente oye grandes clamores; 
siendo conducido después por una hermosa donceUa, doneguü é garrida^ 
cortés é graciosa á un estenso prado, en cuyo centro se levantaban tres ca- 
deras (sillas) sobre rico estrado, cubiertas y coronadas de guirnaldas y 
paños de seda do varios colores. £n la primera silla aparecia un tierno 



11.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 211 

de la templanza y la justicia, inaugurado por el noble Infante y 
por la reina doña Catalina, dando & luz su muy aplaudido Pra- 
ceso entre la Soberbia é la Mesura. A diferencia de lo que hemos 
visto en la anteriormente examinada, dominan en esta composi- 
ción las imágenes apacibles y risueñas, que nacen de su misma 
idea generadora, revelándose desde los primeros versos: 

En un deleytoeo | vergel espaciado, 
Estando folgando | á muy grant sabor, 
Vy dos donsellas | de muy grant valor 
Estar departiendo | en un verde prado. 
La una vestía | velut colorado; • 

De un robín fino | guirlanda traía • 
E en su diestra mano | espada tenía 
Bien clara, lusiente, | el fierro delgado. 

La otra vestía | una hopa landa ' 

De un imple rico, | con sn penna vera, 
Broslada de plata | en alta manera; 
E en su cabera | traya guirlanda 
De muy rico aljófar | é fina esmeranda, etc. 

Ribera se acerca respetuosamente á las doncellas, y sabe por 
confesión de las mismas que es la primera representación de la 
Soberbia, dependiendo de ella otras seis que personifican la Xk- 
xuria^ la Gula, la Envidia, la Codicia, la Vanagloria y la Aci^ 
dia (la Pereza), á cuyo cortejo pertenece también la Avaricia, 
última encarnación de los pecados que dan muerte al alma. La 



príncipe; en la segunda una dolorida matrona; en la tercera un gentil ca- 
ballero. Al rededor de estas sillas y fija la vista en el guerrero, hay in- 
mensa muchedumbre de nobles, que en medio de su dolor, le saludan cual 
nuncio de ventura y como restaurador de la nobleza. Ribera lleno de admi- 
ración, pregunta á la doncella si es- sueño ó visión lo que está viendo, y 
• sabe de sus labios, que la dueña dolorida es la reina doña Catalina, el prin- 
cipe niño don Juan y el guerrero, que tenia delante una gran espada agur 
da de am<is las partes, don Fernando, <el de Antequera. Así pues mezclaba 
Ruy Paes el dolor y la esperanza, al llorar la muerte de Enrique ID» 



212 HISTORIA CRfTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

humanidad entera es esclava de la Soberbia, cuya satánica arro- 
gancia se pinta en éste bello rasgo: 

Por mi fué venido | el Ángel de luz 
A poblar el fondo | abismo infernal. 

La segunda doncella es Mesura: con ella viven la Pa%^ la 
Concordia^ la Bondad^ el Temor ^ la Misericordia^ el ilwor, la 
Paciencia y la Cant/a^í,. deseosas del bien y abandonadas de los 
grandes señores de la tierra. Escarnecidas en las cortes de los 
reyes, buscan en ásperas montañas solitaria morada, durante el 
dia, partiendo del yermo con las sombras de la noche para tentar 
fortuna en nuevas ciudades, de donde los arroja, al amanecer, la 
vergonzosa corrupción que en todas partes domina. En este mo- 
mento se muestra á los ojos de Ribera otra doncella de grave as- 
pecto y colosal estatura, armada su diestra de dos espadas- y 
ostentando en la siniestra 'un peso. Al contemplarla, salúdala 
Mesura, con profunda humildad, mientras Soberbia se retira 
llena de sobresalto. Era la Justicia : ante ella expone la Mesura, 
por sí y á nombre de sus hijas, cuantas injurias y desmanes ha- 
bía recibido en el espacio de cuarenta años ^, de manos de la 
Soberbia y sus allegadas; replicando esta á semejante acusación 
que habia prescrito el derecho de Mesura, pues que habian rei- 
nado principes de gran natura hasta aquel tiempo, sin que fue- 
se inquietada en su absoluto imperio. Rebate la Mesura esta ile- 
gitima disculpa, manifestando á la Justicia que es llegado el dia 
en que 

. . Pues que al señor | Dios plugo el^ir 
Al niño jnocente | por rrej de Castilla; 
De todo el rejnado | pecado é mansilla 
Conviene, Señora, | á vos espelir. 



1 Ribera escribe esta poesía en 1406, de modo que rebajando á esta fe«* 
cha los cuarenta y seis años de que habla, resulta que desde 1366^ en que 
empezaron las guerras fratricidas qu^ tienen fin en el escándalo de Montielf 
habia sido la Mesura víctima de la Soberbia en Castilla. 



Il/ PARTE, CAP. lY. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 213 

Amor, Temor y Buen Seso, deben en consecuencia dester- 
rar & Codicia y Avaricia, que destruían y aniquilaban cruelmen-- 
te los pueblos mesquinos^ poniendo esc&ndalo en todas las gen-- 
tes: bajo la salvaguardia de la Justicia debian prosperar 4a Paz y 
la Concordia, preparando risueño y venturoso porvenir al niño 
rey, á cuyo lado brillaban, como dos flores de singular fragan- 
cia, al Infante don Fernando y la reina doña Catalina. La So- 
berbia se confiesa vencida, y refrenado su orgullo, es condenada 
& perpetuo destierro, tomando la Justigu en su protección y 
guarda & don Juan de Castilla y encomendando su crianza y edu- 
cación á todSis las virtudes. 

Porque rresplandezca> | asy commo lumbre, 
£1 sol rresplandece | entre las estrellas. 

No podia ser más claro y teftninante el empeño de Hjiy Paez 
de Ribera, al seguir las huellas de Micer Francisco Imperial en 
la imitación del arte dantesco. La índole y especial carácter de 
las visiones que finge su fantasía, la manera de disponer una y 
otra vez la escena, y hasta la filiación que establece generalmente 
y con particularidad en esta composición, respecto de las virtu- 
des y los vicios, todo dá á conocer la identidad de las fuentes, 
en que ambos se inspiran, sin que pueda abrigarse duda.de que 
tuvo Imperial el lauro de la iniciativa en este, peregrino desar- 
rollo de la poesía castellana. 

Pruébalo así, demás de la aseveración del docto marqués de 
Santillana que dio al ilustre genovés el titulo de maestro, al se- 
ñalarle imitadores *, la notabilísima circunstancia de reflejarse 
en las producciones de Imperial más directamente las ideas, 
los pensamientos, los símiles y aun las formas artísticas de la 
Divina Commedia, mostrándose en las de Ribera que, recibida 
ya la imitación alegórica, propendía esta á vivir con la vida del 
arte español, que había infundido su propio aliento á cuantas 
formas literarias fueron cultivadas por los ingenios de Castillla. 



1 Carta áí CendesUMef núm» XIX, que tendremos adelante presente. 



214 HISTORU GRtTIGA DE LA UTERATURA ESPAÑOLA. 

Ni es esta la única observación importante que debemos & 
las poesias de aquel distinguido sevillano: el ejemplo del es-- 
tüo y uso moderno, según lo apellidaba el mismo Dante ^, no 
podia scF estéril en el suelo, donde tuvieron por admiradores y 
discípulos las musas clásicas d, un Silio Itáljco y un Golumela; 
y ensayada la imitación por Micer' Francisco, asi respecto de 
las formas literarias y artísticas como de las formas de lengua- 
ge, si no fué dado á. Ribera segundar sus pasos en orden á 
los metros toscanos, abandonada la empresa por Imperial, — ^no 
por esto dejó de fructificar la imitación tocante al estilo poético, 
acaudalándose notablemente el dialecto de las musas con vo- 
ces, frases y maneras de decir , peregrinas antes en nuestro 
parnaso. 

Justo parece consignar sin embargo que no cayó Ribera en 
los frecuentes italianismos cometidos por Imperial,' resplande- 
ciendo por el contrario en sus poesías ciertas dotes qué si bien 
pueden perfeccionarse con el ejemplo de buenos maestros, jamás 
se conquistarán, imitando. En ninguno de los poetas sevillanos 
de fines del siglo XIV brillan tanto como en Ruy Paez aquellas 
galas naturales que habian comenzado á exornar las obras de los 
ingenios andaluces, dándonos cabal idea de la* singular resurrec- 
ción del espíritu nacional, tal como se habla mostrado desde la 
antigüedad más remota, á medida que el suelo español se iba re- 
cobrando de la dominación sarracena. No podía en efecto ser más 
eficaz la confirmación de la doctrina que oportunamente asenta- 
mos, al estudiar las producciones de los escritores y esclarecidos 
vates que envía áRoma la Península Ibérica en los dias del Impe- 
rio: aquella notabilísima personificación del ingenio español que 
hemos contemplado con ¡guales caracteres, ya en las creaciones 
de los Sénecas y Marciales, ya en las obras de los Prudencios y 
Draconcios, ya finalmente en las de los Ildefonsos y Julianes, de 
los Eulogios y los Alvaros *,* vuelve á tener realidad en las poe- 



1 Infierno, cant. I; Purgatorio, cant. XXVI. 

2 Primera parte, caps. I al IX inclusive. 



n/ PARTE, CAP. 1V« INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 215 

sías de los trovadores entre quienes florece Ribera, revelando 
desde entonces la existencia histórica de las dos principales es- 
cuelas, en que se iba & dividir en siglos futuros el campo de las 
letras. • 

Era este hecho tanto más digno de maduro ex&men; por más 
que no haya sido todavía reconocido por la critica ^, cuanto 



1 Es notable el desden con que han visto los críticos estos desarrollos 
de la poesía española en la edad-media : semejantes á los escritores de ar- 
tes, para quienes sólo mereció el nombre de gótico cuanto se construyó 
desde la calda del Imperio romano hasta la época del ¡knocimiento, nin- 
guna diferencia hallaron entre las producciones debidas á los ingenios, 
castellanos del siglo XIV, que por otra parte condenaban á esterilidad tan 

.repugnante como inverosímil. — Pero si la misma naturaleza de sus estudios 
no les consintió señalar los diferentes desarrollos del arte, es mucho más 
digno de repararse que historiadores extrangeros de nuestros dias,cuya seve- 
ridad llega alguna vez hasta el punto de negar el sentido crítico á los escrito^ 
res españoles, no hayan consignado la innovación a¿ep(^rtca, como dejaron sin 
explicación las transformaciones artísticas que la precedieron. Aludimos aquí 
muy principalmente el anglo-americano Ticknor, quien no sólo desconoció 
este desarrollo de la poesía castellana, pasando en silencio los primeros 
cultivadores de la alegoría, sino que llegó á cometer el inexplicable ana- 

'cronismo de colocar á Micer Francisco Imperial entre los poetas de mediados 
del siglo XV, después de Juan de Mena y del Marqués de Santillana, sin 
notar una sola de las relaciones que tienen sus poesías con el arte alegórico 
y sobre todo con la Divina Commedia. Verdad es que lo primero hizo tam- 
bién respecto de Villasandino y otros, probando una vez más que no era su 
cronología literaria la más ajustada á la verdad histórica (Hist. de la liter, 
esp., I.^ época, cap. XX). Pero lo notable es que dominados tal vez por la 
autoridad de Ticknor, llegaron los anotadores del Cancionero de Baena á 
despojar á Imperial del legítimo galardón de haber introducido en el parnaso 
español el estilo (el género dicen con poca propiedad) italiano, oponiéndose á 
Mr. de Puibusque, único escritor que habla apuntado esta idea (Hist. de la 
littery compar,,\. I, cap. II, pág. 95). Este errror^que procuramos desvane- 
cer, al trazar la Vida del Marqués de Santiüanaf á quien Ticknor atribuyó 
con no mayor fundamento dicha gloria, queda en plena evidencia con la 
exposición histórica que llevamos hecha. La opinión de los referidos ano- 
tadores, contradictoria de la de Ticknor (en orden á la introducción de la 
alegoría) no es más verdadera que la del indicado escritor respecto de la 
influencia de Micer Francisco Imperial y de su significación, como discípulo 
del Dante, según saben ya los lectores. La indicación de Mr. Puibusque re- 
cibe de nuestro estudio la confirmación más cumplida. 



216 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

má,s cercaaa estaba, según arriba insinuamos, la época de la 
conquista de Córdoba y Sevilla, poderosas ciudades destinadas 
& ejercer, por medio de sus hijos, alta y trascendental influen- 
cia en la suerte de las musas españolas. Pero lo que mte debe 
sorprender & cuantos se precien de entendidos en nuestra historia 
literaria, es el considerar cómo una vez reconocido el hecho, no 
se interrumpe ya la tradición de ambas escuelas, siendo tan 
constantes, cual diversos entre si los caracteres que cada una 
orrece al estudio de la filosofía i. Mientras los ingenios caste- 
llanos se muestran graves y severos, como el cielo que cobija 
sus valles y sus^extendidas llanuras; mientras, & pesar de la pos- 
.tracion & que los conduce una política extraviada y débil, exha- 
lan acaso melancólicos acentos ó prorumpen en himnos religio- 
sos y alguna vez patrióticos^— exaltados los poetas andaluces al 
espectáculo sorprendente y magestuoso de aquella naturaleza, 
que poblaba los valles de verdes olivos y aromáticos naranjos y 
limoneros, y que perfumaba los prados con bosques de rosas 
y jazmines, convertíanse á todas partes para recoger inspiracio- 
nes; y guiados primero por la musa del cantor de Beatriz y con- 
ducidos más adelante por el genio de la antigüedad clásica y el 
genio de la Biblia, logran transferir á sus cantos aquella misma 
pompa y riqueza, con que plugo al cielo dotar tan envidiadas 
regiones. No parecía sino que al ser estas recobradas por las 
armas cristianas del poder de la morisma, se restituía á su suelo 
el mismo espíritu que animó un día á Séneca y Lucano, á Silio y 
Columera. 

Tal enseñanza debemos al examen de las poesías de Ruy 
Paez de Ribera, ora le consideremos como imitador del ilustre 
genovés que trajo á nuestra Península el arte dantesco^ ora le 
estudiemos con relación á los demás poetas castellanos que en 
su tiempo florecen. Abundante y rico más que ningono otro en 
las descripciones, enaltece su inventiva con las galas de una ima- 



1 En el núm. 1082 de la España (1851), dando á conocer el Cancione- 
ro de Baena, expusimos algunas observaciones sobre este importantísimo 
punto de la historia literaria: adelante iremos explanando y confirmando 
estas indicaciones en lugar oportuno. 



II.' PARTB, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 217 

ginacion lozana y risueña, por más que siga las huellas de la 
imitación, mostrándose iniciado ya en el difícil arte de comuni- 
car & la palabra la dulzura de las medias tintas que infunden 
inusitada armonía á. todos sus cuadros: dueño del instrumento 
que emplea^ su frase es limpia, flexible, decorosa y casi siempre 
poética, y no menos escojida su dicción, distando en tal manera 
de la dicción y de la frase usadas & la sazón por el*Gran Canci- 
ller Ayala, que sólo constando de un modo irrefragable, puede 
admitirse la coexistencia de ambos escritores ^. 

Segunflando con semejantes dotes la empresa de Micer Fran- 
cisco Imperial, era indudable que no podiaser esta estéril: la a/e- 
goHa dantesca^ desdeñada, ya que no contrariada, por el autor 
del Rimado del Palacio^ llegaba á cobrar tanto aplauso entre los 
eruditos que no sólo los ingenios de Sevilla, tales como fray Die- 
go de Valencia, Diego Martínez de Medina y Ferrant Manuel *de 
Lando, sino también el famosísimo Alfonso Alvarez de Villasan- 
dino, de quien dijimos arriba que representaba en nuestra his- 
toria á los antiguos trovadores provenzales, se ensayó en su cul- 
tivo 2. Que este se eleva á, su mayor desarrollo durante el 
siglo XY, & cuyas puertas nos hallamos, lo habrá de probar con 



1 ' Véase lo que dejamos dicho respecto del tiempo» en que fué escrita la 
última parte del Rimado del Palacio, pág. 13 1, en la nota que equivoca- 
damente lleva el núm. 39 en vez de 1. 

2 Es digno de citarse el desir, que YiUasaudino compuso al fallecimien- 
to de don Enrique III (1406), en que se valió en efecto de la alegoría, ex- 
poniendo una visión que ovo en figura de revelación, esto es more dan-- 
tescOs Tres dueñas doloridas y cubiertas de luto se le aparecen: una traia 
corona de esparto, como la Pobreza pintada por Ribera; otra una espada 
rota y orinienta; otra una cruz de palo. La primera representaba á la rei- 
na doña Catalina; la segunda á la Justicia ; la tercera la Iglesia de Toledo, 
todas tres viudas de su buen esposo. El poeta las consuela, diciendo á doña 
Catalina que quedaba casada moralmente con su hijo don Juan, á la Justi- 
cia con el Infante don Fernando, y á la Iglesia que loase al primero y ¿o- 
mase al segundo. Este decir tiene el núm. 34 del Cancionero., Fray Diego de 
Valencia siguió también las huellas de Imperial ]tan estrictamente que no 
vaciló en tomar por modelo para el dezir que hizo al Nacimiento de don 
Juan II, el que escribió aquel con el mismo propósito, declarando cque en 
algunos lugares le retrasó». Es el núm. 227 de dicho Cancionero, 



218 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAl90LA. 

toda evidencia el estudio de los poetas de la corte de don Juan II 
y aun el de los que en m&s cercanos dias se precian de hablar 
el lenguaje de las musas : el ilustre don Enrique de Aragón y 
el renombrado marqués de Santillana daban con el peso de su 
grande autoridad levantada estima & aquella maravillosa forma 
literaria, que producia en la lira de Juan de Mena las fantásticas 
visiones del Labyrintho y las más temerosas de Los Doce triun- 
fos de los apóstoles en la del cartujano Juan Padilla que alcanza 
al siglo XVI, según oportunamente mostraremos. 

El triunfo de la alegoría dantesca no anulaba siü embargo 
á la escuela provenzal, así como las ficciones caballerescas que 
suceden á la manirestacion del arte didáctico-simbólicOy no ahogan 
los gérmenes de vida que deposita este en nuestra literatura; 
gérmenes que debían fructificar aun en medio del conflicto de 
encontradas aspiraciones y tendencias. La escuela délos trovado- 
res, prestándose á la artificial interpretación de los fáciles y pa- 
sajeros amores de los cortesanos; haciendo alarde de un lenguaje 
convencional, aunque exteriormente apasionado; y sirviendo de' 
instrumento, como en los primitivos Tribunales de Amor * á aque- 
llas lides intelectuales que tan de moda estuvieron en los últimos 
dias del siglo XIV y en la primera mitad del XV, refiriéndose ^a 
á la teología y á la moral, ya á la política y á la galantería, estaba 
llamada, como la dantesca^ á tener su mayor desarrollo entre 
los. ingenios de la corte de Juan II de Castilla. 

Antes de que llegara á natural granazón aquella poesía, que 
desde los tiempos del Rey Sabio pugnaba por señorear nuestro 
parnaso, debia recibir no obstante nuevas modificaciones, cuyo 
origen no radicaba ya en la gaya sciencia: mientras el arte de 
Alighieri era trasportado al suelo de Andalucía y acogido allí 
con general entusiasmo, iniciábase en las regiones orientales do 
nuestra Península la imitación de otro gran poeta italiano, á quien 
el voto unánime de doctos é ignorantes daba el cetro de la poesía 



1 Raynuoard, Des troubitdours et des Cours d*Amour, pág. VIÍ y si- 
guientes. 



II.' PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA pANTESCA. 219 • 

lírica. Petrarca, que en sus dulces y melancólicas canciones y en 
sus bellisimos sonetos habia inmortalizado el nombfe de Laura, 
creando una poética^ que distaba igualmente de la seguida por 
los vates latinos y por los trovadores, era considerado cual per- 
fecto modelo' por los ingenios catalanes, que se apartaban cada dia 
de la primitiva escuela provQnzal, reflejando más de lleno el alto 
y trascendental sentimiento de la nacionalidad española. 

Cómo esta influencia se inicia, y asociada i, la dantesca, 
llega á producir las obras de Ausías March, Mossen Jorde de 
San Jordi y Mossen Febrer, y cómo se comunica á la España 
Central, formando singular maridaje con todos los elementos 
literarios, acaudalados ya por nuestros mayores, ó acojidos da 
nuevo...., materia es de no. fácil exposición y que demanda es- 
pecial desenvolvimiento. Pero no serla posible comprender el 
mutuo enlace ni las particulares relaciones de las diversas ideas 
que van sucesivamente apareciendo en el estadio de las letras 
españolas, para exigir más ó menos legítima representación, 
y faltaríamos por otra parte *á las leyes más fundamentales de 
la cronología, si no atendiésemos primero á estudiar el desarrollo 
que tienen, al declinar el siglo XIV, otras manifestaciones del 
arte, entre las cuales. alcanzan prefereqte lugar la historia y la 
elocuencia. 

Hé aquí, pues, la tarea, á que nos proponemos consagrar el 
siguiente capítulo. 



CAPITULO V. 

LA ELOCUENCIA Y LA HISTORIA Á FINES DEL SIGLO XIV. 



Alto ministerio de la elocuencia sagrada.— Cultivadores castellanos.— 7 
Don Pedro Gómez de Albornoz, arzobispo de Sevilla.— Su íLibro de la 
Justicia de la Vida e^ntuo/.—Exámen del mismo.— Carácter de su 
elocuencia. — Cultivadores aragoneses.— Don Pedro de Luna. — Su li^ 
bro de las Consolaciones de la vida humana. — ^Fin trascendental de la 
elocuencia sagrada.— La historia.— Cronistas aragoneses.— Don frey 
Johan Ferrandez de Heredia.— La Grant Chrónica de Espanya. — Cró- 
nica de los Conquistadores, — Flor de las ystonas de Ortení.— Juicio de 
estas obras.— Elementos literarios que en ellas se reflejan.— El Libro de 
Marco Poto.— Cronistas navarros.— Fray Garcia Eugui, obispo de Ba- 
yona. — ^La Crónica de los fechos de España, — Comparación de esta y de 
las crónicas de Heredia: en los fines históricos — en el estilo y lenguaje. 
— Cronistas castellanos. — Johan de Alfaro. — Sa Crónica de don Juan /. 
—Johan Rodríguez de Cuenca.— El Sumario de los Reyes de España.— 
T^radiciones que refleja el Suman'o.— Pedro Corral.- La Genealogía de 
los Godos ó Crónicatíel Rey don Rodrigo. —^máo de Pérez Guzman so- 
bre la misma. ^Fuentes literarias en que Pedro Corral se inspira. — Re- 
presentación de su ^libro en el desarrollo de la literatura castellana. — 
La Crónica de las faoañas de los filósofos.-— Su importancia y utilidad en 
el progreso de los ^tudios históricos.— &uy González de Clavijo. — Su 
.viaje. — Efectos morales del mismo.— Pretexta del sentimiento nacional 
contra la apoteosis, concedida en la historia al elemento caballeresco. 



A medida que adelantamos en la exposición de la historia litera- 
ria, cautivan nuestra atención nuevas manifestaciones del arte, 
ó vemos segundadas con notable esfuerzo las ya reconocidas, y 
cuyas condiciones de existencia no estaban expuestas & fáciles 



222 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

cambios, ni podían ceder al primer impulso de extrañas litera- 
turas. Cierto es que no eran ni podian,ser numerosas estas mani- 
festaciones, ensanchándose cada dia la esfera de la erudición con 
nuevas conquistas, conforme á. las leyes & que estaba sujeto desde 
su cuna el arte de los doctos. Mas por lo mismo que dando cuenta 
de los sacudimientos políticos y cediendo al inevitable influjo del 
comercio de otras naciones, se acaudalaba la patria literatura con 
extrañas formas y peregrinas ideas, es más interesante el estu- 
dio' de aquellos monumentos, dn que reflejándose ó acrisolándose 
los más altos sentimientos de la sociedad, parecía conservarse el 
depósito de las tradiciones y con mayor pureza el de las creencias 
religiosas , ya sirviendo de noble despertador al amortiguado 
patriotismo, ó ya de saludable antidoto á la corrupción de las 
costumbres. 

No se dudará que aludimos á las producciones de la historia 
y más principalmente á las de la elocuencia sagrada, único géne- 
ro de oratoria que podía tener vida propia en el siglo XIV, y cu- 
yo noble ministerio era doblemente útil en aquellos días. Pene- 
trando la poesía en el corazón de la sociedad, había mostrado, 
con mayor exactitud que la historia, las dolencias que la aflijian 
y aun el doloroso cáncer que la devoraba: trazado con vigoroso 
pincel el triste cuadro de aquella prematura corrupción, llenaba 
la miisa castellana los más elevados fines de su existencia, expo- 
niéndolo á la execración de las gentes. La elocuencia sagrada, 
recordando la doctrina evangélica y convidando á practicarla & 
cuantos tenían olvidados sus deberes, ofrecía S todos por el con- 
trario el bálsamo consolador de la esperanza; y atenta á labrar 
de nuevo los despedazados vínculos de la fraterm'dad y del amor, 
enseñaba á perdonar las ofensas, borrando su memoria con el se^ 
lio de los beneficios. 

Confiados estaban pues estos sublimes intereses de la socie- 
dad y de la religión á los generosos varones, que limpios de 
conciencia y superiores á las vanidades del mundo que señorea- 
ban á la muchedumbre de clero y pueblo, llegaban á las* purísi- 
mas fuentes de las sagradas escrituras, para templar en ellas el 
acero de su palabra y ofrecerse después á la pelea coa seguridad 
de la victoria. 



II.* PARTB, GAP. V. ElOG. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 223 

Cumplido había desde su cuna la elocuencia sagrada, que tie- 
ne por instrumento la lengua de Castilla, tan levantados fines: 
fray Pedro Pascual, aquel piadoso mártir de Cristo que en el 
primer dia del siglo XIV sella con su sangre en las mazmorras 
de Granada la sinceridad de su creencia, habla y difunde la doc- 
trina del Salvador para fortalecer á los que yacen en cautiverio, 
mostrando & sus opresores la falsedad de su ley ^: Alfonso de 
Valladolid, llamado á la luz del cristianismo desde la oscuridad 
judaica, convence á los rabinos del error en que viven, abrien- 
do'á su vista el camino de Ja -verdad evangélica *: fray Jaco- 
bo de Benavente, hijo de aquella meritoria milicia que habia re- 
novado en el siglo XIII los tiempos apostólicos, inculcando en 
todas las gerarquías sociales el santo temor de Dios y exponien- 
do los fundamentos de la doctrina cristiana, afea y reprende, 
cual otro San Bernardo, los extravies de monjes, sacerdotes y 
prelados, contra los' cuales habia lanzado la sátira agudos y ace- 
rados tiros 5. Para fortalecer y defender la grey católica, ex- 
puesta en el infortunio á las tentaciones y peligros de la aposta- . 
fila; para quilatar la verdad y probar el cu(nplimientg de las divi- 
nas escrituras; para cimentar de nuevo las salutíferas enseñan- 
zas del Evangelio, y limpiar de la cizaña de las mundanales pom- 
pas y vanidades la herencia del Salvador, habia pues hablado la 
elocuencia sagrada en la lengua del Rey Sabio. Consecuente con 
el principio que le dio vida, y fiel á la tradición que la alimen- 
taba, debia encaminar á igual meta todos sus pasos; convicción 
que producen en nuestro ánimo cuantos monumentos han llegado 
á nuestros dias de la segunda mitad del siglo XIY. 

Es sin duda uno de los varones más notables, que en esta 
edad cultivan tan elevada oratoria, don Pedro Gómez de Albor- 
noz, segundo entre los arzobispos de Sevilla que se distinguen 
con aquel nombre. HQo de Fernán Gómez de Albornoz, comen- 
dador de Montalvan, vio la luz primera en la ciudad de Cuen- 



1 Véase II.* Parie, cap. XIÍI. del primer Subciclo. 

2 II.* Parte, cap. XIV. de id. 

3 Id., cap. XIX. de id. 



224 HISTORIA CRtTIGA DE. LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

ca por los años de 1330, criándose al cuidado y bajo los auspicios 
de su ilustre lio don Gil Alvarez de. Albornoz, uno de los más 
esclarecidos prelados que honran la mitra de Toledo. Elevado el 
arzobispo al capelo en 1350, llevábale consigo, iniciado ya en el 
estudio de las disciplinas liberales; y encargado á poco de redu- 
cir la Italia á la obediencia de la Santa Sede, quiso también que le 
siguiera, deseoso de que en la celebrada Universidad de Bolonia se 
aplicase al conocimiento de los cánones. Lograba el generoso pre- 
lado, cuyo valor heroico habia resplandecido en el Salado y en 
Algeciras al lado de Alfonso XI, pacificar la revuelta Italia; y pa- 
ra dar prueba de su ilustración, fundaba el año de 1364 en la 
Universidad mencionada el renombrado Colegio de los españoles, 
en el cual daba señalado lugar á su sobrino K 

Desde 25 de setiembre de 1353 se habia conlStdo sin embar- 
go el futuro arzobispo de Sevilla entre los escolares de Bolonia, 
dando quince dias adelante principio al estudio de las decretales 
bajo la dirección del aplaudido Paulo de Lia, reputado á la sazón 
por una de las lumbreras del derod^o canónico. Ocho añoá con- 
sumió don f edro en aquellos estudios; y. resuelto en 1361 á 



1 La fundación del Colegio español en Bolonia es sin duda uno de los 
hechos que más honran la memoria de don Gil de Albornoz, enlazando es- 
trechamente la civilización española á la italiana, que tanta influencia habia 
comenzado á ejercer en el Renacimiento de las letras clásicas. Llamados á 
frecuentar las aulas, en que por vez primera se dieron á conocer en lengua 
vulgar los preceptos de la elocuencia latina, creció en los españoles el res^ 
peto y devoción á la antigüedad, no siendo maraviUa que no olvidada, aun 
entre las mayores nieblas de la edad-media, la gran literatura representada 
por Cicerón y Virgilio, viniesen en breve á reflejarse con nuevo y mayor 
brillo en la castellana los vivos resplandores de sus admirables monumen- 
tos. Oportuno será tener presente que al establecer Albornoz el referido Co- 
legio, habían florecido ya Petrarca y Boccacio, dejando en Juan de Rávena, 
y en otros ciento, dignos imitadores que trasmiten su amor á las letras clá- 
sicas á un Leonardo de Arezzo, un Poggio Florentino, un Lorenzo Valla, á 
quienes debe el Renacimiento grandes servicios y señalados triunfos. En 
breve tendremos ocasión de notar los efectos de este nuevo comercio litera- 
rio bajo diversas relaciones, demás de las ya indicadas en anteriores capí* 
tulos. 



Il/ PAR|Py CAP. V. ELOG. É HIST. A FINES DEL SIG. XIY. 225 

abrazar la carrera eclesiástica, recibía gn los idus de Abriíde ma- 
nos del Obispo de Segovia la orden, corona y grados, y en 28 
de julio siguiente era laureado con los insignias de doctor; cere- 
monia que se verificaba en la iglesia de San Pedro de Bolonia, te- 
niendo por compañero & Pedro de Toledo, obispo que fué des- 
pués en la de Osma. A 15 de Marzo de 1362 era Alvarez de 
Albornoz ordenado subdiácono en la capilla de Rocapapal por fray 
Juan, obispo de Ancona; y al comenzar el año académico de 1363 
alcanzaba la honra no vulgar de ser designado para reemplazar 
en la cátedra de decretales á su antiguo maestro. 

Con gloria suya y del nombre castellano leyó por el espacio 
de seis cursos en la Universidad, que habia creado, digámoslo 
asi, aquella ciencia, y que se ufanaba con ser madre de tan seña- 
lados var«es como un Eugenio IV y un Raymundo de Peñafort, 
insigne catalán digno de grande y duradero elogio. Cundía la re- 
putación de don Pedro hasta la corte pontificia; y ya fuera que 
Urbano V quisiese premiar en él los señalados servicios del Car- 
denal don Gil, muerto en 1367, ya que atendiera á sus propios 
merecimientos, elevábalo en 4 de junio de 1369 á la silla epis- 
copal de Lisboa. No había cantado misa Alvarez de Albornoz, 
juzgándose tal vez indigno de los últimos grados del sacerdocio; 
pero administrado aquel sacramento por su amigo don Pedro de 
Toledo, que ejercía ya la dignidad episcopal, era consagrado en 
los postreros dias de setiembre por el Cardenal Gríraaldo, her- 
mano del Pontífice y su legado en Italia. 

Permanecía don Pedro en Bolonia, cuando muerto Urba- 
no V, subía á la suprema cátedra de la Iglesia Gregorio XI, y 
deseando honrar su ciencia y su virtud, creábalo en 1371 Car- 
denal, con titulo de Santa Práxedes, encomendándole en 9 de 
julio el arzobispado de Sevilla ^ Dos meses después se restituía 



1 Debemos estas noticias al curioso memorial que escribió el Arzobispo 
de su propia vida, y que utilizó ya en su Teatro Eclesiástico el diligrente 
Gil González Dávila, t. II, págr. 57. Guárdase este singular monumento en 
la biblioteca toletana, tantas veces citada por nosotros. Dávila no tuvo no- 
ticia del libro que dá al Arzobispo lugar no despreciable en la historia de 
la elocuencia española, como á continuación verán los lectores. 

Tomo v. 15 



226 HISTORIA crítica de la literatura española. 
á España el nuevo Cardenal-arzobispo, y tomada posesi()n de su 
silla, consagrábase de lleno al cuidado de suá ovejas, visitando 
detenidamente los pueblos de la diócesi y poniendo por su pro- 
pia mano pronta y eQcaz enmienda en aquellos males y arraiga- 
dos abusos, que vivamente la estaban demandando. No eran to- 
dos los vicios que bailó don Pedro', asi en el clero como en sus 
feligreses, de tal naturaleza que cedieran fácilmente á la correc- 
ción del momento: habíalos en unos, nacidos de la relajación 
universal de la disciplina; abundaban en otros, como hijos de la 
ignorancia; y para restablecer en los primeros el espíritu evan- 
gélico, en que debia estribar la pureza de las costumbres y des- 
terrar de los segundos los errores y supersticiones que afeaban 
y corrompían la creencia, juzgó el celoso y docto arzobispo que 
no habia rempdio más eficaz que la misma doctrina^olorosa- 
mente olvidada. Exponerla pues en tal forma que llegase á bri- 
llar con igual fuerza y esplendor en todas las inteligencias, 
siendo para unas salutífera triaca y sirviendo á otras de gula y 
norte seguro, obra era altamente meritoria, verdaderamente 
apostólica y digna en sumo grado de quien habia coronado sus 
sienes con el lauro de la ciencia, ganando título de maestro en 
la primera Universidad del cristianismo. 

A este fin se encaminaba don Pedro, al escribir su Libro de 
la justipa de la vida espiritual et perfección de la Eglesia mi- 
litante ^ Semejantes los prelados á los ángeles superiores «que 



1 Este raro monumento se custodia en la Biblioteca Escurialcnsa con tí- 
tulo de: Confesionario y la marca a. ¡iij. II. Es un volumen, en 4.°, escrito 
en papel, de letra de la segunda mitad del siglo XV. En la biblioteca Na- 
cional existe asimismo, signado BB. 136 é intitulado: Tratado Espiritual, 
bion que alternando con otros libros morales (aunque no todos de igual na- 
turaleza), que debieron formar colección con cl^ en el orden siguiente^ según 
se deduce del folio 1 .®: Libro del Arzobispo de Sevilla, — El libro del Vergel 
de Consolación, — El libro de Sant-Bernaldo, — El libro de Bartolo, — El 
libro del Cauallero Afar..7 — El libro de Cotila et Digna, — El libro que fi- 
zo Maestro Juan contra los JudioSt-'-El libro de los sermones de fray Vi- 
cente, Terminado el libro del arzobispo don Pedro II, con la exposición de 
los pecados mortales, se ponen en este códice algunas advertencias para el 



!!.• PARTE, CAP. V. BLOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 227 

•dan lumbre á, los inferiores, porque han más complida et per- 
afecta la notiQia de las cosas divinales, deuen enfermar et nu- 
»drir los pueblos á su regimiento sometidos; et por que los la- 
»bÍQs del sacerdote guardan la Qiencia (anadia), por esto yo don 
•Pedro, segundo arzobispo deste nombre de la santa eglesia de 
»la muy noble gibdat de Seuilla, como quier que indigno et in- 
» suficiente et de poco saber, pero por que ssó puesto á, enfermar 
»et gouernar de gibo spiritual los pueblos á mí encomendados, 
•fiando et aviendo esperaqga en aquel que de pescadores et de 
•ediotas fiso sabidores et lumbre para alumbrar todo el mundo, 
» — en nombre et á onrra de la santa Trenidat et salud et pro- 
•vecho de las ánimas de los ynorantes et simples omes que 
•me son subditos ^et inferiores, de los quales yo deuo dar cuenta 
•á Dios el dia del juysio,penssé breue et claramente poner en es- 
•te volumen, primero? Los mandamientos de la ley, con alguna 
•instrugion de algunas cosas que son contra ellos. Segundo: Los 
•dose ó segund otros catorce (que todo es uno) artículos de la 
•fé. Tercio: Los áete sacramentos de la Iglesia. Quarto: Las siete 
•obras de misericordia corporales et otras siete espirituales. Et 
»á postre porné los siete pecados mortales con algunas de sus 
»éspegies*->. Limitábase el intento del virtuoso arzobispo á ex- 



bucn confesor, y más adelante un elogio no completo de la vida monástica. 
Antes de comenzar el referido tratado, se lee una epístola dirigida por el 
abad Juan de Rache á San Juan Climaco, y en las últimas fojas la declara- 
ción que hizo don Juan, obispo de Burgos^ de los dias festivos del año. En 
la postrera foja se halla un índice incompleto de varios enxiemplos mila- 
grosos, que debieron entrar en esta compilación, ahora desmembrada y 
falta de tan preciosas' joyas literarias, como van notadas. De todo se saca 
en claro, tenidos además en cuenta los caracteres paleográñcos de este MS., 
que hubo de ser formado en la segunda mitad del siglo XV. 

I Fol. 1.® V. y fól, 2.°. — El epígrafe general del libro animcia ya el 
mismo propósito por estas palabras: c£n el nombre de Dios. Aquí se co- 
»mien9a un libro notable et Santíssimo tractado, compuesto et ordenado por 
»el muy deuoto pastor en la eglesia de Dios, don Pedro Segundo deste 
» nombre, arzobispo de la muy noble cibdat de Seuilla; el qual partió en 
>9Íaco espe9ias, en que se contiene toda la Justigia de la vida spiritual de 
» todos los omes et la perfection de la eglesia militante et la onestad de la 



228 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAf^OLA. 

poner la doctrina cristiana & la contemplación de sus descarria- 
das ovejas, convencido de que bastaba la aplicación de sus pre- 
ceptos i, cortar el c&ncer de la corrupción, desvaneciendo al 
propio tiempo las nieblas de la superstición y de la ignorancia. 

No habia menester en tal concepto de esfuerzo alguno para 
dar forma d, su libro. De la explicación recta é ilustrada de los 
mandamientos de la ley de Dios, surgia naturalmente la conde- 
nación de todos los errores, vicios y preocupaciones que infes- 
taban la sociedad, naciendo con igual virtud el antídoto: los ar- 
Hculos de la fé, doctamente comentados, fijaban y reducían á 
sus verdaderos límites los fundamentos de la creencia: señalaban 
los sacramentos de la iglesia las mutuas relaciones de sacerdo- 
tes y fieles, mostrando & unos y otros la parte & que debía contri- 
buir para la obra de perfección & que estaban llamados: enseña- 
ban las obras de misericordia & reconocer los lazos de fraterni- 
dad y de amor que unen en una familia y con un fin único & 
cuantos profesan la fé de Cristo; y descubriendo por último & 
los ojos de todos los precipicios y abismos, efl que tropezaba y 
caía la vana soberbia de los hombres, retrataban los pecados 
mortales toda su criminosa deformidad, trazando la senda que 
puede conducir al no frecuentado albergue de la felicidad terre- 
na, y preservarnos de una eternidad de dolores. 

Legítima era la correspondencia que existia entre el pensa- 
miento que dio vida al libro del piadoso Cardenal y su forma ex- 
positiva; pero al afamado profesor de Bolonia, al docto maestro 
de la ciencia canónica no le fué dado, al exponer la doctrina cris- 
tiana, reducirse & la esfera de los conocimientos y de la ilustra- 
ción de su clero y pueblo; y haciendo alarde de la grande erudi- 
ción por él atesorada, no acertó & comunicar d, su obra aquella 
sencillez propia de la palabra evangélica, plagándola por el con- 
trario de embarazosas citas, que si bien podian contestar á los 
eruditos, cuyo paladar estaba hecho & este género de manjares, 
nada ó muy poco añadían & la convicción producida en el ánimo 



»yida corporal para guarda de non pecar. La primera es de los mandamien- 
«tos de Dios,» etCr» etc. 



n.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 229 

de la muchedumbre por la fuerza misma de la doctrina. Las Sa- 
gradas Escrituras, los Santos Padres y Expositores, los decreta- 
listas y glosadores de m&s alta reputación eran en sumo grado 
familiares & don Pedro: acostumbrado & valerse de su autoridad 
en la cátedra y cediendo al propio tiempo & la común corriente 
de los estudios, ocultaba tras ella muy & menudo su propia per- 
sonalidad y desvirtuaba sus importantes lecciones, desposeyén- 
dolas del interés directo é inmediato, & que principalmente aspi- 
raba su libro *. 

Mas no por esto olvidaba el arzobispo de Sevilla el blanco, 
donde tenia puestas sus miradas: antes bien con celo y amor 
verdaderos, con ilustración y energía desacostumbradas pene- 
traba en el intricado laberinto de los errores, vicios, agüeros, 
supersticiones j extravies, de que adolecían sus coetáneos, lle- 
gando al punto d^ señalar y perseguir no pocos de los que pin- 
tando las costumbres de sus feligreses, eran únicamente pecu- 
liares al suelo de Andalucía y determinaban el roce y comercio 
de aquellos moradores con los sarracenos *. Bajo esta relación 
histórica, intimamente hermanada con el fin moral y religioso de 
la elocuencia sagrada, es el Libro de la justicia de la vida espi- 
ritual de singular precio é importancia. Arsenal abundantísimo. 
de curiosas y peregrinas noticias, relativas á todas las clases y 



i ' De notar es la preferencia que dá don Pedro en este sentido á los mo- 
ralistas y más aun á los decretaUstas italianos, haciendo sus inombres fa- 
miliares á los lectores españoles. Entre todos cita con suma frecuencia á 
Pedro Lombardo, designado en toda la edad-media con el nombre de MaeS" 
tro de las sentencias. , 

2 Condenando en la exposición del primer Mandamiento \m supersticio- 
nes idolátricas, decía: cAlg^unas se guardan en Seuilla asy como los quo 
> echan ascuas en el mortero ó los que escantan los ojos con granos de tri- 
»go et otras semejantes cosas» (fol. VI, v.). Y antes habia escrito: «Es otra 
«especia de ydolatria de algunos que acomiendan las bestias perdidas (de 
>los quales a vemos muchos fallado en este arzobispado) con palabras vanas 
>et de escarnio». — Reñriéndose en otro lugar al pecado de la gula, daba 
esta curiosas noticias locales: c Solías faser mucho por uino de Ási^lcazar 
»et de Trigueros....? Conténtate agora de lo de la Renconada,» etc. (fo- 
lio Ixxxiij). 



230 HISTORIA CRÍTICA OE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

gerarquias de la sociedad como & todas las dolencias y achaques 
que la afligen, traza en él felicísimos cuadros ó ya salpica la ex- 
posición de rasgos vigorosos y característicos, esgrimiendo el 
azote de su reprobación sobre cuantos en cualquier concepto 
ofenden la ley de Dios y producen criminales escándalos. Desde 
fines del siglo anterior habían sido ya reprobadas las falsas 
creencias de fados et ventura por la piadosa elocuencia de Fray 
Pedro Pascual *: don Pedro Gómez de Albornoz exclama contra 
esta gentílica pestilencia: 

((Especie de ydolatría [es] la de algunos que por astrología quieren 
»adeYÍnar de las cosas futuras et disen que las planetas et cuerpos celes- 
»tiales han nes^saria influencia en los cuerpos inferiores que son en la 
ntierra, et asy judgan que el que nasoe en una costella^ion averá bien et 
))sy en otra, mal. £t estos pecan gravemente, por que «ubtraen et tiran 
«nuestras obras de magnificencia et de servicio d^ Dios. Ca ssy esto 
»fuesse verdat que los qu&>nas9en só diverssas costellagiones de ne^esidat 
vayan de faser buenas obras ó malas, como ellos disen, non avriamos 
»libre arbitrio para obrar bien ó mal, et nuestras obras serian fechas 
»por violencia et fuer^ et non serian dignas de premio nin de pena, asy 
»como non lo son las obras de las animalias brutas; lo cual es falso et 
))6ontra la ffé. Esto prueba Sant Agustín en el Libro de la doctrina 
))crist%anaf disiendo que tanto mal incurre et gana quien demanda c()nse- 
)}jo á los astról()gos sobre lo que há de faser ó ha de venir que vá libre 
)}et toma sieruo, porque ellos le disen que es sieruo de Mercurio ó de 
» Júpiter ó de otra planeta, só la influengia de la qual disen que nas^ió 
))et segund su señorio de aquella planeta, deue aver bien ó mal. Et es 
«falso lo que disen, porque Jacob et Esau fueron en uno en el vientre de 
))su madre et nas^ieron só una costeUa^ion, mas como dise la Escriptura, 
«á Jacob vinieron las cosas bien et prósperas et á Esau mal et diver- 
))sasa ^. 

' Conveniente juzgamos recordar que mientras en tal manera 
reprobaba el arzobispo de Sevilla esta gentílica superstición, 
proseguía egerciendo poderoso influjo en los más ilustrados va- 
rones de Francia y de Italia ^. Del mismo celo se mostraba ani- 



1 Aiéase el cap. XIV de la II.* Parte, pág. 78 del t. III. 

2 Primer Mandamiento, fol. V. 

3 Es censurada con razón cierta manera de frenesí astrológico que inva- 



11.' PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL 5lC, XIV. 231 

mado don Pedro Gómez de Albornoz contra los que caían en el 
pecado de idolatría, creyendo en sueños, estornudos, suertes, 
encantamientos, maleficios y conjuros satá^^icos; y lamentándose 
una y otra vez del excesivo fausto que ambicionaban los sacer- 
dotes y prelados, «espendiendo en malos usos el patrimonio del 
Cruciflxo», con oficio y nombre de «robadores de los pobres 
•que morian de frió et de fambre», echaba en cara á los grandes 
de la tierra el menosprecio y desamparo en que tenian & los 
desvalidos. A llegar á este punto, exclamaba: 

' «Dise el Evangelio: Quando fases conbites, llama á los pobres é á los 
«flacos é á los Riegos et á los coxos et serás beato: aunque ellos non te lo 
wpueden remunerar, Dios te remunerará en la resurrección de los justos. 
wEsto fase contra los rricos, que fasen con grandes thesoros et despensas 
«muchos combites á loor et vanagloria del mundo, et non han piedat de 
»lo6 pobres; ca les paresge que lo que diesen á los pobres les menguaria^ 
oet non es verdat. Ca aquello es lo que los faria ricos en este mundo et 
»en el otro, do recibirán por uno ciento. Et sy bien considerares, con lo 
)>que dan á comerá dos caualleros, fartarian á veynte pobres. Quisiesse 
«Dios que tales como aquestos touiessen que les contesyiera lo que con- 
«tes^ió á aquel rríco goloso, de quien Dios fabla en el Evangelio: que 
ncomia espléndidamente et en abundancia et dexaba estar al pobre Laza- 
»ro á la puerta, muriendo de fambre; mas muertos amos, el rrico et el 



dio la Corte de Carlos V de Francia, llamando á París los más afamados 
soñadores italianos. Entre estos logpró grande reputación Tomás de Pisa, 
émulo del muy celebrado Andalone del Ñero, y levantado por aquel rey, a 
quien sus compatriotas dan título de Sabio, á las mayores honras del Esta- 
do. Otros muchos astrólogos italianos pasaron á Francia, llamados de este 
mismo cebo y reclamo (Tiraboschi, t. Y. lib. II), dando lastimoso testimonio 
de que, cuando un príncipe recompensa la locqra, aumenta el número de los 
locos (Ginguené, t. III, cap. XVII). Digno era pues de toda alabanza el 
ilustre prelado español que tan enérgicamente rechazaba la influencia as- 
trológica, de que no llegaron después á verse libres tan claros talentos como 
un Marsilio Ficino, etc. — Pero bien será notar que la crediilidad de otros 
prelados, no ágenos por cierto al desarrollo de las ciencias en nuestro sue- 
lo, dio aliento casi un siglo después á estas vanidades astrológicas, apare- 
ciendo en 1463 el Defensorio de la astrdogia á los principes é cauaUe- 
roSj fijosdalgo é nobles destinatlOf libro en que se intentaba canonizar 
aquellos y otros delirios no menos reprensibles. 



232 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAflOLA. 

npobre, al pobresciello Lázaro leuaron los ángeles á parayso et al rríoo 
»lo8 diablos al infierno» i. 

Reparando después en los estragos que caiusaba en el mundo 

la soberbia, prorumpia: 

• 

((Esfca soberuia es asy mala bestia que echó á los malos ángeles del 
»9Íelo, et de ángeles físo diablos. Esta echó á Adán, nuestro padre, del 
nparayso. Esta trasmudó al rey Nabucodonosor en bestia. Esta mala 
«bestia non perdona á ninguno: á los perlados fíere; á los rrícos fase 
»túmidos, á los religiosos engaña; á los ornes 9Í^a^ que se non co- 
Duoscan lo que son. Esta es aquella olla ferviente que vido Geremias, 
)}en la qual se copien los príncipes et los pastores de las tiniebras, que 
»seguien los bienes temporales et eran caladores de las riquezas: los 
)>quales cobdi^ian las primeras cáthedras, los primeros asentamientos en 
»las signagc^as et ser saludados en el mercado et llamados maestros. 
))Esta olla agiende el diablo, quando fincha et pone viento en los cora^ 
»nes de los omes á querer las cosas altas ó atribuyendo á sy lo que non 
))áy en ellos» 2. 

Con dolor grande contempla los demás pecados, subiendo de 
punto su indignación, al considerar cuánta era en clérigos y se- 
glares la falta de castidad y ile pureza: 

»¡Mal pecado!... (decia de los primeros) algunos quiera Dios que non 
))sean muchos, non se guardan.... Torpe cosa es desirlo; mas muy más 
«torpe faserlo... et como quier que non se deua faser, pues que se fase, 
)}digase: que es que el sacerdote, que es dicho ángel et puede, lo que non 
»puede el ángel, faser del pan et del uino carne et sangre del nuestro Se- 
))ñor Ihu. Xpo., tiene de noche en la cama la mala muger et de dia ofres- 
nqe en el altar al fijo de la Virgen!!. Son algunos que me dirán: — Peca- 
adores somos, mas como quier que tengamos mugeres en casa et ^erca de 
)}casa, teñámoslas para servicio, mas non para pecado». To te digo que 
«puede esto ser verdad; mas tus vesinos nin yo non lo creemos, por que 
»San Gerónimo dise asy:~Estar con muger et non conoscer muger, ma- 
»yor miraglo es que rresu^itar un muerto. Et tú non puedes rresucitar 
»ui4 muerto que es menos ¿et quieres que te crea lo que es más?... Cada 



1 Exposición de las Obras de Misericordia corporales, fol. xliiij. 

2 Siete Pecados mortales, pecado de la soberbia, fól. xlvii, v. 
xlviii, r. 



Il/ PARTE, GAP. y. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. Xl\% 233 

»dia está el costado della con el tuyo en la mesa, et su cama et la tuja 
»en la cámara; tus ojos á los ojos della en la fabla; tus manos con las 
«suyas en la obra... ¿et dísesme que non pecas? Puesto que á Dios seas 
Doontinente, 70 hé grand sospecha de ty: palabras son de San Gerónimo. 
«Por ende sigamos al apóstol, etc. i . • 

No de otra manera^ ni con fin menos alto y trascendental 
condenaba don Pedro Gómez de Albornoz todos los vicios de su 
época, cualquiera que fuese el lugar y. la clase en que se alber- 
garan ^. Superior & cuanto le rodea, al egercer el santo minis- 
terio del episcopado; sincero en sus nobles aspiraciones, al em- 
plear la palabra apostólica, manifiesta no poca amargura, al fijar 
sus miradas en el espectáculo que ie ofrece la sociedad, siendo 
en consecuencia tanto más digno de elogio cuanto es mayor su 
energía en la abominación de los crímenes. 

No es sin embargo su elocuencia tan arrebatada y fogosa 
como la del dominicano fray Jacobo de Benavente, ni tan in- 
cisiva como la del ignorado autor del Espéculo de los legos: de 
más dulce carácter, de más templada austeridad, efecto sin 
duda del paternal egercicio de la enseñanza, atiende á curar las 
llagas del mal, sin añadir á su propio dolor nuevos dolores, 
bien que jamás le abandona el generoso celo de la verdad, anhe- 
lando, con entera fé en la doctrina, limpiar de toda maleza y ci- 
zaña el campo encomendado á su cultivo. Lástima fué para Se- 
villa que la misma claridad de su nombre no le dejara gozar 
largamente de tan ilustre prelado: llamado á la corte romana 
por la solicitud del Pontífice, pasaba á Aviñon en los primeros 



1 Del pecado de luxuria, fól. Ixiiij, r. y v. 

2 La integridad de don Pedro de Albornoz y la sinceridad de su noble 
intento resplandecen sobre todo, al referirse al clero, cuya corrupción le 
duele más que otra alguna. Hablando de la obstinación en el pecado, ex- 
clama: cEn este pecado faUé yo muchos clérigos, uisitando, que me de- 
a sien:— ¿Cómo dexaré esta mug-er, en que tengo tantos fijos? £t otros de- 
>s¡en: — Síruióme veynte et ^inco ó treynta annos ¿cómo la dexaré....? Non 
ala puedodexara. — Et átales como estos están ansy ostinados et endures- 
»9Ídos en sü malicia que non curan de Dios nin de las penas del infiernoi 
>las quales non escaparán, sean ciertos....! a (fól. Ixxxv, r.) 



234 HISTORIA CRÍTICA DB LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

meses de 1374, y de esta vida el dia 2 de julio. La Iglesia lloró 
en él la pérdida de uno de sus más sabios doctores y maestros; 
España uno de sus mejores hijos; la elocuencia sagrada, que 
tiene por instrumento el habla de Castilla, uno de sus más no- 
tables propagadores. 

Distinguíase á la sazón, como tal, otro varón respetable, 
que dado primero á los estudios del derecho civil, se consagraba 
después á la carrera eclesiástica, ganando reputación de docto en 
teología y decretales. — En Montpeller se ejercitaba durante al- 
gunos años, leyendo derecho con honra suya y de su patria; y 
siendo elevado sucesivamente á las dignidades de arcediano de 
Zaragoza, paborde de Valencia y cardenal de la Santa Iglesia 
-romana [1375], cundían tanto su autoridad y buena fama que 
muerto Clemente VII, le ponian en la silla pontificia el 28 de 
setiembre de 1394. Nadie podrá desconocer en estos breves ras- 
gos á don Pedro de Luna, designado entre los sucesores del 
pescador con nombre de Benedicto XIII y apellidado en la histo- 
ria con titulo de antipapa. Enlazada su vida por más de un 
concepto á los principales acontecimientos de la segunda mitad 
del siglo XIV y primera del siguiente, lograba también este es- 
clarecido aragonés lugar señalado en la república de las letras: 
contábanse entre las muestras de su erudición, como caaonista, 
varios tratados latinos, escritos antes de ceñir la tiai*a *; pero 
si le hacian estimable de los doctos^ ni tenían la importancia, ni 
ofrecían el interés que su libro intitulado Consolaciones de la 
vida humana, obra compuesta antes de recibir el capelo, la cual 
basta sin duda para concederle no exiguo galardón, como culti- 
vador de la elocuencia sagrada *. 



1 Los más notables son: Petri de Suma tractatus adversus Concüium 
Pisanum (Bib. Escur. lí, L. 17). — De horis cánonicis dicendis (Bih, Nac. 
A. 10^).— ConstituHones Archiep, Tarrac. (C. 73 deid.,editae 1391).— De 
potestate Summi Ponti/icis et Concilii, Don Nicolás Antonio y en tiempos 
más recientes el obispo Araat, que coloca á don Pedro de Luna, no sabemos 
por qué razón, en las Memorias para el Diccionario critico de escritores 
catalanes (pág. 34S), citan alguna otra obra del mismo carácter. 

2 £1 códice que encierra este apreciable libro se guarda en la Biblioteca 



Il/ PARTE, CAP. V. ELOG. É HIST. A FINES DEL SI6. XIV. 235 

Una observación de conocida trascendencia ocurrirá sin duda 
& nuestros lecWes, al llegar á este punto.'¿Cómo (dirán acaso) 
siendo aragonés^ j)udo señalarse don Pedro de Luna entre los 
escritores castellanos?... Esta pregunta que nos han dirijido 
con frecuencia hombres no ayunos por cierto en el estudio de 
nuestra historia literaria, queda en verdad plenamente satisfe- 
cha, al recordar cuanto llevamos dicho sobre los orígenes de los 
romances hablados en la Península Ibérica, y sobre la diferente 
. localidad representada por los primeros monumentos de la poesía 
escrita, que adoptan por instrumento plástico la lengua formada 
y desarrollada en la España Central ^ Aragón, lo mismo que la 
mayor parte de Navarra, habla esta lengua; y cuando el ejemplo 
y la fama de los ingenios, nacidos en Castilla, estimulan á sus 
hijos para aspirar al lauro de las letras, no puede maravillarnos 
que en una y otra comarca aparezcan oradores, historiadores y 
poetas que enlazando sus propios timbres con los de los poetas, 
historiadores y oradores castellanos, contribuyan á enriquecer 



del Escorial, III y 7: es un volumen cuarto mayor, escrito en papel y letra de 
la primera mitad del siglo XV. Empieza con el siguiente epígrafe: «Aquí 
Bcomien^a el prólogo en el libro délas Consolciciones de la Vida Humana, 
>el qual compuso el muy Santo iu Xpo. Padre señor, el Papa Benedicto trese- 
»no, ques llamado don Pedro de Luna, antes del sumo Pontiücadq: el qual 
•libro contiene consolaciones et remedios convenientes para conti:a quales- 
>quier tribulaciones et tristesas, angustias et aduersidadcs que á los onbres 
;ipor qualquier causa ó rrason puedan venir en tanto que moren en este mi- 
•serable ualle de miserias et trabajos». — Al folio 58 vuelto termina eMi- 
bro, expresándose las mismas circunstancias y dándose á entender que esta 
copia se sacó, viviendo aún don Alvaro de Luna, á quien se intitula cmuy 
>magníñca virtuoso et noble señor, cauallero muy prouado ct uertnoso en 
»la8 armaU^ muy fiel et esforcado condestable de Castilla et maestre de San- 
»tiagoa. — ^En el foL 59 comiéu9a otro tratado mísUco, que se intitula: Di- 
vina consolación de las áninuis y se dice c fecho por un glorioso doctor.» 
Alcanza al fol. 84 vuelto, en que da fin el MS. £1 tratado que analizamos^ 
ha sido mucho tiempo después de escritos estos capítulos, incluido en el to- 
mo áe Prosistas anteriores al siglo XV, por la diUgencia de don Pascual 
Gayangos, uno de los más constantes colaboradores de la Biblioteca de au- 
tores españoles, 
i Segunda Parte, caps. Vil» pág. 387 del 1. 111. 



^36 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍ^OLA. 

la literatura llamada & representar la gran nacionalidad española, 
anticipándose en esta forma y preparando en cierto modo las 
trasformaciones de la política. 

Dejaremos en breve ampliamente confirmado este aserto en 
orden á la poesía, demostrando su exactitud en este mismo ca- 
pítulo respecto de la historia; y por lo que atañe al libro de las 
Consolaciones de la vida humana^ que ahora consideramos cual 
brillante muestra de la elocuencia, cultivada en la edad que exa- 
minamos por los prelados aragoneses, bien ser& consignar que . 
favorecieron & su autor notables circunstancias para dar á la 
lengua empleada en dicho libro mayor perfección que la alcan- 
zada & la sazón por sus compatriotas ^. Desde su primera juven- 
tud habia tenido trat^ y comunicación con los principales mag- 
nates de Castilla; y Cuando su hermano mayor, don Juan Har- 
tinez de Luna, recibía en su castilio de Illueca & don Enrique de 
Trastamara, vencido en Nájera, no solamente se complacía don 
Pedro en favorecer sus pretensiones, sino que & punto de «par- 
»tir para el estudio, todo el dinero que tenia para la su partida, 
•diólo al rey don Enrique, entendiendo que non podia ser des- 
«pendido en mejor estudio que en reparar & tan grand rey é se- 
Ȗor, que con tanta fortuna et nesgesidad & su casa avia aporta- 
»do» ^. £1 futuro Pontífice parecia preludiar en tal manera la 
protección y amparo que hallaba años adelante en los descen- 
dientes de don Enrique, y daba al propio tiempo claro testimo- 
nio de aquella singular afición, que hacia & su familia tomar car- 
ta de naturaleza en el suelo de Castilla ^. 



1 Debemos advertir aquí que esta duda dp los modernos eruditos no 
ocurrió á don Nicolás Antonio, quien aun sin examinar las Consolapones 
en romance, decía: cPotuit ergo líber ab eo [Petro de Luna] scriptus ver- 
nácula forsan linguá, transferri, vel ab eo, vel ab alio in Latinam (Bi' 
hliotheca Vetus.y lib. X^ cap. III). Obsérvese que la lengua vernácula, á 
que se alude, es la castellana. 

2 Crónica de don Alvaro de Luna, tit. lí, pág. 8. 

3 Véase el título I.° de la citada Crónica de don Alvaro, en que se 
mencionan todos los personajes que en tiempo del Maestre habian llegado, 
así en lo eclesiástico como en lo civil, á los más altos cargos de la monar- 



Il/ PARTE, GAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 2^7 

No se DOS haga pues extraño el que don Pedro de Luna, 
bajb cuyos auspicios florecen otros escritores dignos de aplauso, 
cultivase la lengua del Rey Sabio, cual instrumento propio y ap- 
to para el egercicio de la elocuencia sagrada. Su libro de las 
Consolables de la Vida 'Humana era en gran manera notable 
bajo el triple aspecto de la idea, de la forma literaria y del len- 
guaje. Como expresaba ya desde las primeras lineas, «conside- 
»radas las tribulaciones deste mundo et las muchas causas et 
•ocasiones de las turbaciones, pensó de infinitas consolaciones, 
•contenidas encubiertamente en las escripturas, algunas dellas 
«recoger en escríptos en qualquier obra que estuviesen» ; y asi 
como Boecio hizo su Consolaron de la Phüosophia entre cade- 
nas, asi también escribía don Pedro de Luna «en cierta seme- 
•janza de destierro de los que impugnauan la justicia et esso 
•mismo la obediencia de la romana santa Eglesia». 

Intentaba por tanto restablecer en el ánimo de grandes y pe- 
queños el principio de autoridad, dolorosamente rebajado en me- 
dio del cisma que escandalizaba al cristianismo, llevando al pro- 
pio tiempo la paz & todas las conciencias ; y esta generosa idea, 
que le ponia en las sienes el birrete cardenalicio, levantándole 
por último á la silla pontificia, daba á su libro señalado ascen- 
diente y prestigio, obligándole á fijar sus miradas en todas las 
gerarquías sociales. En quince partidas distribuía «los remedios 
» convenibles de las consolaciones contra las cosas que conturban 
»á los onbres»; y deteniéndose á considerar individualmente los 
estados del mundo, aplicaba á todas y á cada una de las situacio- 
nes de la vida la doctrina de los antiguos filósofos y de los Santos 
Padres, mostrando, al hacer semejante alarde de erudición, cierta 
sobriedad y cordura, si bien deslustraba alguna vez las excelen- 
tes dotes oratorias que en todo el libro resplandecen, entrecorta^- 
do con las frecuentes citas, sus más vivos y pintorescos pasages. 
Del mérito de don Pedro (fe Luna, como escritor sagrado, no 
podría formarse cabal juicio, sin conocer alguna muestra de las 



15 



quia casteUana. Entre eUos Uegaron á distinguirse hasta cinco arzobispos, 
un copero mayor del rey y un prior de la Orden de San Joan. 



238 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAflOLA. 

Consolaciones. Pintando la tribulación por sus efectos, dice: 

«Ciertamente la tribulación engrandesge el coraron del onbre, para 
nresQebir grandes dones de Dios: ca ansy commo el martiello del platero 
»fase estender la plata debaxo de su mano» de la cual entiende la su copa 
Mobrar, ansy QÍertamente el platero fabricador de toda criatura entiende 
»estender tu coraron por las tribulaciones, por que pueda él poner muchos 
»dones et bienes spirituales, por que el coraron tajo sea copa preciosa 
»de muy preciosas et muy sanctas rreliquias de Iho. Xpo. á solas et demos- 
»tracion de los que quedan en este mundo. La tribulación á manera de 
nagua tempra el vino del alegría temporal, por que non enpesca á la cabe- 
))ga flaca, esto es al ánima del onbre spirítual^ por mengua de entendi- 
»miento ó por otro algund deffeto. Et aun la tribulación á manera de 
»agua, aíToga los enemigos spirituales, esto es : á los pecados» i. 

Encareciendo la piedad y la mansedumbre, exclama: 

))Bendicha es aquella ánima, la humildat de la qual confonde la sober- 
))bia del otro; la pagien^ia de la qual apaga la yra del otro; la obidiengia 
»de la qual maltrahe ocultamente la peresa del otro; el fervor de la qual 
^despierto la cobardía del otro; la gracia de la consolación et ylumina^on 
))de la qual alumbra el ojo del coragon del próximo, turbado con gran! 
))yra. Et mejor es que non aquel que al su hermano triste et turbado non 
)>tan solamiente non le consuela para le leuantar, mas aun le ayuda pa- 
)>ra derrocar, ansy como aquel que vee la paret encunante para caer non 
»la enderesga para leuantar, mas tuércela más para derrocar. Et ansy 
ufasen algunos, disiendo dan dottrina: á los que andan derecho, por fal- 
))sos conseios conseian, por que fagan torger, et esfuerzan, por trabarlos á 
«muerte» 2. 

Atento al fin principal de su libro, recuerda don Pedro de 
Luna k cada cual de los estados de los hombres sus deberes mo- 
rales y religiosos : veamos cómo, valiéndose de la doctrina y au- 
toridad de los Padres, hace gala de su erudición, al tratar de las 
obligaciones de lo§ prelados : 

»Si entendieses los dichos de los santos doctores, non te dolerías de la 
npriuagion de la perlasia. Et non es nuurauilla; ca muchas veoes sentencias 



1 Lib. II, cap. L®, fól, 9. 

2 Lib. IV, cap. 4.*> 



II.* PARTE, CAP. Y. ELOC. É HIST. A FINES DEL STG. XIV. 259 

«terribles son leydas confcra los perlados et presidentes. Onde dise Grisós- 
Dtomo:* Los perlados, por la altesa de la di^nidat, en un mesmo peocado 
))más gravemente peccan que los subditos sujos. Et dise Sant Hierónimo: 
»Más gravemente peccan los perlados que los pueblos^ et por ende son más 
»cruamente atormentados. Onde dise Sant Grigorio: Los perlados deuen sa- 
»ber que sj cometen peccados. tantas muertes han á padesger quantos en- 
Mxiemplos dieron de perdición á los sus subditos. £t dise Sant Bemaido: A 
»más graue et más peligrosa debda son obligados los que an á dar rason et 
»cuenta de muchas ánimas. Onbre ¿por qué oobdi^ias aquello, lo qual avi» 
»do, muy mudias veses vemás en confussion et pessamiento? Cíertamiente 
»Ias malas costumbres de los servidores muy mucho fasen desuiar á los 
Dsenyores. Onde dise Sant Grisóstomo: Ansy como quando vees el árbol 
»que llénelas fojas secas, entiendes que algún defetto está en sus rajges, 
nansy quando vieres el pueblo mal acostumbrado, entiende quel sa^er- 
«do^io non está sano. Onde dise Sant Ambrosio: En el effeto de la correp- 
))tion conosgerás el deffetto del corregidor. Et dise: Para qué vos tengo de 
«castigar?. .. Cómmo uos podedes á mí por mal palabra reprehender?. .. Nin 
»aun por aquesto el Obispo non es escusado de corregir al pueblo; ca se* 
«gund dise Beda, Dios demandará al pastor los peocados de las sus 
«óveias» 1. 

En tal forma empleaba el futuro Benedicto XIII la erudición 
eclesiástica y no de otra suerte contribuiar al- esclarecimiento de 
la elocuencia sagrada, que tenia por intérprete la lengua vulgar, 
un siglo después designada con qI nombre de española. Fiel 
depositai'ia de la doctrina evangélica, sobre cuyo principal fun- 
damento descansaba á la sazón la sociedad, representaba la elo- 
cuencia los intereses más altos y transcendentales de la misma y 
aunque viviendo en la religión una vida común al mundo cristia- 
no, reflejaba en la condenación de las supersticiones y extravíos 
del pueblo y de sus pastores la manera de ^er interior y particu- 
lar de nuestros abuelos, bosquejando, con más exacto y vario 
pincel que la historia, sus multiplicadas costumbres. Yno sea esto 
decir que no estuviera también confiado á la historia el interés 
constante y duradero de la sociedad, cual maestra y espejo de la 
vida; mas por la misma pendiente que traia de antiguo la erudi- 
ción histórica, pendiente que aumentaba desde la mitad del siglo, 



1 Lib. V. 



240 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

ensanchando el campo de las especulaciones con la noción de 
la antigüedad, bien que todavía vaga é imperfecta *, si conser- 
vaba en las crónicas de los reyes y aun de los magnates parte 
de su primitivo candor nacional, pugnaba por señorear el mundo 
antiguo, que iba siendo de dia en dia más conocido de los pueblos 
meridionales, ó ya se acostaba & las maravillosas ficciones de la 
caballería, abusando ciegamente de la credulidad excesiva de la 
indocta muchedumbre. 

Tiene pn uno y otro concepto egemplos no para olvidados, si 
bien todavía na bien reconocidos, la historia literaria de la se- 
gunda mitad del siglo XIY; y es en verdad digno de notarse 
que no se limita ya, según arriba insinuamos, al ^uelo castellano, 
hecho característico que demuestra la natural é inevitable influen- 
cia ejercida por la Espáfia Central en las comarcas, que de anti- 
guo hablaban con leves modificaciones, el mismo idioma ^. Lugar 
distinguido lograba entre los ingenios aragoneses don frey Juan 
Fernandez de Heredia, ilustre vastago de una de las más podero- 
sas familias de aquel reino, la cual, no cuenta este sólo hijo en- 
tre los cultivadores de las letras. Inscrito Heredia en la Orden 
Hospitalaria de Sari Juan de Jerusalem, había ganado desde su 
juventud reputación de entendido y gallardo caballero, subiendo 



1 Téngase muy en cuéntala progresión que hemos ido señalando en 
este Unagc de tareas desde los tiempos de don Alfonso X, que fué el pri- 
mero á empezar en el siglo XIII la meritoria obra de descorrer el velo que 
envolvía en oscuras tinieblas el mundo antiguo: no llamada nuestra lite- 
ratura á dar cima á esta' empresa, reservada principalmente á la italiana, 
justo es observar que ni le era dado caminar con planta segura por una 
senda desconocida, ni pudo evitar los extravíos á que su inexperiencia ha- 
bía de exponerla, extravíos de que no se vio tampoco libre la historia culti- 
vada por los Compagni y los Villani. £1 sazonado y recto conocimiento de 
la antigüedad clásica sólo podía alcanzarse después de grandes esfuerzos y 
afortunados descubrimientos, debidos á la filología y á la arqueología : el 
anhelo de conocerla vive siempre en todos los pueblos, que derivan de ella 
su oultura. Adelante veremos cómo llegan á disiparse las tinieblas, que 
en el siglo, á.cuyo ñn tocamos, aumentaron considerablemente en las esfe- 
ras de la historia las ficciones de la caballería. 

2 Véase el Apéndice núm. 111 de la I.^ Parte. 



II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. X FINES DEL SIG. XIV. 241 

. con general aplauso á los primeros oQcios de la expresada milicia. 
Gran prior de Aragón, Castellano de Amposta, Gobernador de 
Aviñon y del condado Venaissin, Gran prior de Castilla y de San 
Gil, tales eran los cargos & qiíe le elevaron sus prendías y en que 
se habia acrisolado su fama de sabio y justiciero, citando en 1580 
le ponía el voto universal de sus hermanos en la primera silla de 
aquella ínclita Orden. Gobernábala, con honra suya y lustre de 
sus caballeros, por el espacio de diez y nueve años y ocho meses, 
pasando de esta vida en 1399, ya en muy avanzada edad, no sin 
llevar tras sí el llanto y las bendiciones de sus vasallos y de sus 
milites ^ 

Mas la justa nombradla del caballero crecia en gran manera 
con el merecido lauro del cultivador de las letras. Acatando la 
gloria de los héroes, que hablan dado fama imperecedera al nom- 
bre español, quiere Heredia quilatar sus hazañas, y acopia con 
diligente solicitud cuanto se habia escrito sobre la Península 
Ibérica, así en la antigüedad como en los tiempos medios: allega- 
dos aquellos tesoros, excita su entusiasmo el noble ejemplo del 
Rey Sabio, convidándole con análoga empresa á la realizada res- 
pecto de la historia nacional por el preclaro monarca de Castilla; 
y nace en su mente él pensamiento de la Grant Chrónica, ó 
htoria de Espanya. Pero no se limitan sus deseos al horizonte 
de la historia patria: gastadas su juventud y aun su virilidad en 
largos viages, que hablan despertado en su.pecho el .anhelo de 
conocer los grandes acaecimientos de apartadas edades y regio- 
nes, dirijo también sus miradas á los héroes extraños de más 
alto renombre y concibe la idea de la Crónica de los Conquista-- 
doreSy completando el cuadro que iba á ofrecer en ella á la 
contemplación de sus compatriotas con la Flor de las Istorias de 
Oriente. 

Contribuía de tal suerte el Gran Maestre de San Juan al 



1 Histoire des Cheval, Hosp» de Saint han de Jerusalem, por Vcrdot, 
tomo II, lib. Y; — ^Vease también el núm. XXXVÜ de la Biblioteca del 
marqués de SaniiUana en la edición que hicimos de sus Obras, pági- 
na 607 (1852). 

Tomo v. * 16 



. 242 HISTORIA CRÍTICA Dfi LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

desarrollo tie la historia en el doble sentido en que se habia 
manifestado esta desde la mitad del siglo; y ya respondiendo 
hidalgamente al llamamiento, hecho por el Rey don Alfonso al 
espíritu de nacionalidad en su EsCoria de Espanna, llamamiento 
que parecia preludiar la futura unidad de la monarquís^, ya obede- 
ciendo la ley universal que habia empezado & dirigir todos los es- 
tudios de los doctos hacia las vias del Renacimiento; ya en fin ce- 
diendo al incentivo de peregrinas novedades, que abrían á la 
imaginación de grandes y pequeños un mundo enteramente des- 
conocido, mostrábase asociado al progresivo movimiento de la 
civilización, revelando al par altas dotes personales que tienen 
contados, bien que insignes ejemplos, en la historia de la cultura 
española. 

No andaban sin embargo acordes los deseos y el sentido criti- 
co de don Frey Juan Ferrandez de Heredia. Sí era su intento, al 
compilar «la É?ran/ Chrónica de los Reyes el príncipes de Spa-- 
nya^ que las sus virtudes et caballerías non fuessen olvidadas, mas 
retenidas et nombradas et otrosí loadas en los juicios et lenguas 
de los hombres por siempre jaméis» <; si tuvo presentes, con- 



t La Grant Chrónica 6 Istoria de Espanya, se custodia, entre los 
libros que fueron del docto Marques de Santillana, en la selecta. librería 
del duque de Osuna, conforme dijimos en el lug-ar citado de las Obras del 
referido Marqués (págp. 606). — Compónese de tres partes, contenida cada cual 
en un grueso volumen de hermosa vitela, escritos todos á dos columnas, de 
hermosa letra, y exornados de iniciales de colores. Al frente de cada volu- 
men se vé el retrato del Gran Maestre, prolijamente miniado, circunstancia 
que se repite en las demás obras que llevan el nombre de Heredia, siendo 
prueba fehaciente de su autenticidad. £n la primera foja del tomo primero 
leemos: »£sta es la g-rant et verdadera Istoria de Espanya, según se tro- 
j»ba en las ystorias de Claudio Tolomeo et segunt se troba en los Vil li- 
ebres de la Getieral Istoria (no la de España) que el rey don Alfonso de 
»Cast¡ella, que fué esleydo emperador de Roma, compiló» etc.— Al final di- 
ce: «Aquí fenes^e la primera partida de la Grant Crónica de Espanya, cota" 
apilada de diversos libros et ystorias por el muyt reverent en Xpo. Padre et 
ySenyor don Johan Ferrandez de Eredia^ por la gra9ia de Dios de la santa 
>casa del Espital de Sant Johan de Jhrlm., maestro humil,et guardador de 
»lo8 pobres de Xpo. La qual crónica de mandado de dicho senyor yo Ál- 
>var Pérez de Sevilla, canónigo en la cathedral iglesia de Jahen escrebí 



II.* PARTE, CAP.' V. ELOC. É HfST. A FINES DEL SIG. XIV. 245 

forme queda indicado, los historiadores conocidos en su tiempo, 
que ya directa ya indirectamente habian tratado de las cosas de 
España ^, — no alcanzo & trazar un plan razonado» ni menos & 
separar lo fabuloso de lo cierto, cayendo en los extravies, de que 
tampoco se habia visto libre el Rey Sabio respecto de los tiempos 
primitivos *. 

Con la venida y dominación de los appellinoSy & quienes arro- 
ja Hércules del territorio peninsular, asentando en él su impe- 
rio, comienza la primera de las tres piartes que componen la 
Grant Chróntca: prosiguiendo con las giestas de Ulises y de Bru- 
to, hijo de Silvio, llega en el cuarto de sus catorce libros & los 
•fechos del grant et invencible Aníbal»; y deteniéndose en las 
guerras de los tres Escipiones m&s de lo que podia convenir á 



»de mi propia mano. Et fué acabada en Ayinyon á XIIT dias del mes de 
»Jenero el anyo del nascimiento de nuestro senyor M.CGC et LXXXVo. 

1 Demás de las obras ya indicadas, cita Heredia las «ystorias de Ércu- 
les et de Ispan et de Pirous)), manifestandx) qae eran libros especiales, y 
más determinadamente á Tito Livio, Lelio Ennio, Lelio Marcio, Claudio, 
Valerio, Orosio, Eutropio, Salustio, Plutarco, Lucano, César, Petreyo, 
Afranio, Sileno (^iego), Justino, Isidoro, Sulpicio, el Pacense (Isidoro me- 
nor), Juan de Yerona, Paulo Diácono, Tnrpin, Guillermo de Ausserre, Bel- 
vais (Vicente Beauvais), Hug^o de Floriach, don Lúeas de Tuy y el arzo- 
bispo don Rodrigo, cque fué ^agüero en escrebir las ystorias» latinas. — 
Todo este aparato histórico nos dá á conocer el empeño, con que Heredia 
acometió la ardua empresa de su Grant Crónica, 

2 Cúmplenos advertir sinT embargo que ios descubrimientos arqueológi- 
cos hechos en nuestros dias imprimen cierto carácter de autenticidad á las 
maravillosas y desautorizadas leyendas, relativas á los primeros poblado- 
res de la Península Pirenaica, llamando sobre ellas la atención de los doc- 
tos. El sepulcro hallado en los últimos años en Tarragona, que ha ejercita- 
do por mucho tiempo la erudición de los arqueólogos nacionales y extran- 
jeros, teniéndole unos por auténtico, declarándole otros apócrifo, es sin 
duda uno de los monumentos que abren de nuevo la tela histórica á las 
investigaciones relativas á tan lejanos tiempos, siendo acaso posible que 
llegue dia en que figuren, no como patrañas ridiculas, y sí como hechos 
más que probables, la venida de los appdlihos, almunices ú otras gen- 
tes, cuyos nombres provocan hoy la desdeñosa sonrisa de los eruditos. 
De la arqueología, la filología y la etnografía debe esperarse mucho res- 
pecto de los tiempos primitivos de la historia de España. 



244 HISTORIA crítica de la literatura española. 
una historia general ^, ingiere en ella la yugurtina, tal como 
la refiere Salustio, y narradas las hazañas de Quinto Sertorio y 
los memorables triunfos de César, salta al «nacimiento de los go- 
dos et videgodos», apunta las expediciones de los partos y longo- 
bardos, y reparando por último en el reinado «del glorioso rey 
Bamba de los videgodos», lamenta «la destruycion de Espanya», 
punto en que termina la primera parte de su Isloría *. 

No se ha trasmitido hasta nosotros la segunda, cuyo interés 
debió ser grande respectó de la corona de Aragón, declarando He- 
redia que sehabia servido para escribirla de los libros délos «aba- 
des de San Johan de la Penya, en que se conteuian los fechos» de 
aquel reino y aun los relativos al de Navarra s. Probable es que 
entre estos monumentos contara el Maestre de San Juan la Cróni- 
ca de los Reyes de Aragón, escrita en latin por Fray Pedro Marsi- 
lio ó Marfilo, mgnge de aquella casa, y puesta ya en lengua vulgar, 
cuando se compilaba la Grant Chróntca. La de los Reyes de Ara- 
gón, de sumo interés por lo peregrino de las noticias que encierra 
y más todavía por lo característico del lenguage, muestra de los 
varios matices con que aparece el hablado en aquel reino, hubo 
sin duda de ser grandemente ütil al diligente escritor que aspira- 



1 Conságprales los libros V, VI y VII. 

2 La LamentoQion fecha por la Destruyoionde Espanya et perdición 
del grant et noble linage de los videgodos ocupa el final del libro XIV y 
último de la primera parte de la Grant Chróntca, compuesta ^n su totali- 
dad de más de setecientos capítulos, en la forma sig-uiente: Lib. I. Desde 
Tubal á la espulsion de los apeUinos, 5; libro 11^ desde la venida de Hércu- 
les á su muerte, 41; libro III^ las gestas y viajes de Ulises, con la estoría 
de Bruto, 13; lib. IV Gestas del gprantet invencible Aníbal, 35; lib. V Ges- 
tas dePublio Cornelio Scipion 10; lib. VI Gestas del grant Scipion Africa- 
no, 49; lib. VII Gestas de Pub. Scipion, Segundo Africano, 36; lib. VIU 
Gestas de Yugurta, 91 ; lib. IX Fechos de Q. Sertorio, 10; lib. X Gestas et 
memorables fechos de Julio César, 90; lib. XI. Del nascimiento de los godos 
et videgodos, 185; lib. XII Gestas de los partos; lib. XIII Gestas de los lon- 
gobardos (subdivididas en 6 partidas), 94; lib. XIV Gestas et memorables 
fechos del glorioso rey Wamba de los videgodos, 43. La expresada lamen- 
tación es casi traslado de la del Rey Sabio, ya conocida de nuestros lec- 
tores (II.* Parte, cap. XI). 

3 Prólogo de la Grant Istoria, ya oitado. 



ll/ PARTE, CAP. V. ELOG. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 245 

ba ¿ teger la historia de su patria con la historia de Castilla ^ 
Ceñida exclusivamente & la de Alfonso XI la tercera parte de su 
Chróntca, dábale fin con el famoso asedio y toma de Algeciras, lo 
cual nos lleva & sospechar que abarcando la segunda hasta la 
muerte de Fernando lY, comprendía también el reinado de don 
Jaime 11 de Aragón, según manifestamos antes de ahora <• 



1 Asi lo persuade la terminante declaración de Heredia. En cuanto á la 
versión de la Chrónica de Marsilio conviene advertir que no debe esta obra 
confundirse con las memorias latinas que durante el reinado de don Jai- 
me II escribió Fray Pedro Marsilio, dominicano catalán, ya mencionado 
por nosotros (II.* Parte, cap. XV) y muy elogiado de Amat en su Diccio^ 
narió, pág. 378. — El fray Pedro Marsilio ó Marfilo, á quien ahora aludimos, 
fué monge de San Juan de la Peña, y escribió la historia de los reyes de 
Aragón, tomándola ab ovo, pues que empieza con la noticia de Túbal, co- 
mo todos los que escribían á la sazón historias generales. De su versión he- 
mos examinado dos códices, uno en el Escorial y otro en Madrid. — La 
Real'Academia de la Historia posee también copia de ella. 

2 Obras del Marqués de Santularia, Biblioteca, n.° XXXVII. Toda esta 
tercera parte de la Grant Crónica es un estracto de la de Alfonso XI, 
á la cual se refiere con mucha frecuencia, diciendo al mencionar al rey: 
•Segunt su ystoria lo conta; segunt se troba en su ystoria, etc. — Consta 
de doscientos ochenta y tres capítulos, teniendo la impresa trescientos cua- 
renta y dos. Como se vé, sólo existen ya el primero y el último volumen de ' 
la Grant Historia, siendo por tanto muy notable el error en qiie cayó el 
entendido don Pedro' José Pidal, cuando aseguró en su Discurso prelimi- 
nar ai Cancionero de Baena (p. LXXXIV) que se guardaban en la Bi- 
blioteca de Osuna seis tomos de la misma Crhónica, ¡poniendo en uno de 
ellos el texto árabe con caracteres comunes de la Elegia á la ftérdida de 
Valencia asediada por el Cid, cuya versión castellana^ insertó el Rey Sa- 
bio en su Estoria (Véase 11.^ Parte, cap. II). El volumen en que la indicada 
elegia se contiene, ofrece la marca P. ]., lit. M., n.^ 7, y fué escrito por 
mandado de don Iñi|o López de Mendoza, ya Marqués de Santillana, j lo 
acredita el tener sus armas y empresas: tal cftmo lo fizo después de 1445, 
en la primera foja, de igual manera que todos los códices que se escribieron 
desde entonces bajo sus auspicios; de modo que ni formó nunca parte de la 
Ystoria de Heredia ni es tan antiguo como supusieron los traductores de 
Ticknor; al afirmar, con más acierto, que era un códice de la Crónica Ge- 
neral, á que realmente pertenece (t. I, pág. 515). Esto debió notar el docto 
Señor Pidal con sólo haber leido algunas cláusulas, comparando el lenguaje 
con el empleado por Heredia. £1 error fue tan adelante que tuvo también 



246 HISTORIA crítica de la literatura ESPA5I0LA. 

• 

No era pues dudoso el propósito de don Frey Juan Ferrandez 
dQ Heredia, pareciéndonos digno de notarse que al seguir las hue- 
llas del Rey Sabio, ora porque & ello le indujera la imitación li- 
teraria, ora porque obrase en él espontáneamente el convenci- 
miento de que estaba Castilla llamada á. ser representante y lazo 
común de la nacionalidad española, iljára en ella más principal- 
mente sus miradas, olvidando al cabo el reino de Aragón en la úl- 
tima parte de su obra. Pero si por una ú otra consideración cedía 
en la Grant Chrónica el interés de la localidad al sentimiento pa- 
triótico, que buscaba más ancha esfera en los horizontes de la Pe- 
nínsula, no por esto decae el precio extraordinario, que recibe de 
la misma localidad y que basta á infundirle propio y determinado 
carácter. Bien se entenderá que hablamos del estilo y más espe- 
cialmente del lenguaje empleado por el Maestre, lenguaje más 
aragonés que el usado en las Consolaciones de la Vida Humana^ 
sembrado, como el de la traducción de Marsilio, de voces de 
conocida procedencia catalana y aun provenzal; y algo diverso en 
Consecuencia de la lengua literaria de los castellalios. Estas 
condiciones, típicas de la Vrant Chróntca ó I^toría de Espanya, 
no pueden sin embargo ser convenientemente apreciadas, sin al- 
gún egemplo. Veamos la descripción que hace de la tercer bata- 
lla «que huvo Sgipion con los de Lugena» (Numancia), pasage 
que nos consentirá al propio tiempo reconocer la escuela históri- 
pa, en que Heredia militaba: 

«Qüando uino otro día en la manyana^ los caualleros et los peyones 
))de Lu^ena se armaron et sallieron de lur ciudat et pasaron lures licas 
))(fosos) et fueron en el campo de la batalla delant las tiendas de los roma- 
»nos, bien amonestados et bien exortados por lures mayores á faser todo 
»bien, et todos de una udontat hó por yen9er, hó por morir con grant 
nesperanpa de hauer vittoría. Et quando uino que lo9 romanos vidieron 
))los de Lu^ena en el campo, armáronse todos apresuradamente, caualle- 
»ros et peyones^ et uinieron al campo con ellos muyt cruelmente, los unos 



el Señor Pidal por Crhónica del Maestre un traslado de las Tres de Tobar, 
hecho sin duda para su servicio, y acaso los dos volúmenes de la Crónica 
de los Conquistadores, que en breve examinaremos. 



II.' PARTE, CAP. V. BLOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 247 

))et los Otros con grant esperanza de aver Tittoria. £t qnando vino á ora 
))de tercia, los de Lugena comengaroa á ferír en los romanos tan nigorosa- 
»ment que les fígieron voluer las espaldas et los fazien tornar fuyendo 
))Gontra lures tiendas: et la ora los romanos, mucho espauodomidos, ya non 
»esperauan* hauer uittoria en aquella batalla^ et fué entre ellos grant do- 
»lor por el grant dapno et por la grant deshonor que rebebían. 

' Mas del todo habríen estados uencidos por los de Lu^ena, sy non por el 
Mconsul Sgipion que les uino al delant, el qual los reíTrenó de lur fujda et 
ndiziéndoles muchas páranlas de reprehensión^ diziéndoles:-^iO caualle- 
»ro8!... ¿Por qué fuyedes?... £t non sabedes que en Lugena son muertos, 
Mtodos los buenos caualleros et los fuertes onbres que solien seyer en las 
»batallas passadas,et aquellas reliquias que son remanidas son muertas de 
»fambre et lures bragos non han ninguna Tuerga, et son más sombras de 
»onbres que non onbres?... ¿Qué nos dirán en Boma los otros caualleros 
»quando tomedes?... Que sodes estados vengidos por sombras de onbres, 
)}ansy como los canes que sespantan por la sombra. £t dirán que sodes 
»dichos caualleros temerosos et fugitiyos^ et non ardidos caualleros ro- 
»manos!!.. Yo yré et metermehé entra la furor de la for talega de los ene- 
»migos... Guardat que onor será á nosotros que fuyedes!.. — ^Et oon aques. 
)>tas paraulas et con que tomaua algunos de las cabegas et giráuales las 
)>caras contra los enemigos et diziales:— Aquesta es la uia de la victoria 
»et non de fuyr entra las tiendas»; et con todas aquestas paraulas et con 
»la grant uergüenza que hubieron, tornaron con Sgipion en la batalla et 
}>firieron aspramente en los de Lugena; et por la grant virtut de Sgipion 
))los romanos ouieron lo millor de la batalla» i . 



1 Lib. VII — (carece de número de capítulos y folios). — Para que los 
lectores formen juicio comparativo del lengpuaje de Heredia y el de la jirer- 
sien de Marsilio^ trascribiremos aquí alg-unas líneas de la última. -untada 
la ruina de España^ dice: «Feyta la dita persecution ó conquista, los chris-- 
»tiano8 que de la batalla ó persecución podieron escapar, se derramaron et 
»fuyeron enta las montaynas de Sobrarve et de Riva^orza de Aragón, de 
»Lerroca, de Artide, de Ordoya, de Vizcaya, de Álava, de Asturias, do fe- 
> zieron muytos castillos é otras muytas fuerzas, do se pudieren receptar et 
»deffender de los moros. Et todas aquestas tierras fincaron en poder de chris- 
itlanosque ningún tiempo las pudieron pósedir.Et los que finaron en Astu- 
xrias federon Rey á Pelayo, jsegunt en las Gorónicas de Castilla es conteni- 
»do^ por que aquí solament de los reyes de Aragón et de Navarra enten- 
»demos tractar, por que muy tiempos fueron unos, segunt veredes,» etc. — 
£n el lenguage de Heredia descubrimos ciertos elementos extraños, que dan 
á conocer la influencia del suelo, donde se escribe su Crrant Ystoria de ES' 
panya: este de la versión ofrece en cambio rasgos de mayor antigüedad^ 
y uno y otro caracterizan al romance aragoxlés, hablado en el siglo XIV. 



248 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Dicho se está que las- demás producciones de Ferrandez de 
Heredia ofrecen los mismos caracteres en orden al estilo y len- 
guaje. La Crónica de los Conquistadores consta dé dos partes, 
contenida cada cual en un grueso volumen *. «Los emperadores, 
•reyes^ monarcbas príncipes et illustres uarones... más famosos 
»et uirtuosos, que se troba que ayan senoreyado et conquerido 
•reynos, tierras et prouinQias por diversas partidas del mundo», 
ministran con sus vidas abundante materia de estudio y de aplau- 
so al respetable Maestre, «que siempre lohó et alabó los fechos 
»de los grandes conqueridores et principes»; y dedicada la pri- 
mera á los que hablan florecido en las regiones orientales, entre 
quienes dá la preferencia á los emperadores bizantinos, consagra 
la segunda parte á los que tienen por teatro de sus hazañas el 
mundo occidental, poniéndole digna corona con las prodigiosas 
conquistas de Fernando III y Jaime I, levantados ya por el res- 
peto y gratitud de Aragón y Castilla á la apoteosis da los héroes. 

César, Antonio, Octaviano, Tib'erio, Trajano, Alejandro, Se- 
vero, Constantino, Teodosio, Atila, Teodorico, Alboyno, Carlos 
Martel, Cárlo^Magno, Tariq y Muza son los principales caudillos 
que despiertan su admiración * y que mayor interés podían inspi- 
rar á los pueblos meridionales en el siglo XIY. Mas si los juzga He- 



1 Se custodian en la Biblioteca del duque de Osuna P. I. lit. M. n.*^ 5 
y 6, ^omo restos de la del Marqués de Santillana (Véanse sus Obras, Bi- 
blioteca, n.® XXXVII, pág. 606): — están escritos en rica vitela, osten- 
yindo en la primera foja el retrato del Maestre, pero son de menor tamaño 
que los dos códices Üe la Grant Chrónica, por lo cual debió advertir el 
señor Pidal, ya que no se detuviese á examinarlos, que formaban obra dis- 
tinta, no siendo verosímil que quien tanta magnificencia desplegaba, al dis- 
poner dichos MSS, consintiera esta irregularidad de tamaños en los volú- 
menes de una misma obra. 

2 Oportuno juzgamos notar que el Maestre de San Juan colocaba al 
lado de don Jaime I.^ y de San Fernando al famoso Gcnghiskan (Cangiscan), 
reconociendo en él uno de los primeros conquistadores de la edad-media. 
La primera noticia de este capitán debió sin duda tomarla del £t6ro de 
Marco Polo (cap. V), quien en 1271 (cuarenta años antes de la muerte de 
Genghiskan) visitaba su imperio y narraba sus grandes victorias. Adelante 
volveremos á tocar lo relativo á este importante libro, en el juicio litera- 
rio del Gran Maestre. 



II.* PARTE, GAP« V. ELOC. É RIST. A FINES DEL SIG. XIV. 249 

redia merecedores de alabanza por su valor y sus virtudes, no por 
esto renuncia & señalar y & vituperar cuerdamente los vicios y 
aun los crímenes que empañaron su gloria, valiéndose al propó* 
sito de aquellos medios que el arte le presentaba para hacer más 
perceptible su juicio. Al narrar por ejemplo la muerte de Teodo* 
rico, principe amado primero, merced & su generosidad y tole- 
rancia; y aborrecido en los últimos dias de su vida por su cruel* 
dad sanguinaria, condenaba enérgicamente su tiranía, compa* 
r&ndola con la feroz' rapacidad del león, elegido rey de las cuadrú- 
, pedos. Esta doctrina ponia el Maestre de resalto, ingiriendo la 
siguiente Fatda ó exiemplo del cieruo^ que nos recuerda uno de 
los más donosos apólogos del Arcbipreste de Hita: 

(cAprés que las bestias huuieron esleydo al leen por lur rey et senyor, 
ocoronáronlo, et fecho aquello, uinieron todos delant del por saluarlo et 
»por fazerle reverencia et homenatge; et mucho sesforgó cadascuna por 
»todo su poder de seruirlo et de facerle onor ansy como á lur seuyor. 
oEntre las otras uino el gieruo con sus grandes banyas qui le estauan ínuy 
»bien: et era muyt bello et era muyt grosso et de grand facgion^ et agi- 
onoyóllose devant del rey por fazerle reuerengia, como fazian todas las 
»otras. £1 león aula grand fambre, et quando lo uido tan bello et tan 
»groBso, vínole en voluntat que lo comiesse. Ansy que estando el cierao 
»aginyollado delant del león, alargó las arpas de delant et prísolo por los 
DGuemos, por comerlo allí et por fartarse en él. Mas el ^eruo^ uidiendo 
Daquello, tiróse muyt re^iament atrás quanto pudo^ assy que sacó sus 
Dcuemofl dentre las manos del león; et luego como le fué escapado, fuyó 
ncuanto más pudo á los montes grandes et largos questauan en torno de 
Dalli. Quando el gieruo se ende fué foydo» el león sabet que ende ouo 
»grant despecho et fincó muyt sanyoso et pleno de grant yra^ et tal sem- 
nblant fazia que todas las bestias que le estauan deuant, auien gtant 
»pauor. Assy que se planyó muyt malament á las otras bestias del cier- 
»uo, et menáfólo muy fuertement et mandó á las otras bestias que lo 
vgercassen en todas maneras et feziessen que gelo adugiessen delant.» 

Las bestias tienen por justa la dejpanda del león y tomado su 
acuerdo, envían el raposo para que persuada al ciervo su vuel- 
ta á la corte: hállale en una selva espesa, y después de salu- 
darle afable y cortesmente, le dice: 

«£n uerdat, amigo, mucho me desplace de nuestro mal et de nuestro 
oenoyo: que bien só cierto que non auedes tan grant culpa como se dize 



250 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

))de uos en la cort; mas bien só despagado porque aun nos venistes; que 
»todo onbre piensa que qualquiera mala cosa tenedes pebsada de fazer, 
»et por nentura uos nunqua lo pensastes. £1 cierno aquella negada res- 
»puso que nunqua auia él pensado nengun mal nin danjo del rey, nin 
))de su cort: antes dixo él: — Yo me deuo planyr de la grant crueldat et 
Duillania que el león me quiso fazer, 70 seyendo sin culpa de nenguna 
»008a que fuesse contra él; car aginjollándome devant del, por fazerle 
»reueren9Ía, me ensayó de prender et retenerme por los cuernos por co- 
))merme: por ^ierto grant crueldat et n^ala cosa ensayó de fazer^ peor que 
))nunqua nengun prínoes nin nengun senyor del mundo á nengun uasa- 
))llo suyo. — Et, amigo, dixo el raposo, á aquella ora non pensedes uos 
)>que el león lo fíziesse por aquesso que uos dezides : daquesto seyet bien 
))9ÍerÍK). Antes lo fazia por fazeruos onor, como adaquel qui amaua, car 
»quando uos aginyollastes devant del que dezides que uos priso por uues- 
))tros cuernos, non lo fízo synon que uos querria dar paz et besarvos en 
»la boca en senyal de grant amor qué uos auia». 

El ciervo engañado por las palabras del raposo, vuelve á la 
corte y al arrodillarse ante el león, le echa este las zarpas al 
cuello, dá.Ddole muerte con sus ungías. Al repartirlo entre las 
fieras, echa de menos el corazón que- había robado el raposo, el 
cual preso y puesto á cuestión de tormento, exclama: 

(( ¡ Ay^ cuytado de mi! . .• como só, tengo grant pena et grant dolor á tuer- 
))to manifiesto, et non só oydo! ¡A nuestro senyor Dios!.. Et ¿por qué me 
»demandan que diga lo que non sey, aquello onde non só culpable...? 
))Car razón natural demuestra manifiestamente que el cierno non auia 
))corazon nenguno; car cierto es que si él ouiesse ovido corazón, non auria 
» tornado aqui, nin auria uenido otra negada á las manos del león. Mem- 
))brarle denle cómo auie estado preso la otra negada primera por los 
))Cuei:nos de su cabeza, et cómo por foyr auia escapado de la muerte; pe- 
»rosi ouiesse cora9on, cierto es que auria dubdado de retornarse á meter 
»otra negada á períglo de muerte. Pues que una uegada era ende esca- 
»pado , deuiera de auer guardado que non y ouiesse vex^do por cosa del 
umundo» i. 



1 II.* Parte, fól. 144 al 148. — ^Los capítulos carecen de numeración, 
por lo cual preferimos el folio. £1 apólogo del Archipreste de Hita, que es 
virtualmente el mismo, se contiene desde las coplas 866 á la 877 inclusive 
de su Poema bajo ^1 título: ^Del castigo que d arcipreste dá á las due- 
ñas ^ etc.» — Comienza. con estos versos: < 



II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. k FINES DEL SIC. XIY. 251 

Autorizaba asi la narración el apólogo, que tan cumplido 
desarrollo habia teñido en la España Central, no sin que de igual 
suerte contribuyeran á fecundar la doctrina que el Gran Maestre 
de San Juan se proponía deducir de la Crónica de los Conquis- 
tadores , las dem&s formas literarias, cultivadas á la sazón por 
los eruditos. Pero si no olvidaba en tan notable libro el fin y ' 
ministerio de la historia, atendía sin duda á hermanarlos con los 
de la religión en la Flor de las Ystorias^ de OrieMe, manifestando , 
que era debida á las escrituras la perpetuidad de la memoria de 
las cosas pasadas, con el «conoscimiento et discregion en las es- 
deuenideras», y declarando al par que las contenidas en esta 
obra «podrían con el favor de Dios redundar en muyt grant pro- 
vecho et ensalzamiento de la fé católica» *. En dos partes'iw'in- 
cipales dividía Heredia la Flor de las Ystorias. La primera que 
lleva más especialmente dicho titulo, trataba de los reinos y tier- 
ras del Oriente, dando razón de su respectiva situación geográ- 



DueDas, avet oreias { oit buena 119100; 
Entendet bleo las fablas, f et g^iiardaruos del TaroD, 
Guardatvos non vos contesca f como con el león 
APasno sin órelas, é sin su cora9on, etc. 

£d vez del <uno puso Heredia el ciervo, suprimiendo el accidente de 
las orejas, que no juz^ó necesario para obtener el mismo efecto. 

1 £1 códice de la Flor de Uis Ystorias de Oriente existe en la Biblio- 
teca del Escorial, marcado Z. j. 2. — Consta de 312 fóls.; está escrito en vi- 
tela á dos columnas de clara y hermosa letra, igual á los códices anterior- 
mente citados. Contiene demás de los tratados que en el texto menciona- 
mos, 1.°: MonestoQion de los ricos-onbres et monestagion de los onbres 
pobres (fól. 105); 2.° El Libro De Secreto Secretorum, el qual compuso el 
grant Aristóteles (fól, 254). — El primero de estos tratados es cierta manera 
de catecismo moral para la -vida, ya en próspct-a ya en adversa fortuna: 
acabado se lee: «Ferdinandus Metinensis vocatur qui escripsit, bencdica- 
tur». — ^Este Fernando de Medina copió también la Crónica de los Conquis- 
t€tdores, compitiendo con Alvar Pérez de Sevilla, que puso en limpio la 
Gfant Ystoria, En la Flor de las de Oriente se halla el retrato de Heredia, 
miniado de la misma mano que pintó los de los otros códices; expresándose 
que es obra suya con estas palabras: «El reverent en Xpo. Padre et senyor 
>don Fray Jhoan Deredia, maestro de la Orden de Sant lohan de Herusalen... 
•mandó screvir aqucsti present libro, etc.» 



252 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

fica, de las gentes que en ellos habitaban y de sus costumbres, 
ritos y ceremonias, no sin exponer la sucesión de los empera- 
dores, reyes y principes que los habian iseñoreado y «los mu- 
damientos y guerras que entre ellos eran esdeueaidos». 

Referíase la segunda & la Tierra Santa, teniendo por base y fun- 
damento la Grant conquista Se Ultramar ^ , y encerrando uno 
de los monumentos más preciosos que en este linage de obras 
produjo la edad media. Tal era en efecto el Libro de Marco 
Polo, ciudadano de Venecia ^ , cuyas portentosas Jialracio- 
nes que emulaban las maravillas del mundo caballeresco, alen- 
tando el espíritu aventurero de nuestros mayores, prepararon 
los dos mis g;randes descubrimientos geográficos que ilustran la 
historia de la Península Ibérica en los tiempos modernos. Tarea 
por dem&s interesante seria la de poner en claro si debieron 
Vasco de Gama y Cristóbal Colon la primera idea de sus expe- 
diciones & la versión del Libro de Marco. Polo, hecha por He- 
redia; y si por ventura diese resul&do afirmativo, no dejaría de 
causarnos admiración el valor profetice de las palabras del ilus- 
trado maestre: ningún suceso más provechoso ni de mayor en- 
salzamiento para la fé católica que los descubrimientos del Cabo 
de Buena-Esperanza y del Nuevo-Mundo. 

Dos redacciones, ambas originales, bien que demérito diver- 
so, pudieron servir de texto para esta versión del Libro de Mar- 
co Polo 3; mas sea cual fuere su procedencia, bien ser& advertir 



1 Heredia dice con frecuencia, refiriendo los hechos de las cruzadas y 
toma de Jerusalen: «Asy como se cuenta en el libro de las Ystorias de la 
Conquista de la tierra sancta,* etc.; Trábase en la Ystoria de la Conqtusta 
de Ultramar f etc. • £1 famoso libro traido á nuestra lengua por mandado de 
Sancho IV, dio algunos materiales para componer el que Ueva por título 
Libro Ultramarino,- áe que hablaremos después. * 

2 Este precioso monumento se contiene desde el fól. 58 al 104 inclusive. 

3 La primera fué escrita por Rusticiano de Pisa, famoso ya por haber 
compilado algunos libros de caballerías del ciclo bretón, entre los cuales "se 
contaba el Lanzarote del Lago, cuya seductora lectura produjo el crimen 
de Francesca de Rimini, pintado por el Dante (Inf. cant. V). RusUciano, 
prisionero de los venecianos en 1298 con Marco Polo, oyó de boca de este 
sus extraordinarios viages y los *quiso legar á la posteridad, escribiéndolos. 



Il/ PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. k FINES DEL SIC. XIV. 253 

que hubo su egemplo de producir cierto efecto saludable en la 
república de nuestras letras, pues que no fué la única relación de 
largos y sabrosos viages hecha por aquellos dias, según en breve 
notaremos. Descritas aquellas fértiles regiones no solamente con 
la novedad que tenia de suyo lo peregrino de sus costumbres, ri- 
tos y ceremonias, sino también con la gala y frescura de una 
imaginación rica y juvenil, consérvase en la traducción de Here- 
dia el rudo y primitivo encanto del original, llamando al propio 
tiempo la atención de la crítica el colorido especial que recibe 
del dialecto [castellano-aragonés], en que se halla escrita. 

Védanos el temor de ser difusos al trascribir aquí algunos pa- 
sages, conocida ya, por los arriba copiados, la índole caracterís- 
tica del lenguaje empleado por el docto Maestre de San Juan en 
todas las obras que llevan su nombre. £1 Libro de Marco Polo 
forma sin embargo la parte principal de la Flor de las Ystorias de 
Oriente y dando levantada idea del noble anhelo, que animaba al 
autor de la Grant Chrónica y de la Crónica de los Conquistado^ 
res en el cultivq de la historia, & que se inclinan con preferencia 
los espíritus elevados, completa dignamente el cuadro de sus 
meritorias producciones. Lástima es que ignorado absolutamente 
de los eruditos, duerma todavía en el polvo de nuestras bibliote- 
cas un libro, que tanta honra puede conquistar al nombre- espa- 
ñol, con verdadera gloria de don Frey Juan Ferrandez de He- 
redia ^ * 



La segunda redacción fué debida á Tibaldo de Cepoy, quien pasando á Ita- 
lia en 1307, por mandato de Carlos de Valois, para adquirir noticias sobre 
el Oriente, rectificaba el libro de Rusticiano á presencia de Marco Polo y 
lo reduela á más castigado y correcto lenguaje. Una y otra redacción están 
en lengua francesa, siendo hoy muy difícil resolver, por la libertad con 
que se hacían á la sazón todo linaje de versiones, cuál pudo ser preferida * 
por el Maestre de San Juan. 

1 Lástima es en verdad que un libro que tanta influencia pudo tener 
en los dos grandes acontecimientos que dejamos citados arriba, permanezca 
de todo punto ignorado, habiéndose dado á luz otras versiones latinas, ve- 
necianas ó toscanas^ mucho más modernas é incompletas. Gran servicio se 
prestaría á la historia de los descubrimientos marítimos, publicando, co- 
mentando é ilustrando el £t&ro de Marco Polo; y ya que nosotros no po- 



254 HISTORIA crítica de la literatura española. 

No ha logrado figurar tampoco en las obras criticas que tra- 
tan de nuestra literatura, otro prelado, merecedor de señalado 
lugar en su historia, aun cuando sea únicamente bajo el aspecto 
del lenguaje. Citóle ya no obstante con elogio, bien que muy de 
pasada, Gerónimo de Zuritas, como cultivador de la historia pa- 
tria en las cosas de Navarra ^ ; y por fortuna se ha trasmitido 
á nuestros días su Crónica de los fechos sub^edidos en España 
dende sus primeros señores fasta el rey Alfonso X/, á. que alu- 
dia el historiador aragonés, para ministrarnos cabal idea ^de la 
lengua hablada y escrita en dicha comarca y de la parte que to- 
maron los ingenios navarros en er desarrollo de la cultura nacional 
en la segunda mitad del siglo XIY. — ^Fray García de Eugui, obis- 
po de Bayona* que no otro es el referido personaje, autorizado por 
su saber y sus virtudes en la corte de Cirios el Noble, cuyo 
confesor era, acometía pues la empresa de trazar una historia 
general de España, «segunt se trueba por scripto en diversos 
libros antigos», si bien reduciéndola & breve compendio *. Ha- 
bian los sabios dividido «todos los tiempos pasados, después que 
Dios formó & Adam, en VI hedades»; y deseando el obispo ga- 



(lemos consagrarnos á estas tareas, ni contamos con medios para dar á la 
estampa esta y otras mil joyas de nuestra literatura, no será mal que exci- 
temos aquí el celo de la Dirección de Hidrografía, á quien realmente cumple 
el llevar á cabo este linage de publicaciones. Véanse las Ilustraciones de 
este volúmei\. 

1 Enmiendas á las Crónicas de Ayala, prólogo.: Crón, del Rey don 
Pedro f ed. de Llaguno, pág. XVilI. Es de notar que sólo hay en el libro 
del autor citado, como después veremos, un catálogo de los reyes navarros: 
lo principal de su historia se refiere á la España Central, por lo cual no fue 
tan exacta, cual de costumbre, la cita de Zurita. 

2 Dos códices hemos examinado de esta Crónica, El primero existe en 
la Bibloteca Nacional, signado F. 113 y fué propiedad de Zurita: el segun- 
do en la del Escorial coii la marca: X ij 22. Este pertenece al siglo XY: 
aquel al XVI: ambos tienen el siguiente encabezamiento : cEstas Crónicas 
^(Canónicas dice en el M^. del Escorial) fizo escribir el reverent en Jhu. 
nXpo. padre don Fray Gar9Ía de Euguí, obispo de Bayona, de los fechos que 
» fueron fechos antiguamente en Spanya, segunt se trueba por scripto en di- 
«uersos libros antigos, etc. etc. — Cita uno y otro MS. Pérez Bayer en sus 
Notas á la Biblioth. VeL, lib. IX, cap. VII. 



II.* PARTE, CAP. V. ELOC, É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 255 

nar reputación de entendido, ajustábase á,esta división, que ei(- 
plica en el prólogo, dando principio á su crónica con la pobla- 
ción del mundo por los hijos de Noé, pauta generalmente se- 
guida de los historiógrafos escolásticos en todas las naciones 
meridionales. 

Con las fábulas y vulgares tradiciones sobre la fundación de 
Toledo, coetánea de Abraham y asiento de Hércules, cuyas vic- 
torias encomia, empieza la narración que constituye en las tres 
primeras edades la más peregrina urdimbre de anacronismos, 
mezclando multitud de hechos y noticias inconexas é impertinen- 
tes hasta llegar á las guerras púnicas, época á que pone fin la 
destrucción de Cartago y la muerte de Escipion, el Africano. 
No guarda Fray García mayor orden, af referir los sucesos com- 
prendidos en la cuarta y quinta ed^, observando el extraño 
método dé retrotraer la. relación á los tiempos primitivos, lo cual 
la hace por demás difícil y penosa ^ Alguna mayor regularidad 
cobra,* al tocar la dominación romana; pero pasa por ella tan de 
ligero que apenas deja espacio para recordar las altas proezas 
del heroismo.español, ni menos para comprender la grandeza 
del pueblo-rey, ora bajo los estandartes de la República, ora 
bajólas águilas del Imperio. Cierto es que no llaman más lar- 
gamente su atención las invasiones de los bárbaros, ni menos la 
historia de los reyes visigodos, ni de los Concilios toledanos, de- 
teniéndose únicamente, al mencionar á Wamba, principe que 
goza en la edad media de extraordinario crédito, merced sin du- 
da á la historia de San Julián, ó tal vez á la famosa división 
eclesiástica que se le atribuye. 

El obispo de Bayona, contada la muerte de Egica, pone cin- 
co reyes, cuyos nombres suenan por vez primera en la crono- 
logía de los visigodos, mostrapdo que era llegado el instante 
de crear á placer personages históricos, asi como nacian en la 



1 Narrada la fundación de Cartagena por Elisa Dído, expone los fechos 
de Span: acabada la tercera edad con la muerte de Scipion Afriano, empie- 
za la cuarta con la historia de David; la quinta da principio con la transmi- 
gración de Babilonia, etc. — Semejante procedimiento no puede ser más con- 
trario á la natural ilación de los sucesos históricos. 



256 HISTORIA crítica de la literatura espaüola. 
iinaginacioii los héroes caballerescos: Cindos, ^ndos^ Nundos^ 
Redros y Predros¡ monarcas eran soberbios y crueles que ha- 
bian usurpado la corona, preparando el calamitoso reinado de 
Wtiza (Obtigia) y el m&s desastroso de don Rodrigo, al cual no 
falta ninguna de las fantásticas invenciones del palacio y cueva 
encantada, que tomaban casi al mismo tiempo en la España Cen- 
tral colosales dimensiones >. 

Al desastre de Guadalete sigue la conocida lamentación de 
España, repetida desde los tiempos del arzobispo don Rodrigo 
por todos los historiadores y cronistas. El noble alzamiento de 
don Pelayo encabeza el breve epítome de los reyes cristianos de 
la monarquía asturiana y leonesa; y explicado el nacimiento del 
condado de Castilla, Cf)ntinua la exposición de los sucesos más 
notables que van dando fuerza al espíritu nacional, teniendo por 
guia la Estoria de Espanna del Rey Sabio *. Al reinado de Fer- 
nando III, viene por último el obispo de Bayona, no sin elogiar 
sobre manera la buena memoria de doña Berenguela (Belengue- 
ra): las grandes conquistas del Rey Santo-excitan por breves mo- 
mentos su entusiasmo patriótico; pero dejado al faUecimiento de 
aquel héroe el f^ro historial que le ilumina, entra en el reinado 
de Alfonso X, plagando la narración de incoherentes patrañas, 
nacidas en la malquerencia y la admiración, que engendran la 
sabiduría de aquel príncipe y la ignorancia de sus coetáneos. Más 
seguras Son las noticias de Fray García de Euguí respecto 4e 
don Sancho IV y de su hijo, ofreciendo verdadero interés las 
relativas al reinado de Alfonso XI, cuyas últimas victorias aplau- 
de, insertando cierta manera de catálogo de los reyes, señores 
y capitanes extrangeros que le ayudan en la inmortal empresa 



1 Véase el examen que á coníinuaclon hacemos de la Crónica del Rey 
don Rodrigo. 

2 Esta influencia no puede desconocerse sobre todo desde el reinado 
de Alfonso VI en adelante. £1 obispo décia sin embargpo, al narrar los últi- 
mos anos de Fernando III: «Fasta aquí escribió el arzobispo don Rodrigo en 
»el anyo que andana la Era en mil doscientos et ochenta et uno, á los 
sveynte et cinco anyos que reinaua el rey don Ferrando et á los treynta et 
>tres anyos quál fuera arzobispo», etc. etc. (fól. 16S del cód. de Madrid).— 



n.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 257 

de Algeciras. Una genealogía de los reyes de Navarra desde 
Iñigo Arista hasta don Carlos, «fijo de la reina doña Johana», 
cierra la Crónica de los fechos de Espanna^ que termina en la 
Era de 1427 [1389] *. 

Notable es en verdad la doble circanstancía que la asemeja, 
& la Ystoria del Maestre de San Juan, manifestando que uno y 
otro se habian valido, ya de las Crónicas de Tovar, ya de la Ge-^ 
neral de Castilla^ para escribir el reinado del último Alfonso *, 
y que en ambos dominaba el mismo presentimiento histórico de la 
supremacía, que iba á ostentar en breve la España Central sobre 
todos los extremos de la Península, fundando la unidad nacional 
por tantos 'siglos codiciada. Pero si Fray García de Euguí cede, 
tal vez & pesar suyo, al influjo de esta idea trascendental, no 
por eso descubre un criterio, á. cuya luz se desvanezcan los erro- 
res que plagan su libro, subiendo de punto su credulidad en 
cuanto atañe & las maravillosas consejas abrigadas por la mu- 
chedumbre y no reparando en contribuir & viciar el sentido his- 
tórico respecto de épocas y personages harto cercanos & la edad 
en que escribe. Un siglo solo se contaba desde el fallecimiento 
del Rey Sabio, viviendo el fruto de su doctrina y el respeto de 
su nombre en la mente, en el corazón y en la enseñanza de los 
doctos, cuando el obispo de Bayona que le debia los aciertos de su 
Crónica^ le pintaba del siguiente modo: 

«Aniño assi queste rey don Alfonso oujdaua saber mucho et nn dia 
»dizo en público que asi él ouiesse estado con Dios, quando formó el mim- 
»do que mellor sería hordenado que non es. £t esto pessó mucho á núes- 
»tro Senyor Dios et sinon que la Virgen Sancta Maria rogaua á 
dDíos por él, luego auna estado perdido. Et cuentan algunas jsto- 
•rias que hun santo Home veno en aquel tiempo al Infant don Msúiuel, 



1 Podemos fijar la época en que Euguí escribe teniendo presente que 
hablando de don Enrique II y de su esposa doña Juana, observa que f estos 
«ovieron un fijo que ovo nombre don Johan et una fija que le dezian doña 
«Leonor, reyna de Navarra que oy es» — (fól. 129 del Cód. £scur.)« 

2 De Heredia lo sabemos por declaración propia: de Euguí puede afir- 
marse, considerando la procedencia y exactitud de las noticias que en esta 
parte extracta. 

Tomo v. 17 



258 HISTORIA crítica de la literatura ESPAfíOLA. 

«hermano del dioho rey, et díxole que su hermano el rey don Alfonso ayU 
«pecado contra Dios: que si non por la deuocion que auia en la Virgen 
«Santa Maria et quella rogaua á Dios por él, luego seria perdido, et que 
))si s'arrepentiesse, Dios auerle hia merged. £t lu^ este infant don Bía- 
«nuel fuesse para Sebilia, do era este rey don Alfonso, et fabló con él 
»muy largamente deste fecho et el dicho rey don Alfonso repúsole que 
«non se repentia de lo que dicho auia et que aun la hora lo dizia. £t 
«nuestro Senyor Dios la hora dióle cierta maldición, que turasse, segont 
«algunas scrípturas dizen fasta el séptimo genollo suyo, et que dalli 
«ante más non eredase los rejmos, mas que los ouiese uno que uernia de 
»la parte de Oriente; que en su uida seria desposedido él de los reynos. 
«et assi fué» i. 

No hay para qué detenernos ahora & refutar estas invencio- 
nes, cuyo origen y repugnante inverosimilitud quedan en lugar 
propio reconooidos ^. Demás de caracterizar la critica histórica del 
confesor de Carlos, el Noble, sirve no obstante este peregrino 
pasage para apreciar hasta qué punto era natural en Navarra la 
lengua de Castilla y cómo al declinar el siglo XIY, obedeciendo 
la ley común que preside al desarrollo de la cultura española, la 
emplean los ingenios navarros cual digno y propio instrumento 
literario. Curiosoes también comparar el estilo, de Fray Garcia de 
Eugui con el de don Frey Juan Ferrandez de Heredia: mientras 
aparece el primero máis conforme con el de los escritores caste- 
llanos, así como el lenguage menos cargado de voces extrañas, 
hay en la frase del Maestre más variedad y riqueza de colorido, 
si bien la misma libertad en distribuir las tintas y lo nativo de 
los colores hacen el cuadro con sobrada frecuencia en demasía 
abigarrado. 

Verdad es que esta diferencia nace, fuera de los accidentes 
locales y de las dotes personales del escritor, de la naturaleza 
especial de la materia por ambos tratada; y aunque el obispo de 



1 Fól. 128, V.— Eugui conocia sin duda la Crónica de don Pedro IV 
de Aragón, en que según notamos al tratar del Rey Sabio (II* Parte^ eapí- 
tulo IX, pág. 449) se recogió por vez primera esta calumnia histórica^ muy 
repetida en todo el siglo XV. 

2 Véase el cap. IX de esta II.* Parte, Primer Subciclo, t. UI, págs. 44S 
y siguientes. 



11.* PABTB, CAP. V. ELOC. É HIST. k FINES DEL SIG. XIV. 259 

Bayona, con más credulidad de rapsoda que juicio de historiador, 
teje una larga serie de cuentos, llévale el Maestre inmensa ven- 
taja al recojer, principalmente en la Crónica de los Conquista- 
dores y en la Flor de las Ystorias de Orient, las bizarras nar- 
raciones de aquellas ignoradas edades y comarcas, valiéndose, 
como v& probado, de diversas formas literarias y acercándose 
cada vez más á las fantásticas creaciones del mundo caballe- 
resco. 

Y no dejaban de inclinarse al mismo sendero los trabajos 
históricos, hechos en la España Central á fines de la centu- 
ria XIY.* y en los primeros dias de la siguiente. Por más que el 
celebrado Canciller López de Ayala intentara infundir á la historia 
nacional cierta severa rigidez y noble imparcialidad, templadas por 
la imitación artistica de los escritores clásicos, y en particular de 
Tito Livio, su incansable afán de enriquecer la literatura patria, 
había contribuido á impulsar, con la versión de la Crónica 
Troyana, la creciente afición á lo extraordinario y maravilloso, 
produciendo su ejemplo en este punto análogo resultado al que 
daba su protesta contra el arte alegórico en las esferas del patrio 
parnaso. 

Tuvo sin embargo el interés de actualidad, ya que no el 
particular de los reyes, celosos intérpretes, que procurasen fijar 
los hechos coetáneos: para que quedasen «en la membranza 
• común et fuesen enxiemplo de obras buenas», escribía Johan 
de Alfaro, hidalgo de la corte de don Juan I, «las nota- 
bles fazaoas de este magnifico et muy virtuoso et bien aventura- 
do rey», mostrándose una y otra vez cual testigo presencial de 
los sucesos que narra, y comunicando por tanto á su Crónica 
singular interés y verdadero colorido ^. No abarcó Alfaro todo 



1 Dieron á conocer esta Crónica de don Juan I los traductores de Bou- 
tterwek, de quienes el alemán Ciarás tomó las noticias que pone en su 
CtMdro de la literatura española de la edad media, (t. 11, pá^na 461 y 
siguiente8).-^Lástima fué que los referidos traductores, que tanto empeño 
mostraron en los extractos de otras producciones, sólo copiaran de este libro 
algunas líneas (pág. 258). Las que insertan, si no ofrecen entera idea déla 
Crónica, bastan sin embargo para quilatar su estilq y lenguage. 



260 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

el reinado de aquel principe^ suspendiendo su relación en el de- 
sastre de AIjubarrota, que llenó de amargo luto t Castilla, lo 
cual nos induce k creer que se apartó de su primer intento en el 
mismo año de 1585, si ya no es que le sorprendió la muerte en 
aquella meritoria tarea ^ Más cuidadoso del estilo y lenguaje 
que el común de los escritores de su tiempo, manifiéstanos Johan 
de Alfaro que no careció de buen gusto, hijo sin duda de no des- 
preciable educación literaria; y aunque no tiene la enérgica se- 
veridad de Ayala ni la* variedad pintoresca de otros cronistas 
posteriores, es merecedor de estima aun bajo el simple aspecto 
de las formas. Veamos, para formar concepto de su estilo, có- 
mo expone los precedentes de la desastrosa jornada de AIju- 
barrota. 

«Abastarle debiera á la gente del rey el vencimiento, segund que fué 
Mganada la vuelta de la cibdad. Mas como el rey ovo atdsagion qne el de 
»Portogal avia ánimo de tornarse , et por bien claras palabras assi lo 
navía mostrado, por ende tovo por mengua non fazer el conseio de los 
))caualleros man^elios que con él eran et muchos otros que avian el auan- 
«guarda, maguer que el maestre et Alfon de Villagargia et Diago Gómez 
wet Pero Perejra et Rodrigo Chacón, el viejo, et el señor de Castro-Xeriz, 
»et el adelantado Manrique et Joan Duarte et Juan de Robledo et Pedro 
»de Sant Llórente et Joan de Rio, el de Francia, fablaron ende con el 
wrey et dixéronle que Su Merged ordenasse de non combatir los de Por- 
Mtogal ; ca la gente del rey et las mesnadas dellos avian grand lassitud et 
«sería grant daño, si se retrayessen. Et el rey non gelo coibdando, arre- 
»meti6 el cauallo et siguiéronle todos en aquel fecho» etc. etc. 

Pocos ayudadores tuvo sin embargo en tan útil y modesta 



1 La Crónica abrazaba en consecuencia el período de seis años [1279 
á 1385]: es un volumen de setenta y dos fojas, escrito en per^mino con 
mucho lujo palcográflco, en cuya primera página se lee: cAquí comien9a 
»la estoria que escribió Johan de Alfaro. — Porque los fechos de los ornes 
«queden en la membran9a común et sean enxienplo'de buenas obras etc. etc. 
» — intenté escrebir las notables fazañas del nuestro magnífico et muy vlr- 
stuoso etbien aventurado rey don Johan, segund sus fechos et acaesfimien- 
to8, ele». 



II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 261 

empresa. Los que aspiraban & consignar los hechos presentes, 
dominados al par del anhelo de aparecer doctos y del espíritu 
romancesco que habia invadido la sociedad de la suerte que de-- 
jamos notado, ó ya obedeciendo aquel secreto y misterioso im- 
pulso que mueve las plumas de Ferrandez de Heredia y de Eu- 
guí á trazar la historia general de España, tomando por base la 
de Castilla, tienen por objeto de sus tareas la referida historia, 
ya desde los tiempos más remotos, ya desde el reinado de don 
Pelayo *. Cuéntase entre estos cultivadores, cuyos esfuerzos 
veremos repetidos en varios conceptos durante el siglo XV, 
Juan Rodriguez de Cuenca, despensero mayor de la reina doña 
Leonor, esposa de don Juan I ^. De su mano es el compendio 



1 El entendido Llaguno en la advertencia á su edición del Sumario 
de los Reyes de España atribuyó la redacoion de este y los demás compen* 
dios históricos que ofrece en aquel tiempo la literatura española, á la diñ- 
cultad de adquirir y conservar las obras completas, y al deseo de instruirse 
en la historia de los reinados anteriores, formando resúmenes que sirvie- 
sen de auxilio á la memoria. Esta idea acepta y aun da como suya el ya 
referido Clarús (loco citato, pág. 459), sin advertir que tiene aquel hecho 
un origen y una explicación más filosófica en el desarrollo de los estudios 
históricos, cualquiera que sea su carácter en la expresada época. ¿Como ex- 
plicará sino la aparición del Mar de Historias, de la Atalaya de Crónicas, 
del Valerio de las Historias, la Suma de Crónicas, el Anacephaleosis, el 
Paralipofnenon Hispaniae y tantos otros libros de igual naturaleza debí* 
dos á varones muy doctos y que por tanto no podían pasar plaza (sobre to- 
do escribiendo en latin) de simples abre viadores?.. ¿Qué significación ten- 
drían los poemas históricos de igual índole, y en especial Las Edades del 
Mundo, escritas por el sabio don Pablo de Santa María?.. Los compendios 
á que nos referimos, siguen la misma ley de las obras de mayor extensión, 
tales como las Chrónicas de Heredia, y reflejan vivamente el común 
deseo de contemplar en un solo cuadro la historia universal y muy espe- 
cialmente la de toda la Península, obedeciendo así á otra necesidad más 
alta y trascendental de la civilización española, á que iba á servir en breve 
de lazo y centro común la nacionalidad de Castilla. 

2 £1 oficio consta por declaración del mismo autor en el cap. XLII del 
Sumario: la averiguación del nombre fué debida al docto marqués de Mon- 
dejar en su Corrupción de Crónicas (v. 9,181 de la Bibl. Nac.) y en sus 
Memorias de, don Alonso d Sabio, pág. 90, de donde lo tomaron Llaguno 
y cuantos han hablado después del Sumario referido. (Conveniente nos pa- 



262 HISTORU CntTIGA DE LA LITERATURA BSPAflOLA. 

que intitula Sumaría de los Reyes de España, el cual empieza 
con el héroe de Covadonga y termina en vida de don Enri- 
que III^ de quien sólo hace un breve elogio, declarando que ha- 
bía «puesto sus regnos en temor de justigia, qual nunca en nín- 
»gun tiempo de los reyes de Castilla et de León; por lo qual 
•(observa) es muy amado é muy loado de todos los pueblos 
»de los sus regnos et también de los regnos comarcanos» ^ 
Ligeras son asimismo las noticias que ofrece de los demás reyes 
en todo el Sumario , si bien se detiene algún tanto en los que son 
para él de mayor estima, tales como don Fruela, don Alfonso el 
Casto y Ramiro I en la primitiva monarquía asturiana, y don Fer- 
nando el Mayor, Sancho el Fuerte, Alfonso Vil el Emperador, y 
Fernando III, el Santo, en la castellana, despojando en su, relación 
de la importancia que tienen realmente á un don Alfonso X, don 
Sancho lY y don Alfonso XI, sin duda porque en sus Coránicas 
especiales estaban «contados por menudo los grandes fechos é co- 
sas quellos fegieron» ^. No hace Rodríguez de Cuenca la misma 
prevención respecto de los reyes don Pedro, don Enrique II ydon 
Juan I, y sin embargo se limita á condenar simplemente el rei- 
nado del primogénito del último Alfonso, narrando la anécdota del 
judio Aben Zarzal, que recuerda las cartas del Benahatin inser- 
tas por el Canciller Ayala en su Crónica ^, y & elogiar á los 



rece advertiir que el diligente Llaguno limpió el texto del Sumario de los 
aditamentos que al mediar el siglo XV^.hubo de ponerle algún curioso, por 
lo cual es su edición de sumo precio (Madrid 1781). Los referidos adita- 
mentos aparecen al pié del texto por via de notas bibliográficas. No termi- 
naremos esta, sin apuntar que en algunas memorias del reinado de don 
Enrique III se menciona como su ccapellan é cronista» un Fernán Nuñez 
de Cuenca^ hijo de Alvar Nuñez, ccriado de la casa del rey» ; pero si es- 
cribió parte de su historia, no ha llegado á nuestras manos, ni dÁ muestra 
ni noticia de ella escritor alguno, que sepamos. 

1 Cap. XLllI. 

2 Caps. XXXVI, XXXVII, XXXVIII y XXXIX. Las cláusulas á que alu- 
dimos, no pueden ser más terminantes ni repetidas. 

3 Véanse el cap. XXTI del año XVIII y el III del XX. La anécdota de 
Aben Zarzal, de cuya certeza atestigua Rodríguez de Cuenca con don 
Moseh Aben Zarzal, físico de Enrique III, cuando escribe, disculpa ingenio- 
samente la vanidad de los juicios astrológicos. 



II.* PARTE, ^AP. V. ELOG. É HIST. A FINES DEL SIG. XIY. 263 

dos segundos, de quienes se muestra particularmente obligado. 
No carece el Sumario^ & pesar de su mortificante brevedad, 
de algunas anécdotas y tradiciones, no recogidas antes en otras 
historias, las cuales contribuyen & darle cierta novedad é inte- 
rés, mostrando el propósito que tuvo el Despensero de doña 
Leonor y al escribirlo. € Cosas especiales de las que en tiempo de 
•los quarenta reyes comprendidos en el Sumario acaescieron», 
eran & juicio de Juan Rodríguez el razonamiento que hizo Rami- 
ro I en la última hora & su hijo Ordeño I, pasage en que brilla 
grandemente el espíritu didáctico que animaba á las letras caste- 
llanas 1; la querella de Fernando el Mayor contra el Pontífice y 
el Emperador, que intentaba someter & tributo el nuevo reino de 
Castilla, punto en que se reflejan con notable energía las creen- 
cias populares y las tradiciones consignadas en los poemas ó 
cantares del Cid ^; la partición del reino por el mismo soberano, 
hecha á instancias y por mandato de San Isidoro, que le aparece 
en sueños ^; el asesinato de don Sancho ante los muros de Zamo- 
ra, pintado ya con el colorido de los romances ^; el juicio, fallo 
y escarmiento hecho por Alfonso YII en la persona de un infan- 
zón gallego, que habia vejado á un labrador, rasgo característico 
del pode^ de los monarcas de Castilla en toda la edad me- 
día ^; y otros acaecimientos de igual naturaleza,* más ó menos 
confirmados por los cronistas é historiadores. Estas circuns- 



1 Cap. X. La lectura de este razonamiento trae á la memoria el Libro 
de los Consejos et Castigos ^ don Sancho IV, como recuerda el de los 
Conseios et consejeros de don Pedro Barroso, y el de los Castigos et con» 
setos de don Juan Manuel, en sus lug^ares propios examinados. 

2 Cap. XXIV. Todo lo relativo á este punto está visiblemente tomado 
de la llamada Crónica rimada 6 Leyenda de las Mocedades dd Cid, sien- 
do esta una prueba más del popo acierto, con que imagpinó Ticknor que dicha 
leyenda habia nacido en el siglo XV. 

3 Cap. XXIV al final. 

4 Cap. XXV. 

5 Cap. XXVIII. £1 deseo de no ser difusos nos veda el trasladar aquí 
este peregrino juicio, en que resplandece la justicia de los reyes, amparan- 
do á los pecheros y menesterosos contra ia rapacidad desapoderada de los 
fuertes. 



264 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

tandas que dan indudablemente cierto precio al Sumario de las 
Reyes de España^ no siempre se hallan realzadas por las cuali- 
dades del estilo: la narración corre & menudo con facilidad y 
soltura; el lenguage es generalmente sencillo; pero aun cuando 
despojado de ociosos adornos, ni tiene el nervio y brillo que 
caracterizan & la mayor parte de los cronistas de reinados particu- 
lares, ni la severidad que imprime su coetáneo Ayala á la nar- 
ración, inclinándose con harta frecuencia más al panegírico que 
al juicio histórico. 

De esta» vaguedad de estilo, llevada no obstante al mismo ex- 
tremo de incertidumbre en que se muestra la narración, adolecia 
otro linage de crónicas de las cuales puede señalarse como tipo 
y modelo la que lleva por título en los códices del tiempo: Genea- 
logía de los Godos con la desíruycion de España y fué impresa, 
en su mayor parte, con el de: Crónica del Bey don Rodrigo etc *. 
Era su autor Pedro del Corral, quien pareció darle nombre de 
Crónica Sarracina^ despertando á tal punto, con sus fabulosas 
narraciones, la indignación de los hombres de gravedad y juicio 
que hizo prorumpir á Fernán Pérez de Guzman en estas notabi- 
lísimas palabras: «Algunos (escribia) que se entremeten de es- 
•crevir et notar las antigüedades, son onbres de poca vergüenza, 
»et más les pláge relatar cosas estrañas et maravillosas que uer- 
•daderas et giertas, creyendo que non será ávida por notable la 
•ystoria que non contare cosas muy grandes et graves de creer, 
»ansi que sean más dignas de marauilla que. de fée, como en 

1 Asi apareció en 1511, contándose oirm muchas ediciones en todo el 
siglo XVI y parte del siguiente. Nosotros liemos examinado diferentes códi- 
ces, y entre ellos el signado en la Biblioteca Nacional con la marca F. 89, 
que consta de 505 folios mayores^ y el que en la del Escorial se regis- 
tra X. I. 12, escrito asimismo en fóUo y muy digno de estima por las ra- 
zones que veremos. El códice de Madrid tiene este epígrafe^ demás del tí- 
tulo citado en el texto: «Este libro es la ystoria del rrey don Rodrigo con 
>la genealogía de los rreyes godos «t de su comiendo, de dónde vinieron ct 
»assy mesmo desdcl comiendo de la primera pobla9Íon d'Espana, scgunt lo 
•cuenta el arzobispo don Hrodrigo desde la edificación do la torre de Babi- 
»lonia fasta dar en la Corónica del rrey don Rodrigo. Et aqui se cuentan en 
>el principio parte de los trabajos de Ercoles et de cómo ucno en £s- 
spaña. 



IK* PARTE, CAP. V. BLOC. É HIST. A PINBS DEL SIG. XIV. 265 

»naestros tiempos ^ fizo un liviano et presunptuoso onbre, lia- 
»mado Pedro Corral en una que llamó Coránica Sarracina^ que 
»m¿is propiamente se puede llamar trufa ó mentira paladina. 
»Por lo qual si al presente tiempo se practicasse en Castilla aquel 
•muy notable et útil ofTigio que en el tiempo antiguo que Roma 
» usaba de grant poligia et civilidat, el qual se Uamava Censoría^ 
•que avía poder de examinar et corregir las costumbres de los 
•cibdadanos, él fuera bien digno de áspero castigo: ca si por 
«falsar un contrato de pequeña contía de moneda, meresge el es- 
•criuano grant pena ¿quánto más el coronista que falsifica los 
•notables et memorables fechos, dando fama et renombre á los 
•que non lo meresgieron et tirándolo á los que con grandes pe- 
•ligros de sus personas et expensas de sus fagiehdas, en defen- 
•sion de su ley et seruigio de su rey et utilidad de su república 
•et onor de su linage, finieron notables actos»?... *. Fallo es este 
que, honrando sobre manera el talento de Fernán Pérez y des- 
cubriendo un sentido histórico de alta trascendencia, logra ente- 
ra confirmación respecto de la Crónica (fel Rey don Rodrigo 6 
Genealogía de los Reyes godos, con la destruycion de España. 

1 En el códice del Escorial dice: otros tiempos, 

2 Mar de Historias, prólogo de la III.* Parte, intitulada: Generaciones 
et semblanzas» Galindez Carvajal en sus Adiciones Genealógicas, añadió al 
citar la Crónica Sarracina: c Otros la llaman del rey don Rodrigo». £1 
juicio del señor de Batres lo confirmó el sabio Ambrosio de Morales^ dicien- 
do: «La corónica que vulgarmente anda con título de La Destruycion de 
^España 6 del Rey don Rodrigo, se tiene entre todos los que algo entien- 
»den por cosa fingida y fabulosa, teniéndose por cierto ser esta obra aque- 
»lla, de quien Fernán Pérez de Guzman (dando las causas porque muchas 
> veces les falta el crédito á las historias) dize estas palabras: Algunos que 
*se entremeten, etc., etc. y copia hasta trufa^ ó mentira paladina {Chróni- 
^ca general, lib. XII, cap. LXIV), — De notar es que otro escritor no des- 
> preciable^ copiando un largo fragmento de la Genealogia de los Godos ó 
^Crónica del rey don Rodrigo, observa: cEsto es lo que dize aquella Coró- 
»nica, cuyo autor fué Pedro del Corral; y aunque algunos no la tienen por 
» verdadera, en muchas cosas lo es» (Bernabé Moreno de Vargas, Historia 
de Marida, lib. I, pág. 13). En efecto, la crónica MS.* es verdadera en 
lo que toma del arzobispo Ximcnez de Rada, relativo á la cronología de los 
reyes godos, y en lo que se refiere. á la historia de la reconquista hasta el 
reinado de don Enrique III, según abajo notamos. Posible es que Moreno de 
Vargas aludiese á una ú otra parte. 



266 HISTORIA CRITICA DB U LITERATURA BSPAÜOLA. 

LimiULQdose la primera parte á exponer la sucesión de los 
principes visigodos, conforme la cuenta del arzobispo don Ro- 
drigo, lleg&base & la elección del último de aquellos monarcas, 
pttnto en que empieza realmente el verdadero asunto de la Cró- 
nica. Los grandes y prelados exigen al rey don Rodrigo jura- 
mento de que ha de gobernar sus pueblos con justicia, dicién- 
dolé: «Et sy contra algunas cosas destas pasaredes. Dios vos sea 
»en contrario en todas 1^ cosas que comengaredes et touíerdes 
»en coraQon de faser, et fallescanuos las manos et el coraron et 
»las armas et las fuerQas en las batallas que fueredes, jet vuestra 
•gente sea vencida et muerta de muchos & pocos et todas vues- 
«tras tierras vengan en señorío de nuestros enemigos, sy esto 
•non conplieredes, et desid: — Amen», — Este juramento, cuyas 
fatídicas palabras han de resonar continuamente en los oidos del 
desapoderado príncipe que lleva al despeñadero la monarquía vi- 
sigoda, constituye pues el lazo de la singular y fantástica serie de 
ficciones que forman la Crónica Sarracina, La corte del rey don 
Rodrigo, vencedor dé Sancho y Elier, hijos de Acosta que aspi- 
raban al cetro, es el reflejo de las cortes caballerescas de Artús y 
Lisuarte: celebradas sus bodas con la princesa Eliata, hija del rey 
moro de África, en la ciudad de Paliasa, teatro por largos dias de 
fiestas Y torneos, trasládase & Toledo, para echar un candado á la 
famosa Cueva de Hércules, cuyos prodigios hacen públicos su 
curiosidad é intemperancia, mientras prepara su coronación con 
desusadas ceremonias. 

A la fama de tal magnificencia acuden los m&s celebrados 
príncipes y caballeros: don Reliarte de Francia, varios príncipes 
de Alemania y con ellos un rey y cuatro duques de Polonia, dos 
marqueses de Lombardía, tres alcaldes de Roma, un hermano 
del Emperador de Constantinopla, acompañado de tres condes, 
muchos caballeros de la Turquía y de la Setia, y finahnente un 
hijo del rey de Inglaterra, & quien sirven numerosos hidalgos, — 
llegan & tomar parte en los regocijos, en que hacen gala de su 
hermosura y valor las más apuestas damas y gallardos paladines ^ 

1 Debemos advertir que en todo lo concerniente á las justas y torneos, 
celebrados en la corte de don Rodrigo, se atuvo Corral á las descripciones 



Il/ PARTE, CAP. V. ELOG. É HIST. A FINES DEL SIG. XIY. 267 

La noticia de la muerte del rey de África, acaecida al venir 
& las testas de Toledo, turba de repente la alegría general; y 
mientras Eliata se retira k llorar la desdicha de su padre, se 
presenta en la corte Lembrot, hermano del duque de Lorena 
difunto, demandando & la viuda el ducado que no puede poseer, 
por no haber guardado castidad en el término de dos años: la 
duquesa comparece, y abierto juicio, ofrécesele por campeón 
Sacarus, uno de los principales magnates de don Rodrigo, y con 
él Ahnerique y Agreses, quienes acuden al emplazamiento de 
Lembrot, en defensa de la calumniada dueña. 

A semejante exposición meramente roojancesca, se enlazan 
tal multitud de episodios de igual naturaleza que enmarañan 
grandemente la narración, en que aparece de todo punto aho- 
gado el interés histórico.' Mientras don Rodrigo se desvanece 
en los saraos y banquetes, donde logra reunir «la flor de la 
caballería é la fermosura»; mientras nacen y se desarrollan 
en su corte raros y extremados amoríos, tales como los del du- 
que de Orliens y Medea, y los del marqués de Lombardia Mi^er 
Tristane y Relinda; mientras Sacai'us y sus compañeros dan 
muerte en el juicio del hierro & Lembrot y sus valedores, de- 



de ios libros caballerescos, cuya influencia se hace sensible en las costum- 
bres de la nobleza castellana en toda la primera mitad del siglo XY. Las 
cuadrillas de los justadores tenían unas por capitanes á Sacarus, Arasus, 
Abertus, Accasus y Yuapo, y otras á Arditus, Garnldo, Galastras, Polus 
y Magues. — Los caballeros más notables, que aspiran á la joya ofrecida 
por la reina al mejor justador, son: Polus, Orpas, Brelisanus, Abrin, Agre- 
ses, Elistranus, Abrestes, Frísol, Gudian, Leño y otros. Como se advierte, 
estos nombres, por su formación y naturaleza, están revelando el mismo 
origen, debiendo notarse que algunos suenan ya en la Crónica Troyana. 
Lo mismo decimos respecto de las damas: Elacüdaf hermana del rey Ro- 
drigo; Bdinda, su sobrina; Cava, hija de don Julián; Uoibraynda, her- 
mana de Sacams; Sevüla, hija de Polus; Medea, hija del rey Acosta; Tar- 
siana^ hija de Tomedo; Lucena, hija del rey Antator; Gracinda, Dol y 
otras muchas que lucen su hermosura j gallardía en torneos y saraos, nos 
traen á la memoria las heroinas de las ficciones bretonas y carlovlngias , y 
aun las de otros poemas famosos en nuestro parnaso^ y ya estudiados por 
nosotros. Todo prueba que Pedro del Corral tenia gran lectura en estos li- 
bros, tan de moda ya en aquel tiempo. 



268 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOU. 

fendiendo después en el castillo de Algarete el paso del vado, & 
estilo de Lorena, pelea el conde don Julián contra los moios de 
África, alcanzando cumplida victoria, que di nuevo pábulo & las 
alegriaa de la corte, y desahogo t Pedro del Corral para tejer 
m&s peregrinas aventuras, las cuales ofrecen por resultado la 
muerte alevosa de Sacarus, Melcar, Almerique, Agreses y otros 
muchos caballeros, dechado de la caballería toledana. 

La fatal tentación de don Rodrigo, al ver á la Cava desnuda 
en su jardin con otras doncellas de Eliata, y la facilidad de la 
hija del conde don | Julián, «que si ella quisiera dar voces bien 
fuera oyda de la reyqa» , truecan del todo el aspecto de las cosas, 
comenzando á cumplirse la predicción de la Cueva de Hércules 
y el fatídico juramento hecho por el ultimo rey godo. El enojo 
de don Julián trae &, la Península las falanges de Tariq y de 
Muza, no sin haber burlado antes la credulidad de don Rodrigo, 
haciéndole quemar todas las armas que habia en el reino, y au- 
torizarle para dar muerte á cuantos tuviese por sospechosos. El 
resultado de su traición es el mismo que ya conocemos por todas 
las crónicas: Corral, dando aquí como en todo el libro, suelta & 
su fantasía, ingiere sin embargo sueños y visiones que hacen 
más terrible la catástrofe de Guadalete ^, de donde saca á don 
RodrigQ la voz de un ermitaño, quien acompañándole en los úl- 
timos instantes de su vida, trasmite á la posteridad su me- 
moria *. 



1 Trabada la lid, que se parte hasta siete veces, tiene el rey don Ro- 
drigo una terrible visión alegórica. Aparécesele primero un hermüaño j 
después un caballero^ un monge negro y una donzeUa: el ermitaño perso- 
nifica la Codicia, el caballero» la Soberbia, el monge, la Avaricia, la don- 
cella, la Luxuria, pecados todos que hablan perseguido al rey, y que aho- 
ra vienen á desengañarle, prediciéndole su afrenta y su ruina. Antes se 
habia presentado ya al infante don Sancho, hijo de Voltiza, un horrible 
vestiglo, para anunciarle el funesto fin de los visigodos y de su rey don Ro- 
drigo (Capit. 299 del cód. de Madrid). En todas estas visiones se reconoce 
palpablemente el influjo del arte alegórico, que iba logrando extremada 
fortuna entre los eruditos. 

2 £1 autor supone que el ermitaño, á quien es dado contemplar la pe- 
nitencia de don Rodrigo, refiere á Eleaslres 6 Alastras todo lo que ha vis- 
tO) mandándole que lo caUase hasta su muerte: ael qual secreto (dice) en 



n.* PARTE, CAP. V, ELOé. É HIST. k FINES DEL SIC. XIV. 269 

Tras el llanto de Eliala, á que se mezclan fatídicos sueños 
sobre la cautividad que la amenaza, siguiendo las huellas del 
moro Ar-Razi, ya conocido desde principios del siglo *, pinta 
Corral los estragos producidos por los ejércitos sarracenos, 
reparando por ultimo en don Pelayo, & quien pone en León, 
echando los fundamentos de la reconquista. Breve como el de 
Juan Rodríguez de Cuenca, es el epitome en que esta se com- 
prende, si bien alcanza hasta los tiempos de don 'Enrique III y 
señala el autor con título de Coránicas cada uno de los ca- 
pítulos en que se narra un reinado, de la misma suerte que lo 
hace con la genealogía de los reyes visigodos. Aunque no care- 
cen de alguna utilidad las Corónicas de don Juan I y de don 
Enrique, su hijo, vivo aun cuando la obra de Corral se termi- 
na ^, no se han menester grandes esfuerzos para advertir que 



tqoftnto bivio fue goardado et esso mismo el libro desta estoria de la guisa 
«que oydo lo avedes, que grand tiempo passó de la grand desfToy9ÍoD, et 
»en breve tiempo de nosotros paresció este libro (Cap. 312 del cód. de Ma- 
drid). — A semejanza de la Crónica Troyana , fingió también otro autor, 
llamado Carestes, que supuso proseguir la historia en licmpo de Alfonso 
el Católico, y de allí en adelante siguió al arzobispo y al Rey Sabio, no sin 
dar rienda á su fantasía en más de un pasage. — ^Este artificio se hizo co- 
mún á los libros de caballerías y sus jmitaciones. 

1 Véase el cap. XX de la II.* Parle, tomo IV. 

2 £1 referido códice del Escorial, señalado X. I. 12^ que es el más anti- 
guo de la Crónica del rey don Rodrigo y casi contemporáneo de su autor, 
hace mención de don Fernando, como infante de Castilla, de don Enrique, 
como de persona viva ^ y lo mismo del almirante don Diego Hurtado de 
Mendoza, padre del marqués de Santillana. Constando que este magnate 
fallece en julio de 1404, es indudable que Pedro del Corral tenia ya termi- 
nada en aquel año su Crónica, siendo muy verosímil que la empezara al- 
gunos antes^ atendidas su estension y la lectura que requerían sus ficcio- 
nes. — Esto explica perfectamente la declaración de Fernán Pérez de Guz- 
man, quien en el juicio arriba trasladado^ habla de la Crónica como de cosa 
muy conocida; convenciéndonos del error en que cayó Ticknor {Hist. de 
la liter. esp.f I.* ép., cap. X) al suponer que «fué la última escrita en el 
siglo XV». Bien se advierte que no tuvo noticia este autor de ninguno de 
los MSS. citados, pues que el epígrafe del Escurialense bastaba á fijar de otro, 
modo la época en que Corral escribe. Hablando de don Rodrigo, se anadia 
en el expresado epígrafe: aDespues del se recuentan en esta corónica todos 



270 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAftOLA. 

todo lo sacrificó & la historia del rey don Rodrigo, inspirada por 
el afán de «relatar cosas extrañas é maravillosas», pagando asi 
excesivo tributo al inconsiderado espíritu de novedades que do- 
minaba en su tiempo, y que invadiendo el campo de la historia, 
debia producir tanto mayores extravíos cuanto fuese menor la 
ilustración y juicio de los que siguieran aquel movimiento. 

La Crónica Sarracina ó del Rey don Rodrigo^ en cuanto 
concierne al reinado de este desventurado monarca, es un libro 
de caballerías, que por el carácter y forma de las aventuras que 
encierra, por el enlace de los episodios que parecen exornarlo, 
y por la naturaleza misma de la narración, manifiesta palpable- 
mente que Pedro del Corral escribía bajo la impresión de la lec- 
tura de los libros de caballerías y muy en especial de las ficcio- 
nes del. ciclo bretón, en que se habia formado también el gusto 
del autor de Amadís de Gaula^ Natural era que no poseyendo 
Corral las estimables dotes que enaltecen tan singular monumen- 
to, tampoco acertará á dar & su estilo y lenguaje el precio que 
en este punto avalora el Libro de Amadis^ quedando sólo como 
distintivo de la Crónica Sarracina^ el desconcierto é ignoran- 
cia de sus narraciones, las cuáles señalan y determinan el torcido 
sesgo que, por las causas ya indicadas, habían llegado á tomar 
los estudios históricos. 

No es en verdad indiferente bajo este concepto otro libro, 
aun no tenido en cuenta por los críticos, y que así como la Cró- 
nica de Corral, puede ser considerado cual modelo entre los de su 
género. Tal es la obra titulada: Vidas é dichos de los philóso^ 
phos antiguos ó Corónica de las fa^añas de los filósofos ^ cuya 
influencia no sólo alcanzó en el sentido de la doctrina á los más 
distinguidos ingenios de la primera' mitad del siglo XY, entre los 
cuales tuvo señalado lugar el docto marqués de Sañtillana <, 



>Io8 otros reyes, que ovo en Castilla desde el rrey don Pelayo fasta el rrey 
»don Enrique, el tercero» í^o del rrey don Johan, que murió en Alcalá la 
. «Real, ansí cómo regnaron unos en pos de otros». 

1 Obras dd Marqués de Santmana;-^\x Vida^ págr. CXIX; su BibUúté- 
ca« núm. XLIV. 



11.' PARTE, CAP. V, ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG, XIV. 271 

sino que trascendió también, con provecho de las letras, al campo 
de la historia, en el concepto de la forma. 

Era la Crónica de las fafañas de los filósofos copiosísima 
colección de biografías de los oradores, historiadores, filósofos y 
poetas de la antigüedad ^, donde se hablan recogido todas las 
tradicciones y consejas de la edad media que daban & muchos de 
los referidos personajes cierto valor é interés, ya presentándolos 
cual s&bios nigromantes, ya como extremados encantadores, & 
costa de la verdad histórica. Mas & pesar de que preponderen en 
este peregrino libro las ficciones, nacidas en la oscuridad de los 
siglos medios, cumple observar que debieron ser de no escasa 
importancia su aparición y su estudio en una época en que todas 
las miradas se volvían al antiguo mundo, consignándose en él con 
cierto respeto los nombres de los más celebrados varones de la 
antigüedad griega y latina, y exponiéndose con singular venera- 
ción sus dichos y sentencias, con lo cual debia crecer naturalmente 
el anhelo que empezaba á mostrar ya la erudición de poseer y qui- 
latar sus propias producciones. 

Dificil es hoy discernir con todo acierto si merece el compi- 
lador de la Corónica de las facañas de los filósofos título de 
autor, ó sólo lo corresponde el simple lauro de haberla traido al 
castellano. Pudieran tal vez persuadirnos de lo primero las pala- 
bras, con que la encabeza. «La uida é las costumbres de los 
•vicios filósofos queriendo tractar (dice), trabajé por recoUegir 
•muchas cosas daquellas que yo fallé escriptas de los antiguos 
•autores é en libros diuersos esparcidas; et en este pequeño 
•libro enxeri las respuestas notables é dichos elegantes daque- 
•Uos filósofos; las quales podrán aprouechar á consolagion de los 
•leyentes é información de las costumbres^ . Conocido era no obs- 
tante en la república de las letras el libro De vita et morüms 
philosophorum et poBfarum^ escrito sin duda con presencia del 



1 £1 cód. que hemos examinado y se custqdia en la Biblioteca Escuria- 
lense, h. iij-1, contiene hasta ciento veinte biografías: Floranes dice haber 
visto otro^ de que faltaban cuatro. El códice referido es el mismo que en- 
cierra el libro intitulado: Poridat de Poridades, de que hablamos al tratar 
del Rey Sabio. 



272 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

tratado De Rerum natura, del inglés Alejandro Nekan; y aun 
cuando la Coránica de las fasañas no guarda el órdei^ de los 
capítulos, ni conserva todas las biografías del libro latino ^ jus- 
to nos parece reconocer que hubo de tenerlo por dechado el es- 
critor que i fines del siglo XIY enriquecía con aquella singular 
producción la literatura castellana. 

De cualquier modo no rebajaría esta derivación la importan- 
cia de la Coránica , en su relación literaria: ninguna obra históri- 
ca, fuera de las vidas de los santos que habían empezado & la sa- 
zón á escribirse en lengua vulgar *, ostentaba la forma biográ- 
fica; y pues que se muestra por vez primera en las Vidas de los 
philósophos, y tiene muy luego tan afortunados cultivadores/ 
como el autor de las Generaciones y Semblanzas, bien asentará 
decir que no fué su aparición insignificante ni estéril su ejemplo 
en el desenvolvimiento de los estudios históricos. Mas para que 
se comprenda con mayor exactitud cómo pudo esto realizarse, 
trasladaremos aquí alguna de las pinturas que se hacen de los 
personages comprendidos en la Coránica, Oigamos la que se de- 
dica al debelador de Cartago. 

«Aqueste (Cipion) en tanto grado fué ornado de buenas costumbres 
))que se lee aver seydo piadoso contra su madre et liberal contra sus 
))hermanas, et bueno contra los suyos et justo contra todos. Cuenta del 
)) Valerio que después de la Vitoria^ auida en España que commo Cipion 
»fuese de ueynte é syete annos que fue por príncipe del pueblo romano 
»en África, á donde tomó á Cartago et ouo grant uitoria de los afrícanos 
)>et entre los otros catinos que uenieron á su poderío, los quales tenía 
))encerrados en la cibdat de Cartago, tenia una moQa rica et fermosa^ la 
))qual era desposada con un mancebo generoso daquella ^ibdat: la qual 
))Cipion dio á sus parientes et á su esposo guardada et sin corrompi- 
)>miento et tomó el oro que le auían dado por rreden^ion de la mo^a A 
nvueltas de grant dote, que le dio para su cassamiento. Por la qual 



1 En efecto, este acaba con la biografía de Séneca , y en el códice cas- 
tellano leemos después las de QuintüianOf Plutarco, Plinto, Th(^omeo, 
Trogo Pompeo y Porphirio. 

2 Son notables demás de las Vidas de santos que encierra el códi- 
ce h. j. 13, entre las cuales se cuentan las historias de la Reina Sevilla y 
del Emperador Ottas, antes examinadas, las que se contienen en el MS. 



n.' PARTE, CAP, V. ELOC, t fllST. A FINES DEL SIG. XIV. 275 
Dcontinen^ia et manificeogiaide Cipion toda la gente daquella tierra que 
»por ventura en otra manera ^e delouiera et. rebellara, toda se dio al 
Dpaeblo romano». 

El anhelo de conocer la antigüedad cí&sica, cuyos famosos 
historiadores y poetas iban ya siendo transferidos á la lengua 
del Rey Sabio *, y la no despreciable sobriedad con que en esta 
y otras muchas biografías se apuntaban los má,? brillantes rasgos 
de heroicidad y de virtud,, contrastan sin embargo con las extra- 
ñas descripciones y retratos de otros persohages, entre quienes 
merece especial mención el autor de las Geórgicas y de la Enei- 
da *. Virgilio, ihiciado desde la juventud en la quiromancia y 
consumado nigromante, ya en edad madura libertaba & Ñapóles 
de horrible plaga de moscas y sanguijuelas, fabricaado el musco- 
eneas y una sanguijuela de oro encantada, «fasia un huerto que 
nunca en él llovia», y edificaba una carnicería de tal virtud que 
«nunca en ella carne se podía podrir», con otras maravillosas artes 
é invenciones de tan singulares y no vistos efectos que no sin razón 
el vulgo de los lectores debia considerarle como el primero de los 
magos del mundo pagano. La credulidad, que alteraba y corrom- 
pía las fuentes históricas del modo que dejamos notado, dando en- 
trada & todo linage de prodigios y encantamientos y desechando en 
parte los héroes reales,para prohijar los paladines de la caballería, 
no podía en manera alguna rechazar estas extraviadas ficciones; 
y la Crónica de las Pásanos de los filósofos ^ & la cual no es líci- 



designado en la Biblioteca del Marqués de Santillana con el núm. L. Este 
eódice es de letra del siglo XV ad finem y se compone de cuarenta bio- 
grafías. En el Escorial hemos examinado otro MS. (h. ij. 14), c fecho y aca- 
chado en el año del Señor de mil e quatroeientos e veynte et syete años» 
que en 322 fólios á dos columnas guarda asimismo número considerable, 
empezando con San Andrés y terminando con San Hilario, Se vé pues que 
iniciado este linage de obra« históricas, tuvo su natural desarrollo, cuya 
confirmación ofreceremos en lugar oportuno. 

1 Véase en este punto lo que decimos en el cap. lll del U súbetelo de 
esta II.* Parte, y lo que añadimos en el Vil, al tocar de nuevo esta materia. 
' 2 Narrada la vid^ fabulosa de Virgilio, tal como indicamos á continua- 
ción, se lee: cBste escreuió los libros de las Giórgicas et las Eneydas et 
biuió cincuenta et tres años»* 

Tomo v. 18 



274 UISTORIA CRtTICA DB U LITERATURA BSPAflOLA. 

to neg^ar cierta saludable iofluencia en el sentido que va indicado, 
venia en esta relación & imprimir nuevo impulso al pernicioso 
desarrollo de los estudios históricos, pagados cada vez mis de 
«lo más digno de maravilla que de fée» , según la exacta expre- 
sión del docto señor de Batres. 

Un libro, cuyo valor es hoy debidamente quilatado y cuyas 
peregrinas narraciones fueron puestas largo tiempo en duda S 
venia al comenzaf del siglo XY & exaltar la imaginación de 
grandes y pequeños, haciendo en cierto modo realizables los 
sueños de la caballería. El celoso Maestre de San Juan daba & 
conocer en la penúltima decena de la centuria anterior el por- 
tentoso Libro de Marco Polo *. Sus admirables relaciones de 
las cosas de Oriente, habian recibido extraordinario valor con 
las inauditas hazañas, & que estaba dando cima el renombrado y 
magnífico Timur-Bec (Tamorlan), el más intrépido y afortuna- 
do de los conquistadores de la edad-media. Dominado Enrique III 
del mismo espíritu aventurero que tan general influencia tenia 
en su edad y pagado de las altas proezas de aquel guerrero que, 
trocando el cayado por la espada, habia llegado á oscurecer la 
gloria de los más grandes capitanes, enviábale en 1402 cortés 
embajada, para felicitarle por sus triunfos. Recibidos con be- 
nevolencia, presenciaban Payo Gómez y Hernán Sánchez en las 
llanuras de Angury el gran desastre de Bayaceto, que enaltecia 
sobre todos sus enemigos el poderlo de Timur; y agasajados por 



1 Mariana, Hist. gen. de Esp,, lib. XIX, eap. 11. 

2 Grande aplauso debía alcanzar también ^ntre los entendidos otro U- 
bro, ya arriba citado que tenia por objeto la geografía de la Tierra Santa 
y narraba brevemente lo más sustancial de su historia desde la época de 
la primera cruzada hasta el año de 1360, fecha que cita el autor como ín* 
mediata á la en que escribe. Llamábase el Libro Ultramarino y pudo te- 
ner acaso por modelo el Itinerarium Syriacum de Petrarca, si bien, como 
indicamos, desde el libro V en adelante trata de la historia de aquellas re- 
giones, dando á conocer las instituciones que allí llevaron las Cruzadas: de 
las Ordenes del Hospital, Temple y Teutónica da el dicho Ubro V muy cu- 
riosas noticias (fóls. 223,^227,— 232)*— El Libro Ultrafaafino se custodia 
en la Biblioteca Nacional J. 70; es un vol. f. m., escrito en papel, á una 
columna y de letra de principios del siglo XV: compónese de 294 folios. 



II.' PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIY. 275 

éste, volvían & Castilla, trayendo en presente á don Enrique, 
entre otras joyas de sumo precio, dos hermosas doncellas apri- 
sionadas en dicha batalla ^ 

No quiso el rey de Castilla ser vencido en cortesía por el 
bárbaro; y en 22 de mayo de 1405 salían del Puerto de Santa 
María nuevos mensajeros, para darle mayores muestras de 
amistad, contándose entre los elegidos Ruy González de Clavijo, 
caballero madrileño, camarero del mismo rey, á cuya corte so 
restituía en 24 de marzo de 1406, trayéndole el más estimable 
presente de cuantos podía á la sazón solicitar el deseo respecto de 
tan apartadas regiones. Tal era en verdad el Itinerario de 
aquel extraordinario viaje, dado casi dos siglos adelante á luz 
bajo el no muy adecuado titulo de Vida y hazañas del gran 
Tamorlan, con la descripción de las tierras de su imperio y 
señorío *. 

Parte no pequeña de estas regiones y muchas otras del 
Oriente, no visitadas por Clavijo, eran ya conocidas por el Libro 
de Marco Polo. El camarero de Enrique III, con espíritu más 
culto que el ciudadano de Yenecia, con instinto más delicado, 
y fijas constantemente sus miradas en el decoro de su nación y de 
su rey, no daba sin embargo menos interés á su viaje, excedien- 
do en mucho su pintoresca narración á la del afamado Micer 



1 Fueron doña AngeUna de Grecia, celebrada por Imperial en aquella 
composición que empieza: 

Gran sosiego et mansedumbre, 
Fermosnra et dulce ayre,-- 

y doña María Gómez, su hermana, y muger que fué de Payo Gómez, uno de 
los embajadores que las trageron á España.-^Doña Angelina casó con el se- 
goviano Diego González de Contreras. 

2 PubUcólo así por vez primera Argote de MoUna en 1582, con un bre- 
ve discurro preliminai*: en 17S2 lo reimprimió Llaguno con el mismo títu- 
lo; pero aunque da á conocer alguna parte de las hazañas de Timur-Bec, 
DO olvida lo relativo á los reyes y príncipes de las regiones que visita, pu- 
diendo en consecuencia tomar título, con igual razón, de cualquiera de ellos. 
Clavijo hizo en realidad un Itinerario, com6 verán nuestros lectores. 



276 HISTORIA crítica de la literatura ESPAflOLA. 

Milione t. Dando la vuelta & la España oriental, dirijiase Cía- 
vijo & las Islas del archipiélago helénico, saludando al pasar las 
ruinas venerables de la renombrada Troya, y penetrando en 
Constantinopla. El espectáculo de los monumentos que guardaba 
todavía en sii seno la capital de aquel decadente imperio, exci- 
ta la atención de Clavijo, llevándole &, consignar en su libro 
muy curiosas noticias para la historia de las artes ^. 

Dejada la ciudad de Constantino, no sin trabajo y frecuente 
riesgo de la vida, llegaban los embajadores castellanos & la fa- 
mosa Trapisonda j cuyo emperador, tributario de Timur-Bec, los 
acogia benévolamente. De allí pasaban, por tierra, adelante, y 
con hartas vejaciones y peligros lograban ponerse en la rica y 
populosa ciudad de Solíania, donde los estaba esperando Miaxa 
Mirassá, primogénito de Timur, quedando atrás las no menos 
celebradas Arsinga, cuyos muros riega el Eufrates; Calmarín, 
poblada por Noé después del diluvio; Hoy^ envidiada por sus 
huertas y jardines, y Turis^ competidora de Soltania en su con- 
tratación, y comercio. Atravesando la Persia, la Media y la Oraza- 
nia, largo trayecto en que admiraban las ciudades de Teherán^ 
Damogany Vascal^ lágaro, Nixaor^ Jlassegur, Maxaque, An- 
coy, Vacq y otras no menos famosas, hallaban los embajadores 
al temido y anciano Timur-Bec en la riquísima de Samarcante, 
(Samarcanda), cabeza de aquel dilatado imperio, siendo agasa- 
jados por el emperador y los suyos á la usanza y con la rai^ 
magnificencia de tan apartadas regiones. 



1 Este nombre dieron sus compatriotas á Marco Polo, porque contaba 
siempre á millonadas (Paulino París, Nouvelles Recherches sur Marco Po- 
lo, pá^ 8). 

2 Las iglesias de San Juan de la Piedra, de Santa María de Perebeli- 
no, de la Chema y de la Dissetria, y sobre todas la basílica de Santa So- 
fía, que revela hoy á la contemplación de los arqueólogos toda la riqueza 
del arte bizantino, despertaron en el viajero español elevados y generosos 
pensamientos que exaltó más y más el examen de las reliquias, guardadas 
en todos estos templos por la piedad cristiana. Las obras de mosaico [mu- 
sáyca], tan características del referido arte, llamaron grandemente su aten- 
ción, siendo por esta causa su viaje un documento de sumo precio en la 
historia de la arquitectura. 



ll/ PARTE, GAP. V. BLOC. É HIST. A FINES DEL 8IG. XiV. 277 

La inesperada muerte de Timur dejó & ClaTijo y sus compa- 
ñeros sin la respuesta que esperaban para su rey, forz&n^olos, 
mal su grado, & tomar arrebatadamente la vuelta de Turis, don- 
de habian de ser despachados por Homar Mirassá, teniendo allí 
el fatal privilegio de presenciar los primeros síntomas de la des- 
trucción del imperio más grande que babia existido desde los 
tiempos de Alexandro. No sin vejaciones, robos y. amenazas, de 
que fueron también victimas otros embajadores de Babilonia y 
de Turquía, pudieron los castellanos restituirse á. Trebisonda, 
donde ganaron acaso una nave de genov^ses que los condujo & 
Pera; y tocando en Galípoli^ Xio, Venecia y Mesina, túvolos el 
mar por algún tiempo encerrados eñ Gaeta, hasta que abonanza- 
do el tiempo, pasaron & Genova y Saona, y de allí con grandes y 
peligrosas tormentas se dirigieron & Sanlúcar de Barrameda, 
saltando en tierra y encaminándose á Alcalá de Henares, donde 
tenia la corte el rey don Enrique ^ 

Largo, dificil y angustioso habia sido el viaje: animada su 
relación con frecuentes anécdotas históricas de no escaso interés 
y salpicada de cuadros de costumbres, en que brillaba el sello de 
la verdad, descubriendo, con maravilla de los lectores, la vida 
de aquellos imperios hasta entonces desconocidos, lograba Cla- 
vijo atraer sobre su libro la admiración de los hidalgos castella- 
nos. Su estilo, aunque llano é ingenuo, no carecía de atracti- 
vos: su lenguaje, aunque natural, era noble y urbano: sus pin- 
turas, especialmente las relativas á los monumentos artísticos, 
ofrecían cierta gracia y originalidad, siendo este el primer mo- 



1 Baena, en sus Hijos ilustres de Madrid, t. IV.^, pág. 302, dice que 
Clavijo volvió sólo de la embajada; pero con error, porque únitamentc mu- 
rió en el viage Gómez de Salazar, tornando con Ruy González fray Alon- 
so Paez de Sancta Biaría, que era el tercero de los embajadores. — ^Baena 
perdió de vista que el mismo Clavijo terminó su Itinerario con estas pala- 
bras: c£t lunes veinte é quatro dias del mes de marzo del año del Señor 
de 1406 años los diáhos señores embajadores llegparon al dicho rey de Cas- 
tilla, é falláronlo en Alcalá de Henares». — Clavijo vivió hasta 1412 y fué 
sepultado en San Francisco de Madrid; pero no halló después de muerto la 
gratitud que merecían sus buenas obras, y los frailes le derribaron el se- 
pulcro, sin que se sepa hoy el paradero de sus huesos. 



278 HISTORIA GRtTlGA DE LA LITERATURA BSPAftOLA. 

délo que presentaba la literatura española en tal linaje de pro- 
dacciones. 

Bajo todos aspectos era pues notable el presente que Roy 
González de Clavijo hacia al rey don Enrique III:^ lo peregrino 
de sus relatos, aunque ajustado honradamente & la verdad, vino 
sin embargo á. encender más y más el espíritu aventurero, & que 
habían dado extraviado impulso, respecto de los estudios histó- 
ricos, las ficciones de la caballería, llamando al cabo la atención 
de los hombres de verdadera ilustración, & quienes repugna- 
ban tan fabulosas invenciones. Cierto es que mientras en esta 
forma perdía su cauce natural el sentimiento histórico, no habia 
faltado quien animado de leal patriotismo, procurase despertar 
en la imaginación de los que se preciaban de entendidos la me- 
moria de los antiguos héroes de Castilla. La Cránica de Fernán 
González f sacada de la Esíoría de Espanna del Rey Sabio; la de 
los Siete Infantes de Lara, que reconoce el mismo origen; la de 
Los fechos del Cid Ruy Diez^ epítome deducido sin duda de la 
Crónica General de Castilla^ bien que acaudalado al par con 
varias tradicciones, consignadas ya en los c&ntos populares; la 
Vida ó historia de Fernando 111, calcada asimismo sobre la 
narración de Alfonso X, tantas veces abreviada ^ , obras eran 



1 SoD varios los códices de principios y inedlados del siglo XV, que 
hemos tenido ocasión de examinar, en que se contienen ya por separado la 
mayor parte de estas crónicas, que fueron después impresas á fines del mis- 
mo siglo ó principios del XVI; la de Fernán González que se dice sacada 
de un MS. antiguo d^Arlanza^ y de que hizo ya mención como de histo- 
ria especial el docto autor de las Generaciones y semblanzas, capítu- 
lo XII), tiene en la Bibl. Escurial. varios ejemplares, y en especial «1 sig- 
nado V. ij. &— y fué impresa en dicho siglo: — la de los Infantes de Lara 
tuvo tal popularidad que llegó á correr en manos de todos dentro de aquella 
misma centuria:— la de los Fechos del Cid fué dada á luz en 149S:&i de San 
Fernando, tenida por algunos doctos como anterior á la Crónica General 
ó Estoria de Espanna de su hijo, se publicó enmendada por Die^ López 
Santaella en 1651 (Sevilla por Robertis) y se reimprimió diez y seis años 
después (Medina del (^mpo, por Francisco del C^nto). Todos estos libros 
merecen pues Uamar la atención de la crítica, porque no sólo en los últi- 
mos días del siglo XIV y en todo el XV, sino también dorante el XVI dis- 
putaron á los libros de cabaUerías el predominio dol aura popular, no de- 



n/ PABTBy OiP. V. BLOC. É HIST* A FINES DEL SIG. XIV. 279 

todas que refrescaban ei recuerdo de los grandes hechos de la 
reconquista. 

Contraponiendo la idealidad dé los héroes nacionales & la 
i4ealidad de los paladines de ambos ciclos caballerescos, daban 
en v^dad cumplido testimonio de que si estaba algún tanto 
adormecido^ no babia muerto for ventura aquel generoso espíritu 
que se levantaba, ai mediar del siglo, en brazos de la poesía y de 
la historia, para solemnizar los triunfos del Salado y de Algeci- 
ras. Has esta evocación de los antiguos héroes castellanos no era 
bastante & imprimir nuevo y m&s severo carácter á los estudios 
históricos, por lo mismo que estaba reducida, literariamente ha- 
blando, & la simple desmembración de las referidas crónicas ge- 
nerales, habiéndose menester de nuevos esfuenos para prose- 
guir la obra de Pero López de Ayala que sólo podia realizarse 
en el sentido de actualidad, reservada á más granados tiempos 
la rectificación de los hechos adulterados por el interés, tergiver- 
sados por la credulidad, ó abultados por el crédulo entusiasmo 
patriótico. ^ 

Debian pues tener los estudios históricos cierto correctivo; y 
lo hallaron realmente en la primera mitad del siglo XY, volvien- 
do á reflejar el interés y la vida de la nación; ministerio que si- 
guen ejerciendo, como en tiempos anteriores y con fidelidad ex- 
tremada, las producciones de la elocuencia. Cultivada esta exclu- 
sivamente* por el sacerdocio, puede tal vez extraviarse en las no 
frecuentadas regiones de la erudición; pero fijas sus miradas en 
la moral, intérprete constante de la doctrina cristiana, no le es 
dado fantasear un mundo distinto del que está llamada á mode- 
rar con sus lecciones, revelando por tanto con suma verdad y 
propio colorido todas las dolencias que aflijen á la sociedad, y 
aplicándoles saludable triaca. 

jando que se amortiguara el sentimiento patriótico. Justo es declarar que 
sólo en este sentido tienen precio en la historia de nuestra cultura; pues 
aunque en alguna, como sucede en la de los Fechos del Cid, penetran nue- 
vos elementos populares, traidos de las primeras fuentes de nuestra nacio- 
nalidad (Véase en. el cap. II de la 11.^ Parte, t. III, la nota 1.* de la pág. 71), 
todavía debe consignarse, cual lo hacemos en el texto, que no tienen real in- 
fluencia^ formal y literariamente hablando, en los estudios históricos. 



280 HISTORU crítica DK la LITElUlTimA BSPAftOLA. 

Esta enseñanza Teremos en breve oomprebada de nuevo, de- 
mostrando al par que hermanadas elocuencia y poesía, son am* 
bas claro espejo de la vida inteKor'del pueblo castellano, pinta- 
das por ellas con igual exactitud sus eostumbres. Ckmsiderados 
ya los caracteres de elocuencia é historia en los últimos días del 
siglo XIY,—KÍeteng&monos entre tanto 4 estudiar por algunos 
instantes el triple movimiento que á. la sazón llevaba la poesía, 
para comprender debidamente cómo se oomunica & la época de 
don Juan II, logrando en su corte cumplido y sorprendente des- 
arrollo. 



CAPITULO VI. 

LA POESÍA ERUDITA Á FINES DEL SIGLO XIV 

Y PRINCIPIOS DBL XT. 



Triple desarrollo de la misma.^— Influenda del pueblo hebreo.— Ilustres 
cQQYersos de esta época. — Carácter de sus estudios respecto de la poesía. 
— ^Escuela cortesana ó provehzal — ^Proteccion de los magnates á los tro- 
vadores.— Cultivan asimismo la gaya spenpta. — Don Diego Furtado de 
Mendoza. — Sus poesías. — Don Alfonso Enriquez. — Sus canciones y de^ 
res. — Don Pedro Velez de Guevara. — Sus cantigai j decires. — El du- 
que don Fadñque.— Alguna muestra de sus poesks.— Caracteres de 
estos poetas.— Escuela alegórica. — Trascendencia moral de la misma.^ 
Imitadores de Imperial y Payo de Ribera.— La visión de un ermitaño. — 
Pedro Patino y el sevillano Diego de Medina. — Gonzalo Martinez de 
Medina.— índole especial de este poeta. — La escuela alegórica en la cor- 
te de Castilla.— £1 setiUano Ferran Bfanuel de Lando.— Oontradioenle 
Villasandino y el converso Juan Alfonso de Baena.— Carácter particular 
de sus deetrtff.— Efecto que produce la dantefeca respecto de la escuela 
provenzahcortesana. — Ferrant Sánchez Talavera.'— Sus obras.— Elegía 
a la muerte del Almirante Euy Diaz de Mendoza. — ^Escuela didáctica. 
— Condiciones con que aparece.— Pablo de Santa María.— Las Edades 
trovadas: fin, carácter y mérito de este poema.— La forma didáctica como 
intérprete de las deacias.— £1 Maestre Di^ de Cobos. — Su Cirugía Ri- 
ma(ia.— Naturaleza y forma de este libro.— Otros poetas de esta edad.— 
. Resumen. 



«Desde el tiempo del rey don Enrique^ de gloriosa memoria^ 
»padre del rey nuestro señor, é fasta estos nuestros tiempos, 
«se comenQÓ & elevar más esta SQÍengia [de la poesía] é con ma- 
»yor elegangia». Estas palabras del tantas veces aplaudido mar- 



282 HISTORIA CRÍTICA DB LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

qués de Santillana ^, aunque no bien quilatadas por la critica, 
sirven no solamente de comprobación al estudio que llevamos 
hecho, mostrando que no fueron desconocidas al docto magnate 
las novedades que trajo Imperial al parnaso castellano, sino que 
abren camino & nuevas investigaciones, imponiendo al historia- 
dor el indeclinable deber de señalar los pasos dados por la poe- 
sía de los eruditos, antes de florecer en la corte de don Juan II. 

La alegoría dantesca, acogida por los trovadores de Sevilla, 
comparte desde esta época el dominio del arte y sostiene venta- 
josa rivalidad con la escuela didáctica y la escuela provensal^ 
abanderadas, al caer del siglo XIY, en Pero López de Ayala y 
Alfonso Alvarez de Yiilansandino. Tres eran por tanto, si cabe 
decirlo así, las sectas poéticas que aparecian en la república li- 
teraria, durante el reinado de don Enrique y la tutoría de doña 
Catalina, quien no acoje en verdad con menos distinción que su 
esposo y su cuñado, el infante de Antequera, á los cultivadores 
de las ciencias y de las letras. 

Mas no eran estos elementos, cuyo individual desarrollo he- 
mos procurado explicar, considerándolos como natural y suce- 
siva herencia de unas y otras edades, los únicos que á fines del 
siglo XIV y á principios del XY debían reflejar la poesía y la 
cultura de los castellanos. Una raza, tan aotiva é inteligente como 
odiada y perseguida; la raza hebrea que en medio de sus tribu- 
laciones y desastres habia pagado constantemente & la civiliza- 
ción española el tributo de sus ciencias y de sus letras *, venia 
también & contribuir ¿ tan extraordinario movimiento -/preludio 
del que ofrece la corte de don Juan II y llega & su cohno bajo el 
cetro de los Reyes Católicos.'Doloroso era en verdad que no se 
lograra esta singular conquista sin que el hierro y el fuego, 
movidos por el ciego impulso del fanatismo, aniquil&ran las más 



1 Obras del Marqués de Santillana, Carta al Ccmdestabie de Portugal, 
número XVII. 

2 Véanse con este propósito los seis primeros capítulos del Ensayo II de 
nuestros Estudios sobre los ludios y en la presente obra el IX, XII, XIV 
y XXII del primer Subciclo de esta II.* Parte, sin olvidar el XIV do la I.*, 
en que tratamos del celebrado converso, Pedro Alfonso. 



n/ PARTE, GAP. VI. P0E3. ERUD. A FINES DEL SI6. XIV. 283 

poderosas aljamas^ ensangrentando las m&s ricas y populosas 
ciudades de toda la Península Ibérica. 

Al repetido clamoreo de Hemañ Martínez, arcediano de Ecija, 
que produce ya víctimas numerosas desde 1388, se agit{i en junio 
de 1391 la ciudad de Sevilla, siendo ineficaces para contener el 
furor de lá muchedumbre amenazas y castigos: asaltada la jude^ 
ria, caen al golpe exterminador ancianos, niños y mujeres, sin 
que halle piedad la inocencia, ni alcance el dolor misericordia^ 
Cundía en breve el fuego de la persecución á la vecina Córdoba, 
j* propagado con prodigiosa rapidez & Toledo y Burgos, salta- 
ba & los reinos de Aragón y Navarra, donde Valencia y Barce- 
lona, Tudela y Pamplona eran miserable teatro de aquella uni- 
versal matanza, que hollando todos los derechos, escarnecía la 
doctrina del Salvador, con verdadera afrenta del cristianismo ^. 

En valde el Consejo de Gobierno, estatuido por don Juan I 
para protejer la minoridad de su hijo don Enrique, atiende á. so- 
focar aquella rebelión, condenada por las leyes de Castilla: en 
valde don Juan, el Amador de toda gentileza ^ aplica con mano 
severa el castigo de la horca y del tajo á los que habían quebran- 
tado los fueros de Aragón, al <»nsumar tan repugnantes críme- 
nes; y en valde acude por último C&rlos el Noble, & reprimir la 
furia de los navarros, vengando í la humanidad ofendida. La 
industríaf el comercio, la agricultura, todas las artes que recibían 
impulso de la inteligente actividad de los hebreos, vienen en un 
solo día & espantosa decadencia; y desiertas las alcanas, donde 
se hacinaban los productos del Oriente y del Occidente, donde 
competían las sedas de Persía y Damasco, las pieles de Tafilete y 
las joyerías de los árabes, tenían enorme quiebra las rentas rea- 
les y las rentas del clero y de la nobleza, produciéndose una 
verdadera conturbación en e\ Estado *. 

De este gran desastre de la raza hebrea, cuyos estragos al- 
canzaban también al pueblo cristiano, — ^por uno de esos inexpli- 
cables misterios de ía Providencia, iba 6, obtener la cultura de 



1 Puede consultarse para mayor conocimiento el cap. IV del primer En* 
aayo de nuestros Estudios sobre los JudioSf ya citados. 

2 Id., id., id. 



284 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITBRATCRA ESPAÑOLA. 

nuestros padres no poca utilidad y gloria. Ya fuese que el temor 
de nuevas y más sangrientas catástrofes venciera la repugnancia 
& recibir el bautismo; ya que la inspirada voz de un nuevo após- 
tol, que fe levanta eá medio de tantos horrores para suspender 
la ira de los cristianos y escudar & la desdichada grey, alumbra- 
ra sus mentes con la luz del Evangelio ^ es lo cierto que los 
más ilustrados rabinos de Aragón y de Castilla abrazan en aquel 
.angustioso momento la reUgion del Crucificado, pugnando tam- 
bién por traer al gremio de la Iglesia á la raza descreída. 

Mientras Fray Vicente Ferrer, — aquel infatigable cog^ 
dor de mies divina, apellidado por grandes y pequeños Angd 
de la Apocalipsis y saludado por los judies como salva- 
Sor, — ^recorre las principales ciudades de España [1391 á 1407], 
y llevando la fé en el corazón y la persuasión en los labios, coa 
elocuencia ardiente, vigorosa é inflexible, como la doctrina que 
predicaba y defendía, arrancaba al judaismo prodigioso número 
de conversos *,— deseosos de contribuir á obra tan alta y meri- 
toria, esforzábanse los más doctos neófitos en llevar la convic- 
ción al ánimo de los que entre sus antiguos correligionarios se 
preciaban de scAidores^ ostentando, como acontece de continuo 
en casos análogos, excesivo celo para acreditar la sinceridad de 
su conversión y la lealtad de sus palabras \ 

• 

1 Id. id. id.— ^an Vicente Ferrer inau^ró su misión, verdaderamente 
apostólica, el dia 8 de junio de 1391, en medio de los horrores qae presen- 
ció Valencia, incendiadas las tiendas del alcana, saqueadas las casas y de- 
gollados en todas partes los míseros judíos. Su voz refrenó las iras del po- 
pulacho, y abrió las puertas del bautismo á los afluidos hebreos (Brewfír 
rio de Valencia, año citado, ed. de 1533). 

2 £1 judío Rabbí Isáhak Cardoso en sus Eascdendas de (os Hebreos con- 
fiesa que el número de los conversos On^QtZTQ (maschumedimj excedió 
en Aragón , Valencia , Cataluña y Mallorca de quince mil almas, siendo 
muy probable que aun fuese mayor en las provincias de Castilla : en Tole- 
do sólo , donde todavía se conserva en Santiago del Arrabal el pulpito, 
desde el cual dirigió su palabra á la muchedumbre , convirtió en un dia 
más de cuatro mil, quedando reducida al cristianismo la principal sinago- 
ga de aquella metrópoli (Tcdedo Pintoresca, pág. 276). 

3 Algunos fueron hasta el extremo de canonizar las matanzas ejecuta- 
das en sus compatriotas, buscándoles disculpa en sus excesos; y el celebra- 



Il/ PARTE, CAP. TI. POES. ERUD. A FINES DELSIG. XIV. 285 

Numerosa es la pléyada de varones respetables que vienen por 
aquel poco frecuentado camino & enriquecer con los tesoros de su 
ingenio y de su ciencia la creciente civilización española. Dos 
que alcanzaban en Aragón y Castilla grande autoridad entce los 
m&s señalados rabinos, siendo de los primeros & renunciar la 
ley mosaica, estaban sin embargo llamados k ejercer extraordi- 
naria influencia respecto de Sus compatriotas, mereciendo el 
aplauso y consideración de los cristianos. Jehosuah Ealorqui^ 
que recibe en el bautismo el nombre de Gerónimo de Santa Fé, 
y Selemok Halevi, que toma el de Pablo de Santa María. Ora 
entrando con denodado pecho en el terreno de la controversia; ora 
empleando solícitos el ruego y la persuasión, y ora en fin descu- 
briendo & vista de los contumaces todos los errores y contradic- 
ciones de la doctrina talmúdica, segundaban estos preclaros va- 
rones la obra de Fray Vicente y ganaban para sí el título de de- 
fensoras de la ley de Cristo, mientras los señalaban los incrédu- 
los con «nombre de blasfemadores *. 

Hallaba el primero protección en la corte aragonesa y más 
principalmente en la de Benedicto XIII, quien satisfecho de su 
sabiduría y de su prudencia, no solamente le conflaba la salud 
de su cuerpo, sino que convocaba en Tortosa, ya entrado el 
siglo XY, el renombrado concilio & que asistían los rabinos de las 
aljamas de Aragón y Cataluña, cabiendo al pontífice la fortuna 
dé ver reducidos al cristianismo la mayor parte de aquellos ce- 
lebrados doctores ^. Tenia el segundo no menos favorable aco- 



do Pablo Burgense, de quien hablamos á continuación , no vaciló en dar á 
Heraan Martínez , fanático promovedo^ de estas persecuciones , el título de 
SarUo. La Iglesia no lo ha calificado de igual suerte (Estud. hists, politit. 
y literar. sobre los judíos de España, Ensayo I , cap. IV.®). 

1 Id. , id. , id. 

2 Doce fueron los rabinos que abjuraron el judaismo en el concilio de 
Tortosa , abrazando por convencimiento propio la religión cristiana. Tales 
fueron: R. Abuganda^ R. Aoun, R. Benastruc Abenabed, R. Astruch el Le- 
vita, Rabbí Josué Messíc, R. Mathatfas, R. Yidael Benveniste, R. Todros, 
R. Gerona, R. Saúl Mime, R. Salomón Isahak, y Mosseh Zarachias Levita. 
De los catorce que el mismo Gerónimo de Santa Fé menciona, sólo R. Joseph 
Albo y R. Ferrer se negaron á todo convencimiento. No así- los judíos de las 



286 HISTORIA crítica de la literatura ESPAftÓLA. 

gida en la corte de Enrique III: frisando ya coa los cuarenta 
años [1390], cuando se apart(3t de su raza, pasaba á París, en 
cuya escuela recjbia el grado de doctor en sagrada Teología, y 
abrazando la carrera eclesi&stica, obtenia primero el arcedianato 
de Trevino con un pingüe canonicato en Sevilla [1399], y electo 
después obispo de Cartagena [1402], subia por último & la silla 
de B&rgos [1414]. Dábale don Enrique lugar señalado en su 
Consejo, y poniendo & su cuidado, ya en los últimos días de su 
vida, la educación del principe don Juan, designábale como su- 
cesor de Pero López de Ayala en la alta dignidad de Canciller 
Mayor de Castilla ^ 

Al ejemplo y & la autoridad de uno y otro converso, se unió 
la incontrastable fuerza de la doctrina: don Pablo de Santa María 
escribió con título de Scrutinium Serípturarum un insigne li- 
bro, constantemente aplfiudido de los doctos, para convencer á 
sus compatriotas de que se hablan cumplido las santas profecías, 
«provando por fuertes et vivas razones ser venido el Mexias é 
•aquel ser Dios y Hombre» h Gerónimo de Santa Fé, cosechado 
por su elocuencia en el Concilio de Tortosa el abundante fruto 



aljamas de Galatayad , Daroca , Fraga, Barbastro , Alcañiz, Caspe, More- 
11a, Lérida , Alcolea, Gerona y Tamarite , que en su mayor parte recibie* 
ron las aguas del bautismo con puro corazón, pasando de cinco mU Ic^ 
convertidos; ultra quinqué milla, escribe el referido Santa Fé (Estudios 
citados, Ensayo I , cap. V, y Ensayo II , cap. VII), 

1 Don Pablo de Santa María fué investido en vida de Ayala con el títu- 
.lo de Canciller del Príncipe don Juan , su discípulo. El Rey don Enrique III 
le instituyó testamentario, diciendo %n este documento, otorgado en 24 de 
diciembre de 1406, respecto de la Cancillería* mayor del reino: «£ por 
>quanto yo flce mercet del officio de la chancellería mayor del Príncipe i 
»don Pablo , obispo de Cartagena, é segunt esta ordenanfa lo deue ser Pe- 
»ro López de Ayala, que agora es mi Chanciller Mayor, mando que el officio 
»de Chanciller mayor, que lo aya Pero López de Ayala; pero vacando el 
>otro officio, quiero y es mi voluntad que aya el dicho officio el dicho obis- 
po», etc. Ayala murió^ como sabemos, pocos meses después que el rey: de 
modo que don Pablo no esperó largo tiempo la efectividad de tan elevado 
cargo. 

2 Fernán Pérez de Guzman, Mar de Historias, — Generaciones é sero- 



blan9a8, cap. XXVI. 



II.? PARTE, CAP« VI. POES. ERüD. A FINES DEL SIG. XIV. 287 

de la conversión de numerosos rabinos y aljamas enteras, ponía 
en la lengua de la muchedumbre sus oraciones, & fin de que fue- 
se m&s general y duradero el efecto de aquel señalado triunfo ^ 
Sígnenlos en breve muy distinguidos varones: tras don Pablo, & 
quien la pública fama designa con nombre del Burgense, vienen 
al gremio de la Iglesia, Alvar García, su hermano, y sus hi- 
jos Gonzalo, Alfonso y Pedro, cont&ndose al par entre los neó- 
fitos Maestre Juan de Toledo, el Viejo, Garci Alvarez de Atar- 
een, Andrés Beltr&n, Alfonso de Espina y otros muchos quienes 
como estos, debian ilustrar, ya cual oradores y oontrover^stas, 
ya cual historiadores y poetas, el largo reinado de don Juan II. 
Acaudalándose pues en esta foima la civilización española & 
fines del siglo XIY y principios del siglo XY con nuevos tesoros 
de las letras hebraicas, grandemente cultivadas por todos estos 
escritores, imposible era que dejara de reflejarse su influjo en el 
parnaso castellano. Cierto parece que sometidos los conversos, 
entonces como siempre, & la ley superior que dá vida á la nacio- 
nalidad que los absorbe, hubieron de seguir el mismo impulso 
que llevaban la poesía y literatura en el suelo de Castilla; mas 
el espíritu tradicional que anima en todas edades las letras ra- 
blnicas, y lo que es no menos importante, la especial situación ' 
en que los colocaba el estado religioso que casi todos abrazaron, 
debía conservar alguna parte del genio oriental; y no borrados 
del todo sus propios sentimientos, que excitaba la habitual lec- 
tura de los libros sagrados, natural era que genio y sentimientos 
bríll&ran también en sus nuevas producciones. Así pues, aquel 
elemento bíblico, recibido en la elocuencia y en la poesía cris- 
tiana desde los primeros tiempos de la Iglesia, y una y otra vez 
refrescado en el conflicto de las agitaciones y trastornos de la 
edad media, venia á comunicar & las obras de los oradores y 
poetas que hablaban la lengua de la España Central, cierto sabor 



1 Adelante volveremos á hablar de este tratado. Santa Fé , demás de 
escribir en latín un libro sobre el concilio de Tortosa, compuso otros dos 
contra el talmud , y sus aberraciones. £1 más notable es el que lleva por 
título H^reo-maxtis (azote de los hebreos) (Estudios sobre los Judíos), 
Ensayo II , cap. Vil). 



288 HISTORIA GRtTTCA DE LA LITERATURA ESPAÜOLA. 

extraordinario, si bien no era & la sazón bastante k crear, en 
cuanto & poesía, ninguna forma literaria, ni & infundir siquiera 
nueva fisonomía á las existentes. 

Devotos los ingenios de Castilla, ya de una, ya de otra de 
las tres escuelas arriba mencionadas, mientras se filiaban los 
conversos en la puramente didáctica, más conforme con ^us an- 
tiguos hábitos y sus recientes deberes, proseguian imitando las 
visiones del Dante, d ya recordaban el ejemplo de los que ha- 
blan tomado por modelos las poesías erótí^s de los trovadores. 
A estS linage de producciones daban la preferencia los vates de 
la corte, que hallaban notable protección en principes, prelados 
y magnates. Fama de liceos y perpetuas academias gozaban en 
verdad las casas y palacios de un don Pedro Tenorio, arzobispo 
de Toledo ^; un Ruy López D&valos, condestable de Castila *; un 
don Alfonso Enriquez, adelantado mayor de León y tio del rey; 
un don Diego Furtado de Mendoza, almirante mayor de la Mar ^, 



1 El citado Femnn Pérez de Guzman , decía de don Pedro Tenorio, que 
«traía grande compaña de letrados cerca de sí , de cuya S9ieii9ia él se apro- 
vvechaba mucho en los grandes fechos. Entre los otros (añadía) eran don 
•Gonzalo, obispo de Segx>v¡a , que fizo la Pelegrina, et don Vicente Arias 
)iobispo de Palencia (glosador del Fuero) ^ é don Juan de lliescas é su hcr- 
>mano que fué obispo de Burgos, é Juan Alonso de Madrit, que fué un 
> grande é famoso doctor m utroque» (cap. XIII de las Generaciones). Gon- 
zalo Fernandez de Oviedo consagra á Tenorio señalado lugar en.sus Quin- 
qwtgenaSy por la ilustrada protección que concede á las letras, la cual es 
también extensiva á las artes. 

2 (]omo dejamos notado , el buen 0)ndestable de quien dijo Pérez de 
Guzman cque todos los fechos del reino eran en su manoi {Gener, capí- 
tulo V)^ no solamente protegió á los que cultivaban las letras, dándoles 
lugar y honra en la corte, sino que procurando traer al habla de Castilla 
los más célebres autores latinos, hizo traducir los libros de Boecio fcap. lü 
del presente volumen) y llevó siempre consigo en los tiempos de su privan- 
za muy discretos varones y atildados ingenios. Pagóse de conocer perfec- 
tamente el árabe, haciendo alarde de no necesitar lengua para su ejército: 
así, narrando un cronista coetáneo la campaña de Setenil, en que mostró 
su grande esfuerzo , decia : cEt el (Condestable fabló arábigo et llamó al C^- 
dí etc. (Crónica de ion Pero Niño, lib.II, cap. XLIIdel impreso. LVI 
del MS.). 

3 Don Diego, sobre conservar y trasmitir muy aumentados á su hijo el 



II.' PARTE, CAP. VI. POES. ERÜD. A FINES DEL SIG. XIV. 289 

y un don Fadrique de Castro, duque de Arjona *. En ellas 
hacían gala de discreción los m&s aplaudidos cantores de aque- 
llos días, no sin que algunos de tan entendidos Mecenas ambi- 
cionaran también el lauro de la gaya s^iencia. Atención muy 
especial merecen entre* todos. los ya citados don Alfonso, don 
Diego y don Fadrique, no siendo para olvidados don Pedro 
Yelez de Guevara, don Pedro de Luna, arzobispo de Toledo *; 
y los celebrados Mariscales Iñigo de Estúñiga y Pero Garcia de 
Perrera ', á quienes igualan en poética nombradla otros muy 
ilustres caballeros. 



marqués de SantiUana, 1<A preciosos libros que habían logrado reunir su 
«padre Pero González y su suegro, Garciiaso de la Vega, se pagó mucho de 
honrar á los doctps é ingeniosos, y como dice Hernán Pérez de Guzman, 
«tenia gran casa de caballeros é de escuderos • (Gener, cap IX). Hasta su 
médico (físico), que era de raza sarracena, se esmeró en el cultivo de la 
poes(a , según luego notaremos. 

1 Obriis dd Marqués, de SantUlana , Carta al Condestable , n.° XIX. 

2 £1 aragonés don Pedro de Luna, tio del Condestable don Alvaro, y 
su primer protector , tiene en el Cancionero de Baena una composición, 
núm. 154#, en que replica á Alfonso Alvarcz de Villasandino , quien como 
de costumbre , le pide , no dineros ni oficio; 

Mas de trigo y de cebada (dice) 
Señor noble , vos demando; 
Sy me dades vluo blando , 
La mer^et será doblada. 

£1 arzobispo , después de manifestarle que no busque trujamán para 
hablarle, porque le era muy honroso recibir sus cartas y versos [vestro re- 
frán] , le dá lo que demanda y añade que lo hace, 

Por ser don Pedro de Luna 
E por la alta tribuna. 
En que el mundo nos olea. 

Don Pedro se muestra versificador entendido , si en realidad es suya 
esta obra. 

3 Aunque los Mariscales suenan principalmente durante el reinado de 
don Juan II, figuran ya en los primeros veinte aííos del siglo, tomándolos 
Villasandino por jueces en sus querellas poéticas. — Esto vemos en los nú- 
meros 200 y 203 del Cancionero de Baena, que empiezan : 

' 1.* Alto rey, ai Variscai 
9." Algunos profanarán. 

Tomo v. 19 



290 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

No era don Diego Furtado de Mendoza el primer ingenio que 
honraba á su familia: ya antes de ahora hemos recordado las 
breves cl&usalas que el marqués de Santillana, su hijo, consa- 
gró & la buena memoria de Pero González, padre del Almirante 
y examinado también algunas de las poesías que terminante- 
mente le adjudica ^ Escritas en su primera juventud, pudimos 
reconocer por ellas que no carecía de sentimiento poético el no- 
ble alavés, que daba' en AIjubarrota su propia vida por salvar la 
de su rey, y que filiado en la escuela provenz^l, notablemente 
autorizada con las imitaciones del Archipreste de Hita, era uno 
de los primeros trovadores, & quienes iba & cuadrar el título 
de cortesano. El mismo carácter ofrecen pues las producciones 
del Almirante, contrastando grandemente cpn las dotes perso- 
nales que le atribuyen sus coetáneos, y no pareciendo sino que 
al solicitar Pero González en aquel momento supremo la protec- 
ción de don Juan I para su hijo Diagote ^, le imponía la obliga- 
ción de seguir sus huellas, como alumno de las musas. «Fué 
•este Almirante (escribía Fernán Pérez de Guzman, su primo) 
•pequeño de cuerpo y descolorido del rostro: la nariz un poco 
•roma; pero de bueno ó gracioso semblante, é segund el cuerpo 
. »assaz de buena fuerga. Ombre de muy sótil engenio, bien ra- 
•Qonado, muy gracioso en su degir, osado et atrevido en su fa- 
»blar tanto que el rey don Enrique, el tercero, se quexava de la 
»su soltura et atreuimiento» ^. 

También Juan Alfonso de Baena haee meticion de los Mariscales y traba 
con ellos reñida contienda poética, al presentarse en la corte , tomando por 
juez á Pero López de Ayala: de modo que si fuera este el Canciller y nósa 
hijo, del mismo nombre , alcalde mayor de Tolerdo desde 1402, habría ra- 
zón para suponer que antes de 1407 gozaban aquellos no escasa reputación 
de trovadores. En el expresado Cancionero tienen, Estúñiga los números 
418 y 576 : García 423 y 577 : todas estas composiciones son reqüestas, J 
las últimas de uno y otro contra Fernán Pérez de Guzman. 
1 Véase el cap. XXIÍ de la II.* Parte. 

2 Al morir su padre, contaba don Diego veintiún años, habiendo naci- 
do en 1364 : en el famoso romance, en que se narra este memorable sacri- 
ftcio de la leal castellana , le dá el nombre de Diagoie, diciendo al rey : 

A Dtagote os encomiendo, etc. 

3 Fernán Pérez de Guzman , Generaciones é Semblanzas, cap. > IX. 



11.* PARTE, CAPw VI. POBS. ERÜD. A FINES DEL SIG. XIV. 291 

Natural parecía que personaje de tales prendas se ÍDclipara 
& los asuntos graves, propios del. alto ministerio que ejercia en 
la gobernación del Estado, ó ya á. la moral fllosofia más f&oíl* 
mente que ¿ las inspiraciones breves y pasajeras del amor, sin 
pagarse de atildado galanteador y refinado poeta erótico ; mas 
«pluguiéronle mucho las mugeres» y su «muy sotíl engenio» y 
su «rniíy gracioso decir», sirviéronle, al pulsar el laúd de los 
trovadores, para grangearse más bien el aplauso y cariño de 
las damas que la admiración de los eruditos ó el respeto de los 
repúblicos. ^ 

Cor-to número de las producciones del Almirante don Diego 
Furtado de Mendoza ha llegado á nuestros dias, siendo muy 
digno de repararse el que no hiciera de ellas mención alguna su 
hijo *. Las que nosotros conocemos, testifican no obstante que 
se ejercitó con fortuna en los diferentes géneros de composicio- 
nes que constituian á la sazón la poesía lírico-erótica, ensayan- 
do ciertas combinaciones métricas, de que no hallamos ejemplos 
anteriores en nuestro parnaso, y aun dando cierlo desahogo & 



1 El silencio del marqaés , perscMiaje ^an dado á los estudios graves, 
como después advertiremos , pudo sin duda provenir de la misma natura- 
leza de las obras poéticas del Almirante : quien sólo por obedecer al ruego 
del Condestable de Portugal , recogía de los Cancioneros ágenos las obras 
amorosas escritas en su juventud, no juzgándolas «dignas de memorable 
•registro {Obras del marqués de Santülana, Carta al Cond, , n.'* I), na- 
tural era que tuviese reparo en presentará su padre, cuyo nombre pronun- 
cia siempre con gran respeto , como un almi varado poeta que sólo sabia 
decir aquellas cosas que ya no cdebian placerle • , cuando escribe la ex- 
presada carta. Las poesías del Almirante , que hoy poseemos, se conservan 
en .un precioso MS., custodiado en la Biblioteca Patrimonial de S. M., signa- 
do A. VII. 3, del cual nos valimos al dar á luz las Obras de su hijo don 
Iñigo López de Mendoza (Apénd. IV , pág. CLXIV). Este códice (decíamos) 
debió formarse á mediados del siglo XV y acaso antes de 1445, pues que 
no se halla nombrado todavía don Iñigo con el título de marqués, que obtu- 
vo en dicho año , siendo probable qne fuese uno délos libros, donde «fizo 
busca# las canciones ó decires, compuestos en su juventud, para remitirlos 
al Condestable de Portugal», ya citado. Consta de 178 fojas útiles, papel, y 
aunque de bella escritura, no es de gran lujo^ Fue traido del Colegio de San 
Bartolomé de Salamanca 9 al extinguirse los Mayores* 



292 HISTORIA crítica de la LITERATURib ESPAÑOLA. 

sa musa con algunos ingeniosos desenfados, que lograron ade- 
lante exagerada estimación entre los discretos ^ Para conocer 
y apreciar debidamente al Almirante de Castilla, dentro de la 
escuela poética en qué* aparece filiado, licito juzgamos exponer 
algunas muestras de las referidas producciones. Veamos cómo 
se lamenta de la inconstancia de su dama, en esta canción: 

Fnerza hé de contemplar 
é cujdar con grant dolor 
por qué puse mió «mor 
en quien me quiere oluidar. 

Mi cujdado es máginar 
é pensar en lo passado, 
como triste namorado 
que me quise namorar. 

Si me fa^e desdqnar 
placer m'á ser desdonado 
et jamás non ser ganado, 
si me non quiere ganar. 

Dubdan^, 
Si amor es el que se parte 
con desvio, 
desafío 
qu'en mi non aura mas parte 2. 

Adicto & aquella suerte de composiciones, apellidadas por los 
provenzales pastorelas 6 vaqueiras, designadas por el Archi- 
pre'ste de Hita con titulo de cánticas de serrana y denomina- 
das por ^ padre, Pero González, simplemente serranas^ y por 
su hijo, Iñigo López, serranillas ^ hacia don Diego algunos ensa- 



1 La primera composición, que vemos en el expresado MS., es una es- 
pecie de interrog-aforio , semejante á los aplaudidos Perqués que hallamos 
en tiempos más cercanos. Citóla don Pedro Pidal {Discur, prelim, al CanC. 
de Baena), y empieza asi (fol. 1.^ del cód) : 

Pues non quiero andar en corte» 
Nio lo tengo por desseo» 
Quiero fer un devaneo. 
Con que aya algún deporte, etc. 

2 Folio 140. 



II.* PARTE, GAP. VI. POES. ERID. A FINES DEL SIG. XIV. 293. 

yos en su cultivo, de que puede ser ejemplo la siguiente, que 
encierra un pensamiento epigramático: 

. Un día desta senuina, 
partiendo de mi ostal, 
vi pasar gentil serrana, 
que en mi vida non vi tal. 
Pre^ntéle do venia 
ó i qué tierras passaua : 
díxome que caminaua 
ai Prior de Rascafria, 
á facer donde solía 
penitencia en la solana, 
por dexar uida mundana 
é tod' pecado mortal i. 

Más delicado, más gracioso en el decir, para' valernos de 
la ya repetida frase de Fernán Pérez , es sin duda en otro li- 
naje de obras poéticas , que animadas de extraordinario movi- 
miento , acompañaron al baile en todo el siglo XY, haciendo en 
cierta manera el oficio de las balad^ italianas, en los salones de 
los magnates *. Tales eran los cossantes , de que por su mis- 
ma naturaleza y por el objeto á que se destinaban , se han tras- 
mitido á nuestros dias contadísijnos modelos. El que dedica el Al- 
mirante á simbolizar el árbol del amor , siendo muy del gusto de 
aquellos diás , merece por su idea y por su formas artísticas, 
ser conocido de los lectores. Helo aqui : 

A aquel &rbol , que mueve la foxa^ 
algo se le antoxa. 



1 Polio?. 

2 Entre otros testimonios que pudiéramos citar, parécenos de importan- 
cia la Crónica del Condestable Miguel Lúeas de Iranzu , en la cual refi- 
riéndose las excesivas y fastuosas fiestas, con que divertia su pequenez la 
corte de Enrique IV y se dice á menudo que «hubo muchas danzas, bayles 
é cossantes*, en que se oian las más delicadas voces. Esto prueba que se 
cantaban en coro con música y con baile. — Sobre el nombre sólo puede 
conjeturarse que acaso se deriva de la voz coso (plaza), viniendo esta com 
posición de la poesía popular. 



294 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Aquel árbol del bel mirar 
fage de manjeia flores quiere dar : 
algo se le antoxa. 

Aquel árbol del bel vejer 
fa^e de manyera quiere florecer : 
algo se le antoxa. 

Fa9e de manyera flores quiere dar : 
ya se demuestra; salidlas mirar: 
algo se le antoxa. 

Fage de manyera quiere florecer: 
ya se demuestra ; salidlas á ver: 
algo se le antoxa. 

Ya se demuestra ; salidlas mirar: 
Vengan las damas las fructas cortar: 
algo se le antoxa i. 

Preciábase pues el Almirante de Castilla de cultivar la poe- 
sía, tal como la habian recibido los partidarios de la escuela 
provenzal, bien que enriqueciéndola con nuevos primores. — No 
bajo otra forma la conocieron los trovadores de su casa, entre 
quienes se distinguían su hermano Iñigo López, señor de Relio; 
García de Pedraza , hijo-dal|o y escudero muy bien recibido en 
^ la corte, y el maestro Mahomad-el-Xartosse , su fisico, que go- 
zaba reputación de gran letrado. Breves cláusulas amatorias b^ 
llegado á nosotros del señor de Relio, á quien vemos figurar 
después en las disensiones promovidas contra doña Leonor de la 
Vega y su hijo, muerto ya el Almirante*: más numerosas 
son las poesías de Pedraza , apareciendo algunas dirijidas al 
mismo don Diego Furtado , aplaudido por él como conservador 



1 Folio 6, vuelto, 

2 Iñigo López se apoderó en efecto de los palacios de Guadalajara el 
año de 1405; pero dos adelante le obligaba doua Leonor á reconocer el dere- 
cho y propiedad de su hijo, confesando el atropello anteriormente cometido 
{Vida del marqués de SantiUanat ]^S. XV de sns Obras). £n el referido 
Cancionero MS. tiene una canción, que comienza : 

Mis oxos fueron á ver 
Fermosara tan estranya, 

y parte de una serranilla , compuesta por diferentes trovadores. 



II.' PARTE, GAP. VI. POES. ERCD. A FINES DEL SIG. XIV» 295 

de la paz, mientras alternan otras con las del señor de Relio, ó 
ya se intitulan k otros personajes que florecen después en la cor- . 
te de don Juan II ^: sólo poseemos una compoisicion [del maestro 
Mahomad; pero por alternar con las de otros trovadores de muy 
ilustre prosapia y nombradla , asi como por revelarnos la parte 
que la raza mudejar tomaba en el cultivo de la lengua y poesía 
castellanas, es este documento de no poco precio, mereciendo 
especial mención en la historia de las letras ^. 

1 El indicado decir empieza (al fol. 15 del cód« descrito arriba): 

Buen Senyor , Diego Fartado, 
de la paz coDservador, etc. 

Pedraza tiene en el expresado MS. hasta doce canciones y decires, de- 
más del ya citado , reconociéndose por ellos que alcanzó buena parte del 
reinado de don Juan 11. Algunas canciones, como por ejemplo la que co- 
mienza: 

Fernando, senyor sabet, etc. 
• 

están dedicadas á Fernando de Sandoval, que casó en 1427 con doña Jua- 
na Manrique, hija del Adelantado Pero, y vivia aun en 1457. Todas son 
amorosas y las que á él se refieren escritas durante la juventud de aquel 
procer. — ^Al fól. 12 leemos la serranilla citada en la nota anterior , cuyo 
primer verso dice : 

De Lozoya á Navaftla, etc. 

Dudamos si el Iñigo López que aquí figura con Pedraza , es el Señor de 
Relio* ó su sobrino. 

2 No solamente la metrificación, la rima y la lengua siguen en esta 
producción de Mahomad las leyes generales de la poesía erudita, sino que 
la idea y el asunto de ella son enteramente característicos y* propios del 
movimiento que iba aquella tomando , según después explicaremos. Maho- 
mah se mezcla en la cuestión teológica sobre precitos y predestinados, que 
promueve Ferrant Sánchez Tala vera , y ventilan tan señalados poetas como 
el Canciller A y ala , Imperial y Ferrant Manuel de Lando, cuya significa- 
ción determinaremos en breve. La obra á que aludimos^ lleva en el CanciO' 
ñero de Baena el n,^ b22 , declarando el colector que «es muy ssottl e 
bien letradamente fundada, non embargante que non vá guardada el arte 
»dc trobar— >(pág. 564). Empieza del siguiente modo: 

Preg untador de cara pregunta. 
Conviene vos seer muy bten dispuesto, etc. 



296 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAf^OLA. 

De cualquier modo, asociados estos y otros ingenios bajo los 
auspicios del Almirante, que «tenía grande casa de caballeros y 
escuderos», según nos declara su docto primo, era aquel digno 
del doble lauro, que ganan después sus nobles sucesores, á 
quienes deja con su heredada ilustración el m&s floreciente es- 
tado de cuantos existían & la sazón en Castilla. L&stima fué en 
verdad que la muerte le sorprendiera, cuando rayaba apenas en 
los cuarenta años ^. 

De más larga edad pasó de esta vida el egregio don Alfonso 
Enriquez, hijo del maestre don Fadrique y marido de doña Jua- 
na de Mendoza, la Rica Hembra, y como tal cuñado de don 
Diego. Nacido en 1354, llegaba á conocer cinco reyes de Casti- 
lla, hasta el año de 1429 en que fallece, gozando con los tres úl- 
timos de grande autoridad, la cual empleaba en favorecer y ayu- 
dar & los que «eran del linaje real é non tenian tanto estado». 
Era don Alfonso «hombre de mediana altura, blanco é rojo, espe- 
»so en el cuerpo: la razón breve é corta; pero discreto é atentado; 
»asaz gracioso en su degir: entendía más que decía. Tenía hon- 
»rada casa; ponía buena mesa» ^, y se pagaba en extremo de 
ser reputado por buen galanteador, achaque de que no tuvo cura 
ni aun en la vejez, siendo objeto de sarcástícos epigramas ^. 



Su estudio convence del error en que han caido los traductores de Tick- 
n6r, afirmando que no sig^uló entre los mudejares su curso natural el des- 
envolvimiento de la lengua y de las formas poéticas (Véase el capítu- 
lo 111 del presente volumen). 

1 Obras del marqués de Santülana , Vida, pág. XI. 

2 Pérez 'de Guzman, Generaciones é Semblanzas, cap. VI. 

3 Entre las trovas publicadas al final del Centón Epistolario, leemos 
ciertos versos dirigidos al Almirante, en que se hace burla de sus excesos^ 
aludiéndose á la predicación de fray Pedro de Villacreces , hermano del 
obispo don Juan y que ganó fama de docto á fines del siglo XIV y princi* 
pios del XV. Los versos empiezan : 



El Tletlo que quiere mozo 
é sobrado con mujeres 
parecer, 

El g090 le cae en pozo, 
ca más duelos qae placeres 
Tá á tener,— etc. 



11.' PARTE, CAP. VI. POBS. ERUD. k FINES DEL SIG. XIY. 297 

Alcanzó en su juventud fama de esmerado trovador, cultivando 
la poesía á la manera de los imitadores de la escuela provenzal, 
y valiéndose de sus versos para lamentar las esquiveces de doña 
Juana su muger, vencidas sólo de un accidente que no tiene 
otro ejemplo en la historia de Castilla *. Don Alfonso, ufano de 
haber puesto su amor en tal Hembra, le dirijia una y otra can- 
ción, haciendo gala de constancia y aun declarando que no per- 
día la esperanza de ser por ella amado. En una de estas compo* 
siciones le decia: 

Dicen que fago foUia, 
Mi senyora, en vos servir; 
Faes la peor parte es mia, ' 
Denénmelo consentir. 

Bien veio que es [grantl locura 
Amar é non ser amado; 
Mas, segund Dios é ventura, 
Nas^e tod'ombre fadado. 

Si de mi es ordenado 
Que yo siema porotal uia, 
Al menos puedo dezir 
Sieruo gentil senyoria . 

Y prosiguiendo la misma idea, anadia después en otra can- 
ción, & que pone titulo de Defeita: 

A quien plaze que nos sierua 
Seré, senyora, obligado; 
A ios otros do mal grado. 



1 Cuéntase por Galindez Carbajal^ en su Áddieion á las Generaciones é 
Semblanzas f que desesperado don Alonso de luchar en vano con la esqui- 
vez de doña Juana, 6 movido de simulada cólera , puso airado su mano en 
el rostro de la dama ; y aquella varonil matrona que no habla cedido á los 
ruégaos de don Juan I», ni á las importunaciones de su amante, fiel á la me- 
moria de su primer esposo don Dieg^o Gómez Manrique, porque no se dije- 
ra que hombre que no fuese su marido habla tenido tal osadía, se redujo 
luegro al matrimonio (Salazar, Hist. de la casa de Lara, Ijb. VIII). En 
los últimos años los renombrados don Aureliano Fernandez-Guerra y don 
Manuel Tamayo dieron al teatro con este argumento un interesante drama , 
muy aplaudido del púbUco. 



298 HISTORIA CRÍTIGA DE LA LITERATURA ESPA.IOLA. 

Quiero ver quiea cansará, 
Maldezir ó Bienservir: 
Maldezir sabrá dezir; 
Bienservir porfiará. 

Siempre se me membrará 
Este enxemplo quanto uiua; 
Porfía mata uenado, . 
Que non montero cansado i . 

Sin duda en esta época hizo también don Alfonso el Tes- 
tamento y la Crida de Amor^ composiciones ambas en que se 
muestra tan aprisionado en sus cadenas como enojado contra 
los falsos amadores/, iemis que debian ser una y otra vez glosa- 
dos por los poetas de Castilla ^. Hay en todas estas canciones y 
decireSy aunque resalta en ellos aquella exagerada expresión del 
sentimiento que llega por último & pervertirlo, cierta ingenuidad 
que nace de la misma situación del trovador, cuyos cantos no 
hallaban la ambicionada recompensa. Pero alcanzada la mano de 
la desdeñosa Rica-Hembra, y no extinguido en el Adelantado 
mayor de León el juvenil afán de los galanteos, ya sea que fiel & 
' la ilustre dama que le dio tanta y tan esclarecida descenden- 
cia ', procurase consignar en sus versos aquella felicidad, ya 
que dirijiese sus cantos á otras más fáciles bellezas, — es digno 
de advertirse que su exageración sube de punto, manifestando 



1 Cancionero Vil, A. 3. de la Bibl. Patrlm. de S. M., fól. 34 vuelto. 

2 La Crida que empieza : cEsta es la justicia-^ue el amor manda 
fa^er» etc, se lee al fól. 141 vuelto del expresado Cancionero: el Testa- 
mentó al fól. 147 id. — Sospechamos que la última composición se ha atri- 
buido equivocadamente á don Alfonso, pues que se inserta en ella la estrofi- 
lla 1.* de la canción do Macías^ que empieza: Amor crudet brioso etc.; y 
aunque el Almirante alcanza la trágica muerte de este enamorado, fijada 
por Sarmiento algunos años antes que la de don Enrique de Aragón, cuyo 
doncel era, todavía debería suponerse que la escribió en avanzada edad, 
bien que esto no se opone á su carácter poético, según dejamos advertido. 

3 Tuvo en ella doce hijos , tres varones y nueve hembras : don Fadrique 
el mayor fué abuelo de don Fernando el Católico ; y de su descendencia 
vienen los duques de Toscana y la casa de Saboya, etc. — (Salazar, Casa de 
lara, lib. VIH). 



II.' PARTE, CiP. VI. POES. ERCD. A FIZ^S DEL S16. XIV. 299 

que no eran fruto de la verdadera inspiíiacioQ aquellos atildados 
cantares. 

Llámanos entre todos la atención, probando que la alegoría 
dantesca y la erudición clásica, que traia esta consigo, iban ga- 
nando terreno en la estimación de los partidarios de la escuela 
provemal, el Razonamiento que fizo consigo mesmo y que con 
mayor propiedad pudiéramos apellidar Vergel delpensamienío. — 
£1 poeta ñnjeque se ve trasportado á un hermoso jardin, donde 
árboles, flores y fruto eran símbolo de amor y tenian morada los 
que le abrigaban sin tiento ni medida. Comenzaba del siguiente 
modo: 

Por la muy áspera uia 
De passiones caminando, 
£n un vergel reposando 
Me fallé estar en un dia. 



£1 vergel del pensamiento 
Es este vergel llamado; 
£1 qualfué hedifí^do 
Para quien ama sin tiento. 

Sus árboles son porfía 
£t las flores esperanza; 
£1 fructo grant alegría; 
El ortelano es andanza i. 



Conociendo por medio de una inscripción grabada por soíil 
arte en una piedra, el lugar donde se halla, y juzgándose digno 
de aver cavida en el vergel, laméntase largamente de su mal 
pagado amor en ingenioso y alambicado monólogo [razonamiento] 
hasta que se le aparecen Palas, Venus y Cupido; deidades, *cuya 
protección solicita, obteniendo el perdón de las dos primeras, si 
bien no puede recabar gracia del dios de Amor, que le impone 



1 Fól. 72 V. del códice arriba citado. £n el señalado con el n.^ 7819 de 
la Biblioteca imperial de París se atribuye á un Alfonso Rodrigpuez ; pero 
parece error del (Copiante. 



300 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

la merecida penitencia ^ — Cosa es fácil de notar que si hay en 
esta y las demás composiciones de don Alfonso Enriquez alguna 
verdad de situación, respecto k sus amores con doña Juana de 
Mendoza, no solamente se hallan á inmensa distancia de la ex- 
pontánea expresión del sentimiento, caracterisüca de la poesía 
erótica, sino que en valde buscaríamos en ellas al poderoso 
magnate, nieto de reyes,, que investido con la dignidad de Almi* 
rante mayor de la Mar, tras .la muerte de don Ruy Diaz de Men- 
doza, tuvo antes y después extraordinaria influencia en los des- 
tinos de Castilla. Únicamente ha llegado á. nuestros días una 
producción, bien que dudosamente adjudicada & don Alfonso, en 
la cual brilla un sentido moral m&s elevado ^: todas le presen- 
tan, sin embargo, como un poeta de corte, que habla ya aquel 
lenguaje artificial, llevado en breve al más alto punto de refina- 
miento. 

En otra esfera contemplamos á don Pero Velez de Guevara, 
tio del marqués de Santillana, «gracioso y noble caballero que 
•escribió gentiles decires ó canciones» ^. Hijo de don Beltran 



1 Termina asi: 

El la muy grant excelencia 
De los dOB me perdonó: 
Bl ter9ermedlxo;Nó 
Pasearás sin penitencia. 

2 Hablamos del dezir, que empieza : 

¿Qué se flso lo p8|^do 7 
I Válme Dios, qué falso mundo I etc. 

En el Cancionero VIL A. 3, de la Biblioteca Patrimonial de S. M, se 
halla ^1 folio 144 atribuido á Alfonso Alvarez de ViUasandino , y con este 
nombre lo inserUron en sus notas (pág:. 642) los publicadores del Cancio- 
nero de Baena. En el códice 7824 de la Biblioteca Imperial de París, folio 
94 v.^ existe, según copia que debemos 4 la inteligente solicitud del claro 
historiador Conde de Circourt , como obra de don Alonso Enriqt^s, no ca- 
biendo duda, por el lenguaje, las ideas y alusiones al estado de las costum- 
bres, de que fué escrito en el primer tercio del siglo XV, cosa confesada por 
los compiladores de ambos Cancioneros, cualquiera que sea el autor entre 
los dos ingenios mencionados. 

3 Obras, Caria al Condestable, n.'' XVIII. 



n.* PARTE, CAP. VI. POES. ERÜD. A FINES DEL 9IC. XIV. 301 

de Guevara, señor de Oñate, y de doña Mencfa de Ayala, contá- 
base entre la primera nobleza de Castilla, emparentando con la 
familia real,, al contraer matrimonio con doña Isabel, hija del 
conde don Tello, que lo era del rey don Alfonso XI. Obligado 
así con nuevos deberes, esmerábase en el servicio de la corona, 
concurriendo cop sus vasallos á la desdichada, guerra de Portu- 
gal, que tenia fin en el desastre de Aljubarrota, peleando como 
bueno y esforzado en tan sangrienta jornada. Su lealtad le ga- 
naba en Sevilla algunos oficios de importancia; pero malquistado 
en la corte con algunos palaciegos y no bien amistado, con el re- 
gimiento . de la capital de Andalucía, vióse desposeído de dichos 
oficios 7 perseguido y acosado ante el rey por sus enemigos, 
desamparándole «todos los señores é amigos que él tenia» en pa- 
lacio; acontecimientos que lamentaba en sus versos, no sin os- 
tentar cierta resignación que honra sobremanera su carácter ^ 
Muerto en los posti:eros dias de 1406 el rey don Enrique, á cu- 
yos favoritos parecía referirse en los indicados decires^ hacia no 
obstante coro con los poetas de la corte, doliéndose de la pérdida 
por demás temprana del monarca, y sacando de ella fructuosos 
avisos *. Su devoción á la Virgen, tan característica de los in- 
genios españoles, le inclinaba entre tanto á consagrarle diferen- 
tes cantigas, en que la elije por abogada y protectora en medio 
de sus tribulaciones, confiando en que no habia de faltarle su 
amparo á la hora de la muerte '. 

Obsérvase pues al repfirar en todas estas circunstancias, 
deducidas de las mismas obras poéticas de Yelez de Guevara, 
que aparece éste animado de más graves sentimientos que sus 
ya mencionados deudos, habiendo mayor consonancia entre sus 
producciones y los accidentes particulares de su vida. Impetran- 
do la gracia de lli Madre de Dios, exclamaba: 

Syempre fué la tu costumbre 
Bresponder á quien te llama, 



1 Cancionero de Baena, nums. 320 y 321. 

2 Id., id., núm.-36. 

3 Id., id., núms. 317 y 313. 



302 HISTORIA. CRÍTICA DE LA LITERATURA BSPAflOLA. 

£t catar á quien te ama. 
Con ojos de mansedumbre: 
¡O más clara que la lumbre» 
Lus et puerta de perdón, 
Santa sobre qutintas sson, 
Sej conmigo toda 77a!... 

Y refiriéndose más particularmente & las persecuciones, de 
que era víctima, decia en otra de las citadas cantigas: 

Estrella de alegría, 
Corona de parayso, 
Vuelve tu fermoso vyso 
Contra mi, Señora mia; 
Ca sobejo cada dia 
Sufro cujtas et pauor 
Con espanto é grant temor 
Deste mundo rrefertero. 

Elevando sus miradas al Hacedor Supremo en la hora de su 
tribulación, prorumpia en estas palabras: 

Señor, oluidando | tu nombre benditto, 
Puse mi fianza | en quien non deuia: 
Por maloe amigos | pensé de ser quito 
De muchos cujdados, | en que yo bivla. 
He vysto et prouado | la su compañía, 
Et quanto me monta | todo lo servido: 
Entyendo de todos | que hé rre^ibido 
Las gra^yas é onrras *! que yo auer deuíaü... 



AI dolerse de la muerte del rey don Enrique, pintaba así el 
efecto general que aquella produce, y el particular estado de su 
ánimo: 

Él fuese su uya, | dexónos con duelo, 
Con mucha mansylla | todos denegridos: 
De lágrimas bivas | cobrimos el suelo!.. 
A Dios enojauan | nostrós alaridos!... 



Qué le aprouecban | boses nin foydos?.. 
Esto conturbado | mucho más que suelo, 
Quando tales cosas oyen mis oydos... 



11.* PARTE, GAP. VI. POES, ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 303 

Mas no por esto deja de pertenecer Velez de Guevara á la ' 
misma escuela que don Diego Hurtado y don Alfonso Enriquez. 
Cita el marqués de Santillana como uno de sus más celebrados 
decires el que supone comenzar, diciendo Jullio Cesar el afor- 
tunado ^; y esta composición , que en realidad dedica & ponde- 
rar la fermosura de Madama Juana de Nauarra ^, presenta á 
Guevara, haciendo uso de aquel lenguaje por extremo hiperbó- 
lico y gala de aquella indigesta y pedantesca erudición, ostenta-, 
das por Yillasandino y sus discípulos, y exageradas al más alto 
punto en todo el siglo XY. Rasgos epigramáticos'de la misma in-. 
dolé que los de otros poetas cortesanos hallamos también en el 
de^hr escrito contra Sancha Carrillo, dueña noble la más vieja, 
fea y pobre del palacio del Infante don Fernando ': por manera 
que si en las poesías que tienen directa relación con la vida de 
don Pero, se apartB éste en la intención moral algún tanto de los 
meros cultivadores de la gaya s^ienpq ^, luego que trata áná- 



1 Obras, Carta al Condestable, núm. XVITI de nuestra edición, pues no 
existe en la de Sánchez. Debemos notar que este verso es el primero de la 
2.* estrofa del dezir que á continuación citamos y no completo, pues dice: 

Pero Julio César, el afortunado. 

Esto nos persuade de que aquí , como en otros pasajes ^ citó de memo- 
ría el docto Marqués de Santillana. 

2 Cancionero de Baena, n.^ 319. El dezir comienza: 

Contiene que diga | de la buena Tista 
Que en RoncesTalles | yy estar un d^a etc. 

3 Id., id., núm, 322. Empieza: 

Saocba Carrillo, | si voso talante,.etc. 

y está escrita en dialecto gallego, empleado alguna vez por los trovadores 
cortesanos, conforme saben ya los lectores. 

4 Comenzamos á emplear esta denominación en la época en que los 
trovadores de Castilla la admiten, evitando así el anacronismo^ en que ge- 
neralmente se ha caido, aplicándola á los primitivos trovadores provenza* 
les. Las Cortes ó Tribunales de Amor, la Gaya sQiencia y los Juegos flo^ 
rales determinan tres distintas y lejanas épocas, que no pueden confundirse^ 



304 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

logos asuntos, no puede desconocerse la semejanza. La forma 
literaria sobre todo ofrece los mismos caracteres, si bien se dejan 
ya entrever como en los versos de don Alfonso Enriquez, algu- 
nos matices de la escuela dantesca *. 

No sucede asi en las composiciones que poseemos del magni- 
fico duque don Fadríque, calificadas por el docto marqués de 
Santillana con nombre de ^assaz gentiles canpiones é decires» ^. 
Enamorado & la manera del Almirante, su suegro, y del Adelan- 
tado mayor de León, «plógole mucho la sgiengia» del trovar que 
le facilitaba la estima y los favores de las daiíias; y la cultivó tal 
como aquellos esclarecidos magnates. Sus canciones, escritas sin 
duda en la juventud, no dan en modo alguno & conocer al procer 
ambicioso y arrogante que llevó los titules de conde de Trasta- 
mara y duque de Arjona y obtuvo en Castilla, durante el reinado 
de Enrique III y la minoridad de don Juan II, tan alto poderlo 
que encargado éste de la gobernación, no sólo hubo de ponerle 
á raya sino que terminó por encerrarle en el castillo de Peñafiel, 
donde pasó al cabo de esta vida ^. Todas las producciones que 

sin manifiesta ignorancia de la historia. Notaremos en breve la significación 
de la gaya SQienoia 6 gay saber en la de nuestras letras. 

1 Principalmente en el sentido moral que esta escuela comunica á la 
poesía lírica de los castellanos, según abajo expondremos. 

2 Obras, Carta al Condestable, n."" XIX. , 

3 De la fidelidad de don Fadrique parece ser mal testigo aquel romance 
viejo, que empieza. 

De vos, el daque de Arjona, 
grandes quereUas me dan, etc. 

Fué preso en 1429^ como consta en la Crónica de d/>n Juan Jí, y murió 
en el siguiente. Tuvo con doña Leonor de la Vega y después con su hijo, 
el marqués de Santillana, muchas diputas y altercaciones^ según manifesta- 
mos en la Vida, que precede á las Obras del último. Era nieto del maestre 
don Fadrique é hijo de don Pedro conde de Trastamara, Condestable de 
Castilla; casó con doña Aldonza de Mendoza, hija del primer matrimonio 
del Almirante don Diego, por lo cual le dio el citado marqués el nombre de 
hermano. La Crónica de don Juan dice que este sintió mucho su muerte 
(cap. XIII de dicho año), «por él debdo que con él habia», pues era dos 
veces sobrino suyo; pero esto no impidió que diese al saberla, los pueblos 
de Arjona y Arjonilla á don Fadrique de Luna, hijo del rey don Martin de 
Sicilia, con perjuicio de doña Aldonza. 



II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERÜD. A FINES DEL SIG..XIV. 305 

hoy conocemos de don Fadrique son simplemente eróticas, y á 
leerlas sin nombre de autor, nadie se atreveria á adjudicárselas, 
por m&s que aparezcan sometidas á. las condiciones comunes á las 
poesías de los imitadores de la escuela provenzai á fines del si^ 
glo XrV. Para muestra de todas y para que sea dable á nuestros 
lectores confirmar el juicio que dejamos expuesto, copiaremos 
aquí una de estas «gentiles canciones», — en la cual se descubre 
cierto desenfado, que puede servir de barómetro al sentimiento 
amoroso del buen duque: 

Non sé por qué me corredes : 
Mal fagedes. 

Vuestro es'iaú coi;^9on, 
Puesto en la vestra presión ; 
Et non sé por quál raQon 
M'aborres^edes. 

Siempre uos serví leal, 
Non catando bien, nin mal : 
Si uoB querés facer ál, 
Non me catedes i. 

• 
Tenia don Fadrique «en su casa grandes trovadores, espe- 
cialmente Fernán Rodríguez Puerto Carrero, Juan de Gayoso y 



1 Códice de la Biblioleca Patrimonial, VII, A. 3, fól. 8, tío. Demás de 
esta composición hay otras dos de ig^ual carácter, fóls. 79 y 85 vueltos, qac 
empiezan: 

1*. Qnien, por serrtr, tos enoxa, eto; 

a.* Tanto só eQOxoso, etc. 

En la segunda hace gala del mismo desenfado que haUamos en la tras- 
crita, diciendo de su persona: 

Só mny desdonado 
Feo é porfiado 
Para enamorado: 
Vet quién roe querrá!.. 

Tengo muy mal gesto: 
De lo ál non só presto,etc. 

En unas y otras usó el colector los títulos de conde y duque, para desig- 
nar á don Fadrique. 

Tomo v. 20 



306 lySTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAl90LA. 

Alfonso de Morana» ^ los cuales, atentos á lisonjear sus afi- 
ciones, hubieron de seguir sus huellas, filiándose en la escuela 
de los trovadores, como persuaden las poesías que de los inis- 
mos guardan algunos Cancioneros ^. Con ellos alternaban, se- 
ñalados por jueces en las contiendas poéticas y tenidos en buen 
predicamento, los mariscales Estúñiga y Perrera, ya citados, y 
otros muchos ingenios que eran m&s adelante ornamento de la 
corte de don Juan II, bien que no faltaron en ella trovadores 
que los motejaran de viejos y les echasen en cara, el haber ya 
olvidado los primores del arte de la poetria ^^ que tienen eo 



1 Obras del Marqués de Saniülana, Carta al Condestable^ n.^ XTX. 

2 En el de Baena tiene Morana el núm. 270 que da principio : 

En la muy alta cadera, etc. 

y Sanche^ puso en sus Notas, pág. 214, otra composición que tiene este bor- 
dón ó estrivillo: 

, A la una, á las dos: 

Alaylao, á quien da más. * 
MI moté vendo por Dios, 
Rematarle bé oy ó crás 
Alaylan, á quien d¿ más. 

De Juan de Gayoso hace mención el tantas veces citado Alfonso Alvarez 
de Villasandino, quien siendo maltratado de los palaciegos, dirijo al rey 
un dezir, quejándose de ellos (núm. 202 del Cancionero de Baena), y 
para defensa del mismo escribió otro por vía de desfecha (núm. 203), en 
que asegura que do se contarían entre sus detractores^ con el he^ue de 
Baena: 

.... Juan de Gayos 

Nln Morana, fio en Dios: 

Que Juntos aquestos dos 

Lo bien fecbo loarán. 

Se vé pues que uno y otro gozaban crédito de entendidos y de impar- 
ciales en los primeros años del siglo XV. De Portocarrero sólo tenemos va- 
gas noticias. 

3 El número de los trovadores que en 1435 calificaba de viejos Juan de 
Yalladolid, apeUidado también Juan Poeta, de quien adelante hablaremos, 
asciende á veintiocho y son los siguientes: — C!asales, Juan García de Soria; 
don Pedro Ponce de León; el conde de Medellin; el obispo de Falencia [don 



Il/ PARTE, CAP. VI. POES. ERÜD. A PINES DEL SIC. XIV. 307 

verdad muy pocos aumentos en todo 'el siglo, conforme después 
advertiremos. Ajustábanse todos estos metriQcadores á las leyes 
del gay saber ^ que había acreditado y seguia autorizando con su 
ejemplo Alfonso Alvarez de Villasandino; y señoreada la escuela 
provenzal del parnaso cortesano, no tenían en él precio alguno 
las bellezas que nacían de otro sistema artístico, siendo al par 
menospreciados cuantos osaban separarse de aquella senda. 

Explica esta observación la poco favorable acogida que en su 
primera juventud hallaba en la corte Juan Alfonso de Baena, á 
quien el nobleJ)iego de Estúñíga denostaba con excesiva dureza, 
por haberse atrevido á contender con los Mariscales, manifestán- 
dole que era tenido en poco entre los ingenios palaciegos, por no 
usarse en su tierra el trovar, pues que «non era todo parlar como 
en Macarena» ^. Pero ya conocen nuestros lectores la innovación 



Gutierre Gómez de Toledo]; el arzobispo de Sevilla, don Diego de Anaya; 
don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago; don Rodrigo de Luna, prior 
de San Juan; el maestre de Calatrava [don Luis González de Guzman]; 
Garcí Sánchez de Al varado; el Alcayde Viejo (de los donceles?., era Diego 
Femardez de Córdova que murió de ochenta años); el conde Pero Niño; 
Pero Carrillo, copero del rey; Gómez García de Hoyos; el obispo de Ca- 
lahorra [don Diego López de Zuñiga]; Pero López de Padilla; don Lope 
Barrientes, obispo de Cuenca; Pero López de A y ala [el mozo]; el Rey de 
Armas de CastiUa [Portugal?]; Pero Carrillo, falconero mayor del Rey; el 
Padre del mismo Davihuelo [á quien satiriza Villasandino]; Mosen Miró 
[Catalán]; Pero Ruyz de la Carrera; Gil González [Dávila?..]; Pero Manuel 
[conde de Montealegre?..]; Soto, maestre-sala del rey; Ferran Cordiller 
[catalán]; Alfon Ferrandez de Mesa, registrador del Rey; y Juan Al- 
fonso de fiaena. — Hemos fijado el año de 1435, porque investido en él 
don Rodrigo de Luna con la dignidad de Prior de San Juan, con que el de 
Yall^dolid le intitula, y muerto don Diego de Anaya en el arzobispado de 
SeTilla el de 1437, no puede salirse de estos dos años (Hist. del Colegio de 
San Bartolomé de Salamanea, pág. 75; Zúñiga, Anales de SeuiUa, pági. 
ñas 323 y 324; Chránka de don Juan II, año 1437). De algunos de estos 
poetas daremos más circunstanciadas noticias en sus propios lugares. 

1 Cancionero de Baena, n.^ 424. Dudamos si este Estúñiga ó Zúñiga, 
que sale en defensa de los Mariscales, es el Justicia Mayor de Castilla, 
come de buen seso, que en pocas palabras fa9ia grandes conclusiones» y 
que se distinguía como cbuen amigo á sus amigos» (Generaciones é Sem- 
blanzas, cap. VIII). Sin embargo, las cualidades que le atribuye Fernán Pe- 



308 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAftOLA. 

literaria que habia introdueido entre los poetas andaluces Micer 
Francisco Imperial, logrando tan felices imitadores como un Ruy 
Paez de Ribera^ un fray Diego de Valencia, un Diego Martínez 
de Medina y otros, mientras no desdeñ&ban del todo sus noveda- 
des ciertos poetas jóvenes de la corte, llamados á ejercer gran- 
de influencia en el parnaso castellano en toda la primera mitad 
del siglo XV ^ 

Micer Francisco Imperial no habia traido solamente ¿ la poe- 
sía andaluza la alegoría dantesca: con ella penetraba también 
en nuestro suelo aquel anhelo de verdadera ciencia que brillaba 
en las p&ginas inmortales de la Divina Commedia y aquel genero- 
so deseo del bien y noble celo de la justicia que elevaban el alma 
del Dante sobre las miserias del mundo , encendiendo con fre- 
cuencia su indignación contra sus envilecidos compatriotas. Este 
doble sentido moral, alcanzado en parte, aunque en diverso con- 
cepto, por la musa didáctica de Ayala, no podia ser reflejado por 
la escuela simplemente erótica de los trovadores. Discutía esta 
alguna vez, siguiendo su primitivo impulso, sobre las excelencias 
metafísicas del amor; pero no habia tenido aliento para remon- 
tarse & las esferas de la moral, ni menos para elevarse & las di- 
fíciles regiones de la teología. • 

Abre Imperial este camino, tomando por guia & su ilustrado 
maestro ; y en tanto que los teólogos, dejada la austeridad del 
claustro^ no reparan en hacer & las musas intérpretes de la cien- 
cia de Dios, velada hasta entonces á las miradas profanas, cultivan 
los menos sabios la moral filosofla, consignando en sus versos el 



* rez,la época en qae se escribe la precitada composición y la circunstancia de 
no ser ya nombrado entre los poetas viejos de la corte por Juan de Yallado- 
lid, cuando sabemos que fallece en 1417, nos mueven á sospechar que pue- 
de ser en efecto el Diego López de Stúiiga, «acepto é allegado* á los reyes 
de Castilla, que florecen en su tiempo. La expresada requesta empieza : 

8r TOS fallattes la leuñ, ele 

t 

1 Aludimos principalmente á Fernán Pérez de Guzman, cuya reputación 
se iguala á la de los más esclarecidos ingenios de Castilla en la primera mi- 
tad del siglo XV (Véase en el tomo siguiente el cap. VIII). 



n/ PARTB, CAP. TI. POES. EBUD. A FINES DEL SIG. XIV. 309 

menosprecio de las mentidas grandezas de la tierra y condenando 
la corrupción de las costumbres con la hidalga y meritoria 
franqueza, bien que no con el encono que descubrimos en las 
bellísimas sátiras de Alighieri. La imitación de este gran poeta, 
iniciada por aquel ilustre genovés y segundada por los ingenios 
andaluces, no sólo dotaba pues á la literatura española de la 
forma alegórica, sublimada en la Divina Commedia^ sino que le 
infundía también nuevo espíritu, encaminándola á más levanta- 
dos fines, cuyo logro estaba reservado á los más señalados poe- 
tas dehsiglo XY. 

Antes de que esto pudiera suceder, debia la imitación pro- 
ducir no despreciables frutos, en el doble concepto ya indicado, 
extendiendo su influjo á todo el parnaso castellano y venciendo 
por tanto las contradicciones que se oponian á su adopción, como 
escuela poética. Los ya citados Diego Martínez de Medina y fray 
Diego de Valencia, el cordobés Pero González de Uceda, fray 
Alfonso de la Monja, fray Lope del Monte, y sobre todos Gonzalo 
Martínez de Medina, veinticuatro de Sevilla, hermano de Diego y 
«omme muy sotíl é intrincado en muchas cosas é buscador de 
muy sotiles invenciones* ^, eran llamados á contribuir con sus 
esfuerzos intelectuales á obra tan plausible, bajo su aspecto mo- 



1 Ortiz de Zúñlga dá en sus Anales repetidas noticias de la antigua y 
nobilísima familia de los Martínez de Medina, enlazada con las principales 
casas de Andalucía. Piego y Gonzalo eran hijos de Nicolás Martin^, teso- 
rero mayor de Andalucía^ y de doña Beatriz López de Roelas: el primero, 
que se distinguió entre los jurados de Sevilla, disgustado de las va- 
nidades del mundo, tomó el hábito de San Gerónimo en Guadalupe, á 
fines del X1Y ó principios del siglo XY, y se contó en 1413 entre los 
fundadores del monasterio de Buena-Vista, cuyo edificio es hoy uno de los 
más nobles ornamentos de la capital de Andalucía. — Respecto del segun- 
do son muy escasas las noticias biográficas, sabiéndose sólo lo que nos dice 
Baena en su Cancionero y deducimos de algunas composiciones del mismo 
Gonzalo y de otros paisanos suyos. Ferran Manuel de Lando le llama escude- 
ro y gentü sevillano, y añadiendo quer no entiende sus dezires, si bien lle- 
vaba ya hechos más de cincuenta, le invita á que vaya á dar puja á alguna 
renta, dejando el pleyto de la poesía (Cancionero, n.^ 280), en lo cual alude 
sin duda al oficio de su padre. Los lectores verán cuan injusto y contrario 
á sus propios intereses de escuela fué, al hablar así, Manuel de Lando. 



310 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA BSPAÍtoU. 

ral, siguiendo las huellas de Imperial y Paez de Ribera, bkifs 
no abrazando con tanto calor, como ellos^ la alegoría iiukn. 
Aplauso singular gozaba entre los dootos la Vision de tmtmr 
taño y escrita en 1382 y sometida ya & esta forma literaria ^.d 
ella contendían el Alma y el Cuerpo hasta quedar triiufantelí 
primera con eh auxilio de un ángel^ enviado por Dios pan ao- 
varla ^. AI verse Ubre de la eterna condenación, pronuapea 
duros reproches contra las males artes y vanidades del moak, 
contra la inconstancia de sus favores y grandezas y contnli 
ignorancia y desvanecimiento de los que fian vanamente «n se 
falsos halagos: 

que puesto que sean | assaz abastantes 
de mucha mqueza | é grant sennorío, 
todo es niebla, | viento é ro^ío 
que passa et oone | por sus temperantes 3. 

fie ello ofrecian en verdad elocuentes ejemplos los últinM^ 



1 Obseryamos que en las poesías escritas en siglos anteriores sobre este 
tema (Véase el cap. I de la II.* Parte) no^e adopta, como aquí, la fortaa 
alegórica : el poeta duerme y se yé trasportado á un valle fondo, escoro; 
el alma venturosa que contiende con el cuerpo , está simbolizada en os avt 
blanca, como anuncio de su futura felicidad , mientras las almas hundidis 
ya en el vicio, se ven personificadas en cuervos, milanos y mochfáelos,mMr 
nifestándose que las nobles y generosas son gerifaltes^ neblíes etc. — Quefeé 
escrita esta obra en 1382 lo prueban los cuatro primeros versos: 

i Después de la prima | la ora passada, * 

Bd el mes de Boero | la noche primera. 
En GCGG e Teynte 1 duraote la Era, 
Estando acostado j allá en mi posada, etc. 

No hay duda en que no se escribió después, porque en 13S3 se cambió 
el cuento de la Era en las Cortes de Segovia. 

2 Es notable la relación que hay entre este accidente de la Vision di 
un Ermitaño y el bello episodio que Dante pone en uno de los cantos del Pa- 
raisOf narrando la salvación de Bounaccorso de Montefeltro^ muerto en la 
batalla de Campaldino. Allí, como aquí^ acude un ángel en socorro del alma 
que se vé casi en las garras de Luzbel, y allí, como aquí, mira éste frustra- 
das sus esperanzas por la infinita misericordia del Altísimo, que se apiada 
de un momento de fé y de arrepentimiento. La imitación parece manifiesta, 
bien que el imitador quede á larga distancia de lo imitado. 

3 Estrofa XVII. Toda la Vision fué impresa aüos atrás por el erudito 



II.* PARTE, GAP. VI. POES. ERUD. A HNBS DEL SIG. XIV. 311 

dias del siglo XIV, elevados & la cumbre del poder y de la fortuna 
y derrocados con general escándalo personajes que teman por 
seguro haber fijado su clavo. El desvanecimiento y liviandad de 
los que no conocían «& sí nin & su estado», condenaba Gómez Pé- 
rez Patino, declarando que 
• 

Tiempo viene de reyr, 

Tiempo viene de llorar ; 

Otro viene para dar 

£t otro para pedir i. 
t 

y manifestando con igual oportunidad que 

Quien es todo suyo, | et quiere catar 
Maneras átales | por que se enajene, 
Es grand derecho | que muera et que pene t. * 

Por sentencias oscuras y sutiles habia revelado el franciscano 
fray Lope del Monte la instabilidad de los favores de los corte- 
sanos^ fijando sus miradas en uno de los más notables acaeci- 
mientos de la historia contemporánea ^; y sin duda á vista de 
semejante^ lecciones el noble jurado de Sevilla Diego Martínez de 



ddnr Juan Barthe ^individuo de la Academia de la Historia ; pero con nota- 
bles defectos, sin duda por no haber conocido más que el MS. del Escorial. 
Demás de este hemos examinado , y el señor Ochoa menciona en su Catá- 
logo (pég. 479), el señalado en la Biblioteca Imperial de París con el núme- 
ro 7225, en cuyo folio 176 empieza la indicada poesía ; pero sólo contiene 
diez y seis coplas de las veinte y cinco, de que toda la Vision se compone. 
.1 Esta composición fué dirigida á doña Leonor Lopet de Córdoba , hija 
de Martin López, Maestre de Calatrava, degollado en Sevil&, cuando esta 
dama que todo lo podia en la privanza de la reina doña Catalina, fué echa- 
da de la corte [1411]. Tiene en el Cancionero de Baena el núm. 352: la 
antecedente es al mismo asunto. Pérez Patino fué criado del obispo de Bur- 
gos, don Juan de Villacreces, muerto en 1403 {Esp.* Sagrada, XWl, 
cap. 4) , y era tenido por cbuen gramático é lógico é buen filósofo é theo- 
lógico é mecánico en las otras artes». 

2 Cancionero de Baena, núm. 355. 

3 Aludimos al dezir que hizo «quando el Rey don Enrique apartó de su 
»corte al Condestable viejo é llegó á su privanza el Cardenal de España, 
»el qual dezir es muy fondo é muy escuro de entenderá. Lleva el núm. 348 
del Cancionero , y fué escrito de 1396 á 1403. 



312 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Medina, que «em un orne muy onrado et muy discrepto é bien 
«entendido, asi en letras é todas Qiengias como en estilo é prác- 
«tica del mundo* y que acababa por tomar la cogulla de San 
Gerónimo, desdeñando honras y riquezas, apostrofaba al amor 
mundanal, diciendo: 

. . . Non fallará | en ty otro prouecho 
Qualqoier que te sigue | nin otro plaser, 
Synon andar siempre | cuytado, mal trecho» 
Perdiendo su ffama, | su sseso et aver i. 

Con más aliento que todos dirijfase Gonzalo Martinez de 
Medina, arrostrando el peligro de ser tenido «por muy ardiente 
é suelto de lengua», contra la creciente corrupción de Castilla, 
exclamando con denodado y aun profetice espíritu : 

¡ Ah, guay de la tierra» | do lo tal conteste, 
Que bien es posible | de ser destroydaü 

Que non será yilla, | nin oibdat, nin casa, 
A donde non aya | Güelfos, Gebelinos !.., 

Non avrá quien ose | seguir el arado : 
Que todo será en flamas ardientes!!... S. 

El miserable espectáculo que tiene delante de sus ojos, le' 
conmueve basta el punto de levantar á Dios sus ardientes plega- 
rias, prorumpiendo en esta forma : 

¡ Oh Incomparable !... | la tu deidát 
¿Uómmo consiente | tanta corrupción . 



1 Es el niim, 331 del citado Cancionero, Baena lo repitió después^ tras- 
trocando lab coplas, diciendo que era un desir contra el amor y atribuyén- 
dolo á Ferran Sánchez Talayera^ en él núm. 533. Dieg;o de Medina escribió 
varias poesías en este mismo sentido y en el religrioso, haciendo al citado 
Fray López del Monte , Fraile de san Pablo de Sevilla, varias preguntas 
teológicas, que muestran la disposición que tenia para abrazar la vida mo- 
nástica. Véase el dicho Cancionero desde la pág^. 355 á la 369 y la nota 
de la pág^. 309 de este capítulo. 

2 Cancionero de Baena, núm. 333. 



n/ PARTE, CAP. VI. POBS. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 313 

Atantos delitos^ | yerros et maldat, 
Engaños, sofysmas, | mentaras, tray9ion, 
Gruesas, cobdi^ias | et fomic^ion, 
Artes et lagos | et endasimientos, 
Quebrantos de fé | é de juramentos, 
Et males estraños | sjn comparagion?... 

Ni el santo respeto de las leyes divinas, ni el material temor de 
las humanas sirven de freno ala soltura y general licencia, triun* 
fantes la soberbia, ía mentira, la maldad, la vanagloria y la ava- 
ricia, y pospuestas y olvidadas la justicia, la verdad, la bondad, 
la caridad y la castidad^ con visible adulteración de todas las 
virtudes. La voz del Omnipotente resuena en los oidos del poeta, 
para revelarle que la infinita bondad á todos cobija igualmente» 
porque dice el Eterno: 

To envié mi Fijo | con grand piedat, 
Que del humanal | fuesse rredengion... 



Yo espero á todos | fasta la su fin, 
Por que conozgan | mi g^rant señorío : 
Et assj al flaco | conuno al palagin 
Di para salvarse | ^ual alvedrio... i. 



El anhelo del bien le lleva & considerar cu&n desordenada y 
arbitraria anda la justicia en la corte de los reyes cristianos, 
cargada de alcaldes, notarios y oidores que dan tormento & las 
leyes, mientras en tierra de moros libra un solo juez lo civil y lo 
criminal, sin más glosadores ni intérpretes que «discreción é 
buena doctrina». Un solo rasgo, en que Gonzalo de Medina nos 
da á, conocer el efecto de tan viciosa administración de justicia, 
basta para pintar aquella corte, bosquejada también de mano 
maestra por la musa de Ayala ^. 

Qualquiera oueia j que vien deserrada, 
Aquí la acometen | por diversas partes 

1 Id; id, núm. 335. Obsérvase cuan lejano estaba Gonzalo de Medina 
de la absurda preocupación del hado , hora y ventura , reflejando en estos 
versos la doctrina, defendida por nuestros oradores sagrados y enderezada 
contra las extravag^ancias astrológicas. 
' 2 Véase el cap. III del presente volumen. 



314 HISTORIA CRÍTICA DB LA LITERATURA ESPAflOLA. ' 

Cient mili engaños^ | malifias é artes, 
Fasta que la fasen | yr bien trasquilada. 

Comparando esta rapiña y orgullosa venalidad con la flaqueza 
y frajilidad de los bienes mundanales, añadía : 

Non es segaran^ | en cosa quesea!... 
Que todo es ensueño | e flor que peres^e : 
£1 ríoo, el pobre, | quando bien se otea, 
€k>nos9e que es viento | é pura sande^.. 

El viento de la codicia trastorna sin embargo el juicio de la 
razón, y agitado por el espíritu de Luzbel, arrastra y precipita en 
profunda sima & los mortales, sin respetar calidad, orden ni 
estado. 

Papas, cardenales, obispos, perlados 

ya de Dios | non han remembran9a!... 

Et de luxuría, | soberbia, cobdigia, 
Engaños, sofismas, | mentiras, aiali^ia, 
Abonda el mundo, | por su mala usan^ l. 

£t de vestiduras | muy enp^riales 
, Arrean sus cuerpos j con grand uanagloria ; 

Et sus paramentos, | baxillas rreales 
Bien se podrían | poner en estona, 
E seguir los rreyes | en toda su gloria; 
Mas las ovejas | que han á gobernar 
Del todo las dexan | al lobo levar 
E non fasen dellas | ninguna memoria. 

Ya por dineros | uenden los perdones, 
Que deuían ser dados | por mérito puro ; 
Nin han dignidades | los sanctos uarones 
Por 8U8.elec9Íones j [aquesto vos juro], 
Salvo al que lleva | él florin maduro, etc. 



1 Debemos notar, y sin duda lo habrán ya advertido los lectores, que 
este poeta y todos los que imitan en uno ú otro sentido á Micer Franciseo 
Imperial ingieren en sus composiciones muchos versos endecasflabos , en 
los cuales aparecen acentuadas generalmente las sílabas cuarta y octava, 
constituyendo verdaderos sáficos. Los endecasílabos de Imperial reconocen 
la misma ley, como puede comprobar su examen. 



11.* PAllTEy CAP. VI. POES. ERUD. A HNES DEL SIG. XIV. 315 

Guardaban el mismo compás los oficios y dignidades tempo- 
rales, andando «ciego tras ciego y loco tras loco», basta dar en 
el abismo de la muerte, que iguala «los que visten oro é visten 
camuña», ministrando al par la elocuente y aterradora lección, 
con frecuencia olvidada por los hombres de que 

... este mundo, | mesquino, cuitado, 
Es menoB que fumo, | é polvo diarista i. 

Con la misma enérgica franqueza insiste Medina en condenar 
las glorías mundanas ^ ora apelando & la historia y á. la fábula, al 
modo que lohabia hecho el Dante, para hacer más certeros sus 
tiros contra el orgullo y la tiranía ^; ora aprovechando los suce- 
sos desastrosos y la muerte de los magnates más encumbrados, 
para reprender la soberbia de los vivos, ante cuyos ojos pone la 
severidad de la divina justicia '; ora dando, una y otra vez, sa- 
ludables é ingenuos consejos & los que no escarmentados por las 
agenas desdichas , escalaban el poder , suponiéndolo durade- 



1 Cancionero de Baena, núm. 340. Este interesante dezir lo recogió 
después en su Cancionero, sin nombre de autor, y con dos coplas tle menos 
(XXVI; son XXVIII) Fernán Martínez de Burgos [1465]. El erudito Flora- 
nes no supo tampoco á quién atribuirle (Mem, de Alfonso VIII, apén- 
dice XVI), al describir dicho Cancionero. Los pubUcadores del de Baena , 
perdiendo de vista el carácter de esta composición, le añadieron hasta siete 
estrofas más , que en realidad constituyen la pregunta relaUva al dezir 
que sigue, como demuestran la materia, el tono y hasta la identidad de 
los consonantes y número de coplas. Lástima es que no sea este solo el er- 
ror de igual naturaleza que tiene la edición del Cancionero, En las poesías 
de Gonzalo de Medina hay algunas estrofas trastrocadas, lo cual destruye 
lastimosamente el sentido é ilación de las ideas en ciertos pasajes. 

2 Id., id,, núm. 337. Este dezir fué escrito en 1418^ antes de morir 
doña CataUna. 

3 Id.^ id., núm. 338 en que pinta la muerte de Diego López de Estúñi- 
ga y Juan deVelasco (1417 y 1418), exclamando, al recordar sus desa- 
fueros: 

¿Qué pré les touo | la grand tiranía 
Nln los tesofos | tan mal anegados, 
Mentiras é artes, ( engafios, falsías 
Et loe otros abtos | tan desordenados?... 



316 HISTORIA CRtTIGA DE LA LITERATURA ESPACIÓLA. 

ro ^ £1 hidalgo poeta sevillano, para quien tan goco valia el 
lisonjero halago de las riquezas y para quien sólo era respetable 
el austero acento de la verdad^ augurando ya en sus decires la 
profunda y melancólica inspiración de Rioja ^, apostrofaba con 
frecuencia i sus coetáneos, diciendo: 

Catad que ante Dios | non ay poderoso!... 
Que todo Be juzga | por alta potencia!... 



1 Id., id., núm. 339. Fué este dezir compuesto al subir á la privanza 
Juan Furtado, el mozo, esto es; de 1412, en que sustituyó al infante don 
Juan en la Mayordonia mayor del rey joven, hasta tll9, en que 1^ vemos 
en la cumbre del favor con el referido monarca {Crónica, año XII, capítu- 
lo XXIII y año XIX, cap. X). 

2 Nos referimos principalmente á la Epistola Moral á Fábio: medidas 
la distancia de dos siglos y la alta y profunda inspiración del cantor de las 
flores, no habrá en efecto quien no le recuerde, al leer en Gonzalo Martínez 
de Medina, demás de los pensamientos ya citados, estos y otros semejantes. 
Dirigiéndose á Dios: 

Es la soberbia | en grand abundancia, 
B tu Justicia I del todo caydal... 

Pintando la gracia divina y el orgullo de los hombres: 
Al viejo dá vida, J muerte al nifio en cuna... 
A los soberbios I priva sa potencia,— 

Ponderando la brevedad de nuestro vivir y los peligros que nos rodean: 
Non más que roció | procede la vida.— 



Todo lo paseado | non pares^e nada. 
Salvo lo presente | en que nos fallamos; 
Cada dia pasea I una graad Jornada 
De la nuestra vida | que tanto buscamos. 

De laso en laso é de foya en foya 
Imos corriendo (asta la grand sima. 

Ciego tras ciego é loco tras loco 
Asi andamos^ corriendo fortuna, etc. 



\ 



Nótese de pato que casi todos estos versos son sáflcos, como los de Im- 
perial. 



. Il/ PARTE, CAP. VI. POES. ERÜD. A FINES DEL SIG. XIV. 317 
Abrid bien las puertaa | de yuestra congien^ia!... . 
Amat la Justigia, | verdad et derecho... 

Desde Lucifer | fasta el Papa Juan 
Podedes leer | estrannas cajdas, 
Segond las estorias | vos lo contarán, 
£t por Juan Boccagio [ vos sóa repetidas !... i. 

T en otro lugar añadía: 

Quita delante | tus ojos el velo 
De la vanidat | que asi te engaña!... 
Junta con Dios | tu amor et tu celo 
Et faz de virtudes | s^ura cabana ! 2. 

ün rayo de esperanza divisa Gonzalo Martínez, al empuñar 
don Juan II, tras larga minoridad, el cetro de los Alfonsos (1419). 
Su musa prbrumpe en cierta manera de himno, en que convida 
á España entera & gozar de la alegría, que inunda su* pecho, ma- 
nifestando que Justipa^ Prudencia^ Seso y Templanza le escu- 
dan y hacen morada con el nuevo soberano, y prediciéndole inau- 
ditos triunfos. Exaltado noblemente el sentimiento patriótico del 
poeta, veía ya segura la ruina de los sarracenos y volar los pen- 
dones de Castilla por apartados mares y regiones : dirigiendo su 
voz í pueblos^ magnates y caballeros, decia: 

Grozen e tomen | las altas conquistas ; 
Apuren los mares, | los moros venciendo : 
A todas las tierras ¡ que dellos son vjstas 
Ello^le sigan, | assaz conqueriendo. 
En Jerusalem | su silla poniendo, 
Bes^iba corona | de alto Enperador; 



1 Cancionero de Baena, núm. 338. Los IX libros De Cassibus Virorur^ et 
foeminarum illusirium habían sido ya puestos en su mayor parte en caste- 
Uano por Ayala» según dejamos con oportunidad advertido. Don Alonso de 
Cartagena romanzó en 1422, durante su embajada en Portugal, parte del 
penúltimo y todo el último libro; por manera que escrito este dezir, cquando 
murieron Diego López é Juan de Vélaseos (1417 y 1418), es indudable que 
Gonzalo de Medina se refería aquí al original latino de Boceacio. 

2 Id., id., núm. 337. 



318 HISTORIA CRÍTICA DB LA LITERATURA ESPA!90LA. 

£ alli se goze [ con nuestro Señor, 

A las sos manos | el alma rríndiendo 1. 

Mientras en tal manera brillaba entre los poetas sevillanos el 
alto sentido moral de la escuela dantesca ^ hacía ostentación de 
sus primores en la corte de Enrique III y de doña Catalina un 
^noble caballero f poltdo en trovar»^ designado por el ilustre 
marqués de Santillana como el más devoto imitador de Micer 
Francisco Imperial, su maestro ^. Era este Forran Manuel de 
Lando, hijo de Juan Manuel, hidalgo de Sevilla, quien ganoso de 
labrar su fortuna, le enviaba muy joven & la corte, donde era 
bien recibido de la nobleza, logrando plaza de doncel del niño 
rey don Juan y con el tiempo la estima de la reina tutora ^. 
Llamado el Infante de Antequera al trono de Aragón por el com- 
promiso de Caspe, designábale doña Catalina, con otro caballero, 
para llevar gil nuevo rey, qua era jurado en Zaragoza, la diadema 
ceñida por su padre don Juan I, al coronarse rey de Castilla ^. 
Acudia á tan grande solemnidad la flor de la nobleza castellana, 
y contábase entre los trovadores atraidos por la magnificencia de 
don Fernando, el anciano Alfonso Alvarez de Yillasandino, quien 
no olvidada la costumbre de pedir, demandaba al rey en albricias 
una hopa^ como dulce soldada, para contar la estoria de la co- 
ronación, fiesta de tan alto estado que non se fallaba en escríp- 

1 Id., id., núm. 335.— Este notable dezir empieza: 

Alégrate agora, | la muy noble Bspafia^ 
B mira tu rey ) taa muy deseado, etc. 

2 Carta al Condestable de Portugal, núm, XIX. «Imitó (dice) más que 
ninguno otro á Mifcr Francisco Imperial». 

3 Debe notarse aquí que ya desde antes de 1407, fig^ura Ferran Manuel 
entre ios trovadores de la corte^ tomando parte en las cuestiones ó Udes 
poéticas de más dificultad é importancia, y hombreándose con López de 
Ayala^ el Viejo, y aun con su propio maestro Imperial. Esto se prueba, al 
leer la repuesta dada á Fernán Sánchez Talavera sobre la disputa de los 
predestinados y precitos, que adelante mencionaremos; y si, como parece 
racional, gozaba al componerla de cierta reputación en la corte, es eviden- 
te que alcanzó en ella buena parte del reinado de don Enrique. 

4 Crónica de don Juan II, año 1414, cap. XI. 



II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 519 

tura <: Manuel Ferran, cobrando allí también fama de gentil 
trovador, jntercedia por Villasandino, haciendo que el rey aña- 
diera & la hopa una muía muy fermosa é muy garrida^ é invi- 
tando al anciano poela k que celebrara en sus versos tan alta 
ceremonia *• Pero si generosa era en si esta conducta del men- 
sajero de doña Catalina, más lo parecerá conociendo el antago- 
nismo y guerra poética^ que habian existido y aun existieron 
adelante entre ambos. 

Era el joven sevillano hombre de gentil continente, de noble 
semblante, discreto en el decir y tan pronto como agudo en sus 
réplicas. Uníanse á estas dotes naturales, que le ganaban desde 
luego admiradores y envidiosos, la reputación que traía de atilr- 
dado trovador y alto poeta, docto en la lengua latina y sobre 
todo iniciado en aquella escuela que desechando ó teniendo en 
poco las leyes dó la provenzal, habia reconocido en Sevilla por 
maestro á Micer Francisco Imperial y por fuente de inspiraciones 
la Dmna Commedia. Tal vez, pagado con exceso de esta novedad 
y más confiado en su ingenio de lo que debiera, achaque sin duda ' 
de sus cortos años, hizo Ferran Manuel inmoderada ostentación 
de sus versos , menospreciando á los poetas de la corte, entre 
quienes tenia gran crédito, cual oportunamente indicamos, el 
precitado Alfonso Alvarez de Villasandino. Picado este de la jac- 
tancia del doncel y deseoso de salir á la defensa del arte, en que 
tantas invenciones graciosas^ y dulces de oir habia hecho, hubo 
de tildarle de simple é ignorante, acusación á que replicó muy 
luego Manuel de Lando, manifestándole que los rudos corazones 
eclipsaban á veces á los más sánelos doctores, y que acaso sa- 
bían más que él los que reputaba por simples , pues que Dios 
habia puesto en todos los hombres sus gracias y mercedes ^. 



1 Cancionero de Baena, púm. 66. 

2 Id., id., D.^67. — Comienza esta composición: 

Lyndo poeta onorable, 
. Esperad con grant flrmexa, etc. 



3 Id., id., n.^" 253. 



320 HISTORIA crítica DB la literatura ESPAftOLA. 

Varias respuestas dio Yillasandino & esta composición [reqües- 
ta], considerada como formal provocación poética, trabándose ana 
lucha, por demás larga y enojosa, en que ni tuvo Alvarez la 
. e mplanza y circunspección que pedían sus canas, ni guardó Ma- 
nuel é. estas el respeto debido. El antiguo y siempre honrado 
sabidor declaraba que lo tendrían por mendigo, si cerraba sa 
casa por un nuevo trovador^ cuyas obras desconocia, esperando 
del novel cavallero cada dia alguna cuestión fermosa ó fea^ sí 
bien como discípulo de Francisco Imperial, sospechaba & qué es- 
cuela debían pertenecer sus producciones < . Vista ya alguna de 
ellas, no solamente le echaba en cara el que pretendiese en edad 
tan temprana subir tan alto, teniéndose por muy sabidor ^ sino 
que le denostaba también por haberse atrevido á cultivar la poe- 
sía, ignorando el arte que enseñaba las reglas del lay y el deslay, 
del cor y el discor^ del mansobre doble y sencillo, .del encade- 
nado y el lexapr^nde^ de la maestría mayor de bervo partido 
y de la maestría de macho y fembra. Hasta el punto de acusarle 
de que había osado reprender al mismo Dante^ & quien Ferrant 
Manuel miraba en realidad con religioso respeto, llegaba la oje- 
riza del viejo Villasandino ^; calificaciones todas nada benévolas, 



1 Id., id , DÚm 256.— La declaración de Villasandino no puede ser más 
terminante, respecto de la escuela de Ferran Manuel, diciéndole al poner 
fin á una de las respuestas, de que hablamos : 

Pues feñldes la correa 
De Fmn^lsco Imperial, 
Yutra arte tal ó qual, 
Ta sé de qae pió coxquea. 

Estas palabras concuerdan perfectamente con las citadas arriba del mar- 
qués de Santillana (nota 2 de la pág^ina 318) ; y si, como persuaden , fué 
esta composición escrita á poco de presentarse Lando en la corte, dándose 
á conocer como poeta, parece demostrado que precedió en alg-unos años al 
de 1407, habida consideración alo observado «n la nota 3 de dicha página. 

2 Id., id., núm. 255.— Textualmente dice Villasandino : 

A Dante el poeta | grant componedor 
Me dlsen, amigo, | que reprehendlstes: 
Sy esto es verdat, j en poco tovlstes 
Lo que el mundo tiene j por de grant Talor, etc. 



Il/ PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 321 

que recaian principalmente sobre la escuela.de Imperial y eran 
algún tiempo adelante terminantemente desaprobadas por el mar- 
qués de Santillana ^ 

£1 ejemplo dado por el patriarca de la escuela provenzal, tuvo 
imitador en el converso Juan Alfonso de Baena, quien si bien 
no gozaba en la corte la reputación alcanzada por Alfonso Alva- 
rez, iba & vincular su nombre en la historia de las letras, com- 
pilando algunos años después su Cancionero. Para que se publi- 
cara sn ciencia de grant maravilla en la corte castellana ^, y ya 
cargándole de elogios, en que se trasluce alguna parte de ironía^, 
ya motejándole de haber leido poetas en luna menguante y dán- 
dole el ofensivo y malicioso consejo de que se avise y guie por los 
aforismos del cantor de Beatriz ^, empeñaba Baena con Ferran 



Se advierte que cuando Villasandino escribía estas palabraSi» era todavía 
Laiido muy poco conocido en la corte como poeta, y que no alcanzaba con él 
la familiaridad que indican otros decires, tales como el escrito en 1414^ ya 
citado. 

1 £1 marqués observa : aFizo asy mesmo algunas invectivas contra Alen- 
>so Alvares, de diversas maneras é bien ordenadas» (núm. XIX de la Car- 
ta al Condestable^ 

2 Cancionero de Baena, núm. 359. — ^Las palabras del converso dicen: 

Fferrand Manuel, | porque se pabliqae 
La vuestra silencia | de grant maravilla 
En esta grant corte | del Rrey de Castilla, 
Conviene forpado | que alguno vos^ pique, etc. 

3 Véanse en prueba de ello estos versos, con que empieza el núm. 369 
del Cancionero : 

Al mu7 ilustrado, J sotyl, dominante 
Que saca las cosas, | f fondo del abismo; 
Al rrymlco, pronto | muy más que graclsmo ¡ 
So todas las artes I maestro bastante, etc. 

4 Sin abandonar la mispíia controversia le decía en efecto en la replica^-' 
eíofi, que tiene el núm. 371 en el Cancionero : 

Lyndo fldalgo, | en luna menguante 
Leystes poetas, | segunt que sofismo : 
Por ende avlsatvos | por el inforlsroo 
Del alto poeta, | rectórlco Dante, etc. 

Es en verdad curioso el ver cómo Villasandino y Baena acusan á Ma- 

Tomo y. 21 



322 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍ90LA. 

Manuel cierta manera de lid poética, discreta y llena de ingenio 
unas veces, ocasionada otras & insultos y groseros dicterios, y 
útil solo para reconocer. y apreciar hoy la doble contradicción Tjue 
experimenta Lando, al mostrarse entre los trovadores de Casulla. 
Mientras el mordaz converso, exagerando las acusaciones de Yi- 
llasandino, no repara en escribir que era el arte del sevillano Ma- 
nuel borruná , desdonada, muy salobre, pobre, y de madera flaca, 
siéndole desconocida la maestría de mansobre, y los dem&s pri- 
mores de la escuela provenzal, replic&bale este, ostentándose 
personalmente modesto y comedido y tomando para si el nombre 
de simple discípulo, si bien un tanto arrogante y grandemente 
pagado respecto de la escuela por él representada ^ 

No se mostraba con todos ni en toda ocasión tan moderado, 
viniendo alguna vez & las manos para enseñar cortesanía á sus 
adversarios ^ : & estos y & todos los poetas seglares y religiosos 
de grant discreción invitaba sin embargo & entrar en la que se 



nuel, ya de erigirse en corrector, ya de haber olvidado las reglas del arte 
del inmortal florentino, á quien miraba cual supremo maestro. £1 tiro es 
en uno y otro caso intencionado, pero injusto. 

1 Los versos á que aludimos, dicen (num. 372 del Cancionero) : 

De todas 59 leñólas | seyendo distante. 



Deciplo so Sffnple, j pessado, ygnorante; 
Mas porqAe mi obra | trluoíe adelante, 
Catat (¡ue si abro, \ mi rica malela 
Tor arte profunda | sotyl i muy rreío, 
A vuestro argumento | seré reprobante. 



2 En la edición del Cancionero de Baena, hecha por el Sr. Ochoa, se 
anota como falta en el Códice de dicha colección la poesía que debió ocupar 
el núm. 271; pero se conserva el epígrafe, del cual resulta que Ferran 
Manuel llegó á los cabezones con Alfonso de Morana por desmesura de un 
moro, criado ó cautivo del referido Morana. Contrasta este hecho con la 
templanza y moderación que guarda Manuel, al contender sobre varios 
puntos morales y teológicos con sus paisanos fray Lope del Monte, que le 
da los títulos de noble cauallero y diestro trovador, y fray Alfonso de la 
Monja, que le apellida caballero honrado de alto saber: á uno y otro habU 
con el mayor respeto , confesándose simple é ignorante y manifestando que 
sabia mucho menos de quanto demostraba (núms. 272, 274, 281, 283). 



n/ PARTE, CAP. VI. POBS. ERUD. A FINES DEL SIG. XlV. 523 

tenia & la sazón por digna liza del ingenio, proponiéndoles al par 
diversas é intrincadas cuestiones, que declaraban desde luego su 
filiación poética. Con tal propósito interrogaba: 

¿Dónde pronuncian | los sanctos juglares 
Loores divinos [ de consolación, 
Al muy alto Rrey | sin comparación, 
A quien establecen | tan dulces cantares?... 

Pregunto otrosi | ¿en quAles lugares 
Está la Fortuna, | e faze mansión 
E que quaUdat | ha su oompljsion, 



O qué forma tiene | su sjmple vysion?... i. 

Estas preguntas, hechas con cierta jactancia y que sólo po- 
dían satisfacer, en el sentido que solicitaba Lando, los que estu- 
vieran ejercitados en el estudio de la Divina Commedia, queda-' 
ron sin contestación, dando sin duda motivo & que disgustado de 
aquel silencio, manifestara á fray Lope del Monte, su antiguo y 
muy respetado amigo, con quien dilucida arduas cuestiones teo- 
lógicas y de filosofía moral, que 

Muchos letrados 1 é frayles faldudos 
Metrifican prossas | de ynota color ; 
Mas non tienen gracia, | que es uertut mayor, 
E fablan sjn orden, | conmio tartamudos t. 

Desentendiéndose al cabo de semejantes querellas, tan del 
gusto de la época como ineficaces para revelar las verdaderas 
dotes del ingenio, llamábanle la atención, como & su compatriota 
Gonzalo de Medina, los desórdenes y catástrofes, las vanidades y 
desengaños de que era teatro la corte de Castilla; y fijando sus 
miradas en aquel noble' é inspirado apóstol, que amparando bajo 
su manto & la grey judaica, enseñaba & los cristianos á menospre- 
ciar el poder y las riquezas, consagrábale los acentos de su mu- 
sa, porque según el efecto maravilloso de su palabra , 

Vivia alunbrado | de gracia divina. 



1 Cancionero, núm. 268. 

2 Id.,i4., núm. 274. 



324 HISTORIA crítica de la literatura ESPAtVOLA. 

Dominada de la soberbia y del orgullo, esclava de la malicia, 
olvidada de su Dios y presa de menguadas supersticiones, apare- 
cía la grey cristiana, cuando se oyó en Castilla la voz oonsola- 
dora de fray Vicente Ferrer, que desvaneciendo las dudas y os- 
curidades de la ignorancia, mostraba á todos el camino de la 
perfección, reanudando los lazos de amor que habian roto odios y 
venganzas. Su elocuencia, decía Manuel de ¿ando refiriéndose á 
las preocupaciones del vulgo, 

Condena é destruye | las artes dañosas 
De los adevinos | é falsos profetas,. 
Mostrando que synos, j cursos é planetas 
A Dios obedesQen | en todas las cosas. 

Hermanado con su evangélica doctrina el eficacísimo ejemplo 
de su virtud, que no carecía sin embargo de incrédulos ^, no 
vacilaba por último el joven poeta sevillano en adjudicarle la do- 
ble palma de la santidad y de la ciencia, exclamando : 

Tan bien de letrado j commo de astinente 
caCóiico, Ijnpio | é sancta persona 
Mi sjnple juysio j le dá la oorona, eto ). 

Lástima que no disiparan aquellas enseñanzas las tormentas 
que levantaba la ambición, consejera en todo el siglo XV de gran- 
des crímenes!! Ferran Manuel de Lando, á quien tal vez favore- 
cía la privanza de su prima, Inés de Torres, sucesora de Leonor 
López de Córdoba y como ella odiada grandemente por la nobleza 



1 Son notables estas palabras de Forran Manuel, al propósito : 

Noo roe quieran mal | algunos sefiores, 
letrados é sabios { que son en CastUla... 



Antes revoquen | sus viles errores 

Los que contra él | fueren retratantes, etc. 

2 Cancionero de Baena^ núm. 287. Si como parece probable, este dezir 
sabiamente ordenado fué escrito durante la permanencia de San Vicente 
-60 Castilla, puede fijarse tal vez en el año de 1407 



Il/ PARTEy CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 325^ 

de Castilla, veia con sorpresa su caida y reclusión, asi como el 
destierro de Juan Alvarez de Osorio, aliado de aquella dama; y 
lleno de enojo contra las inconstancias de la Fortunüy la apostro- 
faba una y otra vez, brillando no obstante en sus versos el noble 
sentimiento de la justicia. ' 

Qessa, Fortuna, | ^essa la tu rueda; 
Gessa tu obra I cruel et dañable... 



El mundo se pierde | por ty cada dia 
£ van ya las cosas | en declinación: 
Padesgen los lyndos | fydalgoa que son, 
E biven los vyles | en grant alegría... 

Tañadla con escéptico desconsuelo : 

Jamás non podemos | ven^r tu porfía 
Por vias, engenios, | maneras»* nin artes; 
Ca tienes tu trono | en todas las partes, 
E faces tus fechos | con grant ossadia i. 

No estaba por cierto fundada ésta doctrina en la del libre 
albedrig enseñada por el cristianismo: Ferran Manuel recordaba 
aquí la pintura de la Fortuna, hecha por el Dante ; pero contra- 
diciéndose y exagerando su aplicación, peligro que hallan sabido 
evitar Gonzalo de Medina y Micer Francisco Imperial, y del cual 
no se vieron exentos los poetas más renombrados de la corte de 
don Juan 11 *• Su celebrado doncel recomendaba, & pesar de todo' 



1 Id., id.| núms. 277 y 278. La Crónica de don Joan II pono la caida 
de Inés de Torres y Juan Alvarez de Osorio en 1416 (cap. X); por manera 
que ambos dezires hubieron de escribirse en dicho año. 

2 De Imperial hemos visto oportunamente cómo se ajustaba á la pin- 
tura de la Fortuna hecha por el Dante: Gonzalo de Medina abrigaba la 
misma idea, diciendo de los hombres : 

SeguQt que los traxo | la alta Fortuna 
De baxo sóbieron | é d'alto cayeron, 
Por se mostrar ( non ser siempre una. 
Mas sobre todos ( la gracia divina 
Fa<;e et desfaje, f trasmuda potencias 
Muestra sus obras j é magniflceo^las» etc. 



326 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAflOLA. 

la sobriedad y la templanza, recouociendo que no estaba cifrada 
la felicidad humana en el ciego voltear de la Fortuna. En este 
sentido deciá : 

. • Al que la gracia | divina lo llama , 
Viua en el medio | lugar de prudencia, 
Ca segunt que vemos | por esperjen^ia, 
De más alto cae | quien más s'encarama. 

Tales son los principales caracteres de las obras poéticas de 
Forran Manuel, llegadas & nuestros dias. En ninguna aparece el 
arte alegórico, tal como lo habían ensayado su maestro Imperial 
y Paez de Ribera, por carecer sin duda de aquella poderosa y 
rica fantasía que daba sensible representación & los objetos mo- 
rales, prestándoles vida en bellas creaciones, donde campeaban 
las galas de la poesía descriptiva, sublimada por la musa del 
Dante. Mas ya fuese que la expresada forma animara sus prime- 
ras composiciones escritas en la corte, ya que el mismo sentido 
moral que en la mayor parte de las conservadas resplandece y 
el menosprecio de las reglas de la poética, provenzal le pus^ran 
en contradicción con los trovadores de Castilla,— es lo cierto que 
Forran Manuel fué, conforme vá advertido, grandemente hos- 
tilizado por los de mayor autoridad, pareciendo preludiar seme- 
jante lucha la que en tiempos m&s cercanos provoca la aparición 
de don Luis de Góiígora y don Juan de Jiuregui en el parnaso de 
la España Central, cual representantes del genio andaluz y de la 
escuela sevillana ^ Así como Góngora, contradicho y aun es- 
carnecido primero, lograba al cabo imponer las novedades cul- 
teranas & los poetas de Castilla, y así como Jáuregui, abandona- 



Ea otro lugar tocaremos de nuevo este punto, tomada en cuenta la in- 
fluencia clásica. 

1 La contraposición de las dos escuelas sevillana y castellana se con- 
signa en dos opúsculos que caracterizan la época de Herrera y de Jáuregui. 
Las notas de Prete Jacopin contra las Anotaciones de GarciUiso y el Contra- 
Jáuregui, opúsculos no publicados todavía y el segundo tan desconocido 
comp advertimos en la Introducción general. De ellos haremos mención 
oportunamente. 



Il/ PARTE, CAP. VI. POBS. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 327 

da al postre la imitación de Herrera, seguía los extravíos por el 
combatidos^— -recibieron los primeros impugnadores de Lando 
la influencia dantesca, cual nos enseña claramente el estudio de 
Alvarez de Yillasandino ^; y mientras perdia el contrariado don- 
cel alguna parte de su primitivo entusiasmo por la forma alegó- 
rica, extendia esta su imperio entre los trovadores cortesanos, 
destinada á recibir de ellos en no lejanos días su«más completo 
desarrollo. 

Uno de los primeros á seguir esta senda fué sin duda el hi- 
dalgo Ferran Sánchez Talavera, esmerado trovador de la corte 
de Enrique III, que abandonando los vanos amoríos y devaneos 
del mundo, vestía el hábito de Calatrava, obteniendo al cabo la 
dignidad de Comendador, con que le cita el marqués de Santi- 
llana, al afirmar que «compuso assaz buenos decires» ^. En él 
hallamos, si cabe decirlo así, dos diferentes poetas: el cantor 
amoroso de la escuela provenzal, que celebra la belleza de su da- 
ma y se duele de sus desdenes en rebuscados dezires é ingenio- 
sos diálogos, escritos en verdad con cierta gracia y donosura, 
y el .meditador grave y circunspecto que ora contempla la pe- 
quenez y decrepitud de los bienes terrenos, viendo pasar cual 
leve sombra la vida de los poderosos, ora vuelve sus miradas á 
los misterios de la religión, procurando desatar, con la ayuda de 
los doctos, las dudas que le asaltan. Licito juzgamos citar, para 
comprobación de lo primero, el fresco, suelto y gracioso diálogo, 
hecho for contemplación de su linda enamorada, en que leemos: 

£1— . • . Dios vos mantenga 
EUa — • . t . Muy bien venga 

£1 que non venir deuia 
£1 — ^Véovos estar ufana, 

Pues que ansy vos rasonades— 
Ella — ^A la fé, bien lo creades: 

1 Véase lo dicho en el cap. IV del presente volumen. 

2 Caria del Condestable^ núm. XVIII. Hemos escrito aquí, como alli, 
Talavera en vez de CcUavera, según algunos hicieron, porque no sólo lo 
hallamos así en códices y primitivas ediciones, sino porque reputamos gro- 
scn-o error paleográflco el haber confundido la C con la T, por mucha que sea 
su semejanza en la escritura de las siglos XIV y, XV. 



328 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍ90LA. 

Que de vuestro mal soy sana. 
, £1— E pues al que bien afana, 

¿Qué galardón le daredes? 
Ella—Yt, amigo: que tenedes 
La cabega muy liviana... 



El— Mucho vos veo ser flaca. 
Ella — ^Non enredes de la vaca, 

Que no a vedes de comer. 
El — Sería ledo en vos ver 

Bien al^re et plasentera— 
Ella — Yt: que non só la primera 

Que fué loca en vos creer— i. 



Prueba de los segundos soa los decires en que Sánchez Ta- 
lavera promueve difíciles cuestiones teológicas, llam&ndonos la 
atención el •dirigido & Pero López de Ayala, el Viejo, y encami- 
nado & dilucidar la doctrina recibida por la Iglesia sobre predes- 
tinados y precitos * . Ayala, Fray Diego de Valencia , Fray 
Alfonso de Medina, bachiller en teología y monje de Guadalu- 
pe ', Micer Francisco Imperial, que toma siempre por guia á 
Dante y & Beatriz; Mahomad-el-Kartossi, ya antes mencionado; 
Garcí Alvarez de Alarcon, escribano del rey, y uno de los más 
distinguidos conversos del judaismo ^; y Forran Manuel de 
Lando, que recuerda algunos rasgos de la Divina Commedia, 
todos replican & Forran Sánchez, haciendo gala de erudion y de 



1 Núm. 537 del Cancionero de Baena. Es también notable el silente 
número, en que se contiene otro diálog^o en versos de arte mayor, de igual 
carácter, escrito sin duda antes de dexar el palacio é el venir de la corte é 
tomar el abito. £1 núm. 534 es un dezir contra él Amor, que se ajusta á la 
mismas leyes de la poética provenzal. 

2 Cancionero, núm. 517. 

3 Núm. 520. ¿Seria este Medina pariente de Diego Martínez, profeso 
en el mismo monasterio de Guadalupe?... 

4 Núm. 523. Alarcon aparece como escribano (secretario-amanuense) 
del rey : según Zurita, tuvo activa y eficacísima parte, con Andrés Beltran 
y Gerónimo de Santa Fé, en la conversión de las aljamas de Tortosa, Daro- 
ca, etc., en 1412, ejerciendo grande influencia en los rabinos del Concilio 
de Tortosa {Estudios sobre los Judíos, Ensayo I, cap. V). 



II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERÜD. A FINES DEL 8IG. XIV. 329 

ingenio, si bien no deja de aconsejarle el m&s autorizado, como 
teólogo, que se aparte de contender sobre e.sta ciencia: 

Ca es muy más fonda | que la poefcría, 
£ caos es su nombre | i la^ profundo i. 

Ni merecen olvidarse tampoco, por igual razón, los decires^ 
en que trata de las vanas maneras del mundo, bien condenan- 
do la insaciable ambición é injusticia de los hombres, bien do- 
liéndose de la mala suerte, que le cobija, la cual compara con la 
de oíros muchos menos dignos y afortunados, prorumpiendo en 
esta dolorosa y epigramática sentencia: 

Agores grajean | et los cuervos ca^an!.. 

Ferrant Sánchez supone en una de estas composiciones que, 
hundido en su dolor y despecho, oye una voz dulce y sabrosa, 
que le asegura haber llegado al cielo su querella y que en nom- 
bre de Dios le persuade á desdeñar honras, poderes y riquezas, 
amando sólo la virtud y abrazándose de la ppbreza, que habia 
tenido al Hijo de Dios por compañero treinta y dos años. 

Pobresa es folgura, | lus é claridat, 
Señora esenta | et puerto seguro: 
Kiquesa es sierva | et valle escuro, 
Trabajo, tormento | de grant ceguedat, 
Sobervia é ira, | sañoso león, 
Ck)bdi^a^ avaricia, | fambríento dragón. 
Desden» vanagloria, | orgullo, baldón 
Engaño, mentira, | cruel falsedat, ). 

Semejante doctrina, que santifica el dolor, aliviando los sin- 
sabores de la vida y dando rumbo y norte seguro á la esperanza, 
mitiga la aflicción de su ánimo, llevándole á comtemplar la infi- 
nita grandeza y sabiduría del Criador, cuyas obras son incompren- 
sibles para la flaca razón humana. La temprana muerte de Ruy 
Diaz de Mendoza, Almirante Mayor de la mar, hijo de Juan Fur- 



1 Nóm. 528 del Cancionero de Baena. 

2 Núm. 529 de id. 



330 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

tado, el Viejo, le mueve asimismo & considerar la frágil pequenez 
del mundanal orgullo y de sus mentidos placeres, invitando & los 
poderosos & despojarse dé las honras del cuerpo y & guarecerse 
en la virtud; porque tal era la conturbación y tantos los pecados 
de los hombres que había sin duda llegado el momento de cum- 
plirse las profecías del hijo de Amos y del lastimoso Jeremías. 
Anticipándose al simpático Jorge Manrique, al llorar sobre la 
tumba del joven procer, cuya 

• 
. . . grant fama | fasta en Leñante 

Sonaua en proesa | é en toda verdflt, 

miraba desvanecerse á su vista todas las pompas de la tierrsr, 
exclamando: 

Pues ¿dó los imperios | é dó los poderes, 
£ rreinos é rrentas, | é los señoríos?.. 
¿A dó los orgullos^ | las famas é bríos, 
A dó las empresas | á dó los traheres? 
¿A dó las s^iengias^ | á ^ó los saberes... 
A dó los maestros | de la poetria?.. 
¿A dó los rrjmares | de grant maestría, 
A dó los cantares, | á dó los tañeres?... 
¿A dó los thesoros | vasallos, seroientes?.. 
A dó los fírmalles | é piedras preciosas? 
A dó el aljófar, | possadas costosas, 
'A dó el algalia | é aguas olientes?.. 
¿A dó paños de oro^ | cadenas lusientes, 
A dó los collares | é las jarreteras, 
A dó penas grisses, | á do penas veras, 
A dó las ssonajas | que van retinentes?.. etc. i. 



1 Núm. 530 de id.— Fué escrita en U06, si bien el erudito Floranes 
pone la muerte de Rui Diaz en 1408. Los anotadores del Cancionero de Sae- 
tía suponen que este dezir no pudo ser escrito por Talayera, por entender 
que el Rui Diaz expresado es el mismo que en 1440 mantuvo en Valladolid 
una Justa de hierro, viviendo aun en 1453, cuando fué preso don Alvaro 
de Luna (pá^. 699). — Todo el error consiste en haber equivocado á Juan 
Hurtado de Mendoza, el Viejo, ayo del rey Enrique 111, con Juan Furtado, 
el Mozo, Mayordomo Mayor de don Juan II (de 1442 á 1426), desconociendo 
que el Ruy Diaz llorado por Talavcra era primogénito del Viejo y por tanto 



ll/ PARTE, GAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 331 

Ctoro, visible era pues el camino que tomaba la poesia erudi- 
ta de Castilla, al recibir en su seno durante los primeros dias 
del siglo XY los gérmenes de vida fecundados por la Dwina 
Commedia. Dos hechos memorables, el nacimiento del principe 
don Juan y la muerte del Rey don Enrique, habian despertado 
el sentimiento patriótico de los poetas cortesanos, embebecidos k 
la sazón en amorosas é insustanciables querellas, contribuyendo 
& generalizar aquel generoso espíritu, aquel alto sentido moral 
que aparecia intimamente ligado con la forma alegórica^ tras- 
portada & Castilla por el sevillano Forran Manuel de Lando. 
Fray Diego de Valencia, cuyos aplaudidos decires^ merecen hoy 
la especial estimación de la critica ^ ; el geronimitano Fray 



tfo del Ruy Diaz de la justa. £1 primero pasó de esta vida de su dolencia 
antes que su fodre, con sentimiento universal de los castellanos, porque 
«era orne mucho fazedor de todas cosas»: tan bien quisto fué del rey don 
Enrique III que ele flzo almirante, por falles^imiento del almirante don Diego 
Furtado de Mendoza» (López García Salazar^ lib. XIX, cap. 42): sustitu- 
yóle en el cargo don Alfonso Enriquez, según demostramos en otra oca- 
sión (Obras del Marqués de SantiUana, Vida, pág. XXXIII). No hay pues 
razón para quitar á Sánchez Talavera esta poesía, que se halla también con 
su nombre en el Cancionero de Martínez de Burgos (Mem. de Alfonso VHÍ, 
Apéndice XVI, pág. CXXXVI). 

1 Gozó también en su tiempo de gran crédito, porque aera muy grant 
«letrado et grant maestro en todas las artes Bberales é otrosí era muy grant 
«físico, estrólogo et mecánico tanto é tan mucho que non se falló otro tan 
«fundado en todas s^iencias» (pág. 509 del Cancionero). Se distinguió co- 
mo uno de los primeros en seguir las huellas de Imperial, y tiene no pocos 
dezires escritos con gracia y soltura. Dudamos cuál fué su patria ; pero no 
falta razón para creer que fué Valencia de don Juan en la Extremadura, y 
sabemos por sus obras que pasó alguna parte de su vida en Sevilla y des- 
pués en León, cuyas tierras y moradores no le agradaron mucho, como expre- 
sa en una bella letrilla á sus montafkts, en que leemos estrofas como estas : 

Leche e manteca 
Es el tu gol)lerno : 
Carne de sal seca; 
NaTos en yvlerDo^ 
Macho frío é tierno, 
Poco pan é duro; 
De Tino maduro 
Eres deseosa. 



332 HISTORIA CRITICA DB LA LITERATURA ESPAROLA. 

Migir, el converso Juan Alfonso de Baena; el ya citado don Pedro 
Velez de Guevara; Fray Bartolomé García de Córdoba; don Mos- 
seh Aben Zarzal, flsico del Rey don Enrique, ya siguiendo las 
huellas de Alvarez de Yillasandino, ya imitando las imitaciones 
de Imperial, respondian todos k aquella suerte de llamamiento, 
manifestando, al consignar su dolor y al dar rienda saelta á su 
esperanza, que si yacia decaido en medio de la inacción y del re- 
finamiento cortesano el noble espíritu de la nacionalidad españo- 
la, no se habían apagado del todo sus cenizas. — ^Hasta el judio 
don Mosseh hacía votos por la futura grandeza del príncipe de 
Castilla, augurándole inusitados triunfos que rindieran & sus 
plantas el último baluarte de los sarracenos, y le hicieran respe- 
tado y temido en lejanas regiones ^ 

Pero aquel alto sentimiento histórico que sólo anima los caa- 
tos de las musas, cuando excitado el entusiasmo de grandes y 
pequeños á, vista de ínclitas proezas, domina un pensamiento 
único y vive un solo deseo en el &nimo de la muchedumbre, no 
pedia brillar en las obras de los eruditos, cualquiera que fuese 
la escuela en que estuviesen filiados. Y sin embargo, en medio 
del choque y pugna de la escuela provenzal y de la alegórica, 
arriba bosquejados, aspiraba la didáctica é deducir de la historia 



En las tas cocinas 
H4 pocos adobos; 
Más comes ceslnas 
Que ofcjasé lobos. 
En fuerzas é robos . 
Mucho bien alienes; 
En todos los bienes 
Lassa, perezosa, etc. 

Muchas de sus cantíos, escritas sin dada entes de tomar el hábito, son 
amorosas: en eUas observamos igual espíritu que en las de Sánchez Ta- 
lavera^ del mismo género. 

i • £s el núm. 230. Dice al terminar: 



NaTarra con la Gaseaefta 
Tremerán con grant Tergüefia; 
El reyno de Portogal 
Et Granada otro que tal. 
Fasta allende la Cerdeña. 



Il/ PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 333 

SUS advertencias y lecciones. Militaban por su carácter, en este 
campo los conversos hebreos, y distinguíase entre todos el re- 
nombrado Pablo de Santa María, elegido por Enrique III y por 
la reina doña Catalina para dírijir la educación y enseñanza del 
futuro soberano ^ 

Fructuosos catecismos políticos y morales, fecundados por 
la forma simbólica^ habian sido escritos hasta entonces para 
crianza de los príncipes: siendo ahora el más alto deleite de mag- 
nates y caballeros la lectura «de las crónicas de los fechos pasa- 
dos»; dominando universalmente aquel anhelo de conocer la anti- 
güedad que impulsaba los estudios por la doble senda que deja- 
mos reconocida, natural era que el docto obispo de Burgos, al 
paso que le iniciaba en el conocimiento de las, artes liberales ^, 
intentase también poner delante de los ojos del príncipe don 
Juan los ejemplos de la historia, & fin de prepararle más digna- 
mente á la gobernación del Estado. Con este propósito escribe 
pues y presenta & la reina doña Catalina las Edades trovadas, 
poema una y otra vez atribuido sin fundamento alguno al mar- 
qués de Santillana ', y que abrazando todas cosas que ovo et 
acaescieron desde que Adam foé formado hasta el nacimiento 
de don Juan II, encerraba la historia entera de la humanidad en 
breve compendio, el cual se componía sin embargo de trescientas 
treinta y ocho octavas de arte mayor, según testifican los más 
autorizados códices ^. 



1 Crónica de don Juan //, año 1420, cap. 43. — España Sagrada; 
t. XXVI, p. 377. 

2 Don Alfonso de Gartag^ena, Cinco Libros de Séneca, edic. de Se- 
villa, 1491, eap. I. 

3 Sánchez , Notas á la Carta del CondestalAe, ^. XLIV y sigruientes; 
Bouterweck, Trad., east., pág. 181; Ochoa, Rimas Inéditas, pág:. 105.— 
La autenticidad de las Edades trovadas, como obra de Pablo de Santa Ma- 
ría, fué demostrada por nosotros en los Estudios sobre los ludios de Espa^ 
ña, Ensayo II» cap. 7^ y más ampliamente en el apéndice V á la Vida del 
Marqués de Santillana, que precede á nuestra edición de sos Obras (pági- 
na CLXXII y siguientes). 

4 Trescientas veinte y dos contenia sólo el MS., de que se valió el Se- 
ñor Ochoa y trescientas treinta y tres el conocido por Sánchez: por manera 
que ni uno ni otro lograron un códice completo. Seis diferentes hemos exa- 



334 HISTORIA crítica DB la LITERATimÁ ESPAÑOLA. 

ManifesUtbase Pablo de Santa María en las Edades trovadas 
dotado de no vulg^ares conocimientos históricos; y aunque no le 
era dado, al exponer los hechos con un fin meramente didáctico, 
emplear las galas propias de otro linaje de producciones; aun- 
que ceñido estrictamente & la verdad histórica, distinta en gran 
manera de la verdad poética, no pudo dar á su obra la textura y 
forma de un verdadero poema, mostró que no se había apagado 
aun en él aquella imaginación oriental, patrimonio del pueblo 
hebreo que tanto enriquecía y animaba las producciones del arte. 
No es sin embargo el obispo de Burgos tan atildado y gracioso 
en el decir como los partidarios de la escml^provenzal, ni tan 
rico en im&genes y colores como los sectarios de la alegórica. 
Fonnado su gusto en el siglo XIY; devoto de la tradición lite- 
raria que habia personificado Pero López de Ayala, y atento k lo- 
grar el fruto de la enseñanza él que aspiraba, limitábase á expo- 
ner con orden y claridad los acontecimientos más notables, des- 
pojándolos, por la misma variedad y extensión del cuadro por él 
trazado, de aquellos accidentes extraordinarios que podian con- 
tribuir á realzar la ficción poética. 

Causa ha sido esto de que algún escritor de nuestros días 
haya negado á las Edades trovadas aun aquellas dotes que prin- 
cipalmente las caracterizan, asegurando que son «árida reseña 
»de los hechos pertenecientes á,ios tiempos bíblicos, sacados 
•puntualmente de la Vulgata y seguida de una relación crono- 
•lógíca de los reyes de España»^ donde no se descubre erudi- 



minado nosotros, de cuyo cotejo se deduce el número de estrx>fas indicado en 
el texto: — 1.^ Los señalados en la Biblioteca Escurialcnse con las marcas 
h. ij. 22 y X. ij. 17: a^uel tiene por título Las siete edades del mundo é los 
principes que en eüas han gobernado: este Las siete edades del mundo, y 
está intitulado, con una lar^a é impertinente glosa, al rey don Enrique IV. 
—2.® El de la Biblioteca Complutense E. 1. caj. 2, núm. 17, ant,— 3.®Los 
de la Biblioteca Nacional, signados G. 151 y M. — Y 4.® La copia sacada del 
códice de San Juan de la Peña por el Académico don Joaquín Traggia. — 
Los MSS. h. ij 22 y Ck>mplutense son coetáneos y están escritos, el primero 
en papel y vitela, y el segundo, que fué del Cardenal Cisneros, en grueso 
papel. — Véase la descripción de los restantes en el apéndice á la Vida del 
Marqués de Santillanaf citado arriba (pág. CLXXV) 



II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 335 

cion ni fantasía ^» Pero á pesar de las circunstancias y condicio- 
nes especiales que en don Pablo de Santa Maria concurren; á pe- 
sar de las razones que le. aconsejan toda sobriedad y templanza, 
al escribir como poeta didáctico,^-no solamente nos parece in- 
justo el despojarle del lauro ganado por su erudición, sino que 
tenemos por infundado el negarle toda virtud y lumbre poética. 
Como observamos antes de ahora, el docto Canciller de Cas- 
tilla , versado m&s que otro alguno de los prelados de su tiempo 
en el estudio de la biblia hebrea , pudo interpretar en las Eda^ 
des trovadas , é interpretó en efecto, muchos pasages de la his- 
toria sagrada con arreglo al texto original ^, y enlazó cuerda y 
oportunamente la misma historia con la de los pueblos del anti- 
guo mundo, no olvidando la parte que en ella tuvieron los impe- 
rios de Grecia y Roma. Las maravillosas conquistas del último, 
en cuyos má.s prósperos dias nace el Hijo del Eterno; su deca- 
dencia, precipitada por la irrupción espantosa de los bárbaros, 
que someten á. su coyunda y envuelven en sangre y fuego la Pe- 
nínsula Ibérica; la fundacion.de la monarquía visigoda, durante 
la cual florescen en altas s^en^'as muy doctos varones; la apa- 
rición de Mahoma,7>ro/e/a de tas morerías ^ cuyos sectarios des- 
truyen en España el poderío de los godos; el levantamiento de 
Asturias y la prosecución de la reconquista^ obra no termipada 
aun, al escribirse hs Edades trovadas, — todos estos grandes su- 
cesos son tomados en cuenta por el obispo de Burgos y exorna- 
dos con tal copia de noticias, peregrinas al comenzar el siglo XY, 
que no sin notoria injusticia podrá, disputársele el merecido ga- 
lardón de erudito en la ciencia histórica, así como ocupaba áía 
sazón el primer lugar de los moralistas y teólogos. De su mérito 
como versificador y aun poeta, será bien que juzguen los lecto- 
res: narrada la creación y hecho el primer hombre á la semblan- 



1 (kho&, Revista HispanO' Americana.. 

2 Por ejemplo el IINH ^1>1 IINH >n> , sea luz et fué luz que ^one en 
el prólogo. — Hay además muy peregrinas noticias, relativas al pueblo he- 
breo y á los libros sagrados, que sólo podia conocerlas^ al comenzar el si- 
glo XV, quien estuviera iniciado en la ciencia de los tradicioneros y tal- 
mudistas. 



336 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

%a divina, para que todas las cosas le acatasen cotoo rey, ana- 
dia don Pablo: 

Criado fué el orne, | por que non pecasse, 
. Del limo de tierra, | como el Sennor quiso; 
£t púsole lu^o I dentro el parayso. 
Para lo labrar | et que lo guardasse. 
£t dióle de fructas, | assaz que tomasse^ 
Si non d'aquel árbol | de sabiduría. 
Del qual^ si comiesse, | luego en esse dia 
Juró que de muerte | jamás escapasse. 

En tanto que assy | constante estuviera 
En él non moraua | enganno, nin dolo, 
Et dixo: — ((No es bien | que el orne esté solo. 
Mas que le fagamos | una compannera)). 
Et lu^ el Sennor | grant suenno pussiera 
En Adam el ome | primero engendrado^ 
Et tomó costiella | del un su costado, 
De la qual formó | la mugier primera. — 

Eva, tentada por Luzbel, induce al primer padre á quebran- 
tar el mandamiento de Dios; y llamado Adam por la voz del Al- 
tísimo, huye ¿ esconder su vergüenza, desnudo ya de la gracia: 

¿Que fué^ dixo Dios, | por que tú temiesses 
* De estar en logar | que yo te mandé?.. 

¿Qué después, al tiempo | que yo te -llamé, 
Buscastes, corriendo, | donde te escondiesses?.. 
¿Quién te dixo que | desnudo stuviesses, 
O quién te mostró | estar despojado, 
Smon que comistes | del fmcto vedado, 
Del qual yo mandé | que nunca oomiesses?— l . 

«Versificación un tanto armoniosa y fácil, soltura y natura- 
•lidad á veces en la narración, verdad no pocas en el colorido y 
» en las imágenes, fuerza en la dicción que es con frecuencia sen- 
»cilla... estas son (deciamos hace algunos años) las prendas que 
»halIarán*los inteligentes en las Edades trovadas, si bien ofre- 



1 Véase el cap. VII del Ensayo II de nuestros Estudios sobre los Ju- 
díos, donde nos fué posible dar mayor extensión á estas citas. 



11.* PARTE, CAP. VI. POES. ERüD. A FINES DEL SIG. XIV. 557 

»cen con frecuencia palabras y frases demasiado triviales y ras- 
«treras» ^ ; achaque padecido á la sazón aun por los más atil- 
dados poetas cortesanos y prueba evidente de que no se habia 
formado todavía aquel gusto, que sabe discernir entre el dialecto 
poético y el lenguage común, señalando las diferencias que los 
separan. Cierto es también que no todo el poema de Pablo, el Bur^- 
gense, ostenta las mismas dotes artísticas, notándose no poca-de- 
sigualdad, respecto de la metrificación, lo cual era sin duda hijo 
de la extensión de la obra y de la necesidad de amoldar á la 
narración nombres y sucesos que no todos obedecian & las leyes 
prosódicas, si bien eran de todo punto indispensables al fin di- 
dáctico de las Edades trovadas ^. Justo será repetir que, á 
ser otro el propósito, no hubiera dejado el Canciller de lograr 
mayor perfección artística, así como la exposición y enlace de 
los hechos muestran que su erudición histórica reconocia por 
norte único la enseñanza, sometida al general impulso que habían 
recibido aquellos estudios, al terminar el siglo XIV. 

Y no era sólo esta manifestación de la forma didáctica la 
que debia registrar la historia de las letras castellanas, al co- 
menzar la XV.* centuria. Vinculada ya en ellas, tras ios repeti- 
dos ensayos que bajo la relación moral y política hemos examina- 
do, al trazar el desarrollo del arte simbólico, llegaba el instante 
en que los hombres consagrados al cultivo de las ciencias, aspi- 
rasen á hacer conocidas y populares sus conquistas, empleando 
al efecto aquella forma de exposición poética. Como el primero 
que en este sentido se vafó de tan eficaz medio, debemos citar á 
Maestre Diego de Cobos, médico y cirujano de gran nombradla y . 



1 Id., id., pá§r. 346. 

2 No se olvide que este poema fué presentado á la reina doña Catali- 
na: el prólog^o comienza en el MS. del Escorial h. ij, 22 del modo siguien- 
te: «Entre otras obras que á vuestra Magestad, muy poderosa princesa é 
•ilustrfsima Rey na é Sennora, avian scydo presentadas , so breve compen- 
»á\o de escriptura una copilacion, cassi repertorio de algunas estorias á 
«Vuestra Alteza pensé dirigir». Es pues evidente que el intento de don Pa- 
blo era el de la enseñanza de la historia universal, cediendo al impulso 
que traían ya estos estudios. El suyo fué llevado á cabo antes de 141 S, en 
que paso de esta vida la reina gobernadora de Castilla. 

Tomo V. 22 



338 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAROLA. 

autor de varios tratados quirúrgicos , que componian todos una 
obra principal con titulo de Cirugía Rimada. No se ha conser- 
vado, ó al menos no hemos podido nosotros haber át las manos 
íntegra^ producción tan interesante en los anales de la medicina 
española: tenemos sin embargo & la vista el segundo tratado, 
primero de la cirugía, «el qual es de las apostemas, segund uni- 
versal et particular fablamiento», y fué terminado en 20 de mayo 
de 1412». 

Divídelo el Maestre Cobos en veinte y siete capítulos, en que 
va proponiendo las diferentes especies de enfermedades de- 
signadas bajo aquel nombre y los particulares tratamientos 
de cada una; y atento á producir el fin didáctico por él de- 
seado y recordando sin duda la famosa Medicina ScUemiiana, 
aplaudida y seguida por los escolásticos, escribía su libro en 
versos pareados que formaban cierta manera de dísticos, fáciles 
de conservar en la memoria. No lo es tanto el de reducirlos k 
una ley constante de metrificación, lo cual manifiesta que si con- 
cibió Cobos el útil pensamiento de generalizar sus observaciones 
médicas y quirúrgicas en bien de la muchedumbre, no poseía 
los medios del arte para realizar esta idea con verdadera honra 
literaria. Sus versos, que tienden á sujetarse á las cuatro ca- 



1 BibUoteca Nacional, L. 119. Es un volumen folio menor^ papel, e$-' 
crito en 1493 por un Juanieo de Arru^uría^a, y que se ha conservado 
con el título de El Cántico de Cobos. Tiene por epígrafe: «Aquí comienza 
el seg^undo trabtado que se s¡§:ue al [el] primero en la Cirugía Rimctda que 
* compuso Maestre Diego de Covo, médico et finigiano,» etc.— Empiexa el 
prólogo: 

Despaes del loor | de Dios por loamiento 
Por mi fecho sin número ¡ é sin acabamiento 
Aquí comienza | en las apostemas tratar 
Bn qutnto pudiera | la mi fuerza bastar, etc. 

Al final leemos: 

A veynle días de mayo | fue el fenescim lento, 
Afio de mil é qaatrocienlos i é doce del nasclmlento 
Del nuestro Salvador Ibu Xpo. é Sefior del mundo 
Para alcanzar este presente é el segundo 
Regnante la muy católica criatura 
Don Joban que Dios cunpla de gracia é de buena venlura. 



II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERÜD. A FINES DEL SIG. XIV. 339 

dencias de la maestría mayor ^ adolecen k menudo de falta y* 
sobra de silabas, contándose muchos de once y de trece; des* 
igualdad que hace hoy desagradable la lectura, induciéndonos & 
creer que más que á seguir el Maestre Diego las huellas de los 
eruditos, se dirigió en su Cirugía Rimada á imitar el popular 
y didáctico artificio de los refranes, adoptando su espontánea y 
genial estructura *. 

Sea como quiera, digna juzgamos de ser notada esta inclina- 
ción de la ciencia á revestirse de las formas poéticas, porque su 
examen contribuye necesariamente á completar el cuadro que 
ofrece el arte á nuestros miradas en los momeqjlos de tomar don 
Juan II las riendas del Estado [1419]. Con precio colorido y no 
dudosos caracteres habían aparecido en efecto, al expirar el si- 
glo XIV, las tres escuelas artísticas que pugnan por señorear 
el parnaso castellano y comienzan muy luego á trocar entre sí 
galas y preseas, cediendo á la alegórica la provemal y la didác- 
tica la mayor parte de su imperio. Más adecuada al estado de la 
cultura española, más rica y fastuosa en sus maravillosas ficcio- 
nes, y grandemente autorizada por la universal reputación del 
Dante, habíanse Aliado bajo sus banderas, desde el punto en que 
son aquellas conocidas, los más granados ingenios que florecen 
en Castilla, apareciendo ya evidente que no estaba lejano el dia 
en que llegara á su más cabal desarrollo. No otra cosa nos en- 
seña en verdad el estudio del reinado de don Juan II, que perso- 
nifican y caracterizan, bajo esta importante faz de las letras, tan 
esclarecidos varones como un don Enrique de Aragón y un Fer- 
nán Pérez de Guzman, un Juan de Mena y un marqués de Santi- 
Uana. Tarea más fácil y cumplidera será para nosotros el expre- 
sado estudio, reconocidos ya los antecedentes históricos de aque- 
lla época, que han intentado bosquejar algunos críticos, sin la 
preparación conveniente ^. Ninguna duda nos será lícito abrigar^ 



1 Recuérdese lo observado en la Ilustración de la I.' Parte, t. II, 
pág'ina 319. — De la estructura métrica de la Cirugia Rimada, aunque pla- 
gada de errores por el copiante Arru9uríaga, puede juzgarse por la cita de 
la nota anterior, aun en el sentido aquí indicado. 

2 Contamos entre estos al anglo-americano Ticknor y al alemán Lem- 



340 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

recordando cuanto llevamos expuesto, ni sobre las formas litera- 
rias, ni sobre las formas artísticas, acaudaladas antes de termi- 
nar el segundo lustro del siglo XV con todos los tildes y primores 
que se han considerado hasta ahora como nacidos en la corte del 
precitado monarca ^. 

Mas no cumple sólo á la historia de la literatura formar el 
numerosísimo cat&logo de los trovadores que ilustran aquel largo 



cke. £1 primero trata de algpuno de los poetas incluidos en este capítulo, 
después de mediado el siglo y de hablar de Mena, Santillana, etc.:— el se- 
gundo, aunque con*más luz, supone que es Iñigo López el primero que si- 
gue el movimiento alegórico, error en que no hubiera caido con leer dete- 
nidamente la última parte de la Vida del Marqués,' q\ie precede á nuestra 
edición de sus Obras, 

1 Como han tenido ocasión de notar los lectores, no solamente cono- 
cían y aplicaban á sus obras los trovadores de fines del siglo XIV y princi- 
pios del XV las leyes de la maestría mayor y menor, de los encade- 
nados, del dexa^-prende j del mansobre, de que nos habla el Marqués de 
Santillana {Carta al Condestable, núm. XIV) ^ sino que les eran también 
familiares las reglas del lay y el deslay, del cor y el discor, de la maestría 
de macho y fembra y del mansobre doble y sencillo, diferenciándose gran- 
demente todos estos primores del arte comuna 6 libre dé todo artificio de 
aquel genero. Algunas de estas galas artísticas, como la del dexa-prende, 
por ejemplo, hablan sido ya ensayadas desde la época del Archipreste de 
Hita. La maestría mayor como dijimos antes de ahora (I.*^ Parte, Jlustra^ 
cion III.*, pág. 444) — abrazaba los versos largos; la menor ó real, los cortos; 
el dexaprende, consistía en repetir en el primer verso de cada estrofa el úl- 
timo de la anterior; el encadenado en trabar las rimas finales de manera que 
alternasen en toda la composición con la misma regularidad y orden ; el 
mansobre en repetir en los hemistiquios y finales de cada verso la rima, per- 
fil que se aumentaba aun fuera del hemistiquio, siendo entonces doble; el 
arte de macho y fembra determinaba la condición de los consonantes por 
medio de las vocales: amigo, amiga, castigo, castiga, abrigo, abriga, digo, 
diga, etc., eran rimas de macho é fembra {Cancionero de Baena, núm. 143). 
La maestría de verbo partido, recuerdo del jcu parti de los trovadores, 
ofrecía no despreciables ensayos del diálogo: era mayor y menor, conforme 
la naturaleza del metro empleado al efecto. Hallándose pues ejercitados to- 
dos estos primores por los poetas de Castilla en la época que historiamos, 
¿cómo hemos de atribuir su aclimatación en nuestro parnaso á la época de 
don Juan II?.. Otros timbres y merecimientos tiene dicho reinado y dicho 
rey para figurar en la historia de las letras españolas, y á reconocerlos nos 
dirij iremos en el tomo siguiente. 



ll/ PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 341 

reinado, tan combatido de civiles discordias como enriquecido 
de fiestas cortesanas y caballerescos simulacros. Durante aquel 
* laborioso periodo, perdido casi enteramente para la grande obra 
de la reconquista, se congregan, acopian y asimilan en el suelo 
castellano y se propagan á toda España muchos y muy preciosos 
elementos, que preparando otras épocas literarias, iban á tener 
notable influencia en la civilización ulterior de la Península, co- ^ 
municando no pequeña parte de su vitalidad á las mismas obras 
de los ingenios, que exornan la corte del hijo de doña Catalina. 
Determinar cómo y en qué momentos van aparepiendo ; fijar 
sus relaciones y caracteres; adjudicar á. cada uno la parte que 
real y legítimamente le corresponde para producir sus naturales 
frutos, trabajo es en verdad tanto más difícil cuanto que no ha 
llegado todavía á intentarse. Pero no por lo diñcil nos será licito 
renunciará su realización, empeñados en dar cima á la grande 
empresa que hemos echado sobre nuestros hombros. 

A semejante fin aspiraremos por tanto en el tomo y capí- 
tulos siguientes. 



ILUSTRACIONES. 



1/ 



SOBRE LOS PRIMEROS MONUMENTOS CASTELLANOS 

DE LA LITERATURA CABALLERESCA. 

Hemos ofrecido en el capitulo II del presente volúmon dar á 
conocer los preciosos cuentos, que ya proviniendo de las narracio- 
nes caballerescas del ciclo carlowíngio, ya enlazándose en algún 
modo con las crónicas bretonas, llegan á tomar plaza en la litera- 
tura española durante la segunda mitad del siglo XIY. £1 estudio, 
que en su lugar expusimos, tanto respecto de la representación y 
valor de estas singulares producciones, como de sus formas lite- 
rarias, nos excusa ahora de todo comentario. Ni hemos tampoco 
menester dar aquí menuda cuenta del códice, en que á. dicha se 
conservan, cuando en las páginas 55 y 54 queda ya descrito con 
toda exactitud, y como cumplia á nuestro principal intento. 

Bájenos ahora indicar que, al dar á luz por vez primera es- 
tas preciosas joyas de nuestra edad-media, sobre responder á una 
necesidad literaria, de todo el mundo reconocida, procuramos 
también satisfacer los deseos de muy doctos críticos nacionales 
y extrangeros, quienes no contentos con haberlos consignado una 
y otra vez en sus obras, nos han suplicado también repetidamen- 



544 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAftOLA. 

te que los iDcluyésemos en nuestras lllustr aciones. Tal vez no 
podríamos satisfacer este generoso anhelo, si la misma naturale- 
za de la materia histórica y la más propia división de las épocas 
literarias que vamos estudiando, no lo consintiera. Por dicha, 
el período comprendido en el presente volumen, ijue es sin duda 
uno de los más interesantes de nuestra historia, por los diferen- 
tes elementos y transformaciones que ofrece, no se prestaba á 
largos desarrollos; y esta circunstancia, favorable al intento de 
ampliar las Ilustraciones, nos brindaba la ocasión de sacar á 
luz tan peregrinos cuentos. 

Aprovechámosla pues gustosos, en la convicción de que lejos 
de merecer la desaprobación de los hombres doctos, ganaremos 
su indulgente benevolencia. 



I. 

Áqui comiin^ vn noble cíAcnto del efiperador Carlos May nes, de Rroma, 
é de la buena enperatriz Seuilla, su muger, 

(Folio 124.) 
« 

I. Señores, agora asouchat é oyredes uu cuento raarauilloso, que deue 
ser oydo asy [oomo fallamos en la estoria, para tomar ende orne fazaña 
de non creA tan ayna las cosas que oyer, fasta que sepa ende la verdat; 
é para non dexar nunoa alto ómme nin alta dueña sin guarda. Vn día 
aueno que! grant enperador Carlos Maynes fazia su grant fiesta en el mo- 
nesterío real de Sant Donis de Francia, é dó seya en su palacio é mu- 
chos altos omes con él. £ la enperatriz Seuilla, su muger, seya cabo él 
que mucho era buena dueña cortés, é enseñada, é de marauillosa beldat. 
Entonce llegó vn enano en un mulo mucho andador, é deció, é entró por 
el palacio, é fué ante el rey ; el enano era tal que de mas laida catadura 
non sabería orne fablar. El era gordo, é negro, e begudo, é auia la cata- 
dura muy mala, é los ojos pequennos, é encouados, é la cabera muy 
grande, é las narizes llanas, é las ventanas dellas muy anchas, é las ore- 
jas pequennas, é los cabellos erizados, é los bracos é las manos vellosas, 
como osso, é canos; las piernas tuertas, los pies galindos, é resquebrados. 
Atal era el enano como oydes ; e comen gó á dar grandes bozes en su 
lenguaje, é á dezir: — Dios salve el rey Carlos, é la rejma, é todos sus pri- 
uados. — Amigo^ dixo el rey, bien seades venido; mucho me plaze con yus- 
co é fazer vos he mucho bien, ssy conmigo quisierdes fincar, ca semejades, 



n/ PARTE, ILUSTRACIONES. 345 

úixxj estraño orne. — Señor, dixo él^ grandes mercedes, ié 70 seruirvos he á 
toda vuestra voluntat. Entonce se asentó antel el rey; mas Dios lo confon- 
da. Por él fueron después muchos cabellos mesados, é muchas pahuas ba- 
tidas, é muchos escudos quebrados, é muchos caualleros muertos é toUi- 
dos, é la rejma fué juzgada á muerte, é Francia destruida grant parte; 
asi como oiredes por aquel enano traydor, que bios confonda. Toda 
aquella noche fezieron grant £esta é grant alegría fasta otro dia á la ma- 
ñana: espediéronse los altos ommes del rej, é los caballeros, é fuéronse á 
sus logares., cada uno do auia de jr, é el enperador se tomó á la ciudat 
de París, que es de alli una grant l^ua, é luengament estouo alli con su 
muger que amaua mucho. 

II. ün dia se leuantó el rey de su lecho grant mañana é enbió por sus 
monteros, é díxoles que se guisasen de yr á ca^ar, ca ya quería yr á mon- 
tería por auer sabor de ssy; é ellos fezia'on ssu mandado é desque metie- 
ron los canes en las traillas é oyieron todo guisado, el rey caualgó ,. é , 
fuese á la floresta, é leuantaron un ^ieruo, é ssoltáronle los canes, é el 
rey cogió en pos del, é corrió conél todo aquel dia por montes é por ribe-* 
ras. Agora de2a el cuento de fablar del rey, é de su ca^ é torna á la 
reyna. 

III. Desque sse el rey salió de la cámara, fincó la reyna en ssu lecho é 
adormecióse, é dormia tan fieramente que semejaua que en toda la noche 
cosa non dormiera. £ las donzellds é las couigeras se salieron é dexáronla 
sola, é fincó la puerta abierta, é fuéronse á una fuent muy buena que 
na^ia en la huerta á lauar sus manos é sus rostros; é desque lañaron ssus 
manos é sus rostros, é folgaron por ese vergel, comengaron de cogper 
flores é rrosas para ssus guyrlandas, s^unt costunbre de aquella tierra; é 
do la reyna dormía asy sin guarda, ahé aquel enano que entró é non 
vio ningruno en la casa, é cató de una piarte é de otra, é non vio sy 
non la Reina que yacia dormiendo en el lecho, que bien paresgia la 
mas bella cosa del mundo; é el enano se Ueg^ó á ella, é comengó de le 
parar mientes : desque la cató grant pie^a, dixo que en buena ora nas- 
giera quien deUa pudiese auer su plazer, é llegóse mas al lecho é pensó 
que aunque cuidase ser muerto ó desmembrado^ que la besaría. Enton^ 
sse fué contra ella; mas aquella ora despertó la reyna, que auia dormido 
assaz, et comentó de alimpiar sus ojos et cató á derredor de ssy por la 
cama, et non uió omme nin muger, sy non al enano que vio junto al 
lecho, et dixole: — ^Enano ¿qué demandas tú ó quién te mandó aquí entrar? 
mucho eres osado. — Señora^ dixo el enano , por Dios aved merget de mí. 
Ca sy vuestro amor non hé^ muerto só et prendavos de mí piadat, et 
yo faré quanto vos quisierdes. La Heyna lo ascuchó bien, pero que toda 
la ssangre sse le voluió en el cuerpo, et cerró el puño, et apretólo bien, 
é dióle tal puñada en los dientes que le quebró ende tres, asy que gelos 
fizo caer en la boca: de sy púxolo et dio cpn él en tierra, et saltóle sobre 
el vientre asy que lo quebró todo. Et el enano le comentó á pedyr mer- 



546 HISTORIA GRtTICA DE LA LITERATURA ESPAftOLA. 

qei, et quimdo le pudo escapar, oomengó de yr fuyendo, et fuesse por lá 
puerta^ su mano en su boca por los dientes que avia quebrados, jurando 
et deziendo contra a$y : que en mal punto la reyna aquello feziera^ ssy 
él pudiese, que ella lo compraría caramente. Contra ora de viespras sse 
tomó el rey de ca^ con sus monteros et trozieron un grant gieruo. £t 
desque sse asentó á la mesa, preguntó por su enano .que se .federa del 
que non venia antél, asi como solfa. Entonce lo fueron buscar^ et desque lo 
troxieron, ssentose delant el rey, ssu mano en las quizadas et la ca^be^a 
baxa. — ^Dime, á\xo el rey, qué ouiste, ó quién te paro tal? Non sse quien te 
ferió, mas mal te jogó; dime qmén te lo fizo, et yo te daré buen derecho. 
Señor, dixo el enano, si Dios me ayude, cay en im andamio, de guissa 
que n^e fery mal en el rostro et me quebró un diente, de que me pesa 
mucho; et el Key le dixo:— Certas enano,. et á mi faz. 

IV. Desque el Bey comió et las mesas fueron aleadas, quando la no- 
che veno^ el rey se fué á su cámara^ et echóse con la reyna; mas agora 
ascuchat que fué á pensar el traydor del enano que Dios destruya, que 
nunca otra tal traycion basteció vn solo omme^ como él basteció á la rey- 
na. Tanto que la noche llegó, entró ascusadamente en la oÁmara et fuese 
meter tras la cortina et ascendióse y et yc^ó guardado; de guisa, que 
nunca ende ninguno sopo parte : después que se el rey echó con su mu* 
ger, saliéronse aquellas que la cámara avian de guardar et cerraron bien 
las puertas, et el rey adormeció como estaua cansado de la ca^a; et 
quando tanieron á los matines, despertó et pensó que yria oyr las oras á 
la eglesia de Sancta María, el fizo llamar diez caualleros que fuesen oqn él. 
Agora ascuchat del enano, que Dios maldiga, lo que fízo : después que 
él vio que el rey era ydo á la eglesia, ssalió detras la cortina muy paso, 
et fuese derechamente al lecho de la reyna^ et pensó que antes querría 
prender muerte que la non escarneciese, et alQó el cobertor et metióse 
entre el lecho; mas aueno que la reyna yazia tomada de la otra parte; 
pero non la osaua tañer, et comengó de pensar cómo faria della ssu 
talante, et en este pensar duró mucho et dormióse fasta que el rey tor- 
nó de la eglesia con sus caualleros; et era ya el ssol salido, é desque en- 
tró en el palacio, fuese derechamente á la cámara solo, muy paso. £t des- 
que fué antel lecho de la reina, que yua ver muy de buenamente, 
erguyó el cobertor de que yazia cobierta, et vio el enano yazer cabo 
ella. Quando esto vio el enperador, todo el cora^n le estremeció, et ouo 
tan grant pesar que non poderla omme con verdat dubdar que mucho esta- 
ua de mal talant. — Ay mosquino, dixo él ¿cómo íne este coras^on non quie- 
bra?... Señor Dios, quien sse enfuzia jamás en muger, et por el amor de la 
mia jamás nunca otro creeré. Entongo sse salió de la cámara, et llamó su 
conpañía á grant priesa; ellos uenieron muy corriendo. — Y^^^^s, dixo el 
enperador : ved que grant onta, quién cuy dará que nunca mi muger esto 
pensaría que amaso tal figura, que nunca tan laida catadura nagió 
de madre? Maldita sea la ora en que ella nagió. Entonge sse fué al le- 



II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 347 

cho, et ceñió ssu espada que 7 tenia, et dixo á sus omines que ase llega- 
sen, et desque fueron llegaclos, dixoles él : Juzgádmela desta grant onta 
que me fezo, como aya ende ssu gualardon. Entonce estañan 7 los traido- 
res del linage de Galaloñ, Aloris et Foucans, Goubaus de Piedralada, et 
Sansón, et Amaguins, et Macaire, el traydor de la dulce palabra et de los 
fechos amargos. Estos andauan siempre contra el r67, asechando cómO 
bastirían encobiertament su mal é su onta ; et Macaire el traydor adelan- 
tóse ante los otros, et ergu7Ó el cobertor, et quando aquello vio, signóse 
de la marauilla que ende ouo, et comentó á llorar mu7 fíerament, que 
entendiese el re7 que le pesaua mucho : et quando vio al rey tan braúo, 
et con talant de fazer matar la re7na, dio mu7 grandes bozes al re7, et 
dixo q\ie la reyna devia ser quemada, comq muger que era prouada en 
tal traición. 

V. Desque los tra7dores juzgaron que la rejma fuese luego quemada, el 
rey mandó fazer luego mu7 grant fueg^o en el campo de París, et desque 
fué fecho de leña et de espinas et de cardos et de huesos, Macaire ct 
aquellos á quien fué mandado, tomaron la re7na et el enano, et jsaoáronlos 
de la villa^ et leñáronlos allá, mas la reyua yva con tal coita et con tal 
pesar qual podedes entender. Entonce los tray dores comentaron de aten- 
der el fuego, et llegaron y la enperatriz Seuilla, é desnudáronla de un 
brial de paño de oro, que fuera fecho en Ultramar. Ella ouo muy grant 
espanto del fuego que vio fuerte, et do vio el rey, comenzóle á dar muy 
grandes voces. — Señor, mercet por aquel Dios que se dexó prender muer- 
te en la veracruz por su pueblo sainar ; yo ssó preñada de uos: esto non 
puede ser negado. Por el amor de Dios, señor^ facetme guardar fasta 
que se^ libre; después mandatme echar en un grant fuego, ó desmen- 
brar toda. Et asi como Dios sabe que yo nunca fíze este fecho, de que 
me uos fazedes retar, asi me libre ende él del peligro en que ssó. 

VI. Después que esto ouo dicho, tornóse contra Oriente, et dio muy 
grandes vozes et dixo: — Ay ríca ciudat de Constantinopla!...en uos fuy 
criada á muy grant vigió: ay mi padre et mi madre!,., non sabedes vos oy 
nada desta mi grant coita. Gloriosa Sancta María, et qué será desta mes- 
quina que á tal tuerto ha de ser destroida et quemada?... Et como quier 
que de mí sea, aved merget desta criatura que en mí trayo que sse non 
pierda. Entonele el rey mandó tender vn tapete antel fu^o, et mandó 
leuar y la reyna, et que la assentasen y et la desnudasen del todo sy 
non de la camisa, et luego fué fecho. Agora la 'guarde aquel Señor que 
nagió de la Virgen Sancta María^ que non sea destruida nin dañada. Et 
do sseya asi en el tapete la mas bella rosa que podia ser, porque seya 
amarilla por el grant miedo que auia, et ya cató la muy grant gente 
que vio á derredor de ssy, de La otra parte el fuego fiero et muy espan- 
toso, et dixo : — Señores, yo veo aquí mi muerte: ruego uos por aqnjel Se- 
ñor que todo el mundo tiene en poder, sy vos erré en alguna cosa de 
que mi alma sea en culpa, que mo perdonedes: que nuestro Señor en el 



3Í8 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAfh)LA. 

dia del juicio vos dé ende buen galardón. Los ricos ommes et el pneblo 
oyeron asy fablar la enperatriz, comenzaron á facer por ella muy grant 
duelo, et tirar cabellos, et batir palmas, et dar muy grandes bozes, et 
llorar muy fieramente dueñas et donzellas et toda la otra gente ; mas 
tanto dubdstuan al rey, que ssolamente no le osauan fablar, nia mercet 
pedir. Et el rey dixo á las guardas : -^ra tomad esta dueña^ ca tal coita 
hé en el coraron, que aun non la puedo catar ; et ellos trauaron de ella, et 
erguyéronla por los bracos et liáronle las manos tan toste^ et pusiéronle 
yn paño ante los ojos ; et ella quando esto vio, comentó á llamar á muy 
grandes bozes: — Sancta María, Virgen gloriosa et Madre, que en ty tro- 
xiste tu fijo et tu padre, quando veno el mundo saluar: Señora, catadme 
de vuestros piadosos ojos, et sainad mi alma, ca el cuerpo en grant peli- 
gro está. A aquella ora llegó el duque Almerique et Guyllemer de Esco- 
cia, et Gaufer de Ultramar, Almerique de Narbona, et el muy buen don 
Aymes, et debieron á pié et echáronse en inojos ante el enperador, et pe- 
diéronle mercet et dixieron: — Señor, derecho enperador, fazet agora aá 
como vos consejaremos; fazetla echar de la tierra^ ca ella es preñada de 
uos, et cerca de su término. Ca ssi la criatura peresgiese, todo el oro del 
mundo non nos guardaría que non dixiessen que nos diéramos falso 
juyzio. — Certas, dixo el enperador, non ssé que y faga; mas fazet venir el 
enano, é fablaré con él ante vos, et saberedes la cosa, como fué dicha et 
fecha. 

Vil. Entonce fueron por el enano, et traxiérónlo una cuerda a la gar- 
ganta et las manos atadas, et los traydores se llegaron á él á la oreja, allá 
do fueron por él, et consejáronle que todauia feziese la reyna quemar, et 
que ellos lo guardar ian, et lo farian rico de oro et de plata. Et el «lano 
les otorgó que faría toda su voluntad; et quando llegó ante el Rey, fué 
muy hardido et muy esforzado. — Enano, dixo el rey, guárdate que me non 
•ñiques nada; dime como te osaste echar con la reina. — Señor, dixo el 
enano , por el cuerpo de Sant Donis, yo non uos mentiría, por cuydar 
ser por ende desmenbrado, et ella me fizo venir anoche et entrar en la 
cámara, et yazer y, et tanto que uos fuestes á la eglesia, mandóme venir 
para ssy, et ^rtas pesóme ende, mas non osé ál facer.— Oíd que mara- 
villa!... dixo el enperador, et de pesar non lo pudo mas oyp, et mandó dar 
con él en el fuego, que la carne fuese quemada, et la alma leuasen los 
diablos. — Amigos, dixo el rey á don Ajmea é á los otros ommes buenos 
que por ella rogaron, fa^r quiero lo que me rogastes : yd, desasir la 
reyna, é vestidla de sus ricos paños, ca non querría que fuesse vergoño- 
sament. Quando esto oyeron, todos oui^ron grant plazer et grade^iéron- 
gelo mucho. 

VIII. Dueña, dixo el Bey, para aquel Señor que en ssy es Trinidat ¿por 
qué me avedes escarnecido? Sy aun ovieredes muerto mi padre et todo 
mi linage, non uos faria mal, tal voluntad me veno, mas agora luego 
vos salid de mi tierra. Ca si de mañana vos aqui fallo, para aquella 



íi.* pArte, ilustraciones. 549 

xhristiandad que tengo, yo vos faré destruyr^ que vos non guardaran ende 
quantos en el mundo biuen. — Señor, dixo la rey na, por Dios merget , et 
¿dó JTCL esta catiua,quando se de uos parlier, que yo non sé camino ni sen- 
dero? Et que sería de mi cuerpo catino et de la criatura que traygo en mi? 
Dueña, dixo el rey , yo non sé cué será ; mas salir vos convien de toda 
mi tierra^ é Dios vos guiará et guardará, segunt como vos merecistes. El 
enperador cató en derredor de ssy, et vio vn cauallero en quien se nava 
mucho que Uamauan Aubery de Mondisder, que era muy buen cauallero 
de armas et muy leal, et de muy buenas mañas. — Aubery, dixo el rey, 
llegat vos acá, ca yr vos convien con esta dueña. Et guardatla fasta fue- 
ra de la grant floresta^ et desque salier della , coger se ha por el grant 
camino , et yrse ha derechament al Apostóligo et manefestarle há sus 
pecados, et fará dellos penitencia, ca mucho fué ciega et astrosa, quando 
echó el enano consigo. — Señor, dixo Aubery, yo faré vuestro mandado. 
Entonce pusieron la reyna sobre una muía mucho andador, ensellada et 
enfrenada de muy rico guarnimento, et Aubery de Mondisder caualgó en 
su cauallo , et leuó consigo un galgo grande , et muy bieh fecho que ca- 
riciaua de pequenno , et que amaua mucho, et nunca lo del podían par*- 
tir ; et non seria tan grande la priesa, quando caualgaua ó andana á 
monte^ que lo siempre non aguardase. Entónge fué Aubery á la dueña, et ' 
díxole: — Señora andat, pues que lo el rey manda, et guyar vos he, et ella 
dixo, llorando mucho de los ojos et del corasQon : Fazer meló convien 
queriendo ó non. Et el rey quando la vio ir, comentó á llorar de pia- 
dat , mas ella quando le paró mientes, á pocas non cayó de la muía en 
tierra. 

IX. Asy se jrua la reyna et Aubery con ella que non leuaua sy non su 
espada ginta, et su galgo ^ et andaron beinte é cuatro leguas. Entonces 
fallaron una muy fermosa fuente en vn muy buen prado entre unos ár- 
boles, et muchas yernas á derredor : así que el logar era muy sabroso, et 
Aubery degio allí la dueña, por folgar et por bever del ag:ua,et él que la 
vio llorar mucho, díxole:— Dueña, por Dios confortad nos-, ca nuestro Se- 
ñor uos» puede bien ayudar. Et quien en él ha fíanga, su vida será saina. 
Ay coitada, dixo ella, ¿et qué será agora de mí, quando uos de mi partie- 
redes, ó para do yre? Ca yo non sé para do vaya. Et así se y van fablan- 
do, ante la fnent, et Aubery.de Mondisder ania della grant duelo 
et gran piadat; mas agora vos dexaremos de fablar de la dueña, et de 
Aubery de Mondisder , et tornar uos he á fablar del Enperador Carlos. 

X. Grant pesar ovo él de su mug:er que fizo echar de la tierra, et otro- 
sí, fezieron por ella muy grant duelo en la giudal; mas por se confortar, 
mandó poner la mesa encima del campo, por comer con sus canalleros et 
con su compaña ; et desque el rey se asentó á comer, Macaire el traydor 
de linage de los traydores que esto estaua aguardando, quando aquello 
vio, defurtóse et salió del palacio, et fuesse á su posada, et armóse, et 
mandó ensellar su cauallo , et cavalgó muy tosté, et fué su carrera, en 



350 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAl^OLA. 

pos la Énperatriz, et juró qae si le eatorbasse Aubery de Mondisder, que 
la quisiese toller, que le cortarla la cabeza, et que faria della su Tolnn- 
tad. Assi se fue el trajdor, á furto como ladrón, quanto mas podia jr, et 
desque ando cuanta pie^a, vio yr ante ssy la rey na et Aubery, que ca- 
ualgíiran ya et yuan su carrera; et tanto que los vio, luego los conos^ió, et 
desque los fue alcanzando, dióles bozes, et dixo : —Estad quedos. Et Au- 
bery quando aquello vio, cuydó que venia con algunt mandado del En- 
perador, et paróse só un árbol por oyr lo que queria dezir, et Macaire el 
traydor, pensó que meterla espanto á Aubery, et que le averia de dexar 
la dueña, et dixo de tanto que á él llegó :— Aubery, para aquel Dios que 
priso muerte en cruz, ssy me esta dueña non dexas, et te non vas tu car. 
rera, que tú prenderás aquí muerte á mis manos ; ca toda esta laa(.a me- 
teré por ty: mas déxamela, et baratarás b^en, et yo faré della mi plazer. 
Quando esto oyó Aubery, toda la sangre se le boluió en el cuerpo et dixo: 
Nuestro Señor guarde ende la rey na por la su grant piadat, et la ponga 
en saluo. Macaire, dixo él, ssy Dios vos vala, qué es lo qué dezides ó qué 
pensades?... fafiades vos onta al rey de su muger, aunque pudiesedes?... 
Et él respondió :-^Luego lo veredes, et por ende vos digo que me dexedes 
la reyna , ca mas non la levaredes, et que yo faré della lo que me qui- 
' siere; et si la dexar non queredes, vos lo conpraredes bien. Aubery^ dixo 
la reyna, por Dios av^t de mi piadat et defendetme deste traydor, et por 
buena fe ante lo yo querría ver rrastrar á cola de cauallo que mi Señor 
el rey nunca por él prender vergüeña. Quando esto oyó Macaire á pocas 
non ensandeció, et ñrió el cauallo de las espuelas, et blandió la lanya que 
tenia del fierro muy agudo , et dexóse ir » Aubery, por lo ferir con ella. 
Quando lo Aubery vio venir con tal guisa, ssacó la espada de la bayna, et 
desvióse , et dióle tal espadada en la Jangá que le fizo della dos partes. 
Et Macaire dexó caer lo que le fincó de la langa en tierra , et sacó la es- 
pada de la bayna : él estaba bien armado^ mas Aubery non auia ningu- 
na armadura; pero por esto non se dexó de defender quanto pudo. Et Ma- 
caire le dio un golpe tal en la espalda seniestra, que gela derríbó, et del 
golpe degio el brago, et cortóle los nervios et las venas. Et quando se 
Aubery sentió tan mal ferido, dixo á Dios: — Señor, aved merget de mí: 
Santa María Señora, agorredme que non pierda mi alma, et salvat ú 
esta dueña que non sea escarnida , nin el rey desonrado. 

XI. Mucho fue coitado con grant pesar Aubery, quando se sentió lla- 
gado, ca la sangre se le yua tan fierament que todo ende era sangriento et 
goteaua en tierra . Quando aquello vio la reyna, dio vn grito con pauor 
et dixo:— Santa María, Señora acorredme; et dio de las correas á la muía 
et metióse por el monte , et comengó de fuy r quanto la muía podia an- 
dar. Entre tanto acá los caualleros conbatíanse á las espadas, ca Aubery 
non se quiso dexar vencer al otro fasta la muerte: ante se defendió tanto 
que bien averia la dueña andadas quatro millas, al andar que yua. Tanto 
se conbatieron anbos los caualleros que Macaire le dio vn golpe desgre- 



II.* PARTE, ILUSTRACIONES. ^ 351 

mir por la anca que gela cortó toda con la pierna. Quando Auberj se 
sentió tan mal llagado, dio un baladro de muy grant dolor: quando lo 
el su galgo oyó, erguyo la cabera ; et fue en grant coita, quando vio á 
su Señor tan mal trecho, et de que se le yua la sangre tan fíerament, 
et dexóse yr muy sañudo á Macaire, et lanzóse á él, et travóle en el 
YÍentre de la pierna con los dientes que avia mucho agudos que le non 
valió y la brafonera que le non pusiese bien los dientes por la pi«rna, 
que la sangre cayó ende la yerua, et de como era grande et menbrudo, de 
pocas ouiera de dar con él en tierra. Et Macaire cuydó le dar con la es- 
pada; mas el can con miedo del abrió la boca, ét comentó de fuyr, et Ma- 
caire en pos él, et el galgo concoita metióse en el monte. Gran pesar ouo 
el traydor, porque non matara el galgo ; et Macaire tornó i ferir á Aube- 
ry de tal golpe de la espada por yima de la cabe^, que lo llagó á muer- 
te, et dexóie caer en tierra. Dios aya merget de su alma; et allí do yazia 
dixo á Macaire asi como pudo. — Ay traydor , maldita sea tu alma, ca á 
grant tuerto me as muerto. Dios prenda ende uengan^. £t dizo mas: 
Ay Señor, Dios padre poderoso, pido vos por merget que ayades piadat de 
mi alma; et luego se partió el alma del, et el traydor de Macaire fuéle al 
cauallo et matólo , et eso mesmo fegiera al galgo, ssy pudiera^ mas fuyóle 
al monte , por taofeo'le escapó. Desque Macaire ouo fecho todo esto, non 
quiso mas tardar, et fue buscar la reyna , et pensó que faria en ella to- 
da su uoluntad , et después que le cortaría la cabera con su espada; mas 
Dios non touo por bien que la él fallase, ca mucho s6 alongara de alli en 
quanto se combatieran; mucho la buscó el traydor de una parte et de 
otra; mas quando vio que la non pedia fallar, tal pesar ende ouo que á 
pocas non raviaua. £t desque vio que non podía della saber parte, pugnó 
de se tornar á la ciudat et llegó y grant noche andada , et fuese á su 
posada, et fízose desarmar, mas nunca descobríó á ninguno cosa de lo 
que fiziera . Mas Aubery que yacia muerto cabo de la fuente , oyd del su 
can lo que fizo. Quando Vio su Señor muerto^ comenzó de ladrar et de 
aullar^ et de facer la mayor coita por él que nunca fizo can por Señor; 
et comenQÓ á cabar con las vñas , et á facer cueva en que lo metiese; et 
lamíale las llagas muy piadosamente et tal manera fazia que non ha en 
el mundo onune que lo viese á quien se ende grant duelo, et grant piadat 
non tomase. Asi lo guardaua todo el dia de las aves, et toda la noche de 
las bestias del monte, donde auia y muchas que gelo non comiesen^ nin 
tañiesen: asi guardó el can su señor toda la noche , que nunca bestia se 
U^ó á él, nin aue; et quando veno la mañana, ovo muy grant íambre, 
mas por amor de su señor non quiso yr buscar cosa que comiese. Agora 
vos dexaré de fablar de Aube]^' et de su buen galgo, et tornarnos he á 
fablar de la reyna. 

XII. Toda la noche caualgó la mesquina por la floresta, que nunca que- 
dó que andar, et tan grant pauor auia de Macaire que nunca le veno sue- 
ño al ojo; et yua dando a la muía qnanto podia, ca siempre cuydaua del 



352 HISTORIA .CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍJOLA. 

trajdor que corría en pos ella . Aquesto era en el tienpo de pascua de 
ResureQÍon; et quando veno la mañana, salió fuera del mont, et desque 
se vio en el llano, comentó á llorar mucho de los ojos é del corado, et 
dixo con muy grraiít coita:— ¡ Ay Dios Señor, et para do yré ! En esto que 
se ella estaua asi coitando, cató, et vio venir un grant villano fiero con- 
tra ssy por un camino que yua por y, et su saya corta et mal fecha de 
vn hurel, et la cabera por lauar, et los cabellos enrri^ados, et el vn ojo 
avia mas verde que vn azzor pollo, et el otro mas n^o que ia pez; las 
sobre^jas auia muy luengas, de los dientes non es de fablar, ca non eran 
sinon como de puerco montes; los bragos et las piernas avia muy luen- 
gas, et un pió leuaua calcado et otro descal9o, por yr mas ligero, et ssy 
le diesen á comer quanto él quesiese non averia mas fuert cmime en toda 
la tierra, ni mas arreziado: et ante ssi traya vn asno cargado de leña, et 
él leuaua su aguijón en la mano con que lo tañía ; et quando cató et vio 
la reyna, comentó de menear la cabega, et dio tan grant boz que toda la 
ñoresta ende retenió, et dixo: — Venid adelant, Dios que buen encontrado 
fallé para mi cuerpo solazar!... Quando esto oyó la reyna, toda la color 
perdió; pero esforzóse et llamólo, et dixole muy omildoeament; — ^Buen 
amigo. Dios vos ssalue: ¿poderme ya en vos fiar? Ora me deoit, amigoi 
¿á qué parte ydes? — ^Dueña, dixo él, et vos qué avedei y de adobar? mas 
quáles diablos vos fezieron leuantar tan de mañana? Bien semejades mu- 
jer de dinero ó de meaja, quando asi ydes sola sin omme del mundo 
pequenno nin grande, et certas seméjame grant daño, ca de mas fermosa 
dueña que vos non oy fablar, nin avn de la reina Seuilla, que era tan 
fermosa dueña que el rey fizo quemar anoche en el llano de Salomón» 
mártir: mucho fizo y mal fecho; Dios lo maldiga, ca mayor follonia non 
poderia fazer. Quando le esto oyó la reyna, comentó de llorar muy fiera- 
ment. Dueña, dixo el villano, para el cuerpo de Dios, mucho fué y villa- 
no el rey Carlos que tan buena reina quemó, é tan sabidor, que fasta 
gima de Oriente non avia otra tal á mi cuydar; et sy vos troxieaedesr con 
vusoo caualleros et conpaña et non andasedes asi llorosa et mal trecha, 
vos la semejaríades muy bien por buena fé. — Amigo, dixo la reyna, desto 
non dubdedes, ca yo sso esa de que vos fablades; et verdat fué eso de 
que vos dezides; ca el rey mandó fazer grant fu^o, en que me quema- 
sen, et leuantóme tal blasmo de que yo non avia culpa, et quemada roe 
ouiera por el consejo de Macaire, que Dios destruya, et de otros ; mas 
Dios me guardó ende por la su sancta piadat, que sabia que non avia y 
culpa, et púsole en voluntad que lo non feziese, et mandó queme saliese 
de su tierra, por tal condición que ssi me después y nunca fallase, que 
me feziese matar, que ál y non o viese: de si fizóme guardar por la ño- 
resta á un su cauallero bueno, et que me guiase, que auia nonbre Au- 
bery de Mondisder, et que él amaua mucho. Et Macaire el traydor veno 
en pos nos, armado de todas armas en ssu cauallo, et quesiérame ewar- 
nir ; mas Aubery pugnó de me defender, mas á la cima matólo Macaire. 



II,* PARTE, ILUSTRACIONES. 355 

Efe qnando 70 vi qael pleito jua assy, xnetTme por este mont, et co- 
mencé de fujr quanto pude, et non sé para do vaja; et so muy coitada, 
ca ando preñada; et por Dios, omme bueno, consejadme 07 si uos plaze, 
et tomad estos mis pa^os et mi mula^ et fazet dello vuestra propiedat. 
* Quando esto 07o el villano, al^ó la cabegá^ efe feria los dientes vnos 
con otros, et comengó de ferir de un puño en otro^ et después dio de las 
manos ensucabe^et tiró sus cabellos, et dixo: — Dueña, non temades; 
ca para aquel Dios que nagió en Betlem de la Virgen Sancta M^ía por 
su plazer, que 7a non 7redes sin mi una legua de tierra, que 70 nonva7a 
con vusco á toda vuestra voluntat : et de aquí uos juro que non va7a 
mas en pos este asno, nin tome veer á mi muger nin á mis fijos; et leuar 
uos he derechamente á la rica ciudat de Constantinopla al enperador Bi- 
charte, vuestro padre, que quando sopier las nuevas de uos, et de vues- 
tro mal^ sé que enbiará en Francia ssus gentes et su hueste; et si Carlos 
non quisier fazer su voluntad de uos.rescebir por muger, asi como antes 
érades, ssé que. será grant destroimiento en Francia. ¡A7 Dios, dixo la 
re7na, que formaste Adán et Eua, onde todos defendemos, Sseñor, acór- 
reme et échame desta tormenta et liéuame á logar, do sea en saluo! 

XUI. Asi dixo la re7na, como vos oydes, et el villano le dixo: — Dueña, 
non vos de8ma7edes: 70 he mi muger é mis fijos en una giudat, donde so 
natural et guarecia por esto que vos vedes, é desto gouemaua mi con- 
panna; mas por vos quiero desamparar la muger é los fijos, por 7r. 
con vusco et vos seruir, et á vos conuerná de 7r por extrañas tierras 
fasta que seades libre de la criatura que en vos traedes, et darlo hemos 
y á criar, et quando fuer grande 7r se ha á Constantinopla^ ot nos 7rnos 
hemos luego al enperador, vuestro padre, á Grecia donde es Señor; et 
quando sopier vuestra facienda, sé que auerá ende mu7 grant pesar; 
et desque el niño fuer de edat, SS7 fuere de buen coraron, darle ha su 
poder et por auentura aun será re7 de Francia, S7 á Dios plaze. Ec la 
re7na dixo que Dios le diese ende buen grado de lo que le prometía: 
Agora me degit amigo, dixo ella ¿cómo avedes vos nombre? Et él respon- 
dió: — A mí dizen Barroquer. Certas dixo la re7na, el nombre es mu7 es- 
traño; mas vos me semejades ommQ bueno, et asi lo seredes, s^ Dios qui- 
siere que me vos tengades fé et lealtad: et como 70 cuido en buena ora 
vos fuestos nado^ ca 70 vos faré mu7 rico et mu7 bien andante. Dueña, 
dixo Barroquer, grandes mergedes agora me decides. Amigo, dixo ella, sa- 
bedes cerca de aquí villa ó castiello do pudiésemos fallar que comiése- 
mos?... ca 7Ó he mu7 grant fanbre, que 7a dos dias ha que non com7; 
etdaredes este mi manto. por dineros, et venderedesla muía que a7amos 
que despender por do fuéremos, SS7 lo asi touieredes por bien. Dueña, dixo 
Barroquer, aqui ante nos ha7 un hurguete mu7 bueno, que llaman Le7n: 
va7amos allá dereohament et 7 comeredes que uos ahonde. Buena 
ventara vos de Dios, dixo la re7na. AS7 se fué la reTna, et Barroquer 
con eUa; et la bestia de Barroquer se tornó para la posada, asi como yua 

Tomo v. • 25 



35Í HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA, 

cargada de leña; mas cuando la su mugier vio fue xhucho espantada, ca 
ouo pauor que alguno matara á Barroquer, ssu marido, en el monte, ó 
que lo prendiera ol que guardaua el monte, et comengó á dar grandes 
baladres con su fijo, ét á llorar mucho^ mas la rajna et Baroquer llega- 
ron á Lejn después del medio dia^ et entrando en la villa fallaron mu- 
chos burgueses que preguntaron á Barroquer dónde andauan ; mas el 
abaxaua la cabera et pasaua por ellos et la dueña en pos él, et tales y 
aula que le dezian: — ^Villano, non lo niegues ¿dónde fallaste tan fermosa 
dueña ó dó la lomaste? Et la dueña les dezia : — Señores, por Dios non di- 
gades villanía^ ca él es mi marido: vome con él.. Por buena fe, dezian ellos, 
asi fezo grant diablura, quien á tal villano dio tan fermosa muger. Mas 
Barroquer non dezia nada, synon baxaua la cabera et dexaba á cada uno 
dezir su villanía; et fuéronse á una posada de cabo de la calcada, et Bar- 
roquer rogó mucho á un burgués que y falló que los albergase aquella 
noche, et faria grant cortesía, et el 'burgués respondió et dixo á la dueña: 
—Amiga yo non sé quién vos sodes ni de quál linage; mas he de vos grant 
piadat en mi coraron, et por ende aueredes la posada á vuestra volun- 
tad, que vos non costara una meaja. Quando Barroquer esto oyó, gra- 
degiógelo mucho, et entonce defendieron, et el huésped que era sabidof 
et corles, guy soles muy bien de comer; et desque comieron quadto quisie- 
ron, el huésped que era omme bueno et de buena parte, llamó á Barro- 
quer et preguntóle en poridat, et dixole: — Amigo, por la fé que deues i 
Dios ¿es esta dueña tu muger?... Señor, dixo Barroquer, yo no vos nega-* 
ré la verdat por aquel Dios que el mundo fizo, porque vos tengo por 
omme bueno et leal. Ella non es mi mujer, bien vos lo juro: ante es 
una dueña de luenga tierra, et yo sso su omme. Et ymos nos á Koma; 
mas ymos muy pobres de despensa. — Amigo, dixo el huésped, non 
vos desmayedes, ca Dios vos dará consejo. Et fezieron echar la due- 
ña en una cama en un lecho muy bueno, do dormió aquella noche muy 
bien fasta en la mañana. Entoni^ llamó Barroquer á la puerta et desv 
pertóla. 

Xi V. Desque la reyna despertó et se bestió é aparejó et abrió la puer- 
ta, llamó á Barroquer, et dixole: — Yo he grant pauor del rey, et ssy el 
sopier que yo aqui sso, facer me ha matar por su bravura. — Dueña, dixo 
Barroquer, non temades, ca si Carlos agora aqui llegase, ante me yo de- 
xaria matar que vos dexar mal traer^ aunque cuydase y ser todo des- 
fecho; mas aved en Dios buena esperanza, ca de mañana moueremos de 
aqui sin mas tardar. — ^Barroquer, dixo la dueña, agora me entendet; yo 
sso preñada para ^edo, commo yo cuydo, et por Dios fazet en manera 
que nos vamos et dat esta tía muía con su guarnimento por dineros, que 
despendamos por las tierras por do fuéremos^ et compradme un palairen 
rafez, en que yo vaya. — %$eñora, dixo Barroquer, como vos mandardes; et 
vendió luego la muía con aquella rica silla que thtya et dieron el manto 
de la reyna por un palafrén, en que ella fuese; et conpróle un tabardo, 



11.^ PARTE, ILUSTRACIONES. . 355 

et espediéítnise del huésped que los comendó á Dios^ et caualgó con ellos 
una pieQa: et desj^ et espedióse dellos. Ora los guje Nuestro Sennor. 

XV. Agora se va Barroquer et la reyna con él, que Dios guarde de 
mal; mas de las jomadas que fezieron 70 non vos las sé contar, mas pasa- 
ron por,Vere et desy por la Abadía, et fuéronse albergar al castiello de 
Terrui, et otro dia grant mañana caualgaron ét fuéronse á la noble <;iudat 
de Benis: desy pasaron Campaña, et pasaron á Musa en una barca, des- 
pués en Ardaña et á ora de cunpletas llegaron á Bidlou, et pasaron la 
puent et fuéronse albergar á la abadía de Sanct Bomacle; otro dia grant 
mañana saliéronse dende, et tomaron su camino et pasaron el mont et 
la tierra gasea et fueron remanescer á Ajs de la Capilla, et d^ alli se 
fueron á la buena ciudat de Colonia, et estudieron 7 tres dias : des7 
pasaron el rio que llaman Rin en una galea, et preguntaron por el ca- 
mino de üngría, et enseñárongelo et fuéronse por él. Agora vos dejare- 
mos de fablar de la re7na et de Barroquer , et fablar vos hemos de 
Carlos, que fincara en París tríste et coitado él et toda su compaña, por 
razón de la re7na. 

XVI. El re7 que era en París et mu7 grant conpaña de altos ommes con 
él, cató un dia por el palacio, et non vio á Auber7 de Mondisder, et dixo: 
— Por Dios ¿qué se fizo de Auber7 que non veno? De grado lo querria 
veer, por saber nuevas de la re7na ó para do fué. Ella mereció de 7r en tal 
príesa: mas quesiera auer perdida esta ciudat pai^ siempre que ella 
ouiese errado tan mal contra nos; mas sofrir nos conviene, pues que 
asi aveno: mas llamad á Auber7 et saberé la verdat de la re7na qué fizo. 
Quando Macaire esto entendió, toda la sangre se le boluió en el cuerpo, 
et después veno antel re7, et díxole:— Señor, á mí dixieron que Aubery 
estouo mal contra uos, ca se salió con la reyna por fazer della su vo- 
luntad, assi la leuaua como vna soldadera. Quando el enperador esto 
07Ó, ouo ende grant pesar. — Macaire, dixo el enperador ¿dizes me tú 
ende verdat que Auber7 me desonró as7? — Señor, dixo él, jamás nunca 
lo veredes en toda vuestra vida par mi fé: et Señor, sabed que él no ha 
talant de tornar nunca i París. 

XVII. Desto que dixo Macaire al enperador ouo él tan grant pesar et 
juró para Dios que le feziera á su imagen^ que si Aubery cogiese en la ma- 
no que lo faría morir de muerte desonrrada, ca bien entendía (fue le fe- 
ziera Aub€^7 mu7 grant onta, segunt como dezia Macaire, el follón; mas 
el otro 7azia muerto cabo de la fuente, que este tra7dor matara que lo 
mezolaua et el su galgo antél, que lo aguardaua de las aues et de las bes- 
tias que lo non comiesen; mas comia el cauallo que 7azia 7 muerto. Quatro 
dias et quatro noches guardó el can su señor, que non comió nin beuió, 
et era 7a tan laso que marauilla; et leuantóse á grant pena de cabo su se- 
ñor, etarrencó de la 7erua con sus ipanos et con los dientes, et cobríólo 
con ella, et tanto lo coito la fambre que se fué contra París por el 
camino derechamente, et llegó 7 á ora de medio dia; et fuese al palacio 



356 • HISTORIA GRtTIGA DE LA LITERATURA ESPAf^OLA. 
derechament. £t aveno asi que el rey sseya yantando, et muchos 
ommes buenos con él^ et Macaire acostárase ^erca del rej, et decíale 
que muj mal le avia errado Aubery, que se fuera con la reyna por es- 
trañas tierras. — Macaire^ dixo el rey, mucho he dello grant pesar; mas 
para aquel Señor que priso muerte en cruz» 70 faré buscar por cada lugar 
do sopiere que se fueron, et'si á Dios plugier que lo fallen et lo trajan á mi 
poder, todo el oro del mundo non lo guarirá que non sea arrastrado ó 
quemado, que lo non dexaria por cosa del mundo. A aquella ora entró 
el galgo en el palacio, et las gentes lo comentaron á catar; mas el galgo 
tanto que y}6 á Macaire , dexóse correr á él, et trauóle por detrás en la 
espalda seniestra et puso bien los dientes por él, et rroyólo muy mal; 
et Macaire dio muy grant baladro, quando se sentió llagado, et el enpera- 
dor et los caualleros fueron desto muy marauillados , et erguyéronse 
algunos et dixieron:— Matad aquel can; et comentaron de le lanzar palos 
et de lo ferir muy mal; et él dexó á Macaire et comentó á fuyr quanto 
pudo por el palacio, et al salir echó la boca en un pan de la mesa et 
fuese con él contra la floresta por do veniera, á aquella parte do su se- 
ñor dexara yazer muerto^ con su pan en la boca^ et echóse cabo él, et 
comentó á comer su pan, que se le fizo muy poco^ ca mucho avia grant 
fambre. Mas mal coitado fincó Macaire de la mordedura del can, cá 
mucho lo royó mal; et elenperador^ que. fué ende marauillado, dixo con- 
tra los caualleros: — Amigos, ¿vistes nunca tal maraviella? Este era el buen 
galgo que Aubery de aquí leuó consigo: yo non sé donde se veno, nin 
á quél logar se vá; mas del qu^rria yo saber dó es. — Non vos coitedes, se- 
ñor , dixo el duque don Aymes , ca non tardará mucho que lo non se- 
pamos por este can mesmo, que se non puede encobrir; mas curen entre- 
tanto de Macaire, ca mal lo royó aquel can. 

XVIII. Agora oyd del galgo, que yazia cabo su señor, lo que fizo otro 
día de mañana. Quando lo coito la fambre, erguyóse, et fuese contra Paris; 
et desque pasó la puente et entró por la villa, los burgueses lo comen^- 
ron á catar que lo conoscian, et dixieron: — ¿Por Dios dónde viene este can, 
ca este es el galgo de Aubery?. . Et quisieron lo tomar, mas non podieron, ca 
el galgo comentó de correr, et fuese contra el palacio^ et desque entró den- 
tro vio ser el rey et Macaire fablando en poridat ; mas quando Macaire 
vio el gal^, ouo del muy grant miedo, et levantóse, et comentó de fuyr. 
Quando quatro de sus parientes que y estañan vieron esto, d<vcárcoise yr 
al can con palos et con piedras; mas don Aymes que esto vio, dióles bo- 
zos, et dixoles: — Dexaldo, dexaldo!... yo vos digo de parte del rey que le 
non fagades mal. Quando ellos esto oyeron, fueron muy sañudos , et 
dixieron: — Señor, dexadnos este can que veedes llagó á Macaire muy mal 
en la espalda: — ^Aníigos, dixo el Duque, non lo culpedes; bien sabe el can 
donde viene este desamo): , ó de viejo ó de nuevo. Et el conde don Ay- 
mes de Bayuera que era muy preciado , et mucho entendido , tomó el 
galgo por el cuello, et diólo á Gaufredo que era padre d'Ougel, que lo 



n.* PARTE, ILUSTRACIONES, 357 

guardase, et el can estouo oon él de buena mente. Quando Macaire esto 
vio, ouo muy grant peSar^ et y estauan con él entonge sus parientes que 
Dios maldiga mal; Ingres et Erui^ et Baton, et Berenguer, et Focaire^ et 
Alorís, et Beari^ et Brecher, et Grífez de Altafolla, et Alait d^ Monpan- 
ter, que quisieran matar al can de grado 7. Quando el buen duque don 
Ajmes esto yió^ comentó á dar baladres et metió bozesá Rrechart de Nor- 
mandia, et á Jufre, et á Ougel, et á Terrilar de Nois, et á Beraje de Mon- 
disder, et al viejo Simón de Pulla et á Galíer DespolÍ9a. — Barones^ dizo 
el duque, ru^ovos por Dios que nos ayudedes á guardar este galgo; et 
ellos respondieron que de todo en todo lo farian. Entonce trauarón del can 
et leu&ronlo ante el enperador, et fincaron los inojos ante él, et el duque 
don Aymes lo tenia por el cuello et fabló primero, et dixo: —Señor empe - 
rador, mucho me marauillo de las grandes bondades que en ros soliades 
aver: vos me soliades amar et llamar á vuestros grandes consejos et á los 
grandes pleitos, et en las vuestras guerra^ yo sólia ser el primero : ago- 
ra veo que me non amades nin preciades; yo non vos lo quiero mas ebco- 
brir; mas guardat vos de traydores que assaz menester es. — ^Don Aymes, 
dixo el emperador^ yo non rhe puedo ende gruardar, si me Dios non guar- 
da, que ha ende el poder. — Yo le pido por merget, dixo don Aymes, que 
uos guarde de todo mal; mas Señor, agora me entendet, sy vos plaze por 
el amor de Dios: aquí non* ha cauallero nin escudero nin clérigo nin ser- 
uiente, á quien este galgo mal quierii fazer, sy noi\á Macaire, este vues- 
tro privado; et sé que Aubery, su señor, á quien vos mandastes guiarla 
reynsk, quando fue echada de vuestra tierra, que este can fué coa él, que 
tanto mas ha de un año siempre andana con .él que lo non podian del qui- 
tar; et Señor, por vuestra merget faget agora una cosa: que caualguedes 
en un buen cauallo, et saldremos con vusco fasta cient caualleros, et ire- 
mos en pos el galgo, et veremos do nos leñará; et asi me ayude Dios, que 
todo el mundo tiene en poder, como yo cúydo que Macaire ha muerto á 
Aubery de Mondisder , el vuestro leal cauallero, tan preciado et tan 
bueno. Quandaesto oyó Macaire, fué muy sañudo. 

Mucho pesó á Macaire quando esto ouo dicho el duque don Aymes, 
et díxole: — Mejor lo diriades. Señor, si vos quisieredes; et sy vos non 
fuesedes de tan gran linaje, como sodes, yo daria luego agora mis galas 
contra uos que nunca fíz esto que me vos aponedes nin sol non me veno 
á coraron. Don Aymes dexó entonce el galgo et el can se'fue luego para 
el rey, et asentóse antél, et comentó de aullar et de se coitar , asi que 
bien entendian que se querellava, et travo con los dientes en el manto 
del rey que tenia cobierto , et tirana por él et fazia semblant que lo que- 
ría leñar contra la floresta á aquella parte, do su señor yazia muerto. 
Quando el rey esto vio, tomóse á llorar de piadat et demandó luego su 
cauallo et troxiérongelo y, et el enperador caualgó que non tardó mas, 
et el duque don Aymes con él, et Ougel el Senescal , et muchos ommes 
buenos; mas Macaire el traydor non quiso yr allá: ante fincó en la ciudat 



358 HISTORIA crítica de la literatura ESPAÜOLA. 

sañudo et con grant pesar, amenazando mucho al duque don Aymes él 
et todo BU linaje; mas el duque non daría por ende dos nuezes. 

XX. En tal guisa se fué el enperador, et sus ommes buenos con él, et 
caualgaron fasta en la floresta, et galgo jua delant que fazia muj fie- 
ro senblante de los guyar', et de los leuar á la floresta que nunca 
se detono, et fuese por el camino que sabia que yua derecho á la 
fuent, dó su señor yazia muerto. £t todos iban en pos él« et desque 
ll^ó a su señor descobriólo de la yerua que sobre él echara. Quan- 

* do esto vio el enperador et los que con él andauan, fueron esmarridos, et 
. él degió primero, et quando conosgió que aquel era Aubery de Mon- 
disder, comentó á llorar, et á facer el mayor duelo del mundo: — Ami- 
gos, dixo el enperador, esto non puede ser negado: vedes aquí Aubery 
do yaze muerto, á qui yo mandé que guardase la reyna et la guiase. 
Yo non ssé della do se fué; mas dixiéronme que Macaire fuera en pos ellos, 
solo sin compaña muy ascusament. Et yo cuydo que este lo ha muerto; 
mas para aquel Señor que todo el mundo fizo, que esta traycion non sea 
tan enoobierta que la yo non faga descobrir; et si sse Macayre ende non 
se puede sainar, non escapará que por ende non sea enforcado. Entonce 
comentaron á facer tan grande duelo por Aubery que marauilla; ca mu- 
cho lo preQiauan todos de sseso , et de lealtad , et de cortesia. 

XXI. Et desque fízieron por el muy grant duelo quanto pie^a, fezieron 
fazer unas andas que echaron á dos cauallos, et pusieron y Aubery, et le- 
váronle á la ciudat. Et quando entraron con él en la villa, veriades tan 
grant duelo de dueñas et de burguesas, et de otras gentes , que non ha 
en el mundo omme de tan duro coras^on que por él no llorase. Asy lo 
levaron á la iglesia de Sancta María, et desque le dexieron la misa et 
el cuerpo fue enterrado^ el rey tomó el galgo et leuólo consigo et ñzolo 
muy bien guardar, et mandóle dar muy bien de comer; mas el can 
sienpre auUaua et facia duelo, et el rey fizo prender á Macaire entre 
tanto. Et otro dia mandé llamar sus ommes et fue con ellos oyr misa ala 
eglesia de Sancta María; et desque tornó á su palacio, asentóse triste oon 
muy grant pesar, et dixo á sus priuados: — ^Varones, por Dios vos ru^;o que 
me judguedes que deuo fazer en pleito de Aubery de Mondisder, á quien 
yo di la reyna que era mi muger, que la guardase fasta que fuese en 
saluo , et ninguno non sabe della nueuas dó es yda. Et yo mandé pren- 
der á Macaire por pleito del ^Igo que sse non dexó yr á otro en todo el 
palacio; de tantos como estañan^ sy á él solo non. Et por ende me semeja 
que alguna culpa y ha^ que el can no quier á otro roer, si aquel non. — Se- 
ñor, dixo el duque don Aymes, yo uos consejaré lo que y fagades. — ^Para 
Dios, dixo el emperador, mucho me plaz. Entongo se erguyó el duque don 
Aymes, et llamó los doze Pares ssó un árbol. Kicharte de Normandia, et 
Jufre, et Ougel, et Terrin Lardenois, et Berart de Mondisder, et Simón 
el Viejo de Pulla, et Gaufer Despoliga, et Salomón' de Bretaña, et mu- 
chos otros ommes buenos; et desque fueron á parto, Galalon de Belcai- 



II.* PARTB, ILUSinAClONES. 359 

re fabló primero, que era pariente de Macaire^ et ama grant sabor de 
lo ayudar. — Señores, dixo él, mucho nos debe pesar, que el rey quiera 
fazer jugdar de crimen de muerte á Macaire, ca diz que él mató á Au- 
bery de Mondisder, mas por Dios ¿cómo puede él esto saber? Mas bien 
cuydo que non há en esta corto cauallero, nin escudero, nin otro omme 
bueno, que contra Macaire desto osase dar su gaje, por se conbatir con 
él. Ssy el can quiere roer á Macaire, non es marauilla, ca lo ferió él muy 
mal, et por ende se querría el can vengar; mas ssy me quisierdes creer, nos 
yremos al rey, et dezirle hemos que dexe á ^Macaire estar en paz que 
fizo prender, et que le non faga mal nin onta, cá él es de alto linaje , et 
de muy buenos caualleros, et muy fiero, et mucho orgolloso; et si le 
tuerto feziese, grant mal ende pedería venir ; maÜs quítelo de todo, et 
finque en paz: este es el mejor consejo que el omme pedería dar. 

XX1I« Quando los ricos ommes oyeron asi fablar á Galalon, non osaron 
y ál dezir, porque era de muy alto linaje, et muy poderoso; mas el duque 
don Aymes sse erguyó entonces, et dio bozes, et dixo: — ^Varones, oydme 
lo que uos quiero dezir: Galaíon saberá muy bien un buen consejo dar; 
mas pero otro consejó auemos aqui menester de auer, de guisa que non 
Gayamos en vergüenza del rey: vos bien sabedes que qu^do el rey echó 
su muger de su tierra, que la dio á Aubery de Mondisder que la guarda- 
se: onde aquel que lo mató ha fecha grant onta al rey, et grant yerro. 
£t quando él mouió de aqui con la reyna, leuó consigo este galgo, por- 
que lo amaua mucho. Mucho leal es el amor del can, esto oy prouar: 
ninguno non puede falsar lo que ende dixo Merlin: ante es grant verdat 
lo que ende profetizó. Onde aveno asi que César el enperador de Roma lo 
tenia en prísion; et este fué aquel que fizo las cabreras por el monte Paués. 
Un dia fizo venir ante ssy á Merlin por lo prouar de su sseso, et dixole: 
— Merlin, yo te mando assi como amas tu cuerpo, que tu trayas ante mi 
corte tu joglar, et tu sieruo, et tu amigo, et tu enemigo.— Señor, dixo 
Merlin, yo vos los traeré delante, sy los yo puedo fallar. Señores, dixo 
el duque don Aymes, verdat fué que el enperador tiró de presión á Mer- 
lin, et él fuese á su casa, et tomó su muger, et su fijo, et su asno^ et su 
can, et tróxolos á la corte, ante el enperador, et dixole:— Señor vedes aqui 
lo que me demandastes: catad, esta es mi muger que tanto es fermosa, 
et de que me viene mi alegría, et mi solaz, et á quien digo mis porída- 
des; mas pero si me viene alguna enfermedat, ya por ella non seré confor- 
tado; et si acaes^iese asi que yo oviese muerto dos oramea, porque debie- 
se ser enf oreado, et ninguno non lo sopiese fueras ella solamente, si con 
ella oviese alguna saña, et la feríese mal, luego me descobríria; et por 
esto digo que este es mi enemigo, ca tal manera ha la muger; a^i diz la 
otorídat.— Señor, vedes aqui mi fijo: este es toda mi vida, et mi alegría 
et mi salut. Quando el niño es pequeño, tanto lo ama el padre, et tanto 
se paga de I9 que diz que non ha cosa de que se tanto pague, ni de que 
tal alegría aya, et por ende le fas^ quanto él quiere; maá después que es 



360 TIISTORTA crítica DE LA LITERATURA ESPAÍ^OLA.* 

ya grande, non da por el padre nada, et ante querría que fuese muerto 
que biuo, en tal que le fíncase todo su auer: tal costunbre ha el' niño. 
Señor^ vedes aqui mi asno que es todo dessouado: jertas aqueste es mi 
sleruo, cá tomo el palo, et la vara» et dóle grandes feridas et quanto le 
mas dó tanto es mas obediente; desí echo la carga encima del, et liéoala 
por ende mejor; tal costunbre ha el asno; esta es la verdat. — Señor, ve- 
des aqui mi caur este es mi amigo que non he otro que me tanto ame; ca 
ssi lo fiero mucho, aunque lo dexe por muerto, tanto que lo llame, luego 
se viene para mi muy ledo, et afalágame et esle ende bien: tal manera es 
la del can. — Ora sé verdaderamente, dixo César, que sabedes mocho, et 
por ende quiero seades quito de la presión, et que vayades á buena ven-' 
tura^ cá bien lo meres^edes; et Merlin gelo grádeselo mucho et fué su via 
para su tierra. — Señores, dixo el duque don Aymes, por esto podedes en-* 
tender que grant amor há el can 4 su señor verdaderament, et por ende 
deue ser Macaire rebtado de traycion^ et enforcado, si le prouado fuer. Asi 
fabló el duque don Aymes, como vos conté. — ^Varones, dixo él, ora oyd lo 
que quiero de2ár, porque de parte de Aubery non há omme de su linaje 
nin estraño que contra Macaire osase entrar en canpo, porque veo que el 
su galgo asi m^ere por se lanzar en él ,-70 diré aqui lo dexásemos con él, 
en tal manera que Macaire esté á pié en un llano con él, et tenga un es* 
cudo redondo en el bra^o, et en la mano vn palo de un codo de luengo, 
et conbátase con él lo mejor que pudier; et si lo venciere, por ende ve- 
remos que non ha y culpa, et sea quito; et si lo vencier el can, yo digo 
^iertament que él mató á Aubery. Este es él mejor .consejo que yo ssé 
dar, que no ssé otro; porque se tanbien pueda prouar. Et si Macaire fuer 
vencido, aya ende tal g\^lardon como mereció de tal fecho que lo faga 
el rej justiciar, como deue. Quando esto entendieron los rícos-ommes, er- 
guyéronse, et llegáronse á él, et gradesciérongelo, et dixieron que dixie- 
ra bien, et (}lie Diosle diese buena andana por quanto dezía, et que asi 
fuese como él deuisaua. Entonce se fueron todos anjie el rey, et don Ay- 
mes le contó todo quanto dixieran de cómmo se avian de conbatir el can 
et Macaire en canpo, et el rey lo otorgó de grado. Desque este pleito 
fué deuisado, el rey fizo tirar de presión á Macaire, et traerlo ante ssi et 
deuisole el juizio que dieran los ommes buenos de su corte con don Ay* 
mes. Quando esto Macaire oyó, fué ende muy ledo, et gradeciólo mucho 
al rey, ca touo que por alli seria libre; mas Dios que es conplido de ver- 
dat que nimca mentió nin mentirá, et que dá á cada uno commo merece, 
ó muerte ó vida, non se le oluida cosa. 

XXIII. Otro dia de mañana tanto que se el sol levantó^ levantóse Ma- 
caire, e(^ fuese con pie^a de caualleros et de conpaña para el rey, et tanto 
que lo el rey vio, dixole:— Macaire, vos bien sabedes que sienpre vos amé 
mucho por vos, et por vuestro linaje bueno, onde venides. Et dixiéronme 
que judgara mi corte vn jvizio que yo non puedo esquivar : que porque 
Aubery non ha oauallero, nin otro omme que se con vusco osase conba- 



Jl/ PARTEy ILUSTRACIONES. 361 

tir en canpo, que uos coaviene oonbatir con aquel su galgo por tal con- 
dición, que vos tengades un escudo redondo et un bastón de un cobdo, 
et si vos vencieredes el can^ fíncaredes quito de aquella traición que vos 
ponen de Aubery de Mondisder, que yo tanto amaua, et de que tan grant 
pesar he de su muerte; mas si vos sodes vencido, sabet verdaderamente 
que yo faré de vos justicia, quál deue ser fecha de quien tal fecho faz. — Se- 
ñor^ dice Macaire, Dios lo sabe que Aubery nunca me erró, nin me mató 
hen]|^DO, nin pariente, por qué desamor con él oviese; et desta batalla vos 
dó ende grandes mercedes ; mas de sse conbatir con un can vn caualle- 
ro muj valiente, non semeja guisado; et agora me degit por Dios, señor, 
¿non semeja grant onta et grant villania de me conbatir con vn can en 
canpo?— Non, dixo el enperador, pues que assy es judgado de los que 
han de judgar la corte et el reyno; mas yd vos guisar. — Quando Macaí* 
re esto entendió, todo el coraron le tremió, et quisiera ser de grrado 
alien mar, ssi quier en el reyno de Ssuria; et tanto gana* quien faz follia 
contra Dios, et contra derecho. Entonces se partió de alli Macaire con su 
conpaña, et fuese armar, asi como fué deuisado, de un bastón de vn 
cobdo^ et de un escudo redondo muy fuerte et muy bien fecho; et sus 
parientes le dizieron que se non espantase de cosa, nin dubdase al can 
quanto una paja. — Ssy se dexare correr á vos^ datle tal ferida en la oreja 
que dedes con él muerto en tierra, et si vos por aventura troxier mal, 
luego vos acorrerán de la parte de Galalon, vuestro tio. — ^Bien dezides, 
dixo Macaire. 

XXIV. Macaire fizo y venirlos de su parte^ todos muy bien guisados, 
para lo acorrer, ssi le menester fuese, et andana y vn traydor de muy 
grande nonbradía, Gronbaut avia nombre de Piedralada : aquel llamó á 
Macaire, et dixole en poridat : — Amigo Macaire, aquesto es bien sabida 
cosa, que aquel galgo non poderá durar contra vos, et desque lo vos ma- 
tardes, averemos todos grande alegria, et ayuntarnos hemos entonce todos 
á desora^ et matemos á Carlos que tantas viltan^as nos há fechas por to- 
da su tierra, et séale bien arrepentida la muerte de Galalon^ que era nues- 
tro pariente, que se me nunca oluidará; et la reyna de Francia su mu- 
ger preñada la echó él de su tierra, que jamas el fijo y nunca tomará, 
et sy y entra perdería la cabera: et vos seredes señor de toda la tierra, que 
pese á quien pesar, ó que le pl^a. — Gonbaut, dixo Macaire, aquí ha bue- 
na ra^n, et si yo biuo luengamente, en buen punto lo cuydastes; mas 
hI taja Dios en el cielo. Entonce salió el rey de su palacio, et mandó 
que- la batallsf fuese luego guysada ; et fizo j meter á Macaire, et el 
galgo.— Macaire, dixo el rey, peños há menester que me dedes. — Señor, 
dixo él, esto non puedo esquivar; et el traydor se tomó, et llamó á Be- 
renguer, et Oríel^ut Doríon^ et Foraut, et Roger Sansón, et Amagln 
Aston, et Berenguer, que eran parientes de Gralalon. — Amigos, dixo 
Macaire, entrat en peños por mí: este rey vos quier, et yo vos ru^o en- 
de: yo só vuestro pariente, et deuedes me ayudar, que me nondeuedesfa- 



362 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Ue^er fasta la muerte. £t ellos dixieron que asy lo farían. Énton^ 
fueron al rey, et dixiéronle.-^Señor, bien queremos entrar por él en fia- 
doria de los cuerpos et de los averes. Et el rey dixo que asi los recibi- 
ría. Entona fizo traer el galgo á Ougel, que lo tenia por el cuello: desy 
mandó el rey dar pregón que non oviese y tan ardido que sol nin pala- 
bra dixiesse, por cosa que oyese, só pena de perder uno de los mienbros; 
mas bien pedería omme creer, que a dur ñncó en París omme nin mu- 
ger, clérígo, nin lego, nin religioso, que al canpo non saliese uer bata- 
lla. Et el rey mandó en la plaga estender un tapete, et fizo y poner la 
arca de las reliquias de San Í)steiian. — ^Macaire, dixo el obispo, id besar 
aquellas santas reliquias, et asi seredes mas seguro de vuestro fecho aca- 
bar. — Señor, dixo Macaire, por buena fé non y besarla, nin ruego á Dios 
que contra* yn can me ayude. Asi dixo el malandante; mas noouoomme 
en el canpo que lo oyese que se non santiguase, et que non dixese que 
malandante fue&e et malapreso encentra el galgo, asy commo le tenia 
tuerto. Entonce fezieron léuar las reliquias á la eglesia, pues vieron que 
Macaire non se les quisiera omillar, nin llegarse á ellas; mas él metió 
bozes á los guardias que le feziesen venir el can al canpo, et si lo non 
matase del prímer golpe que se non preciarla un dinero; et (xaufre le di- 
xo: — ^Vos lo averedes tan tosté. Entonce dexó yr el galgo, et comentóle 
de grítar, et dixo:-— Ora te vee, et Dios que sofrió en su cuerpo la lana- 
da et ser puesto en cruz, asi como te tú conbates por tu señor derechamen- 
te que te tanto amaua^ asi te dexe él matar á Macaire, et vengar tu señor. 
XXV. Assi fabló Gaufre, como vos oydes; mas mucho fué ledo el 
can, quando lo soltaron, et sacudióse tres vezes: desy dexóse yr al canpo 
4 vista de toda la gente, et do vio á Macaire que lo conosgió bien, fue- 
se 4 él, lo mas rezio que pudo yr. Et antes que el traydor se oviesse apa- 
rejado nin se cobriese del escudo, nin alease el palo contra suso, le tranó 
el galgo en el vientre con los dientes, que auia mucho agudos, et mor- 
diólo mal. Quando esto vio el traydor, á pocas no fué sandio, et al^ su 
bastón, que era fuerte, et quadrado, et dio tal ferida al galgo entre la 
fruente et las narizes que dio con él tendido en el prado, asi que la 
sangre salió del. Quando el galgo se sentió tan mal ferído, erguyóse tos- 
te, et fué muy sañudo. Mucho fué catada la batalla del galgo et de Ma- 
caire de las gentes todas de la plaga, et de los muros que eran cobiertos; 
et todos rogauan á Dios que el mundo formara, que ayudase al galgo, si 
derecho tenia, et que el traydor fuese enforcado por la' garganta. Et Ma- 
caire se dexó correr al galgo, ca ferir lo cuydara del bastón', mas el galgo 
le trauó en la garganta de tal guisa que dio con él en tierra, et la 
tarja le cayó de la mano. Quando esto vieron las gentes que á derre- 
dor estañan, loaron mucho á Dios, ca asy cayó Macaire en tierra; mas 
asy tosté él non se leuantara, pudiera ser mal erroso. Et el galgo se 
asañó de que se vio ferído, et cató al traydor, et arremetióse á él, et tra- 
vóle en el rostro asi que las narizes le leuó, et lo paró mal. Quando es- 



II.* PARTE, ILCSTRACIONES. 563 

to sentió el traydor, á pocas non fué sandio, et con desesperamiento- dio 
bozes á sus parllentes que lo acorriesen, oa sy non luego seria comido. 
Desque ellos esto oyeron, dexáronse correr con sus espadas; mas el rey 
se leuantó efc dióles bozes et dixo que se non meciesen, ca para aquel 
Señor que muerte prendiera en la yera cruz, que el primero que diese 
al galgo, que seria rastrado. Quando aquello oyeron los traydores, torná- 
ronse; mas grandes baladres daua Macaire, ca mucho era mal tresnado 
en el rostro, asy que toda la boca tenia llena de sangre, de guisa que non 
podia resollar; pero dexóse correr al galgo con coita, mas el galgo se 
desuió de la otra parte, et trauóle en el puño, et apretógrelo tan de rezio 
con los dientes que le fizo caer el bastón de la mano. . 

XXVI. Mucho fué el traydor coitado, quando se sentió tan maltrecho 
de la mano , onde le corría la sangre , pero después tomó el palo , et dio 
al can grandes ferídas con él , mas mucho estaua maltrecho de la sangre, 
que perdia mucha. Mas grant duelo fazian por él los traydores de sus 
parientes , et Galeran de Belcaire , un traydor malo, llamó de los otros 
do avia ^iento, ó mas, et díxoles:— Varones, grant pesar hé de nuestro 
pariente Macaire que veo tan malandante » et vos asy deviades fazer, et 
si él fuer vencido por un can, todo nuestro linage ende será desonrado; 
¿más sabedes lo que pensé?... Yo me armaré tosté, et subiré en mi caua- 
lio, et leuaré mi langa en la mano, et yré acorrer á Macaire; ca yo ma- 
taré el galgo que nos há escarnidos ; mas si me el rey pudier prender^ 
prometedle poi mi mili marcos, et muchos paños de seda, et él tomarlos 
há de buena mente ; et asi será Macaire acorrido , ct redimirse há, et el 
galgo será muerto. — £t todos dixieron que decia bien, et gradeciérongelo 
mucho, ca mucho se dolian de Macaire en quán mal estaua su pleito, 
et dezian que en buen punto él fuera nado , si lo librase. Entongo se 
tomó Galeran, et ñzose bien armar , et caualgó en su cauallo , et aguyjó 
sin detenencia, et pasó por la priesa de la gente que falló delante , et fa- 
zíanle carrera , et dexóse correr al can , et dióle una langada que le pasó 
la langa por ambas las piernas de guisa que la langa ferió en tierra, et 
quebró en dos partes, onde pesó mucho á él , et tiró la espada de la bay- 
na por matar el can ; mas el galgo tomóse á fuyr, et metióse por entre la 
gente, por guarecer. Quando Carlos vio esto, fué muy sañudo^ et metió 
bozes á las guardas que si aquel dexasen yr, que los non fallase en toda 
su tierra , ca ssi los y pediese fallar , que los mandaria meter en presión, 
donde jamas non salirian , et qualquier que lo tomase, et gelo metie- 
se en la mano , que le daria cient libras. Quién viese aquella ora btir- 
gueses deger de los muros , et la mesnada del rey cogerse á los cauallos, 
et salir escuderos ^ et servientes con armas^ et con porras, et con visar- 
mas, et otrosí los ribaldos langar palos et piedras , bien entenderia que 
querrían ganar los dineros que el rey prometiera^ á quien lo tomase. Mas 
el traydor pugnó de aguyjar , et de sse salir quanto lo podia leuar el ca- 
uallo ; mas tantos corrían en pos él, et asi lo enbargaron, et lo encerraron 



364 HISTORIA crítica db la literatura española. 

entre sy, que lo presieron. £t á tanto aquí viene un villano grande, et 
fiero que traja en la mano una grant piedra, et dexóse yt á él, et dióle 
tal ferída con ella en los costados de trauieso que dio con él del cauallo 
en tierra^ et matáralo, ssi gelo non tollieran. £t á tanto llegó el rey ante 
que lo levantasen de tierra, et fizo luego dar el aver al villano, de que 
después fué rico, et bien andante. £t otro ssi libaron 7 luego los del li- 
nage de Macaire que dixieron al rej: — Señor, bien sabet que nos nunca 
sopimos parte de Galeran, quando se armó para acorrer á Macaire que 
uos tenedes preso: ssi él fizo follia, Señor, fazer uos vuestra mer^et; pren- 
det aver por él, et rienda se uos. £t el emperador les defendió que nun- 
ca 7 fablasen jamás: que para aquel Señor qué muerte priso en cruz, 
dixo él^ que non prendería por él el mayor aver del mundo: que ante non 
fuese rastrado, et después, enforcado por la garganta, conuno ladrón, et 
tra7dor. £nton^ mandó que lo guardasen bien ; desy tornóse al canpo. 

XXVII. Mucho fué el traidor coitado á desmesura por el conde Ga- 
leran que era preso, que era su tio; et todos ssus parientes, los grandes 
et los pequeños, estauan en el canpo, et las guardas estañan otrossi ar- 
madas; et el duque don Aymes tenia el galgo por el cuello, et las guar- 
das le dezian que lo ssoltase. £ntón9e soltó el duque el galgo, et dixole: 
— Vete; á Dios te acomiendo que faga que te ñengues de aquel que te tu 
sseñor mató, et que muestre 7 su miraglo por la su sancta merget. £t el 
galgo sse dexó correr á Macaire mu7 sañudo, ca mucho lo desamaua. 
Quando Macaire vio venir el can, tomó su bastón^ et cu7dólo ferir; mas 
el galgo se desuió, et salió en trauieso^ et non lo pudo ferir, et dio tal fe- 
rida del bastón en tierra que mas de un palmo lo puso por ella; et el gal- 
go andóle á derredor, et asechó de quál parte lo poderia coges. £t 
Nuestro Señor, por mostrar 7 su miraglo, lo quiso aTudar que prendiese 
vengan^A de Auber7 de Mondisder^ su señor, que le él matara á traycion 
en ed monte; et tanto ando assechando que le fué trauar en la gai^ganta, 
ante que le uviese á dar con el bastón , et tóuolo quedo, como un pue- 
co, que se non pudo librar del ^ cá non era derecho, cá se non oluidó á 
Nuestro Señor la tra7CÍon que él feziera; mas quando vio ol traydor que 
lo non podia mas durar ^ comengó de llamar á las guardas , et pedir 
merQet al re7. 

XXVin. A tanto ahé el re7 do viene; et Gu7llemer d'Esco^ia, et Ou- 
gel, et Lardenois, et Groufre d'Ultramar, et Almerique deNarbona, et el 
bueno de don A7mes, et Bemalt de Brunbant^ et todos los dose Pares 
fueron al galgo por gelo quitar , mas á mu7 grant pena la podian partár 
del: — Señores, dixo Macaire, por Dios, fazetme 07r; 70 bien veo que so 
muerto, do ál non há; mas si me quisiese el enperador perdonar este 7er- 
ro^ 70 le diría toda la verdat, pues que non puedo guarir. — Certas, dixo 
el £nperador, non lo faria por tu peso de oro que te non faga arrastrar. 
— Señor, dixo el tra7dor, bien veo que so muerto, et que non puedo es- 
capar, et quiero vos manefestar la verdat. Quando vos diestes á Aubeiy 



Il/ PARTE, ILUSTRACIONES. 365 

de Mondisder la reyna. & guardar, et que la guyase, 70 fíii en pos ellos 
por Gomar la reyna, mas Auberj me la defendió, et Uagoélo mnj mal, 
ca él era desannado, oon mi espada .en la espalda. Qoando lo tío la rey- 
n|i todo ssangHento, oomen^ de sse jr fujendo por g^uanr por la flores- 
ta, asi que la nunca después pude veer por quanto la pude buscar. Asi 
me ayude aquel Señor que el mundo tiene en poder^ que nunca 7 Qias 
ouo. £t fallóme mal de lo que £ze á Aubery, et non es marauiella de lo 
comprender. Señor, agora facet de mi lo que vos quisierdes. — Certas, dixo 
el enperador, non ssé lo que diga; mas bien sé que de tray^on non se 
puede omme guardar. Grant pesar ouo el enperador^ quando le esto 07o 
contar^ et el duque don A7me8 dixo á mu7 grandes Ixñes á guisa de bue- 
no: — ^¿078tes deste malo cómo se sopo encobrir?... Certas, pues que él 
mató á Auber7 de Mondisder, bienmeres^e penado tra7dor:— A7! buen 
fídal^^ dixo el enperador ¿por quál vos prouastes? Ora se puede enten- 
der que de grant traycion vos acusaua esté can.— rEnton^ mandó echar 
á Maoaire una cuerda á la gazganta, et á Galeran, ssu tío, otrossj)r^ et 
liarlos á dos cauallos, et fizólos rastrar por toda la ciudat, ca tal gualar- 
don meresQenios tra7dores. Des7 el emperador mandó mu7 bien guar- 
dar el galgo por amor de Auber7 que él amaua mucho; mas el galgo se 
fué al monimento do lo viera enterrar, et echóse sobre él et dexóse mor- 
rer de duelo, et de pesar. Alli veriades llorar mucha gente de piadat, et 
el re7 que fuera en pos él, et muchos ommes buenos con él, et comen9á- 
ronlo á catar, et ovieron ende todos grant pesar: dess7 mandólo el rey en- 
bolver en un paño de seda mu7 bueno, et fizólo soterrar en cabo del ^- 
míterío de aquella {)arte do 7azia su señor. Ora vos dexaremos de fablar 
del enperador et del galgo, et fablar vos hemos de la re7na, que Dios 
a7ude, que sse Tua derechamente á Constantinopla, et Barroquer con 
ella, sin mas de conpaña. 

XXIX. Desque pasaron el rio de Rjm et fueron de la otra parte, en- 
traron en.Ungria et fuéronse derechamente á Urmesa^ una mu7 buena 
dudat, et posaron en casa de un ríoo burgués que avia su muger muy 
buena et de buena vida, que fezieron mü7 bien seruir la re7na. Mas 
quando veno á la media noche, llególe el tienpo de parir, et ella comen- 
^ de baladrar et de llamar Señora &nta Maria que la acorriese. Tanto 
baladró la re7na que la dueña se espertó et fués« para ella et leuó con- 
sigo tres mugeres que la a7udasen á su parto, et tanto trabajó la dueña 
fasta que Dios quiso que ouo un niño, muy bella criatura, que fué des- 
pués rey de Francia, as7 como cuenta la estoria. £t desque la re7na fué 
libre del niño, las dueñas lo enbolvieron en un paño de seda mu7 bien,^ 
et leñáronlo luego á Barroquer; et tanto que lo él vio, tomólo luego entre 
sus brazos, et comenzó mucho á llorar, et desenbolviólo et fallóle una 
cruz en las espaldas mas vermeja que rosa de prado. — ^A7 Dios, dixo 
Barroquer, por la tú bondat tú da proeza á este niño que tanto es pe- 
quenna criatura, porque aun sea señor de Franoia que es su re7no. 



366 HISTORIA crítica de la literatura española. 

Qnando el día apareció bel et claroj el burgués que era orne bueno, 
veno ver la reyna et saluóla muy omildosamente et dixole: — Du^s, 
conuiene que lieuen este niño á la eglesia et que sea baptizado. — Señor, 
^xo la reyna, sea como vos mandardes et Dios tos i^ra&esca el bien 
et la onra que me vos feziestes. Et Barroquer tomó el niño en ios bra- 
^os^ et leuólo á la eglesia, et el huéspet et su muger con él. Mas agora 
oyt la ventura que le Dios fué dar. El rey de üngria que avia tienpo 
que moraua en aquella ciudat, leuantárase de mañana por yr á ca^ con 
su conpaña, et caualgó et topó en la rúa con la huéspeda que preciaua 
mucho> et dixole: — ¿Qué es eso que y leuades? — Señor, dixo ella, un 
niño que ha poco que na^ió, que es fijo de i^na dueña de muy luenga 
tierra, et ayer á la noche la albergamos por el amor de Dios; et deman- 
damos padrmos que lo tomen xristiano. Et el rey dixo: — Non yredes 
mas por esto, ca yo quiero ser su padrino, et criarlo hé. — Señor, ^ixola 
huéspeda, Dios vos dé ende buen gualardon. Entonce se fueron á la 
eglesia, et paráronse á derredor de la pila, et el rey tomó el niño en las 
manos, et católo^ et quando le vio la cruz en las espaldas , omillóse 
contra la tierra.— Ay Señor Dios, dixo el rey, bien veo que de alto lo- 
gar es este niño, et fijo es de algún buen rey coronado. *Enton^ Uamó el 
rey el burgués, á quien dezian Joserant, et dixole : — Guardat bien este 
niño, cau por ventura aun por él seredes ensalmados. — Señor, dixo el 
clérigo: ¿cómo auerá nombre? — Lois, dixo el rey, le llamen: bien sé que 
ñjo es de rey; et por ende quiero que aya nombre, como yo, por tal plei- 
to que Dios le dé onra et bondat. 

XXX. Después que el niño fué baptizado, el rey fe mandó dar ^ient 
libras, et dixo al huésped que quando el niño fuese tamaño que podiese 
andar, que lo leuase á la corte, et que lo faria tener curadamente, et dar- 
le ya quanto oviese menester, paños, et dineros, et palafrenes. Desy es- 
pedióse de aquella compaña, et el huespede se tomó a su casa, et Barro- 
quer contó á su señora la reyna, cómmo el rey era padrino de su fijo, et 
que él lo tomará con sus manos en la pila. Quando esto la dueña enten- 
dió, sospiró mucho et tomóse á llorar, et dixo: — ^Ay Señor Dios, á quán 
magno tuerto me echó mi señor, el rey de JVan^ia, por el enano traydor 
que me cuydára escarnir. Mucho feaiera nuestro Señor bien, que es ssin 
pecado, que feziese sabsr al rey et á los ommes buenos cómo me trayó 
aquel falso; mas después que ovier mucho mal endurado; ssi plaser de 
Dios fuer, él me vengará, ssi lo por bien ouier : en él he yo mi esperan- 
za, et darme ha después onra, «si le ploguyer, ca fol es quien se desespe- 
'ra por coita que aya. Tal es rico á la mañana que á las viespras non 
• há nada, et tal es pobre que sol non ha nada ni vn pan que coma, & qui 
da Dios mas que há menester: assí vá de ventura. Mucho avia la rejma 
grant pesar de que era echada en estraña tierra, do no veya amigo nin 
pariente, et ementaua á Carlos, et su franqueza.— Mesquina, dixolarey- 
na; cómo só echada en grant pobreza! Ssi yo de buena ventura fuese, en 



n.' PARTE, ILUSTRACIONES. 367 

París deuia yo agora yazer en'la mia muy rica cámara, bien encorünada 
et en el mió muy rico lecho, et ser aguardada, et acompañada de dueñas 
et de donzellas^et aver cauallerós, et seruientes qué me serviesen. Marayi- 
. Home cómmo Dios non hade mi piadat; mas él faga de mi todo su plazer^et 
á él me acomiendo de todo mi coraron, et ruégele que aja de mi mer(;et, 
ca mucho só mal doliente. Et de aquel parto que ailj ouo, príso una tal 
enfermedat que le duró diez años que se nunca leuantó del lecho: mucha 
sofría de coita, et de trabajo, et el huésped, et su muger sse entremedan 
de le fazer quanto podian fazer; et Barroquer pugnaua en seruir al bur- 
gués á su voluntad en sus cauallos, et en las cosas de su casa. £n grant 
dolqr et en grant coita yogó la rejma Sevilla todo aquel pleito, et el niño 
creció en aquel tiempo tanto que fué muy fermoso donzel; et Barroquer 
le dixo: — Fijo, ¿sabedes lo que vos digo?.. El rey que es de esta tierra, es 
vuestro padrino, ca él vos sacó de fuente, et quando esto fué, díxonos que 
quando fuesedes tal que pudiesedes caualgar, que vos leñásemos á su cor- 
te. — ^Padre, dixo el donzel, á mi plaze mucho, si mi madre quisier, que 
es doliente; mas ya me semeja, padre, que guarege, loado á Dios. Desy 
fuéronio <^zir á la reyna, et quando lo ella oyó, ouo ende grant plazer, 
et Uamó á'Joserant, su huésped, et dixole:--Buen amigo, yo vos ruego 
que me presentedes mi fijo al rey, et vaya con vusco Barroquer que uos 
lo lieue. — ^Dueña, dixo el huésped, yo faré vuestro mandado^ de buena 
mente. Entonge leñaron el niño á la corte, et desque fueron antel rey, 
omiUárongele mucho, et dixieron: — Señor rey, aquel Dios que vos fizo, 
vos dé vida, et salut. El rey los resQibíó muy bien, et preguntóles á que 
venían, et dixo á Joserant:— ¿Há vos ese niño alguna cosa? Si, dixo él, es 
mi afijado, et vuestro otrosí, et vedes aquí Barroquer, su padre, asi como 
yo creo, et como él diz. Et el rey cató á Barroquer, ensonrreyéndose, por 
que le vio feo, et de fuerte ciCtadura, et que lo non semejaua el mogo en 
alguna cosa. — Joserant, dixo el rey, grandes gragías de mi afijado que me 
y veno, tan luengamente et tan bien, et vos averedes- ende buen galar- . 
don, si yo biuo. Et el rey llamó entongo un su omme mucho onrado que 
auia nombre Eljmant et díxole: — Mandamos vos que ayades este donzel en 
guarda, et que lo enseñedes á buenas maneras, et á todas aquellas cosas 
que á cauallero conviene saber, et axedrez, et tablas. Et él dixo que lo 
faría de grado, et asi lo figo después: cá mas sopo ende que otro que so- 
piesen en su tienpo; et el niño fíngó con él, et yua á menudo ver á su ma- 
dre, et el burgués et su muger guardauan et seruian la dueña mucho cura- 
damente, et fazianle quanto ella quería. £1 burgués avia dos fijas niñas 
et fermosas, et la mayor avia nombre Elifanta, que era mas bella, et 
ésta amaua mucho al donzel, et degiale á menudo en porídat: — Buen don- 
zel, nos vos criamos muy bien, et muy viciosamente^ et vos bien sabe- 
des que vuestro padre Barroquer traxo aqui á vuestra madre muy pobre- 
mente^ et vos sodes, muy pobre conpaña, et si quisierdes ser sabidor, 
non y redes de aqui adelante; mas tomadme por muger, et seredes rico 



368 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA, 

para sienpre que vos non fallecerá cosa; cft bien sabedes que non há cosa 
en el mondo que tanto ame commo á vos. — ^Dueña, dizo Lojs, tos aodea 
muj fermosa á maraviélla, et muy. rica, et yo muy pobre qne non he 
ninguna cosa, nin mi madre ofcrossi que non ha ningunt consejo^ si 
non mi padre Barroquér que la sirue; et vuestro padre me crió muy bien 
por su mesura, que nunca por mi ouo nada; mas sy me Dios llegase 
ende á tiempo, yo le daria ende buen gualardon; mas guardat uos, amiga, 
que tal cosa non me digades nin vos lo entienda ninguno. Quando esto 
oyó la doncella, mucho fué desmayada, et perdió la color, et fué mudio 
coitada de amor del donzel; mas el donzel que desto non avia cura, yvase 
para el rey, et seruia antél, et dáuale Dios tal donayre contra él, et qod- 
tra todos que lo amauan mucho, et salió tan bofordador, et tan cqppa- 
ñero, et tan cortes que todos lo preciauan mucho . Et desque Barro- 
quér vio la dueña guarida, fué á ella, et dixole llorando: — Señora, nos 
avemos aquí mucho morado: por Dios, pues que sodes guarida á la mer« 
9et de Dios, et vuestro fijo es ya grande , et fermoso, pugnemos de nos 
yr de aquí, et sea bien, et llegaremos á Constantinopla al enperador vues- 
tro padre; et quiero fazer saber á vuestro fijo, si lo por biei^tovierdes, 
que es ñjo de Carlos, rey de Francia, et ssé que auerá grant pesar de la 
villania que el rey contra vos fizo, que vos echó de su tierra á tan grant 
tuerto, por mezcla de los traydores que Dios maldiga. Et la dueña res- 
pondió: — Barroquér, yo faré lo que me vos loades. Euton^ llamó la 
dueña á su fijo Loys, et dixole:-*Amigo fijo, ssy^os quisiésedes, yo me 
querría yr de aqui para Clonstantinopla, do mora mi padre et mi madre 
et mi linage que son muy ricos, et muy onrados. — Señora, dixa el don- 
zel, yo presto só para fazer lo que vos mandardes: ya agora querría que 
fuésemos fuera de aqui. 

XXXI. Entonce fezieron saber al huespdt, et á la huéspeda que sse 
querían yr, et la huéspeda le dixo: — Dueña, vedes aqui Tuestro fi joque 
. es fermoso et bueno: certas que yo lo amo mucho que es mi afijado, et 
bien cuydo, et asi me lo diz el coraron, que aun dende me vemá bien. 
Pues que asi es que vos yr queredes, tomad de mis dineros quantos me- 
nester ayades. — Dueña, dixo Barroquér^ grandes mer^edes^ ssyyo biuo 
'luengamente^ quanto bien vos feziestes, todo vos será bien gualardona- 
do, sy Dios quisier. Entonce troxieron á la dueña una muleta; et el 
donzel se fué al rey et espedióse del: desy tornóse, et fuese con su 
madre; et Barroquér yua delante, su sonbrero en la cabe^, et su 
bordón grande et bien ferrado fieramente: mucho era grande el vi- 
llano á desmesura , et mucho arreziado ; et de como era grande, et 
fuerte, et feo, Loys que lo cató, tomóse á rcyr. Desta guisa entra- 
ron en su camino, et andaron tanto fasta que llegaron á vn monte que 
avia siete l^uas de ancho et otro tanto de luengo, do non avia vÜla 
nin poblado, mas de una ermita^ mucho metida en el monte ; et en el 
monte andauan doze ladrones que fazian grant mal, et grant muerte en 



Il/ PARTE, ILUSTRACIONES. 369 

los que pasaban por el camino; et Barroquer, que vio el monte verde; et 
las aues cantar por los ramos á grant sabor de ssy, por sabor del buen 
tienpo et por al^rar á su señora, comentó de jr cantando á muy grant 
voz, asi que el monte ende reteñia muy lueñe. Quando los ladrones lo 
oyeron, llegáronse al camino, et el mayoral dellos que avia nonbre Pur- 
genait llamó sus cod pañeros, et dixoles: — Amigos, yo non sé quien es aquel 
que canta; mas grant foUia me semeja que ha fecha^ quando tan cerca de 
nos se tomó á cantar^ ca le non guarirá todo el oro de Francia que non 
prenda agora muerte. Entonce se guisaron todos, et sacaron las espadas 
de las baynas, que trayan sobarcadas, et esto vieron asechando: atanco 
vieron á Barroquer et á la rejrna et su fijo Loys; mas quando el cabdillo 
de los ladrones vio la dueña tan fermosa, cobdÍ9Íóla mucho, ca bien la 
semejó la mas fermOsa dueña que nunca viera; et dixo passo á sus conpa- 
ñeros: — Por Dios mucho nos aveno bien, ca aquella aueré yo, et después 
darla hé á todos, et el donzel et el villano matémoslos. Entonce dieron to- 
dos bozes: — ¡Ay don viejo! que en mal puúto uos tomastesá cantar, ca per- 
deredes por ende la cabera, et nos faremos de la dueña nuestro plazer. — 
Tanto que Loys esto entendió, tiró luego la espada de la bayna, et Barro- 
quer que esto vio, díxole: — Fijo, non vos desmayades: certas yo non los 
procio una nuez, ca non son cosa; et tomó el borden con ánbas las manos, 
et algólo, et dio tal ferida con élal primero que ante ssy cogió en la tiesta 
que le fizo salir los ojos de la cabega; desy ferió luego á otro, que lo me- 
tió muerto en tierra, que nunca mas fabló, et dio muy grandes bozes et 
dixo:— Ladrones, traidores, non leuaredes la dueña; et Loys que lo ca- 
tana, et tenia la espada sacada, dio tal ferida á vn ladrón que lo fendió 
fasta los ojos. 

XXXII. Mu^ho fué el donzel aspresto et ardit, et Barroquer esta- 
ua cabo él, et preciaua de lo ayudar et de matar los ladrones; muchos 
caualleros ios lan^aron^ et la dueña daña grandes baladres, et dezia: — 
Ay Dios! Señor verdadero, ayudatnos: gloriosa Sancta María, acórrenos 
á esta coita. Et el mayoral de los ladrones tenia vn cochiello que era muy 
tajador, et dio con el tal ferída á Barroquer que le cortó la saya et la 
camisa, et llagólo; mas Barroquer que era mucho esforzado, al^ó el lx>r- 
don et dio tal golpe á Purgenait en la cabega que le fizo salir los meollos, 
et dio con él en tierra. Dessy dixole: — Ya y yaceredes, ladrón traydor. 
Ay Dios^ dixo la reyna, ayudat á Barroquer et á mi fijo Loys, que es- 
tos ladrones non les puedan nozir. Quando los ladrones otros vieron su 
Señor muerto, comentaron de fuyr; mas don Barroquer con su bordón 
non les dio vagar et mató ende los seys, et Loys los cinco con su espa-, 
da, et el dozeno fincó biuo, que pedió mer^et á Loys á manos juntas en 
inojoB que lo non matasse, et dixole: — ^Ay buen donzel, por Dios uos pi- 
do mer^et que ayades de mí piadat, et que ,me non matedes; et sy me 
dexardes venir, grant pro por ende uos vemá, et dezir uos hé como non 
ha en el mundo thesofo tan ascendido nin tan guardado en torre nin en 

Tomo y. 24 



370 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAíTOLA. 

(fulero que uos lo yo non dé todo, nin canallo, nin palafrén, nin mola 
non será tan encerrada que nos la 70 dende non saque et vos la non dé, 
ssy me con tusco leaardes. Atanto aqoi viene Barroquer oorriendo, do 
fuera en pos los que matara, et dio grandes bozes, et dizo: — Et qué es 
esto, Lojs?... Señor ^ por Dios et qué estades faziendo que non matades 
ese ladrón? — Non lo faré, padre, dixo él, si fezier lo que me promete: 
diz que non averá tan grant thesoro en ninguna parte nin tan guardado 
que si él quisier que lo non saque et me lo non dé, et otrosy cauallos, ct 
muías, et palafrenes. — ^Buen fijo, diz Barroquer, nunca te fíes en ladrón, 
ca aquel que lo quita de la forca, a ese furta él mas tosté, et ese se falla 
del peor. — ^Non, dixo Loys; mas veamos lo que nos dende verná; mas 
aun creo que nos ayudemos del, si lo bien quisier fazer. Entopge dixo 
Barroquer al ladrón: — ^¿Cómo has tú nonbre? non me lo ni^^es. — Se- 
ñor, dixo él, nin faré; yo he nonbre Griomoart. — Ay Dios, dixo Loys, 
qué estraño nonbre!... 

XXXIIl. Griomoart, dixo Lojs^ ssy Dios me vala, tú as nombre de 
ladrón; mas ssy andas bien contra mi, tú farás tu pro. — Señor^ dixo 
Griomoart, asy me salue Dios que me non saberedes cosa deuisar, que yo 
por uos non faga^ que non dexaria de lo fazer por cuydar 7 prender 
muerte. — Amigo, dixo el infant, mucho te lo gradesco; mas agora me 
dy, amigo, ¿somos ^erca de alguna villa, do podamos albergar? Ga mi 
madre va muy lassa, et ésle muy menester de folgar, ca ya es muy tar- 
de. — Señor, dixo el ladrón, esta floresta dura mucho^ que más avedes 
aun de andar ante que la pasedes de quatro l^uas, que non fallaredes 
villa nin poblado; mas á Qerca de aqui ha una hermita, do poderedes yr 
por un sendero do uos yo saberé guiar, et y mora vn santo hermitaño 
que es muy buen clérigo: muchas vezes fuémos á*él por lo ferir ó ma- 
tar; mas asi lo guardaua Dios de mal, que siempre nos fazia tornar atrás, 
que nunca podiamos acercar en la hermita. £t este es hermano del en- 
perador de Constantinopla que ha nonbre Kicardo, que ha dos fijos los 
más fermosos del mundo: et el uno es cauallero atan bueno que le non 
fallan par; el otro es una fija que es la mas fermosa dueña que pueden 
saber^ et tiénela casada con el re7 de Francia, á que dicen Carlos. 
Quando Barroquer oyó fablar del hermitaño et del rey Carlos, cató á la 
reyna et viola llorar muy fierament et díxole:-7-Por Dios, señora, non 
iloredes: ssi quier por amor de Loys vuestro fijo vos conviene de Lo en- 
cobrir; mas pensemos de andar et llegaremos á vuestro tio et veerlo he- 
des. Entonce non sse detouieron mas et fuéronse por aquel ssendero que 
el ladrón sabia^ et Barroquer yua siempre delant la Keyna; et andaron 
tanto que llegaron á la hermita, et vieron la morada del hermitaño que 
avia la puerta muy pequenna, et en la entrada estaua vna canpana col- 
gada entre vna feniestra; et ^arroquer fué á ella et tañióla, et el hermi- 
taño que yazia ante el altar en oración, tanto que oyó el sson, leuantó- 
se et; salió fuera de la eglesia; et quando cató ét vio la dueña , et el 



nv* PARTE, ILUSTRACIONES. 571 

donzel, et Barroqoer, et el ladrón xnaraYÜlóse mucho et dixoles:~Por 
Dios ¿qué gente sodes, ó qué deniandades?... Cavosiion leuaredes de lo 
mió valia de vn dinero; ante seredes todos muertos^ como yo cuydo, ca 
aqui ^rca andan ladrones que tienen las carreras que les non puede es- 
capar grande nin pequeño.— Señor, dixo Lojs^ non dubdedes, ca ya nos 
desos fezimos justicia acá donde venimos. — Et el hermitaño respondió: 
— Vos feziestes y muj grant limosna; mas de una cosa me marauillo 
mucho, que bien ha treinta años pasados, segunt yo cuido, que non oy 
omme nin mnger por aqui pasar fuera á vos solamente; mas ¿quién es 
aquella dueña que tan fermoso fijo tien que bien deuia ser señor de un 
reino? £t seméjame de la dueña que va despagada. — Señor, dixo Loys, 
la dueña es mi madre non y dubdedes, et este es mi padre que ha nom- 
bre Barroquer, muy buen omme; este otro es nuestro serviente, et al- 
vergadnos et faredes grant mer^et, et grant limosna. — Señor, dixo el her- 
mitaño, para el cuerpo de Dios que yo non hé feno nin avena, nin pan 
nin (euada nin otra cosa; et pésame ende, sj non vn pan de ordio so- 
lament muy mal fecho, nin ropa, nin cámara^ do uos 70 pueda albergar. 
— Setíor, dixo Lojs, aquel que lo dio á Moisen en el desierto, nos dará 
del ssu bien, sj en él ouiermos nuestra esperanza. £t el ermitaño res- 
pondió: — Pues venit adelante et tomad todo quanto yo tengo. 

XXXIV. Desque entraron en la casa, el omme bueno que era de buen 
seso et de alto linage, llamó á Lo^s á parte, et dixole: — Buen donzel, et 
qué comeredes de tal bien, como yo daré á uos, et á vuestra conpaña¿ — 
Señor, dixo Loys, grandes mercedes. Entonce entró el ermitaño en su 
9elda^ et ssacó dende vn pan de ordio et de avena et non lo quiso tajar 
oon cochiello, mas partiólo con las manos en quatro partes, et dio á cada 
uno su quarto. Et desque comieron, Sseuilla la reyna sse llegó al hermi- 
taño et comentó de fablar con él et dixole: — Señor, por Dios consejat- 
me, ca*mucho me faz menester. Et el hermitaño le respondió muy sabro- 
samente: — Dueña, dezitme dónde sodes ó de quél tierra andades. — 
Señor, dixo ella, yo non vos lo encobríré; yo sso natural de Constantino- 
pla, et sso fija del enperador y de su muger Ledima, et el enperador de 
Francia Carlos me demandó á mi padre por muger, et mi padre me le 
enbió muy ricamente, et muchos ommes buenos venieron enton^ con- 
migo, et leñáronme á Faris; et alli casó conmigo, et tóuome un año con- 
sigo. Non vos negaré nada; et echóme de su tierra por mezcla falsa de 
traydores, por los parientes de Galalon. Señor, dixo la dueña^ asi me 
salue Dios que todo esto fué verdat, que me oydes contar; que me bas- 
tecieron aquellos traydores que mal apresos sean, et Carlos me dio en- 
tonce á vn su cauallero que me guyase que llamauan Aubery de Mon- 
disder, muy leal et muy cortés, et Macaire el traydor veno en pos de 
nos por me escarnir si pudiese; mas Aubery pugnó de me defender del 
con su espada; mas el otro que andana armado, lo llagó muy mal. Et 
quando yo esto vi, metíme por el monte^ et comencé de fuyr, et asy an- 



372 HISTORIA crítica de la literatura española. 

dé luyendo toda la noche fasta el alna del dia que fallé aquel omme 
bueno que alli vedes, et contéle loda mi coita; et quando lo él ojó, to- 
móse á llorar con duelo de mi, et desanparó su muger et ssua fijos et 
quanto auia, et venóse conmigo por me guardar et me servir. Non vos 
ssé contar todas nuestras jornadas; mas venemos nos á Urmesa, et posa- 
mos en casa de un buen omme, á quien Dios dé buena ventura; et ally 
par 7 en su casa á Lojs que vos vedes que es fijo del enperador Carlos, 
que es señor de Francia, et nieto del enperador de Constantinopla. Quan- 
do el ermitaño oyó asy fablar la dueña, comentó de ssospirar muj de 
corásgon et á llorar mucho de los ojos. — Dueña, dixo el ermitaño, vos 
sodes mi sobrina, non dubdedes y, et dezir vos hé qué faredes: aqui uos 
conviene de folgar, et yo yré al Apostóligo fazerle desto querella, et 
contarle he vuestra fazienda, et echará escomunion sobre Carlos, ssy vos 
non quisier resgebir: después yrme he á Constantinopla á vuestro pa- 
dre, et dezirle hé todo esto, et fazerle he ayuntar sus huestes, et y ver- 
nan grifones et pulieses et lonbardos por guerrear á Francia. £t ssy 
Carlos vos non quisier res^ebir, non puede falle^r de la guerra en gui- 
sa que yo lo cuydo echar de la tierra á ssu deshonrra, et quiérome 
partir desta ennita, que mas y non moraré, et tornaré al sieglo á traer 
armas, et la lazeria que fasta aquí sofri por Dios, quiérela toda oluidar 
et pu^ar de comer bien, et de beuer bien, et de me tener vicioso. Assy 
dixo el hermitaño que Dios ssalue, et Uamó, á Barroquer, et dixole.— 
Amigo, conviene que vayades á vn castiello que es aquí cerca por com- 
prar que comamos. — Señor, dixo Barroquer, yo yré y muy tosté. Quan- 
do la dueña oyó asy fablar el hermitaño, comentó á llorar de alegría que 
ende ouo. 

XXXY . Entonce se guisó Barroquer de yr, que ende auia gran sabor, 
et'Griomoart sse adelantó et dixo: — Señor, que yo uos faré ricos et bien 
andantes para en todos vuestros dias. — Señora, dixo Barroquer, grandes 
mercedes. Entonce se guisó Barroquer á guysa de penitencial, et tomó 
una grant esclauina, et una esportilla, et bordón en la mano, et un ca- 
pirote, et sombrero grande que todo el rostro le cobria; mas con todo es- 
to non oluidó el a ver et los paños. Desy espidióse et fué su carrera et 
fué de allí q^añero á Proyus; otro dia de mañana se salió de alli et fiíé 
mañero á Emaus á la noche, et de que entró por la villa, comentó de yr 
fincando su bordón, et fuese derechamente á su casa, et llegó á la puer- 
ta, et vio sseer á su muger muy pobremente vestida, et muy lazrada, et 
dezia al mayor de sus fijos: — ^Fijo, ¿et por qué beuimos tanto, pues per- 
dimos á Barroquer, tu padre, que nos mantenía, et pensaua de nos? Ya 
non avemos qué comer nin de qué beuir. ¡Ay mesquina catiua! qué 
grant pesar del hé, et qué grant mengua me faz! Assy dezia la dueñ^ 
muy doloridamente, su mano en su faz, et llorando mucho. Quando es- 
to vio Barroquer, comenzó á llorar de piadat, et llegóse mas ¿ la puerta, 
et dixole: — ^Dueña, por Dios albergatme ya oy, et faredes grant limos- 



II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 373 

na, et la muger qne seja triste, qoisiéraae dende escusar á todo su gra- 
do, et díxole. — Id á Dios, amigo, ca non es guisado de albergar á vos, 
nin á otro, ca non tengo en que, Dios lo sabe et pésame ende; mas já i 
Dios, que vos gnje. Asj fabló la dueña que seja muy desconfortada 
por su marido que le tardaua tanto. — Dueña, dixo Barroquer, que Dios 
uos salue, albergatme, ca non sé para do vaya. Et la dueña ouo del pia- 
dat, et otorgólo, et dixo< — Venit Jdelant; et comentó mucho á llorar, et 
dixole: — ^Vos seredes aquí albergado; mas ruego vos que roguedes'á 
Dios que el mundo fizo et formó, que él me dexe avn ver mi marido 
Barroquer que me tanto sabia amar, que ya tan grant tiempo há que sse 
de mi partió, et nunca lo después mas vy, etf por ende cuydo que es 
muerto, ca él desamparó ssu asno, por qué guarecíamos, que sse veno pa- 
ra mi casa, cargado de leña, que oy mañana leuó mi fijo por nos ganar 
que comiésemos muy calinamente, de que me pesa mucho, ca non ixé 
que uos dar. Quando Barroquer oyó asi fablar á su muger, ouo ende 
tal piadat que sse tomó á llorar ssó su capirote, assy que todas las bar- 
uas et las faces ende eran mojadas, et díxole:— Dueña, por Dios,'¿cómo 
avedes nombre? — Señor, dixo ella, á mi dizen Maria et fincaron me dos 
fijos de mi marido: el mayor es ydo al monte por traer de la leña que car- 
ga en el asno que su padre dexó; el otro anda pediendo las limosnas por 
la villa. Entre tanto entró el mogo que fuera demandar las limosnas ssu 
pan en ssu saquete que ganara. Quando lo Barroquer vio, todo el cora- 
(^n le tremió, et metié mano á su bolsa et sacó dineros, et dixo al mo- 
xo:— Fijo, ¿saberás tú conprar pan et vino et carne que comamos? — Ssy, 
dixo él. Entonce le dio los dineros; et desque los el mogo tomó, fuese á 
la villa, et conpró todo quanto su padre le mandó, et tróxolo, et can- 
delas otrosy. Entre tanto Barroquer fendió leña et fizo fuego, et en 
quanto se guisavan de comer, llegó el otro fijo su asno aqte ssy cargado 
de leña. Tanto que lo vio Barroquer, luego conosgió que era su fijo, et 
el coragon le saltó de alegría que ende ouo, et diio á muy alta voz:'-=La 
bestia fará contra su señor lo que non fizieron sus fijos. — Tanto que el 
asno oyó fablar á Barroquer, comengó de rrebuznar de tal guisa que 
bien entenderia quien quier que lo conosgia, et fuese para él que lo non 
podian del quitar. Quando esto vieron los fijos, mar anilláronse' ende 
mucho, porque el asno fazia esto contra su huésped. Desy tomáronlo et 
fuéronlo prender en su peseure; desy posáronse á la mesa, et Barroquer 
comió con su huéspeda et los fijos anbos de consuno; et desque comieron 
bien et á su vagar quanto menester ouieron, Barroquer que metia en 
ellos mientes, era ende muy ledo en su voluntad:— Ay Dios, dixo el fijo 
mayor, cómo somos guaridos: buen padre avemos fallado; bendito sea 
quien lo crió, ca bien nos auondó de comer. — Ssó palmero, *dixo él. — 
Por Dios, palmero, noa vos vayades para ninguna parte et fincat con 
ñusco. Et Barroquer quando esto oyó, tomóse á llorar, et la dueña se 
maravilló ende. 



'374 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

XXXVI. Después de comer, leuantáronse anboe los mancebos, et al- 
earon los mesas; desj pusieron de la leña en el fuego por amor del buen 
huésped, et desque anocheció, Barroquer llamó su huéspeda, et dízole:^- 
Dueña, ¿do yogaré esta nocheT-rP&linero, dixo ella, yo uos lo diré. Vos 
yogaredes ^erca el fuego et ternedes un saco fondón de vos, ca yo non 
he chumaQO que tos dar. — Dueñas, dixo Barroquer, non sea asy; 
mas durmamos de oonsuno, ca yo lion he muger, nin vos mari- 
do, et quiero uos dar por ende cient sueldos. Quando aquesto 
oyó la muger, tornó tal como caruon et cató á Barroquer muy sa- 
ñuda et de tal talant , et díxole á muy grandes bozes: — ^Grarzon li- 
xoso, fí de puta, salid de mi casa, ca sy ay mas estados, tantas pa- 
lancadas uos faré dar en los costados que todos yos los quebrantarán; 
ca llamaré agora á todos mis vezinos que uos apalanquen. Barroquer 
quftndo vio su muger tan sañuda, et porque la avia tan bien prouada, 
non se quiso mas encobrir contra ella. Entongo desnudó su esclauina que 
traya vestida, et fincó en saja el muy buen vejaz, et fué abracar á su 
mugiei^ et ella lo cató et comen9Óse á marauillar, et desque lo cató, dí- 
xole:— ¿Quién sodes vos, buen señor? non me lo neguedés. — ^Dueña, di- 
xo él, yo ssó Barroquer vuestro marido, que uos tanto soliades amar: 
vos non me conos^iades ante^ quando aqui llegué á la viespra; mas co- 
nosgióme el mi asno, que tanto que me oyó luego se tomó á cantar. 
Quando la muger lo entendió, toda la color se le mudó, et conos^ólo 
luego, et fuélo abra^r, et besar muj de oorasgon, et Barroquer otrosy 
á ella; et non sse podian ahondar uno de otro. Después desto Barroquer 
fué abra^r et besar á sus fijos, et comentaron todos á llorar de alegría, 
et los fijos dixieron á Barroquer: — Señor, bien seades venido. Barroquer 
se asentó con su muger á fablar et díxole:— Amigo, de oy más ssed ale- 
gre, ca yó ssó muy rico; ca yo he ganado tal aver et tal thesoro, por que 
seremos ricos, et bien andantes para sienpre. Entonce le contó cómo fa- 
llara la reyna de Francia desanparada et cómo se fuera con ella, et la 
guardara» et díxole: — Tomad este don que uos enbia ella, et confortad 
uos bien, ca á mi conuiené de me partir crás de mañana, et yrme he de- 
rechamente á París por veer los trajdores que á mi señora la reyna fixie- 
ron níezclar, donde el emperador Carlos fué mal aconsejado. — Señor, 
dixo la muger^ Dios vos guie et uos guarde de mal, et guardat uos de 
entrar en poder de aquellos. — Ssy faré, djjoél, non 7 dubdedes. Entonce 
sse fueron echar á grant plazer de ssj. Otro dia mañana se levantó Bar- 
roquer que auia muy á coragon su carrera, et bestió su esclauina, et 
tomó su bordón, et su esportilla, et espidióse de su muger que lo amaua 
tan mucho que non cuidaua ver la ora en que tomase á Emaus; et par- 
tióse de sií casa« por yr á Paris. 

XXXVII. Agora se vá Barroquer, que Dios guarde de mal, su escla- 
vina vestida, et.sa bordón en la mano. Et oomengó á trotar, et Uegó á 
París á ora de yantar, et entró por la villa et vio las gentes ayuntar por 



. II / PARTE, ILUSTRACIONES. 375 

la ciudat, et rió fincar tiendas faera de la villa por los campos. Quando 
esto yió Barroquer, comentó mucho á llorar, et dixo:—A7 Señor, Ihu. 
Xpo, que en la vera cruz te desaste prender muerte por los pecadores 
saluar, tú faz á Carlos que sse acuerde et que res^iba la reyna su mu- 
ger derechament, como deue. Et desque comió en casa de un omme, do 
posó, salióse fttera de la ciudat, et fuese por ribera del rio de Ssena, don- 
de posauan muchos altos ommes et poderosos, et j eran de los traedores. 
Mas tanto sabet todos que non ouo rey en Francia del tiempo de Mer- 
lin fasta entonce que non ouiese trajdores que le feciesen muy grant 
daño; mas non tanto como á este. Desj fuese contra la tienda del rey, 
et violo seer muy triste, et cjn él seya don Aymes que era muy buen 
omme. Don Aymes, dgo el enperador, aconsejarme deuedes: yo ayunté 
aqui mis gentes, asi como V09 vedes, por defender mi tierra, ¿qué vos pa- 
reze y?~ Señor, dijo el duque don Aymes, youos daré buen consejo si me 
vos creer quisierdes; yo oy dezir, et así es verdad, que Loys vuestro 
fijo, es entrado en Ghanpayna, et con él el enperador Ricaldo, su abue- 
lo, señor de Grecia: et ya son con vuestro fijo acordado Almeríque de 
Narbona et sus fijos , que son tan poderosos, et tan buenos caualleros, 
et certas mucho faria contra razón quien contra él fuese, et setia muy 
grant daño de nuestros ommes; mas, Señor, rescebit vuestra muger, que 
es tan buena dueña, et Dios et el mundo vos lo tema á bien*. — Señor, di- 
xo Bíangiones, un grantraydor, aquel dia que la vos tomardes, sea yo es- 
carnido: muger que asi ando abaldonaba á quantos la querían por la tier • 
ra, que non ouo garlón que non feziese en ella su noluntad. Quando esto 
oyó Barroquer que y paraua mientes, á pocas non fué sandio, et non se 
pudo tener que non dixiese: — Certas, greton ligoso, mentides: et si non 
fuese porque estades ante el enperador, tal palancada vos daria deste 
bordón, que la sentiriades para siempre. Quando aquesto el enperador 
oyó, tomóse á reyr; et Ougel otrossy et los otros ommes buenos, que y 
sseyan, et dixieron entre ssy que sandio era el palmero. Dijo el rey: — 
¿Dónde uenides? — Señor, dijo él, yo uos lo diré: yo vengo de Jerusalen do 
Dios fué muerto et biuo, et pasé por Bregoña, et y fué robado de vna 
gente mala que y fallé, et era tan gran cauallería que después que el 
mundo fué fecho no fué ayuntada tan grande, et son ya en tierra; et esto 
faz el enperador Ricardo que trae y su fija et su nieto, que es ya bueno 
et arreciado, et todos dizen del niño que es vuestro fijo; et que por fujer- 
ga sea rey de Francia, et que porná á vos fuera de la tierra. Et por el 
consejo vos non los atenderíades, cá el infante muy fuerte es^ et muy 
dultadorio; et diz que tiene derecho de heredar á Francia, et que se 
quiere entregar de la tierra, á quien qiüer que pese ó ploga, et que sea 
' rey coronado; et yo le oy jurar por todos los santos de Dios, que ssy pu- 
diese coger en la mano los traydores que con vusco son^ que su madre 
trayeron, et la fezieron echar tan viltadamente de la tierra que los non 
guariría todo el oro del mundo ^ue los non feziese quemar. Et vos mes- 



376 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

mo podedes y prender gran vergüeña, asi como él dezia. Por lo qual ros 
JO loaría que vos fuésedes de aquí, ante que fuésedes preso ni mal tre- 
chos. Qaando esto ojó el enperador, fué muy sañudo et ouo ende grant 
pesar; mas Barroquer non, semejava omme que pauor oviese, ante dixo 
al rey muchas cosas del infante Loys de menazas, et el emperador lo lla- 
mó, et dbcole:— Palmero, ¿qué dicen aquellas gentes? ¿ V&mán mas ade- 
lante, ó qué cuydan de fazer? — Señor, dijo Barroquer, así aya Dios par- 
te en la mi alma, que ellos amenazan fieramente los traydores de Fran- 
cia, que ssy los cogen en poder que los non guarirá cosa que non sean 
destruidos ó trenados. — Señor, dixo Mansiones, yo vos digo bien que este 
palmero es esoulta; mandat le sacar los oj^; dessy enforcatlo. — ^Non lo 
faré, dixo el rey; ante quiero fablar con él et oyr de sus nueuas.->Pal- 
mero, dixo el rey, ¿ssabes algunt menester^— Si, señor> dixo él, sso tal 
manescal de conoscer buen cauallo, ó buen palafrén, que en el mundo 
non ha mejor, nin que lo mejor sepa guarecer de su enfermedat^ nin me- 
jor afeitar. — Certas, palmero, dijo el rey, tii deues ser muy onrrado, sy 
verdat es lo que dizes; et quiero que finques conmigo et fazer te hé algo, ca 
yo hé un cauallo ru^io muy preciado; tan fuerte et tan fiero que ningu- 
no non áe osa llegar á él , ssjmon yo et los ommes que lo guardan. £t 
Barroquer dixo:— Veamoslp: quiga yo vos daré y recabdo. — De grado, 
dixo el rey. Entonce enbió por el cauallo; mas quatro mancebos que lo 
auian de guardar fueron á él et enfrenáronlo, et tiráronle las cadenas et 
las presiones otrosy, et leñáronlo todos quatro al rey, et descobriéronlo 
de una púrpura de que estaua cobierto; et el cauallo algo la cabega, et 
tomóse á relinchar muy fieramente et á soplar mucho. Era el cauallo 
bel de guisa que le non sabian par, niiravia omme que sse enfadase délo 
ver, et dezian todos et jurauan que nunca tan fermoso cauallo vieran. 
Et Barroquer, que lo cataua, comentó á pensar, et dixo en su cora^n:— 
i Ay Dios, Señor! dame Señor, si te plaz, que yo pueda leuar este caua- 
llo á mi señor; mas si en él caualgaiyp sin siella, cuydo que caería muy 
tosté, ca non ssó acostunbrado de caualgar en cauallo en hueso. Et do 
el rey estaua assy en riba de Ssena et catando su cauallo, de que se pa- 
gaba mucho, dixo contra don Aymes: — Duque, ¿vistes desque nagistes 
tal cauallo como este? Et él dixo que non; et Barroquer se adelantó et dixo: 
— Señor, si el cauallo fuese ensellado, por la virtud de Dios, yo cuyda- 
riaprouar su bondat.— Quando esto oyó el rey, mandólo ensellar tosté, 
et desque lo troxieron^ Barroquer quitó de ssy su esclavina, et puso el 
pié en la estríuera, et caualgó muy ayna; et el cauallo comentó á tomar 
con él muy esquines saltos, et de esgremirse, en manera que á pocas non 
dio con él en tierra, et Barroquer echó mano alas crines, et los caualle- 
ros que lo vieron, dixieron: — Agora veredes el gritar fiero etel rugido, 
quando el palmero cayer. Et Barroquer que lo oyó, non daua por ende 
nada; mas dezia entre sus dientes que no sería, sy á Dios ploguyese: 
ante se tenia bien en la siella^ et él meti^ el bordón só el brago derecho. 



II.' PARTE, ILUSTRACIONES. 377 

et con los grandes <;apatos que tenia aguyjó el caaallo et soltóle la rien- 
da, et el canallo comen^ de correr tan fieramente que semejaua que vo- 
lana. Assj lo arremetió por el prado: dessj venóse contra elenperador, 
etdíxole á muy altaboz: — Jley,y6 ssóBarroquer de la barua cana: ssy 
yo vine á uos por esculta, agora me tornaré»á Loys, vuestro fijo, el muy 
preciado, et á vuestra muger la reyna Seuilla , que yo por mi cuerpo 
guardé de mal, et guyé, et serui á mal grado de los traydores que la fezie- 
ron desterrar á tuerto. £c si vuestra muger non rescibierdes, sabet que 
Francia será por y destroida; mas como quier que avenga, este buen ca* 
uallo leuaré yo, et finque uos la mi esclauina, cabien la avedes conpra- 
da. Enton^ .ferió el cauallo de las espuelas^ et fué su carrera et el en- 
perador metió grandes bozes: — Varones, ydme en pos él^ por el amor de 
Dios, ca si assf pierdo mi cauallo, jamás non averé alegría: et quien me 
pudier prender el palriiero , cient marcos de plata le daré en albricias. 
£nton^ caualgaron caualleros et escuderos, et sirvientes ct privados et 
unos et otros; et y fué el duque don Aymes et Ougel et Galter de Cora- 
uina, et los parientes deGalalon, que Dios maldiga. ¿Qué uos diré?... 
Quien quier. que buen cauallo tenia, caualgó en él ssyn detenencia, et el 
enperador mesmo y fué. Assy fueron todos en pos él; mas Barroquer que 
yna delante en el buen cauallo, rogaua yendo mucho á Dios que lo 
guardase de caer, et asi corrió fasta Ormel que se nunca detono. Enton- 
^ cató en pos y, et víó muy grant gente venir en pos él, por lo prender: 
entonce aguijó mas el muy buen cauallo et fuese á Gormay; ef pasó por 
y que non se detono cosa, et llegó á Leni; mas non quiso y fincar, et yua 
tan recio por medio la pla^a, que semejaua tempestad de guisa que 
non auia y tan ardido, que se le osase parar delante nin preguntar. 

XXXVIll. Assi se pasó Barroquer por Leni en el buen cauallo; et 
desque fué fuera de la villa, cogióse por el camino de Proyns, et fuese 
quanto el cauallo lo podia leuar^ asi que poco daua por los del rey Car- 
los que en pos él corrían. Entre tanto ll^ó el duque don Aymes et Ale- 
ni et Ougel, et con ellos bien quatro mili franceses, et fueron preguntan- 
do ssy vieran por y pasar vn villano en vn buen cauallo muy corredor. 
— Ssy, dixieron los burgueses, que mal apreso vaya él allá do vá, por 
aquí pasó, tal como el viento. A tanto llegó el rey que venia metiendo 
bozes: — Varones agora por Dios, yd en pos él, ca ssy me escapa, jamas 
otro tal cauallo no averé á mi cuydar. Entongo caualgaron todos los de 
la villa, burgrueses et caualleros, et semientes, et fuerofl en pos él; mas 
Barroquer que yua adelante alongado dellos, llegó á un monte á ora de 
viespras, que era Qerca'de Emaus, et falló á su fijo en la carrera que 
levaua su asno cargado de leña, et conosciólo luego , et díxole: — ^Eijo, 
salúdame á tu madre, ca yó non bé vagar de fablar mas contigo;* ca uien 
en pos de mi el rey Garlos con muy grant conpaña: agora te vé á Dios, 
ca non hé poder de mas contigo estar. Tanto estouo ally él fablando con 
8u fijo fasta que vio el rey Carlos, et de tan lueñe que lo vio, metióle bo- 



378 HISTORIA crítica de la literatura ESPAfiOLA. 

zes: — A,y fi de puta, non me escaparedes que non seades enforcado. £t 
Barroquer que lo oyó, le respondió:— Non será asy, si á Dios plaz. Et co- 
mengóLe de gritar. Entonge agujjó el cauallo que se non detouo mas; et 
mas tosté se alongó dellos ques marauilla, et fuese por Columer su uia; 
et la luna era niuj clara, et «llegó á ora de matines á Proyns, et pasó por 
y sin enbargo ninguno, et el rey Carlos llegó y al alúa del dia, et Ougel 
et el duque don Aymes, et con ellos bien trecientos á cauallo, et fueron 
preguntando á los de la villa: — Vistes por aquí pasar un villano encima 
de vn buen cauallo? — Et ellos dixieron que non sabían del parte. Et Bar- 
roquer que iba en el buen cauallo ru^io, tanto ando de dia et de noche que 
llegó á tierra do fué muy bien rebebido; mas tanto cuytó el cauallo que 
era todo trassuado; et así fué ante el infante Loys, et presentógelo et di- 
xole: —Tomad este cauallo, señor infante, que es el mas marauilioso que 
nunca omme vio, que fué del rey Carlos, vuestro padre. Entonce le contó 
cómo Carlos feziera ayuntar su hueste en Paris, muy grande^ et que ya- 
cía en ribera del rio; et quando el rey me vio levar su cauallo, mandó 
venir su hueste en pos de mí, et él venia delante mas brauo que un león: 
et poder ios hcdes fallar á siete leguas de aquí muy pequeñas. — Por Dios, 
dixo el infante: ¿assy uien en pos de vos mi padre por su cauallo? — Cer- 
tas ssy, dijo Barroquer.— Barroquer, dixo el infante , ¿qué gente anda 
con él? Non me lo niegues. ^Seáor, dixo él, bien son treynta mili; los 
unos vienen delante, et los otros detrás; asi como les aturan los cauallos, 
mas bien los podedes todos prender, si quisierdes. — Quando esto Loys oyó, 
comentó á decir: — Armas, armas^ cauallos!... ca yo prendería de grado 
á mi padre, eu tal que lo fezicse otorgar con mi madre. — Entonce veria- 
des griegos^ asi los altos como los baxos, correr á armarse, que non fué 
y tal que se dende escusar quisiese, et el enperador Ricardo fué armado 
en los primeros muy ricamente, ctsubió en su cauallo, et don Almerique 
de Narbona, et Guyllemér, el guerreador, et todos los otros de su conpa- 
ña, et assy se ayuntaron en un punto bien treynta mili; et Barroquer 
dezía: — Todos los poderedes prender, si quisierdes. Quando esto vio 
Loys, comentó á dar bozes que mouiesen. Entonce fueron su carrera, 
aguyjando quanto podian contra los franceses, et yendo asy, dixo el in- 
fante:— Ay Dios, Señor, que el mundo formaste por tu grant poder et 
quisiste que fuese poblado de gente, dá al rey mi padre coraron que res- 
giba á mi madre por muger, asy como deue. Assy se fué la hueste de 
los griegos mu}^ esforzadamente, assy que de los píes de los cauallos sa- 
lla tan grant poluo, que muy de lueñe paresgia. Quando esto vio el en- 
perador Carlos, fué mucho esmayado, et el duque don Ajrmes le dixo:— 
Señor, en barata somos; mucho corrimos me semeja en pos el penitencial. 
Ahé aqui los griegos vienen de rrandon con Loys, vuestro fijo, que es 
muy sañudo de su madre que echastes de vuestra tierra; et con él vienen 
Almerique de Narbona et sus fijos, et mucha otra cauallería, et el enpe- 
rador Ricardo de Constantinopla que uos desama mortalmente, por su 



ri/ PARTE, ILUSTRACIONES. 379 

fija que avede§ dexada, onde entonce creyestes los trajdores que Dios 
maldiga. Ora es por eso vuestra tierra metida en duelo et en tormenta; 
et nos por ende seremos todos presos ante del sol puesto; et seria muy 
grant derecho pañi la fé que deuo á Dios, desj que todos somos desar- 
mados, si non de nuestras espadas, si nos non uviamos acoger á algún 
castiello; nunca tal perdida perdimos desque perdimos Oliver et Roldan, 
como esto será; nunca desde enton9e acá oue tan grant pauor, como ago- 
ra hé: Dios nos acorra. 

XXXD^. Don Ajmes, dixo el enperador, por buena fé non sé lo que y 
podamos fazer: bien sé que el enperador de Constantinopla me desama 
mortalmente et bá razón por qué; ca eché su iija de mi tierra muy mala- 
mente, et nos non auemos castiello^ á que nos acojamos. — Señor, dixo 
Salamon, aquí non avernos que tardar, ca el proueruio diz que mejor 
es buen foyr que tncU tornar. Entonce se asoubraron los franceses ante 
el rey Carlos, mas non avia y tan bueno que pauor non ouiese; ca mu- 
cho dubdauan los griegos que venian de rrendon. — Señor, dixo el duque 
don Aymes^ entendet lo que uos quiero áemTi á ssiet leguas de aqui 
há un castiello en una montaña, á que dizen Altafoja: ya lo uqs tovies- 
tes cercado, quando yazia dentro Grifonet que fizo la.traycíon, quando 
vendió Roldan- al rey Marssil, et non uos pudo escapar, ante ouo su gua- 
lardon de la traycion qué feziera, ca fué quemado. Pues vayamos á Alta- 
foja, et sy nos y cercaren, muy bien nos defenderemos, si Dios quisier; 
et mal aya el que non se defendiere 'fasta su muerte. Et Carlos dixo: — 
Agora fagamos esa via de parte de Dios. Et estonce riiouieron de renden 
contra Altafoja, et el enperador cató la grant gente de los griegos que en 
pos ellos yuan quanto mas podiac: assy que ante que fuesen engima de 
la montaña, los alcanzaron los griegos. Ally podriades ver mucho golpe 
de espada et de langa et de porra; mas los franceses puñaron de se aco- 
ger á la rocha, ca bien veyan que los non podia durar, et desque fueron 
en el castiello^ cerraron muy bien las puertas. Assy fueron los france- 
ses encerrados onde sse desmayaron mucho, et los griegos los gercaron á 
derredor, et mandaron tender tiendas et tendejones en que posasen, et 
fezieron chocas- de ramas; mas pero ante que los franceses se acogiesen, 
prendieron dellos los griegos veynte et cinco. Et destos eran dos de los 
traydores que Dios maldiga: el uno dellos era Mansión , et el otro Jus- 
tort de Claurent^ et por estos dos fuera la reyna traida et echada á do- 
lor et á desonrrade ssy. Et leváronlos al infante Loys, á qui plogo con 
ellos, et díxoles: — ^¿Quién sodes? non n^e lo neguedes. Et ellos respondie- 
ron: — Señor, nos ssomos de Francia, et esto sabredes por verdat, et so- 
mos vuestros presos: agora fazet de nos lo ^ue uos plogier. Et entretanto 
llegó Barroquer ssañudo et de mal talante, et cató los traydores muy sa- 
ñudamente, et dixo á muy alta boz: — Yo non seria tan ledo, sy me die- 
sen doscientos maravedís de plata, como ssó con estos dos falsos que aquí 
veo presos, que non ssé peores en toda la tierra. Señor , dixo él al in- 



380 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAftOLA. 

fante, estos malos son de contar por culpantes: este vnqihá por nonbre 
Mansión, et el otro Justort de Monteclaro; estos dezian al rey que me 
mandase sacar los ojos; mas agora los mandat uos por eso rastrar ó en- ^ 
forcar por las gargantas. — ^Yo lo otorgo, dixo el infanta. Enton^ fezieron 
traer dos robines, et atáronlos á ellos, et rastráronlos á vista del rey, que 
estaua encima del muro d'Altafoja. — Ay Dios, dixo el rey, ¿cómo non en- 
sandezco de pesar? Por que así veo arrastrar mis ommes, et los non pue- 
do acorrer,- el coragon me deuia por ende quebrar. Grant pesar avia por 
ellos el rey Carlos; et después que fueron arrastrados, mandaron erguyr 
foroas, et pusiéronlos y, et assy ouieron los traydores lo que mere^ian de 
la buena dueña que trayeron^ et fezieron desterrar á tuerto. Et el infante 
Loys que era de prestar, fizo traer ante ssy todos los otros presos, et di- 
xoles su ra^on tal: — Señores, dixo él, ¿sabedes lo que nos demando? 
Quiero que uos vayades quitos para el rey Carlos, et saludat me prime- 
ramente á mi padre, et dessy á don Aymes, et á Ougel; estos dos nunca 
yo vi, mas oylos preciar; et dezidles que si yo pudiese que de grado me 
aconpañaria á ellos, et por Dios dezidles de mi parte que rueguen al rey 
que resQiba á mi madre por muger, et que fará muy grant limosna. Et 
los presos respondieron que su mandado farian de buenamente, et dié- 
ronle gracias et mercedes de que los quitaua, et comendáronlo á Dios, et 
espediéronsse, et partiéronse del, et fuéronse á Altafoja; et desque fue- 
ron ante el rey, sainaron á él, et á toda su conpaña, et otrosi sainaron á 
don Aymes et á Ougel de parte del infante, et dixiéronles su mandado.— 
Señor, dixieron ellos al rey, el buen Lioys, vuestro fijo, nos quitó et 
enbia uos dezir por nos que res^ibades á su madre, et que faredes y muy 
grant bien et muy grant limosna; et el Apostóligo, que es señor déla ley, 
verná á vos á pié por este pleito et esta avenencia traer, si uos quisierdes, 
et don Almerique de Narbona con todos sus amigos; et sabet que Man- 
gion es enforcado et Justort, su cormano; ca el palmero que uos sabedes, 
los fizo enforcar, et dize que otro tal fará de los otros traydores que bus- 
caron mal á la reyna, bien ante vos que los non poderedes ende guardar. 
— Ay Dios!... dixo el rey, ¡quántas ontas me ha fechas aquel mal- 
dito de palmero. Non folgaré si del non fuesse vengado. Grant pesar ono 
el rey, quando oyó menazar sus ommes. Entonce llamó á don Aymes et 
Lardenois et Ougel: — Amigos, dixo el rey, consejafcme: ¿qué faré sobre 
esto? — Señor, dixo don Aymes, yo vos lo diré: quando anoche^ier, nos sa- 
liremos fuera et iremos contra la hueste, et ellos non se guardarán de nos, 
et feríremos en ellos ssin sospecha, et mataremos et prenderemos deUos 
muchos.— Yo lo otorgo, dixo el rey, ssy quier que non prendiesedes otro 
ssy non el palmero que llenó el mi cauallo; et pues esto dexistes pcmerlo 
por obra. Entonge se partieron de allí el fuéronse guysar, et armáronse 
de las armas de los burgueses de la villa lo mejor que podían; et desque 
fueron armados et la noche veno, salieron fuera dd castiello, et fuéjon- 
se debiendo por la montaña, asi que llegarpn al llano, dó yaoia la hueste 



Il/ PARTE, ILUSTRACIONES. 381 

de los griegos, asi ¡fueron ascasamente que los griegos nunca dellos fue- 
ron apercibidos, fasta que ferieron en ellos ssin sospecha; etooipen^ron 
á ementar á altas bozes: jMonjoya! ¡Monjoya! la seña del rey Carlos. — 
£t los grifos que seyan comiendo muy seguradamente, salieron tosté, 
que non cataron por pan, ni por bino^ nin por carne; mas los franceses 
los cometieron muy fieramente. El roydo fué muy grande por la. hueste 
et fueron armados mas de veynte mili, et dexaron sse correr á los fran- 
ceses, mas los franceses cuando esto entendieron, comen^ronse de alle-^ 
gar contra el castiello, ca bie-u vieron que ssu fuerza non los valdría nada; 
et do se iban acogiendo fallaron á Barroquer, que andana en jin buen ca- 
uallo de Alemana que le diera el infante, et saliera contra e\ enperador; 
mas aveno assy que se esperdiera dellos, et cocióse por otra carrera. 
Pero tanto que Barroquer á Ougel vio, al^ó su bordón por lo ferir; mas 
Ougel le desuió el golpe ca ouo del miedo, et echóle mano et trauóle en 
la barua, que tenia grande como griego, et cogiólo ssó el bra^o , et^co- 
men^ólo de apretar, assy que lo desapoderó; et Barroquer comentó á de- 
zir: — |Ay Sancta María, válamé! ca ssy me lieua al castiello, y ó muerto 
ssó. Et el infante jLioys que ende la boz oyó, comentó de correr contra 
aquella parte; mas non lo pudieron acorrer, ca Ougel que non avia sabor 
de lo dexar, lo tenia todavía, et lo leuaua suso contra el castiello. Et el 
infante desque vio que lo non podia aver, tornóse á la hueste, mas mu- 
cho fazia gran duelo por Barroquer, ca muy grant miedo avia que lo 
matasen. 

XL. El enperador que seya* en Altafoja atendiendo, llegó Ougel á la 
puerta et llamó, et abriéronle, et desque entró, lleuó á Barroquer antél, 
et diógelo, et los franceses se ayuntaron y et dixieron: — ^Buen vejaz es 
este. Entonce se leuantó en pié un traydor, Aloris, cormano de Galalon, 
et dixo al rey: — Señor enperador, para el apóstol San Pedro vos juro que 
este es el palmero que vos fuyó con el vuestfo buen cauallo del campo 
de París : facet le agora por ^nde tirar los ojos de la cabeza; desy enfór-. 
quénlo. Quando le esto oyó Barroquer, comentólo de catar tan fiera- 
mente que marauiella, et erguyó la tiesta et apretó los dientes, et algo el 
puño, et fuese á él, et dióle tal puñada en los dientes que le quebró los 
bezos, et le fizo saltar los dientes , ét dio con él en tierra á pies del rey 
Carlos. — Tírate de aquí, dijo él, lixoso, malo, traydor, que por ty et por tu 
lina ge fué echada la rey na Seuilla, mi señora, muger del rey Carlos, en 
desterramiento; mas si vos coge en la mano su fijo, non vos puede guarir 
cosa que uos á todos non enforque ó non queme. Quando esto vio el en- 
perador, como sseya de mal talant, metió vozes: — Prendetlo, prendetlo, 
et ydlo luego enforcar. Entonce fué preso Barroquer, et atáronle las 
manos, et pusiéronle el paño ante los ojos. Agora le vala Dios, ssynon 
agora lo enforcan. 

XLI. Entonce presieron á Barroquer aquellos á quien el rey man- 
dó et fezieron erguyr la forca encima de la rocha, al pie del castiello; asy 



382 HISTORIA crítica de la literatura española. 

que bien lo poderian ie alli ver los grifos. — Agora, dizo el rey, guar- 
dado que se non vaya; ca para aquel Dios que veno en la vera cruz, 
non ha cosa que me lo quitase de manos que lo non enforcase; et en mal 
punto para ssy me leuó el mi buen cauaJlo. Desque las forcas fueron 
aleadas, los traidores fezieron allá leuar á Barroquer. Desque se él vio 
en tal peligro, comentó mucho á plañer et dixo: — 4 Ah Dios Señor, que 
muerte pendieste en la vera cruz por los pecadores sainar, aué merget 
de mi alma, ca el cuerpo libado es á su fin. Aj! infante Lojs, Dios te 
guarde de mal; ca 70 jamás nunca te veré. Dios ponga paz entre tj et 
tu padre, et que uos acordedes de consuno. En todo esto los trájdores 
fezieron ergujr una escalera, porque lo sobiesen suso; entonce le echa- 
ron una soga á la garganta. — ^Ay vejancón, dixo Aloris, venida es vuestra 
fin. Assy que Dios, nin omme, nin muger non uos pueden guardar que 
non seades colgado. Quando esto Barroquer oyó, tomóse mucho á llo- 
rar; dessy comentó á rrogar aquel Señor que ende há el poder que le 
guardase el alma que non fuese perdida; et desque le ataron la cuerda 
á la garganta, aquellos que Dios confonda, le echaron el paño ante los 
ojos. Atante llegó y el duque don Aymes et Ougel con él et toda su 
conpaña; et desque y fueron, el duque dixo: — Palmero, mucho feziestes 
grant follia, quando uos leuastes el muy buen cauallo del rey; ora sere^ 
des por ende enforcado á vista de todos los de la hueste. — Señor, dixd 
Barroquer, por Dios, fi de Santa María, aaet merget de mi^^que me non 
enforquen et yo uos diré verdat: yo hé nombre Barroquer, et ssó natu- 
ral de Emaus, et por guardar la reyna, quando fué echada á tuerto, dexé 
mi muger é mis ñjos: tanto oue della grant duelo, quando la fallé sola en 
el monte, muy tríste et muy esmayada, aquel tienpo que Macaire fizo la 
grant traycion, quando mató á Auberí de Mondisder, que la andana 
buscando por la escarnecer; mas á Dios non plpgo que la él fallase, mas 
yo la fallé en aquelía ora muy grant mañana, en saliendo de un monte; 
dessy guyéla et fuíme con ella, et andamos tanto que llegamos á una vi- 
lla que dizen Urmesa, et y encaeció de un fijo que es muy buen infante i 
á quien puso nombre el rey de Ungria Loys, quando lo sacó de fuentes, 
et yo lo críe sienpre, et agora he por ende tal gualardon de su padre que 
prenderé por ende muerte. ; Ay enperador de Francia!... Dios te lo de- 
mande; ca tú echastes de tierra la buena reyna tu muger... et Dios no 
haya parte en la tu alma, sy la non res9ibieres; et estás por ende en ora de 
perder la vida! Quando esto oyó don Aymes, fué ende muy ledo, et lla- 
mó á Ougel el díxole:— Agora non ha cosa en el mundo porque dexase 
de ser vengado de los traydores que á tan grant tuerto fezieron echar la 
reyna : desy dixo al palmero: — Amigo, dime verdat et non me niegues 
cosa. ¿El infant que tú dices, es acá yuso en aquella j^ueste et su madre 
la reina Seuilia, mugier del rey Carlos? Ssy fué verdat, asi como tú di- 
zes, que la guareciste, gertas que tú deues por ende aver muy grant hon- 
ra, et por buena fé que la yría ver de buena mente, et que 'todo cuanto 



II.' PARTE, ILUSTRACIONES. 383 

ouiesse, poaiesse en su servicio et en su ayuda. — Señor, dixo Barroquer, 
bien vos lo juro para la fée que deuo á Dios que yo la guardé siempre, 
et que y es. Quando esto oyó el duque don Aytnes, ssacó su espada de 
la bayna, et dixo á aquellos que lo tenian quedexassen, ssy non que les 
tajarla las cabe^. Entonce lo fízo desliar et quitarle el paño delante loe 
ojos. Et los traydores sse fueron quexar al enperador del duque don Ay- 
mes, et del bueno de don Ougel, et de Lardenoys, que les quitaran el pal- 
mero; et el enperador enbió por ellos^ et ellos venieron. — Don Aymes^ di- 
xo el enperador, por Dios, ¿por qué non dexastes enforcar aquel ladrón? — 
Señor, dixo don Aymes, yo vos lo diré. — ^Non vos lo quiero oyr mas, dixo 
el enperador; oy esté ya asy; mas de mañana non me puede escapar. En- 
tonge llamó á Focart et Gonbaut, et Guyneqier (estos eran de los traydo- 
res)^ et flzogelo dar et dixoles que lo guardassen que se les non fuesse, 
ssynon que los enforcarían por ende, que por ál non pasarían; et ellos di- 
xieron q^ue bien lo sabrían guardar. Et los de la hueste sse asentaron á 
comer: mas el infante Loys non comia, ante comengó á fazer el mayor 
duelo del mundo por Barroquer, et á llorar; et el enperador su avuelo, 
que lo sopo, et el Apostóligo lo fueron confortar, et dixiéronle: — Amigo 
infante, agora dexat vuestro duelo, ca Dios lo puede muy bien guardar. 
XLU. Señores, dixo él, ssy lo mi padre mata, yo jamás non aueré ale- 
gría en quanto viua. Atanto aquí viene Griomoart ante él, et quando 
lo cató cómo Uoraua, ouo ende ntuy grant pesar, et dixole á muy altas 
bozes:— ¿Et qué avedes, muy buen señor? Non me lo neguedes ; ca so el 
cielo non ha cosa que uos querrades, que uos lo yo non vaya demandar, 
et uos lo traya. — Amigo, dixo el infante, yo uos amo mucho^'et por ende 
uos lo diré: Barroquer^ que uos sabedes, leñáronlo preso al castiello, de 
que mé pesa tanto que uos lo non sé dezir ; et bien cuydo que non ha 
cosa que lo guarezca^ que mi padre non lo faga enforcar. — íjeñor, dize 
Griomoart, non uos desmayedes, ca yo uos 'lo cuydo dar ante del medio 
día, sano et saluo, ca yo sé un tal encantamiento, por que lo quitaré 
dende et uos lo traeré sin ningunt dapno. — ^Amigo, dixo el infant, ssy 
uos esto fazedes^ non ha cosa que me demandedes que uos lo yo non dé. 
Entonge fazia un poco oscuro, et Griomoart se aparejó et comenzó á de- ' 
zir sus conjuraciones et á fazer sus carántulas que sabia muy bien fazer. 
Enton^ se comentó á cambiar en colores de muchas guisas, indio et jalde 
et barnizado; et los ommes buenos que lo catauan, se maravillaron ende 
muchio. — Señores, dixo Griomoart, non vos desmayedes, ca ante que yo 
torne, aueré muertos dellos bien catorce. — Amigo, dixo el Apostóligo, non 
fagas, ca tal omme y poderla morrer, que tú non conosgerias, de que seria 
grant daño, et narria ende grant guerra; mas piensa de nos traer á Bar- 
roquer ayna; et sy fezieres algunit cosa, de que ayas pecado, perdonado te 
sea de £)ios et de mi. Entonce se salió Griomoart de la tienda et fué su 
carrera contra la montaña , et tanto ando que llegó á la puerta del grant 
alcázar, et engima del muro estaua vn velador que tañía su cuerno, et 



384 HISTORIA crítica de la literatura ESPAl^OLA. 

quando vio á Griomoart, dio muy grandes bozes et dixo: — ^¿Quiénanda y? 
¿Quién anda y? ¡euad piedra, vay?. Quando esto oyó Griomoart, ouopa- 
uor, et comen95 luego á fazer su enoantamento et á dezir sus conjura^o- 
nes, en tal guisa que el velador adormeció; et Griomoart ^se fué á la 
puerta et metió mano á su bolsa et tyró un poco de engrudo que avia 
tan grant fuerza que tanto que tañió con él las cerraduras, luego caye- 
ron en tierra. £t desque entró, fuese al palacio, et sol que puso la mano 
en la puerta, comentó á de^ir sus conjuraciones et el portal que era alio 
et lunbroso fué luego escuro, et Griomoart entró muy seguramente et á 
la puerta del palacio falló diez ommes armados que tenian sus espadas 
muy buenas, et Griomoart que lo entendió, fizo su encantamento, et ador- 
meciéronse luego de tal guisa que se dexaron caer estendidos unos cabo 
otros, á tales como muertos. Quando esto vio Griomoart, entró luego en 
el palacio et fallólos todos dórmiendo^ et pasó por ellos,- todavia echando 
su encantamento, et tanto que fué fecho asy, adormecieron todos los ca- 
ualleros, et vnos et otros que les tajaria las cabegas, et non aoordarian. 
Et Barroquer mesmo que allá dentro yazia preso en la cámara, adorme- 
ciera tan fieramente que marauilla: et bien otrosy el enperador Carlos 
et don Aymes, et Ougel^ et los otros altos ommes yazian asy dormiendo 
que nunca pudieron acordar. Et en el palacio ardían quatro cirios que 
dauan muy grant lumbre; et Griomoart que dentro estaua, en su mano 
un bastón, cataua á cada parte, si verisf á Barroquer, et dixo: — ¡ Ay Dios 
Señor! ¿Et á qual parte yaz Barroquer?... yo juro k Dios que si lo fallar 
non puedo, que yo porné fuego al palacio et á todo el alcágar Et co- 
meneó de smdar, buscando de cámara en cámara assy que lo falló preso 
á una estaca, et unos fierros en los pies, dormiendo muy fieramente. £t 
Griomoart lo despertó, et soltóle los fierros et las liaduras por su*encan- 
tamento, et Barroquer fué muy espantado, quando vio á Griomoart. — 
Via suso, dixo Griomoart, muy tosté; ca tú eres libre, si á Dios plaz.— 
Señor, di^o él; fablat mas paso que se non espierten estos que me guar- 
dan; ca nos matarían tosté, que cosa non nos guarirá. Barroquer, dixo el 
ladrón, en mal punto te espantaras, ca sse non despertarán fasta la luz. 
Entonce se comencaron de salir, et Barroquer yua adelante et dixo al 
ladrón: — Amigo, vayamos nos tosté, ca el coracon me tríeme, de guisa 
que á pocas non muero de miedo. — ^Barroquer, dixo él, ¿por qué te es- 
pantas tú? Yo sseñero entré aquí; mas vayamos ver á Garlos cómo le vá. 
— Cállate, dixo Barroquer, grant follia dizes. Por Sant Donis, dixo él, 
yo non yré á él por lo ver, ca mucho es fuerte omme; mas Vayamos nues- 
tra carrera; á diablos lo encomiendo. Et Griomoart non demoró más, et 
dexó á Barroquer estar cabo de vn pilar ot fuese contra el lecho de Carlos 
et descobríólo el rostro, por lo ver mejor et desque lo cató, dixo: — ¡Ay 
Dios cómo esdultatorio el rey Carlos!... mal venga á quien le fizo que 
echase su muger. Esto fezieron los traydores, que Dios confonda: non pue- 
de ser si se junta la hueste de los griegos et la deste que y non aya muy 



II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 385 

grant daño de ánbas las partes; ca este non se querría dexar venzer. 
Nunca tan fuerte rostro vi de onime. Entonce llamó á Barroquer por le 
mostrar el rey Carlos; mas el otro non fuera allá por cosa del mundo. 
Después desto Griomoart comentó de catar de una parte et de otra, et 
vio estar á la cabssíjera del enperador la su buena espada que llamauan 
joliosa á quien non sabían par, sy non era durandana, et tomóla luego, 
et dixo que la leuaria al infante Loys. Atanto se tornó, et falló á Bar- 
roquer estar tras el pilar muy callado, que rogaua mucho á Dios que se 
non 'despertasen los de adentro nin lo fallasen ssuso. Compañero, dixo él, 
ora pensat de andar; bien me semeja que si me algruno quisiese mal fa- 
zer, que me non acorreñades. Non me semejades mucho ardido: nunca 
peor compañero vi para esoodruñar castiello: — Por Dios, dixo Barroquer, 
dexat estar, et vayamos toste^ et pensemos nos de acoger. Entonce se 
fueron á la puerta del castiello et salieron fuera, et fuéronse quanto mas 
podian yr contra la hueste. Et aveno que aquella noche rondana el buen 
enperador deGregia, et el infante Loys su nieto con él, et quando los 
vio venir, aguyjó el cauallo contra ellos; mas quando conos^ió á Barro- 
quer abracólo mas de cient vezes, et besóle los ojos et las fages, et fizo 
con ellos anbos la mayor alegría del mundo, et el ladrón presentó la 
buena espada al infante et díxole: — Tomad, señor, la espada de vuestro 
padre que llaman joliosa que es preciada tan mucho; et él la tomó, et 
fué el mas ledo del mundo con ella , et díxole: — Amigo, non ha en el 
mundo dos cosas, de que tan ledo pudiese ser como de Barroquer et de 
esta buena espada; et de la una et de la otra avredes ende buen guisdar- 
dbn, si Piós quisier. 

XLII. Entonce los leuó el infante á la hueste, et feziron por ende 
todos muy grant alegría; mas la alegría de la reyna esta non auia par, 
quando vio á Barroquer. Mas del enperador Carlos vos fablaré, et de su 
compaña. El velador adormeció que nunca despertó fasta la mañana, et 
quando acordó, dixo que le dolía mal la cabera, et cató k derredor de ssy 
et vio la puerta abierta del castiello, et fuéle mal, et metió .bozes: ¡Ora 
suso!... varones, traydos somos!... A estas bozes acordó el enperador et 
todos sus altos ommes que albergauan en el palacio con él que cuidauan 
aver perdido quanto avían. Mas cuando el enperador cuydó tomar su 
espada que cuydaua que tenia cabo ssy^ et la non falló, á pocas non 
perdió el seso , et do vio á don Ayraes et don Ougel cabo ssy, llamólos 
et díxoles: — ^Varones, ¿qué se fizo de mi espada joliosal... Non me lo 
neguedes, si sabedes do es. — Señor, diz el duque don Aymes, non sabe- 
mos ende mas que uos. — Par Dios, dixo el enperador, asaz la busqué do 
la tenia á la cabegera, et nunca la pude fallar; mas bien fué que es fur- 
tada, et que yo ssó encantado; et ssy esto fizo el palmero, sea luego en- 
forcado. Entona fueron buscar 4 Barroquer aquellos que lo avian de 
guardar, et cuando lo non fallaron, comentaron á llorar porque les fu- 
yera. Entonce se tornaron al rey ; et dixiéronle:—Señor , Barroquer nos 

Tomo v. 25 



386 UISIORU CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

escapó et Oiése á la hueste; asy nos eacantó á todos que non dio por nos 
cosa ; mas si lo otra vez pudiermos coger en la mano, luego sea enfor- 
cado: non aya y ál. — Traydores, dixo el rey, et qué es lo que deádes?... 
Después que el cauallo es perdido, ^errades bien la establia; mas en mal 
punto vos fuyó, ca vos lo compraredes bien. 

LXIII. Grant pesar ouo el enperador, quando le mostraron los fier- . 
ros et las cadenas que tenia Barroquer que ^Uí fincaran. — Por Dios, 
diz el enperador ¿asy vos escapó aquel que tanto mal me ha fecho?. . 
¡ Ay!... ct cómo me ha traydo aquel viejo malo, que la mi buena espada 
me tomó por \^ leuar al infante Loys! Nunca desque na^í, fui asi dor- 
miente como esta noche; mas para la fé que deuo á Dios, lixosos malos, 
en mal punto dexastes yr á Barroquer, aquel ladrón malo.' Enton^ llamó 
á don Aymes et ú Ougel de las Marchas, et dixoles:— Prendetme aquellos 
dos falsos malos, que auian de guardar el palmero. — ^Señor,dixieron ellos, 
fecho sea. Por estos dos fueron presos aquellos traydores et enforcados: 
que los non detouieron mas, Et el enperador dixo entonce : — í Ay Dios!- 
¿et quál cauallero será agora, que me leuará my mandado á Paris que me 
acorran, cá mucho grant menester me faz! Entonge se leuanté luego 
Ougel et fuese luego armar. Et desque caualgó en su buen cauallo Bre^ 
yeforty veno antel enperador, et díxole: — ^¿Señor cómo mandades?... — Yd 
uos, dixo él, quanto pudierdes et dezit que me acorran. Entonce sse fué 
él debiendo por la montaña, et desque llegó al llano, comenzó de aguy- 
jar; mas grifones que lo vieron, corrieron en pos él á poder de cauallos, 
baladrando et gritando: — Preso sodes; non vos y redes. Mas el bueno de 
don Ougel non respondió á cosa que ellos dixiesen; mas quando vio lo- 
gar et tienpo, enbraQó el escudo et tornó la cabega del cauallo, et metió 
la. langa só el brago et fué ferir aquel que lo mas alcangaua de tal lan- 
zada que lo metió muerto en tierra del cauallo: d? sy boluióse et comen- 
tó de yr quanto pudo, ca muy gerca venian del bien quatrogientos grie- 
gos que lo alcanzaban fieramente; mas él que vio esto, cogióse á vft mon- 
te, et fuese por él quanto pudo et allí lo perdieron. Et desque lo non 
pudieron fallar, tornáronse ; mas Ougel se fué quanto se pudo yr^ et de 
las jornadas que fizo nin por do fué non uos sé contar; mas llegó á Paris 
vn dia martes, et desque entró por la villa, fué metiendo por la plaga 
muy grandes boges: — Agora, via todos, varones, pequeños et grandes al 
rey Cáríos, que es gercado en Altafoja, dó lo gercaron griegos, et rao- 
ros, et xptianos, et si lo non aoorredes tosté, puede ser perdido. 

LXIV. Assy llegó don Ougel á Paris á una alúa de dia, et fizo á 
grant priesa ayuntar las gentes por la.viUa ; assy que en otro dia avian 
de mouer por acorrer á su Señor; mas don Ougel les dixo: — Amigos, 
non uos cuytedes, et dexat yr á my á Norman dia por traer ende el du- 
que con todo su poder. Et ellos respondieron que bien lo farian; después 
desto fuese él sin detenencia la via de Rúen, et falló y á Rechart, el buen 
duque, que lo resgcbió muy bien, et preguntóle á qué veniera ; et él le 



II / PARTE, ILUSTRACIONES. 387 

contó de cómo el enperador de Grecia tenia ^rcado al rej Carlos en Al- 
ta foja con may grant gente i marauilla^ et conviene que nos aguj- 
«edes de lo acorrer. Quando el duque esto oyó, comengó mucho á llorar, 
et después dixole: — ^Don Ougel, mucho es en este fecho culpado el rey 
Carlos^ porque asi echó la reina de su tierra, et dixiéronme que auia de- 
Ua un muy buen fijo, á qui dizen Loys; mas ¿quién cuydades que se 
querrá yr matar con su fijo?... Por Dios dezitme to que vedes y, ca yo 
non ayuntaré mi gente contra él : ante le quiero jt pedir mer^et, et non 
me mandará ya cosa, que yo por él non faga, ca es mi señor natural. — 
Señor, dixo Ougel, por cosa del mundo nos non dexedes de acorrer á 
vuestro Señor et de lo ayudar en toda guisa. Et desque á él llegardes, 
tanto le rogaremos que res^iba su muger que lo fárá. — Don Ougel, dixo 
el duque, al infante non lo falles^eré toda via en quanto biuier. Entonce 
' enbió por toda Normandia et físo ayuntar sus caualleros que fueron 
bien catorze mili de muy buenos. Entonce se partieron de Rúen, et an- 
daron tanto por sus jornadas que llegaron á París. Entonce se yuntaron 
todos los de París et Normandia, et mouieron de y por yr á Altafoja; 
et desque y llegaron, pasaron dende vna legua^ et feziéronlo saber á ssu 
señor el rey Carlos. Quando él ende oyó las nuevas, fué muy ledo á 
marauiella, et salió del castiello et fué los ver; mas quando ellos vieron 
al rey sano et ledo, ouieron ende gran plazer. Entonce llegó mandado á 
la hueste de los griegos cómo venia el poder muy grande del rey Car- 
los. Quando esto entendió* el infante Loys^ comengóá meter bozes: — Ar- 
mas, armas!.,. Agora vayamos contra el rey Carlos. Et el roydo fué muy 
grande por la hueste et fueron todos armados muy ayna, et mouieron 
contra el rey Carlos, et asy fezieron los otros contra estos. Et al juntar 
fueron los baladres muy grandes et el son de las armas, et de los gol- 
pes que se ferian, et ouo mucha gente muerta de una et de otra parte, 
ct si mucho en esto demorara, ouiera y muy grant áapno fiero; mas lle- 
góles la noche que los fizo partir, et él Apostóligo veno y, que les sser- 
monó que dexassen la batalla fasta otro dia; et fueron dadas tre- 
guas de la vna parte y de la otra fasta la mañana á tienpo de misas 
dichas. 

XLV. Entonce se partieron, et el enperador Carlos se fué possar á 
ssus tiendas; mas Barroquer que lo vio yr et lo reconosgió, mostrólo al 
infante Loys, et díxole;— Señor, vedes alli do uá el bueno de vuestro 
padre, que tanto es de precfiar, que fizo á vuestra madre echar de la 
tierra. Quando esto oyó el infante, aguyjó tosté contento allá, et de^ió, 
et fué fincar los inojos antél, pediéndole mer^et.— Señor enperador, dixo 
él, por amor de aquel Señor que fizo el ^ielo et la tierra, rescjebit á mi 
madre por muger, asi como deuedes, sy quier non há tan buena dueña, 
nin tan bella en ninguna tierra. Quando el Tey vio ante ssy su fijo estar 
en inojos et pedirle mer^et de piadat, toi^óse á llorar de guysa que le 
non pudo fablar nin beruo; dessy fuese á su tienda para su mesnada, 



'388 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

et el infante Loys fuese á su hueste. Aquella noche yoguyeron anbas 
, las huestes muy quedas et en paz. Otro dia muy grant mañana sse le- 
uantó el Apostó ligo, et desque cantó la misa en su tienda con su clerezia: 
fizo llamar al enperador et la reina Sevilla, et el infante Loys, et desque 
fueron ayuntados, el Apostóligo les comenzó á dezir: — Amigos, el enpe- 
rador Carlos es muy buen omme et que há grant señorío > por el amor de 
Dios et de Sanota María su madre, que fagamos agora una cosa que nos 
non sea villanía, mas omildat, et seso, et cortesía. Vayamos todos áél 
por ante todos sus ommes, que non finque ninguno de nuestra compaña, 
niu dueña, nin donzella, et los ommes vayan todos desnudos en paños 
menores, et las mugeres desnudas fasta las cintas: assy yredes ante el rey, 
et quando viere que le assy pedides mer^t, mucho averá el coraron duro, 
ssy le non amollantar. Quando los altos ommes esto oyeron, touiéronlo 
por bien, et otorgáronlo. Entonce dixo el Apostóligo al infante Loys que 
feziese dar pregón por la hueste que non fincase omme nin muger que 
todos non fuessen pedir mercet al rey* Carlos en tal guysa como era* de- 
bido. Mas quien viera á Barroquer mesar la barua et sus cabellos canos 
de la cabega, quando vio desnudar á su señora la reyna fasta la ^inta, 
. piedat ende averia, et dezian: — ¡ Ay Dios, qué buen vejaz et qué leal!.... 
Los ricos ommes et los caualleros todos fueron en pánicos desnudos, co- 
mo bestias; asi y van unos ante otros por pedir merget, mas quando los 
asi vio venir el rey marauillóse, etdixo: — ¡Ay Dios, et qué piensa aque- 
lla que veo venir en tal manera! — Señor, dixo el duque don Aymcs, de- 
recho Bvedes de los amar, ca me semeja que viene y el infante Loys 
vuestro fijo, por uos pedir mercet, et el enperador de Gregia et el Apos- 
tóligo, que son tan altas dos personas. Et desque fueron antél, dixieron 
todos á una boz. — Señor, derecho enperador, pedimos uos mercet por 
Dios, que res^ibades la reyna Seuilla, vuestra muger, que es la más fer- 
mosa dueña del mundo, et la mejor. Quando esto entendió el rey Carlos, 
comengó á pensar; de sy tomó el rico manto que cobria de paño de seda, 
et cobrióla del, et erguyóla de inojos en que estaba antél, et comenzóla 
de besar los ojos et las fages. Quando esto los ommes buenos vieron, die- 
ron ende gracias á nuestro Señor, et después que el rey Carlos besó su 
muger et la resglbió á grant plazer, llamó á Loys su fijo et abrazólo^ ct 
besólo; después cató et vio á Barroquer ante ssy estar, et llamó á su fijo, 
*Loys, et díxole ssonrrey endose: — Fijo amigo, por Dios que me digades 
quién es aquel viejo malo cano que me tanto pesar ha fecho? — Señor, dixo 
el infante, asi me vala Dios que este es el que falló mi madre en el mon- 
te, quando fué echada tan mesquinamente, et seruióla sienpre muy bien, 
et crió á mí desde pequeño; nunca en su dolencia ouo otro maestro. Este 
nos buscaua qué comiésemos et qué beuiésemos; assy que ssy por él non 
fuera, á mi cuydar, muertos fuéramos de fambre et de lazeria. Quando 
entendió el rey Carlos erguyóse corriendo et fué á Barroquer, et abracó- 
lo, ct besólo, et perdonóle todo su mal talante. — Señor^ dixo Barroquer^ 



11.' PARTE, ILUSTRACIONES. 389 

cient mili gragias. Enton^ llamó el rey á Ougel, et á don Aymes de 
Bayuera, et Galter de Tolosa. — Ora yd todos corriendo, dixoél, etpren- 
det lo8 tray dores parientes de Gralalon, que toda esta onta bascaron, et 
fazetlos treynar á colas de caballlos ; et ellos dixieron que todo su man- 
dado farian. Entonce se fueron; mas non fallaron ende mas de cinco> que 
prendieron, ca todos los otros fuyeran ya. Et fué lu^o dellos fecha jus- 
ticia qual el rey mandó. Después desto fué el pleito bien allanado et fe- 
zieron muy grant alegría. Assy ouo resgebida su mdger Carlos como 
oydes. Entonge caualgaron todos los griegos, et el Apostóligo, et el rey 
Carlos, et los franceses, et todos los altos ommes faziendo grant fiesta, et 
grant alegria, et fuéronse contra París, et llegaron y un martes á ora de 
viespras. Et quando los de la villa sopieron que venian, encortinaron 
todas las casas de muy ricos paños de seda, et echaron juncos por las 
calles, et saliéronlos á resgebir grandes et pequeños, con muy grant fies- 
ta; et resíjebieron la reyna con muy grant alegria á ella et á su fijo, et al 
buen enperador, señor de Grecia, ca assy lo avia mandado el rey Car- 
los; et non fincó obispo nin abat bendito nin clérigo que allá non salie- 
sen con muy grant prog^íon, et con las arcas de las relíoas, et con to- 
das las cruces de la giudat: muchos ricos dones presentaron aquel dia al 
infante Loys, et á la reina su madre otrosy. 

XLVI. Mucho fué grande la corte que el rey Carlos fizo en Paris en 
aquel tiempo. Alli fueron ayuntados todos los ricos-ommes que del te- 
nían tierras; y fué Salamon de Bretaña, et el duque de Longues, et don 
Almerique de Narbona, etel duque don Aymes, et Crancrer, et el muy 
bueno Buemont, et el conde don Mourant, et Guyllen d'Ourenga, et los 
buenos dos marqueses, et el uno avia nombre Bemalt, et el otro Ougel 
de Buenamarcha; allí fué fecho el casamiento del infante Loys et de la 
fija de don Almerique de Narbona^ á qui dezian Blanchaflor , donde 
enbiaron luego por ella; et alli en aquella ciudat fueron fechas las bodas 
ricas et buenas. Aquel dia tomó Loys á Barroquer por la mano, et fuélo 
á presentar ante el enperador su padre. — Señor , yo uos dó este ommo 
por tal pleito que uos le dedes en vestra casa tal cosa que uos grades- 
camos; ca mucho nos siruió bien en estrañas tierras, que asy bien me- 
resíia por ende ducado, ó condado por tierra. — Buen fijo, dixo el rey, yo 
faré lo que uos quisierdes: dóle el mayordonazgo de mi corte, et el cas- 
tiello de Meulent por heredat, et entregógello luego. Et Barroquer fué 
besarlas manos al rey, et díxole: — Señor, grandes meri^edes agora me 
a vedes fecho, de pobre neo para sienpre jamas d mi et á mis fijos: ya 
nunca tornaré andar en pos el,asno. Entretanto llegó el buen enperador 
Ricardo; et díxole por buen talante: — Rey Carlos enperador, si uos qui- 
sierdes, yo faré cauallero á Barroquer. — Bien, dixo el rey Carlos, como 
tuvieredes por bien. Entonce mandó llamar el emperador su mayordo- 
mo, et mandóle que guysassen muy ricamente á Barroquer de paños, et 
de cauallo, et de armas, et de todo quanto menester ouiese, et asy fué 



390 HISTORIA CRtTIGA DE LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

todo fecho. Otro dia fizo el enperador cauallero á Barroquer , et púsole 
(;ÍDqüenta mili maravedís de renta, et luego que le dio ende grandes gra- 
cias, desy fizóle enbiar por sa muger^ et por sus fijos que ueniesen, con 
ella á París. £t desque y fueron, rescebiólos muj bien, et fízoles mucha 
onrra; et desde allí adelante non ouieron mengua de auer nin de paños, 
nin de donas. Assyfaze nuestro señor á quienquier: de pobre faze ríooet 
abondado, et el que á él tiene, jamas non será pobre. Después desto llamó 
el infante Loys á Griomoart, et díxole: — Amigo, tú me seruiste muy bien 
et quiérete por ende que seas mi oopero mayor. Et casólo muy bien en 
la ciudad de Paris et por este es verdat lo que dizen: quien á buen señor 
sirue, non pierde su tienpo: que asi fué á Barroquer et Griomoart, que 
ouieron buen gualardon de sus seruicios et de la reyna ouieron assj 
grant bien. Assy faze Dios á quien se paga, donde fué por ende fecha 
muy grant alegría. Et' la reyna, á quien sse non olvidará el mucho bien 
que le fíziera el su huéspet et la su huéspeda de Urmesa, enbióles lu^ 
un mandadero con su carta^ ét el mandadero se fué quanto se pudo yr, 
et de las jornadas que fizo non uos sé contar; mas tanto ando que llegó á 
Urmesa et preguntó por la casa del omme bueno Joseran, et mostraron- 
gela, et desque entró, saluó el huésped et la huéspeda de parte de la due- 
ña et de su fijo que fueran tan luengo tiempo en su casa. El huésped fué 
marauillado de quien fablauan, et el mandadero que era ensseñado, les 
díxo:— Vuestro afijado uos envia mucho saludar, aquel á qui pusistes 
nonbre Loys, que era fijo del enperador Carlos, et agora es ya resgebido 
por rey de Francia, et la dueña que vistes sru madre, era reyna de Fran- 
cia, que aqui touistes en vuestra casa tan luengo tiempo et que andana 
tan pobremente. £t Barroquer que andana con ella, que la servia et la 
guardaua, vos saluda mucho, et envia uos estas letras la reyoa. Et el 
huésped recibiólas con muy grant alegría et abriólas^ et falló y que la 
reyna le enuiaua dezir que él, et su muger con toda su conpaña se fue- 
sen á Francia^ derechamente á la ciudat de París^ et que verían y á aquel 
que criaron por amor de Dios, Loys el infante, que era ya resabido 
por rey de Francia, et que auerian grandes riquezas et grandes aue- 
res á sus boluntades. Quando esto oyeron el burgués y su muger, co- 
mentaron de llorar de alegría que ende ouieron; et fezieron mucha onrra 
al demandadero et pusiéronle la mesa, et diéronlemuy bien de comer, et 
mandaron pensar muy bien su cauallo. Entonce el burgués fué ver el 
rey que era en la villa, et díxole las saludes de su afijado Loys, que era 
ya resQebido por rey de Francia, aquel que él sacara de fuentes et que le 
mandara que lo criasse. Quando el rey esló entendió, tomóse á llorar de 
pLazer que ende ouo: después desto el burgués dixo al rey: — Señor, vues- 
tro añ jado me envió dezir que fuese á él á Francia, et yo y ría allá de grado, 
ssi á uos plogiiyese. — ^Joseran, dixo el rey, á mí plaz ende mucbo, et yt 
á la gra^a de Dios et saludatme mucho á m^ afijado et á todo su linage, 
et dezit al infante que Dios le dé la mi bendición: otrosí me saludat mu- 



II.* PARTE, ILüSTRAdlONES. 391 

cho á mi comadre et á Barroquer, el vejancón. — Señor, dixo Joseran, todo 
fiíré quanto vos mandardes. Entonce le besó el pié, et espidióse del, et 
tornóse k ssu posada et aguysó su facienda; assj que otro dia de mañana 
se metieron al camino, sin mas tardar , et leuó consigo su muger et crus 
dos fijas, et sus onimes que le seruiesen en la carrera! Et tanto andaron 
que llegaron á la ciudat de Paris, *et fueron posar gerca del palacio; et 
desque debieron, el burgués se vestió y se guisó muy bien, et fuese con 
su mensagero al palacio; et quando lo sopo el infante, saliió á él, et res- 
bebiólo muy bien et á grant alegría. Et desque lo abragó mucho por muy 
grant amistad, dixole: — Padrino, por Dios, ¿dezitme cómo uos vá? — Cer- 
tas , afijado , dixo él , muy bien , pues que uos veo á la merget de Dios. 
Entonce lo tomó por la mano et fuese con él , et leuólo ante el rey, el 
contóle cómo lo criara, et cómo touiera á él et á su madre en su casa grant 
tiempo.-^3trossy lo mostró á la reyna que fué anuy leda con él á mara- 
uielia. Después Loys mostrólo á los altos ommes, et dixoles cómo lo cria- 
. ra, et cómo mantouiera á él et á ssu madre en su proueza, et cómo yo- 
guyera la reyna doliente en su casa bien diez años. Et quando los ricos 
ommes oyan commo lo él contaua , llorauan fieramente de piedat que 
ende auian. — Fijo, dixo el enperador, él auerá ende buen gualardon^ et 
fágolo por ende mi repostero^, et póngole ciont marcos de renta en esta 
Qiudad para él et para quantos del venieren. Et Joserán gelo agradeció 
muchO; et fué luego entregado del reposte' et del heredamiento, ec la 
reyna casó muy bien las fijas, et muy altamente. Después que todo esto 
fué fecho et acabado, partióse la corte, et los ricos-ommes sseespidieron, 
et fuéronse á sus tierras; et el enperador Ricardo sse espidió del enpera- 
dor Garlos, et besó á su fija et á ssu nieto muy amorosamente, et comen- 
dólos todos á Dios. Otrossy el apostóligo de Koma sse espedió de Carlos 
et encomendó á él et su enperio á Dios et á Sancta María , et él partió. 

U. 

Aguí comienza el cuento muy fermoso del enperador Ottas de Roma, et 
de la infante Florencia su fija, et del buen cauallero Esmere, 

I. Bien oystes en cuentos et en romanas que de todas las gibdades del 
mundo Troya fué ende la mayor, et después fué destroida et quemada, 
asy que el fuego ando en ella siete años. Et de aquellos que ende esca- 
paron que eran sábidores et hardidos et de grant proeza, esparziéronse por 
las tierras cada uno á su parte, et puñaron de guarir, et poblaron vi- 
llas, et castiellos et fortalezas. Ende dize el cuento que Antiocho, el 
Grande, pobló primeramente Antiochia: el rey Babilono, aquel que fué 
muy poderoso, pobló de cabo Babilonia de buena gente; otrossy África 
pobló ia gibdat de Cartagena, que llaman Túnez. Et Kómxilo pobló 



392 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

Homa, aay comino paresge fvvn agora, en que fué esparzida macha san- 
gre de mártires por que todo el mundo obedes^ á Roma. Mas por un 
rej Garsir que fué fuerte et fiero et orgulloso et muy conquistador de 
tierras^ priso grant daño el señorío, asy como agora ojredes. 

II. La verdadera estoria diz que vn enperador fué en Roma aquella 
sazón que ouo nombre Ottas, muy poderoso, et muy buen xristiano á 
marauiella. £t auia una fija á que dezian Florencia, que fué á marauiella 
de quantas fueron en su tienpo de bondat et de paresger: por aquesta 
donzella veno después atan grant guerra que nunca y tan grande ouo, 
desque Dios veno en tierra. 

III. Ora, sy uos plo^er este cuento, vos diré de muy grant nobleza 
que fué de tienpo antiguo que non aveno mas noble en la xrístiandat. 
Aqueste Ottas, enperador de Roma, quando veno á vejez, que avia ya la 
cabera acorvada, tenia esta su fija consigo Florencia, de que vos fablé, 
<]ue era muy noble, et muy fermosa á marauiella, et por esto la amaua 
mucho su padre, et la tenia encerrada. Quando esta Florencia na^ió, asy 
plogo á Dios que la guardó viua, et su madre fué luego muerta; et aquel 
dia aueno tan grant marauilla en su nagen^ia que llouió sangre, onde la 
gente fué muy espantada. Et otrosy se conbatieron aquel dia todas las 
bestias que en aquel r^no eran, et las aues en el ayre, asy que todas se 
pelaron. Et esto dio á entender que era signifícanga de la mortandat que 
auia de venir por ella que fué tan grande, asi commo dizen las estorias, 
que mas de cient mili ommes perdieron las vidas; mas esta Florengia^ de 
quien uos fablo, de muy grant bondat,*quando llegó á hedat de quinze 
años, fué tan bella et tan cortés, et tan bien enseñada, que en todo el 
mundo non le sabian par, ya de las escrituras nin de las estorias ningu- 
no non sabia mas; de la harpa et de viola, et de los otros estromentos 
ninguno non fué mas maestre. Et con todo esto le diera Dios^al donayre 
que non se abondauan las gentes de oyr su palabra; onde ella era mu^ 
cho ahondada et mucho conplida. Et el su paresger et el su donayre en 
el mundo non le fal'.auan par. Assy que dezian aquellos que la mas afe- 
mengiauan, 'que desque 'Dios formara Adán et Eua, que tan bella criatura 
non nagiera, sy non vna que nunca ouo par, ni auerá. 

IV. En este tienpo que me oydes auia un enperador en Costantinopla, 
á que llamauan Garsir, muy noble, et de fiero poder a marauiella, asy 
que bien auia en su señorío ochenta gibdades con muchos castillos ct con 
otras grandes tierras. Et con todo esto auia tan grant thesoro que en el 
mundo non le sabian par; et porque era tan fuerte, et tan rico, ct tan 
poderoso, et tan desmesurado, era dultado por todo el mundo, mas de 
quantos sabian; pero con todo esto era ya cano et viejo, et. flaco, et vsa- 
do; et non era marauilla que bien pasaua ya de giento años, asy que los 
cabellos de la cabega et de la barua eran ya mas blancos (]ue la nieve. 
Et traya los cabellos tranzados con filos de oro muy noblemente, et ma- 
guer era de tal hedat, nunca quiso tomar muger. Dcsy era señor de la 



n/ PARTE, ILUSTRACIONES. 393 

mejor cauallería que en aquel tiempo en el mun,do auia; et enbió por to- 
da su tierra que yeniesen á su corte todos sus grandes ommes et sus gen-, 
tes; et desque todos fueron ayuntados, él leuantóse en pies assj commo 
pudo. Asy commo tan noble señor, era bestido de vna aljuba de paño de 
oro listada á muy ricas piedras preciosas de muchas naturas, cá ya quan- 
to lo enbargaua el manto, et teniendo en su mano yn bastón de oro á que 
se acostaua, con muchas piedras de muy grant valor, et dixo: — Vasallos 
et amigos, ru^o uos que me oyades. £t desque esto dixo, asy se calla- 
ron que non ouo y tal que cosa fablase. — ^Amigos^ dixo él, de una cosa 
só mucho agramado que uos quiero dezir: yo nunca quise tomar muger, 
de que me arrepiento mucho; mas enpero agora la quiero auer, si uos 
quisierdes. Et los ommes buenos respondieron, et dixieron:— Señor ¿qué 
es lo que nos dezides? faced nos lo entender. Et el enperador les dixo:— 
To V08 lo diré: asy es que Ottas el enperador de Roma há vna fija, la 
mejor et más fermosa, et la mejor enseñada et de mejor donayre, que 
nunca ojo» de omme vieron: ruego uos que me la vades demandar, ca me 
es muy menester. ¿Vedes por qué?.. . Yo só viejo, et flaco, et cano et baruu- 
do, et so enojado ya de torneos, et de batallas, et muy laso; asy que tanta 
pena y.leué que ya me trieipe el cuerpo et el corasgon, de guisa que me 
quiero ende dexar. Et por ende uos ruego que me vayades demandar á 
Florencia. Et si me la troxierdes, quiero con ella folgar en paz et en ale- 
gría, et dexarme de otra mala ventura. Sus ommes quando aquesto oye- 
ron, dixieron: — Señor, nos uos la y remos demandar,, pues á uos plaze, 
ca otrosy dizen que en todo et mundo non ha tan bella cosa, et esto es 
verdat; et quando á uos ploguier, nos moueremos de aquí.— Amigos, dize 
el enperador, vos bien sabedes que el enperio de Costantinopla há muy 
grant señorío de muchas rrícas villas, et de muy buena tierra, et muy 
rrica, et bien sabedes de mí commo la mantoúe fasta aquí que non fué 
tal, que se conmigo osar tomase. Por ende tengo por bien que vayan allá 
lu^o quales yo diré. Entongo llamó un grifón que llamauan Acaria» 
mucho onrrado omme et de grant linage, q(Ue era natural de Catenalie, et 
díxole: — Vos yredes á Boma et leuaredes quarenta caualleros muy bien 
guisados et bestidos muy rrícamente en vuestra conpaña , et averedes 
auer para vuestra despensa quanto querades, et leñarme hedes para 
el enperador Ottas veynte camellos cargados de oro, et buenos cauai- 
Uos, et palafrenes, et muías los mejores que podamos fallar, et mu- 
chos ricos paños de seda; et saludarme hedes á él, et á toda su conpaña; 
et dezirle hedes que me dé á ssu fija Florencia por muger et por amiga; 
et sy me la dier, que baratará bien, et si me la dar non quisier, juro por 
Dios, fijo de Santa Maña, que le non fincará cosa de aquí fasta los puer- 
cos de las Alpas, que yo todo non conquiera. Desque el enperador esco- 
gió aquellos que auian de yr, díxoles que cosa non fíncase que todo non 
lo dixiesen á el enperador Ottas, asy como les él mandaua. Desy fezo 
afleitar una ñaue de todas aquellas cosas que le menester serían; desy 



394 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAfiOLA. 

metiéronse en ella con todo quanto leuauan. £1 tiempo fazia muy bneno 
que era en estío; los marineros ei^oieron las velas et comentaron de xin^ 
glar. Et avenóles asj que pusieron un mes en aqnel viaje et aportaron i 
Otreeonta derechamente. De sj echaróh sus áncoras» et fezieron ergnyr 
por la nave muchas ricas señas, et fezieron saber por la tierra que eran 
del enperador de Gostantinopla, que enbiaua ssu mensage al enperador 
de Roma. Desj fezieron sacar de la ñaue sus cauallos et sus armas^ et 
todo su guisamiento, et los camellos, et los palafrenes et todo aquello que 
leuauan en presente al enperador. Et desque todo lo pusieron fuera, fe- 
zieron cargar los camellos et los soumeres. Desj acogiéronse por su ca- 
mino, et comentaron de andar, asy que atrauesaron Pulla, et pasaron 
Benauente et toda la montaña et andaron tanto que llegaron á Roma; et 
quando entraron por la (ibdad, los burgueses et las gentes todos salian i 
las puertas et á la? feniestfas por ver aquella conpaña que yua tan rn« 
camente guarnida, que era grant marauiella de ver; ca todos los quarenta 
caualleros yuan vestidos de paños rricos de seda, et leuauan cauallos et 
armas frescas que reluzian sd sol; et leuauan treinta cauallos al enpera- 
dor cubiertos de paños de seda, et palafrenes, et muías otrossy; et jruan 
muy apuestamente, los caualleros de dos eq do9*á par. £t assy fueron 
fasta que llegaron al palacio del enperador. AUi des^n<üeron de los pa- 
lafrenes, et de las muías, et subieron por las gradas, et fueron ante el 
enperador, que seya en su alto asentamiento, et ante él muchos cendes et 
ommes de gran guisa; et allí seya su fija la muy fermosa Florencia, que 
todo su logar resplandecía de la claridat della. Et desque se le omillaron, 
asy como era costumbre, Acaria fabló et dixo su ra^on en tal guisa asy 
como aquel que sabia el lenguaje: — Dios salue el enperador Ottas et su 
fija, et todos aquellos et aquellas que los bien quieren.— Amigos, dixo el 
enperador, bien venidos seiades, ¿cuyos sodes ó de quál tierra venides?— 
Señor, dice Acaria^ nos somos mensageros del enperador Grarsyr de Cos- 
tantinopla, que venimos áuos con su mandado, etcon su presente. Trae- 
mos vos aqui veynte camellos, bargados de oro et de plata, et treynta ca- 
uallos de precio, todos de una color, et muchos rricos paños de oro et de 
seda. El enperador nuestro señor, pero que es ya en tal hedat, non quiso 
nunca tomar muger; mas agora por quanto bien oyó dezir de la muy 
fermosa Florencia, vuestra fija, enbia vos la pedir, et ruega vos que 
gela dedes por muger. Et ssy g^la dierdes, que barataredes; ssy non, man- 
da uos dezir assy que él verná sobre vuestra tierra con quanto poder él 
há, et que la c(xiquerirá de uos. Et él enperador le respondió muy man- 
samente: — ^Ora uos yd folgar, et yo fablaré entretanto con mis ommes, et 
aueré mi consejo sobre esto, et después responder uos hé de lo que ovier 
fazer. Mas eñ quanto seyan ante el enperador, pararon mientes en sn 
fija que seya mas ricamente guarnida que ser podia, Vestida de vn rríoo 
ciclaton listado de oro^ et orlado á piedras preciosas con ostese?; mas ád 
paresger della fueron todos marauillados, asy que dezian que nunca le 



H.* PARTE, ILUSTRACIONES. 395 

▼ieron par de fermosura; et con todo esto, tan sinple et tan cortés, etde 
tan buen donajnre que era la mayor marauiella del mundo. Et de la su 
clara faz, et de las piedras preciosas, onde avia mucho abondadamiento 
por*lo8 pañost et de muchas naturas, esmeraldas et estopabas, et rrobis, 
salia una tan grant claridat que todo el logar en derredor era alunbra- 
do. Et en la cabes^a tenia una guirlanda de oro, do eran engastonados 
muchos robís, et muchas ^afíras de muj grant valor que paresQia bien; 
mas pero bien dezian los grifos que la catauan que todo non era nada 
contra el paresger della: de manera que bien se otorgauan que era la mas 
bella cosa del mundo. Assy que dezian que Dios se la fíziera con sus ma- 
nos poi: su grant poder, et bien cujdauan que sy la pudiesen leuar á su 
señor, que buen gualardon averian del. 

y. Mas pero los gri^s eran de grant nonbreza, non osaron cosa de* 
zir, sy non Acaria que sabia bien el lenguaje de la tierra, et dixo: — En- 
perador de Boma, oyd lo que uos quiero dezir, et esto me mandó el en- 
perador Garsyr que uos dixiese, que vos fa^ia ^ierto de su amor que 
Omme deste inundo non amaua tanto^ et que por esto quería tomar vues- 
tra fija por muger por uos la onrrar et guardar. Pues enbiadgela por 
nos luego; et bien uos digo que sy esto non queredes facer, que partido 
es el vuestro amor et el ^yo, asy que él uos uerná ver á vuestra tierra, 
de guisa que á uos non plazerá; que uos non dexará un palmo de tier- 
ra. Assy lo juró ante nos sobre toda su creencia, que jamás non folga- 
ría nin quitarla de uos guerrear fasta que ouiese Florengia en su 
poder. 

VI. El enperador de Boma, como era omme de buen seso^quando aque- 
llos mensageros vio fablar tan atreuidament, non quiso catar aquello. 
Mas fué muy mesurado et muy s(^rído, et mandó al su mayor Senescal 
que les fuese dar posadas muy buenas et quanto les fuese menester^ et 
que los touiese muy VÍ9Í0SO6 et á plazer de ssy. Entre tanto enbió el en- 
perador por los mayores ommes de su consejo et fabló con ellos, et con 
su fija:— Amigos, dixo él, bien oystes lo que me dixieron estos manda- 
deros del enperador Garsyr: ora catad lo que me consejaredes, et lo que 
y fuer mas mia pro et vuestra. — Señor, dixieron ellos, bien podedes en 
vuestro corasgon entender que por esto que uos enbia dezir el enperador 
de Costantinopla que pues por fuerza quiere auer á vuestra fija, que es 
achaque de uos fazer guerra et de uos deseredar. — Certas, dixo el enpera- 
dor, sy asi es, tuerto me faz; et bien me semeja que me demanda so- 
beruia^ ca sy esto fuese assy que gela non quisiese dar, él non deuia 
querrer, seyendo tan viejo commo es et tan flaco et tan desapoderado, 
que sol non puede sobir en bestia. Señor, por Dios merget: mejor es ta- 
jar la garganta, ca este casamiento es muy descomunal; la niña con viejo 
et la vieja con el niño, esto es cosa porque anbos pueden parar mientes 
ámal. 

VII. El enperador Ottas ouo consejo con sus altos ommes buenos et de 



396 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA £SPAf<}OLA. 

buen recabdo sobre aquello. Dessy partiéronse dende e6 macho bien fizo 
pensar de los mensageros. Otro dia enbió el enperador por ellos; et de»- 
que fueron antél» díxoles: — ^Mensageros, non tengo por bueno el mensa* 
ge que me uos troxiestes de vuestro señor; ante me semeja fuerza; el 
orgullo, et soberbia; et por esto de quanto me él enbia dezir non faré 
nada; mas ssj el quissier entrar en mi tierra*, por me fazer mal, jo geb 
defenderé á todo mi poder, si Dios quisier, de gujsa que nunoa falló 
quien le tanto diese á fazer, et si me él vengier en batalla, lu^o me le 
quiero rendir. — ^Enperador de ¿Roma, dizieron ellos, jertas vos auedes 
fuerte corasgon, quando uos tal guerra queredes comen9ar; ca bien sa- 
bedes que non ha agora omme en el mundo tan poderoso como el enpe- 
radbr Garsyr; et tal cujda estar bien, que estará ^edo mal. Quando vier- 
des vuestra tierra destroir, et matar et despedazar vuestros ommes^ et 
destru3rr et rrobar esta vuestra ^ibdat de Boma, nos uos auerá menester 
vuestro repentimiento; et de aquí uos dezimos que nuestro señor uos de- 
.safía: non uos lo queremos mas encobrir, pues que le non queredes 
dar vuestra fija. Bien uos fazemos saber que en este primero estío que 
vien, lo veredes aqui con mas de trezientas vezes mil ommes de ar- 
mas para sojornar en vuestra tierra, á quien quier que plega 6 pese.— 
Ora, dixo el enperador Ottas, amigo pensad de amenazar, ca Dios nos 
puede bien ayudar sy quier: yo bien sé que el enperador Garsyr es. muy 
preciado, et non digo yo que en mi. tierra non pederán entrar et fazer 
daño; mas bien cuydo que él perderá dos amigos que ama; et yo non lo 
aseguro sy él y entra. — Señor, dixo Acaria, yo non uos quiero losenjar 
nin traer; mas quiero uos desengañar: fazet á vuestros onmies derribar 
las puentes, ca nuestro señor non demorará mucho que luego aqui será 
et non uos dexará un palmo de tierra. £t desque los mandaderos desa- 
fiaron al enperador de parte de su señor, saliéronse luego de palacio et 
descendiéronse por los andamies, et todo su aver que troxieran les fué 
dado, et los camellos et las bestias, que cosa ninguna non menguó. Desy 
saliéronse de la villa, que non quissieron y mas estar, et fuéronse su car- 
rera; et el enperador como era omme bueno, mandó por toda su tierra 
que non fuese tal que les feziese enojo nin pesar nin destorao ninguno, 
sy non que lo mandarla enforcar, sy muy alto omme non fuese, porque 
todo mensagero deue andar en saluo por do quier que andudiere. 

VIII. Después desto el enperador Ottas mandó llamar sus caualleros 
et díxoles:— Amigos, bien oystes la soberuia que me enbió dezir el en- 
perador de Costantinopla por sus mandaderos que si le non diese mi 
fija á su voluntad que me tolleria mi tierra, et todo quanto en el mundo 
auia, et que destroyria Boma, esta noble ciudad; mas fio en Dios, et en 
uos, et en el derecho que tengo que con poderá: demás que los grie- 
gos non son tan osados darmas commo uos, ni saben tanto de guerra. 
Loados Dios, grande tierra auemos et buena, et él es omme que se tie- 
ne mucho en su palabra et dize que será conusoo á este estío próximo 



II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 397 

que viene; et bien sé que lo non dexará por ninguna cosa del mundo que 
« y non venga^ pues que lo ha jurado; mas yo enbiaré por toda mi gen- 
te et faré la yuntar, et juntarme hé con él en medio del canpo; et á 
quien Dios quisier dar la onrra^ liéuela. Mucho fué sañudo el enpera^ 
dor de Roma del desafiamiento del enperador de Costantinopla, Grarsjrr; 
et Agrauayn, et un su hermano Sansón le respondieron asy:— Señor en- 
perador, ¿por qué auedes uos saña? Ca aos bien sabedes que los griegos 
sson la peor gente del mundo: niibstro Señor uos los traya acá por su 
mer^t. ¿Cujdades uos que ha en el mundo poder contra el vuestro?... 
Ya acá tantos non vernán que non mueran: enbiad vuestros mensageros 
con vuestras cartas por toda vuestra tierra que vengan, et non auerá y 
tal que ose fincar, quando vuestras cartas vieren. — Agrauajn, dixo el 
enperador, vos sodes buen vasallo et leal, et á vos dexo yo esto que lo 
fagades. Desque el enperador mandó fazer las cartas, fizo dar pregón 
por toda su tierra de los montes de Mongen fasta Brandiz que non y fín- 
case omme darmas, por los ojos de la cabega^ que á Roma non veniese. 
IX, Los mandaderos del enperador andudieron tanto por sus jomadas 
que llegaron á Costantinopla, et quando le contaron el recabdo que fa- 
llaron en el* enperador de Roma, ouo ende grant pesar, et mucho les pre- 
guntó que les dixiesen qué cosa era Roma, et el estado della, et lo que 
les semejaua del poder de Ottas. Et Acaria le dixo: — Señor, bien oystes 
dezir muchas vegadas que só la capa del ^ielo non aula tan buena Qib- 
dat^ como Roma^ et asy es verdat: esta es la villa de la mayor nobleza 
que há en el mundo. De quán manna es, non uos lo pedería omme deui- 
sar; mas bien me semejó que ha en ella vn grant dia de andadura de 
buen palafrén. Et en la villa ay Ix duques muy poderosos que son á 
«mandamiento del enperador, et ay bien quatro mili caualleros que an de 
yr bofordar cada dia antel palacio del enperador: de costumbre y ha 
siete mil tarcos contados, et otra gente que non ha cuento. Mas del pala- 
cio del enperador Ottas uos pedería omme contar marauiellas, assy que 
todos los pilares son de oro et de cristal, et Dios non fizo en el mundo 
cosa que omme ally non pueda ver, assy de bestias como de aues^ como 
de todas las estorías que nunca fueron; assy que cuydo que en vn año 
non lo pedería omme bien saber. Et corre por el palacio una muy grant 
agua muy clara et buena, et quien aquel palacio cató, bien se puede non- 
brar que nunca otro tal vio. El enperador es muy granado á marauilla; 
mucho se trabaja de onrrar sus ornes, et de les fazer con que les pl^ assy 
que los puede aver para su servicio cada que quisier. Los juizios que se 
en Roma dan y, estos non puede ninguno falsar^ por aver que por ende 
diese, nin losenjero nin mal omme con Ottas non pedería guarir: Assy 
que de todas buenas cosas á ende él grant parte. Por la (ibdat de Ro- 
ma va vn rrío, á que llaman Tibre^ por do entran ñaues con muchas 
merchandias et nauios que es grant pro para la villa, et en que ha pes- 
cados de muchas naturas^ porque es tan ahondada que en el mundo non 



398 HISTORIA CRtTlCA DÉ LA LITEB ATORA ESPAROLA. 

le sabe omme par. Mas que quier que uos omme ende cuente^ todo non 
es nada contra la marauiella de la infanta Florencia; oa á la su beldat, ^ 
nin al ssu pares^er nunca omme vio par: ¿quién uos poderia dezir de su 
apostura nin del buen donayre suyo nin quán conplida es de buena 
palabra et de mesura, et de todo bien que Dios puso en muger?... £t bien 
creo que en el mundo otra tal non poderia fallar; et quando yo yj que 
su padre non uos la querría dar, desafíelo de vuestra parte. — Certas di- 
xo Garsyr, ante que pasen quatro meaes, yo yré sobre él, por mar ó por 
tierra con quanto poder hé, de guisa que quando él uier mis gentes, para 
estos mis grañones blancos que le pesará conmigo. Et para aquella cruz, 
en que Dios prendió muerte, que del nin de sus ommes ninguna mer^ 
non averé. 

X. Grande fué la buelta por el palacio , quando el enperador esto 
juró; et él como era omme fuerte et de fiera catadura, et avía la barua 
blanca que degia fasta la cinta^ et estaua bestido de una púrpura con 
muchas esmeraldas asy que los paños eran muy rrícos á marauilla; et de 
como era tan grande et tan baílente, llamó sus ommes et juró por Dios 
del gielo et por su fijo Ihu. Xsto. que él faria tan grant pesar al enpera- 
dor de Roma que yria sobre él et que le tolleria la tierra et todo quanto 
auia; que cosa ninguna non cataría fasta que del su fija non oviese; ca 
por ál non daria nada. 

XL Después *que el enperador tal jura fezo, las cartas et los manda- 
deros fueron por toda su tierra et,por muchtis otras tierras, que todos ve- 
nie^n quantos armas pudiesen tomar, ca el enperador auia jurada aque- 
lla guerra, et que luego moueria con su hueste^ et por esto tanta gente 
fué ayuntada que del tiempo de Alexandre que fué de tan grant poder 
que conquistó Babiloña la grande et toda aquella tierra d'Oriente fasta 1» 
mar salada, nunca tan grant hueste fué ayuntada. Ally fueron cient mili 
caualleros griegos, mas de las ñaues et de los nauios que y fueron ayun- 
tados non uos pedería omme dezir el cuento ; et desque los nauios fueron 
basteados de quanto auian menester, de viandas et de cauallos et de ar- 
mas, el enperador se metió dentro con toda su hueste sin tardanga: de sy 
mandaron algar las velas por una grant mañana ; el dia fazia muy claro 
et el viento muy rrezio que daua en las velas por una grant tormenta. 

XII. Grande fué la hueste de los Griegos marauillosamente assy que 
bien pensaron que auia y cuatro gientas vezes mili ommes de armas: assy 
corrieron la mar, mas en la nave del enperador yua encima del mástel 
una carbuncla que luzia tan mucho que toda la hueste alumbraua por la 
muy escura noche; assy que todas las ñaues se veyan tan bien como si 
fuese dia; otrossy se podian guardar de las rocas et del peligro de la tier- 
ra. Mucho yuan fieros et orgullosos et á grant baldón, et amenazando mu- 
cho al rey Ottas et á su gente et que destruyrian la ciudat de Roma, et 
jurauanque sy lo pudiesen coger ala mano que le cortarían la cabe^, et 
que por onrra de su señor el enperador Grarsyr que la leuarian á Gos- . 



11.* PARTE, ILUSTRACIONES. 399 

tantinoplá, et que enchinan toda la tierra et traerían ende la muy fer- 
mosa Florencia su fija, assy como ellos dezian. Esto era' en el mes de 
mayOi quando el enviemo era salido et faz el tiempo muy bueno et muy 
sabroso; et dexaron al diestro la eiudat de Salerna que era una de las 
mas abondadas et dewlas mas deleytosas del mundo, de aguas et de moli- 
nos et de montes et de riberas, et de todo otro víqío: assy se yuan el en- 
perador Garsyr con tan grant hueste, como oydes, et yendo assy por la 
mar^ veno á ellos una tormenta de trauieso, tan fuerte que los mástes fue- 
ron quebrados et las velas despedazadas: de los cauallos que en las ñaues . 
yuan, et de las otras bestias moríeron muchos, et otros fueron mal feridos; 
mucho fué Grarsyr desmayado^ quando aquesto rió, et desque assy anda- 
ron grant pie^a en tal tormenta dixo: — Ay Dios, ¿dó ssomos ó en quál tier- 
ra?. . Señor Ihu. Xsto. que de la sancta cruz feziestes vuestro escudo quan- 
do quebrastes los infiernos por fuerza de la vuestra virtud, guyadme. Se- 
ñor, ¿ puerto de salut. — Señor,' diae Sinagons, vos non fuestes bien acon- 
sejado ;iin á plazer de Dios non sacastes vuestra grant hueste nin á su 
seruicio; nías ¿qué uos quitó á uos el enperador de Roma? Tal cuyda 
conquerir apotro que queda conquisto et que pierde y el cuerpo. — Sina- 
gons, dixo el enperador, bien uos entendy: uos bien sabedes cómmo el rey 
Ottas me desdeñó tan mal; mas dexadme, ca sy yo puedo uenir á puerto 
salvamente, mucho me aveno bien; ^rtas, él non me temia^or viejo nin 
por rrecaido que ante non aya cient castiellos derribados, et veinte mili ro- 
manos, no sean despeda^dos ó yo temé Florencia cabo mi. Assy fueron 
en aquel peligro asta que la tormenta quedó. Entonce fueron muy ledos, 
quanto vieron la mar amenazada, et erguieron sus velas et xinglaron to- 
das en vno mucho á sabor desy, et fuéronse contra tierra de Roma dere- 
chameme, et fueron por cabo de una villa que avia nonbre Gaita, et fue- 
ron portar á una villa , á que dezian Olifante, que non era de Roma mas 
de sseys leguas. Ally salieron los griegos de sus ñaues et pusieron los 
cauallos et las armas et la vianda fuera; et tan grant gente eran que los 
montes et los valles cobrian. Ally tendieron la grant tienda del rey Gar- 
syr en la ribera de una grant agua que por y corría en un buen pra- 
do: la tienda era de ricos paños de seda á bandas, en que eran figurados 
quince paños de oro, et en la puerta avia una carbuncla que de noche 
daua muy grant lunbre; las cuerdas eran de buena seda; en ella auia 
tantas figuras que nunca Dios fizo bestia, nin aue, nin pescado que alli 
non ouiese, nin gibdat, nin castiello, nin manera de gente que y non fue- 
se fegurado todo á oro, et á plata. La tienda estaua armada en un cabero 
alto, por que auia muy buena vista á todas partes. Ally oyríades caua- 
llos nslinchar; et tañir cuernos et vozinas; et armas rreluzir al sol, et tal 
buelta que semejaua que todo el mundo era y ayuntado, de guisa que 
non oyria y omme turben. 

XIII. Quando las nueuas llegaron a Roma de aquella grant hueste de los 
griegos que aportaran en su tierra, dixo el enperador: — Ay Dios, que de 



400 HISTORIA crítica DB LA LITERATURA ESPAÑOLA. 

la Virgen Santa María naciste en Bethllem^ bendito seas tú, ca agora ve* 
rán romanos lo que tanto deseauan. Yo hé muy grant thesoro et darlo hé 
muj granadamente á mi gente, ca por astroso tengo el que non despien- 
de el su bien, quando le es mucho menester. Asy que los vasallos et los 
sirvientes sejan ende muy pagados. Mas ora V09 dexaré el cuento á 
fablar de esto^ et tomar base á fablar del rej d'Ongría. Un rey ouo en On- 
grfa que fué de grant poder; mas á morir le conveno que por ál non pudo 
pasar; onde dos fijos que auia, lo fazian bien guardar, que eran muy fer- 
mosos donzeles; mas la reyna que oyera ya dende fablar, non los amana 
' por ende, et esposóse con vn rey que moría por matar los moQos; mas 
ellos tenian un buen ayo.que fuyó con ellos de noche, et fuese á estrañas 
tierras, et enseñóles buenas maneras, et fizóles aprender tablas et axe- 
drez et á bofordar; et fizóles usar las armas, et á justar uno por otro; asy 
que en aquella tierra non avia dos tan preciados. £1 menor ouo nonbre 
Esmere, que mucho era grande et fennoso, et bien enseñado, et quantq 
orexia tanto se trabajaua mas de valer algo: al mayor dezian Miles; mas 
este fué malo, et* falso, et de mal pensar; et quando deipera ¡tarar mien- 
tes & bien, detonólo la folíenla; mucho fué escarnido, et baratador, et sa- 
bidor de mal, ca otrosy auia muy malas fechuras. Quando et rey Filipo 
fué muerto, señor d'Ongria, la rejma se desposó con un rey de Suria á 
mal grado á% sus vasallos; mas los fijos saliéronse de la tierra, et fuéron- 
se al rey d'Esclauonia, que los guysó muy ricamente, et los fezo caua- 
lleros á una fiesta de Ramos, que aquel rey touo su alta corte: asy que 
los infantes bofordaron y aquel dia en un prado; et vno de ellos traya el 
escudo pintado de marauillosa pintura: el canpo de oro, et un palonbo 
blanco; et este era Esmere, et esto daua á entender que sería cortés et 
omildoso contra sus amigos; et Miles traya un león, que daua á entender 
que sería buen cauallero darmas. Et atante que veno un palmero, natu- 
ral de Ongria, que nenia de Sant Pedro de Roma; et quando vio los in- 
fantes, comentólos de llamar á altas bozes, et dixoles: — ¿Et qué fazedes 
aquí, gente esbafarida? Et quando lo asy oyeron fablar, paráronse á der- 
redor del, por ojrr las nueuas que contaua: — Señores, dijo el palmero, 
assy me vala Dios, como yo vengo de Roma, et non dexaré que nos non 
diga, una fija há el enperadpr Ottas que nunca tan bella cosa vy en toda 
mi vida: agora demandágela Grarsyr, el de la barua blanca, et quiere 
leuar del la tierra de Lonbardía, onde sabed quel enperador ha menester 
grant- ayuda; et bien sé que sy uos allá fuésedes, que uos daría grant 
aver á marauiella, et quanto quisiésedes. Quando esto entendió Esmere, 
llamó su hermano, et rogóle, que fuessen allá con tanta conpaña como te- 
nían. — Certas, dixo Miles, yo non dexaria de yr^ por me dar todo «1 oro 
de Tabería. Después de esto tornáronse los infantes á la giudat, et fueron 
al rey, et dixiéronle que se querían yr. Mucho pesó ende al rey; pero 
otorgóles ayuda, et dióles grant auer. Desy espediéronse, et leñaron ende 
veynte caualleros, et treynta escuderos guysados, et andaron tanto por 



II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 401 

SUS jornadas que llegaron á la mar, et fallaron una ñaue presta» et en- 
traron en ella, et ouieron tan buen tiempo, que fueron tosté de la otra 
parte. Et desque salieron de la ñaue, cogiéronse á su camino^ et andaron 
tanto que llegaroi; á la ^iudat de Roma, et desuíáronse de la hueste et 
pasaron por un prado, et entraron en la villa et fueron posar á casa de 
un burgués rríco et abonado. £t después que comieron, eomengáronse á 
alegrar, et Esmere llamó el bui^és et dfxole: — Buen huéspet, dezitme 
por vuestra cortesía del rej Ottas cómmo se mantiene: ¿quiere dar solda- 
das á caualleros ó há en s j esfuerzo para se defender? Ca nos por esto 
venimos á él y: non uos lo quiero encobrír. Certas, sy nos con él finca- 
mos, ante de un mes le daré yo algunos griegos presos ó muertos. — Para 
mi fé, dijo el huéspet, uos avedes bien dicho; ante uos digo que plazerá 
mucho con vusco al enperador; ca él há una fija la mas fermosa criatu- 
ra de toda la cristiandat^ á quien dizen Florencia, et quiérela auer del 
por fuerza Garsyr, et veno aquí con tamaña hueste que bien troxo qua* 
trocientas vezes mili ommes darmas. Pues uos yd á él, et dezitle vuestra 
fazienda , et bien ssé que él uos dará auer quanto vos sea menester: si 
quier veredes la beldat de la donzella que uos digo.— Non lo hé yo por 
su auer, dixo él, que asaz avemos, mer^et á Dios, que para estos siete 
años tenemos ahondamiento por que mantegamos nuestra conpaña. — Con 
auer, dixo el huésped, uos poderé yo bien acorrer, sy conmigo posardes 
á vuestra voluntad: de batSlla uos aveno bien, que oy anda el pregón por 
toda la giudat que de mañana sean todos los caualleros armados et las 
gentes, ca el enperador ha jurado que les dé batalla. Assy folgaron ya 
aquella noche; et de mañana tanto que amaneció, fueron armados los de 
Costantinopla et llegaron á las puertas de la Qiudad bien diez mül de los 
mucho ardidos. Aquestas nueuas sopieron Miles et Esmere, et el mayor 
dixo: — ^Hermano, mucho nos aveno bien: armemos nos todos, et salga- 
mos fuera, et fagamos de tal guysa que todos ende fablen. Et armáron- 
se luego ellos et los veynte cauaHeros, et salieron de la villa por un pos- 
tigo. Et todos leuauan armas frescas, en que daua el sol, et fazialas re- 
luzir que semejaua que echauan llamas. El enj^rador seya entonce á 
unas feniestras del su grant palacio et su fija cabo él, et cató contra ar- 
riba del rio libre, et vio venir los infantes por medio del campo. Quan- 
do los vieron los griegos, movieron lu^o contra ellos bien quaren- 
ta, mucho orgullosos qu& justaron con ellos; mas los griegos que non 
eran tan ysados en armas, non ouo y tal que en siella fíncase. Quando 
esto vio el enperador, tomóse mucho á reyr, et después dixo: — ^Ay Señor 
Dios^ ¿et quién conosye aquellos caualleros? ¡Dios^ cómo agora fueron 
buenos, et que bien guysados andan!... Entonce enbió allá vn donzel et 
dixole: — Sabe quién es aquel cauallero que trae aquel escudo del canpo 
dorado et el palonbo blanco, ca me semeja que nunca tan bien armado 
omme vy. 
XIV. Assy como oydes, justaron Mil^ et Esmere con los griegos, et 

Tomo v. 26 



402 fllSTORIA crítica de la literatura ESPAfiOLA. 

derribaron quarenlia, pero non eran ellos mas de vejrnte, tie lo qtial fue- 
ron los grifos muy desmajados. Entonce monieron de la hueste mas 
de trezientos que se dexaron correr quanto los cauallos los pudieron le- 
uar. £t desque quebraron las langas, metieron mano á las espadas et co- 
mengáronseá dar muj grandes golpes, por do se alcangauan. Mas Miles 
et Esmere juntaron ásy su conpaña et rregiéronse bien, ca sy^i otra 
gujsa lo feáesen, non los pudieran durar; mas Esmere puso las espue- 
las al cauallo et apretó su espada muy tajador en la mano, ep fué ferír 
á vno de ellos por cima del yelmo que lo fendió todo fasta la finta: asy 
que tajó el erzon de la siella, et el cauallo fué á tierra. Quando esto yie- 
ron los grifos ouieron tal pauor del que lo non atenderían por ningunt 
auer del mundo. Et el enperador de Roma que seja á las feniestras de 
su palacio, lo vio bien; et su fija Florengia que seja con él, dixole: — ^Por 
Dios^ Señor, mandátlos acorrer et sy quier sabremos quien es aquel 
cauallero que tan grant golpe dio & aquel grifón^. — Fija, dixo el rey, 
yo vy bien que fué aquel cauallero que trae en el escudo un palonbo 
blanco. 

XV. Entonge llamó el rey á Agrauayn, et á Sansón que eran herma- 
nos, et los mas dos priuados de su casa. — Amigos, dixo el enperador, ora 
me entendet: tomad tosté quatrogientos caualleros et acorred ayna aque- 
llos que los non perdamos; ca donde quier que sean, ssé que son de nues- 
tra parte. — ^Ellos dixieron que. de grado lo fAian, et salieron luego con 
ellos tales «iete^ientos caualleros que non auia mejores en la g iudat; et 
fuéronse á poder de cauallos; aquella ora arrencaron los griegos. Quando 
esto Yió Esmere, puso las espuedas al cauallo et salió ante todos. Ally fué 
tal ferír et tal golpear, et atropellar^ el el marauillar de las espadas et 
el quebrar de las langas que las gentellas yuan al gielo. De aquella fue- 
ron derribados mas de mili griegos, que jamás por clérígo nunca toma- 
ran confesión. Et los otros comentaron á fuyr, syn tornar, que non que- 
daron fasta las tiendas; assy quel enperador Garsyr los vio bien, et me- 
gió la cabega et fué muy sañudo, et juró para el cuerpo de Sant Lázaro 
que él meterla la cib^t de Koma á fu^o et á llama, que ante non se 
partiría dende. Después que los griegos asy dexaron el canpo et los otros 
y fyncaron muertos, cogiéronse los infantes á la giudat, et sus escuderos 
salieron contra ellos^ et cada vno leuó de ganancia vn buen cauallo. Desy 
los otros fuéronse á sus posadas desarmar; mas el huésped veno ante los 
infantes por les dezit palabras de solaz et de alegría, et ellos le dixieron: 
— Amigo, nos salimos fuera por ganar, ca mucho nos es menester^ commo 
ommes deseredados; mas por el buen acogimiento que nos anoche fezies- 
tes, tomad los mejores dos cauallos destos que y ganamos, et aun mas 
averedes, sy Dios quisier. Et el huéspel gelo grádeselo mucho, et ellos 
dixieron á su huéspet que querían yr ver al enperador por fablar con él. 
Entongo caualgaron los infantes con ssus veynte caualleros, et fezieron 
leuar cauallos et sus armas, asy como era de costumbre de soldadores, 



I)/ PARTE, ILUSTRACIONES, s 403 

et Bsy se frieron a